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miércoles, 25 de noviembre de 2009

La maravillosa ternura del pavo

Cuando estaba en universidad iba con mi amiga Emily a Syracuse a pasar el Día de Acción de Gracias junto a su familia. Era el intermezzo a los exámenes finales y una perfecta oportunidad para planificar lo que le escribiría a la chica del momento que me gustaba: una carta de amor, un poema, una tarjeta con lindos versos. Ideaba la manera hasta de invitarlas a las fiestas de Navidad que se organizaban en el campus. Ahora me acuerdo del frío de la nieve de los últimos días de diciembre y del sótano de la casa fraterna donde se bailaba y las parejas se besaban. Como nunca mis cartas y poemas fueron bien recibidos, terminaba yendo con amigas que, por desgracia, luego también me empezaban a gustar y cuando finalmente decidía escribirles algo, mis palabras nunca encontraban el tibio pecho de sus lectoras.

Nuevamente al año siguiente, entre los árboles de manzana sin hojas, los caminos congelados y el frígido aire que me succionaba el calor del cuerpo en Upstate New York, me ideaba otros poemas y soñaba con otra chica. Esto se convertía en mi razón definitiva para fijarme en los detalles de Emily, en su ropa, sus cuidados, en lo que me respondía para así aplicar mis nuevos conocimientos en las muchachas de turno; de concentrarme en entender las letras de las canciones de Navidad que Rich -el papá de Emily- ponía en la sala antes de la cena. Frank Sinatra descompuso de tal manera mis recuerdos pasados sobre esta época, que luego del fin de mis estadías en Syracuse, todavía me veía sentado frente a la chimenea de la sala de Emily, intentando memorizarme las letras de Ol' Blue Eyes. Alguna vez le llegué a explicar a Rich mis apasionamientos y él me animaba en ellos, a la vez que me servía otroapéritif y nos disponíamos a esperar el banquete de la velada.

Lo curioso es que años después me encontraba a esas muchachas que les había escrito y hasta algunas accedían a un café y a una conversación. Todas muy bien con sus vidas-trabajos-novios/esposos-éxitos. En esos pocos minutos en que lograba atisbar las formas de sus cuerpos bajo los ropajes o la sonrisa que me ofrecían al pasarle un sobrecito de azúcar, redescubría las razones de mi atracción por ellas: el lunar en el cachete de una; la forma tan cómica con que otra todavía me hablaba mientras se devoraba una galleta; el espectáculo de sus dedos al aguantar la taza de café; su manera de responder el móvil, pagarme el café e irse apresuradamente (porque también hay formas de ausencia que ciertas personas vuelven únicas).

Luego de observarlas y recordar mis infructuosas historias con ellas, la verdad tocaba fondo y entendía la razón por la que nada había surgido entre nosotros: la lejanía de nuestros mundos. Esto se reconfirmaba cuando estas chicas, antes de marcharse, preguntaban sobre mí ya que a lo largo de nuestro encuentro no había lanzado pormenores de mi vida. Yo les respondía -cómo no hacerlo luego de su interés- con tres descripciones: desempleado, viviendo con mis padres y escribiendo. ¿No has publicado nada? Algunas veces mentía y les decía que sí, pero en vez de darle el título de un libro, las refería a mi blog (trataba así de subsanar mi mentira). Otras veces decía la verdad y a los pocos minutos me daban las gracias (en estas otras salidas impetuosas siempre tenía la amabilidad de invitarles el café y las galletitas, por supuesto) y se desaparecían entre la multitud de la ciudad.

De las siete u ocho chicas que he vuelto a ver, sólo una mostró interés y en esa ocasión rápido me increpó sobre mi estilo literario, de porqué sigues en esta ciudad si aquí no vas a encontrar oportunidades. Sal, mijo, tienes que irte de aquí, ¿o es que todavía no te has dado cuenta que esto es una tumba de ideas nuevas?

Entonces ella se acordó de una tarjeta que le di en las Navidades del 2002: todavía la guardo aunque no me creas. Ya sabía por donde iba la cosa y me sonreí con ella aunque en ese instante no recordaba las palabras exactas que le había dirigido, un gran descuido de mi parte ya que de lo único que suelo acordarme es de las cosas que escribo. Seguimos hablando en el café con el ímpetu del que deshoja una alcachofa y admito que no sólo empecé a sudar debajo de mi suéter, sino que inclusive acerqué más la silla a sus muslos y traté de buscarle sin recato sus ojos verdes, ignorando por completo el anillo de matrimonio que llevaba en esa linda mano que ya comenzaba a dibujar garabatitos en la servilleta (yo sudando y ella garabateando, ¿acaso no estábamos bastante viejos ya como para controlar el nerviosismo?). ¿En realidad fue una tarjeta de Navidad? Pues si quieres te la muestro.

La distancia entre el café y su apartamento no fue mucha, pero menos fue entre la puerta y la isla de la cocina donde nos comimos muy lentamente esa pequeño corazón de alcachofa que palpitaba dentro de nosotros. El instante en que le mordí su dedo anular ensortijado fue como escribir una nueva oración de mi siempre inconclusa novela: el poder metafórico que se disparó en mí al intentar estropear con mis dientes ese gran símbolo de la familia perfecta logró que finalmente nevara sobre la ciudad temporal que habíamos edificado sobre la isla rústica de madera, sustituyendo de un porrazo los lindos frutos otoñales de plástico que hacían juego con la decoración del apartamento y que ahora permanecían regados en el suelo.

En ningún momento pude recordar lo que le había escrito hace ya algunos años y ella, luego de disculparse para ir al baño y arreglarse un poco, no hizo ningún esfuerzo por encontrar esa tarjeta de Navidad de la que me había hablado. Dudé si en efecto esta mujer era quien decía ser. A decir verdad nunca le pregunté su nombre y en todo momento supuse que era ella, si total, me trató con la naturalidad más fresca del mundo. Pero, ¿estudiamos juntos? Sí, me respondió ella cuando nos tropezamos en el parque Lafayette y empezamos a hablar. ¿En Georgetown? Por supuesto. Espérate, fuiste la roommate de Carolina, ¿no? Pues aquí me tienes. Rápidamente supuse que en algún momento le había escrito algo o más bien invitado a la Gala de Navidad en la calle Prospect: la cierto es que su cara me parecía familiar junto a sus ojos verdes, inclusive, la forma un poco rara en que sus labios formaban las terminaciones de las palabras. A todas mis interrogantes me respondía en la afirmativa, pero eso sí, nunca me llamó por mi nombre. Nunca me dijo, Luis es fascinante lo que me escribiste o Luis, ¿no te pareció un poco ridículo mandarle tarjetas de Navidad a todas las chicas que te gustaban en aquel momento? Soy sincero y a mí no me parecía nada ridículo mi atropellado intento de conseguirme una novia y en el café nos reímos de mis ocurrencias y yo de las de ella, de su vida después de graduada, de que esta ciudad a veces cansa, pero más la cansaba su trabajo de abogada que compartía con su esposo. Y entonces aprovechó el hilo de la conversación para que le hablara de mí, un error de su parte (¡cómo entonces no caí en cuenta!): tan sabido es por la gente que me conoce que una vez me preguntan sobre mí tiendo a olvidarme de todo y a centrarme en mis grandes fracasos que proclamo como aciertos frente todos esos que viven guarecidos tras sus conquistas y, en estos últimos días, detrás de sus iPhones. Así logré interesarla más, y el resto fue historia, me dije, cuando intenté despedirme sin meter la pata e increparle en la cara: ¿pero acaso no te has dado cuenta que no nos conocemos?

