"...[E]l vacío de la casa se les presentaba como un animal dispuesto a tragarse cualquier sonido..." La tribu existe para combatir ese vacío y preservar los sonidos.
miércoles, 6 de abril de 2011
Silvio y los cráteres de mi vida
viernes, 5 de noviembre de 2010
La maravillosa ternura del pavo en La Acera
domingo, 10 de octubre de 2010
La tribu contraataca y La Acera
jueves, 30 de septiembre de 2010
El grosor de mi wallet en La Acera
jueves, 8 de julio de 2010
Hoy estoy en La Acera
Si tienen planificado visitar a la ciudad no dejen de ir al Busboys and Poets Café, en el barrio de U Street. Me impresionó su compromiso con el ambiente, la comunidad y la contribución que hacen a los proyectos educativos y de mejoramiento social. Además, su menú es interesantísimo con opciones vegetarianas y veganas. Y para los amantes de los mariscos, sepan que para la vez que estuve por allá le tenían un boicot a los fruits de mer canadienses al estos permitir la caza de focas bebé.
Lean. Comenten.
Por ahí viene la tercera parte de la crónica sobre gastronomía para que también coman.
miércoles, 23 de junio de 2010
Ciudades
martes, 8 de junio de 2010
5 de junio a cinco años de creer en la invencibilidad
jueves, 14 de mayo de 2009
Apoya a los 6 Valientes, hoy jueves de 5:00PM! a 6:30PM frente al Tribunal Federal
Los 6 compatriotas que interrumpieron los trabajos del Congreso de Estados Unidos para reclamar la descolonización de Puerto Rico serán llevados ante un juez en Washington para radicarle acusaciones,
que pueden llegar hasta 6 meses de cárcel y multas.
Vamos a expresarles nuestro respaldo y solidaridad mañana jueves 14 de mayo
en una actividad frente al Tribunal de Estados Unidos en la calle Chardón, de 5:00 a 6:30 de la tarde.
Allí sentirán nuestro apoyo y le reclamaremos a los federales el fin de la colonia,
la salida de ese tribunal de Puerto Rico y que no se castigue o impongan sanciones
a quienes dignamente luchan por la libertad y reclaman la descolonización de Puerto Rico.
¡Demosle un abrazo a Tony Mapeye, Chabela, Luis Enrique Romero, Luis Suarez, Eugenia Pereza y Ramón Diaz mañana jueves a las 5:00 pm!
jueves, 22 de enero de 2009
De órdenes y desórdenes a lo Obama
domingo, 20 de abril de 2008
Lorenzo Helguero, invitado de la Tribu, y cuatro poemas suyos
Lorenzo Helguero
Álbum del Universo Bakterial
Lima, 2006
103 pp.
"Soy inmortal: dichoso es el que sueña
y no traza en la noche vanos versos".
La cumplo hoy porque he releído este poemario en momentos que desesperadamente lo necesitaba. Y lo que he leído es una ofrenda de amor (si es que éstas se pueden leer del todo). Amor a Rosana, su esposa, pero amor también a la palabra, a la obsesión con los versos y con Darío y Borges. Pero también desamor al sueño, al descanso (a aquél que no sea sobre el cuerpo desnudo del amante), al estúpido letargo de hacer nada, a la embriaguez que irónicamente deja vacía a "la botella y la inútil poesía".
Los poemas discurren con una intensa fragilidad y concisión; son como la palabra, la letra: un molde de no sólo significados, sino experiencias y recuerdos. Insomnio es también metáfora de un viaje: del viaje de la noche en vela y del Moleskine, objeto de rigor de todo artista y escritor viajero. El primer soneto, Historia de las Indias, nos embarca hacia el inicio de una aventura y de un devenir lleno de tragedias que son historias. Son las historias de Helguero las que se plasman en las pequeñas páginas del libro, sus mutaciones como en Pronombres, uno de mis sonetos favoritos, sus luchas y desafíos frente al cuaderno y dentro de la cama, en su pasado y en su presente. Son historias de catorce versos que terminan con Retorno, que es, al estilo de Borges, un final con esperanzas de comienzo.
La palabra
Ya no el silencio, sino voz que crece
₪•₪•₪•₪•₪•₪•₪
Pronombres
De tanto amarte oscura y vorazmente
₪•₪•₪•₪•₪•₪•₪
Ofrenda
Te doy todo de mí: mi dentadura,
₪•₪•₪•₪•₪•₪•₪
Retorno
El tiempo que es arena y es eterno
martes, 5 de febrero de 2008
Anónimo contraataca
Como cualquier intento de historia esta comenzó cuando el Talibán se dio cuenta que la Yoli (nombre hermosamente ficticio) lo miraba desde la tercera fila, cuarto pupitre de la clase de Conflictos Armados en el África Sub-Sahariano. Último año de universidad en Washington y ya Anónimo y la Yoli estaban casados por lo civil. Talibán lo sabía y se comportó a su altura, pero algo más profundo le decía que la Yoli lo quería. Meses después esta profunda sensación del Talibán se manifestó en el futón de su apartamento en esa semana antes de la graduación. Nadie vio, pero algunos escucharon y todos al final se enteraron. La Yoli, la primera en casarse de nuestras amigas quedó maravillada por las atenciones que el Talibán le logró atestar sobre el paño áspero y verde del mueble y decidió nunca más volver con Anónimo. Éste lo vino a escuchar muy tarde y muy lejos: recién había salido para Quantico a entrenar antes de su tour de force en Afganistán.
