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martes, 30 de agosto de 2011

La ciudad había desaparecido (fragmento)


Todo ocurrió en unos pocos minutos, luego de haber sacado los platos principales. Me acerqué a la mesera de rizos color cobre y le pedí que necesitaba su ayuda en la nevera de la cocina. Una sorpresa que me gustaría regalarle a los comensales, le dije, sonriente, sin soltar una mirada que diera a entender mis motivos ulteriores. Sus brazos, que estaban cruzados sobre su pecho, se reacomodaron a ambos lados de sus abundantes caderas. Las pecas pardas que estallaban en su rostro casi se perdían ante la sangre que se le agolpaba en las mejillas por la confusión que le causaba mi pedido. No te preocupes, le repetí cuando ella aún no salía del asombro de mis instrucciones. Añadí que su ausencia en el comedor no se notaría porque la gente en este tipo de galas suele comer muy despacio, si acaso lo que hacen es probar un poco los alimentos para luego atragantarse de vino y con el Châteauneuf-du-Pape que había, se iban a demorar una eternidad. Este último comentario la calmó y supo que su superior del piso no le reprocharía su insignificante ausencia

Atravesamos rápidamente la cocina, donde mis sous chefs se esmeraban por finalizar los últimos platos y empezaban con los postres (tenían todos los ingredientes cerca, minimizando cualquier visita a la nevera), hasta conducirla al rincón menos visible y más fresco del inmenso refrigerador donde conservamos los mazos de albahaca, menta, tomillo y eneldo. Ella estaba expectante, su suave respiración llegaba a mis oídos y la leve colonia que estaba de moda entre las mujeres jóvenes se me anidaba sin perdón en la nariz y el paladar, mezclándose con el aroma de las hierbas que ya comenzaban a arroparnos.

En este punto me deshice del delantal, me bajé la cremallera y, con mi sexo enhiesto y ya húmedo, lo empecé a frotar contra su ropa. Le ahogué un pequeño grito con la mano. En sus ojos verdes (¿lentes de contacto a lo mejor?) parpadeaba el temor que luego fue sumiéndose en una molestia para, finalmente, terminar en el inconfundible destello de la sorpresa y el gusto.

Horas antes, mientras repasaba con el equipo de meseros el orden de los platillos y los vinos, había atisbado las formas de esta joven. Kathy decía la pequeña tarja que prendía de su chaleco blanco. Kathy y sus finos rasgos acentuados por el maquillaje que llevaba, sus pechos que descendían a través de la ropa ajustada en una curva graciosa, creando así un triángulo junto a la entrada trigonométrica de sus muslos en el encuentro con su pubis. Los milagros de la lycra en Kathy y sus rulos rojos, desafiantes, sus manos pequeñas y esa boca diminuta que, estaba seguro, guardaba los sabores de una especia desconocida.

Desde ese momento no me cabía duda que tenía que estar más cerca de Kathy. Impulsado por ese deseo, y una vez excusado los meseros de la cocina, puse a enfriar una botella de crema irlandesa en la nevera, entre las hierbas aromáticas, en se rincón de la nevera donde ya, a la hora del postre, nadie se asomaría. Y allí estábamos ahora: yo le plantaba pequeños besos en su cabello y de vez en cuando bajaba a su tierno cuello, a ese poco de piel que se podía acariciar sobre la vestimenta que la obligaban a utilizar. Mientras mis labios se mantenían a esa altura, mis manos no aguantaban derrotar las defensas del lycra para alcanzar los vellos de su pubis (¿serían tan rojos como su cabellera?). Al lograrlo fue como barrerme a las orillas de una playa hermosa: empecé a construir un castillo de arena, a hacer canales, trampas, a diseñar el puente levadizo hacia su interior.

