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viernes, 15 de julio de 2011

En El Punto Es

Esta mañana salió mi primera crónica sanjuanera en el blog hilado por boricuas en Nueva York, El Punto Es. La entrada se llama Un amor urbano de verano.

En ese texto relato mi verano de hace dos años utilizando todo tipo de transportación pública para hacer mis quehaceres y a la vez grabarme en mis sentidos un amor particular por nuestra ciudad y por el amor mismo de tener a una guía excepcional que me llevó por esos caminos, de la mano, a veces en su carro y no pocas veces de sus labios.

Que la disfruten.

viernes, 1 de julio de 2011

Cuerdas curvas

Morrison me refutó y empezó a hablar de las coincidencias. Dijo todo lo que se le ocurrió para resaltar mi estupidez: construyes cosas de lo que te place y te las tragas como la única realidad. Él suele hablar con una pasta vertiginosa, enunciando todas las ‘eses’ y ‘des’ de las palabras. Suele hablar también sin mirarme, con la vista secuestrada por la pantalla del iPhone. Conversar con él es consagrarte en la paciencia, una virtud en desuso, pero necesaria en casos como este para que tu mejor amigo te diga algo sobre lo que hace años viene ocurriendo. Un tiempo verdaderamente considerable en el que siempre has decidido hacer nada.

Esa tarde le explicaba la conexión aparente en todo lo que Milady Anne y yo escribíamos, pensábamos y hacíamos. Su pregunta inicial era obvia: ¿y cómo estás tan seguro de eso? Patética, mi respuesta se circunscribía a lo virtual: por el Facebook, el Instragram, el mismo Twitter. He identificado un leit motif (de repente los vecinos de la parte posterior de la casa empezaron a tocar Ya es muy tarde) en toda nuestra huella virtual. Inmediatamente me pidió que abundara.

Me quedé pensando en la palabra. Abundar. Eso es lo que Milady y yo hemos estado haciendo todo este tiempo. Es la acción que mejor podía describir este escenario. Pero no sabía en qué abundábamos.

Empecé a explicarle a Morrison: a veces cuando ando por Guayama ella pone en su status que está o va para Guayama. Eso suele, ocurrir. Se llaman coincidencias. No, Morrison, son acercamientos del alma. También me ocurrió una vez que de tanto pensarla se me apareció. Primero vi a su hermana, al otro día a su mamá (todos en lugares distintos) y entonces el viernes, de entre la multitud, se lanzó un anzuelo que me llevó hacia ella y a su mirada aún fijada en las nubes. Conexiones del subconsciente, nada más; no le des importancia.

Había anticipado sus respuestas y por eso no me daba por vencido. Entré al tema de los hashtags, porque de entre el caos del Internet, era improbable que se dieran situaciones tan similares entre dos personas que llevaban años sin hablarse. O sea, me quieres decir que, por ejemplo, los dos pusieron lo mismo cuando llegó Obama o con lo del Picu. No me hagas perder el tiempo con esas mentiras, chico. Morrison dijo esto cuando ya se había entretenido con su télefono. Sabía que escuchaba lo que le contaba, pero me contestaba sin pensar (creo que no hay mejor definición que ésta para describir la conducta en esta era de la información).

Evidentemente esas no eran las coincidencias. Era de haber pensado en un mismo lugar y tuitearlo al mundo: el café en el que nos citábamos los sábados luego de mis clases, #cafélaplace, con pocas horas de diferencia. Hacernos fan del mismo blog en el que ya pronto empezaría a escribir, @acordeones. Tirarnos el status proverbial del tiempo pasado, real o no, con otras personas, en otros lados y formas. Reusar los mismos tags en el Instagram: #túsabes #bellaquin #donmamino #oíste. Adivinarle los dedos en una foto sin rostro, porque ese fue el bar donde los besos dejaron de ser palabras y se convirtieron en labios, #nuncamás.

Morrison no se rió como suele hacer cuando me pongo, como dice él, a enmierdar oraciones para que suenen lindas. Luego me preguntó: ¿qué has esperado entonces para llamarla?

#Noinsistas, decía la canción y fue lo que Milady Anne había tuiteado hace unos días. No encuentro otra manera efectiva de insistirle, te soy honesto y, a la vez, me parece que no hay mejor forma de estos lazos, de estos cables a los que seguimos conectados.

Interesante que me hables de cables en la era del Wi-Fi. Háblame mejor de telepatía: estamos viviendo en el futuro, mi pana. Morrison se quedó mirándome. Ya había dejado el móvil tranquilo, lo que indicaba que estuvo totalmente atento a mi última intervención. Le pedí el teléfono porque quería verificar algo en mi Twitter; un breve préstamo que siempre me concedía

Mientras abría mi cuenta en el buscador del iPhone, Morrison siguió comentando sobre mi metáfora: Al final, mano, con tantos cables se van a ahorcar. Yo, en cambio, la buscaba a ella y en mi mente defendía mi descripción: son emociones ancladas en cosas tocables, son líneas que resisten el tiempo, otros cuerpos, las lluvias de verano y las huelgas.

Y entonces allí estaba, ese tweet de hace una hora, solito, encima de las risas, las ironías, los intentos -algunos geniales, otros frustrados- de asomarse a la tuiteratura: “Las cuerdas se doblan y ya es muy tarde #piénsalo”.


miércoles, 25 de mayo de 2011

Ante la muerte de Arturo Ponce Carpio

El 22 de mayo, mientras me tomaba el segundo cubalibre de la noche, Arturo falleció. Lo hizo como los héroes de carne y hueso suelen morir, frente al televisor.

No supe qué hacer cuando me llegó el mensaje, así que reduje mis acciones a solo pedirme otro trago. Luego intenté besar a la chica con la que estaba y, al recibir el rechazo de sus labios, desistí hacer el ridículo nuevamente. Pagué la cuenta, busqué mi auto y una vez adentro lloré como si hubiese perdido a un padre.

Al otro día comencé a tratar de rescatar algunos de los pensamientos que quizás pasaban por la mente de Arturo cuando, de repente (y así lo ha confirmado un médico, amigo de la familia, que tramitó la necropsia), se fue a transitar por la senda de las estrellas a la que le gustaba señalar en las noches que acampábamos en las montañas más oscuras de Maricao.

Lo imagino sentado en su butaca de siempre, pensando en las caminatas que hizo junto a sus amigos de universidad desde los Andes centrales peruanos hasta los ecuatorianos donde, en el pueblo de Gualaceo, conoció y se casó con su primera esposa. O, quizás, se acordaba del primer escusado que tuvo que lavar en Rhode Island cuando comenzó a trabajar en las estaciones de camioneros de la United Parcel Service. Esos primeros cheques, como era de esperarse, llegaban a las pequeñitas manos de esa esposa ecuatoriana que luego, cuando llegó a los Estados Unidos, lo abandonó por un cocinero colombiano.

