"...[E]l vacío de la casa se les presentaba como un animal dispuesto a tragarse cualquier sonido..." La tribu existe para combatir ese vacío y preservar los sonidos.
miércoles, 1 de febrero de 2012
"A veces los trabajadores humanitarios tenían poco de humanistas [...]
martes, 30 de agosto de 2011
La ciudad había desaparecido (fragmento)
viernes, 12 de agosto de 2011
Ramillete de quenepas (fragmento)
Mi opinión es que yo soy Goliat derrotado por mis pezones, por la absoluta confianza de que podía vivir sin mamar. Ahora sé que es lo mismo a no tener lengua.
viernes, 1 de julio de 2011
Cuerdas curvas
Morrison me refutó y empezó a hablar de las coincidencias. Dijo todo lo que se le ocurrió para resaltar mi estupidez: construyes cosas de lo que te place y te las tragas como la única realidad. Él suele hablar con una pasta vertiginosa, enunciando todas las ‘eses’ y ‘des’ de las palabras. Suele hablar también sin mirarme, con la vista secuestrada por la pantalla del iPhone. Conversar con él es consagrarte en la paciencia, una virtud en desuso, pero necesaria en casos como este para que tu mejor amigo te diga algo sobre lo que hace años viene ocurriendo. Un tiempo verdaderamente considerable en el que siempre has decidido hacer nada.
Esa tarde le explicaba la conexión aparente en todo lo que Milady Anne y yo escribíamos, pensábamos y hacíamos. Su pregunta inicial era obvia: ¿y cómo estás tan seguro de eso? Patética, mi respuesta se circunscribía a lo virtual: por el Facebook, el Instragram, el mismo Twitter. He identificado un leit motif (de repente los vecinos de la parte posterior de la casa empezaron a tocar Ya es muy tarde) en toda nuestra huella virtual. Inmediatamente me pidió que abundara.
Me quedé pensando en la palabra. Abundar. Eso es lo que Milady y yo hemos estado haciendo todo este tiempo. Es la acción que mejor podía describir este escenario. Pero no sabía en qué abundábamos.
Empecé a explicarle a Morrison: a veces cuando ando por Guayama ella pone en su status que está o va para Guayama. Eso suele, ocurrir. Se llaman coincidencias. No, Morrison, son acercamientos del alma. También me ocurrió una vez que de tanto pensarla se me apareció. Primero vi a su hermana, al otro día a su mamá (todos en lugares distintos) y entonces el viernes, de entre la multitud, se lanzó un anzuelo que me llevó hacia ella y a su mirada aún fijada en las nubes. Conexiones del subconsciente, nada más; no le des importancia.
Había anticipado sus respuestas y por eso no me daba por vencido. Entré al tema de los hashtags, porque de entre el caos del Internet, era improbable que se dieran situaciones tan similares entre dos personas que llevaban años sin hablarse. O sea, me quieres decir que, por ejemplo, los dos pusieron lo mismo cuando llegó Obama o con lo del Picu. No me hagas perder el tiempo con esas mentiras, chico. Morrison dijo esto cuando ya se había entretenido con su télefono. Sabía que escuchaba lo que le contaba, pero me contestaba sin pensar (creo que no hay mejor definición que ésta para describir la conducta en esta era de la información).
Evidentemente esas no eran las coincidencias. Era de haber pensado en un mismo lugar y tuitearlo al mundo: el café en el que nos citábamos los sábados luego de mis clases, #cafélaplace, con pocas horas de diferencia. Hacernos fan del mismo blog en el que ya pronto empezaría a escribir, @acordeones. Tirarnos el status proverbial del tiempo pasado, real o no, con otras personas, en otros lados y formas. Reusar los mismos tags en el Instagram: #túsabes #bellaquin #donmamino #oíste. Adivinarle los dedos en una foto sin rostro, porque ese fue el bar donde los besos dejaron de ser palabras y se convirtieron en labios, #nuncamás.
Morrison no se rió como suele hacer cuando me pongo, como dice él, a enmierdar oraciones para que suenen lindas. Luego me preguntó: ¿qué has esperado entonces para llamarla?
#Noinsistas, decía la canción y fue lo que Milady Anne había tuiteado hace unos días. No encuentro otra manera efectiva de insistirle, te soy honesto y, a la vez, me parece que no hay mejor forma de estos lazos, de estos cables a los que seguimos conectados.
