lunes, 27 de agosto de 2007

Babelaria

O cómo Dean nunca pasó, se fue y la gente a Plaza inundó.

Fuimos a Plaza para ayudar a El Capitán de la Pluma de Ganso con su ajuar estrafalario. Llegamos porque los vientos nunca llegaron y la lluvia sólo nos hizo la mañana más rica para retozar en la cama y la tarde más amena para una crema de yautía o calabaza. La de yautía comió ella, pero El Capitán no tuvo reparos en pedir la de calabaza: prefiere la variedad sobre todas las cosas.

Plaza inundada. No sólo por la tribu, sino también por la tribu de los turistas que Dean espantó de las playas y las barras frente al mar, de los hoteles y la zona marítimo-terrestre. Sí, estaba nublado ese sábado de mediados de agosto, pero la lluvia no llegó sino hasta entrada la mañana; la lluvia que con una fuerza hermosa bañó las calles y aceras del Área Metropolitana.

El Capitán en las tiendas: qué espectáculo señoras y señores. Se siente perdido, incomprendido, casi destruido. La Jevota la mira con reprobación: más que un jíbaro malo eres un cafre de los malos. La tribu se ha apoderado de él y él lo niega diciéndole que ni por un segundo aceptaría comprarse una camisa con un águila encima. Dicho esto, procedieron a salir de American Eagle.

Entran las chicas de Mr. Pretzel's. Están por todo Plaza, no hay manera de evitarlas y El Capitán en toda las bandejitas mete el dedo: lo mete ya lamido para que se le adhiera más azúcar a los dedos.

Gap. Entran y muchos minutos después salen: ropa bien pensada y escogida por la Jevota de los Sombreros aunque, por desgracia, no compraron un nuevo sombrero para el Capitán: ¿treinta dólares por un sombrero? Con el de plumas me basta. La Jevota dijo OK y dicho esto procedieron a salir de Gap, pero no de Plaza, ni de la familia dispersa de El Capitán que se presentó todita a Plaza con la descarada intención de sorprenderlos, de raptarlos y verlos cómo se comportaban en acción. Acción que por supuesto se vio congelada hasta que la cercanía de las manos de la Jevota lo descongelaron del pudor y acercándose le dio un beso en los labios: un beso intenso por el ardiente pique -no por las lenguas- que segundos antes había ingerido nuestro Capitán en el restaurante mexicano para creerse el más macho de los macharranes, ¿o capitanes?

jueves, 16 de agosto de 2007

El pelú de la Escuela de Derecho

Creo que soy yo. Ya van tres días de clase y no he visto a nadie con el pelo más rizo y alborotado que yo, a nadie con esta barba que se riega por todo el rostro, nadie con esta actitud de tranquilidad y let me live my life que antagonizan al desespero y rectitud con que muchos empiezan los estudios de Derecho. Me entristece pensar que para muchos de ellos Leyes es el fin de toda su carrera, es a dónde único han querido llegar, dónde siempre supieron que llegarían para ser sólo eso, abogados. Para ellos estos primeros días son el fin de un mundo que jamás acabará: un final constante. Los estudios de Derecho serán el lindo y excelso calvario que seguirán repitiendo durante estos tres o cuatro años de estudios: "Mírenme, estoy jodío en Derecho"; "No me da tiempo ni para seguir con la banda, ni para leer, ni para escribir en mi blog". Ya están los que odian levantarse temprano y, como nenes chiquitos, lloran de su enorme desgracia y grandioso sacrificio. Hay mucho café, demasiado. Yo no puedo con el café por las mañanas: me manda directo al baño. Y están los que como yo que tienen todo el tiempo del mundo para decir que la vida es linda, sobre todo cuando encuentras la palabra precisa para describir el sabor de los pezones de tu jeva en tu boca.