Al despedirme ella me dio la mitad de una tarta de canela que, imagino yo, le sobraba en el refrigerador y cerró la puerta. Pensé en gritarle, ¡gracias por el bizcocho...Feliz Navidad!, pero en su lugar le di un mordisco a su regalo (hacía horas que no comía nada y ya mi estómago estaba al borde de la hecatombe con tanto café que le había vertido) y comencé a caminar hacia Syracuse, donde me esperaba una rica cena o por lo menos mi memoria en un estado mucho más ordenado que el actual.

domingo, 20 de abril de 2008

Lorenzo Helguero, invitado de la Tribu, y cuatro poemas suyos

Insomnio
Lorenzo Helguero
Álbum del Universo Bakterial
Lima, 2006
103 pp.









"Soy inmortal: dichoso es el que sueña
y no traza en la noche vanos versos
".

Esto es una deuda largamente adeudada.

La cumplo hoy porque he releído este poemario en momentos que desesperadamente lo necesitaba. Y lo que he leído es una ofrenda de amor (si es que éstas se pueden leer del todo). Amor a Rosana, su esposa, pero amor también a la palabra, a la obsesión con los versos y con Darío y Borges. Pero también desamor al sueño, al descanso (a aquél que no sea sobre el cuerpo desnudo del amante), al estúpido letargo de hacer nada, a la embriaguez que irónicamente deja vacía a "la botella y la inútil poesía".

Hay algo maravillosamente personal en esta cuidada edición y en los cuidados versos que Helguero nos propone. Veintidós son los sonetos que componen Insomnio. Su lectura es íntima porque además del intenso mundo que respiran los versos, el libro es un cuaderno Moleskine, con todo y su hoja de información, con todo y su cinta elástica que lo mantiene cerrado. La poesía me embruja con su ritmo y salta de la página para apoderarse de mis propios recuerdos. Lo que Lorenzo transmite se filtra por los poros de mi vida y con ella se confunde.

Los poemas discurren con una intensa fragilidad y concisión; son como la palabra, la letra: un molde de no sólo significados, sino experiencias y recuerdos. Insomnio es también metáfora de un viaje: del viaje de la noche en vela y del Moleskine, objeto de rigor de todo artista y escritor viajero. El primer soneto, Historia de las Indias, nos embarca hacia el inicio de una aventura y de un devenir lleno de tragedias que son historias. Son las historias de Helguero las que se plasman en las pequeñas páginas del libro, sus mutaciones como en Pronombres, uno de mis sonetos favoritos, sus luchas y desafíos frente al cuaderno y dentro de la cama, en su pasado y en su presente. Son historias de catorce versos que terminan con Retorno, que es, al estilo de Borges, un final con esperanzas de comienzo.

La palabra

Ya no el silencio, sino voz que crece
y que llega confusa para ser:
por la página en blanco reaparece
la Palabra vestida de mujer.
Mostrándome sus senos me saluda,
como una perra en celo se me ofrece,
-me ha reconocido- se desnuda
y exige que la monte y que la bese.
Su revejida desnudez me tienta,
me ofrece la canción y la tormenta,
la tortura y el ritmo, el mar, la ola.
Sus látigos me llenan de lenguaje;
me vence, me despoja de mi traje
y en esta misma página me viola.

₪•₪•₪•₪•₪•₪•₪

Pronombres

De tanto amarte oscura y vorazmente
hoy confundo mi cuerpo con el tuyo
y mi mente desnuda con tu mente
(tu nombre es Fuego y es Espasmo). Huyo
de lo que fui, me alejo de mí mismo,
de mi historia y mis letras inconclusas;
caigo en la noche: ya no soy el mismo
que escribía en los senos de las musas.
Ahora me llamo Espasmo y también Fuego
y en la ardiente unidad del mismo dúo
todo mi cuerpo en llamas te lo entrego.
Tengo tu piel y tú tienes la mía.
De pronto hemos cambiado: yo menstrúo
y tú escribes feraz la poesía.

₪•₪•₪•₪•₪•₪•₪

Of
renda

Te doy todo de mí: mi dentadura,
mi pecho atormentado por el asma,
mi cadáver despierto, ese fantasma
que se empeña en hacer literatura,
la inmensidad de despertar y verte,
los vellos de mi pierna y de mi mano,
mis cánceres futuros y el humano
temor a la certeza de la muerte.
Te entrego todo, aun el alfabeto
de mi sílaba impar, el apellido
que me encierra en la letra y que me nombra,
las inciertas moradas de mi sombra,
mi indecible silencio, mi sonido
y el verso en que se muere este soneto.

₪•₪•₪•₪•₪•₪•₪


Retorno

El tiempo que es arena y es eterno
repite su camino: todo vuelve
a su secreto origen (se disuelve
la nieve que ha de ser en otro invierno).
El sendero es un círculo. Regresa
el olor de mi infancia silenciosa,
el pequeño jardín donde la rosa
una vez más a florecer empieza.
Lo que ha sido será (también la casa
que hace tanto perdí). El tiempo pasa
y es el recuerdo un fuego que no quema
y es la memoria flama que no arde.
En una mágica y confusa tarde
alquien escribirá este poema.

