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miércoles, 1 de febrero de 2012

"A veces los trabajadores humanitarios tenían poco de humanistas [...]

[...] pronto descubrió que la comunidad de expatriados --como solían llamarse los miembros de las organizaciones no gubernamentales-- estaba plagada de individuos excéntricos, amargados, tozudos y soberbios . . . Muchos de los cooperantes se veían como salvadores o mesías, seres excepcionales que merecían el reconocimiento (y de paso la sumisión) de las víctimas; otros parecían tomarse su estancia en lugares tan miserables y exóticos como los territorios ocupados --sucedía lo mismo en África, en el sudeste asiático o en Haití-- como si fuese una temporada vacacional que, además de proporcionarles entretenimiento, les permitía presumir su altruismo; unos más no se diferenciaban de otros burócratas y repartían la ayuda con la misma displicencia con que hubiesen llenado formularios en una aduana.

. . . le escandalizaba la apariencia y la actitud de algunos de sus colegas: llegaban al campo de refugiados en jeeps último modelo, rodeados de choferes y asistentes, vestidos como si fuesen a un safari, luciendo sofisticados sistemas de radio; hablaban un idioma incomprensible, trufado de términos ambiguos o eufemísticos --beneficiarios, países en vías de desarrollo, personas con deficiencias nutricionales--, atiborrado de siglas y abreviaturas ignotas. No era raro que los propios cooperantes se burlasen unos de otros y se inventasen nuevos nombres: SC (Save the Children) se volvía Shave the Children o Save the Chicken, MSF (Médicos sin Fronteras) devenía Médicos sin Futuro, ACF (Action contre la Faim) se transformaba en Action contre les Femmes o MDM (Médicos del Mundo) en Médicos de Mierda."

-Jorge Volpi, No será la Tierra
(2006)


martes, 30 de agosto de 2011

La ciudad había desaparecido (fragmento)


Todo ocurrió en unos pocos minutos, luego de haber sacado los platos principales. Me acerqué a la mesera de rizos color cobre y le pedí que necesitaba su ayuda en la nevera de la cocina. Una sorpresa que me gustaría regalarle a los comensales, le dije, sonriente, sin soltar una mirada que diera a entender mis motivos ulteriores. Sus brazos, que estaban cruzados sobre su pecho, se reacomodaron a ambos lados de sus abundantes caderas. Las pecas pardas que estallaban en su rostro casi se perdían ante la sangre que se le agolpaba en las mejillas por la confusión que le causaba mi pedido. No te preocupes, le repetí cuando ella aún no salía del asombro de mis instrucciones. Añadí que su ausencia en el comedor no se notaría porque la gente en este tipo de galas suele comer muy despacio, si acaso lo que hacen es probar un poco los alimentos para luego atragantarse de vino y con el Châteauneuf-du-Pape que había, se iban a demorar una eternidad. Este último comentario la calmó y supo que su superior del piso no le reprocharía su insignificante ausencia

Atravesamos rápidamente la cocina, donde mis sous chefs se esmeraban por finalizar los últimos platos y empezaban con los postres (tenían todos los ingredientes cerca, minimizando cualquier visita a la nevera), hasta conducirla al rincón menos visible y más fresco del inmenso refrigerador donde conservamos los mazos de albahaca, menta, tomillo y eneldo. Ella estaba expectante, su suave respiración llegaba a mis oídos y la leve colonia que estaba de moda entre las mujeres jóvenes se me anidaba sin perdón en la nariz y el paladar, mezclándose con el aroma de las hierbas que ya comenzaban a arroparnos.

En este punto me deshice del delantal, me bajé la cremallera y, con mi sexo enhiesto y ya húmedo, lo empecé a frotar contra su ropa. Le ahogué un pequeño grito con la mano. En sus ojos verdes (¿lentes de contacto a lo mejor?) parpadeaba el temor que luego fue sumiéndose en una molestia para, finalmente, terminar en el inconfundible destello de la sorpresa y el gusto.

Horas antes, mientras repasaba con el equipo de meseros el orden de los platillos y los vinos, había atisbado las formas de esta joven. Kathy decía la pequeña tarja que prendía de su chaleco blanco. Kathy y sus finos rasgos acentuados por el maquillaje que llevaba, sus pechos que descendían a través de la ropa ajustada en una curva graciosa, creando así un triángulo junto a la entrada trigonométrica de sus muslos en el encuentro con su pubis. Los milagros de la lycra en Kathy y sus rulos rojos, desafiantes, sus manos pequeñas y esa boca diminuta que, estaba seguro, guardaba los sabores de una especia desconocida.

Desde ese momento no me cabía duda que tenía que estar más cerca de Kathy. Impulsado por ese deseo, y una vez excusado los meseros de la cocina, puse a enfriar una botella de crema irlandesa en la nevera, entre las hierbas aromáticas, en se rincón de la nevera donde ya, a la hora del postre, nadie se asomaría. Y allí estábamos ahora: yo le plantaba pequeños besos en su cabello y de vez en cuando bajaba a su tierno cuello, a ese poco de piel que se podía acariciar sobre la vestimenta que la obligaban a utilizar. Mientras mis labios se mantenían a esa altura, mis manos no aguantaban derrotar las defensas del lycra para alcanzar los vellos de su pubis (¿serían tan rojos como su cabellera?). Al lograrlo fue como barrerme a las orillas de una playa hermosa: empecé a construir un castillo de arena, a hacer canales, trampas, a diseñar el puente levadizo hacia su interior.

La recosté sobre las bolsas de menta y tomillo que estaban más cercanas y me coloqué en sus manos para que chupara. A pesar de la temperatura más baja del refrigerador, me mantenía palpitante, derramando un constante río de almíbar transparente que ella, luego de recorrerme con su mano izquierda, no dudó en probar. Al contacto con su lengua, supe que no había errado al adivinar la intención de su mirada cuando le explicaba la composición de los aperitivos: era una devoradora de glandes calientes, rígidos, duros como un calabacín. Me batía contra la punta de su lengua y las paredes de su diminuta boca. A veces jugaba bruscamente con su dedo pulgar sobre el punto más indefendible de mi miembro, donde comprobó su textura resbaladiza y la vida que tomaba por su cuenta ante mis suspiros de angustia y placer. Cuando repitió este juego dos veces más, le agarré la mano y sin su interferencia me empujé hasta llegar nuevamente a sus labios. No tuvo otra opción que abrir la boca y yo de acordarme de la crema irlandesa: allí estaba, debajo de la albahaca, casi a la altura de los rizos de Kathy.

Tomé la botella y, mientras la abría, le indiqué que me soltara y tomara del licor. Le alcancé un sorbo y luego hice lo propio. Le pedí que tomara otra vez y a la tercera le indiqué que no se lo tragara completo, que dejara un poquito, lo suficiente para que pueda tragarnos los dos a la vez.

El ardor que encontré en su boca me despertó del letargo del placer en que estaba sumido. De una de las esquinas de su pequeña boca se deslizaba un hilo de líquido que recorría su cuello hasta llegar y manchar su chaleco blanco. En ese instante, ninguno de los dos nos importó, no había razón alguna, ambos estábamos embriagados y yo me acercaba diligentemente a sumarme al coctél que ella tragaría.

Cuando el orgasmo llega, no logras comprender los sonidos que escuchas. Cuando llegué no escuché mis gemidos, ni los relamidos de Kathy; tampoco sentí el rumor del motor del refrigerador, ni los platos en la cocina. Era normal, me dije, pero cuando me recompuse y ella comenzaba a mirar con preocupación lo sucio que estaba su vestimenta, me empecé a desesperar por el silencio que nos circundaba. Me subí de un solo movimiento los calzones y el pantalón y salí apresuradamente de la nevera.

Habían transcurrido unos cinco minutos: ahí estaba el gran reloj digital indicando la hora sobre el marco del pasillo que conectaba la cocina al salón. No había nadie. Mis cocineros se habían ido, los postres estaban sin terminar, una que otra sartén y olla tenían sus interiores quemados. En el gran salón del hotel, la orquesta había desaparecido, las mesas estaban deshabitadas, varios pares de zapatacones permanecían tirados sobre la alfombra y las pieles que traían las señoras de sociedad se encontraban en los espaldares de las sillas, huérfanas de hombros y del flash de las cámaras. Sin duda algo serio había pasado, ¿pero qué? Mi rostro tuvo que estar tan destemplado, reflejando quizás una terrible escena sacada de alguna película maldita de Buñuel, porque tan pronto Kathy salió e hizo contacto con mis ojos empezó a llorar.

Luego nos enteramos que todos habían salido hacia el vestíbulo del hotel. Allí algunos trataban infructuosamente de comunicarse con alguna persona de la ciudad. Otros, entre los que reconocí a algunos políticos y abogados con ínfulas de intelectuales, entraban en arduas discusiones sobre lo que podía haber pasado y los efectos del calentamiento global. Muchas señoras de sociedad, sin sus pieles claro está, se habían desmayado y el reducido personal médico de la hospedería trataba de enfrentar la situación valientemente ante los gritos de los esposos. Ya habían rumores de ahorcados en las suites y de gente que se había lanzado desde sus balcones lujosos.