Ja, ja, pero entonces la cosa se va poner chévere cuando vaya la semana que viene con un recorte de abogadillo y me afeite la barba. Los compañeros quizás ni me reconocerán. Muchos de los que me miraron mal, ¿lo continuarán haciendo? Yo seguiré hablando con todos, haciendo comentarios para que la gente comparta y me hable. A algunos ni me les acercaré, no porque emanen negatividad, sino porque todavía no estarán listos para abrirse así, a la primera sin esperar nada a cambio como una historia increíble de mi fin de semana o de cómo mi vida toda ha sido un descuadre y Leyes era la única oportunidad de hacer algo con ella porque no sabía qué más hacer. Yo no compartiré esa historia con ellos porque no me gusta mentir, ni tampoco compartiré la historia de que desde chiquito quería ser abogado. De chiquito yo quería ser una especie de explorador a lo Jacques Cousteau o un astronauta como Yuri Gagarin. Quería descubrir y documentar cosas, poder decir: "Yo estuve ahí primero, nadie me lo puede contar". Creo que ese espíritu se lo debo a mi tío, ahora en Kuwait, que de niños y adolescentes siempre nos llevaba a mis primos y a mí en caminatas o "aventuras" por picos, quebradas, ríos, canales y campos de la Isla. Mi tío Tito...lo bautizamos Tito Jones y así se ha quedado.

Pues a lo mejor esa es la historia que les contaré cuando me encuentre con los compañeros por los pasillos de Derecho. Cuando te hable a ti es porque estarás cerca de mí, demasiado de cerca, tanto que podré oler el olor de tu casa que llevas enredado en la ropa. Y espero que para mi sorpresa me digas: "Vaya, ¿tú no eras el pelú de la semana pasá? Y by the way, ahórrate las palabras: ya leí de Tito Jones en tu blog".

lunes, 13 de agosto de 2007

Tali-hoo!

Tali, un ex-amigo sueco, es un hijo de puta. Al principio todos en el grupo armonizábamos porque nos agradaba su espíritu alegre y su personalidad llena de energía. Parecía que siempre había vivido en DC, cuando en realidad acababa de llegar a la ciudad como todos nosotros. Él siempre conocía a alguien que sabía donde estaban las mejores fiestas en el campus o qué banda estaba de tour en la ciudad o en qué bar te servían alcohol sin ser mayor de edad. Y esta información la compartía con todos nosotros; era la época del feel good universitario, de los Welcome Bashes, cuando todos recién empezábamos la universidad y, vaya, vaya, todos habíamos logrado el hito de ser aceptados a Georgetown. Nos sentíamos con el mundo por delante, capaces de hacer realidad todas nuestras ambiciones y, sobre todo, de conseguir un buen trabajo cuando nos graduáramos, Inshallah, en cuatro años.

Todas esas expectativas cambiaron mucho con el paso de los años y con el estilo de vida que fuimos desarrollando en la ciudad. Estudiábamos como soldados, pero la juerga empezaba los miércoles con Lost en ABC. Ya en nuestro tercer año, nos dimos cuenta que los sueños no tardan ni dos ni cuatro años en hacerse realidad. En muchos casos, una vez concluimos mientras tomábamos unas cervezas en el Brickskeller, los sueños se viven día a día, uno los construye sobre la marcha y por eso es que la gente no se da cuenta y muchos mueren pensando que, carajo, nunca pude hacer realidad mis sueños. Nadie en esa mesa quería morir así, todos queríamos triunfar o decir que estábamos triunfando aunque los efectos no se vieran de inmediato.

Ya para ese entonces también me empecé a dar cuenta de lo hijo de puta que era Tali. Si en algún principio me pareció meritorio y hasta honroso que Tali haya importado su welferismo escandinavo a los Estados Unidos y lo haya aplicado a sus relaciones interpersonales, porque pensaba, mira, vivir tan unos encima de los otros como lo hacíamos, compartiendo todo lo que se podía compartir, finalmente era posible, la agudeza, sin embargo, con la que dividía todo y buscaba compensación por sus compras o sus esfuerzos se volvió, no sólo ridículo, sino molestoso. No es que fuéramos extraños como ocurrió en un principio, cuando todos nos empezamos a conocer…ahora vivíamos prácticamente en el mismo townhouse, nos veíamos con una frecuencia voraz y como quiera Tali nos ponía un sobrecito en la puerta de su refrigerador para que pagáramos por las botellas de cerveza que consumíamos mientras veíamos los programas en HBO que él y sus roommates nos invitaban a ver. Tal y como me juqueó la serie Carnivàle, así de fulminante dejé de frecuentar el piso de ellos.

