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viernes, 12 de agosto de 2011

Ramillete de quenepas (fragmento)


Los ojos me laten como dos corazones de iguana herida. Para escribir ni los abro. Ver la luz, que ella penetre en mí, me produce una quemazón que de echarme agua la evaporaría. Tengo los ojos fritos de tanto intentar probarme que claudiqué a un amor por alguna razón válida. (¿Existen razones válidas para claudicar a un amor?). Todas las dudas juntas, en un mazo de preguntas o quenepas, ¿pueden destruir a esa lasca de tofu tan endeble que a veces (o casi siempre) llamamos amor? La bíblica historia del David enfrentándose al Goliat. Solo que en este caso (recién me doy cuenta, escribiendo en la oscuridad) es todo el colorido y vital mundo vegetal —incluyendo la soya en su firme y vigoroso estado natural— contra una rebanada translúcida de tembleque de habichuela. Si estoy escribiendo esto es que ese delgado, infirme alimento ha ganado, que la transparencia y aparente inutilidad del amor es lo más que importa. A pesar de los gustos. De las opiniones, esas que, como los pezones (dijo un amigo) todo el mundo tiene (o tuvo) al menos uno (otros y otras tienen a veces tres).

“According to Caribbean folk wisdom (especially in Jamaica), girls learn the art of kissing by eating the sweet flesh of this fruit, also it is said that if a girl finds two seeds then they’ll have twins”. Fotos y cita tomada de: Reavel's Blog.

Mi opinión es que yo soy Goliat derrotado por mis pezones, por la absoluta confianza de que podía vivir sin mamar. Ahora sé que es lo mismo a no tener lengua.

miércoles, 31 de octubre de 2007

Document 16 - In the crossroads of words

[Escribí esto en Boston durante mis últimos días en la ciudad. Tenía la intención de enviárselo a la chica de la galería (que es la misma chica de la compañía), pero nunca lo hice. Este es también el primer texto creativo en inglés que publico en La tribu.]



Acércate y al oído te diré adiós.
Adiós. Me voy.
Pero me llevo estas horas.”
-José Emilio Pacheco (Mexican poet)

The ten months in Boston are gone. He will undoubtedly miss the way the T transits through Beacon Street all the way downtown to Kenmore. During the summer, on Sunday afternoons, Beacon Street is at its fullest: construction on the street has stopped, Bostonians seem to walk with a smile on their faces, couples board the T wearing sandals and caps, carrying beach chairs going or coming from a BBQ or a lake. Boston is pleasant, especially if you live in the outskirts of the city. However it is not as pleasant as running to an Art Gallery in Newbury Street on a Wednesday night, pretending to know about art while he carefully listens to her account on how to make a lithograph and an engraving. He knew the cheese and wine at the event deserved each other, but he wondered if he deserved the chance to even look at the impossibly beautiful eyes she fluttered away between sip and sip of wine.

Abrupt change of scenery 1

At the unbearable hour of twilight –when the morning isn’t settled- he would try to realize where he was. The opened windows in his room let in a slight but constant breeze that remembered his mornings when it was time to get up for high school, years ago in Puerto Rico. He always dared to look through the windows and only saw blue. At this point, having deceived his brain that this world is all painted in one color scheme, he would immediately go back to bed. It was 5:00 in the morning and it has been 5 years since he left home.

Abrupt change of scenery 2

At the gallery, he tried to make sense of the paintings. Don’t get him wrong, he genuinely liked them, they evoked a melancholy that anyone –indistinctively of whether they’ve been in France or not- could feel. They walked by the Parisian landscapes of a Delacroix, went downstairs and sat in front of a painting believing (or wanting to believe) that they were at a park and, once upstairs again, he couldn’t avoid recognizing the view from a terrace in Provence. “Come,” he called her, “you need to see this. These tones, the colors, they are exactly as I remember them. You could look in the distance and the green of the mountains looked like this violet”. She drank and she kept looking at this landscape. Probably she was really imagining how it must feel to be in Provence, overlooking olive trees and seeing the hued violet distilled by the green and the Mediterranean fog. And then she said: “Is there more cheese?”

Abrupt change of scenery 3

Sometimes he laughs out of nervousness. “It is better,” he thinks, “to offer someone a laugh than a dreary, insecure look.” However, most of the time he laughs because the present circumstances are so fantastic that they truly deserve an exaltation, a big grin made noise. Then, he also laughs when someone else laughs or when someone keeps silent and is awaiting a response. And at that moment he should speak but out of nervousness, of course, he only laughs.