Primer e-mail de Anónimo a Talibán:
[Direcciones electrónicas han sido eliminadas por respetar el derecho a la intimidad.]
Tue, 29 Ene 2008 18:11:21 -0400
Conque has reaparecido? Dale que como bien conseguí tu e-mail, he encontrado todo sobre uds. en Álava. Siempre haces lo posible para traer lo de Yoli, cuando todo esto pasó hace tres años, cuando, carajo, lograste quedarte con ella. Ya debes parar, como también debes dejar de defender a Ponce y sus mediocridades. Tú sabes menos que él lo que es escribir, lo que es pasar por experiencias: ver a gente morir, niños partidos por la mitad, madres que ven frente a sus ojos como pierden a toda su familia por una bomba, comer gatos y burros porque estás harto de las raciones del ejército. De eso uno escribe, no de las mariconadas que uno le hace a un amigo en la universidad; no de las inconsecuencias que Luis escribe.
Quiero que sepas que prefiero contestarte por aquí y no por el blog como tú haces. Es más, te escribiría una carta a ti y a Yoli para decirles esto: estoy llegando a España en marzo y tu dirección me la tengo memorizada.
Semper fi,
[Nombre ha sido eliminado.]
El e-mail me inquieta y toda esta situación me preocupa. No lo pongo aquí para trivializarla, por más mal que me caiga Anónimo y su revanchismo atrasado. Lo pongo como una advertencia y a manera de evitar una tragedia mayor.
domingo, 27 de enero de 2008
Pantaleón y las ganas de escribir
La lujuria de sus personajes me sedujo a trazar como meta visitar la pecaminosa Iquitos, la ciudad-selva de la Amazonía peruana. Fue gracias a los contactos de mi tío en Iquitos y la audacia de mi primo en acompañarme, que hace casi dos años llegué, en un medio día lluvioso de finales de diciembre, a la tierra de la Chuchupe, la Brasilera (a la que siempre preferiré sobre la Colombiana que encarnó Angie Cepeda en la última entrega fílmica de este clásico selvático) y a la que el limeño Pantaleón Pantoja hizo suya.
Mi inicial exposición a Vargas Llosa figura en mi vida como el génesis de mi interés por la literatura. Que hasta el momento lo más que he producido hayan sido hojas y hojas de libretas de escuela a medio usar, garabateadas en mi cursiva horrorosa, y con alguno que otro poemita o cuentito publicados en una revista literaria en inglés y en la revista de creación literaria en español Paréntesis, demuestra lo más significativo que he aprendido: para escribir es necesario practicar. Habrá escritores y académicos que todavía creen en los antiguos mitos de la figura del gran escritor y por consiguiente discreparán conmigo por la ‘reducción’ que ofrezco, en una palabra tan mecánica como ‘práctica’, al arte de escribir. Ciertamente es indispensable un talento inherente en la persona que aspira a ser escritor (que bien se traduciría a esa incontrolable necesidad de crear, a través de la lectura y escritura, un mundo lleno de inquietudes y conflictos propios). Pero es precisamente por ser un arte que la escritura conlleva experimentación constante y responsable.
Esta visión que ahora poseo sobre el acto de escribir fue moldeada gracias a la iniciativa de mi maestra de español del Colegio San Antonio en Río Piedras de iniciar un club de literatura después de clases, el cual bautizó Taller de Redacción. Un taller de esta naturaleza es sinónimo de renovación y la Sra. Marlene Feliú tuvo esto muy claro. Cada vez que sus estudiantes nos congregábamos, había un ejercicio de escritura distinto, una nueva forma de plasmar lo pensado. Su taller fue una deliciosa reescritura constante. Proveyó crítica a nuestros escritos y por ende se fomentó el duelo de ideas. Ese reto y pérdida de miedo (de enfrentarse a la crítica sin titubeos) fue la enseñanza más valiosa que nuestra maestra sembró en nuestro grupo de adolescentes, todavía inseguros pero que no daban media vuelta a la primera amenaza de crítica. El espacio que la Sra. Feliú habilitó en la vida de sus estudiantes evidencia nuevamente el gran rol que los maestros verdaderamente genuinos juegan en la formación de los jóvenes en escuela intermedia y superior.
Cuando opté por continuar mis estudios secundarios en el Colegio San José, también en Río Piedras, desarrollé mucho más mi interés por la escritura debido a la responsabilidad que tuve como editor del periódico estudiantil La Lanza y por los grandes lazos de amistad que establecí con compañeros y con los extraordinarios maestros de dicha institución.