Por eso, Arturo nunca sonrió ante ese dicho tan popular nuestro de que el amor entra por la cocina. En todo caso, su amor salió por la cocina, tomó el bus 47 hacia las afueras de Providence y subió, con la entrepierna humedeciéndosele cada vez más, los escalones de madera resquebrosos del número 315 de la Post Road que daban a esa cama que nunca más dejó.

Pero, más certeramente, Arturo tuvo que estar pensando en la misma muerte cuando ésta le llegó. Cuando tenía 40 años y yo siete, me confesó que cuando único perdonó a la ecuatoriana fue cuando mató al colombiano. Estoy seguro que todos los días pensaba en la muerte, desde antes de decidir que mataría al colombiano, durante los ocho años que estuvo en prisión hasta esa noche del 22 de mayo, en su vigésimo tercer año de libertad, cuando, de tanto pensarla, se le manifestó.

A Arturo siempre lo conocí como el hermano mayor de mi padre, como mi tío, pero desde el martes 24, cuando la ecuatoriana llegó con uno de mis primos, y me dijo a quemarropa que yo también era su hijito, me empezó a crecer nuevamente la pequeña duda que en algún momento de mi adolescencia sembré al no poder cruzar el pequeño y arregladito jardín que me separaba de mis supuestos padres y al que, desde una muy temprana edad, me habían prohibido siquiera mencionarlo. Ese nítido jardín no era otra cosa que el honor familiar, algo que mis pies jamás podrían tocar porque imaginaba que, si llegase a mover una planta o piedra, destaparía un fantasma que yo, evidentemente, desconocía.

«Tu papá me dice que tu tía perdió la cabeza cuando Arturo mató a su amante colombiano», me dijo en casa la mujer a la que siempre he conocido como mi madre cuando, de pasadita, le mencioné lo de «hijito». Lo habrá dicho por cariño, solidaridad y tristeza. No había más que buscar, me convenció ella; en los países andinos todos somos mamacitas o papacitos o hijitos y no debía darle más importancia a semejante expresión. El problema es que siempre había sentido una afinidad muy particular con Arturo (el gusto por ver los barcos ir y venir en la Bahía de San Juan, las chicas de piernas flacas, el camping y las fogatas, los cuentos de Ribeyro y, junto al amor por las letras, el odio irremediable hacia los cálculos, los números y el orden racional de las cosas).

Con mi padre nunca compartí esas pequeñas cosas. Él me proveía todo lo material, lo necesario para alcanzar el éxito social y de esa manera aseguraba su amor hacia mí. Así que en la juventud, cuando uno va alcanzando una relativa madurez gracias a los errores cometidos, nos empezó a distanciar la manera en que cada uno pretendía ver la vida. Arturo y yo la veíamos como el saltar de flor en flor de loto en un estanque intranquilo, sin tener la necesidad alguna de alcanzar cualquier orilla; mi padre, como un puente macizo, firmemente anclado en el fondo del estanque, que servía el único propósito de adelantarnos hasta llegar a la última orilla posible del planeta.

Mañana enterraremos a Arturo, llueva o no. Parecería que no tengo nada más que hacer que escribir esto, cuando me toca lo más difícil del rito: despedir el duelo. Nadie más ha venido de Ecuador y de Perú (nunca sentó bien en la familia que tuviéramos un asesino entre los Ponce) y el señor al que toda mi vida le he dicho padre me dijo que ya era hora que me encargara de asuntos serios como este, cuando, en realidad es a él quien le tocaría despedirlo por ser su hermano.

¿Hermano y padre o tío? El asesinato, los años y la cárcel. ¿Cómo despedir a Arturo correctamente? Ahora me sumo en estos sentimientos, gracias al «hijito» de la ecuatoriana que ha venido a representar ese pie descalzo mío al que habían exiliado del lindo jardín familiar. Y por eso también me sumerjo en mi vida, en las dudas, en esos miedos tan pavorosos que te hacen sudar en lugares nuevos de tu cuerpo.

Si tuviera a donde ir, bajaría ahora mismo y le exigiría a la mujer y al hombre que siempre he llamado padres a que me dijeran quién realmente era Arturo. Pero creo que es mejor solo imaginármelo como mi padre, ese pobre infeliz que, por matar y sufrir cárcel, vio como su propia familia se puso de acuerdo a que le quitaran la patria potestad sobre su hijo menor y lo enviaran a casa de su hermano recién casado con una boricua (a esa dulce mujer a la que siempre la he conocido como mamá), lejos de Rhode Island, de la ecuatoriana, de todo ese submundo de la diáspora sudamericana de los setenta y los ochenta.

En el duelo no lo llamaré papá. Lo llamaré algo mejor, Arturo, mi maestro, mi confidente, ese asesino confeso que me enseñó a ver la vida alejado de lo previsible, aunque al final la muerte lo haya sorprendido viendo un programa de esos filmados en Miami que repiten por Univisión y que, como a todo viejo de su edad, ya le había empezado a tomar el gusto como paliativo a la soledad en que se encontraba flotando sobre su pequeña isla de loto en el océano tempestuoso de nuestra familia.

lunes, 9 de mayo de 2011

Mis islas de Hawai'i - II

[La primera parte de esta crónica está aquí.]


Hawai’i es todo menos Hawai’i

Las islas, aunque están en medio del Pacífico, son Estados Unidos, claro, pero también Japón, las Filipinas, China y el resto de Polinesia. La cultura hawaiana ha subsistido gracias al folklore de feria que inunda los resorts de Waikiki y Maui, y el diseño tan acogedor y polinesio de sus aeropuertos donde el agudo ukulele se impone a cualquier música pop.

Lo fácilmente identificable como hawaiano es el lei y el Spam servido con y en todo lo imaginable, un músico tocando el ukulele, la nuez macadamia y el festival de la malanga. Símbolos que sirven de excusa para una nacionalidad tragada inicialmente por Washington y luego modificada por la insistencia en diferentes monocultivos a través de las décadas y los vaivenes de la economía mundial.

Mi apreciación sobre la nacionalidad hawaiana no debe ser malinterpretada. No estoy defendiendo un nacionalismo monolítico ni decimonónico. Lo que ocurre en Hawai'i es el legado de una potencia que a través de corporaciones privadas usurpó de su tierra a los habitantes originales y los llevó a convertirse en una cultura en peligro de extinción, de material folklórico de museos y exhibiciones. Los que se queden en Honolulu verán un Hawai'i glamoroso y cosmopolita; en Maui el paraíso hecho resort, mientras el resto de las islas del archipiélago siguen bastante despobladas y la vida en ellas puede ser un poco más parecido a un estilo de vida hawaiano.