Yo solo presentía que el fin no tardaría en llegar.

viernes, 12 de agosto de 2011

Ramillete de quenepas (fragmento)


Los ojos me laten como dos corazones de iguana herida. Para escribir ni los abro. Ver la luz, que ella penetre en mí, me produce una quemazón que de echarme agua la evaporaría. Tengo los ojos fritos de tanto intentar probarme que claudiqué a un amor por alguna razón válida. (¿Existen razones válidas para claudicar a un amor?). Todas las dudas juntas, en un mazo de preguntas o quenepas, ¿pueden destruir a esa lasca de tofu tan endeble que a veces (o casi siempre) llamamos amor? La bíblica historia del David enfrentándose al Goliat. Solo que en este caso (recién me doy cuenta, escribiendo en la oscuridad) es todo el colorido y vital mundo vegetal —incluyendo la soya en su firme y vigoroso estado natural— contra una rebanada translúcida de tembleque de habichuela. Si estoy escribiendo esto es que ese delgado, infirme alimento ha ganado, que la transparencia y aparente inutilidad del amor es lo más que importa. A pesar de los gustos. De las opiniones, esas que, como los pezones (dijo un amigo) todo el mundo tiene (o tuvo) al menos uno (otros y otras tienen a veces tres).

“According to Caribbean folk wisdom (especially in Jamaica), girls learn the art of kissing by eating the sweet flesh of this fruit, also it is said that if a girl finds two seeds then they’ll have twins”. Fotos y cita tomada de: Reavel's Blog.

Mi opinión es que yo soy Goliat derrotado por mis pezones, por la absoluta confianza de que podía vivir sin mamar. Ahora sé que es lo mismo a no tener lengua.

viernes, 1 de julio de 2011

Cuerdas curvas

Morrison me refutó y empezó a hablar de las coincidencias. Dijo todo lo que se le ocurrió para resaltar mi estupidez: construyes cosas de lo que te place y te las tragas como la única realidad. Él suele hablar con una pasta vertiginosa, enunciando todas las ‘eses’ y ‘des’ de las palabras. Suele hablar también sin mirarme, con la vista secuestrada por la pantalla del iPhone. Conversar con él es consagrarte en la paciencia, una virtud en desuso, pero necesaria en casos como este para que tu mejor amigo te diga algo sobre lo que hace años viene ocurriendo. Un tiempo verdaderamente considerable en el que siempre has decidido hacer nada.

Esa tarde le explicaba la conexión aparente en todo lo que Milady Anne y yo escribíamos, pensábamos y hacíamos. Su pregunta inicial era obvia: ¿y cómo estás tan seguro de eso? Patética, mi respuesta se circunscribía a lo virtual: por el Facebook, el Instragram, el mismo Twitter. He identificado un leit motif (de repente los vecinos de la parte posterior de la casa empezaron a tocar Ya es muy tarde) en toda nuestra huella virtual. Inmediatamente me pidió que abundara.

Me quedé pensando en la palabra. Abundar. Eso es lo que Milady y yo hemos estado haciendo todo este tiempo. Es la acción que mejor podía describir este escenario. Pero no sabía en qué abundábamos.

Empecé a explicarle a Morrison: a veces cuando ando por Guayama ella pone en su status que está o va para Guayama. Eso suele, ocurrir. Se llaman coincidencias. No, Morrison, son acercamientos del alma. También me ocurrió una vez que de tanto pensarla se me apareció. Primero vi a su hermana, al otro día a su mamá (todos en lugares distintos) y entonces el viernes, de entre la multitud, se lanzó un anzuelo que me llevó hacia ella y a su mirada aún fijada en las nubes. Conexiones del subconsciente, nada más; no le des importancia.

Había anticipado sus respuestas y por eso no me daba por vencido. Entré al tema de los hashtags, porque de entre el caos del Internet, era improbable que se dieran situaciones tan similares entre dos personas que llevaban años sin hablarse. O sea, me quieres decir que, por ejemplo, los dos pusieron lo mismo cuando llegó Obama o con lo del Picu. No me hagas perder el tiempo con esas mentiras, chico. Morrison dijo esto cuando ya se había entretenido con su télefono. Sabía que escuchaba lo que le contaba, pero me contestaba sin pensar (creo que no hay mejor definición que ésta para describir la conducta en esta era de la información).

Evidentemente esas no eran las coincidencias. Era de haber pensado en un mismo lugar y tuitearlo al mundo: el café en el que nos citábamos los sábados luego de mis clases, #cafélaplace, con pocas horas de diferencia. Hacernos fan del mismo blog en el que ya pronto empezaría a escribir, @acordeones. Tirarnos el status proverbial del tiempo pasado, real o no, con otras personas, en otros lados y formas. Reusar los mismos tags en el Instagram: #túsabes #bellaquin #donmamino #oíste. Adivinarle los dedos en una foto sin rostro, porque ese fue el bar donde los besos dejaron de ser palabras y se convirtieron en labios, #nuncamás.

Morrison no se rió como suele hacer cuando me pongo, como dice él, a enmierdar oraciones para que suenen lindas. Luego me preguntó: ¿qué has esperado entonces para llamarla?

#Noinsistas, decía la canción y fue lo que Milady Anne había tuiteado hace unos días. No encuentro otra manera efectiva de insistirle, te soy honesto y, a la vez, me parece que no hay mejor forma de estos lazos, de estos cables a los que seguimos conectados.

Interesante que me hables de cables en la era del Wi-Fi. Háblame mejor de telepatía: estamos viviendo en el futuro, mi pana. Morrison se quedó mirándome. Ya había dejado el móvil tranquilo, lo que indicaba que estuvo totalmente atento a mi última intervención. Le pedí el teléfono porque quería verificar algo en mi Twitter; un breve préstamo que siempre me concedía

Mientras abría mi cuenta en el buscador del iPhone, Morrison siguió comentando sobre mi metáfora: Al final, mano, con tantos cables se van a ahorcar. Yo, en cambio, la buscaba a ella y en mi mente defendía mi descripción: son emociones ancladas en cosas tocables, son líneas que resisten el tiempo, otros cuerpos, las lluvias de verano y las huelgas.

Y entonces allí estaba, ese tweet de hace una hora, solito, encima de las risas, las ironías, los intentos -algunos geniales, otros frustrados- de asomarse a la tuiteratura: “Las cuerdas se doblan y ya es muy tarde #piénsalo”.


miércoles, 25 de mayo de 2011

Ante la muerte de Arturo Ponce Carpio

El 22 de mayo, mientras me tomaba el segundo cubalibre de la noche, Arturo falleció. Lo hizo como los héroes de carne y hueso suelen morir, frente al televisor.

No supe qué hacer cuando me llegó el mensaje, así que reduje mis acciones a solo pedirme otro trago. Luego intenté besar a la chica con la que estaba y, al recibir el rechazo de sus labios, desistí hacer el ridículo nuevamente. Pagué la cuenta, busqué mi auto y una vez adentro lloré como si hubiese perdido a un padre.

Al otro día comencé a tratar de rescatar algunos de los pensamientos que quizás pasaban por la mente de Arturo cuando, de repente (y así lo ha confirmado un médico, amigo de la familia, que tramitó la necropsia), se fue a transitar por la senda de las estrellas a la que le gustaba señalar en las noches que acampábamos en las montañas más oscuras de Maricao.

Lo imagino sentado en su butaca de siempre, pensando en las caminatas que hizo junto a sus amigos de universidad desde los Andes centrales peruanos hasta los ecuatorianos donde, en el pueblo de Gualaceo, conoció y se casó con su primera esposa. O, quizás, se acordaba del primer escusado que tuvo que lavar en Rhode Island cuando comenzó a trabajar en las estaciones de camioneros de la United Parcel Service. Esos primeros cheques, como era de esperarse, llegaban a las pequeñitas manos de esa esposa ecuatoriana que luego, cuando llegó a los Estados Unidos, lo abandonó por un cocinero colombiano.

Por eso, Arturo nunca sonrió ante ese dicho tan popular nuestro de que el amor entra por la cocina. En todo caso, su amor salió por la cocina, tomó el bus 47 hacia las afueras de Providence y subió, con la entrepierna humedeciéndosele cada vez más, los escalones de madera resquebrosos del número 315 de la Post Road que daban a esa cama que nunca más dejó.

Pero, más certeramente, Arturo tuvo que estar pensando en la misma muerte cuando ésta le llegó. Cuando tenía 40 años y yo siete, me confesó que cuando único perdonó a la ecuatoriana fue cuando mató al colombiano. Estoy seguro que todos los días pensaba en la muerte, desde antes de decidir que mataría al colombiano, durante los ocho años que estuvo en prisión hasta esa noche del 22 de mayo, en su vigésimo tercer año de libertad, cuando, de tanto pensarla, se le manifestó.

A Arturo siempre lo conocí como el hermano mayor de mi padre, como mi tío, pero desde el martes 24, cuando la ecuatoriana llegó con uno de mis primos, y me dijo a quemarropa que yo también era su hijito, me empezó a crecer nuevamente la pequeña duda que en algún momento de mi adolescencia sembré al no poder cruzar el pequeño y arregladito jardín que me separaba de mis supuestos padres y al que, desde una muy temprana edad, me habían prohibido siquiera mencionarlo. Ese nítido jardín no era otra cosa que el honor familiar, algo que mis pies jamás podrían tocar porque imaginaba que, si llegase a mover una planta o piedra, destaparía un fantasma que yo, evidentemente, desconocía.