Abdullah’kim, mi roommate palestino que también se había integrado a nuestro grupo, empezó a protestar mi extremismo, que si Tali sólo está pidiendo un dólar por la cerveza, ¿cómo vas a dejar de visitarlo por esa estupidez? Yo, sin embargo, me mantuve firme en mi decisión: Tali es un hijo de puta, viene a nuestras fiestas, no trae nada, toma y come a su gusto y no pedimos un centavo porque, coño, ¿acaso no es nuestro amigo? y ¡ahora viene él a cobrarnos por las cervezas baratas que guarda en su nevera! Ustedes, los occidentales se pelean hasta por la bebida, cuando hay tanta en este país, se atrevió a responderme. Puta madre, me dieron ganas de responderle, y ustedes, malditos árabes, que se pican en cantos por el petróleo. Abdullah’kim, me dijo algo en árabe, lo más seguro algunos versos del Corán a lo que le respondí, Shak’ran, Abdullah, Assalam Aleikum y me fui a dormir. Compartir la habitación con él me había hecho hablar árabe hasta en mis sueños.

Pasaron los meses y mi sentencia de que, en efecto, Tali no era un buen amigo comenzó a manifestarse cuando empezó a salir con la chica que le gustaba a Abdullah, una sueca marroquí de ojos claros como la miel. Al principio ninguno en nuestro grupo le hizo caso, todos aceptaron, inclusive hasta el propio Abdullah, la máxima: en el amor y la guerra todo se vale. A mí me pareció bastante rudo de su parte y así mismo se lo dije a Abdullah. Mi roommate se sentía traicionado, lo podía notar cuando coincidíamos con Tali y los demás en The Tombs o en alguna fiesta de la calle 38. Fueron varias semanas después del incidente y luego de saberse que Tali se acostó con la chica, que Abdullah me confesó que yo tenía razón. Nosotros, me dijo, que nos creímos que estas sociedades nórdicas habían hallado finalmente el secreto para derrotar el capitalismo e individualismo rampante creado por los gringos y celebrábamos a dónde quiera que íbamos el hecho de que estábamos viviendo como verdaderos socialistas demócratas, compartiendo todo, pagando lo justo por lo consumido en conjunto, pero esto de compartir las mujeres, sobre todo entre amigos, a sabiendas que a mí me gustaba, eso sí es una cabronería. Y te creías, le dije, que esto sólo se trataba de cervezas baratas.

Nos quedaba un año en Washington y ya nuestro grupo no era el mismo: dejamos de ver las series de HBO y ABC, ya ‘el grupo’ no salía a cenar y cada cuál hacía su fiesta a su conveniencia. Tali seguía conectado a la red de europeos expatriados más populares de la ciudad y se pasaba conociendo a un sinnúmero de gente atractiva y dispuesta a fiestar hasta las altas horas de la noche.

Creo que llevaba cinco meses de haberme distanciado de Tali (ni nos hablamos durante el receso navideño) cuando decidí aparecerme junto con nuestros amigos a una de las fiestas que él estaba promocionando en uno de los nuevos clubes de Washington. Se alegró de verme y me abrazó como si nada nos hubiese alejado. Le pregunté si todavía cobraba por las cervezas que le tomaban en su casa a lo que me respondió con una carcajada y más tickets para tragos en la barra. Todo el mundo bebió como quiso. Me di cuenta que era una fiesta escandinava porque los Red Bull con Jägermeister no paraban de ser ordenados. Supe que en una esquina ya se había formado un lapachero de vómitos. Yo había ido solo, pero Abdullah había llegado con una pelinegra alta, de piernas bien formadas y cintura pequeña que no dejó sola ni un solo momento.