En la isla de Hawai'i, una de las menos pobladas a pesar de ser la más grande, aún quedan rasgos más identificables de la moderna cultura hawaiana. Pero con todo y esto, la mayoría de la población sigue siendo blanca y éstos tienen el control de los terrenos y negocios. El boom inmobiliario ha subsistido en esta isla y los realtors ausentistas, a pesar de la crisis, han mantenido sus derechos sobre estas tierras esperando porque las mismas suban aún más de precio y se las puedan vender al próximo gran resort.

Traigo todo esto a colación porque para Puerto Rico la pregunta importante es la siguiente: ¿Es ésta la panacea de la estadidad que los líderes estadoístas tanto le han vendido a las masas? La siguiente imagen es lo que mejor ilustraría la admisión a la federación norteamericana: la bandera hawaiana por debajo de la barras y las estrellas. Los boricuas --tan orgullosos nosotros de la monoestrellada--, ¿podríamos tomar sin problema el café de la mañana en una situación similar? "Es un símbolo solamente", dirán algunos, pero es la metáfora perfecta para lo cotidiano en Hawai'i: el fin de una nación que ahora solo busca reafirmarse mediante un reconocimiento tardío ante el gobierno federal como tribu de pueblo originario. Mientras tanto, para el resto de la población, si no eres un retirado o inversionista (no importa de que origen étnico seas) te la verás bien difícil progresar en tu propio estado (al menos que sea enfermero/a o maestro/a, las profesiones más solicitadas en Hawai'i ahora mismo).

domingo, 1 de mayo de 2011

Mis islas de Hawai'i


Bienvenidos al Club de 1898

Lo peor de volar a Honolulu es iniciar el viaje en Newark. Son once horas de repeticiones de las mismas tres películas y de comer la malísima comida de porciones diminutas que te venden porque a pesar del largo viaje, las políticas que aplican a los vuelos domésticos continúan vigentes. A esto hay que añadirle mi terror a volar y lo escurridiza que es mi imaginación al recrear mi muerte en medio del aire (como si haber soñado con un episodio así me diera licencia para saber cómo realmente se muestra la muerte a velocidad crucero).

Al aterrizar todo fue mejor, pero parcialmente: aún el frío intenso de marzo se colaba por las mañanas y noches de O'ahu (mi guille de isleño me salió caro porque no lleve ni un puto jacket) y en la mesa (que para mí fue como una estocada fulminante a mi voraz apetito) un disgusto mayor por la ensalada de salmón salado llamada lomi lomi (mitad pico de gallo, mitad algo parecido a un ceviche mal sazonado y violento al paladar), además de la presentación tan hostil con la que los hawaianos ofrecen sus especialidades gastronómicas: pelotas de arroz mochi, otra más de lo que podría llamarse un híbrido de nuestra ensalada de papas y coditos servidas juntas y revueltas, bautizado con el guiso o proteína de tu selección que muchas veces incluía algo de spam, hamburger steaks o algo frito. Todo esto tirado sobra un plato inmenso (por eso este tipo de comida se conoce como plate lunches) sin ton ni son. Claro, lo que he descrito no es comida de lū'au ni de restaurantes finos. Hablo de la comida de la calle, las panaderías y las guaguas de comida que funcionan como el equivalente hawaiano de nuestra cultura de chinchorreo. Un caos como el nuestro -lo concedo-, pero al ser un caos diferente, choca.

En contrapunto está el cerdo estilo kalua, la variedad alucinante de pescados frescos y el poke. De estos tres platos, el más común es el poke que vendría a ser una especie de ceviche japonés-hawaiano (en nada parecido al lomi lomi) en el que el pescado fresco (usualmente ahi) es aderezado en diferentes estilos y servido sobre arroz mochi. El cerdo kalua no es otra cosa que la versión polinesa de un lechón asado, mientras que los pescados frescos están considerados como una proteína ocasional echada hacia un lado como hacemos en Borikén donde la dieta típica es también a base de carbohidratos (aunque mucho más diversos que en Hawai'i), cerdo y carnes.

Empiezo por la comida porque la manera en que comen los hawaianos vierte luz sobre su sociedad. Estos plate lunches están casi siempre reservados para la minoría (digo, si tienen dinero suficiente para comer), que en hawaiano vendría a significar, pues, los propios hawaianos. El pescado fresco, los mariscos, el lū'au, el sushi creativo, la cocina creativa llamada Pacific Rim Cuisine es para los otros hawaianos: la mayoría blanca anglosajona, los turistas y la poderosa minoría japonesa. La mesa, una vez más, sirve como un mapa muy certero de la realidad de los países. Y en Hawai'i la realidad es una de pobreza para el hawaiano originario.

El aislamiento de estas islas también ahoga las oportunidades para la población: una gran grieta que ya se ve y se palpa sobre la capota de ensueño polinesio a la que estamos acostumbrados. Al lado de una de las autopistas principales de Honolulu lo primero que vi fue un caserío derruido y en la prensa y radio se discute, como el tema del status en Puerto Rico, el grave problema de dependencia que luego de 50 años de estadidad el archipiélago sigue sufriendo. Como la vasta mayoría de lo que se consume es importado, los costos se han elevado ("¿no sueñas que estás en Puerto Rico?") y, sumado a la falta de trabajo, el resultado de esta ecuación es de fácil comprobación al visitar los parques públicos del estado. En ellos pude presenciar a familias enteras viviendo bajo toldos o casetas de acampar. Evidente y lamentablemente, la mayoría de estos invasores son los nativos hawaianos, hace más de un siglo reducidos a una minoría en su propia tierra.


[Primera de tres entregas sobre mi reciente viaje al archipiélago de Hawai'i. Esperen por las siguientes dos muy pronto. La segunda parte de la crónica está aquí.]

miércoles, 6 de abril de 2011

Silvio y los cráteres de mi vida

No lo pensé mucho; fue más bien un instinto automático. Creo que así es para casi todo el mundo cuando de música se trata. ¿Qué escuchar mientras se maneja? ¿Qué música se podría conjugar mejor con los momentos vividos ahora, en este preciso instante?

No, no me detuve tanto como lo estoy haciendo ahora al escribir. Busqué bajo artista en mi iPod y luego seleccione “All songs”. Esa sí creo que nunca la había hecho, darle “shuffle” a las cientos de canciones que tengo de Silvio.