Interesante que me hables de cables en la era del Wi-Fi. Háblame mejor de telepatía: estamos viviendo en el futuro, mi pana. Morrison se quedó mirándome. Ya había dejado el móvil tranquilo, lo que indicaba que estuvo totalmente atento a mi última intervención. Le pedí el teléfono porque quería verificar algo en mi Twitter; un breve préstamo que siempre me concedía
Mientras abría mi cuenta en el buscador del iPhone, Morrison siguió comentando sobre mi metáfora: Al final, mano, con tantos cables se van a ahorcar. Yo, en cambio, la buscaba a ella y en mi mente defendía mi descripción: son emociones ancladas en cosas tocables, son líneas que resisten el tiempo, otros cuerpos, las lluvias de verano y las huelgas.
Y entonces allí estaba, ese tweet de hace una hora, solito, encima de las risas, las ironías, los intentos -algunos geniales, otros frustrados- de asomarse a la tuiteratura: “Las cuerdas se doblan y ya es muy tarde #piénsalo”.
miércoles, 25 de mayo de 2011
Ante la muerte de Arturo Ponce Carpio
sábado, 30 de abril de 2011
La tribu de los cafres en La Palabra en Plaza 2011

martes, 8 de marzo de 2011
Cafricultura: Islas, revoluciones y conquistas
AN ISLAND - 3rd TEASER - Vincent Moon & Efterklang from Rumraket on Vimeo.
La banda danesa interpreta aquí parte de la canción "Alike".martes, 16 de noviembre de 2010
Quinoa Fields Forever en La Acera
sábado, 23 de octubre de 2010
12 Consejos de Bolaño
Mi amigo Renato Zeballos es un tigre con verbo de cóndor. De vez en cuando --y esto es pura suposición mía-- cuando la mañana o el día se vuelve pantanoso, él entra al Facebook y sube unos versos, microcuentos o pequeños relatos que tienen el efecto de atraparte. Aunque tome sólo unos minutos leerlos, esas grandes alas de imágenes y palabras que surcan desde Lima llegan a acaparar mi mente por varios días. Entrar al Facebook, pues, toma nuevos matices; depende de la hora del día, esta red social puede convertirse en una gran antología o enciclopedia.
En esta misma honda y hace unos dos días, Renato se topó en el blog feederico.com con este pequeño escrito del chileno Roberto Bolaño y lo compartió en su muro. Ahora me toca compartirlo con ustedes en mi blog. Cierto, no lo escribió Renato, pero algo de la locura del Boñalos siempre ha estado dentro de la cuentística de mi amigo.
12 Consejos de Bolaño para escribir cuentos
"Como ya tengo 44 años, voy a dar algunos consejos sobre el arte de escribir cuentos.
1) Nunca abordes los cuentos de uno en uno, honestamente, uno puede estar escribiendo el mismo cuento hasta el día de su muerte.
2) Lo mejor es escribir los cuentos de tres en tres, o de cinco en cinco. Si te ves con energía suficiente, escríbelos de nueve en nueve o de quince en quince.
3) Cuidado: la tentación de escribirlos de dos en dos es tan peligrosa como dedicarse a escribirlos de uno en uno, pero lleva en su interior el mismo juego sucio y pegajoso de los espejos amantes.
4) Hay que leer a Quiroga, hay que leer a Felisberto Hernández y hay que leer a Borges. Hay que leer a Rulfo, a Monterroso, a García Márquez. Un cuentista que tenga un poco de aprecio por su obra no leerá jamás a Cela ni a Umbral. Sí que leerá a Cortázar y a Bioy Casares, pero en modo alguno a Cela y a Umbral.
5) Lo repito una vez más por si no ha quedado claro: a Cela y a Umbral, ni en pintura.
6) Un cuentista debe ser valiente. Es triste reconocerlo, pero es así.
7) Los cuentistas suelen jactarse de haber leído a Petrus Borel. De hecho, es notorio que muchos cuentistas intentan imitar a Petrus Borel. Gran error: ¡Deberían imitar a Petrus Borel en el vestir! ¡Pero la verdad es que de Petrus Borel apenas saben nada! ¡Ni de Gautier, ni de Nerval!
8) Bueno: lleguemos a un acuerdo. Lean a Petrus Borel, vístanse como Petrus Borel, pero lean también a Jules Renard y a Marcel Schwob, sobre todo lean a Marcel Schwob y de éste pasen a Alfonso Reyes y de ahí a Borges.
9) La verdad es que con Edgar Allan Poe todos tendríamos de sobra.
