Tali, un ex-amigo sueco, es un hijo de puta. Al principio todos en el grupo armonizábamos porque nos agradaba su espíritu alegre y su personalidad llena de energía. Parecía que siempre había vivido en DC, cuando en realidad acababa de llegar a la ciudad como todos nosotros. Él siempre conocía a alguien que sabía donde estaban las mejores fiestas en el campus o qué banda estaba de tour en la ciudad o en qué bar te servían alcohol sin ser mayor de edad. Y esta información la compartía con todos nosotros; era la época del
feel good universitario, de los
Welcome Bashes, cuando todos recién empezábamos la universidad y, vaya, vaya, todos habíamos logrado el hito de ser aceptados a Georgetown. Nos sentíamos con el mundo por delante, capaces de hacer realidad todas nuestras ambiciones y, sobre todo, de conseguir un buen trabajo cuando nos graduáramos,
Inshallah, en cuatro años.
Todas esas expectativas cambiaron mucho con el paso de los años y con el estilo de vida que fuimos desarrollando en la ciudad. Estudiábamos como soldados, pero la juerga empezaba los miércoles con
Lost en
ABC. Ya en nuestro tercer año, nos dimos cuenta que los sueños no tardan ni dos ni cuatro años en hacerse realidad. En muchos casos, una vez concluimos mientras tomábamos unas cervezas en el
Brickskeller, los sueños se viven día a día, uno los construye sobre la marcha y por eso es que la gente no se da cuenta y muchos mueren pensando que, carajo, nunca pude hacer realidad mis sueños. Nadie en esa mesa quería morir así, todos queríamos triunfar o decir que estábamos triunfando aunque los efectos no se vieran de inmediato.
Ya para ese entonces también me empecé a dar cuenta de lo hijo de puta que era Tali. Si en algún principio me pareció meritorio y hasta honroso que Tali haya importado su welferismo escandinavo a los Estados Unidos y lo haya aplicado a sus relaciones interpersonales, porque pensaba, mira, vivir tan unos encima de los otros como lo hacíamos, compartiendo todo lo que se podía compartir, finalmente era posible, la agudeza, sin embargo, con la que dividía todo y buscaba compensación por sus compras o sus esfuerzos se volvió, no sólo ridículo, sino molestoso. No es que fuéramos extraños como ocurrió en un principio, cuando todos nos empezamos a conocer…ahora vivíamos prácticamente en el mismo townhouse, nos veíamos con una frecuencia voraz y como quiera Tali nos ponía un sobrecito en la puerta de su refrigerador para que pagáramos por las botellas de cerveza que consumíamos mientras veíamos los programas en
HBO que él y sus roommates nos invitaban a ver. Tal y como me juqueó la serie
Carnivàle, así de fulminante dejé de frecuentar el piso de ellos.
Abdullah’kim, mi
roommate palestino que también se había integrado a nuestro grupo, empezó a protestar mi extremismo, que si Tali sólo está pidiendo un dólar por la cerveza, ¿cómo vas a dejar de visitarlo por esa estupidez? Yo, sin embargo, me mantuve firme en mi decisión: Tali es un hijo de puta, viene a nuestras fiestas, no trae nada, toma y come a su gusto y no pedimos un centavo porque, coño, ¿acaso no es nuestro amigo? y ¡ahora viene él a cobrarnos por las cervezas baratas que guarda en su nevera! Ustedes, los occidentales se pelean hasta por la bebida, cuando hay tanta en este país, se atrevió a responderme. Puta madre, me dieron ganas de responderle, y ustedes, malditos árabes, que se pican en cantos por el petróleo. Abdullah’kim, me dijo algo en árabe, lo más seguro algunos versos del Corán a lo que le respondí,
Shak’ran, Abdullah,
Assalam Aleikum y me fui a dormir. Compartir la habitación con él me había hecho hablar árabe hasta en mis sueños.