Sin embargo, fue desde mi exilio autoimpuesto en Washington D.C. que empecé a reaccionar al estímulo del Taller de Redacción y a buscar la manera de continuar escribiendo y creando desde la distancia. Al principio de mi carrera universitaria incursioné en el inglés como lengua de creación y escribí varios cuentos y poemas (en su mayoría mediocres). Todos estuvieron sumergidos en la visión erótica-morbosa que heredé de mis últimos meses de escuela superior en Puerto Rico. Estoy convencido que estos escritos figuraron en los dos números del The Georgetown Journal, la revista de creación literaria del estudiantado, por su naturaleza cruda y callejera. Aunque sí disfruté de mi experiencia en el Journal, no encontré el entusiasmo que sentía cuando participaba en los talleres de San Antonio. En la búsqueda que prosiguió, me di cuenta que el factor elusivo era el español. Me faltaba leer, respirar y crear en español. De este cuestionamiento surgió el Taller de Creación Literaria en Lengua Española «Paréntesis» que fundé junto a otros compañeros en la Universidad de Georgetown. Este taller se convirtió en una balsa hispana flotando sobre el mar lingüístico y cultural anglosajón. Los miembros de este taller fuimos náufragos rescatados gracias a la brutal hazaña de los conquistadores que nos impusieron un lenguaje en común, rico y maleable. Continuamos siendo náufragos luego de haber tocado tierra firme por el hecho de ser creadores en nuestra lengua materna, por rebelarnos en contra de la lengua franca inglesa. Por este inaudible grito de rebeldía evitamos ser parte de esa constante y repetitiva literatura Latina en inglés – a veces traducida al español – con la que las subsidiarias de las más prestigiosas editoriales norteamericanas han inundado las librerías en los Estados Unidos y Puerto Rico. Este punto a parte nuestro no quiere decir que descartamos las distintas realidades que los hispanos han vivido y viven en los Estados Unidos, a través del inglés. Sin embargo, del mismo modo queríamos evidenciar el afán de aquellos latinoamericanos que, como nosotros en el Taller «Paréntesis», desean resaltar la importancia del idioma español en sus vidas y en la vida de los estadounidenses, en suelo norteamericano. Esto no nos hizo mejores ni peores. En cambio, sí nos distinguió y eso, precisamente, era lo que buscábamos.
Han pasado ocho años desde que participé en mi primer taller de creación literaria. Aunque no recuerdo bien de qué hablé con la Sra. Feliú y los miembros del taller la última vez que los vi, siempre he tenido presente las palabras que mi maestra me dijo semanas antes de finalizar mis estudios en el Colegio San Antonio. Dentro del salón de nuestras reuniones, en una tarde lluviosa de mayo como aquella que me recibiría a la tierra que desencadenó mi interés por la literatura, mi maestra me entregó la llave de la perseverancia cuando me dijo: “Nunca pares de escribir.” Y esa llave, utilizada desde entonces, me ha provisto estas ganas imparables de escribir en donde quiera que me encuentre.
[Nota: Este ensayo lo escribí en el 2005, antes de iniciar mis estudios en la Maestría en Creación Literaria de la Universidad del Sagrado Corazón. La Maestría es fundamentalmente exitosa por los talleres que imparten los profesores-escritores y por las invaluables contribuciones que hacen los compañeros y amigos que la cursan.]
jueves, 27 de diciembre de 2007
Nuevo móvil y Facebook friends
Era claro, sin embargo, que ya no podía mantener un teléfono con un código de área de larga distancia. Tenía que reintegrarme al 787 y así evitarle cargos adicionales a mi familia y amigos cada vez que me llamaban. Dejé atrás mi teléfono de DC y ahora tendré que mandar un e-mail en masa a mis amistades en los EE.UU. informándoles de que ya no soy 202 sino 787. Ahora tendrán que editar (los que quieran todavía mantener un vínculo conmigo, por supuesto) mi información de contacto logrando de este modo que mi regreso definitivo a los Estados Unidos (o a cualquier otra parte del mundo) se retrase. Mi nuevo plan es regional, y aunque incluye llamadas larga distancia el roaming no está incluido: démosle la bienvenida a los minutos a 79 centavos.
Quería mantener el 202 por meras quimeras y prejuicios. Quería mantener un "plan nacional" (así llaman al plan de telefonía móvil que incluye a todos los EE.UU.) que escasamente usaba. Me gustaba decirle a los restaurantes y hoteles, a la hora de la reservación, mi teléfono con un área code extranjero con la esperanza de que me trataran mejor. También estaba el infame y egoísta deseo de que a la hora de solicitar trabajos, tanto en los EE.UU. como aquí, mis entevistadores supieran que en efecto había vivido en Washington, que el Georgetown University del papel fuese algo más tangible gracias el indispensable número móvil de nuestros días. Quería evitarme esto, los mensajes de e-mail y de texto que enviaré, y la prosaica invitación de que, por favor, tengas la bondad de acceder a mi perfil en Facebook para que apuntes mi nuevo número móvil. Ahh, sólo los que son mis friends (suena terrible, lo sé) podrán verlo. Si todavía no eres mi friend, avísame y te añadiré.
jueves, 8 de noviembre de 2007
Jueves en el Savoy
Imagino que mi silencio y mis miradas cansadas le bastarían como respuestas a sus preguntas.
–Ja, es cierto… Un nombre rimbombante, bourgeois, por decirlo así. Vaya, ¿aún no me crees? Bueno, ese es tu problema… ¿Te tomas algo?
–Ya sabes lo que pasa cuando pedimos dos –le recordé.
–Estupideces de la gente… Bueno… Sí, un gin and tonic, por favor y, ah, que sea Tanqueray. Perfecto, gracias… En qué estábamos. Pues, qué te parece, entonces, ajá, sí, ¿vamos mañana jueves a El Savoy?... ¿A las seis, después del trabajo? Entonces, ya, listo.