La recosté sobre las bolsas de menta y tomillo que estaban más cercanas y me coloqué en sus manos para que chupara. A pesar de la temperatura más baja del refrigerador, me mantenía palpitante, derramando un constante río de almíbar transparente que ella, luego de recorrerme con su mano izquierda, no dudó en probar. Al contacto con su lengua, supe que no había errado al adivinar la intención de su mirada cuando le explicaba la composición de los aperitivos: era una devoradora de glandes calientes, rígidos, duros como un calabacín. Me batía contra la punta de su lengua y las paredes de su diminuta boca. A veces jugaba bruscamente con su dedo pulgar sobre el punto más indefendible de mi miembro, donde comprobó su textura resbaladiza y la vida que tomaba por su cuenta ante mis suspiros de angustia y placer. Cuando repitió este juego dos veces más, le agarré la mano y sin su interferencia me empujé hasta llegar nuevamente a sus labios. No tuvo otra opción que abrir la boca y yo de acordarme de la crema irlandesa: allí estaba, debajo de la albahaca, casi a la altura de los rizos de Kathy.

Tomé la botella y, mientras la abría, le indiqué que me soltara y tomara del licor. Le alcancé un sorbo y luego hice lo propio. Le pedí que tomara otra vez y a la tercera le indiqué que no se lo tragara completo, que dejara un poquito, lo suficiente para que pueda tragarnos los dos a la vez.

El ardor que encontré en su boca me despertó del letargo del placer en que estaba sumido. De una de las esquinas de su pequeña boca se deslizaba un hilo de líquido que recorría su cuello hasta llegar y manchar su chaleco blanco. En ese instante, ninguno de los dos nos importó, no había razón alguna, ambos estábamos embriagados y yo me acercaba diligentemente a sumarme al coctél que ella tragaría.

Cuando el orgasmo llega, no logras comprender los sonidos que escuchas. Cuando llegué no escuché mis gemidos, ni los relamidos de Kathy; tampoco sentí el rumor del motor del refrigerador, ni los platos en la cocina. Era normal, me dije, pero cuando me recompuse y ella comenzaba a mirar con preocupación lo sucio que estaba su vestimenta, me empecé a desesperar por el silencio que nos circundaba. Me subí de un solo movimiento los calzones y el pantalón y salí apresuradamente de la nevera.

Habían transcurrido unos cinco minutos: ahí estaba el gran reloj digital indicando la hora sobre el marco del pasillo que conectaba la cocina al salón. No había nadie. Mis cocineros se habían ido, los postres estaban sin terminar, una que otra sartén y olla tenían sus interiores quemados. En el gran salón del hotel, la orquesta había desaparecido, las mesas estaban deshabitadas, varios pares de zapatacones permanecían tirados sobre la alfombra y las pieles que traían las señoras de sociedad se encontraban en los espaldares de las sillas, huérfanas de hombros y del flash de las cámaras. Sin duda algo serio había pasado, ¿pero qué? Mi rostro tuvo que estar tan destemplado, reflejando quizás una terrible escena sacada de alguna película maldita de Buñuel, porque tan pronto Kathy salió e hizo contacto con mis ojos empezó a llorar.

Luego nos enteramos que todos habían salido hacia el vestíbulo del hotel. Allí algunos trataban infructuosamente de comunicarse con alguna persona de la ciudad. Otros, entre los que reconocí a algunos políticos y abogados con ínfulas de intelectuales, entraban en arduas discusiones sobre lo que podía haber pasado y los efectos del calentamiento global. Muchas señoras de sociedad, sin sus pieles claro está, se habían desmayado y el reducido personal médico de la hospedería trataba de enfrentar la situación valientemente ante los gritos de los esposos. Ya habían rumores de ahorcados en las suites y de gente que se había lanzado desde sus balcones lujosos.

Yo solo presentía que el fin no tardaría en llegar.

viernes, 12 de agosto de 2011

Ramillete de quenepas (fragmento)


Los ojos me laten como dos corazones de iguana herida. Para escribir ni los abro. Ver la luz, que ella penetre en mí, me produce una quemazón que de echarme agua la evaporaría. Tengo los ojos fritos de tanto intentar probarme que claudiqué a un amor por alguna razón válida. (¿Existen razones válidas para claudicar a un amor?). Todas las dudas juntas, en un mazo de preguntas o quenepas, ¿pueden destruir a esa lasca de tofu tan endeble que a veces (o casi siempre) llamamos amor? La bíblica historia del David enfrentándose al Goliat. Solo que en este caso (recién me doy cuenta, escribiendo en la oscuridad) es todo el colorido y vital mundo vegetal —incluyendo la soya en su firme y vigoroso estado natural— contra una rebanada translúcida de tembleque de habichuela. Si estoy escribiendo esto es que ese delgado, infirme alimento ha ganado, que la transparencia y aparente inutilidad del amor es lo más que importa. A pesar de los gustos. De las opiniones, esas que, como los pezones (dijo un amigo) todo el mundo tiene (o tuvo) al menos uno (otros y otras tienen a veces tres).

