Hace dos semanas, mientras visitaba Washington, D.C., fui a mi barra preferida, The Brickskeller Saloon, para reencontrarme con la mayoría de mis amigos y amigas de la universidad que aún quedaban en la ciudad. Fue grato ver a todos los y las que se dieron cita. Pero como suele ocurrir en estas situaciones, siempre hay alguien que se destaca, ya sea porque la persona ha dado una transformación total, se ha quedado igual o una extraña combinación de ambas.
Este último fue el caso de Kazuo Oishi, un amigo canadiense-japonés que llegó al Bricks luego de que Keith, Whitney y este servidor hayamos iniciado nuestra primera ronda de cervezas (porque el Bricks ES el lugar de la cerveza en todo EE.UU., sino el hemisferio...visite el sitio web si no me cree) al estilo belga: mucha cabeza, aroma y cuerpo. Lo que me llamó la atención de Kaz fue que llevaba puesta la camisa con la que siempre lo recordaba: estrecha, de botones y cuadriculada con tonalidades que van desde el azul claro hasta el vino. Pero no sólo su camisa era un elemento del que mi memoria se había apropiado, ya que sus espejuelos aerodinámicos eran los mismos de hace tres años, al igual que su teléfono móvil chiquitito Samsung, idéntico al mío. Tal y como siempre lo recordaba, así llegó Kaz saludando a todos, con una nueva compañera de sus estudios de posgrado en salud pública que cursa en Georgetown.
Muchos de los que se dieron cita al Brickskeller tomaron parte del viaje que hicimos en marzo de 2005 a Puerto Rico para celebrar nuestro último Spring Break como universitarios. Por supuesto, muy buenas historias surgieron de esos diez días que dividimos entre Culebra, San Juan e Isla Verde, pero lo más que nos impresionó a todos fue el gusto especial que Kaz, mucho antes de visitar a Puerto Rico, había desarrollado por ese manjar nuestro, los bacalaítos.
Que dónde y cómo los probó por vez primera todavía está en debate. Sin embargo, la ocasión pudo haber sido en Nueva York gracias a la influencia del padrastro puertorriqueño de su novia filipina, María. En uno de sus viajes a Nueva York durante el tercer año de universidad, Kazuo regresó a D.C. intrigado por los friquitines del Spanish Harlem donde había probado toda una serie de cuchifritos. Cuando ese mismo semestre hice una especie de soirée en mi apartamento (amuses-bouche, hors d'oeuvres, y mucho vino) Kaz no paraba de hablarme de los cuchifritos y de los bacalaítos Goya que su novia compraba en las 'marketas' de Nueva York y le hacía en Georgetown. Toda esta pasión se transformó, durante nuestro Spring Break '05, en una degustación de bacalaítos cuando llevé a Kaz y a María, junto a diez otras amistades nuestras de Georgetown, a Piñones. Este grupo, pues, pasó cabalmente la prueba de La tribu de los cafres, mucho antes de la existencia de este blog.

Kaz: "This bacalaíto is as big as my face!"
Foto: María Gaspar