No le sugerí hora ni remotamente hice gesto alguno que le indicara que aceptaba su propuesta. Él seguía totalmente inmerso en sus palabras. Le extrañaba que un recién llegado a la ciudad como él conociese los lugares que hacen a esta ciudad, arrebatada del pantano, ciudad. Para él eran establecimientos en boga no porque se abarrotaban de gente decía, sino porque se presentaban aquellos con los que realmente querías estar.
Sorbía su trago con entusiasmo mientras sus ojos exploraban sobre mi hombro el inmenso vestíbulo que se abría a mis espaldas. Le daba tanto gusto escucharse a sí mismo que noté los rápidos movimientos de su mano izquierda: sólo el dedo pulgar sostenía su quijada mientras los restantes cuatro parecían tocar un instrumento invisible, hecho de aire. Sin embargo, y a pesar de mi silencio, a la hora de irme supe de todas maneras que mañana me lo encontraría en otro hotel de esta sórdida ciudad, esta vez en El Savoy.
* * *
En la esquina de la avenida Wisconsin con la calle Davis está El Savoy. Veo a Marcos llegar en un taxi y al bajar lo saludo de lejos. Me hizo una señal para que lo siguiera: la barra preferida de Marcos en El Savoy era The Deck y se encontraba justamente a un costado del hotel, en un pequeño recinto semioculto por arbustos de hojas menudas y puntiagudas. En el lugar había unas diez o doce mesas con su correspondiente sombrilla. La mitad de ellas estaban ocupadas: “¿Viste? ¿Qué te dije? A esta hora es perfecto”. Yo me mantenía detrás de él.
–Es increíble… Jamás pensarías que estás al borde de la calle. Ja, casi ni la sientes y se respira con tranquilidad, con pureza, ¿no crees? –Marcos continuaba con su número igual que ayer. Yo sólo miraba su espeso cabello negro y sus largas patillas que se juntaban a una barba en pleno apogeo.
Los reunidos en The Deck intrigaban. No eran bellos (en realidad, sólo la bartender y uno de los meseros podían considerarse así), pero sus gestos, sus miradas y confianza ocultaban las grandes orejas, los dientes fuera de lugar y los inmensos lunares indiscretos.
–Hoy en el trabajo, bien mal: me tuvieron haciendo llamadas para cancelar citas, enviar los documentos que había dejado mi jefa en yo no sé qué archivo… Sí, mi jefa la incompetente. Te juro, sólo pensaba en mostrarte el hotel…Sí, ¿no?, es increíble.
Marcos nunca me había molestado con sus repeticiones, sus constantes palabras, abalanzadas con desesperación una encima de la otra como cuerpos en un carnaval. Me importaba poco que se pasara hablando de sí mismo y de las maravillas que me mostraba en esta ciudad de gente que se pensaba tan importante; sólo me interesaba estar acompañado.
Llevaba muchos años merodeando por la ciudad, pero nunca me habían llamado la atención los cafés literarios ni los restaurantes muy sofisticados, ni mucho menos los lounges de los hoteles. Fue por pura casualidad que conocí a Marcos. Él había leído mal unas direcciones y andaba perdido buscando el Hilton Embassy Row en la Massachusetts. Esa noche yo también me dirigía al Hilton y acababa de bajar del Metrobus cuando Marcos me detuvo, primero con su mirada que delataba cierta angustia y después con su ya distintivo ademán de humildad y seguridad a la vez. Me preguntó si estaba cerca del lugar, si lo podía dirigir y me mostró la dirección del hotel.
Por unos momentos quedé en silencio. Mis ojos se quedaron en él estáticos, examinándolo, tratando de descifrar qué tipo de sujeto era éste que se dignaba a hablar conmigo, un viejo envuelto en un abrigo raído y de pasos precavidos. Hacía años que nadie en esta ciudad de comités y comitivas se preocupaba por aquél como yo que disfrutaba de su bien merecida soledad. Le indiqué con mi mano que me siguiera. Luego le dije que yo también me dirigía al Hilton.
–Sí. Este es un lugar un poco pretencioso, pero con cierto aire de libertad –interrumpí su acto mientras continuaba escudriñando a los que se encontraban en The Deck.
–Lo has descrito muy bien… D.C. se presta para eso. Ya los extremos están muy gastados, desde discotecas que parecen parques de diversiones, hasta los clubes privados de los grandes burócratas y ricos de este país… Nosotros, pues, nos movemos en el medio, por eso insisto en lo de bourgeois que ayer mencioné: somos unos petits bourgeois que se pasan la vida tomando gin and tonics y comiendo cangrejos (son fabulosos los blue crabs de la Chesapeake cuando están en temporada, ¿no?,). Oiga, mesero… Por favor, dos gin and tonic…
–Muy bien, ¿con cuál los desea?
–El mío con Tanqueray –dijo Marcos y luego se volteó hacia mí y me preguntó: –¿Con cuál quieres el tuyo?
Yo miré al mesero y le dije Bombay, pero el mesero se quedó mirando sin parpadear a Marcos.
–Bueno, ya lo oyó. Y si puede esta vez, échele sólo una cascarita de limón al mío.
