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miércoles, 9 de enero de 2008

El roce eterno - Cadáver mmm exquisito 4

...el payaso Bellaquín. Entiendan, queridos lectores, que este payaso no se llama así por su ímpetu sexual sino porque es un payaso, ¿pero qué le va a hacer? Rufino Darling, ¿de dónde vienes? Cuéntanos algo interesante, algún conflicto que haga avanzar la acción, tú sabes, para que nos publiquen, mientras más interesantes sean tus conflictos… por ejemplo ¿alguna manía sexual?...

miércoles, 27 de junio de 2007

L’attente (“La espera”)

Radio Universidad me ha salvado una vez más.

Esta vez lo ha hecho de la arenilla que se cuela por las ventanas, la mierda de y olor a paloma de mi salón y el brusco trato de una señora de escasas lecturas y poca civilidad. Ella es de las cafres malas, de las que tratan de ocultarlo, pero que a la primera oportunidad la embarran; es la cafre antológica, la que nunca podrá ser parte de la verdadera tribu de los cafres de Sudáfrica (víctimas indefensas del mal(h)ab(l)ar de los siglos y el coloniaje) o de ninguna otra tribu que no sea la de la barbarie cultural, la del faux-pas social, y la del uso de muletillas y frases recicladas. Ella es, pues, miembro de la tribu del malgusto nato y puro.

En esta espera que lleva ya una semana entera, el tiempo se ha vuelto una simple excusa para transcribir cualquier pensamiento al papel; para revisar incontables veces mi e-mail, leer las noticias una y otra vez, leer cuentos y ver las fotos y comentarios en mi blog. Onanismo informático. Radio Universidad tan sólo me mantenía unido a la voz y presencia humana, porque no había nadie más esperando conmigo.

Pero claro, luego de haber escrito esto en un papel, lo estoy pasando a computadora. La dependencia con la computadora es continua. El hábito de estar frente a ella, de una forma u otra, nos hace sentir escuchados, acompañados. Somos seres, después de todo, que odiamos la soledad.

Odiamos la soledad y esperar en un salón desvencijado por la entrevista de salida con esta señora. Me pregunto si toda esta espera era una vendetta a los que ella detestaba o si simplemente era una manera de mostrar su autoridad, de aplastar a aquellos que consideraba inferiores.

Y cuando me llamó, entré, esperé todavía un poco más, pero ya cuando salí no hubo marcha atrás. Casi corriendo llegué a mi carro –eran las doce del mediodía– bajé las ventanas, me abrí la camisa de botones y, obviando por un instante a Radio Universidad, puse el CD de Mima y pensé que si no fuera por la amenaza de lluvias (las nubes se amontonaban en la costa y hacía un calor pegajoso), hoy sería un buen día para ir a la playa. Pero ni loco iba a esperar a que aclarara.

martes, 5 de junio de 2007

Los temas de siempre - II

[Nota: Segunda parte de Los temas de siempre. Pinche aquí para la primera parte.]

Si desde ya algún tiempo me había deshecho de casi todos los cuestionamientos existencialistas, en estos días me he puesto nuevamente el uniforme de trovador, de romántico y hasta de chef. He vuelto a mirar la vida de muchas otras maneras. Escribo más poesía que hace un mes pero no tanto como hacía algunos años. Creo que esto es bueno: estoy aprendiendo a ser comedido con la palabra y con las emociones, a no desvirtuar las cosas reales con la fantasía que uno se pueda inventar. ¿Y el resultado? Pues que tengo unos versos más limpios y claros y que, en general, siento que todo en este último mes ha fluido con una naturalidad alentadora y sosegada. Que cuando pienso en estos momentos que vivo, pienso en carcajadas, en intentos -exitosos- de satisfacer el paladar de una comensal importante y en una palabra que antes no solía utilizar con tanta regularidad: felicidad. Digo, si esto que siento no es felicidad, pues tiene que ser algo muy pero que muy bueno.

El uniforme de trovador y romántico significa, además de describir y referirme a buenas sensaciones, que he estado fijándome en detalles, en gestos y palabras claves, y pensando por adelantado (que necesariamente no quiere decir pensando en el futuro). Lo de uniforme de chef responde a que he vuelto a cocinar luego de ya casi diez meses que no lo hacía con la intensidad que me caracterizaba cuando vivía en Washington, DC y en Boston. No había vuelto a hacer mis amuse-bouche, mis vinagretas francesas, marinadas, y todo el mini-espectáculo que conlleva confeccionar una cena desde cero, from scratch, y frente a unos ojos inquisidores.

Estos uniformes que menciono arriba son, después de todo, un gran intento por hacer la diferencia, por darse al otro, por atreverse a hacer las cosas bien hechas; por tomar cerveza belga y alemana porque la vida es muy corta para siempre tomar cerveza mediocre.

domingo, 11 de marzo de 2007

Los temas de siempre - I

Una amiga me dijo el viernes que ya no le temía a casi nada en la vida. Yo inmediatamente le repuse que, mira, yo sí le temo a algunas cosas...con todo y mi discurso cafre, yo temo entrar a un caserío de noche. Le dije eso porque era lo primero que se me ocurría y porque soy muy avanti. Ella es avanti también, pero no me dijo nada más, sólo hizo un ademán de sorpresa leve ante mi respuesta clasista. Pero es cierto, no me gustan los caseríos.

Estos son algunos de los pensamientos que todos, en algún momento, nos hacemos y que todas las generaciones se han hecho. Ese afán de distanciarse del resto, de evitar, precisamente lo bárbaro y tormentoso.

De igual modo, está ese afán de cuestionarse la vida, de hacerlo por un impulso que está latente y por nuestra humana habilidad inquisidora. Me encanta hablar sobre el amor, las relaciones entre los sexos, esa inclinación para no entendernos y suponer cosas; imaginárnoslas. Lo mismo con el tema más fascinante de la humanidad: la muerte. Nos cuestionamos la vida porque al final nos enfrentamos con la muerte, lo desconocido, lo que no ha sido calculado ni esbozado (por eso existen religiones).

Sin embargo y aunque todavía puedo discurrir sobre ellos, estos cuestionamientos me interesaban más antes; ahora me van cansando. Esto me está ocurriendo por una gran razón: luego de desilusionarme muchas veces en la vida, prefiero acercarme a ella con cautela, lanzándome de a poquito. Es la causa y el efecto obvio, no? Dicho de otra manera: no me ilusiono tanto. Veo las cosas con más frialdad y pongo, por largos instantes, todo lo que es sensible y cursi a un lado (e.g., estos cuestionamientos existencialistas, amorosos, profesionales y familiares).

Caso en cuestión: escribía poesía como si no hubiera un mañana. Ya hace dos años que no escribo un verso. Todavía leo poesía (quízás más que prosa) pero me dedico más a ésta última y trabajo ideas alejadas de esos temas de siempre; voy a las minucias de la vida común y corriente. Es cierto, no podré entrar a un caserío, pero no atajo la desensibilización que me ha invadido en estos últimos años.

La tribu errante