10) Piensen en el punto número nueve. Uno debe pensar en el nueve. De ser posible: de rodillas.
11) Libros y autores altamente recomendables: De lo sublime, del Seudo Longino; los sonetos del desdichado y valiente Philip Sidney, cuya biografía escribió Lord Brooke; La antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters; Suicidios ejemplares, de Enrique Vila-Matas.
12) Lean estos libros y lean también a Chéjov y a Raymond Carver, uno de los dos es el mejor cuentista que ha dado este siglo."
Entrada original aquí.
jueves, 7 de octubre de 2010
La colombiana RCN Radio entrevistó en exclusiva al nuevo Premio Nobel
RCN Radio fue el primer medio en entrevistar a Mario Vargas Llosa luego de anunciarse el premio.
Y aquí está la primerísima entrada de este blog, en donde hablo sobre mi primer encuentro con MVLl mientras estudiaba en Georgetown. Días después pudimos dialogar en diferentes foros y me autografió La Fiesta del Chivo.
martes, 3 de agosto de 2010
Cuando no quise escapar
Cuando la Olga me condujo a su ciudad me pareció entrar a un escaparate de 1980. Por lo de escaparate no te ofendas. Todo lo contrario, me sentía emocionado, no tan sólo por que estaba en presencia de tu pasado –los libros amontonados por los años, las fotos de tu familia, el maravilloso afiche de Lautrec-Toulouse, las medias multicolores– sino por el olor de tus cosas que me hacían recordar mis veranos en París. Porque París es todavía tierra de escritores, Olga. El estado francés ha hecho de la patria de Apollinaire y Verlaine un elefante lento y pesado, pero todavía conserva ese inquietante vaho –como el del Sena en las madrugadas– que emboba y seduce a cualquiera. O por lo menos en mí tenía ese efecto y sé que en ti también lo tendrá cuando hagas lo propio y visites a París.
Lo propio en este momento es dejarme que me cuentes tu pasado. Yo escucho mejor de lo que hablo. De hecho, no me hagas caso por mis intentos de llenar los silencios. Mejor habla tú que has vivido más que yo.
A mí me falta hacer tantas cosas. Vivir en Madrid. Permanecer tres días sin dormir en el Carnaval de Río. Subir a lo alto de un edificio con una enamorada y decirle que si en este preciso momento un avión se nos viniera encima y derrumbaba esa torre gemela del tiempo moriría feliz. Me faltan por decir muchas cursilerías, Olga, de adornar mi vida de clichés porque, ¿acaso eso no es lo que hace la gente normal, la gente que ama? Decir por ejemplo: me gustaría que tú fueras esa enamorada y no morir en lo alto de un edificio sino de hambre por querer ser escritor.
Me voy ahora. Los recuerdos han regresado. Y me digo tantas veces lo mucho que se me parece esto a tantos otros encuentros fallidos porque en aquel entonces, como ahora, me rehusé a repetir las cosas que la gente siempre dice. Te las dije diferente y bien que las entendiste, pero nos mantuvimos afianzados a nuestras orillas, alejadas por diez leguas australes, que ninguno de los dos osó acortar. Mi esperanza es que en algún momento osemos caminarlas.
(Escrito en mayo de 2007).
jueves, 29 de julio de 2010
Transparencia
viernes, 23 de julio de 2010
Noche naufragada de verano
viernes, 18 de junio de 2010
"El título es ya la idea. Mantengo siempre el título original, aunque a veces suene forzado y no corresponda al texto."
El título de esta entrada es una cita de José Saramago y fue parte de la respuesta que le dio a Ángel Darío Carrero en la entrevista que le hiciera el año pasado y la que endi.com hoy publica nuevamente a raíz de la muerte del escritor. Me gustó esa contestación porque denota la manera casual con la que Saramago le entraba a la literatura y algunas veces los que pretendemos escribir nos ocurre lo mismo, vemos algo, escuchamos, recordamos y de repente nace un título que poco a poco va echando raíces o vuelo o -más certeramente- desangrándose en los frutos que son las palabras sobre el papel.