Al mesero no le cambiaba la expresión de confusión en el rostro. Sus ojos se movían de Marcos al asiento desocupado frente a él y no comprendía la insistencia de que el vacío le respondiera el nombre de alguna ginebra. Ya estaba nuevamente confirmado: en toda esta capital, Marcos era el único que podía ver a una vieja alma errante como la mía.
jueves, 25 de octubre de 2007
Dedos
(De Fronteras de versos)
La copa toda de la tomas
mientras te muerdo los pechos
y trazo con mis dedos
el sendero luminoso hasta tu
sexo.
Y de tus labios caen gotas
rubíes que de tu piel usurpo,
robo, como hago con los
misterios de tu cuerpo.
© Luis Ponce Ruiz
28 de mayo de 2007
Viejo San Juan, Puerto Rico
₪•₪•₪•₪•₪•₪•₪
III
(De Esa cálida cosa llamada luz (y su ausencia))
En la más apasionante
oscuridad levanto los ojos
y lo único que veo
es mi rostro desfigurado
por el placer solitario.
© Luis Ponce Ruiz
8 de noviembre de 2004
Washington, DC
₪•₪•₪•₪•₪•₪•₪
mira
mis dedos,que
te tocaron
y tu cálida y perfecta
pequeñez
-ven?no se parecen a mis
dedos. Mis muñecas manos
que con cuidado sostuvieron el suave silencio
tuyo(y tu cuerpo
sonrisa ojos pies manos)
son diferentes
de lo que solían ser. Mis brazos
en donde todo lo que eres tú estuvo acurrucada
silenciosamente,como una
hoja o alguna flor
recientemente hecha por la Primavera
Misma,no son mis brazos. No me reconozco
como yo esto que encuentro frente
al espejo. yo
no creo
haber visto nunca estas cosas;
alguien a quien tú amas
y quien es más delgada
alta que
yo ha entrado y se ha convertido en esos
labios con los que yo hablaba,
una nueva persona está viva y
gesticula con mi
o eres quizás tú quien
con mi voz
estás
jugando.
-E.E. Cummings
(Traducido por LPR
28 de junio de 2007
Bayamón, Puerto Rico)
lunes, 13 de agosto de 2007
Tali-hoo!
Todas esas expectativas cambiaron mucho con el paso de los años y con el estilo de vida que fuimos desarrollando en la ciudad. Estudiábamos como soldados, pero la juerga empezaba los miércoles con Lost en ABC. Ya en nuestro tercer año, nos dimos cuenta que los sueños no tardan ni dos ni cuatro años en hacerse realidad. En muchos casos, una vez concluimos mientras tomábamos unas cervezas en el Brickskeller, los sueños se viven día a día, uno los construye sobre la marcha y por eso es que la gente no se da cuenta y muchos mueren pensando que, carajo, nunca pude hacer realidad mis sueños. Nadie en esa mesa quería morir así, todos queríamos triunfar o decir que estábamos triunfando aunque los efectos no se vieran de inmediato.
Ya para ese entonces también me empecé a dar cuenta de lo hijo de puta que era Tali. Si en algún principio me pareció meritorio y hasta honroso que Tali haya importado su welferismo escandinavo a los Estados Unidos y lo haya aplicado a sus relaciones interpersonales, porque pensaba, mira, vivir tan unos encima de los otros como lo hacíamos, compartiendo todo lo que se podía compartir, finalmente era posible, la agudeza, sin embargo, con la que dividía todo y buscaba compensación por sus compras o sus esfuerzos se volvió, no sólo ridículo, sino molestoso. No es que fuéramos extraños como ocurrió en un principio, cuando todos nos empezamos a conocer…ahora vivíamos prácticamente en el mismo townhouse, nos veíamos con una frecuencia voraz y como quiera Tali nos ponía un sobrecito en la puerta de su refrigerador para que pagáramos por las botellas de cerveza que consumíamos mientras veíamos los programas en HBO que él y sus roommates nos invitaban a ver. Tal y como me juqueó la serie Carnivàle, así de fulminante dejé de frecuentar el piso de ellos.
Abdullah’kim, mi roommate palestino que también se había integrado a nuestro grupo, empezó a protestar mi extremismo, que si Tali sólo está pidiendo un dólar por la cerveza, ¿cómo vas a dejar de visitarlo por esa estupidez? Yo, sin embargo, me mantuve firme en mi decisión: Tali es un hijo de puta, viene a nuestras fiestas, no trae nada, toma y come a su gusto y no pedimos un centavo porque, coño, ¿acaso no es nuestro amigo? y ¡ahora viene él a cobrarnos por las cervezas baratas que guarda en su nevera! Ustedes, los occidentales se pelean hasta por la bebida, cuando hay tanta en este país, se atrevió a responderme. Puta madre, me dieron ganas de responderle, y ustedes, malditos árabes, que se pican en cantos por el petróleo. Abdullah’kim, me dijo algo en árabe, lo más seguro algunos versos del Corán a lo que le respondí, Shak’ran, Abdullah, Assalam Aleikum y me fui a dormir. Compartir la habitación con él me había hecho hablar árabe hasta en mis sueños.
