domingo, 11 de marzo de 2007

Los temas de siempre - I

Una amiga me dijo el viernes que ya no le temía a casi nada en la vida. Yo inmediatamente le repuse que, mira, yo sí le temo a algunas cosas...con todo y mi discurso cafre, yo temo entrar a un caserío de noche. Le dije eso porque era lo primero que se me ocurría y porque soy muy avanti. Ella es avanti también, pero no me dijo nada más, sólo hizo un ademán de sorpresa leve ante mi respuesta clasista. Pero es cierto, no me gustan los caseríos.

Estos son algunos de los pensamientos que todos, en algún momento, nos hacemos y que todas las generaciones se han hecho. Ese afán de distanciarse del resto, de evitar, precisamente lo bárbaro y tormentoso.

De igual modo, está ese afán de cuestionarse la vida, de hacerlo por un impulso que está latente y por nuestra humana habilidad inquisidora. Me encanta hablar sobre el amor, las relaciones entre los sexos, esa inclinación para no entendernos y suponer cosas; imaginárnoslas. Lo mismo con el tema más fascinante de la humanidad: la muerte. Nos cuestionamos la vida porque al final nos enfrentamos con la muerte, lo desconocido, lo que no ha sido calculado ni esbozado (por eso existen religiones).

Sin embargo y aunque todavía puedo discurrir sobre ellos, estos cuestionamientos me interesaban más antes; ahora me van cansando. Esto me está ocurriendo por una gran razón: luego de desilusionarme muchas veces en la vida, prefiero acercarme a ella con cautela, lanzándome de a poquito. Es la causa y el efecto obvio, no? Dicho de otra manera: no me ilusiono tanto. Veo las cosas con más frialdad y pongo, por largos instantes, todo lo que es sensible y cursi a un lado (e.g., estos cuestionamientos existencialistas, amorosos, profesionales y familiares).

Caso en cuestión: escribía poesía como si no hubiera un mañana. Ya hace dos años que no escribo un verso. Todavía leo poesía (quízás más que prosa) pero me dedico más a ésta última y trabajo ideas alejadas de esos temas de siempre; voy a las minucias de la vida común y corriente. Es cierto, no podré entrar a un caserío, pero no atajo la desensibilización que me ha invadido en estos últimos años.

2 comentarios:

Olga Mesmer dijo...

Entiendo que te asusten los caseríos, Ponce, hay tanta charreria... que asusta, lo admito, pero ese es el encanto de los caserios, sus fachadas forradas con posters de Santini, los closets improvisados en los balcones, las mujeres en dubi dubi, con sus camisas tubo y en shores de mahon apretaos caminando con sus hijos metidos en cochecitos sombrilla de Capri,en Capri nos vemos..

Luis Ponce Ruiz dijo...

Ja, ja.... En esto no hay argumento avanti mío que valga: es una mina de oro. Y no son solo los caseríos...mi experiencia más cafronda no ha sido metiéndome por Barrio Obrero, ha sido en el muelle de Culebra espeta'o en una fila para regresar en un día de fiesta. Hay sí que ves todo eso que mencionas (sans los cochecitos de Capri)...Mi problema con los caseríos en específico es pasar la noche en ellos, esa inseguridad que aunque ciertamente se vive en toda la isla, el caserío -por desgracia- la engloba.

La tribu errante