Tali se les acercó como si nada y los saludó de una manera tan agradable que Abdullah no pudo hacerle la malacrianza de no presentarle a su chica. Besito, besito en los dos cachetes como acostumbran los europeos y yo, viendo todo desde la barra, no podía creerlo. Tuve que darme dos shots de Absolut: ¡qué haces Abdullah! ¡Despacha a Tali, vete a bailar con ella! Pero seguían hablando, así que me le acerqué a Tali lo más que pude, le tomé del hombro y le dije bien despacito al oído: aparentemente han robado tu billetera y hay un loco, rubión y maseta como tú, comprándole tragos a la barra entera. Los ojos azules del sueco se engrandecieron y su sonrisa desapareció con la gravedad de mi noticia. Me dijo gracias y fue directo a la barra para tratar de solucionar el problema. Con su billetera en mis manos se la mostré a Abdullah, que no paraba de reírse y le grité: ¡Huevón, si bebieras, pediría una champagne para los tres! Él y su jeva se perdieron en la multitud de la pista de baile y viendo a varios panas de la universidad que estaban solos como yo, les propuse irnos al champagne lounge del tercer piso. ¡Estás loco! ¿Con qué dinero vamos a subir? No se preocupen, les respondí mientras les mostraba la billetera de Tali, repletita de dólares y pases especiales, tenemos taquillas VIP.

martes, 7 de agosto de 2007

Tórrida

O los últimos fines de semana del verano de 2007, con un trasfondo de un mangle salvaje y una botella Cahors, productora de soñolientas figuraciones en una tienda Payless.

A mí no me importa que Luis Ponce esté en el umbral de sus primeros cursos de Derecho. Yo vengo a contarles lo que él no quiere contar porque dice que no puede, que simplemente pensar en mamotretos y en un único y solitario examen a final de los cursos le da dolores terribles en el anillo del ano (o por lo menos en la rajadura escaldada de su rabadilla por tanto guardar cama debido a una misteriosa enfermedad procedente de nada más y nada menos que de una ardilla silvestre) no le han permitido escribir en este blog, que atrás dejó la escritura creativa para adentrarse, dice él mientras fuma (porque ha vuelto a fumar puros), a la que verdaderamente entra en contacto directo con el pueblo y lleva el germen del cambio, de la transformación, la escritura jurídica...y varios otros escupitajos más.

Me adentré a la zona costera de nuestro archipiélago en busca del mejor pedazo de mangle para meter mano. Sí, para relacionarse sexualmente con su pareja, para follar, como dice la canción del grupo español Sin Cuero, "te follaré hasta en un mangle", que un reconocido autor boricua intentó apropiarse en la década de los setenta y que lo llevó al suicidio. Que se cuiden los que plagian hoy en día, que incluye luminarias literarias como el señor Alfredo Bryce Echenique y el cerebrito del señor de esta tribu de los cafres. Que se cuiden también de los mosquitos del mangle y las moscas de playa que rejoden. Mucho OFF!, pero no el de espréi, sino el vaporizador. Úntese el repelente de insectos mientras intenta ver una puesta de sol imposible porque no está en Rincón, el Pueblo de los Bellos Atardeceres, sino en un mangle cerca de usted. Úntese, pero no lo haga en o cerca de sus partes íntimas: el repelente OFF! no tiene un sabor muy placentero que digamos.

Allí me encontraba, pues, entre esas catedrales aéreas, con esos entes de doble vida y personalidad. Viven sobre y debajo del agua. Acogen aves y peces y ahora, estoy convencido, muy bien pueden acoger a dos cuerpos que se estremezcan y puedan acomodarse entre las duras raíces de esta especie tropical. Los que se atrevan encontrarán el paraíso que se les perdió a las vistas al mar de los moteles de Tortuguero o a las piscinas en forma de corazón de los de Caguas.