Pasaron los meses y mi sentencia de que, en efecto, Tali no era un buen amigo comenzó a manifestarse cuando empezó a salir con la chica que le gustaba a Abdullah, una sueca marroquí de ojos claros como la miel. Al principio ninguno en nuestro grupo le hizo caso, todos aceptaron, inclusive hasta el propio Abdullah, la máxima: en el amor y la guerra todo se vale. A mí me pareció bastante rudo de su parte y así mismo se lo dije a Abdullah. Mi
roommate se sentía traicionado, lo podía notar cuando coincidíamos con Tali y los demás en
The Tombs o en alguna fiesta de la calle 38. Fueron varias semanas después del incidente y luego de saberse que Tali se acostó con la chica, que Abdullah me confesó que yo tenía razón. Nosotros, me dijo, que nos creímos que estas sociedades nórdicas habían hallado finalmente el secreto para derrotar el capitalismo e individualismo rampante creado por los gringos y celebrábamos a dónde quiera que íbamos el hecho de que estábamos viviendo como verdaderos socialistas demócratas, compartiendo todo, pagando lo justo por lo consumido en conjunto, pero esto de compartir las mujeres, sobre todo entre amigos, a sabiendas que a mí me gustaba, eso sí es una cabronería. Y te creías, le dije, que esto sólo se trataba de cervezas baratas.
Nos quedaba un año en Washington y ya nuestro grupo no era el mismo: dejamos de ver las series de
HBO y
ABC, ya ‘el grupo’ no salía a cenar y cada cuál hacía su fiesta a su conveniencia. Tali seguía conectado a la red de europeos expatriados más populares de la ciudad y se pasaba conociendo a un sinnúmero de gente atractiva y dispuesta a fiestar hasta las altas horas de la noche.
Creo que llevaba cinco meses de haberme distanciado de Tali (ni nos hablamos durante el receso navideño) cuando decidí aparecerme junto con nuestros amigos a una de las fiestas que él estaba promocionando en uno de los nuevos clubes de Washington. Se alegró de verme y me abrazó como si nada nos hubiese alejado. Le pregunté si todavía cobraba por las cervezas que le tomaban en su casa a lo que me respondió con una carcajada y más
tickets para tragos en la barra. Todo el mundo bebió como quiso. Me di cuenta que era una fiesta escandinava porque los
Red Bull con
Jägermeister no paraban de ser ordenados. Supe que en una esquina ya se había formado un lapachero de vómitos. Yo había ido solo, pero Abdullah había llegado con una pelinegra alta, de piernas bien formadas y cintura pequeña que no dejó sola ni un solo momento.
Tali se les acercó como si nada y los saludó de una manera tan agradable que Abdullah no pudo hacerle la malacrianza de no presentarle a su chica. Besito, besito en los dos cachetes como acostumbran los europeos y yo, viendo todo desde la barra, no podía creerlo. Tuve que darme dos shots de
Absolut: ¡qué haces Abdullah! ¡Despacha a Tali, vete a bailar con ella! Pero seguían hablando, así que me le acerqué a Tali lo más que pude, le tomé del hombro y le dije bien despacito al oído: aparentemente han robado tu billetera y hay un loco, rubión y maseta como tú, comprándole tragos a la barra entera. Los ojos azules del sueco se engrandecieron y su sonrisa desapareció con la gravedad de mi noticia. Me dijo gracias y fue directo a la barra para tratar de solucionar el problema. Con su billetera en mis manos se la mostré a Abdullah, que no paraba de reírse y le grité: ¡Huevón, si bebieras, pediría una
champagne para los tres! Él y su jeva se perdieron en la multitud de la pista de baile y viendo a varios panas de la universidad que estaban solos como yo, les propuse irnos al
champagne lounge del tercer piso. ¡Estás loco! ¿Con qué dinero vamos a subir? No se preocupen, les respondí mientras les mostraba la billetera de Tali, repletita de dólares y pases especiales, tenemos taquillas
VIP.