Yo no soy un estudioso de su obra y confieso que lo más que he leído de él han sido algunos de sus -¿cómo describirlos y pensarlos?- mágicos y posibles poemas, además de su blog El cuaderno de José Saramago. Dígase entonces que soy un principiante y novato Saramaguino y que a lo mejor no debería estar escribiendo nada sobre él, pero yo digo que no y lo más seguro Saramago, al que nunca conocí en persona, me de la razón y hasta me diga, con su aliento a nada, que ya ni lo lea, que mejor invierta el tiempo en otros grandes. Si este fuera el caso, muy respetuosamente le diría otro no y me leería su obra empezando con los libros que tengo en mi biblioteca además de su Poesía Completa: La balsa de piedra y Ensayo sobre la ceguera.
Ahora, discúlpenme por esta regresión, pero considero prudente detenerme y repasar la frase que utilicé en mi primer párrafo: "la muerte del escritor". Luego de leer varias de las esquelas que los medios han publicado, blogs de otros escritores y reimpresiones de entrevistas pasadas, la verdera razón por la que estoy escribiendo esto es por esa frase, por saber que una mente y verbo brillantes como el de Saramago hayan desaparecido y que solamente nos hayamos quedado con sus libros. No es poca cosa. Claramente, representan un volumen magistral de trabajo literario y por esto se dice que el escritor nunca muere, pero con alguien de la estatura de Saramago, no sé si esto sea cierto. El paso de la vida a la muerte de un ser humano es triste pero la vida continúa, la diferencia en este caso es que la vida continúa sin personas que se atrevan a ser como Saramago: en su manera tan desasosegada de decir verdades e irrumpir el intelecto con un temblor mental, de pensar alternativamente en un mundo mejor, de buscar en el amor la verdadera justicia y en la humildad el verdadero éxito.
No es trágico que un anciano de 87 años muera, es más, en una entrevista que ofreció a RFI hace un año, quizás un poco más, Saramago confiesa tranquilamente que se sabía cercano a la muerte; es más, lo sabía desde el 2000, cuando en esta útima década escribió casi una novela nueva por año, por lo que esto no debe sorprdender a nadie. La tragedia es que nos quedamos habitando un mundo con gente mucho más joven que Saramago, con mucho más dinero e influencia que él pero con una mentalidad tan opuesta y distante a la suya (tan renovada y desmitificadora). Refraseándolo, nos quedamos con los instruidos, pero no con los educados.
Ya hacia el final de la entrevista, Carrero le preguntó: "
¿Le consuela al menos que la obra literaria triunfe sobre sus creadores?" Y Saramago, tan Saramago repuso: "P
or un tiempo, como todo, pero la eternidad literaria tampoco existe".Que descanse en la paz o en la bondad o en donde quiera que se encuentre ahora, José.
jueves, 20 de mayo de 2010
Pág. 485 de 'Los detectives salvajes' de Roberto Bolaño
Pere Ordóñez, Feria del Libro, Madrid, julio de 1994. Antaño los escritores de España (y de Hispanoamérica) entraban en el ruedo público para transgredirlo, para reformarlo, para quemarlo, para revolucionarlo. Los escritores de España (y de Hispanoamérica) procedían generalmente de familias acomodadas, familias asentadas o de una cierta posición, y al tomar ellos la pluma se volvían o se revolvían contra esa posición: escribir era renunciar, era renegar, a veces era suicidarse. Era ir contra la familia. Hoy los escritores de España (y de Hispanoamérica) proceden en número cada vez más alarmante de familias de clase baja, del proletariado y del lumpenproletariado, y su ejercicio más usual de la escritura es una forma de escalar posiciones en la pirámide social, una forma de asentarse cuidándose mucho de no transgredir nada. No digo que no sean cultos. Son tan cultos como los de antes. O casi. No digo que no sean trabajadores. ¡Son mucho más trabajadores que los de antes! Pero son, también, mucho más vulgares. Y se comportan como empresarios o como gángsters. Y no reniegan de nada o sólo reniegan de lo que se puede renegar y se cuidan mucho de no crearse enemigos o de escoger a éstos entre los más inermes. No se suicidan por una idea sino por locura y rabia. Las puertas, implacablemente, se les abren de par en par. Y así la literatura va como va. Todo lo que empieza como comedia acaba indefectiblemente como comedia.
martes, 4 de mayo de 2010
El cuarto de los souvenirs
De Buenos Aires me llega un tranvía lleno de parques con monumentos de los héroes nacionales grafitados por jóvenes que todavía tienen las ansias de ser revolucionarios. Volando desde Machu Picchu aterriza Túpac Andina con un collar de hojas de coca y otro de gotas de lluvia. Desde Uruguay, arena de las playas de Maldonado en un sobre que debía contener la última postal que me escribirían.