Era hora del regreso y ya había anochecido. El atardecer lo vi mientras caminaba en busca de petroglifos hawaianos y mientras llegaba al final de esta llamada Crater Rd. para ver la intersección entre la carretera del hombre y la carretera de Pele, la diosa de la lava, que jugaba una vez más con los deseos ingenuos de todos nosotros.

Diecinueve millas para regresar al tope, al cráter del Kīlauea siempre humeante. Treinta kilómetros para que Silvio le diera más profundidad a la oscuridad, la neblina, las nubes de vapor y azufre.

Rabo de nube de azufre; cráteres de mi vida en los que caía como uno de los tres hermanos por las causas y azares similares a las que me han traído hasta Hawai’i, a una boda que sirvió como reencuentro con mi vida de hace ya seis años en D.C.: otra intersección en que las semejanzas en sensaciones me hacen creer más en que hay ciclos que van mas allá de los circadianos. Ciclos que nacen, se expanden, revientan y reconstruyen.

Pensando en esto me despedí de este volcán y, bueno, de este archipiélago con sabor a Washington, San Juan, Suzhou, Buenos Aires, Arequipa y Lima; con sabor a mí.

¿Qué hago ahora con todo esto?

sábado, 1 de enero de 2011

Primero de enero de dos mil once

Llegaste. Lo que pasa es que siempre lo haces de una manera trillada, como si lo hubiese visto o, más bien, vivido antes. Te pasas en boca de todos, te repiensan, te reimaginan, te hacen ritos, te celebran por todo lo alto como si fueses una especie de salvador. Y cuando llegas se desata la locura y la lujuria. Por breves minutos las personas pierden la noción del tiempo. Ocurren explosiones. Besos y abrazos se lanzan atropellados entre el tumulto. Millones de botellas de champán se descorchan y se abren igual cantidad de condones. Un carnaval en tu honor como hacían nuestros antepasados alrededor de la fogata y bajo las estrellas.

La algarabía dura poco porque muchas veces lo que prometías (o lo que de ti decían) no se cumple. Entiendo que esto es algo injusto de nuestra parte y tú lo debes saber, pero el problema es que no dices nada. Llegas y callas, como una amante que está a punto de dejarte y no sabe qué decir ni cómo actuar y como quiera llega, se aparece y se acuesta contigo. Pues así eres y todo luce indicar que esta vez tampoco vas a cambiar o salir del cuarto sin seducir a nadie.

Así la gente entra en depresiones porque rememoran tiempos mejores o simplemente te temen porque saben, muy dentro de ellos, que tú puedes significar más de lo mismo: la impotencia, la violencia, la música mala, la gente que rejode, y los cortes de pastelillos que te hacen nacer de nuevo.

Llegas (eso dicen) pero al final realmente no llegas porque nunca te has ido. Eres el de ayer y nosotros, aunque pretendamos ser diferentes, cambiar mediante resoluciones y buscar la fórmula para perfeccionarnos, permanecemos iguales: somos también los mismos y lo sabemos, pero no hacemos nada --callamos-- porque así nos enseñaron que todo sería más fácil.

martes, 16 de noviembre de 2010

Quinoa Fields Forever en La Acera

Un tour por Lima con todo y cumbia. Gracias a Renato, que en algún momento le escuché la frase que le da título a este cuento.

Aquí el éxito del verano pasado en las playas sin palmeras limeñas:

lunes, 18 de octubre de 2010

Clase

Entro al salón y a veces no reincido en el asiento de la vez anterior. No me importa. La sala es bastante amplia para que ningún estudiante se quede de pie. La profesora tarda unos diez, quince minutos en entrar e iniciar la clase. En la espera hablo con algunos de los compañeros, enciendo mi computadora y ya pienso en qué haré luego que salga de aquí. La hora y pico de clase se extiende mucho más que el horario acordado porque el tema --en realidad la gran mayoría de ellos en esta Facultad-- tiende a ser técnico y al así serlo, no queda otra sino de catalogarlo como aburrido. En el aburrimiento de esta clase es donde decido a hacer cosas que luego no hago. Me quiero comprar un auto, por ejemplo, y pienso en la independencia que adquiriría al tener una cuenta que deba con el banco. Pienso en mudarme lejos de Bayamón y lo más cerca al mar. Las playas, la desnudez controlada siempre pintan un mundo mejor.

Las ideas están llegando como bandadas de gaviotas. Una idea equivale a mil horas de vuelo. Así me la paso en la clase, volando.

Salgo y llego hasta otras orillas. Me detengo, examino el aire, el sabor de las cosas. Cualquier cosa es mejor que estar atendiendo legajos indescrifrables de angustias legislativas. Una vocecita me dice que no nací para esto. ¡Qué mucha razón tienen esas vocecitas! Yo la secundo, pero sé que hasta nuevo aviso no hay escapatoria. Vuelva otro día en que los cambios sí sean posibles.

Se me ocurre sacar a la gente mediocre que habla por la radio. Hay una diferencia crasa entre un analista de verdad y un analista de la radio. El último analiza para una audiencia; el primero para todos. Yo quiero más al primero aunque nadie después lo quiera.

Me parece chulísimo unirme a una masa de gente que con violencia irrumpa en la legislatura, los tribunales, La Fortaleza a saquear los archivos, tirar las sillas y monitores por las ventanas, romperle la cara a malletazos a dos o tres y proclamar que ahora sí, el pueblo va a legislar, adjudicar y ejecutar. ¡Revolución! Gritarán unos. ¡Anarquía! Llorarán otros. Nada de eso, quizás y sólo quizás, un fútil intento de rescatar lo insalvable.

Quiero publicar un buen libro. El problema es que tengo que escribirlo primero. Las hojas sueltas que he dejado por la vida son objetos casi extraviados y en muchos casos inconclusos. No ha sido falta de tiempo ni espacio, sino falta de tinta o, en el peor de los casos, de lápiz.

Vivir en otros países siempre ha sido mi debilidad. Buenos Aires, Nueva York, Lima, Barcelona, Shanghai (sí, si me voy a China la primera ciudad en que viviré será Shanghai). Imagino en qué barrios viviré, qué platos aprenderé a cocinar, con cuantas chicas lograré acostarme y quién rayos me dará trabajo. Expectativa. Incertidumbre. Lo desconocido suena maravilloso cuando vivimos en lo conocido. Necesito uno, dos, tres días de descubrimiento, unos Días de la Raza, Hispanidad, de Colón, de lo que quieran, solito para mí.