«Tu papá me dice que tu tía perdió la cabeza cuando Arturo mató a su amante colombiano», me dijo en casa la mujer a la que siempre he conocido como mi madre cuando, de pasadita, le mencioné lo de «hijito». Lo habrá dicho por cariño, solidaridad y tristeza. No había más que buscar, me convenció ella; en los países andinos todos somos mamacitas o papacitos o hijitos y no debía darle más importancia a semejante expresión. El problema es que siempre había sentido una afinidad muy particular con Arturo (el gusto por ver los barcos ir y venir en la Bahía de San Juan, las chicas de piernas flacas, el camping y las fogatas, los cuentos de Ribeyro y, junto al amor por las letras, el odio irremediable hacia los cálculos, los números y el orden racional de las cosas).

Con mi padre nunca compartí esas pequeñas cosas. Él me proveía todo lo material, lo necesario para alcanzar el éxito social y de esa manera aseguraba su amor hacia mí. Así que en la juventud, cuando uno va alcanzando una relativa madurez gracias a los errores cometidos, nos empezó a distanciar la manera en que cada uno pretendía ver la vida. Arturo y yo la veíamos como el saltar de flor en flor de loto en un estanque intranquilo, sin tener la necesidad alguna de alcanzar cualquier orilla; mi padre, como un puente macizo, firmemente anclado en el fondo del estanque, que servía el único propósito de adelantarnos hasta llegar a la última orilla posible del planeta.

Mañana enterraremos a Arturo, llueva o no. Parecería que no tengo nada más que hacer que escribir esto, cuando me toca lo más difícil del rito: despedir el duelo. Nadie más ha venido de Ecuador y de Perú (nunca sentó bien en la familia que tuviéramos un asesino entre los Ponce) y el señor al que toda mi vida le he dicho padre me dijo que ya era hora que me encargara de asuntos serios como este, cuando, en realidad es a él quien le tocaría despedirlo por ser su hermano.

¿Hermano y padre o tío? El asesinato, los años y la cárcel. ¿Cómo despedir a Arturo correctamente? Ahora me sumo en estos sentimientos, gracias al «hijito» de la ecuatoriana que ha venido a representar ese pie descalzo mío al que habían exiliado del lindo jardín familiar. Y por eso también me sumerjo en mi vida, en las dudas, en esos miedos tan pavorosos que te hacen sudar en lugares nuevos de tu cuerpo.

Si tuviera a donde ir, bajaría ahora mismo y le exigiría a la mujer y al hombre que siempre he llamado padres a que me dijeran quién realmente era Arturo. Pero creo que es mejor solo imaginármelo como mi padre, ese pobre infeliz que, por matar y sufrir cárcel, vio como su propia familia se puso de acuerdo a que le quitaran la patria potestad sobre su hijo menor y lo enviaran a casa de su hermano recién casado con una boricua (a esa dulce mujer a la que siempre la he conocido como mamá), lejos de Rhode Island, de la ecuatoriana, de todo ese submundo de la diáspora sudamericana de los setenta y los ochenta.

En el duelo no lo llamaré papá. Lo llamaré algo mejor, Arturo, mi maestro, mi confidente, ese asesino confeso que me enseñó a ver la vida alejado de lo previsible, aunque al final la muerte lo haya sorprendido viendo un programa de esos filmados en Miami que repiten por Univisión y que, como a todo viejo de su edad, ya le había empezado a tomar el gusto como paliativo a la soledad en que se encontraba flotando sobre su pequeña isla de loto en el océano tempestuoso de nuestra familia.

sábado, 30 de abril de 2011

La tribu de los cafres en La Palabra en Plaza 2011

La periodista cultural Mildred Meléndez Otero, quien ha hecho una extraordinaria labor documentando y promoviendo la cultura literaria boricua e internacional a través de su blog (uno de mis favoritos) Desde las palabras, me invitó a participar de un panel llamado, ¡Los autores tienen la palabra! El mismo se llevará a cabo hoy 30 de abril a la 1PM en el espacio de La Palabra en Plaza. (Haz click aquí para leer la nota escrita por Mildred anunciando la actividad de hoy).

En el evento estaré compartiendo la mesa con los escritores Hiram Sánchez, Jorge Ariel Valentine, José Borges y Awilda Cáez. Si bien no soy el único bloguero del grupo (hagan click sobre los nombres de los compañeros) no he publicado mi primer libro y esto quizás (este soy yo conjeturando, de verdad no sé qué nos vaya a preguntar Mildred o el público) provoque una buena discusión que se ha tornado ya clásica desde el surgimiento de los blogs y, más recientemente, los e-books: ¿Cómo definimos a un escritor? En todo caso, nosotros, escritores de pantalla o de papel, tendremos la palabra.

Los invito a todos a que se den la vuelta por Plaza a la 1PM.

¡Hasta entonces!

martes, 8 de marzo de 2011

Cafricultura: Islas, revoluciones y conquistas

Me tomé un descanso del ciberespacio por algunos meses. Y cuando digo esto me refiero específicamente a que desactivé mi cuenta de Facebook y el Fan Page de este blog que allí residía. Reduje mi presencia a lo mínimo, escribiendo entradas (por más pequeñas que sean) y subiéndolas aquí para despejar cualquier vicio de abandono. En La Acera solo edité unas pocas entradas, la de los amigos Luis Herrero Acevedo y Nelson Vera Santiago.

Pero a partir del 19 de marzo todo va a cambiar. Algunos cambios ya se han hecho, como la plantilla de La tribu; otros están por venir. Solo adelanto que La tribu ha consolidado vastas islas en diferentes mares. Facebook y el Fan Page de La tribu ya se reactivaron. Se conquistaron nuevas islas, nuevos reductos para la cafricultura. Ahora nos podremos llamar un archipiélago en propiedad, con más videos y fotos; distantes destinos y comentario social desde las trincheras; cultura, comida y literatura.

¿Más de lo mismo? Sí, pero cuando 'lo mismo' es aquello que nunca te ha dejado de intrigar.

Intrígate ahora con Efterklang, Vincent Moon y su "An Island":

AN ISLAND - 3rd TEASER - Vincent Moon & Efterklang from Rumraket on Vimeo.

La banda danesa interpreta aquí parte de la canción "Alike".

#Unsaludito especial a los muchachos del colectivo Dos tigresas y un caballito de mar.

martes, 16 de noviembre de 2010

Quinoa Fields Forever en La Acera

Un tour por Lima con todo y cumbia. Gracias a Renato, que en algún momento le escuché la frase que le da título a este cuento.

Aquí el éxito del verano pasado en las playas sin palmeras limeñas:

sábado, 23 de octubre de 2010

12 Consejos de Bolaño

Mi amigo Renato Zeballos es un tigre con verbo de cóndor. De vez en cuando --y esto es pura suposición mía-- cuando la mañana o el día se vuelve pantanoso, él entra al Facebook y sube unos versos, microcuentos o pequeños relatos que tienen el efecto de atraparte. Aunque tome sólo unos minutos leerlos, esas grandes alas de imágenes y palabras que surcan desde Lima llegan a acaparar mi mente por varios días. Entrar al Facebook, pues, toma nuevos matices; depende de la hora del día, esta red social puede convertirse en una gran antología o enciclopedia.

En esta misma honda y hace unos dos días, Renato se topó en el blog feederico.com con este pequeño escrito del chileno Roberto Bolaño y lo compartió en su muro. Ahora me toca compartirlo con ustedes en mi blog. Cierto, no lo escribió Renato, pero algo de la locura del Boñalos siempre ha estado dentro de la cuentística de mi amigo.

12 Consejos de Bolaño para escribir cuentos

"Como ya tengo 44 años, voy a dar algunos consejos sobre el arte de escribir cuentos.

1) Nunca abordes los cuentos de uno en uno, honestamente, uno puede estar escribiendo el mismo cuento hasta el día de su muerte.

2) Lo mejor es escribir los cuentos de tres en tres, o de cinco en cinco. Si te ves con energía suficiente, escríbelos de nueve en nueve o de quince en quince.

3) Cuidado: la tentación de escribirlos de dos en dos es tan peligrosa como dedicarse a escribirlos de uno en uno, pero lleva en su interior el mismo juego sucio y pegajoso de los espejos amantes.

4) Hay que leer a Quiroga, hay que leer a Felisberto Hernández y hay que leer a Borges. Hay que leer a Rulfo, a Monterroso, a García Márquez. Un cuentista que tenga un poco de aprecio por su obra no leerá jamás a Cela ni a Umbral. Sí que leerá a Cortázar y a Bioy Casares, pero en modo alguno a Cela y a Umbral.

5) Lo repito una vez más por si no ha quedado claro: a Cela y a Umbral, ni en pintura.

6) Un cuentista debe ser valiente. Es triste reconocerlo, pero es así.

7) Los cuentistas suelen jactarse de haber leído a Petrus Borel. De hecho, es notorio que muchos cuentistas intentan imitar a Petrus Borel. Gran error: ¡Deberían imitar a Petrus Borel en el vestir! ¡Pero la verdad es que de Petrus Borel apenas saben nada! ¡Ni de Gautier, ni de Nerval!