Lorenzo Helguero (Lima, 1969) estudió Lingüística y Literatura en la Universidad Católica del Perú. Ha publicado los libros de poesía Sapiente lengua (1993), Boletos (1993), Beissán o el abismo (1996), El amor en los tiempos del cole (2000) y Poeta en Washington D.C. (2004). Poemas suyos han aparecido en diversas revistas y antologías. Actualmente realiza estudios de post-grado en el Departamento de Español de Georgetown University. Contacto: lhelguero@yahoo.com. [Información tomada de la edición de Insomnio].

domingo, 10 de febrero de 2008

Más e-mails de Anónimo y Talibán

Respuesta de Talibán a Anónimo:

[Direcciones electrónicas y nombres verdaderos han sido eliminados para respetar el derecho a la intimidad.]
Sat, 2 Feb 2008 09:11:21

Mira y que acabar tu e-mail con el lema de los Marines. Estás verdaderamente en un viaje, mano. Te mereces que te recuerde siempre lo de Yoli para que acabes de entrar en cuenta y le pongas orden a tu vida. Lo que pasó, pasó, como dice Daddy Yankee. Estamos en España sí, ella estudiando y yo trabajando. Tú qué coños haces? No fue coincidencia que la Yoli se fijara en mí; tú muy bien sabes que la vida en el ejército te ocupó más de lo debido y ni caso le hacías a tu mujer...eso te pasa por querer apresurar las cosas. Lo peor del caso es que te entiendo, pero creo que entendí más a ella.

No volveré a mencionar más a la Yoli si tú dejas de mandarme e-mails a todas horas del día, de dejar mensajes en la contestadora y de insinuar que vendrás a Álava. Serás bienvenido si demuestras un poco de madurez (y si finalmente te dignas a publicar la novela esa que dijiste ibas a publicar sabe Dios cuándo, sobre todo ahora que has regresado de la guerra y tienes tan monumentales y originales ideas que contar).

Te advierto, sin embargo, que dejes de bombardear a la Yoli. Ha visto todos tus e-mails en que le reprochas lo mala que fue contigo, lo injusta y todo lo demás que evidentemente sientes por algo que tú muy bien sabías que iba a pasar. Y saca a Ponce de todo esto...qué iba a saber él que por escribir algo de Pantaleón te iba a revolcar la envidia que todavía sientes por alguna locura atrasada tuya. Pon tu vida en orden, da gracias a Dios que estás vivo y ponte a escribir tus maravillosas experiencias...inclusive la que Yoli y yo te hicimos.

No vuelvas a escribirme.

Talibán

Anónimo nos escribe a los dos:

[Sí, lo mismo aplica aquí, aunque muchos de uds. ya conozcan mi correo-e.]
Wed, 6 Feb 2008 20:23:09

Ja, ja, ja...que no vuelva a escribirte. No me vengas ahora con sentimentalismos y cuestiones de honor y responsabilidad. Mentecato. Aquí el que inició todo fuiste tú, no Ponce, aunque luego te haya facilitado una tribuna para atacarme. Tú y tus delirios de grandeza por ser el sementero de Georgetown (guau!) , por irte a vivir al extranjero (qué exitoso!), por haber publicado cuatro cuentos cojudos en Internet, en que todos hablas de Yoli y de su "ex marido adicto a la heroína del patriotismo yanki" (bravo, has salido del catálogo de los autores inéditos, great achievement para un drogo como tú). Tú eres el que tienes que tomar la vida en serio y ponerte a trabajar de verdad...que en tu caso sería a escribir de verdad. Lo que pasó con Yoli ni tú ni nadie podrán entender porque no quieres ver la realidad. Ella fue oportunista: sabía que te ibas para Europa y no quería quedarse en Washington trabajando; yo me la pasaba en entrenamientos, tú en cuanto bacanal bohemio de Adams Morgan. Ahora me preguntó, quién ha tomado la vida más en serio?

A Ponce sólo le hago críticas justas y me pongo Anónimo al comentar porque la verdad no tiene nombre. Él lo sabe muy bien, sabe que utiliza su blog para experimentar, para decir cosas que quizás no diría de otro modo, pero al publicar la entrada de ayer ha caído muy bajo. Lo sabes, Luis, por eso te escribo a ti también. No puedo creer que te hayas prestado para esto, para masificar este desafortunado "antiguo lío de faldas" como un tercero comentó; para ofender y trivializar un incidente que es muestra de todo lo malo en nuestra sociedad. Tú que estudias Derecho, tú que tienes todos esos ideales y perspectivas "positivas" de la vida, qué mierdas haces defendiendo al hipócrita de Talibán? El comentario que te hice te habrá dolido un poco y por eso pretendes hacerle creer al mundo que fue por un incidente de intermedia, por los celos de escritor, que suscitó mi comentario. Deberías tomar la crítica a bien, aprender de otras personas que genuinamente te admiran (aunque a veces sea difícil reconocerlo a la primera, lo admito) y que han pasado el trabajo y el esfuerzo de informarse. Te lo dice alguien que ha estado en la guerra por dos años y medio, que ha vivido serias dificultades y que ha aprendido a sobrellevar problemas que personas en tu posición no podrían ni tan siquiera imaginar. Mi crítica fue, ante todo, como sugiere Talibán, en buena lid.

Aunque deploro esta práctica tuya de publicar algunas de tus intimidades en el blog, te alentaría a que seas justo y decidas incluir esto que ahora te escribo.

Semper fi,

Anónimo.

martes, 5 de febrero de 2008

Anónimo contraataca

Talibán vive en Álava junto a su compañera que en alguna ocasión fue esposa de un ex amigo en común. Los celos aún viven pero las distancias atemperan los odios, las ganas, el deseo revanchista, hasta que claro, este ex amigo comenta en La tribu y el Talibán ve su comentario y también comenta pero abre la herida más aguda: la herida causada por los cuernos. Entonces se ha desatado un intercambio feroz de e-mails, mensajes de Facebook e intentos de dañar reputaciones a través de la Internet y de la telefonía a larga distancia que lo consideré muy pertinente como para dejarlo pasar por alto.

Como cualquier intento de historia esta comenzó cuando el Talibán se dio cuenta que la Yoli (nombre hermosamente ficticio) lo miraba desde la tercera fila, cuarto pupitre de la clase de Conflictos Armados en el África Sub-Sahariano. Último año de universidad en Washington y ya Anónimo y la Yoli estaban casados por lo civil. Talibán lo sabía y se comportó a su altura, pero algo más profundo le decía que la Yoli lo quería. Meses después esta profunda sensación del Talibán se manifestó en el futón de su apartamento en esa semana antes de la graduación. Nadie vio, pero algunos escucharon y todos al final se enteraron. La Yoli, la primera en casarse de nuestras amigas quedó maravillada por las atenciones que el Talibán le logró atestar sobre el paño áspero y verde del mueble y decidió nunca más volver con Anónimo. Éste lo vino a escuchar muy tarde y muy lejos: recién había salido para Quantico a entrenar antes de su tour de force en Afganistán.