“According to Caribbean folk wisdom (especially in Jamaica), girls learn the art of kissing by eating the sweet flesh of this fruit, also it is said that if a girl finds two seeds then they’ll have twins”. Fotos y cita tomada de: Reavel's Blog.

Mi opinión es que yo soy Goliat derrotado por mis pezones, por la absoluta confianza de que podía vivir sin mamar. Ahora sé que es lo mismo a no tener lengua.

martes, 19 de octubre de 2010

La Caperucita Rubia y el Lobo Feroz

Los hombres latinos tenemos una debilidad por las rubias y si son gringas pues aún mejor. Es como estar inconscientemente manchando su blancura imperial con nuestra mezcla de razas tercermundista. Pelo pasita, rizo o raspacoco, no importa, lo importante es que seas medio brown y que no manejes bien el inglés. Es el truco viejo del lobo: que no la entiendas para que, acercándote, la escuches mejor. Ni Caperucita con toda su inocencia se salvó y esta estudiante de periodismo por poco no se salva de las fauces de uno de los nuestros, Jorgie "Lobo Feroz" Navarro. ¿Para qué llamarle bellaco (como lo han hecho en la blogósfera y las redes sociales) si la mayoría en este país es uno? Pongámosle mejor ese lindo apodo, igual de infantil que sus explicaciones al mediodía de hoy. (Actualización: el miércoles 20 de octubre Navarro finalmente se disculpó con el pueblo, luego de haberse negado a hacerlo en la víspera. ¿Presiones político-morales del Gobernador Fortuño? You bet.)

Este no es sino el más reciente caso de la doble moral que aqueja al país. Hay varios aspectos que me preocupan. Primero, la dimensión de vergüenza general que siente el puertorriqueño cuando barrabasadas boricuas salen en la televisión norteamericana. Al igual que con el llamado megaoperativo de hace dos semanas, en este país se sufre más cuando nuestro papá nos viene a regañar. Esto quiere decir que estamos inoculados con sentir si quiera algún tipo de vergüenza cuando situaciones parecidas ocurren entre nosotros. "Es parte de la fauna boricua", se excusan algunos. "El puertorriqueño es así, charlatán y buscón", es lo que decimos y al decirlo se hace realidad. Son cosas de familia que hay que simplemente dejarlas ser.

Esto lleva a mi segunda preocupación: si el boricua es esto y lo otro, ¿entonces por qué tanto revuelo con una conducta netamente orgánica? Jartarse a palos en cada oportunidad y bregarle
heavy a las mamis, ¿acaso no es 100% puertorriqueño? Y esto no es un comportamiento de las comunidades de bajos ingresos y pobre educación, esta es la conducta general del puertorriqueño a cualquier nivel. Dentro de este apartado sale a relucir la manera simplista en que gran parte de la blogósfera boricua ha tratado esta noticia. El internet boricua muchas veces funge como lo peor de la prensa amarillista. Escándalo, es un escándalo. Aparte de que tuvo la malapata de que su intento de amor a la boricua quedara grabado, ¿qué otra cosa hizo este señor que otros, inclusive, los que hablan buen inglés, no hayan hecho?

Aquí es entonces que vienen los otros puntos de discusión que sí cubrió la otra parte de la blogósfera y algunos reportajes de prensa. Jorge Navarro es, no sólo un representante del pueblo puertorriqueño, sino una persona casada descrita en su perfil legislativo como una persona que "siempre ha visto el servicio público como una vocación de amor y respeto al pueblo. Jorge es un hombre de convicciones y metas altas. Fuera de la Legislatura, Jorge es un hombre sencillo, padre, fanático de los deportes y de la naturaleza." Y, cabe añadir, de parties bien mostros pagados por sponsors.