8) Bueno: lleguemos a un acuerdo. Lean a Petrus Borel, vístanse como Petrus Borel, pero lean también a Jules Renard y a Marcel Schwob, sobre todo lean a Marcel Schwob y de éste pasen a Alfonso Reyes y de ahí a Borges.

9) La verdad es que con Edgar Allan Poe todos tendríamos de sobra.

10) Piensen en el punto número nueve. Uno debe pensar en el nueve. De ser posible: de rodillas.

11) Libros y autores altamente recomendables: De lo sublime, del Seudo Longino; los sonetos del desdichado y valiente Philip Sidney, cuya biografía escribió Lord Brooke; La antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters; Suicidios ejemplares, de Enrique Vila-Matas.

12) Lean estos libros y lean también a Chéjov y a Raymond Carver, uno de los dos es el mejor cuentista que ha dado este siglo."

Entrada original aquí.

jueves, 7 de octubre de 2010

La colombiana RCN Radio entrevistó en exclusiva al nuevo Premio Nobel

Los que siempre admiramos a Vargas Llosa por, ante todo, su calidad como escritor y peso intelectual, estamos de fiesta. Los que también somos peruanos y latinoamericanos más aún. Un gran logro para el continente y un maravilloso regalo para estos momentos en que el Perú está escribiendo historia a nivel regional e internacional.

RCN Radio fue el primer medio en entrevistar a Mario Vargas Llosa luego de anunciarse el premio.

Y aquí está la primerísima entrada de este blog, en donde hablo sobre mi primer encuentro con MVLl mientras estudiaba en Georgetown. Días después pudimos dialogar en diferentes foros y me autografió La Fiesta del Chivo.

martes, 3 de agosto de 2010

Cuando no quise escapar

Cuando la Olga me condujo a su ciudad me pareció entrar a un escaparate de 1980. Por lo de escaparate no te ofendas. Todo lo contrario, me sentía emocionado, no tan sólo por que estaba en presencia de tu pasado –los libros amontonados por los años, las fotos de tu familia, el maravilloso afiche de Lautrec-Toulouse, las medias multicolores– sino por el olor de tus cosas que me hacían recordar mis veranos en París. Porque París es todavía tierra de escritores, Olga. El estado francés ha hecho de la patria de Apollinaire y Verlaine un elefante lento y pesado, pero todavía conserva ese inquietante vaho –como el del Sena en las madrugadas– que emboba y seduce a cualquiera. O por lo menos en mí tenía ese efecto y sé que en ti también lo tendrá cuando hagas lo propio y visites a París.


Lo propio en este momento es dejarme que me cuentes tu pasado. Yo escucho mejor de lo que hablo. De hecho, no me hagas caso por mis intentos de llenar los silencios. Mejor habla tú que has vivido más que yo.


A mí me falta hacer tantas cosas. Vivir en Madrid. Permanecer tres días sin dormir en el Carnaval de Río. Subir a lo alto de un edificio con una enamorada y decirle que si en este preciso momento un avión se nos viniera encima y derrumbaba esa torre gemela del tiempo moriría feliz. Me faltan por decir muchas cursilerías, Olga, de adornar mi vida de clichés porque, ¿acaso eso no es lo que hace la gente normal, la gente que ama? Decir por ejemplo: me gustaría que tú fueras esa enamorada y no morir en lo alto de un edificio sino de hambre por querer ser escritor.


Me voy ahora. Los recuerdos han regresado. Y me digo tantas veces lo mucho que se me parece esto a tantos otros encuentros fallidos porque en aquel entonces, como ahora, me rehusé a repetir las cosas que la gente siempre dice. Te las dije diferente y bien que las entendiste, pero nos mantuvimos afianzados a nuestras orillas, alejadas por diez leguas australes, que ninguno de los dos osó acortar. Mi esperanza es que en algún momento osemos caminarlas.


(Escrito en mayo de 2007).

jueves, 29 de julio de 2010

Transparencia

Ayer pude pensar en nada mientras veía la tarde caer en el parque. Como nos enseñaron en los grados primarios, ver es muy diferente a observar: yo sólo tenía los ojos abiertos, el rostro posicionado en la misma dirección de hacía ya un rato y, de repente, mi mente se abrió en una veloz transparencia (que es el color de la indiferencia y, por eso, también de la nada).

Llevaba años intentando no pensar en algo, pero fue en este último año que la fascinación se volvió una obsesión. No fue hasta ayer, en uno de los pocos días sin lluvia de este mes que, sin buscarlo, ni pedirlo, ni llamarlo, llegó la transparencia. El tiempo obviamente no se detuvo, sino que las ojas empezaron a caer con una suavidad peculiar. Veía todo, lo reconocía, entendía todo lo que estaba ocurriendo justo hasta ese momento en que el mundo seguía igual menos yo. Había dejado de estar habitado por pensamientos, murmullos, por el más mísero aguaje de una idea graciosa o rara. No sé cuánto permanecí así, quizás fue un segundo, a lo mejor minutos, quizás, diez.

Salí del marasmo, de las aguas incoloras de la nada y me fijé finalmente en el niño y la niña que se habían sentado en el banco de en frente. Se tocaban las piernas en un tierno gesto de curiosidad. Empezaron luego a abrazarse y a tocarse el rostro; yo fui quizás el que le añadí alguna dosis de sensualidad, porque realmente no la había, la piel del otro era como la piel propia o un pedazo de papel en blanco o la superficie de una estatua. Terminaron con su juego, retomaron sus respectivas bicicletas y enfilaron hacia la fuente cercana al Tribunal Supremo.

Quedé reconfortado con la escena ya que hacía tiempo no veía a niños de tan cerca y, bueno, no tan sólo eso, sino la aparente inocencia con la que llevaban a cabo su juego. Los juegos de mi mundo tomaban otros caminos, muchas veces escabrosos, hacia ideas que buscaban engañar a la mayor cantidad de personas. El planeta, en vez de ser un parque, hacía tiempo era un campo minado por la complacencia. Por la mía, incluida también, porque me había cansado de buscarle soluciones, de buscarme soluciones.

Fue un buen ejercicio, aunque todo se complicó cuando vi a dos adolescentes sentarse en el banco de mi izquierda. Ella llevaba un trajecito de diseños geométricos, mientras el muchacho vestía de jeans y una camiseta. Los dos llevaban gafas y iPods. El muchacho, a todas luces, era yo en una versión mucho más joven y quien sabe si hasta mejorada. No llegué a escuchar lo que hablaban, pero estuvieron largo rato conversando, más bien discutiendo, y ya cuando las luces del parque se encendieron los vi levantarse e irse en dirección a la avenida Ponce de León.

No bien ambos terminaron de perderse entre los árboles, en el banco hacia mi derecha me senté yo, pero vistiendo una chaqueta y pantalones ajustados y con un cigarrillo entre los labios. Me veía bien; a lo mejor tenía mi misma edad, pero tenía una apariencia más bohemia, de pensador alternativo y no de académico trasnochado. Pasaron como unos cinco minutos hasta que ese otro yo se volteó y me miró. Luego me saludó de una manera diferente, un saludo que yo nunca habría hecho y me preguntó si estaba entretenido pasando mis horas largas en este parque. ¿Horas largas? Sí, me respondío, has estado unas cinco horas en este parque. ¿Qué es lo que se te ha extraviado? Era una pregunta que yo mimo me hubiese hecho, era clarísimo. La inocencia, dije, la necesidad de alejarme de todo, la solución a mis enredos. Creo, me dijo o, más bien, me dije, que has perdido la noción de tu tiempo. El que se ha extraviado eres tú: mírate.

La luz anaranjada de los faroles pintaban mis alrededores de sepia, pero al fondo de esta parte del parque pude distinguir a un señor grueso en sudadera que andaba apresuradamente con un palo en una mano. A pesar de que la oscuridad se precipitaba con más furia mientras más lejos intentaba mirar, noté el pelo blancuzco del señor y las grandes orejas.

Y ya cuando este señor estaba justo al lado de los faroles más cercanos de mi banco pude distinguir, como una vieja melodía, esa respiración tan fuerte (y bochornosa) que aprendí cuando, en mis clases de educación física, me enseñaron a inhalar y exhalar correctamente.

viernes, 23 de julio de 2010

Noche naufragada de verano

Los caminos no conducían a ninguna parte.

Luego de una difícil jornada estudiando y escribiendo bajo la llovizna incesante de estos meses (la isla se va a hundir, creo que ya alguien lo profetizó, tarde o temprano la isla se va a hundir más de lo que la hemos hundido), tuve que salir porque ya las paredes de mi cuarto no me podían contener. Salgo aunque llueva, me dije, y salí sin saber a dónde dirigirme.

Las ocho de la noche de un jueves mojado: el expreso abierto a sus anchas, vacío. El exceso de lluvia era el verdadero peligro, los charcos inmensos que te arrojaban el agua sobre el parabrisas y te hacían perder el control por unos instantes. Ya en pocos minutos me encontraba llegando a mi primer y único destino: Puerta de Tierra. Hacía medio año que no me metía por sus callecitas en busca del 'matecito', como una amiga argentina le llamaba a lo que le conseguía. Ya yo había salido de estas cosas y para nada extrañaba el viaje, ese alargar de la realidad hacia las profundidades de las percepciones más minúsculas, pero las largas horas de escritura me habían provocado algo mucho más intenso que una cura: echar ancla en el pasado.