Nota: El Talibán me ha dado permiso para mostrar algunos de los mensajes que publicaré a lo largo de estos días. Anónimo nunca me contestó, pero bueno, creo que este riesgo vale la pena.

Primer e-mail de Anónimo a Talibán:

[Direcciones electrónicas han sido eliminadas por respetar el derecho a la intimidad.]
Tue, 29 Ene 2008 18:11:21 -0400

Conque has reaparecido? Dale que como bien conseguí tu e-mail, he encontrado todo sobre uds. en Álava. Siempre haces lo posible para traer lo de Yoli, cuando todo esto pasó hace tres años, cuando, carajo, lograste quedarte con ella. Ya debes parar, como también debes dejar de defender a Ponce y sus mediocridades. Tú sabes menos que él lo que es escribir, lo que es pasar por experiencias: ver a gente morir, niños partidos por la mitad, madres que ven frente a sus ojos como pierden a toda su familia por una bomba, comer gatos y burros porque estás harto de las raciones del ejército. De eso uno escribe, no de las mariconadas que uno le hace a un amigo en la universidad; no de las inconsecuencias que Luis escribe.

Quiero que sepas que prefiero contestarte por aquí y no por el blog como tú haces. Es más, te escribiría una carta a ti y a Yoli para decirles esto: estoy llegando a España en marzo y tu dirección me la tengo memorizada.

Semper fi,

[Nombre ha sido eliminado.]

El e-mail me inquieta y toda esta situación me preocupa. No lo pongo aquí para trivializarla, por más mal que me caiga Anónimo y su revanchismo atrasado. Lo pongo como una advertencia y a manera de evitar una tragedia mayor.

domingo, 27 de enero de 2008

Pantaleón y las ganas de escribir

Cuando desabordé el avión de la ya extinta Aerocontinente, sentí esa sensación liberadora que me imagino todas las criaturas del trópico sienten cuando llegan a climas similares al suyo (migraba del invierno húmedo de la fantasmagórica Lima a la humedad tropical de Iquitos). Fue en esa llanura secuestrada de la Amazonía que me encontré por vez primera al Mario Vargas Llosa de mi adolescencia; lo sentí mucho más próximo que cuando me tropecé con él por los pasillos de la Universidad de Georgetown durante mis años universitarios, porque fue a costa de las imágenes de esta selva que desarrollé mi obsesión por las letras y mi platónica relación con el desposeído del Nobel más extraordinario y polémico del Boom. Mario Vargas Llosa entró en mi vida luego de la lectura de mi primera novela en español que mi padre, un inmigrante peruano, compró en la desaparecida librería Par[é]ntesis y me regaló en unas Navidades. Pantaleón y las visitadoras me introdujo a un mundo totalmente ajeno a mi realidad de adolescente puertorriqueño. El Playstation fue reemplazado por la escandalosa idea de emplear putas al servicio del “Ejército de la Nación”; el creciente interés por la Internet por la prueba de salvación que el impecable Capitán Pantoja padeció ante las caderas de fuego de la Brasilera; las figuras imposibles de las pornstars por la candente lujuria selvática desencadenada por las avasalladoras visitadoras. Esta lectura de Pantaleón me llevó a un universo cuasi-dantesco, pero a la vez risible y ahora, desde la distancia temporal, a un mundo irremediablemente real.

La lujuria de sus personajes me sedujo a trazar como meta visitar la pecaminosa Iquitos, la ciudad-selva de la Amazonía peruana. Fue gracias a los contactos de mi tío en Iquitos y la audacia de mi primo en acompañarme, que hace casi dos años llegué, en un medio día lluvioso de finales de diciembre, a la tierra de la Chuchupe, la Brasilera (a la que siempre preferiré sobre la Colombiana que encarnó Angie Cepeda en la última entrega fílmica de este clásico selvático) y a la que el limeño Pantaleón Pantoja hizo suya.

Mi inicial exposición a Vargas Llosa figura en mi vida como el génesis de mi interés por la literatura. Que hasta el momento lo más que he producido hayan sido hojas y hojas de libretas de escuela a medio usar, garabateadas en mi cursiva horrorosa, y con alguno que otro poemita o cuentito publicados en una revista literaria en inglés y en la revista de creación literaria en español Paréntesis, demuestra lo más significativo que he aprendido: para escribir es necesario practicar. Habrá escritores y académicos que todavía creen en los antiguos mitos de la figura del gran escritor y por consiguiente discreparán conmigo por la ‘reducción’ que ofrezco, en una palabra tan mecánica como ‘práctica’, al arte de escribir. Ciertamente es indispensable un talento inherente en la persona que aspira a ser escritor (que bien se traduciría a esa incontrolable necesidad de crear, a través de la lectura y escritura, un mundo lleno de inquietudes y conflictos propios). Pero es precisamente por ser un arte que la escritura conlleva experimentación constante y responsable.

Esta visión que ahora poseo sobre el acto de escribir fue moldeada gracias a la iniciativa de mi maestra de español del Colegio San Antonio en Río Piedras de iniciar un club de literatura después de clases, el cual bautizó Taller de Redacción. Un taller de esta naturaleza es sinónimo de renovación y la Sra. Marlene Feliú tuvo esto muy claro. Cada vez que sus estudiantes nos congregábamos, había un ejercicio de escritura distinto, una nueva forma de plasmar lo pensado. Su taller fue una deliciosa reescritura constante. Proveyó crítica a nuestros escritos y por ende se fomentó el duelo de ideas. Ese reto y pérdida de miedo (de enfrentarse a la crítica sin titubeos) fue la enseñanza más valiosa que nuestra maestra sembró en nuestro grupo de adolescentes, todavía inseguros pero que no daban media vuelta a la primera amenaza de crítica. El espacio que la Sra. Feliú habilitó en la vida de sus estudiantes evidencia nuevamente el gran rol que los maestros verdaderamente genuinos juegan en la formación de los jóvenes en escuela intermedia y superior.

Cuando opté por continuar mis estudios secundarios en el Colegio San José, también en Río Piedras, desarrollé mucho más mi interés por la escritura debido a la responsabilidad que tuve como editor del periódico estudiantil La Lanza y por los grandes lazos de amistad que establecí con compañeros y con los extraordinarios maestros de dicha institución.