Pasaron los meses y mi sentencia de que, en efecto, Tali no era un buen amigo comenzó a manifestarse cuando empezó a salir con la chica que le gustaba a Abdullah, una sueca marroquí de ojos claros como la miel. Al principio ninguno en nuestro grupo le hizo caso, todos aceptaron, inclusive hasta el propio Abdullah, la máxima: en el amor y la guerra todo se vale. A mí me pareció bastante rudo de su parte y así mismo se lo dije a Abdullah. Mi roommate se sentía traicionado, lo podía notar cuando coincidíamos con Tali y los demás en The Tombs o en alguna fiesta de la calle 38. Fueron varias semanas después del incidente y luego de saberse que Tali se acostó con la chica, que Abdullah me confesó que yo tenía razón. Nosotros, me dijo, que nos creímos que estas sociedades nórdicas habían hallado finalmente el secreto para derrotar el capitalismo e individualismo rampante creado por los gringos y celebrábamos a dónde quiera que íbamos el hecho de que estábamos viviendo como verdaderos socialistas demócratas, compartiendo todo, pagando lo justo por lo consumido en conjunto, pero esto de compartir las mujeres, sobre todo entre amigos, a sabiendas que a mí me gustaba, eso sí es una cabronería. Y te creías, le dije, que esto sólo se trataba de cervezas baratas.
Nos quedaba un año en Washington y ya nuestro grupo no era el mismo: dejamos de ver las series de HBO y ABC, ya ‘el grupo’ no salía a cenar y cada cuál hacía su fiesta a su conveniencia. Tali seguía conectado a la red de europeos expatriados más populares de la ciudad y se pasaba conociendo a un sinnúmero de gente atractiva y dispuesta a fiestar hasta las altas horas de la noche.
Creo que llevaba cinco meses de haberme distanciado de Tali (ni nos hablamos durante el receso navideño) cuando decidí aparecerme junto con nuestros amigos a una de las fiestas que él estaba promocionando en uno de los nuevos clubes de Washington. Se alegró de verme y me abrazó como si nada nos hubiese alejado. Le pregunté si todavía cobraba por las cervezas que le tomaban en su casa a lo que me respondió con una carcajada y más tickets para tragos en la barra. Todo el mundo bebió como quiso. Me di cuenta que era una fiesta escandinava porque los Red Bull con Jägermeister no paraban de ser ordenados. Supe que en una esquina ya se había formado un lapachero de vómitos. Yo había ido solo, pero Abdullah había llegado con una pelinegra alta, de piernas bien formadas y cintura pequeña que no dejó sola ni un solo momento.
Tali se les acercó como si nada y los saludó de una manera tan agradable que Abdullah no pudo hacerle la malacrianza de no presentarle a su chica. Besito, besito en los dos cachetes como acostumbran los europeos y yo, viendo todo desde la barra, no podía creerlo. Tuve que darme dos shots de Absolut: ¡qué haces Abdullah! ¡Despacha a Tali, vete a bailar con ella! Pero seguían hablando, así que me le acerqué a Tali lo más que pude, le tomé del hombro y le dije bien despacito al oído: aparentemente han robado tu billetera y hay un loco, rubión y maseta como tú, comprándole tragos a la barra entera. Los ojos azules del sueco se engrandecieron y su sonrisa desapareció con la gravedad de mi noticia. Me dijo gracias y fue directo a la barra para tratar de solucionar el problema. Con su billetera en mis manos se la mostré a Abdullah, que no paraba de reírse y le grité: ¡Huevón, si bebieras, pediría una champagne para los tres! Él y su jeva se perdieron en la multitud de la pista de baile y viendo a varios panas de la universidad que estaban solos como yo, les propuse irnos al champagne lounge del tercer piso. ¡Estás loco! ¿Con qué dinero vamos a subir? No se preocupen, les respondí mientras les mostraba la billetera de Tali, repletita de dólares y pases especiales, tenemos taquillas VIP.
lunes, 23 de julio de 2007
Alejandro Tarre, invitado de La tribu, y su Diario de Tailandia (Parte I)
El mosaico abigarrado
(Primera de dos entradas)
Esta grande y caótica ciudad al principio me abruma. En la zona donde nos quedamos, cerca del Palacio Suan Pakkad y la casa de Jim Thompson, ciertas calles y avenidas se parecen a las del centro de Caracas en el tráfico, el ruido, el tumulto y el calor. Leo en la mañana en el periódico que Bangkok podría convertirse en un lugar “inhabitable” si no se implementan rápidamente planes para controlar el crecimiento urbano. Pienso en ese reportaje cuando veo más tarde fiscales de tránsito y motorizados con máscaras como las de los médicos para protegerse de las bocanadas tóxicas de los automóviles y los autobuses.
El calor es brutal. Después de un cuarto de hora caminando, tengo la camisa empapada en sudor y noto que la piel de mi esposa, demasiado blanca para este clima, muda a un rosado que resalta aún más su condición de turista. Me cruzo con varios hombres descalzos y desnudos de la cintura hacia arriba haciendo la siesta en los lugares más inverosímiles: aceras, paradas de autobús, capotas de automóviles. Me da la impresión de que el acto no es voluntario: el calor los derrotó. O quizá ya aprendieron que es inútil luchar contra el clima de esta ciudad y es mejor adaptarse a él, como un perro se adapta a los hábitos de su amo.