Justo pasé por la esquina donde conocíamos a la familia que nos la vendía y me detuve. Apagado el motor, las gotas de lluvia chocaban con más fuerza contra el carro. Golpes que a veces parecían pedradas; una furia que comenzó por desesperarme y eso que no iba a comprar nada, cero. Permanecí estacionado con las luces apagadas y veía una que otra figura atravesar la columna de luz que se reflejaba contra mi guagua, proveniente de la única tienda que parecía abierta a esta hora. Dos personas me tocaron el cristal ofreciéndome lo que tenían: el famoso 'matecito' (que no era otra cosa que nuestra versión del nevadito, porque la yerba ya venía empolvada antes de rolarla), coca, pastillas y la cura, la más democrática de todas. No bajé la ventana para nada. Estaba allí para recordar a Romina y las huevadas que habíamos hecho juntos. Encendí las luces y partí en dirección a El Condado. Me imaginé caminando las calles oliendo a lluvia, a mar y a laguna a la vez, lo mejor de los tres mundos, pero en el último minuto desvié el guía hacia el expreso, no sin antes contemplar la idea de entrar por Miramar para llegar a Santurce y ver si algún friquitín seguía abierto para comerme algo. Cuando pensaba en lo que me quería comer ya era muy tarde y me había alejado de la ciudad sin ningún destino en mente. Estaba ya empezando mi camino de regreso.

La idea de volverme a Bayamón me había derrotado, pero nada parecido a pensar que luego de cinco años viviendo aquí no tenía ninguna puerta que tocar, nadie a quien visitar. No me iba a aparecer a casa de mis compañeros de estudios, era jueves, estábamos en finales y mi visita bajo esta lluvia sería más que inoportuna, inesperada y desagradable. ¿Y qué de mis ex novias? Pues ahí estaban, habían sido mis únicas amigas, las pocas que me habían abierto a otros círculos, a los músicos de la Calle Loíza, los artistas del Viejo San Juan, los teatreros encerrados en sus cuartos de la Ponce de León que vivían como en un hormiguero entre el Walgreen's y el Correo. Todas estarían perdidas en sus mundos que yo había desinflado por puro capricho, pienso a veces, o por miedo o quizás por eso de seguir dándole a la ruleta de la suerte y ver qué me deparaba en otros lados.

De novias, nada y de amigos tampoco. Jorgito estaba muy lejos y a esta hora no me iba a ir a buscarlo a los campos de Cupey. Max, coño, se ma había olvidado Max en La Perla, pero lo más seguro no iba a estar, ¿qué iba a estar él metido en su casa a estas horas? Además era jueves, día de carga y descarga.

Los relámpagos ya desbarataban la oscuridad del cielo y yo atravesaba la Kennedy. Antes de dejar Puerta de Tierra hacia El Condado, había pasado por el parque en el que solía caminar con Romina, como el así hacerlo nos transportara a Buenos Aires, a esa tarde de noviembre cuando nos tiramos en el césped a besarnos con ese descaro con el que se besan los porteños, con ese beso de "el país está jodido, lo más seguro yo también, pero no importa".

La beca que me trajo a Puerto Rico antes me daba para vivir cerca de la universidad, pero la beca era sólo para tres años y llevo cinco, por lo que tuve que alejarme cada vez más e invertir en un Honda destartalado que me resolviera donde el tren no podía, o sea, a todos lados menos a la universidad. El cuartito que rentaba estaba en el mismo centro de Bayamón, en ese cuarto donde Romina también estuvo, es más, ella lo estrenó conmigo cuando me mudé y pasó en él varios meses hasta que partió dejándome sólo una escueta nota diciéndome que me había amado, pero no lo suficiente. No sé, ¿acaso se puede amar y no hacerlo completamente? Pues parece que sí, Romina a mí me lo hizo y yo, quizás, se lo habré hecho a todas las novias que tuve después.

Me acercaba ya al peaje y seguía sin saber a dónde me dirigía excepto a casa. Pero no me daba por vencido, debía haber otro lugar a dónde ir; era como insistir por la puerta del regalo secreto en un programa de juegos. Al lado tenías la lavadora y una motocicleta reluciente, pero no, nada qué ver, ahí estaba ese inmenso signo de pregunta que podía ser cualquier cosa. Esta noche, cualquier cosa era mejor que regresar.

Pero regresé. Estacioné a una dos cuadras de mi edificio y empecé a caminar bajo la lluvia mientras me cercioraba que tenía las llaves conmigo. Todavía era temprano, pero el clima hacía que todo se viese más tarde, quizás la una o dos de la madrugada; como en el expreso, no habían carros circulando, eran los árboles, el asfalto, la lluvia y yo.

Subí hasta el segundo piso, abrí el primer portón, luego el segundo hasta caminar por el largo pasillo que conducía a mi cuarto. En este punto se me imposibilitaba ya encontrar la tercera llave para abrir mi puerta. Deseaba estar en todos lados menos aquí, de vuelta a la madriguera, a la cama de siempre, a la mesa de plástico que había apurado contra una de las paredes y que seguía de pie gracias a la torre de libros que sustituía a la cuarta pata perdida. Entré y no pensé que vería a Romina. Qué haces, le pregunté, cómo has entrado y yo no podía creerlo, me parecía que lo había imaginado todo, no era posible, Romina, te fuiste y ahora has regresado, ¿por mí o por más matecito?

No hubo respuesta, solo el nombre de ella escrito incontables veces sobre mis papeles, mesa, libros y paredes, y el rayo que cayó justo frente al edificio que me hizo arrojar el porro al suelo.

viernes, 18 de junio de 2010

"El título es ya la idea. Mantengo siempre el título original, aunque a veces suene forzado y no corresponda al texto."

El título de esta entrada es una cita de José Saramago y fue parte de la respuesta que le dio a Ángel Darío Carrero en la entrevista que le hiciera el año pasado y la que endi.com hoy publica nuevamente a raíz de la muerte del escritor. Me gustó esa contestación porque denota la manera casual con la que Saramago le entraba a la literatura y algunas veces los que pretendemos escribir nos ocurre lo mismo, vemos algo, escuchamos, recordamos y de repente nace un título que poco a poco va echando raíces o vuelo o -más certeramente- desangrándose en los frutos que son las palabras sobre el papel.

Yo no soy un estudioso de su obra y confieso que lo más que he leído de él han sido algunos de sus -¿cómo describirlos y pensarlos?- mágicos y posibles poemas, además de su blog El cuaderno de José Saramago. Dígase entonces que soy un principiante y novato Saramaguino y que a lo mejor no debería estar escribiendo nada sobre él, pero yo digo que no y lo más seguro Saramago, al que nunca conocí en persona, me de la razón y hasta me diga, con su aliento a nada, que ya ni lo lea, que mejor invierta el tiempo en otros grandes. Si este fuera el caso, muy respetuosamente le diría otro no y me leería su obra empezando con los libros que tengo en mi biblioteca además de su Poesía Completa: La balsa de piedra y Ensayo sobre la ceguera.

Ahora, discúlpenme por esta regresión, pero considero prudente detenerme y repasar la frase que utilicé en mi primer párrafo: "la muerte del escritor". Luego de leer varias de las esquelas que los medios han publicado, blogs de otros escritores y reimpresiones de entrevistas pasadas, la verdera razón por la que estoy escribiendo esto es por esa frase, por saber que una mente y verbo brillantes como el de Saramago hayan desaparecido y que solamente nos hayamos quedado con sus libros. No es poca cosa. Claramente, representan un volumen magistral de trabajo literario y por esto se dice que el escritor nunca muere, pero con alguien de la estatura de Saramago, no sé si esto sea cierto. El paso de la vida a la muerte de un ser humano es triste pero la vida continúa, la diferencia en este caso es que la vida continúa sin personas que se atrevan a ser como Saramago: en su manera tan desasosegada de decir verdades e irrumpir el intelecto con un temblor mental, de pensar alternativamente en un mundo mejor, de buscar en el amor la verdadera justicia y en la humildad el verdadero éxito.

No es trágico que un anciano de 87 años muera, es más, en una entrevista que ofreció a RFI hace un año, quizás un poco más, Saramago confiesa tranquilamente que se sabía cercano a la muerte; es más, lo sabía desde el 2000, cuando en esta útima década escribió casi una novela nueva por año, por lo que esto no debe sorprdender a nadie. La tragedia es que nos quedamos habitando un mundo con gente mucho más joven que Saramago, con mucho más dinero e influencia que él pero con una mentalidad tan opuesta y distante a la suya (tan renovada y desmitificadora). Refraseándolo, nos quedamos con los instruidos, pero no con los educados.

Ya hacia el final de la entrevista, Carrero le preguntó: "

¿Le consuela al menos que la obra literaria triunfe sobre sus creadores?" Y Saramago, tan Saramago repuso: "P

or un tiempo, como todo, pero la eternidad literaria tampoco existe".