Sin embargo, fue desde mi exilio autoimpuesto en Washington D.C. que empecé a reaccionar al estímulo del Taller de Redacción y a buscar la manera de continuar escribiendo y creando desde la distancia. Al principio de mi carrera universitaria incursioné en el inglés como lengua de creación y escribí varios cuentos y poemas (en su mayoría mediocres). Todos estuvieron sumergidos en la visión erótica-morbosa que heredé de mis últimos meses de escuela superior en Puerto Rico. Estoy convencido que estos escritos figuraron en los dos números del The Georgetown Journal, la revista de creación literaria del estudiantado, por su naturaleza cruda y callejera. Aunque sí disfruté de mi experiencia en el Journal, no encontré el entusiasmo que sentía cuando participaba en los talleres de San Antonio. En la búsqueda que prosiguió, me di cuenta que el factor elusivo era el español. Me faltaba leer, respirar y crear en español. De este cuestionamiento surgió el Taller de Creación Literaria en Lengua Española «Paréntesis» que fundé junto a otros compañeros en la Universidad de Georgetown. Este taller se convirtió en una balsa hispana flotando sobre el mar lingüístico y cultural anglosajón. Los miembros de este taller fuimos náufragos rescatados gracias a la brutal hazaña de los conquistadores que nos impusieron un lenguaje en común, rico y maleable. Continuamos siendo náufragos luego de haber tocado tierra firme por el hecho de ser creadores en nuestra lengua materna, por rebelarnos en contra de la lengua franca inglesa. Por este inaudible grito de rebeldía evitamos ser parte de esa constante y repetitiva literatura Latina en inglés – a veces traducida al español – con la que las subsidiarias de las más prestigiosas editoriales norteamericanas han inundado las librerías en los Estados Unidos y Puerto Rico. Este punto a parte nuestro no quiere decir que descartamos las distintas realidades que los hispanos han vivido y viven en los Estados Unidos, a través del inglés. Sin embargo, del mismo modo queríamos evidenciar el afán de aquellos latinoamericanos que, como nosotros en el Taller «Paréntesis», desean resaltar la importancia del idioma español en sus vidas y en la vida de los estadounidenses, en suelo norteamericano. Esto no nos hizo mejores ni peores. En cambio, sí nos distinguió y eso, precisamente, era lo que buscábamos.

Han pasado ocho años desde que participé en mi primer taller de creación literaria. Aunque no recuerdo bien de qué hablé con la Sra. Feliú y los miembros del taller la última vez que los vi, siempre he tenido presente las palabras que mi maestra me dijo semanas antes de finalizar mis estudios en el Colegio San Antonio. Dentro del salón de nuestras reuniones, en una tarde lluviosa de mayo como aquella que me recibiría a la tierra que desencadenó mi interés por la literatura, mi maestra me entregó la llave de la perseverancia cuando me dijo: “Nunca pares de escribir.” Y esa llave, utilizada desde entonces, me ha provisto estas ganas imparables de escribir en donde quiera que me encuentre.

[Nota: Este ensayo lo escribí en el 2005, antes de iniciar mis estudios en la Maestría en Creación Literaria de la Universidad del Sagrado Corazón. La Maestría es fundamentalmente exitosa por los talleres que imparten los profesores-escritores y por las invaluables contribuciones que hacen los compañeros y amigos que la cursan.]

lunes, 13 de agosto de 2007

Tali-hoo!

Tali, un ex-amigo sueco, es un hijo de puta. Al principio todos en el grupo armonizábamos porque nos agradaba su espíritu alegre y su personalidad llena de energía. Parecía que siempre había vivido en DC, cuando en realidad acababa de llegar a la ciudad como todos nosotros. Él siempre conocía a alguien que sabía donde estaban las mejores fiestas en el campus o qué banda estaba de tour en la ciudad o en qué bar te servían alcohol sin ser mayor de edad. Y esta información la compartía con todos nosotros; era la época del feel good universitario, de los Welcome Bashes, cuando todos recién empezábamos la universidad y, vaya, vaya, todos habíamos logrado el hito de ser aceptados a Georgetown. Nos sentíamos con el mundo por delante, capaces de hacer realidad todas nuestras ambiciones y, sobre todo, de conseguir un buen trabajo cuando nos graduáramos, Inshallah, en cuatro años.

Todas esas expectativas cambiaron mucho con el paso de los años y con el estilo de vida que fuimos desarrollando en la ciudad. Estudiábamos como soldados, pero la juerga empezaba los miércoles con Lost en ABC. Ya en nuestro tercer año, nos dimos cuenta que los sueños no tardan ni dos ni cuatro años en hacerse realidad. En muchos casos, una vez concluimos mientras tomábamos unas cervezas en el Brickskeller, los sueños se viven día a día, uno los construye sobre la marcha y por eso es que la gente no se da cuenta y muchos mueren pensando que, carajo, nunca pude hacer realidad mis sueños. Nadie en esa mesa quería morir así, todos queríamos triunfar o decir que estábamos triunfando aunque los efectos no se vieran de inmediato.

Ya para ese entonces también me empecé a dar cuenta de lo hijo de puta que era Tali. Si en algún principio me pareció meritorio y hasta honroso que Tali haya importado su welferismo escandinavo a los Estados Unidos y lo haya aplicado a sus relaciones interpersonales, porque pensaba, mira, vivir tan unos encima de los otros como lo hacíamos, compartiendo todo lo que se podía compartir, finalmente era posible, la agudeza, sin embargo, con la que dividía todo y buscaba compensación por sus compras o sus esfuerzos se volvió, no sólo ridículo, sino molestoso. No es que fuéramos extraños como ocurrió en un principio, cuando todos nos empezamos a conocer…ahora vivíamos prácticamente en el mismo townhouse, nos veíamos con una frecuencia voraz y como quiera Tali nos ponía un sobrecito en la puerta de su refrigerador para que pagáramos por las botellas de cerveza que consumíamos mientras veíamos los programas en HBO que él y sus roommates nos invitaban a ver. Tal y como me juqueó la serie Carnivàle, así de fulminante dejé de frecuentar el piso de ellos.

Abdullah’kim, mi roommate palestino que también se había integrado a nuestro grupo, empezó a protestar mi extremismo, que si Tali sólo está pidiendo un dólar por la cerveza, ¿cómo vas a dejar de visitarlo por esa estupidez? Yo, sin embargo, me mantuve firme en mi decisión: Tali es un hijo de puta, viene a nuestras fiestas, no trae nada, toma y come a su gusto y no pedimos un centavo porque, coño, ¿acaso no es nuestro amigo? y ¡ahora viene él a cobrarnos por las cervezas baratas que guarda en su nevera! Ustedes, los occidentales se pelean hasta por la bebida, cuando hay tanta en este país, se atrevió a responderme. Puta madre, me dieron ganas de responderle, y ustedes, malditos árabes, que se pican en cantos por el petróleo. Abdullah’kim, me dijo algo en árabe, lo más seguro algunos versos del Corán a lo que le respondí, Shak’ran, Abdullah, Assalam Aleikum y me fui a dormir. Compartir la habitación con él me había hecho hablar árabe hasta en mis sueños.