He cooks to maintain that link between man and nature more than out of necessity: to be there, present, at the transformation of things. A cook always gives the gift of love through his hands, eyes, and taste buds.

He writes to maintain that link between reality and idealisms more than anything else. He does write, though, out of sheer necessity: to review his thoughts, to say the unsaid, to amend things. A writer shows the power of love through his hands, mind and words.

Abrupt change of scenery 4

In these ten months, Boston has become the North End, the cosmopolitanism of Cambridge, the intrigue of its centuries old universities, the one sidedness of history encapsulated in Newton. It has become a magic powder that carries the scent of her and the darkness of reality.

More than the sea that surrounds the life and idiosyncrasy of this city, lays its clam chowder, its poached scrod and the literal ocean of Dunkin’ Donuts’ coffee into which its inhabitants willingly drown themselves. Boston has meant that company where he and she worked and has also meant her.

Back to block 1

A whole five days have passed. Between completed paragraphs and articles for newspapers, he downed a mojito per night. “The secret,” he uses to say to his friends, “besides fresh ingredients, is dashes of Angostura bitters. Only then you’ll have a real mojito.” While writing his closing remarks he was still waiting for his dinner and he was still waiting to read some of her stories. However, more than a trade-off, he wanted her to read his words, his ideas. He wanted to write the things that he couldn’t get around to say. He wanted precisely this.

sábado, 16 de junio de 2007

Cuando los personajes habitan una ciudad

El Violinista de la Gorra Nike en la estación de Essex y Delancey Streets del tren F sonríe cuando la gente lo mira tocar habilidosamente el instrumento, sus dedos aplastando con leve suavidad las cuerdas contra el brazo y su rostro sujetando el cuerpo del violín. Toca como si la música fuera una creacion suya, una invención que nos salvaría a todos del calor de la estación, del sudor, del cansancio de seguir tomando los trenes de la ciudad con la misma ropa que la noche anterior, porque el Capitán de la Pluma de Ganso todavía lleva la vestimenta del jueves y hoy es viernes y, mientras siente como sus axilas humedecen su camisa de vestir dejando atrás la camisilla que lleva puesta, revisa también la ropa, las manos, los brazos y el cuello del Violinista de la Gorra Nike.

Nueva York, 9:30 de la mañana y el Capitán, todavía trajeado, escucha las notas del violín recrear la samba Brasil y la Lambada. No escuchaba la Lambada desde los Sábados Gigantes de su infancia, de su bien protegida infancia que le prohibía las donitas que freían frente a sus ojos en el K-Mart, de la infancia desde la cual nunca pensó que estaría en Nueva York, trajeado y apestoso, esperando el tren hacia su casa en Queens porque había dormido en el Lower East Side.

El tren no llega y el sudor ha alcanzado la frontera de su camisa de vestir con el saco a rayas que lleva. El sombrero de plumas le suda el pelo y gotas se le escurren hasta caer sobre los espejuelos. El Capitán de la Pluma de Ganso y el Violinista de la Gorra Nike jamás se conocerán porque nunca se dirigirán palabra alguna, pero el Capitán cree que con solamente observarlo, estudiarlo y echarle una moneda en la lata que tiene al lado le permitirá conocer lo suficiente para luego decirle a la gente que en Nueva York no estaba tan solo ná: que el Capitán había encontrado a un amigo en las cuerdas, en el sonido del Violinista de la Gorra Nike; que sólo recordando las notas del violín y los ojos satisfechos de su nuevo amigo por este caer en cuenta que de verdad tocaba una música extraordinaria junto al Guitarrista del Diente de Oro, podría proseguir con su misión de retratar todos los parques de la ciudad de New York porque ya había perdido las esperanzas de rastrear al dichoso de Luis Ponce.

El Capitán estaba verdaderamente molesto y sentía un disgusto tan ácido como el café que sirven en los diners americanos porque Luis Ponce no aparecía. Y se sentía así de rabioso porque sabía que estaba por ahí buscando y desgustando cuanto pedazo de pizza pudiera oler. El Capitán se frustraba porque en el fondo, debajo de su sombrero de plumas, él también quería ir por todos lados en busca del mejor canto de pizza de la ciudad.