Así, desde el sur, se me van amontonando en mi cuarto todos estos recuerdos.
De Lima, un concentrado del diesel de las combis que infestan sus calles y, en un frasco, un poco de vapor del Mar de Grau. De Arequipa el micrófono de un kareoke y el suéter de un amigo. De Montevideo, una milésima de segundo de todo el sexo que tuve por el sur se guarda gravada en las ranuras de un disco de pasta que logré reproducir gracias a la generosa aportación del Museo de la Palabra (o más bien, ¿fueron los poemas de Benedetti los que pedí que me grabaran para llevármelos conmigo ante mis intentos infructuosos de encontrármelo en la ciudad?). Luego el poeta murió, quizás (muy probablemente) luego de yo romperle el corazón a alguien por segunda vez.
De Chile, un cielo más estrellado que mi carrera contra el tiempo y el gris terrible de sus pueblos meridionales, tal y como imagino mi cerebro cuando solía escribir postales al viento y (para qué posponerlo, ¿no?) al amor.
Y en Puerto Rico me queda todavía por guardar una isla más grande que esta Isla; no encuentro dónde ponerla y no quiero correr el riesgo que se vuelva a quemar o a traspapelarse entre las olas del mar.
sábado, 24 de abril de 2010
A, C, D, E y F (de una serie que sigue sin titular)
Me fui del país por medio año para medio olvidar mis miedos y errores. Soy, de verdad, un fiasco envuelto en angustias e ilusiones. Camino, por ejemplo, y me creo que una pluma traza la dirección de mis pasos. Pasos que a pesar de mis viajes, me han vuelto a dirigir hacia los pies de A. y a su cruda realidad llena de estrepitosas carnes y olores prohibidos. Sobre éstos --aunque parezca imposible-- escribo los versos más cortos y las intenciones más largas.
Soy un personaje de novela (me digo), de historia (otros me dicen), porque me creo las mentiras que yo mismo plasmo sobre el papel que me ha regalado (A. me dice que solamente prestado) mi autor.
B (haga click sobre la letra)
C
Hay una paloma que vuela sobre el instante en que Hiram le cuelga a Sofía. Hemos terminado, le dijo. ¿En serio, eso quieres? Sí. Y ese sí estuvo acompañado de toda la felicidad del mundo. Sí y el sonido opaco del fin de una llamada.
Hiram camina confiado sobre el precipio que su voz ha creado. Le quedan A., Vanessa, Raquel y Marcos. Volverán a los bares de antes, a las mañanas frente a la mesa emplegostada del cuarto en la San Justo con la Sol, a los desayunos almorzados en La Bombonera junto al pastelillo que irradia una combustión interna de guayaba angelical que siempre comparte con A. en los bancos de la Plaza de Armas mientras tratan de ver a la sombra de Santini asomarse como una nube negra (sé que es su sombra, dice A., cuando me caga una paloma en la falda) entre los arcos de la Alcaldía.
Los adoquines se ven resbalosos gracias al sudor que le sale por las axilas, que se le derrama por el cuello cuando imagina la ilusión de tirar su celular por el foso de El Morro y sentarse a esperar a Vanessa y su inescapable pecho de sirena (alguna vez fui sirena, o algo así dijo cuando terminó de leerse una novela de Mayra Santos).
Raquel y sus maravillosas manos de mantequilla que moldean su espalda luego de conjugar los verbos más mojados entre las sábanas del cuartito un poquito más arriba en la Tanca, casi llegando a la Norzagaray. Hiram ve el mar justo cuando sale del edificio y va hacia el auto donde Marcos lo espera: has regresado a lo que tanto querías escapar. Antes de responderle, ya en el interior del carro, ¡plat!, se estrella una caca de paloma contra el parabrisas (Santini sí estuvo hoy en San Juan, piensa que le dirá a A., y no sólo caga faldas) . Entonces Hiram se cuadra frente al rostro trigueño de Marcos y le responde: he vuelto a no pensar en el después.
D
Cuando regreso de mis viajes a la vieja ciudad, me siento que le pertenezco más a pesar de que las otras ciudades en las que he habitado hayan construido sobre los cimientos de los recuerdos de mi infancia. Poseo una acumulación de varilla, bloques y cemento considerable que incide en la intrépida lejanía de mis pasos sobre los adoquines, en la manera en que me apoyo en los bancos y las columnas de las casas. Siento que existen comienzos que nunca logran iniciar nuevos caminos por el miedo a negociar la comodidad. Hoy, ante mí, no hay uno de esos: gracias a Dios por los largos años que me han dejado un corazón de cal y unos labios de gravilla.