Pasaron los meses y mi sentencia de que, en efecto, Tali no era un buen amigo comenzó a manifestarse cuando empezó a salir con la chica que le gustaba a Abdullah, una sueca marroquí de ojos claros como la miel. Al principio ninguno en nuestro grupo le hizo caso, todos aceptaron, inclusive hasta el propio Abdullah, la máxima: en el amor y la guerra todo se vale. A mí me pareció bastante rudo de su parte y así mismo se lo dije a Abdullah. Mi roommate se sentía traicionado, lo podía notar cuando coincidíamos con Tali y los demás en The Tombs o en alguna fiesta de la calle 38. Fueron varias semanas después del incidente y luego de saberse que Tali se acostó con la chica, que Abdullah me confesó que yo tenía razón. Nosotros, me dijo, que nos creímos que estas sociedades nórdicas habían hallado finalmente el secreto para derrotar el capitalismo e individualismo rampante creado por los gringos y celebrábamos a dónde quiera que íbamos el hecho de que estábamos viviendo como verdaderos socialistas demócratas, compartiendo todo, pagando lo justo por lo consumido en conjunto, pero esto de compartir las mujeres, sobre todo entre amigos, a sabiendas que a mí me gustaba, eso sí es una cabronería. Y te creías, le dije, que esto sólo se trataba de cervezas baratas.

Nos quedaba un año en Washington y ya nuestro grupo no era el mismo: dejamos de ver las series de HBO y ABC, ya ‘el grupo’ no salía a cenar y cada cuál hacía su fiesta a su conveniencia. Tali seguía conectado a la red de europeos expatriados más populares de la ciudad y se pasaba conociendo a un sinnúmero de gente atractiva y dispuesta a fiestar hasta las altas horas de la noche.

Creo que llevaba cinco meses de haberme distanciado de Tali (ni nos hablamos durante el receso navideño) cuando decidí aparecerme junto con nuestros amigos a una de las fiestas que él estaba promocionando en uno de los nuevos clubes de Washington. Se alegró de verme y me abrazó como si nada nos hubiese alejado. Le pregunté si todavía cobraba por las cervezas que le tomaban en su casa a lo que me respondió con una carcajada y más tickets para tragos en la barra. Todo el mundo bebió como quiso. Me di cuenta que era una fiesta escandinava porque los Red Bull con Jägermeister no paraban de ser ordenados. Supe que en una esquina ya se había formado un lapachero de vómitos. Yo había ido solo, pero Abdullah había llegado con una pelinegra alta, de piernas bien formadas y cintura pequeña que no dejó sola ni un solo momento.

Tali se les acercó como si nada y los saludó de una manera tan agradable que Abdullah no pudo hacerle la malacrianza de no presentarle a su chica. Besito, besito en los dos cachetes como acostumbran los europeos y yo, viendo todo desde la barra, no podía creerlo. Tuve que darme dos shots de Absolut: ¡qué haces Abdullah! ¡Despacha a Tali, vete a bailar con ella! Pero seguían hablando, así que me le acerqué a Tali lo más que pude, le tomé del hombro y le dije bien despacito al oído: aparentemente han robado tu billetera y hay un loco, rubión y maseta como tú, comprándole tragos a la barra entera. Los ojos azules del sueco se engrandecieron y su sonrisa desapareció con la gravedad de mi noticia. Me dijo gracias y fue directo a la barra para tratar de solucionar el problema. Con su billetera en mis manos se la mostré a Abdullah, que no paraba de reírse y le grité: ¡Huevón, si bebieras, pediría una champagne para los tres! Él y su jeva se perdieron en la multitud de la pista de baile y viendo a varios panas de la universidad que estaban solos como yo, les propuse irnos al champagne lounge del tercer piso. ¡Estás loco! ¿Con qué dinero vamos a subir? No se preocupen, les respondí mientras les mostraba la billetera de Tali, repletita de dólares y pases especiales, tenemos taquillas VIP.

sábado, 23 de junio de 2007

Kazuo: un amante más de los bacalaítos

Hace dos semanas, mientras visitaba Washington, D.C., fui a mi barra preferida, The Brickskeller Saloon, para reencontrarme con la mayoría de mis amigos y amigas de la universidad que aún quedaban en la ciudad. Fue grato ver a todos los y las que se dieron cita. Pero como suele ocurrir en estas situaciones, siempre hay alguien que se destaca, ya sea porque la persona ha dado una transformación total, se ha quedado igual o una extraña combinación de ambas.

Este último fue el caso de Kazuo Oishi, un amigo canadiense-japonés que llegó al Bricks luego de que Keith, Whitney y este servidor hayamos iniciado nuestra primera ronda de cervezas (porque el Bricks ES el lugar de la cerveza en todo EE.UU., sino el hemisferio...visite el sitio web si no me cree) al estilo belga: mucha cabeza, aroma y cuerpo. Lo que me llamó la atención de Kaz fue que llevaba puesta la camisa con la que siempre lo recordaba: estrecha, de botones y cuadriculada con tonalidades que van desde el azul claro hasta el vino. Pero no sólo su camisa era un elemento del que mi memoria se había apropiado, ya que sus espejuelos aerodinámicos eran los mismos de hace tres años, al igual que su teléfono móvil chiquitito Samsung, idéntico al mío. Tal y como siempre lo recordaba, así llegó Kaz saludando a todos, con una nueva compañera de sus estudios de posgrado en salud pública que cursa en Georgetown.

Muchos de los que se dieron cita al Brickskeller tomaron parte del viaje que hicimos en marzo de 2005 a Puerto Rico para celebrar nuestro último Spring Break como universitarios. Por supuesto, muy buenas historias surgieron de esos diez días que dividimos entre Culebra, San Juan e Isla Verde, pero lo más que nos impresionó a todos fue el gusto especial que Kaz, mucho antes de visitar a Puerto Rico, había desarrollado por ese manjar nuestro, los bacalaítos.