El Cahors nos lo empezamos a tomar en la veranda de nuestro bungalú mientras esquematizaba los mangles que había recorrido durante el día. Había comenzado a escribir en mis finos papeles mientras mi compañera de aventuras, La Jevota de los Sombreros, se adentraba en los misterios del caldo francés y me preguntaba por qué carajo era tan comemierda y me daba con beber vino en estos trópicos desdichados y tristes y calurientos. Le dije si no le habían sabido bien con las alcapurrias de carne y de jueyes que había ordenado. Le pregunté si acaso no servía como elixir y alimento a la imaginación en este sencillo lugar donde solamente permitían encender incienso, nada de cigarros ni cigarritos. Entonces, tomé una de las hojas donde suelo escribir mis apuntes de viaje (muy parecidas al material de los mantelitos de papel que utilizan en los restaurantes) y le redacté un tratado el cual subtitulé (ya ven como me agradan los subtítulos): "El tórrido fin de semana que pasé contigo". A ver si te atreves a mostrárselo a alguien más, le dije. Pero ya cuando le dije esto, ambos habíamos descendido a las profundidades embriagantes de ese vino raro y exquisito que había traído de contrabando. Este su servidor, El Capitán de la Pluma de Ganso, junto a La Jevota de los Sombreros, terminamos hablando de zapatos de descuento y cómo todavía no había un sólo zapato sobre la faz de la tierra que impidiera la entrada molestosa de los granos de arena al ínfimo y recóndito espacio entre los dedos.

Fotos tomadas en la Zona Tórrida del Archipiélago Nacional
por © La Jevota de los Sombreros - 2007

martes, 31 de julio de 2007

Alejandro Tarre, invitado de La tribu, y su Diario de Tailandia (Parte I)

El elefante en el cuarto
(Segunda de dos entradas. Vea la primera aquí.)

A pesar de que fue derrocado en un golpe de Estado el pasado septiembre y desde entonces reside en Londres (desde donde anuncia, durante mi estadía en Bangkok, su intención de comprar el equipo de fútbol Manchester City), todavía se siente en Tailandia la presencia de Thaksin Shinawatra. Todas las mañanas, mientras espero a que mi esposa se despierte, leo la sección política de los dos principales diarios en inglés y constato que el popular ex primer ministro sigue en el centro del discurso público, como si aún presidiese el país o como si el golpe hubiese ocurrido ayer. El día de mi llegada se llevó a cabo una manifestación pro-Thaksin cerca del Gran Palacio, a la que asistieron miles de sus seguidores.

¿Quién es Thaksin? ¿Quién es esta persona al que la mayoría de los tailandeses llaman por su primer nombre y que algunos han apodado “Cara Cuadrada”? Como venezolano, varias cosas llaman mi atención sobre este líder. Thaksin es, como Hugo Chávez, una figura divisoria que ha polarizado al electorado de su país. También como Chávez, Thaksin es uno de los líderes más populares de la historia reciente de su país y su base de apoyo reside en los sectores pobres y rurales, los cuales se han visto beneficiados por sus programas sociales –programas tan populares que ahora la junta militar trata de apropiárselos. Y como el teniente coronel venezolano, Thaksin se las ingenió para intimidar a los medios y trufar con sus seguidores el consejo electoral y las cortes, y así aplicar la ley selectivamente o doblegarla para su propio beneficio.

Sin embargo, a diferencia de Chávez –y esta diferencia es importante–, Thaksin es capitalista hasta la médula: un exitoso empresario que se hizo millonario antes de volver la vista a la política. Es difícil imaginarse a Thaksin diciendo como Chávez que “ser rico es malo” o instando a sus seguidores a desprenderse de los bienes que no necesitan. Es difícil imaginárselo alabando a Marx, Mao o a la antigua Unión Soviética, y hablando de cómo el sistema capitalista vuelve a la gente egoísta y poco solidaria. A la inversa, es difícil imaginarse a un Chávez derrocado viviendo una vida de jetset en Londres y comprando un equipo de fútbol inglés. Es difícil imaginarse a Chávez vendiendo su parte en una empresa a un conglomerado extranjero por $1.9 billones libre-de-impuestos como lo hizo Thaksin –venta que ayudó en parte a precipitar el golpe de Estado que lo tumbó.