Padre de familia y deportista, esta persona de "metas altas" también cree en la "alta meta" de la estadidad para Puerto Rico. Para lo que nos leen de otros países, entiendan que esto es otra razón por la que este intento de ajosicarse a una rubia tuvo el efecto mediático que ha tenido: la prensa en este país le encanta pelar a los militantes y políticos proamericanos que quieren ser parte de EE.UU. pero no saben hablar inglés. Según los humoristas de El Ñame, Navarro es tan incompetente con este idioma que no sabía ni decir 'no'. Vale la pena recordar al Senador Roberto Arango, también del PNP, haciendo de las suyas con El Difícil a principios de año.

Luego de este análisis inicial tenemos la siguiente configuración de este lamentable personaje: Jorge Navarro es tan bellaco como cualquier otro puertorriqueño sepa o no hablar inglés; le gusta la bebida como a la mayoría de los boricuas; es otro político más de derecha que procura imponer unos "altos" valores mientras él mismo los barre por el suelo porque "estaba fuera de sus funciones legislativas". Este perfil da justo en el blanco de los problemas de género y de solidaridad que afectan a las sociedades post-industriales (aunque Zizek teorice lo contrario) de consumo en masa. Me explico.

Hombres y mujeres caen en el consumo del cuerpo y la apariencia como mera comodidad que hay que poseer. Hay mujeres tan bellacas como los hombres; hay mujeres tan machistas como los hombres y esto, claramente, no está resolviendo nada. Al entrar en este círculo de que el hombre es más macho al acostarse con más mujeres y la mujer menos pendeja al acostarse con más hombres, estamos alimentando los mismos tipos de prejuicios de género y atentando contra algo que se llaman valores. Sí, es una palabra difícil porque decirlo en estos momentos puede provocar una violenta respuesta de los más progresistas, pero tampoco podemos ir proponiendo una sociedad que carezca de valores.

La heterogeneidad de una sociedad puede llegar a una serie de valores inclusivos que se fomenten sin incidir en la intimidad de las personas o sus estilos de vida. Una cosa es hacer las payasadas que hacen los políticos, sobre todos los conservadores, de oponerse a medidas legislativas por valores religiosos y morales, mientras en sus vidas privadas son pedófilos, hostigadores sexuales y sepa uno qué otras cosas más. Otra, sin embargo, es proponer y provocar un diálogo en que todos los sectores de la sociedad se pongan de acuerdo en un conglomerado de valores comunes y necesarios para construir un país más justo y solidario.

El rampante indvidualismo y el consumo como meta de vida socavan valores tan elementales como la honestidad, la empatía y la solidaridad. La moral de pacotilla y las reglas sociales arcaicas contribuyen de igual manera a que las personas dejen de ser auténticas y claudiquen ante la presión social de ser como otros quieren que sean. Y esto es, precisamente, el propulsor interno para que el policía haya aceptado la trampa de los federales, el abogado haya aceptado jugar sucio para ganar el caso y para que el "Lobo Feroz" Navarro y otros políticos hipócritas como él digan una cosa y luego hagan otra; la doble vida de Jorgie Navarro...como la doble vida de muchos otros, incluyendo los que se llenan la boca de "ah" y "oh" ante tan patética noticia.

El excepcionalismo boricua, la noción ya convertida en realidad de que aquí siempre se hacen las cosas al garete y el más joseador es el que gana, se tiene que acabar. El problema es que este cuento de hadas se ha quedado por mucho tiempo en el disco rayado de nuestro inconsciente. Y andamos como país al igual que dos de los tres cerditos:
pasándola bien y solamente buscando la salvación cuando ya no queda nada más que salvar.

jueves, 25 de octubre de 2007

Dedos

Sendero de luz
(De Fronteras de versos)

La copa toda de la tomas
mientras te muerdo los pechos
y trazo con mis dedos
el sendero luminoso hasta tu
sexo.

Y de tus labios caen gotas
rubíes que de tu piel usurpo,
robo, como hago con los
misterios de tu cuerpo.