Que dónde y cómo los probó por vez primera todavía está en debate. Sin embargo, la ocasión pudo haber sido en Nueva York gracias a la influencia del padrastro puertorriqueño de su novia filipina, María. En uno de sus viajes a Nueva York durante el tercer año de universidad, Kazuo regresó a D.C. intrigado por los friquitines del Spanish Harlem donde había probado toda una serie de cuchifritos. Cuando ese mismo semestre hice una especie de soirée en mi apartamento (amuses-bouche, hors d'oeuvres, y mucho vino) Kaz no paraba de hablarme de los cuchifritos y de los bacalaítos Goya que su novia compraba en las 'marketas' de Nueva York y le hacía en Georgetown. Toda esta pasión se transformó, durante nuestro Spring Break '05, en una degustación de bacalaítos cuando llevé a Kaz y a María, junto a diez otras amistades nuestras de Georgetown, a Piñones. Este grupo, pues, pasó cabalmente la prueba de La tribu de los cafres, mucho antes de la existencia de este blog.
Kaz: "This bacalaíto is as big as my face!"
Foto: María Gaspar

domingo, 10 de junio de 2007

La Ardillada Chez Krause y un cuento en END

Al norte de Washington, D.C., hay un pueblito rural de Maryland que se llama Buckeystown. Es el lugar donde la casa de los padres de mi buen amigo y cómplice de viajes y degustaciones culinarias, Keith Krause, está localizada. La misma se ubica frente a una granja de reses Angus y cerca de las vías del tren estatal. Washington está asándose en el calor de un verano que todavía no ha comenzado y aquí, con sol y todo, tenemos una fría brisita que nos ayuda a tomar mejor el café del brunch.

Buckeystown ha sido el escenario de legendarias excursiones en nuestros años de Georgetown y de comilonas memorables. El famoso Oktoberfest de los Krause (este año cumple 27 años de tradición alemana ininterrumpida) es quizás uno de los eventos que más marcó mi experiencia en el área de Washington por el hecho de que estaba compartiendo de algo genuinamente local y marginal del área. Es maravilloso encontrar y participar en los estados norteamericanos de este encuentro de culturas y tradiciones tan distintas a la estadounidense, es como entrar a una dimensón desconocida, apartada de la formalidad de Washington.

Hace dos años, Papá Krause (como insiste que le llamemos todos los que frecuentamos su casa), me comentaba que estaba loco por matar las ardillas que se devoraban las hortalizas de su huerta. Yo le pregunté si luego de cazadas, la gente se las comía. De pasadita me comentó que sí y yo, sorprendido, le dije que me gustaría probarlas en alguna ocasión. Papá Krause felizmente accedió a que tan pronto las cazara me invitaría a probarlas. Luego de una larga espera (no es tan fácil cazar estos animalitos y buscar el momento idóneo para que me pudiera escapar de Puerto Rico) la ocasión se dio ayer. Si bien es cierto que regresé a D.C. para ver a mis amistades de universidad y rememorar mis años en la ciudad, también regresé a Buckeystown para honrar una invitación y cumplir con mi palabra de que sí, comería ardilla.

Finalmente, a las doce de la medianoche nos sentamos a la mesa a comer. Papá Krause, el chef y gourmet de la casa, será de ascendencia alemana, pero su hispanofilia y sus largas temporadas en España (es maestro de español y lo habla con un acento castizo) lo han hecho un gringo españolizado y un alemán raro, ya que la puntualidad es una palabra desconocida en el léxico familar.

La cena de ardilla fue un manjar. La carne es similar a la del conejo aunque más oscura y de un sabor levemente más intenso (debido a su alimentación silvestre). Un plato fue al estilo de Brunswick, inspirada en una receta de los Seminole de la Florida (una salsa de papas, batatas, manzana, setas, todo acompañado con un puré de batatas y chirivía [parsnip]). El otro plato fue al estilo alemán en una interpretación libre del Sauerbratten que también se utiliza para el conejo. Los trozos de ardilla son marinados en una variedad de especias y brandy, se rebozan levemente y se cocinan en una salsa a base de crema, vermouth, gengibre, pimentón de la Vera, frutas secas y cerezas frescas. Si bien al principio me sentí un poco intimidado por el animal silvestre que tenía al frente, luego de probar las suculentas patas (son la mejor parte) pude verdaderamente apreciarlas, junto al Tempranillo y Merlot que abrimos.

Acabamos de comer a eso de las dos de la madrugada. La brisa se había puesto más helada y el sueño nos invadía sin misericordia. Nuestras miradas eran largas y nuestra conversación se había desviado de las raíces árabes del castellano a una madeja sin sentido que acabamos sobre café descafeinado y una enorme tajada de Key Lime Pie que me selló en un profundo sueño del cual, me parece, todavía no me he librado.

Para los que quieran seguir leyendo, pueden leer el cuento que me publicaron hoy en El Nuevo Día. Véanlo en la siguiente dirección:

http://www.endi.com/noticia/la_revista/vida_y_estilo/espero_que_duermas_bien/228312

viernes, 18 de mayo de 2007

Raúl Burneo Barreto, invitado de La tribu, y cuatro poemas suyos

Conocí a Raúl en mi tercer año de universidad mientras ambos buscábamos libros de Mario Vargas Llosa en la Biblioteca Lauinger. Desde esa primera conversación surgió la idea de formar un grupo de literatura en español en la universidad. Ese proyecto se convirtió en Paréntesis, un taller (o laboratorio) que nosotros mismos conducíamos para explorar la palabra. De ese experimento surgió, en 2005, la primera revista de literatura en español de Georgetown. Y es gracias a esa experiencia de dos años que se han mantenido unos lazos indelebles entre Raúl, el resto de los miembros del taller y este servidor.

El último poemario de Raúl, Las palabras del extranjero (Colección El Junco Susurrante, Lima, Perú 2007, 73 pp.) , cuya carátula pueden apreciar sobre estas líneas, es un intenso palpitar del que busca asentarse (y sobrevivir) en un lugar desconocido. En esta colección de poemas, lo romántico, ese sentimiento que los brasileros llaman saudade y la audacia del académico y viajero toman una forma ornamentada pero penetrante. Burneo explora la realidad del extranjero a través de un diálogo entre objetos (libros), entre sí mismo (lo que desencadena la poesía), entre otros seres (ellas, poetas muertos) e ideas (la huida, la soledad, la guerra en Irak, y el pesimismo). La fortaleza de la poesía de Burneo radica en su verso que toma matiz de conciencia y de verdad.

II
(De libros y poetas, Homenaje antisurrealista a André Breton, en Las palabras del extranjero)

No hay palabra que me exalte, Breton,
ni la libertad,
me exalta estar sin palabras.

Me exalta la respiración de un ojo tranquilo,
la suavidad de sus alimentos invisibles;
pero todos los días debo devorar mi ración:
Tengo impregnada la miel de la razón en los labios
y la imaginación ha dejado la estela de sus alimentos nebulosos
quemando mi vientre;
pero sólo he conseguido deambular sin dirección alguna,
o delirar atado al imán de los sueños,
y las palabras que escribo ahora sólo me encubren.

₪•₪•₪•₪•₪•₪•₪

IV
(Recuerdo de ellas en Las palabras del extranjero)

Perdí mi ciudad.