La junta militar, que se hace llamar el Consejo de Seguridad Nacional, ha prometido convocar pronto a elecciones libres. Pero esta es la única señal alentadora para quienes deseamos un reestablecimiento de la democracia en Tailandia y nos entristece la involución autoritaria en varios países del Sur y el Este de Asia. El partido Thai Rak Thai de Thaksin, el más popular del país, fue disuelto, y se han restringido libertades de reunión y movimiento, así como censurado medios de comunicación pro-Thaksin. En la nueva Constitución, que la junta ordenó para supuestamente reparar las lagunas que Thaksin aprovechó para abusar de su poder, ya se han incluido leyes cuya intención es claramente aumentar el poder de los militares.

Todo esto tiene un tufillo que reconozco. Leyendo todos los días sobre lo que ocurre aquí y esforzándome por entender la posición de ambos lados, comprendo que la situación actual en Tailandia, al igual que la de Venezuela, saca a relucir una imperfección, ineludible, del sistema democrático (esa “paradoja” sobre la cual Popper escribió con tanta elocuencia). ¿Qué pasa cuando un líder popular, que ha ganado numerosas elecciones, aprovecha su popularidad para erosionar las instituciones que limitan su poder y son esenciales para el buen funcionamiento de cualquier democracia? ¿Qué pasa cuando esas instituciones que podrían ser utilizadas para castigar abusos de poder son monopolizadas por los perpetradores de estos abusos?

Esta complicada situación sólo tiene dos salidas. La primera es un golpe de Estado, una acción que sólo es posible si el gobierno todavía no se ha apoderado de las fuerzas armadas. El problema de esta opción, favorecida, para mi sorpresa, por mucha gente en Bangkok, incluyendo el rey y la clase media, es que los perpetradores del golpe muy probablemente van a gozar de un poder con menos limitaciones que el del gobierno derrocado. Es sumamente riesgoso confiar en la buena voluntad de los golpistas que, como se está viendo ahora en Tailandia, pueden ser rápidamente seducidos o corrompidos por el poder y nunca van a aceptar unas elecciones libres que puedan entronizar de nuevo al líder cuyos abusos motivaron, en primera instancia, el golpe de Estado. Muchos, incluyéndome, dudan que Pedro Carmona en Venezuela tuviese ínfulas de dictador. Pero ¿qué hubiese pasado si, después de convocar elecciones libres, Hugo Chávez hubiese aparecido otra vez como líder en los sondeos? ¿Qué hubiese hecho Carmona, líder del golpe y en ese momento dueño de todas las instituciones, frente al riesgo de una victoria chavista que pudiese amenazar su futuro y quizá hasta su vida?

Eso nos deja con la segunda alternativa, en mi opinión la más sabia: un esfuerzo de la minoría por convencer a la mayoría que apoya al dictador de que la libertad debe estar por encima de las políticas de cualquier líder, por más acertadas que ellas sean, y de que el progreso y la democracia, como lo demuestran los países más estables y avanzados del mundo, son dos cosas perfectamente compatibles.

También, reconociendo el hecho de que las dictaduras, como las democracias, nunca son perfectas, la oposición debe aprovechar al máximo los reductos todavía disponibles para limitar los abusos de poder y frenar, y si se puede revertir, las tendencias totalitarias del gobierno. Es decir: utilizar los mecanismos democráticos todavía disponibles para socavar el poder y la popularidad del dictador. En la Tailandia de Thaksin aún quedaban muchos de esos reductos, y en Venezuela, aunque cada vez menos, todavía los hay.