E
Volvió a sentir el olor a garrapiñada. De inmediato dejó la lectura y sin levantarse del asiento voló en dirección hacia ese dulce perfume y cayó en la crispada camisa azul de una empleada pública como públicas eran las ferias de los sábados en la Plaza del Congreso o en Recoleta. Ese aroma, Buenos Aires, esperando en la fila de los cines, paseándose por las esquinas de Corrientes mientras se le antojaba comprar el libro que no le cabría en la maleta. Respiraba el olor a azúcar tostada, sabiendo que en el allí y ahora era sólo un perfume barato, pero no importaba, se tragaba ese olor aunque, a través de las ventanas del tren elevado, veía la colección de edificios que se sucedían con un glamour tímido, como si reconocieran que a pesar de las luces y los cristales continuaban siendo, en su conjunto, una raquítica copia de Manhattan en el Caribe.
Pero otra cosa también le era evidente: si bien la ciudad había cambiado mucho, él lo había hecho más.
F
El Atlántico Austral se barre levemente sobre la arena. Brisa y espuma, las huellas se borran y por aquí --el mar siempre es cómplice-- nadie ha pasado.
Arena que se convierte en lindos y pequeños montones mullidos donde el bañista tira su toalla y se apresta a leer Caracol Beach. Montones que en cuestión de más vientos marinos van formando una, dos, tres, quince, veinte, cien dunas a lo largo de la costa. Ahora, antes que se divisen los arbustos, se ve una humilde capa de vegetación cubriéndolas, y hacia el oeste se abre --en cámara lenta-- la desembocadura de un riachuelo.
Uno que otro árbol ha intentado levantarse frente a la playa, allegado al rústico camino por donde pasan bicicletas, pequeñas motocicletas y los pies de cientos de bañistas que llegan a mediados de diciembre y no se van hasta principios de marzo. El más grande de los árboles frente a la senda lleva años petrificado. Continúa, eso sí, imponentemente alzado sobre el horizonte. Detrás de él, a varios metros, se divisan unas seis villas. Es desde una de ellas que busco, como referencia, las ramas alzadas en forma de 'v' de aquel gigante que me indican hacia dónde queda lo que he abandonado.
domingo, 4 de abril de 2010
La insondable planicie de los mundos pequeños
lunes, 15 de marzo de 2010
Higos secos
La obra de esta noche, ¿valió la pena? La adaptación del texto de Baronni, ¿alcanzó al público? ¿Logró esa empatía tan necesaria para que sea exitosa? Lo empiezas, a ver cómo… ¿Así?:
Esta vez los aplausos y las ovaciones del público no confundieron a su crítico porque, en efecto, esta adaptación de la pieza de Baronni estuvo magistralmente incorporada a nuestra realidad.
Esto de las críticas es como un maldito cuento, hay que empezar con fuerza para que atraiga al lector nuestro de cada día. Debes saber hacia dónde vas, el mensaje, de que si la obra fue buena o mala, para que el pueblo, las masas, vayan a verla o la ignoren; para que las compañías se hagan ricas o se les margine en la desgracia y, lo que es peor, en la mediocridad. Tener una opinión nunca ha sido fácil, pero se complica cuando hay trabajos de por medio y periódicos no sólo dispuestos a recompensarte, sino ávidos de saber qué haces y por dónde andas (siempre descubres frente a tu habitación ejemplares de los diarios que publican tu columna, no importa la ciudad en que te encuentres). Y, por supuesto, todo se convierte en un experimento melodramático y de vodevil cuando mezclas el trabajo con las ganas atrasadas de ver a alguien que hace cinco años no ves…
Coño, te van a dar las tres de la madrugada y en par de horas necesitan tu texto. Esta vez no podrás cumplir, será imposible porque no puedes irte sin haber hablado con ella. «Catalina Dumont», lee el programa de esta noche. «Catalina», repites no una, ni dos, ni tres veces. Repites su nombre, aunque sea en silencio, un millar de veces. Dices su nombre aunque tu boca esté ocupada con el sabor perfumado y sutil del higo. El higo, esa fruta antiquísima. Si los humanos no la hubiesen domesticado, leíste en algún sitio, la higuera no hubiera llegado hasta nuestros días, se hubiese extinguido hace milenios. A Bayoán llegan secos desde Éfeso, cuando el azúcar de sus entrañas está a unos días de cristalizarse por completo. El olor de los frutos es apacible y cada vez que los hueles te traen memorias de tus años en Marruecos y el Sahara Occidental, donde perseguías a tribus beduinas para fotografiarlas y recordar esos años universitarios cuando estudiabas a las sociedades nómadas. Llegaste a Fez por Rabat, continuaste a Marrakech y luego te iniciaste en el Sahara al bajar los Atlas por Warzāzāt, «la puerta del desierto», y ciento setenta kilómetros después te perdiste con tus beduinos en el Valle del Dades. Y ahora, admítelo, la has perseguido hasta aquí con la excusa de escribir una crítica para «Acto Teatral», tu columna.