Alguien alguna vez pensó que viajaba mucho para salir de casa de mis padres. Y sí, esa persona tenía razón. Y ahora puedo, ahora estoy más cerca de conseguirlo. Y no tan sólo de mis padres, sino de toda esta Isla. Para salir de la imbecilidad a la que nos hemos tirado de pecho. El problema es que siempre el amor derrota a la imbecilidad.

En todas estas ideas pienso hasta que noto que en mis apuntes de clase se confunden los casos que se discuten con estas ideas peregrinas mías. Debajo de los temas de clase se encuentra mi lista de cosas que nunca haré y luego las impresiones de una comapañera sobre un artículo de de una ley. Me desconcierto un poco y rápidamente me pregunto si a otros compañeros les pasará lo mismo, si dentro de una misma oración un reflujo mental inrrumpe el proceso normal de raciocinio o si yo soy el único, el que ya ha olvidado controlar su mente. Mis ideas. Estas manos que a veces escriben lo que le plazca.

Imagino de todo menos lo que realmente haré luego que se acabe esta clase. (Tan difícil imaginar algo tangible cuando te mueves obligatoriamente en el mundo de las percepciones). Y por eso, cuando llega el momento nunca hago nada y me tomo una siesta que es mucho mejor que gobernar o dar una clase tan mala como ésta.

jueves, 7 de octubre de 2010

La colombiana RCN Radio entrevistó en exclusiva al nuevo Premio Nobel

Los que siempre admiramos a Vargas Llosa por, ante todo, su calidad como escritor y peso intelectual, estamos de fiesta. Los que también somos peruanos y latinoamericanos más aún. Un gran logro para el continente y un maravilloso regalo para estos momentos en que el Perú está escribiendo historia a nivel regional e internacional.

RCN Radio fue el primer medio en entrevistar a Mario Vargas Llosa luego de anunciarse el premio.

Y aquí está la primerísima entrada de este blog, en donde hablo sobre mi primer encuentro con MVLl mientras estudiaba en Georgetown. Días después pudimos dialogar en diferentes foros y me autografió La Fiesta del Chivo.

martes, 3 de agosto de 2010

Cuando no quise escapar

Cuando la Olga me condujo a su ciudad me pareció entrar a un escaparate de 1980. Por lo de escaparate no te ofendas. Todo lo contrario, me sentía emocionado, no tan sólo por que estaba en presencia de tu pasado –los libros amontonados por los años, las fotos de tu familia, el maravilloso afiche de Lautrec-Toulouse, las medias multicolores– sino por el olor de tus cosas que me hacían recordar mis veranos en París. Porque París es todavía tierra de escritores, Olga. El estado francés ha hecho de la patria de Apollinaire y Verlaine un elefante lento y pesado, pero todavía conserva ese inquietante vaho –como el del Sena en las madrugadas– que emboba y seduce a cualquiera. O por lo menos en mí tenía ese efecto y sé que en ti también lo tendrá cuando hagas lo propio y visites a París.


Lo propio en este momento es dejarme que me cuentes tu pasado. Yo escucho mejor de lo que hablo. De hecho, no me hagas caso por mis intentos de llenar los silencios. Mejor habla tú que has vivido más que yo.


A mí me falta hacer tantas cosas. Vivir en Madrid. Permanecer tres días sin dormir en el Carnaval de Río. Subir a lo alto de un edificio con una enamorada y decirle que si en este preciso momento un avión se nos viniera encima y derrumbaba esa torre gemela del tiempo moriría feliz. Me faltan por decir muchas cursilerías, Olga, de adornar mi vida de clichés porque, ¿acaso eso no es lo que hace la gente normal, la gente que ama? Decir por ejemplo: me gustaría que tú fueras esa enamorada y no morir en lo alto de un edificio sino de hambre por querer ser escritor.


Me voy ahora. Los recuerdos han regresado. Y me digo tantas veces lo mucho que se me parece esto a tantos otros encuentros fallidos porque en aquel entonces, como ahora, me rehusé a repetir las cosas que la gente siempre dice. Te las dije diferente y bien que las entendiste, pero nos mantuvimos afianzados a nuestras orillas, alejadas por diez leguas australes, que ninguno de los dos osó acortar. Mi esperanza es que en algún momento osemos caminarlas.


(Escrito en mayo de 2007).

miércoles, 23 de junio de 2010

Ciudades

El Capitán de la Pluma de Ganso ha llegado a la capital federal, ha bajado del tren que lo trajo desde Nueva York y ha encontrado un lugar ideal para no solamente besarla, sino seducirla y decirle que ahora, finalmente, ambos habitan la Ciudad Presente y construyen la Ciudad Futuro.

16 de junio de 2007
Washington, D.C.

viernes, 18 de junio de 2010

"El título es ya la idea. Mantengo siempre el título original, aunque a veces suene forzado y no corresponda al texto."

El título de esta entrada es una cita de José Saramago y fue parte de la respuesta que le dio a Ángel Darío Carrero en la entrevista que le hiciera el año pasado y la que endi.com hoy publica nuevamente a raíz de la muerte del escritor. Me gustó esa contestación porque denota la manera casual con la que Saramago le entraba a la literatura y algunas veces los que pretendemos escribir nos ocurre lo mismo, vemos algo, escuchamos, recordamos y de repente nace un título que poco a poco va echando raíces o vuelo o -más certeramente- desangrándose en los frutos que son las palabras sobre el papel.

Yo no soy un estudioso de su obra y confieso que lo más que he leído de él han sido algunos de sus -¿cómo describirlos y pensarlos?- mágicos y posibles poemas, además de su blog El cuaderno de José Saramago. Dígase entonces que soy un principiante y novato Saramaguino y que a lo mejor no debería estar escribiendo nada sobre él, pero yo digo que no y lo más seguro Saramago, al que nunca conocí en persona, me de la razón y hasta me diga, con su aliento a nada, que ya ni lo lea, que mejor invierta el tiempo en otros grandes. Si este fuera el caso, muy respetuosamente le diría otro no y me leería su obra empezando con los libros que tengo en mi biblioteca además de su Poesía Completa: La balsa de piedra y Ensayo sobre la ceguera.

Ahora, discúlpenme por esta regresión, pero considero prudente detenerme y repasar la frase que utilicé en mi primer párrafo: "la muerte del escritor". Luego de leer varias de las esquelas que los medios han publicado, blogs de otros escritores y reimpresiones de entrevistas pasadas, la verdera razón por la que estoy escribiendo esto es por esa frase, por saber que una mente y verbo brillantes como el de Saramago hayan desaparecido y que solamente nos hayamos quedado con sus libros. No es poca cosa. Claramente, representan un volumen magistral de trabajo literario y por esto se dice que el escritor nunca muere, pero con alguien de la estatura de Saramago, no sé si esto sea cierto. El paso de la vida a la muerte de un ser humano es triste pero la vida continúa, la diferencia en este caso es que la vida continúa sin personas que se atrevan a ser como Saramago: en su manera tan desasosegada de decir verdades e irrumpir el intelecto con un temblor mental, de pensar alternativamente en un mundo mejor, de buscar en el amor la verdadera justicia y en la humildad el verdadero éxito.