Pero el calor nunca me ha molestado tanto como el frío y después de un rato me olvido de él. Además, aquí sobran las distracciones. A cada rato se me acercan vendedores para ofrecerme sus productos –amuletos, estatuillas, ropa, frutas, relojes– con una tenacidad que no he visto en ningún otro lugar. A pesar del calor, uno me ofrece tomarme medidas para un esmoquin y otro, cuando me ve caminando con los brazos cruzados, aprovecha para colocar en mis brazos una bolsa de semillas. Como no acepta devolución, pero al mismo tiempo me pide dinero, no me queda más remedio que echar la bolsa al piso y tratar de aligerar la rudeza con un torpe gesto de hombros.
Aparte de los vendedores, observo en esta primer caminata otras particularidades, o motifs, que luego, en los próximos días, vería a cada rato y que ahora forman parte de mi imagen de la ciudad: los monjes envueltos con mantos azafrán (vi a un par con iPods), las camisas Polo amarillas, los coloridos tuk-tuk (motos-taxi de tres ruedas con un vagón atrás) y el énfasis en la monarquía y la religión que se manifiesta en las imágenes por doquier del adorado rey Bhumibol y esas figuras ubicuas de Buda que, con su expresión enigmática, pareciera vigilar desde arriba (siempre me vigila desde arriba) cada paso que doy. En una calle estrecha me detengo en un puesto de frutas para probar el durian, el lychee, el mangosteen y el rambutan (frutas que no tienen nombre en español). La que más me gusta es el mangosteen, que se parece al mamón caribeño, pero es por fuera más elegante y por dentro más dulce. Compruebo que, como me dijo una vez un amigo en Venezuela, el mamón es la hermanita fea del mangosteen.
Llego al Chao Phraya (“río de los reyes”) después de un viaje en el moderno skytrain. Los libros que leí las semanas antes de venir dicen que el río es la mejor manera de moverse en la ciudad y que allí la temperatura baja un poco. Uno asegura que, gracias al tráfico infernal, el Chao Phraya ha vuelto a ser lo que fue hace cien años: la autopista más ancha y conveniente de Bangkok.
No sé si estos libros exageran, pero me gusta el concepto del Chao Phraya Express, un metro-barco a través del cual es fácil, barato y sobretodo agradable transportarse entre los cinco distritos. Durante este primer viaje que hago en el Express, observando esta “autopista” que en vez de carros tiene pintorescos sampanes, barcazas y transbordadores, me pregunto porque esto no ha sido implementado en otras ciudades atravesadas por ríos. En el Chao Phraya uno no sólo descansa del calor y disfruta de la brisa y la cercanía con el agua, también uno se deleita con la hermosa vista de los lujosos hoteles (entre ellos el famoso Oriental), los mercados, las villas de la realeza y el espectacular Wat Arun que bordea el río.
Desde aquí, además, se pueden apreciar mejor los contrastes de la ciudad, en donde se entremezcla lo ordenado y lo caótico, la pobreza y el lujo, lo tradicional y lo moderno. La modernidad, esa que los detractores de la globalización ven como una amenaza por su tendencia a homogeneizar, se ha infiltrado en la ciudad, sobretodo en el centro, donde se ven imponentes edificios de oficina, rascacielos, hoteles y centros comerciales iguales o mejores a los de Washington DC, París o Londres. Pero Bangkok no pareciera temerle a esta influencia. La ciudad más bien incorpora lo nuevo sin complejo, como Nueva York ha incorporado a los chinos y a los italianos, haciéndolos parte de la ciudad y aceptando con los brazos abiertos su contribución. Después de todo, es ridículo pensar que esta modernidad va a acabar de la noche a la mañana con la firme personalidad de este lugar.
¿Me atrae todo esto? ¿Me mudaría a Bangkok a vivir? Sí, totalmente. El viaje en el río fue el zarpazo final, pero incluso antes de llegar aquí la ciudad ya me había seducido con su gente, su religiosidad, su ruido, su comida, sus tuk-tuk y su clima. Bangkok es como un mosaico abigarrado que al inicio nos disgusta por su insolencia, pero que luego, con el transcurso de las horas, comenzamos a apreciar por su riqueza. Pronto descubrimos que, como ocurre con esas mujeres que nos seducen con sus dientes torcidos o facciones asimétricas, esas incomodidades –la contaminación, el tumulto, el tráfico, el calor– son parte del encanto. Sin ellas la ciudad sería otra, quizá más conveniente, pero también más común y aburrida.
Esto, en particular, es lo que ocurre con el clima. Estoy convencido de que este calor denso que adormece y aboba es inseparable de la magia de esta ciudad. Sin este calor que apenas al salir de la nevera del hotel penetra todos los poros de mi cuerpo, secándome la boca y empapándome de sudor, Bangkok no fuese Bangkok. Este calor es desasociable del tempo aletargado que se siente en el río, en los templos y en el parque Lumphini, así como del maravilloso olor, ese olor en el que se entremezclan el sudor humano, la comida callejera, el aroma de las frutas, el humo de autobús y el agua sucia de los canales. Como el misterio y el erotismo, el calor y la sensualidad son cercanos aliados. Por eso, en este mélange sensual que es Bangkok, el calor es un elemento indispensable.