© Luis Ponce Ruiz
28 de mayo de 2007
Viejo San Juan, Puerto Rico

₪•₪•₪•₪•₪•₪•₪

III
(De Esa cálida cosa llamada luz (y su ausencia))

En la más apasionante
oscuridad levanto los ojos
y lo único que veo
es mi rostro desfigurado
por el placer solitario.

© Luis Ponce Ruiz
8 de noviembre de 2004
Washington, DC

₪•₪•₪•₪•₪•₪•₪

mira
mis dedos,que
te tocaron
y tu cálida y perfecta
pequeñez
-ven?no se parecen a mis
dedos. Mis muñecas manos
que con cuidado sostuvieron el suave silencio
tuyo(y tu cuerpo
sonrisa ojos pies manos)
son diferentes
de lo que solían ser. Mis brazos
en donde todo lo que eres tú estuvo acurrucada
silenciosamente,como una
hoja o alguna flor
recientemente hecha por la Primavera
Misma,no son mis brazos. No me reconozco
como yo esto que encuentro frente
al espejo. yo
no creo
haber visto nunca estas cosas;
alguien a quien tú amas
y quien es más delgada
alta que
yo ha entrado y se ha convertido en esos
labios con los que yo hablaba,
una nueva persona está viva y
gesticula con mi
o eres quizás tú quien
con mi voz
estás
jugando.

-E.E. Cummings
(Traducido por LPR
28 de junio de 2007
Bayamón, Puerto Rico)

martes, 7 de agosto de 2007

Tórrida

O los últimos fines de semana del verano de 2007, con un trasfondo de un mangle salvaje y una botella Cahors, productora de soñolientas figuraciones en una tienda Payless.

A mí no me importa que Luis Ponce esté en el umbral de sus primeros cursos de Derecho. Yo vengo a contarles lo que él no quiere contar porque dice que no puede, que simplemente pensar en mamotretos y en un único y solitario examen a final de los cursos le da dolores terribles en el anillo del ano (o por lo menos en la rajadura escaldada de su rabadilla por tanto guardar cama debido a una misteriosa enfermedad procedente de nada más y nada menos que de una ardilla silvestre) no le han permitido escribir en este blog, que atrás dejó la escritura creativa para adentrarse, dice él mientras fuma (porque ha vuelto a fumar puros), a la que verdaderamente entra en contacto directo con el pueblo y lleva el germen del cambio, de la transformación, la escritura jurídica...y varios otros escupitajos más.

Me adentré a la zona costera de nuestro archipiélago en busca del mejor pedazo de mangle para meter mano. Sí, para relacionarse sexualmente con su pareja, para follar, como dice la canción del grupo español Sin Cuero, "te follaré hasta en un mangle", que un reconocido autor boricua intentó apropiarse en la década de los setenta y que lo llevó al suicidio. Que se cuiden los que plagian hoy en día, que incluye luminarias literarias como el señor Alfredo Bryce Echenique y el cerebrito del señor de esta tribu de los cafres. Que se cuiden también de los mosquitos del mangle y las moscas de playa que rejoden. Mucho OFF!, pero no el de espréi, sino el vaporizador. Úntese el repelente de insectos mientras intenta ver una puesta de sol imposible porque no está en Rincón, el Pueblo de los Bellos Atardeceres, sino en un mangle cerca de usted. Úntese, pero no lo haga en o cerca de sus partes íntimas: el repelente OFF! no tiene un sabor muy placentero que digamos.

Allí me encontraba, pues, entre esas catedrales aéreas, con esos entes de doble vida y personalidad. Viven sobre y debajo del agua. Acogen aves y peces y ahora, estoy convencido, muy bien pueden acoger a dos cuerpos que se estremezcan y puedan acomodarse entre las duras raíces de esta especie tropical. Los que se atrevan encontrarán el paraíso que se les perdió a las vistas al mar de los moteles de Tortuguero o a las piscinas en forma de corazón de los de Caguas.