No es trágico que un anciano de 87 años muera, es más, en una entrevista que ofreció a RFI hace un año, quizás un poco más, Saramago confiesa tranquilamente que se sabía cercano a la muerte; es más, lo sabía desde el 2000, cuando en esta útima década escribió casi una novela nueva por año, por lo que esto no debe sorprdender a nadie. La tragedia es que nos quedamos habitando un mundo con gente mucho más joven que Saramago, con mucho más dinero e influencia que él pero con una mentalidad tan opuesta y distante a la suya (tan renovada y desmitificadora). Refraseándolo, nos quedamos con los instruidos, pero no con los educados.

Ya hacia el final de la entrevista, Carrero le preguntó: "

¿Le consuela al menos que la obra literaria triunfe sobre sus creadores?" Y Saramago, tan Saramago repuso: "P

or un tiempo, como todo, pero la eternidad literaria tampoco existe".

Que descanse en la paz o en la bondad o en donde quiera que se encuentre ahora, José.

martes, 8 de junio de 2010

5 de junio a cinco años de creer en la invencibilidad

El fin de una historia presagia el inicio de otra. Luego de 9 días en Washington, D.C. el balance es el siguiente: en verano los turistas llegan y los artistas huyen hacia los alrededores de Virginia y Maryland. Llegué no tanto como turista (conozco a Washington hace años) pero sí con ganas de explorar sus nuevos restaurantes, las transformaciones en los barrios y, claramente, revisitar aquellos lugares que esconden las minas de mi melancolía abandonada en la extranjería.

En Puerto Rico -no hay de otra- el verano calienta con la compasión de un violador: el sudor es el ultraje más temible luego de salir de la ducha, luego de vestirse con ropa limpia, luego de saber que no puedes volver a bañarte porque vas a llegar tarde y no hay aire acondicionado que te salve. La única manera es saliendo nuevamente del país; es sitiendo lo que he sentido desde que aterrice ayer o quizás desde mucho antes.

El episodio más reciente fue el sábado 5 de junio luego del matrimonio de unos amigos de la universidad que nos graduamos hace cinco años. Me sumí en un leve espasmo meditativo. La música recién comenzaba y yo me senté solo en la mesa que me tocaba y me convertí en brújula para buscar el camino hacia el que me dirigiría. En un instrumento y nada más porque una cosa es conocer la dirección y otra muy diferente es tomar la decisión para seguirlo.

Me encuentro en ese punto en el que las decisiones trascendentales me importan un carajo. Y esto, ¿se deberá al miedo, a la resignación, a la imposibilidad de salir del maldito estado de estudiante eterno? Como algunas veces suele ocurrir, la respuesta es más fácil de lo que se piensa: una combinación de todas las alternativas.

Así que allí estaba sentado, con la etiqueta puesta y toda empapada de sudor (Virginia también estaba caluroso y nublad0) pensando en qué cosas son reales o no, si la brújula, las direcciones, el amor. Y claro, lo único real es el paso del tiempo, aunque en nuestra memoria a veces se convierta en una excusa o un espejismo o simplemente en un grito mudo, porque hasta lo que uno vivió se vuelve una contestación tan subjetiva que puede perder visos de realidad.

Perder. Una palabra interesante cuando todos a tu alrededor parecen que ganan. Yo perdería todo menos la falsa noción de creer en el amor, de caminar por los lugares por donde antes me besaba, de ver los ojos que hace seis, cinco años me miraban con deseo, de imaginar un viaje en el que cada pedazo del trayecto le haga el amor a un viejo romance distinto. Perder ahora para soñar después. No hay mejor victoria.

Y no hay mejor anhelo que volar lejos de aquí.

martes, 4 de mayo de 2010

El cuarto de los souvenirs

De Buenos Aires me llega un tranvía lleno de parques con monumentos de los héroes nacionales grafitados por jóvenes que todavía tienen las ansias de ser revolucionarios. Volando desde Machu Picchu aterriza Túpac Andina con un collar de hojas de coca y otro de gotas de lluvia. Desde Uruguay, arena de las playas de Maldonado en un sobre que debía contener la última postal que me escribirían.


Así, desde el sur, se me van amontonando en mi cuarto todos estos recuerdos.


De Lima, un concentrado del diesel de las combis que infestan sus calles y, en un frasco, un poco de vapor del Mar de Grau. De Arequipa el micrófono de un kareoke y el suéter de un amigo. De Montevideo, una milésima de segundo de todo el sexo que tuve por el sur se guarda gravada en las ranuras de un disco de pasta que logré reproducir gracias a la generosa aportación del Museo de la Palabra (o más bien, ¿fueron los poemas de Benedetti los que pedí que me grabaran para llevármelos conmigo ante mis intentos infructuosos de encontrármelo en la ciudad?). Luego el poeta murió, quizás (muy probablemente) luego de yo romperle el corazón a alguien por segunda vez.


De Chile, un cielo más estrellado que mi carrera contra el tiempo y el gris terrible de sus pueblos meridionales, tal y como imagino mi cerebro cuando solía escribir postales al viento y (para qué posponerlo, ¿no?) al amor.


Y en Puerto Rico me queda todavía por guardar una isla más grande que esta Isla; no encuentro dónde ponerla y no quiero correr el riesgo que se vuelva a quemar o a traspapelarse entre las olas del mar.

domingo, 4 de abril de 2010

La insondable planicie de los mundos pequeños

¿Y en qué momento se nos empezó a acabar la paciencia? A entendernos. A sostener la mirada. A reflexionar y a conversar sin el cinismo que agujerea todas las buenas intenciones.

En realidad la pregunta sería, ¿en qué momento se empezó a joder mi familia? ¿Cuando mi hermano le dijo cabrona a mi mamá y tuve que empujarlo para que no la agrediera? ¿Cuando mi hermana quedó embarazada y huyó para España? ¿Cuándo decidí que lo mejor era quedarme cruzado de brazos sumergido en mi trabajo y el sexo desmedido que me caía como aserrín de la mesa de un carpintero?

Porque ya la crianza de mis hermanos no era problema mío.