Alejandro Tarre (Caracas, 1975) se desempeña como columnista, periodista y editor en varios medios y casas editoriales de Venezuela y Estados Unidos. Desde 2003, reside en Washington DC. Puede escribirle a: aletarre@hotmail.com
domingo, 8 de julio de 2007
Paul Vaso, invitado de La tribu
-lpr
domingo, 10 de junio de 2007
La Ardillada Chez Krause y un cuento en END
Buckeystown ha sido el escenario de legendarias excursiones en nuestros años de Georgetown y de comilonas memorables. El famoso Oktoberfest de los Krause (este año cumple 27 años de tradición alemana ininterrumpida) es quizás uno de los eventos que más marcó mi experiencia en el área de Washington por el hecho de que estaba compartiendo de algo genuinamente local y marginal del área. Es maravilloso encontrar y participar en los estados norteamericanos de este encuentro de culturas y tradiciones tan distintas a la estadounidense, es como entrar a una dimensón desconocida, apartada de la formalidad de Washington.
Hace dos años, Papá Krause (como insiste que le llamemos todos los que frecuentamos su casa), me comentaba que estaba loco por matar las ardillas que se devoraban las hortalizas de su huerta. Yo le pregunté si luego de cazadas, la gente se las comía. De pasadita me comentó que sí y yo, sorprendido, le dije que me gustaría probarlas en alguna ocasión. Papá Krause felizmente accedió a que tan pronto las cazara me invitaría a probarlas. Luego de una larga espera (no es tan fácil cazar estos animalitos y buscar el momento idóneo para que me pudiera escapar de Puerto Rico) la ocasión se dio ayer. Si bien es cierto que regresé a D.C. para ver a mis amistades de universidad y rememorar mis años en la ciudad, también regresé a Buckeystown para honrar una invitación y cumplir con mi palabra de que sí, comería ardilla.
Finalmente, a las doce de la medianoche nos sentamos a la mesa a comer. Papá Krause, el chef y gourmet de la casa, será de ascendencia alemana, pero su hispanofilia y sus largas temporadas en España (es maestro de español y lo habla con un acento castizo) lo han hecho un gringo españolizado y un alemán raro, ya que la puntualidad es una palabra desconocida en el léxico familar.
La cena de ardilla fue un manjar. La carne es similar a la del conejo aunque más oscura y de un sabor levemente más intenso (debido a su alimentación silvestre). Un plato fue al estilo de Brunswick, inspirada en una receta de los Seminole de la Florida (una salsa de papas, batatas, manzana, setas, todo acompañado con un puré de batatas y chirivía [parsnip]). El otro plato fue al estilo alemán en una interpretación libre del Sauerbratten que también se utiliza para el conejo. Los trozos de ardilla son marinados en una variedad de especias y brandy, se rebozan levemente y se cocinan en una salsa a base de crema, vermouth, gengibre, pimentón de la Vera, frutas secas y cerezas frescas. Si bien al principio me sentí un poco intimidado por el animal silvestre que tenía al frente, luego de probar las suculentas patas (son la mejor parte) pude verdaderamente apreciarlas, junto al Tempranillo y Merlot que abrimos.
Acabamos de comer a eso de las dos de la madrugada. La brisa se había puesto más helada y el sueño nos invadía sin misericordia. Nuestras miradas eran largas y nuestra conversación se había desviado de las raíces árabes del castellano a una madeja sin sentido que acabamos sobre café descafeinado y una enorme tajada de Key Lime Pie que me selló en un profundo sueño del cual, me parece, todavía no me he librado.
Para los que quieran seguir leyendo, pueden leer el cuento que me publicaron hoy en El Nuevo Día. Véanlo en la siguiente dirección:
http://www.endi.com/noticia/la_revista/vida_y_estilo/espero_que_duermas_bien/228312
martes, 5 de junio de 2007
Los temas de siempre - II
Si desde ya algún tiempo me había deshecho de casi todos los cuestionamientos existencialistas, en estos días me he puesto nuevamente el uniforme de trovador, de romántico y hasta de chef. He vuelto a mirar la vida de muchas otras maneras. Escribo más poesía que hace un mes pero no tanto como hacía algunos años. Creo que esto es bueno: estoy aprendiendo a ser comedido con la palabra y con las emociones, a no desvirtuar las cosas reales con la fantasía que uno se pueda inventar. ¿Y el resultado? Pues que tengo unos versos más limpios y claros y que, en general, siento que todo en este último mes ha fluido con una naturalidad alentadora y sosegada. Que cuando pienso en estos momentos que vivo, pienso en carcajadas, en intentos -exitosos- de satisfacer el paladar de una comensal importante y en una palabra que antes no solía utilizar con tanta regularidad: felicidad. Digo, si esto que siento no es felicidad, pues tiene que ser algo muy pero que muy bueno.
El uniforme de trovador y romántico significa, además de describir y referirme a buenas sensaciones, que he estado fijándome en detalles, en gestos y palabras claves, y pensando por adelantado (que necesariamente no quiere decir pensando en el futuro). Lo de uniforme de chef responde a que he vuelto a cocinar luego de ya casi diez meses que no lo hacía con la intensidad que me caracterizaba cuando vivía en Washington, DC y en Boston. No había vuelto a hacer mis amuse-bouche, mis vinagretas francesas, marinadas, y todo el mini-espectáculo que conlleva confeccionar una cena desde cero, from scratch, y frente a unos ojos inquisidores.
Estos uniformes que menciono arriba son, después de todo, un gran intento por hacer la diferencia, por darse al otro, por atreverse a hacer las cosas bien hechas; por tomar cerveza belga y alemana porque la vida es muy corta para siempre tomar cerveza mediocre.