El Cahors nos lo empezamos a tomar en la veranda de nuestro bungalú mientras esquematizaba los mangles que había recorrido durante el día. Había comenzado a escribir en mis finos papeles mientras mi compañera de aventuras, La Jevota de los Sombreros, se adentraba en los misterios del caldo francés y me preguntaba por qué carajo era tan comemierda y me daba con beber vino en estos trópicos desdichados y tristes y calurientos. Le dije si no le habían sabido bien con las alcapurrias de carne y de jueyes que había ordenado. Le pregunté si acaso no servía como elixir y alimento a la imaginación en este sencillo lugar donde solamente permitían encender incienso, nada de cigarros ni cigarritos. Entonces, tomé una de las hojas donde suelo escribir mis apuntes de viaje (muy parecidas al material de los mantelitos de papel que utilizan en los restaurantes) y le redacté un tratado el cual subtitulé (ya ven como me agradan los subtítulos): "El tórrido fin de semana que pasé contigo". A ver si te atreves a mostrárselo a alguien más, le dije. Pero ya cuando le dije esto, ambos habíamos descendido a las profundidades embriagantes de ese vino raro y exquisito que había traído de contrabando. Este su servidor, El Capitán de la Pluma de Ganso, junto a La Jevota de los Sombreros, terminamos hablando de zapatos de descuento y cómo todavía no había un sólo zapato sobre la faz de la tierra que impidiera la entrada molestosa de los granos de arena al ínfimo y recóndito espacio entre los dedos.

Fotos tomadas en la Zona Tórrida del Archipiélago Nacional
por © La Jevota de los Sombreros - 2007

martes, 17 de julio de 2007

Rey Andújar, invitado de La tribu, y El factor carne (fragmentos)

Conocí a Rey Andújar hace poco más de un mes en el Closed Mike celebrado en Café Seda de El Viejo San Juan. Conversando de lo mucho que me había gustado su novela, El hombre triángulo y sobre los blogs, le dije que pondría en La tribu de los cafres el poema suyo que más me había gustado de la noche, Debajo de ti (porque me hizo pensar mucho en ti). Aquí lo tienen, junto a una narración breve. Ambos, incluyendo su información biográfica, fueron tomados del sitio Cielo Naranja.

Debajo de ti
(Verano 2000)

Cómo explicarte
Que debajo de ti
Soy otro
Todo cambia
Todo suda alrededor
Inevitablemente
Cuando estoy debajo de ti
Siento el arrullo de la sangre caliente
Por cada una de mis venas
Eso siento
Cuando nos tocamos
Cuando no queremos acabar
Cuando estoy debajo de ti
Cuando tú tomas el control
De los cielos, del universo
De estas cuatro paredes estáticas
Soy diferente
Soy tan pequeño
Cuando estoy debajo de ti
La tierra se hunde
Se confunde con las tinieblas
Me tomas de los brazos
Te mueves
Jadeas
Yo
Como destinatario universal de todos tus actos sublimes
Debajo de ti

Inolvidable, excitada, erizada, inmortal, horivertical
¿Porqué cambia mi perspectiva de estar solo
Sólo cuando estoy debajo de ti?
Cuando juego con tus caderas
Y tus caderas toman el control
Y tus caderas gobiernan mis impulsos
Y tus muslos son la guía
Y tus pechos el premio
Y tu boca la gloria
Y yo
Debajo de ti

₪•₪•₪•₪•₪•₪•₪

Descubrimiento de la carne

Paola, me encuentro con ella por vez primera. Primerísima hembra entre todas las primeras, tan primera, que más de diez años después me sigue embromando la paciencia cada vez que puede. Me descubro como hombre, ella se descubre como mujer, y entre tanto descubrimiento, descubrimos un desorden mentalmaniacodepresivo con tendencia al suicidio voluntario en primer grado. Aunque mas de una vez la salvé de las garras de sobredosis de aspirinas, Prozac, Mejoral de Adulto, pastillas de bacalao o vitamina E, lo primero que agarrara del botiquín (botiquín no, en Villa Duarte, las medicinas se ponen encima de la nevera, práctica ésta aplicada en múltiples barrios de Santo Domingo, aún en estos días, al alcance de los niños). Se me cortaba las venas, hacía de todo para matarse y así llamar la atención de medio mundo. Gracias que Dios o el Diablo no se dieron por enterados. Y así las cosas, fui yo mismo quien casi se la anota, cuando, tratando de inducirle un falso aborto de un falso embarazo, la obligué a beberse una tisana de hojas de aguacate con astillas de cuaba. Volvió en sí después de dos lavados estomacales y entre el "juidero" para la Clínica Peña Núñez y de ahí a la Chan Aquino, y el asunto de la preñadera y la rudeza de mi Modus Operandi, se nos acabó la sesión de cariño llamada noviazgo.

