—Hay fuego debajo de mis alas. . .
—No sé por qué tienes que leer en el carro.
—El libro está genial, chica. Y lo leo en voz alta para que lo escuches.
—Más vale que cuando lleguemos lo dejes, no quiero que estés en la fiesta leyendo.
—Pero, ¿qué hay de malo en leer?
—Es que vas a agarrar un palo, vas a hablar un poquito y luego te irás a una esquina a leer.
—Yo nunca he hecho eso.
—Sí lo has hecho. Varios en la familia me lo han dicho varias veces. Es rudo.
—¿Te molesta a ti que lo haga?
—Lo haces demasiado.
—Está bien, dejaré el libro. . . pero mientras, sigo leyendo.
—¿Y con quién voy a hablar?
—Pues conmigo, dale, yo te leo.
—No me gusta la poesía.
—La poesía te da alas.
—La poesía me las quema.
Se quedó callado. Luego de varios minutos me miró y se echó a reír.
—¡Nena, pero si es algo que he hecho toda la vida!
—¡Pero no ves que lo que quiero es hablar contigo! Desde que salimos no dejas el libro ese quieto.
—Entonces, ¿qué? ¿Lo tiro por la ventana?
—Háblame. Cuéntame porque te gusta tanto el libro ese.
Sabía que no me lo iba a contar. Sabía que era el libro que su ex le había regalado, aunque nunca me lo hubiese dicho.
—Mejor te cuento cómo me voy a deshacer de él.
—¿En casa de los viejos?
—¿Qué tal si le prendo fuego?
—Mejor déjalo en el librero del cuarto viejo.
—¿Cuánto falta para llegar?
—Tú sabes. . . como veinte minutos.
—Prefieres entonces que te hable a que te lea.
—Prefiero que me leas a mí, yo soy tu libro abierto.
—No puede ser, ¡odias a la poesía!
—Odio que lo hagas sabiendo que me molesta y cuando hay cosas mejores que hacer.
—¡¿Me odias?!
—¡¿Me quieres?!
—¡Vaya! Por una estupidez, ¿por la poesía?
—Por la poesía no, idiota. Por ti.
Y nos besamos como no lo habíamos hecho en todo el viaje.