Y el mar como un tapiz furioso y azul
en el que mis ojos nunca pudieron penetrar.

Perdí mi ciudad
y quedé convertido en un mar sin voluntad.

Pero encontré la espuma que caía de tu respiración,
la bella moldura de tu sangre.

Hiciste de mí otro mar
más antiguo que la voluntad.

₪•₪•₪•₪•₪•₪•₪

El Rey de la jarana
(Paréntesis, Año 1, Vol. 1, junio 2005)

El Rímac no es el río en el cual se ahogó Li Tai Po
cuando intentaba apresar el reflejo de la Luna,
pero es el barrio donde un maestro budista creció
y mezcló su sangre con el aroma de la uva;
donde los rasgados ojos de una limeña le gastaron el corazón,
como el clamor del vals y la marinera
le gastaron la suela de los zapatos.
Y creció viendo como la guitarra y el cajón tejían su telaraña
hasta en el último rincón de los callejones.
Y el pisco moría en las gargantas como un ungüento de seda.
Y en esta algarabía que dura ya dos noches enteras,
un bardo, en medio de la sala, entona —su voz surge del pisco—
una canción añeja.
Y es ahora que el Rey de la jarana se queda inmóvil y apenas habla,
y en el desconcierto abandona su vaso,
abandona las horas tomadas al sueño a lo largo de los días
y que han formado en él una sonrisa sin velos,
abandona su voz sembrada de talismanes chinos,
porque ha descubierto a una negra que danza
y en cuyos pasos arden los mismísimos Azcues.

Y entonces el repentino zapateo de ambos alumbra la sala,
hace respirar al suelo y desentierra las miradas.
No son pasos sino gestos de una provocación que embellece la [noche.

Y a veces de los pies se escapa una caricia,
pero al siguiente giro las pisadas se asientan como risueños látigos.
Y el aire huele a desafío,
y a la galantería de una vuelta
responden los pasos de ella riendo como amables cuchillos.
Ríe el maestro entredientes,
pues conoce que la lucha debe fundirse a la cadencia
y que la única victoria
son dos corazones que tañen
como poderosas campanas.

₪•₪•₪•₪•₪•₪•₪

Cálida luz
(inédito)

Un poema que recoja tus pies y mis cabellos
tus caderas y mis brazos, tus silencios y mi voz
no es preciso a esta altura de la noche
en que la luz de tu ser brilla a mi lado.


Raúl Burneo Barreto (Lima, 1972) cuenta que la literatura ha sido una de las constantes en su vida: un placer inmenso cuando de niño tomó un libro en las manos, después la estudió tercamente y con pasión en la universidad por largos años y aún lo sigue haciendo como estudiante graduado y profesor en Georgetown University. De ese placer y de esa terquedad han resultado algunos poemas.

jueves, 12 de abril de 2007

Literally, a couple of pics from my last night in NYC

It was a mini-Georgetown reunion!


Keith, my ex-roomie from college, and you know who giving it all to Sonia.


Sonia and me at Evelyn's Lounge, NYC

miércoles, 11 de abril de 2007

El oficio de escribir y la Maestría en USC

Es curioso porque hace cuatro años, mientras estudiaba en Georgetown y recién organizábamos el primer taller de literatura en español de la universidad (Paréntesis), utilicé el título "Cuaderno del oficio" para reunir mis textos narrativos que hasta entonces había escrito y que consideraba buenos. Ja, pero luego de haber comenzado la maestría muchos de ellos han sido reescritos sino descartados por completo.

Bueno, esta mini entrada es para que lean más sobre la Maestría en Creación Literaria de la Universidad del Sagrado Corazón y del oficio de escribir. Un saludo especial para todos los compañeros y amigos de la Maestría, en particular a Leomaris y Renia (léanla aquí y aquí), que por supuesto, son mucho más fotogénicas que este servidor.

Aquí están los enlaces:

Flash! Cultural en endi.com

Entrada en el Blog del Prof. Latorre-Lagares

lunes, 22 de enero de 2007

"Aim sorri"

Para que vean como es mi vida y como ella ha sido, verdaderamente, un desencuentro con el género humano.

Serían la una, una y media de la tarde. El día idóneo para sentarse y tomarse unas cervezas en las terrazas de los cafés que bordean algunas (en verdad muy pocas) calles de Washington, DC. Pero ese día no pensaba ni en terrazas, ni en cervezas, ni en el gran sol que hacía brillar con más intensidad el mármol de la ciudad capital. Estaba en la universidad, bajo techo, yendo de kiosko en kiosko estudiantil para conocer los programas que se ofrecían en el extranjero.

Buenos cursos son los que ofrecía y todavía ofrece mi universidad. Ya fantaseaba con el destino final de mi semestre en el extranjero: la gloriosa Universidad de Salamanca, l'Institut des Sciences Politiques en Estrasburgo o la Amazonía ecuatoriana. No preguntaba en todos los kioskos porque ya tenía claro a donde quería ir, aunque a duras penas intentaba captar la atención de las israelíes que, vestidas a la usanza de su tierra, ofrecían ojitos, sonrisitas y manitas a todo aquél que le preguntara por su patria forzada en otras. Para variar, ninguna me hizo el caso que anhelaba.

Continuaba dando rondas (creo que mi próxima clase no era sino hasta las tres) y vi a las caras conocidas. Nos reconocíamos y automáticamente nos dirigíamos el mismo saludo insípido de siempre: "Hey, what's up?" "Good." "You?" "Good." Entonces me tropecé de frente con un señor trajeado de azul grisáceo, pelo abundante pero blanquísimo, en la mano varios cuadernos (quizás uno que otro libro) y estos aprisionados contra el torso. Hicimos el amague de salirnos del paso ajeno, pero siempre acabábamos en la misma posición inicial. En un reflejo de brusquedad y familiaridad, le puse la mano sobre el hombro para ya bien dejarlo pasar o detenerlo y al hacer esto me di cuenta que era con el mismísimo Mario Vargas Llosa con el que acababa de bailar un bolero bien bailado (en la misma loseta, con los brazos bien cerca, mirando al frente, pero realmente no mirando). No. No me estoy inventando esta historia. Yo, le puse la mano al hombro de Vargas Llosa para tranzar esta batalla campal que nos habían impuesto las ansías del estudiantado de irse a otro país a estudiar. Es, sin embargo, cuando hice el contacto con su persona que él verdaderamente me miró y como si estos tropezones le pasaran con mucha frecuencia me dijo en su inglés, todavía con un dejo arequipeño, "Aim sorri" y continuó hacia su destino. Quizás a su clase de por las tardes. A esa a la que nunca pude entrar.

La tribu errante