La obra mereció representarse en los escenarios y esta vez los aplausos y las ovaciones del público coincidieron con la opinión de su crítico porque, en efecto, esta adaptación de la pieza de Baronni estuvo magistralmente incorporada a nuestra historia.
La Dumont logró un personaje auténtico, lacerado e incrustado de esos feos elementos que hacen de un secuestro –y de la vida misma– un viaje tortuoso. Sus pasos certeros en las tablas parecían ir acoplados a la música del compositor uruguayo Zignetti. Su figura, vilmente descubierta por los orificios de sus rasgadas vestimentas, me impedía retirar los ojos de sus caderas, de su suave espalda. Era todo un montaje erótico-morboso escenificado a la perfección. Cuando la Dumont monologaba, te sentías a solas con ella. Cuando la Dumont gritaba y forcejeaba con sus captores, el público contenía su emoción en un silencio intenso. Cuando la Dumont lloraba, nosotros, todos infelices, procurábamos rápidamente aquel pañuelo en el bolsillo lateral de nuestros sacos que creíamos extraviado.
El director acert...
El timbre del teléfono interrumpe tu escritura. Lo dejas sonar varias veces (tienes que darte tiempo a tragar el higo y así hablar con más claridad). Levantas el auricular. Es la voz de la Dumont. «Nos tenemos que ver ahora», exige, pero todavía no comprendes cómo dio contigo. Entonces, eso sí, muy idiota le respondes, «tengo que acabar mi crítica, son un cuarto para las tres y…». «No me importa», interrumpe y seguidamente escuchas su insulto favorito: «No seas huevón y encuéntrame frente al teatro... Y, ah, no olvides tus higos.» Eludes el sonido de un teléfono enganchado, apurando a colgar primero.
Guardas el trabajo, escondes la computadora en la ducha del baño porque no se puede confiar en la supuesta seguridad de estos hostales, y tomas la casaca de piel de avestruz que compraste en una ciudad blanca de los Atlas. Al salir del cuarto te detienes: caes en cuenta que olvidabas los higos secos. Vuelves a entrar. Coges la bolsa de plástico, la doblas de la mejor manera que se te ocurre y te la metes en el bolsillo lateral de la casaca, dándole así compañía al pañuelo todavía húmedo de tus lágrimas.
Afuera se respira bien: la madrugada está límpida. Caminas las siete cuadras que hay entre el hostal y el teatro, y piensas en una sola cosa: la última vez que viste a Catalina hace cinco años. Lo piensas tanto que empiezas a reírte y a recostarte en los postes del alumbrado para sentir que realmente caminas por las calles en busca de su respuesta. Cinco años sin verla y la mayoría de ellos los pasaste en el Norte de África, su tierra.
Ella tiene su versión de cuando se conocieron. Pero tú siempre le insistías que fue una noche de fiesta en casa de Raúl, cuando en aquel entonces (en el que todos eran estudiantes de último año de universidad) se inauguraba el festival de Teatro Metropolitano con «La psicosis aguda» y él había invitado a todo el elenco y técnicos de su obra a celebrar el éxito de la apertura. Catalina obtuvo un papel secundario, pero esa noche era el foco de tu atención: la piel de un intenso color cobrizo, rasgos misteriosos, ojos almendrados oscuros, el pelo castaño, largo y rizado que, de alguna manera para ti desconocida, hacía resaltar los elaborados aretes que pendían de sus orejas. De mil cosas diferentes pudieron estar hablando aquella noche de vientos plácidos, pero de lo que no te olvidaste fue de cuando ella te dijo que había nacido en Marruecos y, aunque hacía mucho que no visitaba su tierra, rara vez faltaban higos secos en su casa.