Rey Andújar (Santo Domingo, 1977) es todo un Robinson (pero antes de toparse con la Isla). Es narrador por excelencia, vive entre aquí-es y allá-ses. Pertenece a lo más reciente de nuestro imaginario literario (MDM).

Vea un artículo sobre nuestro invitado en Claridad.

sábado, 26 de mayo de 2007

"Woman on top"


chocolate
albaricoque
fruta
y delicia
derraman
(sobre

el sabor

que nuestros cuerpos

saborean
en esta febril
calentura
de
comida
de
almíbar
y de
un poco de…
¡yo no sé!,
¿locura?)
más gozo
al atolladero
maravilloso
del emplegoste
de tu piel
sobre la mía.

©LPR
Marzo de 2004
Washington, D.C.

lunes, 26 de marzo de 2007

El Proceso (1925) de Franz Kafka (1883-1924)

La vana búsqueda de respuestas, la inquietante repetición y el torbellino de ansiedad que las acompaña son los estados de ánimo que la potente narración de Kafka transmite a través de su novela inconclusa, El Proceso. En ella se narran las desventuras de Josef K., un funcionario de banco, frente a una acusación sobre la cual ni él ni las autoridades competentes conocen o pueden esclarecer. K., en la cruzada por entender su proceso, se tropieza con unos seres invadidos de una rareza y decadencia humana tan grande que logran arrastrar el optimismo inicial –e inherentemente humano– del protagonista hasta su resignación y fin como animal.

El título de la obra tiene varios matices. Por un lado es literal porque hace referencia al proceso judicial de K. Pero también es simbólico: evoca el trance psicológico y la lucha interna de K. consigo mismo, con las fuerzas invisibles y todopoderosas del gobierno (o del destino), y con una sociedad cómplice e inmutable. Es, a fin de cuentas, el proceso devolutivo de un individuo frente a la inexplicable realidad.

Lo que más llama la atención en El Proceso es el uso del lenguaje. Si bien es cierto que la traducción al español mantiene la complejidad del alemán (lo que, por desgracia, ahuyenta a posibles lectores), es gracias a este lenguaje denso lo que provee el molde adecuado para desarrollar la asfixiante existencia de K. La descripción de la visita de K. a las secretarías en el capítulo III le muestra vivamente al lector la sensación de encierro que el protagonista también padece. Lo magistral de este pasaje es que al finalizar el capítulo, el lector termina igual de mareado que K.

La narración en tercera persona limitada y el uso extenso de diálogos ayuda muchísimo al desarrollo de los personajes ya que el narrador no está presente en todo y sabe cuando ceder la palabra a los personajes o la conciencia, como en el caso de los monólogos interiores de K. Aunque nunca terminó El Proceso, Kafka pudo crear un universo de personajes que tienen una misión específica en la vida de K. Hay tres de ellos que aparecen una sola vez en la narración pero son importantísimos para adentrarnos en las complejidades del Tribunal. Estos son el pintor Titorelli, el comerciante Block y el capellán de la prisión. Estos personajes son utilizados por Kafka para crear un falso sentido de esperanza ya que todas las indagaciones y recomendaciones que K. les hace a estos individuos siempre terminan en un enredo mayor.

Esta falta de esperanza evidencia dos de los grandes temas de la obra: la resignación y la impotencia ante los vuelcos de la vida. Vemos como la desazón poco a poco invade a K. y lo convierte en un ser sin voluntad, incapaz de librarse de su muerte «¡como un perro!».

Otro gran tema que, como los demás, también funge como una crítica a la sociedad, es el de las estructuras invisibles del poder. La deshumanizante burocracia es la que permite procesos absurdos como el de Josef K. Es aquí donde se descubre que K. muy bien puede ser el alter ego de Kafka. Los biógrafos del escritor y su propio diario muestran como él se lanzó a escribir El Proceso luego del fin del compromiso con Felice Bauer. Kafka muchas veces anotó que las visitas que hacía a la familia de Felice eran «como un juicio, en donde otros decidían el camino que su vida debía tomar.»