Que descanse en la paz o en la bondad o en donde quiera que se encuentre ahora, José.

jueves, 20 de mayo de 2010

Pág. 485 de 'Los detectives salvajes' de Roberto Bolaño

Pere Ordóñez, Feria del Libro, Madrid, julio de 1994. Antaño los escritores de España (y de Hispanoamérica) entraban en el ruedo público para transgredirlo, para reformarlo, para quemarlo, para revolucionarlo. Los escritores de España (y de Hispanoamérica) procedían generalmente de familias acomodadas, familias asentadas o de una cierta posición, y al tomar ellos la pluma se volvían o se revolvían contra esa posición: escribir era renunciar, era renegar, a veces era suicidarse. Era ir contra la familia. Hoy los escritores de España (y de Hispanoamérica) proceden en número cada vez más alarmante de familias de clase baja, del proletariado y del lumpenproletariado, y su ejercicio más usual de la escritura es una forma de escalar posiciones en la pirámide social, una forma de asentarse cuidándose mucho de no transgredir nada. No digo que no sean cultos. Son tan cultos como los de antes. O casi. No digo que no sean trabajadores. ¡Son mucho más trabajadores que los de antes! Pero son, también, mucho más vulgares. Y se comportan como empresarios o como gángsters. Y no reniegan de nada o sólo reniegan de lo que se puede renegar y se cuidan mucho de no crearse enemigos o de escoger a éstos entre los más inermes. No se suicidan por una idea sino por locura y rabia. Las puertas, implacablemente, se les abren de par en par. Y así la literatura va como va. Todo lo que empieza como comedia acaba indefectiblemente como comedia.


martes, 4 de mayo de 2010

El cuarto de los souvenirs

De Buenos Aires me llega un tranvía lleno de parques con monumentos de los héroes nacionales grafitados por jóvenes que todavía tienen las ansias de ser revolucionarios. Volando desde Machu Picchu aterriza Túpac Andina con un collar de hojas de coca y otro de gotas de lluvia. Desde Uruguay, arena de las playas de Maldonado en un sobre que debía contener la última postal que me escribirían.


Así, desde el sur, se me van amontonando en mi cuarto todos estos recuerdos.


De Lima, un concentrado del diesel de las combis que infestan sus calles y, en un frasco, un poco de vapor del Mar de Grau. De Arequipa el micrófono de un kareoke y el suéter de un amigo. De Montevideo, una milésima de segundo de todo el sexo que tuve por el sur se guarda gravada en las ranuras de un disco de pasta que logré reproducir gracias a la generosa aportación del Museo de la Palabra (o más bien, ¿fueron los poemas de Benedetti los que pedí que me grabaran para llevármelos conmigo ante mis intentos infructuosos de encontrármelo en la ciudad?). Luego el poeta murió, quizás (muy probablemente) luego de yo romperle el corazón a alguien por segunda vez.


De Chile, un cielo más estrellado que mi carrera contra el tiempo y el gris terrible de sus pueblos meridionales, tal y como imagino mi cerebro cuando solía escribir postales al viento y (para qué posponerlo, ¿no?) al amor.


Y en Puerto Rico me queda todavía por guardar una isla más grande que esta Isla; no encuentro dónde ponerla y no quiero correr el riesgo que se vuelva a quemar o a traspapelarse entre las olas del mar.

sábado, 24 de abril de 2010

A, C, D, E y F (de una serie que sigue sin titular)

A

Me fui del país por medio año para medio olvidar mis miedos y errores. Soy, de verdad, un fiasco envuelto en angustias e ilusiones. Camino, por ejemplo, y me creo que una pluma traza la dirección de mis pasos. Pasos que a pesar de mis viajes, me han vuelto a dirigir hacia los pies de A. y a su cruda realidad llena de estrepitosas carnes y olores prohibidos. Sobre éstos --aunque parezca imposible-- escribo los versos más cortos y las intenciones más largas.

Soy un personaje de novela (me digo), de historia (otros me dicen), porque me creo las mentiras que yo mismo plasmo sobre el papel que me ha regalado (A. me dice que solamente prestado) mi autor.

B (haga click sobre la letra)

C

Hay una paloma que vuela sobre el instante en que Hiram le cuelga a Sofía. Hemos terminado, le dijo. ¿En serio, eso quieres? Sí. Y ese sí estuvo acompañado de toda la felicidad del mundo. Sí y el sonido opaco del fin de una llamada.

Hiram camina confiado sobre el precipio que su voz ha creado. Le quedan A., Vanessa, Raquel y Marcos. Volverán a los bares de antes, a las mañanas frente a la mesa emplegostada del cuarto en la San Justo con la Sol, a los desayunos almorzados en La Bombonera junto al pastelillo que irradia una combustión interna de guayaba angelical que siempre comparte con A. en los bancos de la Plaza de Armas mientras tratan de ver a la sombra de Santini asomarse como una nube negra (sé que es su sombra, dice A., cuando me caga una paloma en la falda) entre los arcos de la Alcaldía.

Los adoquines se ven resbalosos gracias al sudor que le sale por las axilas, que se le derrama por el cuello cuando imagina la ilusión de tirar su celular por el foso de El Morro y sentarse a esperar a Vanessa y su inescapable pecho de sirena (alguna vez fui sirena, o algo así dijo cuando terminó de leerse una novela de Mayra Santos).

Raquel y sus maravillosas manos de mantequilla que moldean su espalda luego de conjugar los verbos más mojados entre las sábanas del cuartito un poquito más arriba en la Tanca, casi llegando a la Norzagaray. Hiram ve el mar justo cuando sale del edificio y va hacia el auto donde Marcos lo espera: has regresado a lo que tanto querías escapar. Antes de responderle, ya en el interior del carro, ¡plat!, se estrella una caca de paloma contra el parabrisas (Santini sí estuvo hoy en San Juan, piensa que le dirá a A., y no sólo caga faldas) . Entonces Hiram se cuadra frente al rostro trigueño de Marcos y le responde: he vuelto a no pensar en el después.

D

Cuando regreso de mis viajes a la vieja ciudad, me siento que le pertenezco más a pesar de que las otras ciudades en las que he habitado hayan construido sobre los cimientos de los recuerdos de mi infancia. Poseo una acumulación de varilla, bloques y cemento considerable que incide en la intrépida lejanía de mis pasos sobre los adoquines, en la manera en que me apoyo en los bancos y las columnas de las casas. Siento que existen comienzos que nunca logran iniciar nuevos caminos por el miedo a negociar la comodidad. Hoy, ante mí, no hay uno de esos: gracias a Dios por los largos años que me han dejado un corazón de cal y unos labios de gravilla.

E

Volvió a sentir el olor a garrapiñada. De inmediato dejó la lectura y sin levantarse del asiento voló en dirección hacia ese dulce perfume y cayó en la crispada camisa azul de una empleada pública como públicas eran las ferias de los sábados en la Plaza del Congreso o en Recoleta. Ese aroma, Buenos Aires, esperando en la fila de los cines, paseándose por las esquinas de Corrientes mientras se le antojaba comprar el libro que no le cabría en la maleta. Respiraba el olor a azúcar tostada, sabiendo que en el allí y ahora era sólo un perfume barato, pero no importaba, se tragaba ese olor aunque, a través de las ventanas del tren elevado, veía la colección de edificios que se sucedían con un glamour tímido, como si reconocieran que a pesar de las luces y los cristales continuaban siendo, en su conjunto, una raquítica copia de Manhattan en el Caribe.

Pero otra cosa también le era evidente: si bien la ciudad había cambiado mucho, él lo había hecho más.

F

El Atlántico Austral se barre levemente sobre la arena. Brisa y espuma, las huellas se borran y por aquí --el mar siempre es cómplice-- nadie ha pasado.

Arena que se convierte en lindos y pequeños montones mullidos donde el bañista tira su toalla y se apresta a leer Caracol Beach. Montones que en cuestión de más vientos marinos van formando una, dos, tres, quince, veinte, cien dunas a lo largo de la costa. Ahora, antes que se divisen los arbustos, se ve una humilde capa de vegetación cubriéndolas, y hacia el oeste se abre --en cámara lenta-- la desembocadura de un riachuelo.

Uno que otro árbol ha intentado levantarse frente a la playa, allegado al rústico camino por donde pasan bicicletas, pequeñas motocicletas y los pies de cientos de bañistas que llegan a mediados de diciembre y no se van hasta principios de marzo. El más grande de los árboles frente a la senda lleva años petrificado. Continúa, eso sí, imponentemente alzado sobre el horizonte. Detrás de él, a varios metros, se divisan unas seis villas. Es desde una de ellas que busco, como referencia, las ramas alzadas en forma de 'v' de aquel gigante que me indican hacia dónde queda lo que he abandonado.

domingo, 4 de abril de 2010

La insondable planicie de los mundos pequeños

¿Y en qué momento se nos empezó a acabar la paciencia? A entendernos. A sostener la mirada. A reflexionar y a conversar sin el cinismo que agujerea todas las buenas intenciones.

En realidad la pregunta sería, ¿en qué momento se empezó a joder mi familia? ¿Cuando mi hermano le dijo cabrona a mi mamá y tuve que empujarlo para que no la agrediera? ¿Cuando mi hermana quedó embarazada y huyó para España? ¿Cuándo decidí que lo mejor era quedarme cruzado de brazos sumergido en mi trabajo y el sexo desmedido que me caía como aserrín de la mesa de un carpintero?