Nunca encontró a Luis Ponce porque este tipo, un personaje tan poco creíble y molestosamente variable, esperó a que el sol finalmente saliera en Sunnyside, Queens para irse a explorar la ciudad; el Capitán no buscó bien y el sol salió el último día de su estadía en la ciudad. Que Nueva York está poblada de personajes y no de seres humanos se sabe desde hace tiempo, pero que los visitantes también se transformen en personajes ha causado cierto revuelo entre los pocos seres humanos normales y de bien que quedan en Nueva York. Así piensa el Capitán de la Pluma de Ganso. Se rumorea, inclusive, que Nueva York es una fábrica de personajes. Puede ser porque hay que considerar el hecho de que la ciudad también está habitada de muchos escritores y lo más seguro es que todos esos personajes que crean se quedan merodeando en la ciudad, esperando a ser definitivamente incorporados en un cuento, novela, pieza de teatro, articulo periodístico o, vayan ustedes a ver, en un blog.

El Capitán no encontró a Luis Ponce porque éste último se convirtió en turista con mapa plastificado de la ciudad en mano, en crítico de restaurantes probando pizzas e invitado al Delegate's Lounge de las Naciones Unidas; en amigo pródigo que desde el Midtown se tiró al Lower East Side para encontrarse con personas que no veía en dos años, en investigador de parques para que cuando regrese pueda saber exactamente donde se encuentran y qué hay alrededor de ellos, y en historiador para recordar en dónde concibió algunas de las ideas que algún día escribirá en su blog cafrondo. Fue también un seudo literato que se escabulló al Nueva York de los 1920 para huirle a la Prohibición y tomar un Prosecco en una taza de té en The Back Room y en romántico que le pidió a ella que por favor, cerrara los ojos, dulcemente, sin miedo, para describirle la sala, el cuarto y la rara sensación que le causaba su voz, no en pese a las distancias que los separaban. Se convirtió, pues, en ciudad, en conciudadano del Violinista de la Gorra Nike, del Guitarrista del Diente de Oro y del Viejo de la Nube Blanca que roe, a lo largo de la travesía del tren F, los últimos suspiros de un pedazo de pizza fría.

domingo, 20 de mayo de 2007

Las aguas de marzo

En Brasil, las aguas de marzo son las lluvias al final de este mes que cierran el verano. En Puerto Rico, las lluvias de mayo le dan la bienvenida al nuestro. El agua, los recuerdos son, como dice la canción, la "promesa de vida en tu corazón". Aquí muestro el video de la grabación del disco "Elis & Tom" en 1974. Noten el cigarrillo en la mano derecha de Elis casi al final de la grabación, sus gestos tan encantadores (me acuerdan a ti) y el buen vestir de Jobim.


Las leyendas del bossa nova Elis Regina y Antonio Carlos Jobim.


Águas de Março
Antonio Carlos Jobim

É pau, é pedra,
é o fim do caminho
É um resto de toco,
é um pouco sozinho

É um caco de vidro,
é a vida, é o sol
É a noite, é a morte,
é um laço, é o anzol

É peroba do campo,
é o nó da madeira
Caingá, candeia,
é o Matita Pereira

É madeira de vento,
tombo da ribanceira
É o mistério profundo,
é o queira ou não queira

É o vento ventando,
é o fim da ladeira
É a viga, é o vão,
festa da cumeeira

É a chuva chovendo,
é conversa ribeira
Das águas de março,
é o fim da canseira

É o pé, é o chão,
é a marcha estradeira
Passarinho na mão,
pedra de atiradeira

É uma ave no céu,
é uma ave no chão
É um regato, é uma fonte,
é um pedaço de pão

É o fundo do poço,
é o fim do caminho
No rosto o desgosto,
é um pouco sozinho

É um estrepe, é um prego,
é uma conta, é um conto
É uma ponta, é um ponto,
é um pingo pingando

É um peixe, é um gesto,
é uma prata brilhando
É a luz da manhã,
é o tijolo chegando

É a lenha, é o dia,
é o fim da picada
É a garrafa de cana,
o estilhaço na estrada

É o projeto da casa,
é o corpo na cama
É o carro enguiçado,
é a lama, é a lama

É um passo, é uma ponte,
é um sapo, é uma rã
É um resto de mato,
na luz da manhã

São as águas de março
fechando o verão
É a promessa de vida
no teu coração

É uma cobra, é um pau,
é João, é José
É um espinho na mão,
é um corte no pé

É um passo, é uma ponte,
é um sapo, é uma rã
É um belo horizonte,
é uma febre terçã

São as águas de março
fechando o verão
É a promessa de vida
no teu coração

La tribu errante