La imposibilidad de obtener el amor se traduce en la tensión sexual que Kafka construye alrededor de las relaciones que K. tiene con la señorita Bürstner y Leni. La esporádica, si bien imaginada, aparición de la señorita Bürstner en el capítulo final apoya esta teoría: a K. se le escapó, pero también dejó ir el amor.

Los temas presentados por Kafka requieren de la atmósfera oscura, inhóspita y demacrada que envuelve a El Proceso. Así logra recrear el efecto completo de ese vertiginoso descenso al Maelström de la pérdida de fe y la derrota, de ese final que estremece al lector. Ciertamente, Poe hubiese aplaudido a Kafka, si sólo el checo hubiese condensado la extensión de su texto para complacer el gusto del norteamericano. Este servidor, sin embargo, lo ovaciona tal y como es.

Adelantado a su época como Unamuno, Kafka es difícil de encasillar dentro de un sólo movimiento literario. Su obra es existencialista porque cuestiona el propósito de la vida humana y a falta de una respuesta, la confronta tal cual es. El Proceso es también psicológico: los personajes muestran problemas mentales y de comportamiento que van desde la doble personalidad (el comerciante Block), los fetiches (Leni y su preferencia por los acusados) y depresión (K.). Estas corrientes, junto al absurdo, convierten a El Proceso en una de las primeras novelas posmodernas del Siglo XX.

El Proceso, escrito entre 1914 y 1915, muestra ante todo la deshumanización con la que la Primera Guerra Mundial inauguró el Siglo XX. Lo curioso es que el Siglo XXI comenzó de la misma manera. Dado estas similitudes, ¿vale la pena preguntar cuán real es el mundo kafkiano? o ¿cuán kafkiano es el mundo real? ¿No será que lo único que Kafka hizo fue representar lo absurdo de nuestra existencia? Por desgracia, y ante la problemática mundial actual, todo parece indicar que Kafka fue, ante todo, un realista.

jueves, 8 de febrero de 2007

¿Por qué "la tribu de los cafres"?

No es que defienda o apoye lo rudo, inculto y rústico. Ni tampoco es que desee imitar esa tipografía del cafre boricua, sus formas y fondos. Pero -y continuando con el legado semántico de Sunshine- de igual modo, no pretendo convertirme en el cruzado de lo avanti y de lo sublime, lo eminentemente artístico. Creo en que hay que salpicar un poco de cafrería a nuestro entorno de todos los días. Por supuesto, el arte, la búsqueda de la perfección (que es la verdad) y la expresión contundente deben regir cualquiera que sea nuestra labor y, sin embargo, esto no implica que de vez en cuando nos gocemos un chiste de La Comay o unos "hot dogs" guisados con arroz blanco (como sirvieron hoy de almuerzo en la escuela donde trabajo).

Lo cafre no es la cultura popular, pero sí es lo burdo, mediocre y enlatado que de ella puede degenerar (el merengue de grupillos, la constante gula de jamonilla y empanadillas de pizza son un buen ejemplo). El cafre o kāfir (ya que viene del árabe pagano o bárbaro) puede ser alguien que no tenga educación pero no necesariamente. Las universidades están llenas de esa tribu de los cafres: son los que simplemente pasan por la universidad, los que no logran entablar ese enlace tan personal y enriquecedor con el mundo académico. Los ves, precisamente, hablando de "este y de aquella", de las eternas fiestas, del sexo banal. Son los pseudos estudiantes (porque los estudiantes eternos somos otra cosa).

Las profesiones están llenas de cafres. Véase los parlamentos y congresos del mundo (y a las residencias presidenciales) y encontrará su buena dosis de bárbaros. Vaya a las convenciones de los maestros, de los doctores, farmaceúticos. En fin recibirse de algún grado, matricularse en una universidad, no es cura infalible contra la cafrería.

La cafrería para mí es un marco, una guía y una manera de comprender el lugar donde convivimos. No es el fin. Hay que denunciarla. Pero para hacer eso hay que entenderla, experimentarla y, de vez en cuando, escribirla.

La tribu errante