Porque ya la crianza de mis hermanos no era problema mío.

Entonces el viejo finalmente dejó que le rodaran las lágrimas frente a todos, en la mesa de la cocina, en esas escasas veces que todos pudimos vernos las caras después de meses (a lo mejor fueron años). Su hermetismo y sus gestos durante el día, de que no quería la cosa, de que lo iba a aguantar como el macho que siempre había sido, cedió cuando estuvimos los cinco en el lugar de siempre, frente a los platos de comida que se quedaron fríos y a mitad. Mi hermana lloró junto a mí mamá. Mi hermano recogió sus cosas y se fue. Yo me quedé en silencio. Realmente no me cabía pensar qué decir ante el llanto, la inconcebible realidad de que el deprimido no era yo, ni mis hermanos, sino mis padres.

Tranquilo, me escribían. Ya hace rato se acabó la luna de miel de los años más tiernos. Mensajes de tus amigos. ¿Qué puedes hacer ante el moméntum de la vida? Conversaciones telefónicas. Todo, Luchito, todo menos sucumbir. Pero el hueco placer de una venida a destiempo en el motel de siempre te desmentía: sucumbías con la facilidad de la ceniza de un cigarrillo recién aspirado. Todas las trincheras están colmadas y el eterno adiós de la despedida no era suficiente para convencerte de lo contrario. Todos, Luchito, todos te olvidan menos en casa.

Las conversaciones con mi hermano eran efímeras, más bien por su ya conocida constumbre de responder con un 'sí', 'no' o 'estás loco'. Esos eran mis mejores días, cuando me movía a hablarle, a salir de casa y buscarlo. Estás loco porque todavía sigues viviendo con los viejos. Has perdido el tiempo, era lo único que me decía cuando ya me iba. Una estocada de odio, de complejos. O quizás, la verdad.

Seguía en la casa donde crecimos con la falsa esperanza de aliviarles el trago amargo. Hace escasamente 3 años pensaban que éramos la familia ejemplar, mi mamá se regodeaba en cualquier reunión familiar de los logros nuestros y despreciaba a los demás por no ser tan buenos. Fue segando las malas noticias que luego crecerían en la figura de mis hermanos, e inclusive, hasta de mí mismo. Intentaba hablarle, de sacarla del letargo fatalista en el que había caído, le repetía los mejores consejos que me habían dicho o leído en algún artículo de autoayuda y ella me escuchaba, larga y tendidamente. Me miraba y no decía nada. Suspiraba viendo su telenovela a lo que me rendía ante los diálogos cursis de los personajes que evidentemente tomaban más importancia que mis desesperados intentos de recordarle, decirle, que todavía le quedaba un hijo. Uno bajo el mismo techo.

No me culpen entonces cuando no hago nada y salgo temprano en la mañana y llego tarde y me acuerdo de lo que me dice mi hermano cada vez que me voy de su presencia. Eso digo cuando el viejo me recrimina por mi inacción, por haber perdido a mis hermanos, por haberme convertido en un fantasma mientras la casa se caía a cantos. Le discuto, me rebate y ya cuando creo que hemos llegado a un acuerdo, cuando es más que evidente que si hubo algo de culpa fue, en todo caso, la de ellos, él me lanza un último cartucho para mostrarme que él no se equivoca, que soy muy joven para entender la magnitud de mi irresponsabilidad.

##

Mi hermana regresó casada de España y con su hijito de tres meses. Su ahora esposo regresaría más tarde, o por lo menos eso nos decía. Ella vivía en un apartamento en la calle Utuado y de lo que el gobierno y mis abuelos y tíos le daban. A esta hora del día, el sol calentaba tanto su pieza que los diálogos siempre terminaban en griterías y recriminaciones, esta vez contra los viejos. Estaba cansado de la repetición de conversaciones, escenas y miradas. Era como ver una mala película por el resto de mis días.

De verdad que sólo he venido a verte, que ya no me importa quién causó qué, mejor cuéntame de Diego, qué le hace falta, y si a ti te va bien con tus cuentas. El Diego empezaba a llorar al escuchar mi voz. Bueno, más bien a chillar como una rata enorme y blanca que sólo se calmaba con el volumen de Sabina a todo dar. Antes de irme, fatigado y sudoroso, le tomé ambas manos a mi hermana y le pregunté: ¿Acaso no extrañas vivir como antes? Sí me respondió con los ojos rojos, con la voz temblorosa, con el drill melodramático de siempre, pero entonces me volvía a la realidad: pensar que el pasado va a regresar es una idiotez. Y cerró el portón.

La paciencia (recordaba de algún Reader's Digest) se acaba cuándo decidimos sobrevivir nomás, cuándo las ideas se quiebran y el mañana se transforma en la misma tortura del ayer. La cita de la revista llegaba hasta 'nomás'. El resto es, claramente, de mi autoría. ¿O fue algo así me dijo un cura? Porque luego de encontrarme rodeado por un campo minado, visitar la Iglesia no sonaba tan descabellado. Empecé a frecuentarla, no a la hora de las misas, sino a la hora que el cuerpo me lo pedía. No había vuelto a creer en un dios, pero los pensamientos de muerte eran los únicos que me impulsaban a levantarme todos los días y quería evitar tener tiempo a solas para darle seguimiento a mis ideas. Ideas para matar. A mi hermano, hacer desparecer a mi hermana y envenenar con un sueño infinito la angustia de mis padres. Pero las variadas formas de matar requerían un estudio sistemático que no estaba dispuesto a hacer. Me debatía entre el matar o matarme, en la salida que acabara con el mayor sufrimiento más rápidamente. De la mano del crimen iba la del castigo: ¿cómo serían mis días en la cárcel? ¿Cómo podría vivir el resto de mis días sin mi familia?

Feliz.

La primera vez que esa respuesta retumbó en mi cabeza me di cuenta que ya algo en mí había quebrado. ¿Cuando crucé los brazos inicialmente? ¿Cuando intenté, ya muy tarde, recomponer el tiempo perdido? ¿Cuando empecé a jugar con la idea de la muerte?

De frente sólo me quedaba el trabajo que de alguna mágica forma logré conservar a diferencia de todos mis amigos, que se fueron desapareciendo como las ampollas de la varicela. ¿Entonces qué me quedaba? Pues a despacharme la mitad de la oficina con la semiautomática que me había comprado por Internet y morir abatido por la policía.

Mentira.

Cerré la computadora y juré que nunca más leería a La tribu de los cafres.

lunes, 15 de marzo de 2010

Higos secos

Siempre son iguales estos hostales y cuartos en los que te quedas: una cama ahogada en polvo, alfombritas descoloridas al pie de la cama tatuadas con los pies de los incontables fornicadores que se han acostado y levantado de ella, mesitas y un escritorio con superficies grasosas, como si el trabajo específico de alguien fuera aplicarle, cuidadosamente, una película pegajosa y mugrienta. Así te la has pasado desde que regresaste, persiguiendo por todo el país a las compañías de teatro, porque tu país será tercermundista, pero la gente asiste con una religiosidad inquebrantable a las piezas puestas en escena atraída por la teatralidad, esa «exageración controlada» que tanto ama el público. Por eso, y a pesar de los huecos en donde escribes tus críticas, te sientes a gusto yendo de ciudad en ciudad… Es un hábito al que es difícil de renunciar luego de haber pasado varios años estudiando a y viviendo con tribus beduinas del Norte de África. Hábito que se intensifica gracias a los higos secos que siempre te comes a estas horas tan tardes en las que estás despierto, para mantenerte frente a la computadora y para que cuando el hambre apriete, no te distraigas hojeando los menús de los restaurantes que todavía puedan entregar a domicilio.

La obra de esta noche, ¿valió la pena? La adaptación del texto de Baronni, ¿alcanzó al público? ¿Logró esa empatía tan necesaria para que sea exitosa? Lo empiezas, a ver cómo… ¿Así?:

Esta vez los aplausos y las ovaciones del público no confundieron a su crítico porque, en efecto, esta adaptación de la pieza de Baronni estuvo magistralmente incorporada a nuestra realidad.