Precisamente de Marruecos hablaron aquella última vez cuando se sentaron a tomar una taza de café. Habían acabado la universidad y le hablabas sobre el Valle del Dades:
–El país de las mil kasbahs –te aclaró.
–No, el país de los higos –contestaste y al instante–: Acompáñame, Catalina, vámonos… ¿Qué dices? –le sonreías, le afirmabas que ya tenías todo planeado gracias a su papá, que ya tenías la ruta hecha, tú, que nunca habías estado en el África. Tú, que la única relación que tenías con ese mundo era por tu novia marroquí y unas clases sobre los beduinos del Sahara que tomaste para descansar de tu currículo de la facultad de drama.
Le sobrecogió un largo silencio y entonces aprovechaste la ocasión que creías te había dado, como dicen, el destino. Le dijiste lo que te has pasado repitiendo cada día por estos últimos cinco años. Hiciste la pregunta a la que hoy, esperas, recibirás respuesta.
Catalina frente al teatro fuma un cigarrillo. Sus pies, que estuvieron desnudos durante la obra, están ahora cubiertos con unos zapatos oscuros y bajos. Lleva puesta una casaca con el nombre de su más reciente proyecto bordado en el pecho. Te acercas más y es entonces cuando te reconoce.
–¡Ah, el crítico teatral! –te saluda.
–La actriz pródiga –respondes para recordarle estos años de ausencia.
–Es el único momento que tengo para hablarte… Mañana te vas, ¿no? –dice exhalando lentamente el humo del cigarrillo.
–Sabías que no me iría sin verte –le aseguras y rápido añades tratando de mirarla a los ojos–: Tenemos cosas que hablar.
Cuando Catalina sonríe retomas la inocencia perdida. Cuando Catalina sonríe y te mira, sabes que has presenciado algo sutil pero a la vez estremecedor. Cuando Catalina sonríe y te mira porque ha reconocido ese timbre delator en tu voz, te das cuenta de que el paso de los años no cambia a las personas que verdaderamente amas. Apagando el cigarrillo en la pared donde está recostada, te pregunta sobre los higos secos:
–¿No los olvidaste? –pícara, suave y hábil te pregunta.
Los higos secos y la Catalina. Sabías muy bien la razón por la cual no has parado de comerlos desde que la conociste. Sacas la bolsa de tu casaca y ella aprueba.
–Son turcos, no son tan buenos como los del Valle del Dades –dices.
–El país de los higos.
–No, el país de las mil kasbahs –la corriges y ella sonríe, mientras trata de arrebatarte la bolsa de higos–: ¡Ah, ah, no tan rápido! –la esquivas y al toque le preguntas a dónde podrían ir a tomarse el providencial café.
–¿Vamos al camerino?
***
En el autobús de regreso a la cotidianidad de Pinta Negra, la gran metrópolis de Bayoán, a unos noventa kilómetros al norte del teatro donde concluí todo con la Dumont:
Entramos al teatro, pero nunca a su camerino. En el pasillo hacia los tras bastidores, nos fijamos en el servidor automático de café y ella optó por sentarse en un banco que se encontraba justo al lado. No entramos porque el momento así lo ameritaba. A las cinco salí del teatro ofuscado, no sólo porque era la primera vez que fallaba en la entrega de mi artículo, pero por mi pueril idiotez de no olvidar lo que obligatoriamente hay que olvidar. Sabía que iba a acabar así. Lo sabía desde que fui a comprar la bolsa de higos secos en uno de los mercados del centro de la ciudad luego de haber comprado mi entrada. Luego de haber leído hace dos meses, cuando regresé, que Catalina Dumont interpretaría a la secuestrada. Y ella también sabía que iba a ser así. Por eso le insistió a mi editor que le consiguiera el número del hostal donde me hospedaba en esa ciudad, refugiada del salitre del mar y bendecida por la sombra de sus centenarios árboles.
Esa fue su última muestra de consideración para decirme que su respuesta a mi proposición de hace cinco años había caducado al no saber mi paradero. Había sido el instante de mi vida en el que su silencio me hizo volcarme al Sahara para reencontrarme con mis tribus beduinas.
«Había caducado», te pasas repitiendo la sentencia de Catalina durante el transcurso del viaje. «Había caducado», te dices mientras el perfume de los higos, que emana de la bolsa vacía en el bolsillo de tu casaca, te recuerda el pañuelo, ahora perdido para siempre, cuando se lo ofreciste a los ojos de la Dumont.