Entonces el viejo finalmente dejó que le rodaran las lágrimas frente a todos, en la mesa de la cocina, en esas escasas veces que todos pudimos vernos las caras después de meses (a lo mejor fueron años). Su hermetismo y sus gestos durante el día, de que no quería la cosa, de que lo iba a aguantar como el macho que siempre había sido, cedió cuando estuvimos los cinco en el lugar de siempre, frente a los platos de comida que se quedaron fríos y a mitad. Mi hermana lloró junto a mí mamá. Mi hermano recogió sus cosas y se fue. Yo me quedé en silencio. Realmente no me cabía pensar qué decir ante el llanto, la inconcebible realidad de que el deprimido no era yo, ni mis hermanos, sino mis padres.

Tranquilo, me escribían. Ya hace rato se acabó la luna de miel de los años más tiernos. Mensajes de tus amigos. ¿Qué puedes hacer ante el moméntum de la vida? Conversaciones telefónicas. Todo, Luchito, todo menos sucumbir. Pero el hueco placer de una venida a destiempo en el motel de siempre te desmentía: sucumbías con la facilidad de la ceniza de un cigarrillo recién aspirado. Todas las trincheras están colmadas y el eterno adiós de la despedida no era suficiente para convencerte de lo contrario. Todos, Luchito, todos te olvidan menos en casa.

Las conversaciones con mi hermano eran efímeras, más bien por su ya conocida constumbre de responder con un 'sí', 'no' o 'estás loco'. Esos eran mis mejores días, cuando me movía a hablarle, a salir de casa y buscarlo. Estás loco porque todavía sigues viviendo con los viejos. Has perdido el tiempo, era lo único que me decía cuando ya me iba. Una estocada de odio, de complejos. O quizás, la verdad.

Seguía en la casa donde crecimos con la falsa esperanza de aliviarles el trago amargo. Hace escasamente 3 años pensaban que éramos la familia ejemplar, mi mamá se regodeaba en cualquier reunión familiar de los logros nuestros y despreciaba a los demás por no ser tan buenos. Fue segando las malas noticias que luego crecerían en la figura de mis hermanos, e inclusive, hasta de mí mismo. Intentaba hablarle, de sacarla del letargo fatalista en el que había caído, le repetía los mejores consejos que me habían dicho o leído en algún artículo de autoayuda y ella me escuchaba, larga y tendidamente. Me miraba y no decía nada. Suspiraba viendo su telenovela a lo que me rendía ante los diálogos cursis de los personajes que evidentemente tomaban más importancia que mis desesperados intentos de recordarle, decirle, que todavía le quedaba un hijo. Uno bajo el mismo techo.

No me culpen entonces cuando no hago nada y salgo temprano en la mañana y llego tarde y me acuerdo de lo que me dice mi hermano cada vez que me voy de su presencia. Eso digo cuando el viejo me recrimina por mi inacción, por haber perdido a mis hermanos, por haberme convertido en un fantasma mientras la casa se caía a cantos. Le discuto, me rebate y ya cuando creo que hemos llegado a un acuerdo, cuando es más que evidente que si hubo algo de culpa fue, en todo caso, la de ellos, él me lanza un último cartucho para mostrarme que él no se equivoca, que soy muy joven para entender la magnitud de mi irresponsabilidad.

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Mi hermana regresó casada de España y con su hijito de tres meses. Su ahora esposo regresaría más tarde, o por lo menos eso nos decía. Ella vivía en un apartamento en la calle Utuado y de lo que el gobierno y mis abuelos y tíos le daban. A esta hora del día, el sol calentaba tanto su pieza que los diálogos siempre terminaban en griterías y recriminaciones, esta vez contra los viejos. Estaba cansado de la repetición de conversaciones, escenas y miradas. Era como ver una mala película por el resto de mis días.

De verdad que sólo he venido a verte, que ya no me importa quién causó qué, mejor cuéntame de Diego, qué le hace falta, y si a ti te va bien con tus cuentas. El Diego empezaba a llorar al escuchar mi voz. Bueno, más bien a chillar como una rata enorme y blanca que sólo se calmaba con el volumen de Sabina a todo dar. Antes de irme, fatigado y sudoroso, le tomé ambas manos a mi hermana y le pregunté: ¿Acaso no extrañas vivir como antes? Sí me respondió con los ojos rojos, con la voz temblorosa, con el drill melodramático de siempre, pero entonces me volvía a la realidad: pensar que el pasado va a regresar es una idiotez. Y cerró el portón.

La paciencia (recordaba de algún Reader's Digest) se acaba cuándo decidimos sobrevivir nomás, cuándo las ideas se quiebran y el mañana se transforma en la misma tortura del ayer. La cita de la revista llegaba hasta 'nomás'. El resto es, claramente, de mi autoría. ¿O fue algo así me dijo un cura? Porque luego de encontrarme rodeado por un campo minado, visitar la Iglesia no sonaba tan descabellado. Empecé a frecuentarla, no a la hora de las misas, sino a la hora que el cuerpo me lo pedía. No había vuelto a creer en un dios, pero los pensamientos de muerte eran los únicos que me impulsaban a levantarme todos los días y quería evitar tener tiempo a solas para darle seguimiento a mis ideas. Ideas para matar. A mi hermano, hacer desparecer a mi hermana y envenenar con un sueño infinito la angustia de mis padres. Pero las variadas formas de matar requerían un estudio sistemático que no estaba dispuesto a hacer. Me debatía entre el matar o matarme, en la salida que acabara con el mayor sufrimiento más rápidamente. De la mano del crimen iba la del castigo: ¿cómo serían mis días en la cárcel? ¿Cómo podría vivir el resto de mis días sin mi familia?

Feliz.

La primera vez que esa respuesta retumbó en mi cabeza me di cuenta que ya algo en mí había quebrado. ¿Cuando crucé los brazos inicialmente? ¿Cuando intenté, ya muy tarde, recomponer el tiempo perdido? ¿Cuando empecé a jugar con la idea de la muerte?

De frente sólo me quedaba el trabajo que de alguna mágica forma logré conservar a diferencia de todos mis amigos, que se fueron desapareciendo como las ampollas de la varicela. ¿Entonces qué me quedaba? Pues a despacharme la mitad de la oficina con la semiautomática que me había comprado por Internet y morir abatido por la policía.

Mentira.

Cerré la computadora y juré que nunca más leería a La tribu de los cafres.

sábado, 5 de diciembre de 2009

Ver las cosas desde lejos

Decidirse a salir, evitando mirar hacia atrás, causa la siguiente contraindicación: nadar largamente en la incertidumbre. Es una ventana rota. Adentro todo se puede tocar con sólo introducir la mano, cuidadosamente, porque se puede cortar. Y sangrar.