Esto de las críticas es como un maldito cuento, hay que empezar con fuerza para que atraiga al lector nuestro de cada día. Debes saber hacia dónde vas, el mensaje, de que si la obra fue buena o mala, para que el pueblo, las masas, vayan a verla o la ignoren; para que las compañías se hagan ricas o se les margine en la desgracia y, lo que es peor, en la mediocridad. Tener una opinión nunca ha sido fácil, pero se complica cuando hay trabajos de por medio y periódicos no sólo dispuestos a recompensarte, sino ávidos de saber qué haces y por dónde andas (siempre descubres frente a tu habitación ejemplares de los diarios que publican tu columna, no importa la ciudad en que te encuentres). Y, por supuesto, todo se convierte en un experimento melodramático y de vodevil cuando mezclas el trabajo con las ganas atrasadas de ver a alguien que hace cinco años no ves…

Coño, te van a dar las tres de la madrugada y en par de horas necesitan tu texto. Esta vez no podrás cumplir, será imposible porque no puedes irte sin haber hablado con ella. «Catalina Dumont», lee el programa de esta noche. «Catalina», repites no una, ni dos, ni tres veces. Repites su nombre, aunque sea en silencio, un millar de veces. Dices su nombre aunque tu boca esté ocupada con el sabor perfumado y sutil del higo. El higo, esa fruta antiquísima. Si los humanos no la hubiesen domesticado, leíste en algún sitio, la higuera no hubiera llegado hasta nuestros días, se hubiese extinguido hace milenios. A Bayoán llegan secos desde Éfeso, cuando el azúcar de sus entrañas está a unos días de cristalizarse por completo. El olor de los frutos es apacible y cada vez que los hueles te traen memorias de tus años en Marruecos y el Sahara Occidental, donde perseguías a tribus beduinas para fotografiarlas y recordar esos años universitarios cuando estudiabas a las sociedades nómadas. Llegaste a Fez por Rabat, continuaste a Marrakech y luego te iniciaste en el Sahara al bajar los Atlas por Warzāzāt, «la puerta del desierto», y ciento setenta kilómetros después te perdiste con tus beduinos en el Valle del Dades. Y ahora, admítelo, la has perseguido hasta aquí con la excusa de escribir una crítica para «Acto Teatral», tu columna.

La obra mereció representarse en los escenarios y esta vez los aplausos y las ovaciones del público coincidieron con la opinión de su crítico porque, en efecto, esta adaptación de la pieza de Baronni estuvo magistralmente incorporada a nuestra historia.

La Dumont logró un personaje auténtico, lacerado e incrustado de esos feos elementos que hacen de un secuestro –y de la vida misma– un viaje tortuoso. Sus pasos certeros en las tablas parecían ir acoplados a la música del compositor uruguayo Zignetti. Su figura, vilmente descubierta por los orificios de sus rasgadas vestimentas, me impedía retirar los ojos de sus caderas, de su suave espalda. Era todo un montaje erótico-morboso escenificado a la perfección. Cuando la Dumont monologaba, te sentías a solas con ella. Cuando la Dumont gritaba y forcejeaba con sus captores, el público contenía su emoción en un silencio intenso. Cuando la Dumont lloraba, nosotros, todos infelices, procurábamos rápidamente aquel pañuelo en el bolsillo lateral de nuestros sacos que creíamos extraviado.

El director acert...

El timbre del teléfono interrumpe tu escritura. Lo dejas sonar varias veces (tienes que darte tiempo a tragar el higo y así hablar con más claridad). Levantas el auricular. Es la voz de la Dumont. «Nos tenemos que ver ahora», exige, pero todavía no comprendes cómo dio contigo. Entonces, eso sí, muy idiota le respondes, «tengo que acabar mi crítica, son un cuarto para las tres y…». «No me importa», interrumpe y seguidamente escuchas su insulto favorito: «No seas huevón y encuéntrame frente al teatro... Y, ah, no olvides tus higos.» Eludes el sonido de un teléfono enganchado, apurando a colgar primero.

Guardas el trabajo, escondes la computadora en la ducha del baño porque no se puede confiar en la supuesta seguridad de estos hostales, y tomas la casaca de piel de avestruz que compraste en una ciudad blanca de los Atlas. Al salir del cuarto te detienes: caes en cuenta que olvidabas los higos secos. Vuelves a entrar. Coges la bolsa de plástico, la doblas de la mejor manera que se te ocurre y te la metes en el bolsillo lateral de la casaca, dándole así compañía al pañuelo todavía húmedo de tus lágrimas.

Afuera se respira bien: la madrugada está límpida. Caminas las siete cuadras que hay entre el hostal y el teatro, y piensas en una sola cosa: la última vez que viste a Catalina hace cinco años. Lo piensas tanto que empiezas a reírte y a recostarte en los postes del alumbrado para sentir que realmente caminas por las calles en busca de su respuesta. Cinco años sin verla y la mayoría de ellos los pasaste en el Norte de África, su tierra.

Ella tiene su versión de cuando se conocieron. Pero tú siempre le insistías que fue una noche de fiesta en casa de Raúl, cuando en aquel entonces (en el que todos eran estudiantes de último año de universidad) se inauguraba el festival de Teatro Metropolitano con «La psicosis aguda» y él había invitado a todo el elenco y técnicos de su obra a celebrar el éxito de la apertura. Catalina obtuvo un papel secundario, pero esa noche era el foco de tu atención: la piel de un intenso color cobrizo, rasgos misteriosos, ojos almendrados oscuros, el pelo castaño, largo y rizado que, de alguna manera para ti desconocida, hacía resaltar los elaborados aretes que pendían de sus orejas. De mil cosas diferentes pudieron estar hablando aquella noche de vientos plácidos, pero de lo que no te olvidaste fue de cuando ella te dijo que había nacido en Marruecos y, aunque hacía mucho que no visitaba su tierra, rara vez faltaban higos secos en su casa.

Precisamente de Marruecos hablaron aquella última vez cuando se sentaron a tomar una taza de café. Habían acabado la universidad y le hablabas sobre el Valle del Dades:

–El país de las mil kasbahs –te aclaró.

–No, el país de los higos –contestaste y al instante–: Acompáñame, Catalina, vámonos… ¿Qué dices? –le sonreías, le afirmabas que ya tenías todo planeado gracias a su papá, que ya tenías la ruta hecha, tú, que nunca habías estado en el África. Tú, que la única relación que tenías con ese mundo era por tu novia marroquí y unas clases sobre los beduinos del Sahara que tomaste para descansar de tu currículo de la facultad de drama.

Le sobrecogió un largo silencio y entonces aprovechaste la ocasión que creías te había dado, como dicen, el destino. Le dijiste lo que te has pasado repitiendo cada día por estos últimos cinco años. Hiciste la pregunta a la que hoy, esperas, recibirás respuesta.

Catalina frente al teatro fuma un cigarrillo. Sus pies, que estuvieron desnudos durante la obra, están ahora cubiertos con unos zapatos oscuros y bajos. Lleva puesta una casaca con el nombre de su más reciente proyecto bordado en el pecho. Te acercas más y es entonces cuando te reconoce.

–¡Ah, el crítico teatral! –te saluda.

–La actriz pródiga –respondes para recordarle estos años de ausencia.

–Es el único momento que tengo para hablarte… Mañana te vas, ¿no? –dice exhalando lentamente el humo del cigarrillo.

–Sabías que no me iría sin verte –le aseguras y rápido añades tratando de mirarla a los ojos–: Tenemos cosas que hablar.

Cuando Catalina sonríe retomas la inocencia perdida. Cuando Catalina sonríe y te mira, sabes que has presenciado algo sutil pero a la vez estremecedor. Cuando Catalina sonríe y te mira porque ha reconocido ese timbre delator en tu voz, te das cuenta de que el paso de los años no cambia a las personas que verdaderamente amas. Apagando el cigarrillo en la pared donde está recostada, te pregunta sobre los higos secos:

–¿No los olvidaste? –pícara, suave y hábil te pregunta.

Los higos secos y la Catalina. Sabías muy bien la razón por la cual no has parado de comerlos desde que la conociste. Sacas la bolsa de tu casaca y ella aprueba.

–Son turcos, no son tan buenos como los del Valle del Dades –dices.

–El país de los higos.

–No, el país de las mil kasbahs –la corriges y ella sonríe, mientras trata de arrebatarte la bolsa de higos–: ¡Ah, ah, no tan rápido! –la esquivas y al toque le preguntas a dónde podrían ir a tomarse el providencial café.

–¿Vamos al camerino?

***

En el autobús de regreso a la cotidianidad de Pinta Negra, la gran metrópolis de Bayoán, a unos noventa kilómetros al norte del teatro donde concluí todo con la Dumont:

Entramos al teatro, pero nunca a su camerino. En el pasillo hacia los tras bastidores, nos fijamos en el servidor automático de café y ella optó por sentarse en un banco que se encontraba justo al lado. No entramos porque el momento así lo ameritaba. A las cinco salí del teatro ofuscado, no sólo porque era la primera vez que fallaba en la entrega de mi artículo, pero por mi pueril idiotez de no olvidar lo que obligatoriamente hay que olvidar. Sabía que iba a acabar así. Lo sabía desde que fui a comprar la bolsa de higos secos en uno de los mercados del centro de la ciudad luego de haber comprado mi entrada. Luego de haber leído hace dos meses, cuando regresé, que Catalina Dumont interpretaría a la secuestrada. Y ella también sabía que iba a ser así. Por eso le insistió a mi editor que le consiguiera el número del hostal donde me hospedaba en esa ciudad, refugiada del salitre del mar y bendecida por la sombra de sus centenarios árboles.

Esa fue su última muestra de consideración para decirme que su respuesta a mi proposición de hace cinco años había caducado al no saber mi paradero. Había sido el instante de mi vida en el que su silencio me hizo volcarme al Sahara para reencontrarme con mis tribus beduinas.

«Había caducado», te pasas repitiendo la sentencia de Catalina durante el transcurso del viaje. «Había caducado», te dices mientras el perfume de los higos, que emana de la bolsa vacía en el bolsillo de tu casaca, te recuerda el pañuelo, ahora perdido para siempre, cuando se lo ofreciste a los ojos de la Dumont.

La tribu errante