No se quiere sangrar (ni tan siquiera tocar; el riesgo es muy alto). Se busca mirar por el cristal con la clara intención de no volver. Nada más. Y nunca más. Las cosas, todas, tienen ventanas, tienen agujeros por donde mirarse. Muchas, sino todas, se rompen y se sigue caminando pensando que la senda que más lejos de lo quebrado lleve a uno es la correcta, hermosa, única senda. Hacia adelante siempre, dicen. Los ojos buscan el camino que más amplio se abra sobre el horizonte. Es el norte. Es el progreso.

Así las cosas permanecen inutilizadas. Sí, porque se sigue una línea recta, rectísima, sin curvas ni desviaciones ni círculos que son tan humanos; el pasado se quebró y llorar de nada vale porque llorar es, pues, passé. Como la ventana a la que se hace referencia en el primer párrafo de ¿esto? Como todo lo que se ha quedado y de vez en cuando se ve a lo lejos. Se ve y uno lo mira como si hubiese sido el hogar antiguo, una vieja piel que se mudó para aplazar el retorno (que nunca se digna en aparecer pero que fue tan de uno).

Uno se pone a mirar a través de la ventana porque hay veces que uno se extravía de tal manera que no tiene otro otro lugar a dónde ir. Sólo resta refugiarse en los vidrios rotos, la piel seca del pasado y anhelar (si es del todo posible) que la cola de cemento que se compró en la ferretería pueda devolverle a las cosas su forma perdida. Eso y una buena secadora de pelo que sujete bien las partes del todo.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Teoría de los parques V: Dación en pago de la ciudad infinita

Yo nunca supe lo que era un precio cierto, ni dinero, besos, manos o signo que lo represente. Bocas, labios, dientes que nos obligaron a halarnos del pelo, porque masticarse las orejas tiene su límite (como no lo tenía mi promesa de entregarte esa cosa determinada, esa cosa que nació en mi habitación en Rivadavia y se desbordó por sobre los mares hasta llegarte).

Yo no sé de contratos cuando la ciudad se nos enredó en las miradas, abrazos, caminatas en sus parques de estar, en sus veredas irregulares y espressos acompañados con su vasito de agua de soda. Yo sólo quería entregarme como una cosa tan indeterminada para que luego tú me dieras forma, me amasaras entre tus pechos ondulantes y me dijeras que todo iba a estar bien mientras el cielo relampagueaba y las calles se inundaban súbitamente.

Yo comprado no quería nada, ni mucho menos vendido, ni arreglado por escrito. Lo queríamos todo al momento y que nuestros suspiros lo hicieran eterno.

Pero las palabras también llueven y las distancias se abren entre lo ideado, lo querido, entre las páginas no escritas de los contratos que nunca se perfeccionaron. Qué daría ahora por mudarme de esta ciudad, de escapar de sus brazos, regazo y piernas, de pagar cualquier precio. Las lágrimas mueren en la dureza de los propios ojos que prefirieron no mirar hacia atrás.

En otra ciudad, entre los bloques de granito que se elevan hacia el sol, la arenilla de los parques me parece la misma; los árboles, aunque en otra temporada, secretean como los de mi ciudad prohibida. Hay otros trenes, otros taxis, otras gentes que no miran ni espían, que te pasan por el lado en un acto repetitivo. Y aunque el olor es distinto, aunque nunca caminamos por estas calles, todavía, entre los pasos de la gente que se apura escapando del frío de octubre, escucho tus sandalias, el leve sonido de tu falda entre tus muslos y el merecido espacio vacío que creas en ésta y todas las ciudades que piso.

martes, 15 de septiembre de 2009

La Chiwinha en La tribu vía Encounters at the Counter


Los maravillosos amigos de La Chiwinha, Joel y Karla, me han privilegiado con una entrada en su blog Counter Encounters. La escribí hace casi un mes, cuando celebrábamos el primer aniversario de ese maravilloso templo a los buenos valores, a la amistad y a unos lassi salvajes.

Lo reproduzco aquí, haciendo la salvedad que el mismo fue escrito en una sentá' y más bien muestra mi fluir de consciencia en aquel instante en que Joel me dio la libreta de los Encuentros. No sé si haga algo de sentido (el título que le puso Joel, "reflexión, sexto sentido", quizás intentaba hacer eso) pero, a lo mejor, ese posible sin sentido es lo que lleva a esas palabras gravitar hacia ese final de mi escrito: el vivo latido que es esta pequeña grandiosa empresa. Muchas gracias a ambos.

SÁBADO 15 DE AGOSTO DE 2009

reflexión, el sexto sentido

15/ agosto/ 2009


No todo lo pasado fue mejor pero La Chiwinha recupera de mi ser los momentos más queridos que he vivido.

A veces es increíble la brisa que se puede sentir entrando al negocio y te olvidas que estás en la ciudad. Río Piedras reflorece gracias a este lugar y nosotros que lo visitamos también.

Yo suelo venir escapando, corriendo, fatigado por una realidad que hemos dejado que se convierta en opresiva, rápida, controlada.

Joel me ve pensativo y por eso me ofreció esta libreta. Y es cierto, pienso y luego siento más: es muy posible que pensar o relexionar sea ese sexto sentido del que tanto se habla. Siento y hablo - más bien escribo - sobre todo esto porque es lo más importante que el latido de La Chiwinha me lleva a sentir.

Muchos deseos de futuro y amor para ustedes,

Luis Ponce Ruiz

sábado, 9 de mayo de 2009

Sarcasmos nulos de madrugada


No necesito tiempo para "investigar por qué estoy triste", sino para acabar lo que tengo de frente y lo que le sigue mañana.  Investigo el cansancio fácilmente obtenido después de amagues de lecturas maratónicas, del teclado siempre accesible, de ese germen de historia para nada asequible pero que me libera del ahora sólo para perderme en un laberinto de imágenes, palabras y sombreros.  Debajo de cada sombrero no hay un conejo, sino un iPod y cada iPod una voz distinta que me llama a hacer algo distinto.  Es difícil escoger, pregúnteselo a un niño o, en la alternativa, a mí cuando me despierte y no sepa qué hacer con las próximas quince, trece horas.

Así, entre esa primera bocanada de aire que tomo luego de lavarme la boca, cuando todavía el sol no quema y los vecinos aún nadan en el sopor del sábado mañanero, me sentaré nuevamente en la silla que ahora mismo estoy sentando escribiendo estas palabras para leer, para matar creatividad con reglas infinitas, con prosa demasiado lógica que te reseca la boca toda y para nuevamente internarme en ese laberinto que, repito, aunque me haga perder, me salva.

La tribu errante