Esta segunda salida, la que elude el golpe de Estado, es quizá riesgosa, pero es para mí la mejor de las dos. Es la que yo propongo para Venezuela y es la que, en mi humilde opinión de visitante de este gran país, ha debido tomar la oposición de Thaksin en Tailandia.

Alejandro Tarre (Caracas, 1975) se desempeña como columnista, periodista y editor en varios medios y casas editoriales de Venezuela y Estados Unidos. Desde 2003, reside en Washington DC. Puede escribirle a: aletarre@hotmail.com

miércoles, 25 de julio de 2007

YoYo, MeMe, MoiMoi, EuEu


Elidio me incluyó en sus ocho para que dijera ocho cosas sobre mí. Aquí van esas ocho cosas y los ocho seleccionados para que la cadena no se rompa. Eso sí, no se vuelvan un ocho.

1. La escritura
Me gusta escribir en cualquier pedazo de papel, cartón, tela o servilleta que tenga en frente. Claro, también escribo en mi ordenador, aunque en muchas ocasiones ese es el último paso: la pantalla y el teclado se convierten en instrumentos de trascripción más que de creación. Escribo para complacer mis voces y, a veces, para enfrentarme a alguien y, con las palabras, realizar un duelo. Escribo porque, creo, es lo mejor que sé hacer.

2. Cocinar, comer y conversar
Sí, así juntas es como me gustan, si no, se vuelven en actividades rutinarias, sin un significado más allá del elemental y cotidiano. Me gusta cocinar mientras pico y converso; conversar mientras me siento a la mesa y bebo. La cocina se convierte en otro tipo de arte ejecutado con las manos y en un verdadero acto de amor.

3. Las Relaciones Internacionales
La curiosidad me llevó a otros mares y a miles de páginas alejadas de la tierra de la literatura, y, bueno, de esta ínsula llamada Puerto Rico. Vi en las relaciones internacionales y en las normas y barbaries que las rigen (diplomacia a veces, guerra mucho más a menudo) una oportunidad de utilizar en una misma disciplina los idiomas, la cultura, la historia y las tradiciones para entendernos mejor y devolvernos algo de la esperanza perdida.

4. Leer en mi terraza
En mi terraza siento que no estoy en Bayamón y muchas veces, en vez de terminar las lecturas que inicio, termino hablando con mi perro (un husky siberiano). Gajes del oficio de fabulador.

5. No tomar fotografías
Soy lento en absorber la tecnología. Por ejemplo, mientras muchos de los compañeros blogueros crearon el suyo hace años, el mío solamente tiene siete meses. Pues lo mismo me pasa con las fotos, pero peor. Simplemente no está en mi cabeza tomar fotos, y eso que me gusta que me fotografíen. Las fotos que tengo muchas veces son tomadas por otras personas. Yo pienso en otras cosas cuando visito y viajo a otros lugares. Tomar fotos está al final de mi lista. Me pierdo en el momento, en los recuerdos y en las palabras.

6. Observar: Así aprendo
En esto soy bien científico. Me deleito en observar a la gente, los paisajes, mi casa, la calle, la ciudad. Así lo estudio todo. Observo y aprendo. Así he entendido muchas cosas y escrito otras más.

7. Soñar y dormir (no es lo mismo)
Como más rico consigo dormirme es pretendiendo que voy a leer un libro en la cama. Acomodo las almohadas debajo de mi cabeza para facilitar la lectura (bueno, en realidad el sueño), abro el libro y empiezo a leer. Y leo por unos minutos, me adentro en la lectura, pero cuando empiezo la próxima página, los ojos se me empiezan a cerrar y el pensamiento se me escurre hacia otras imágenes, escenas y recuerdos. Me adentro en esos recuerdos y en las ricas imágenes que me invaden y entonces me digo que voy a descansar la vista y el cuello por unos minutos y, marcando la página (porque me creo que voy a regresar a la lectura), cierro el libro, me quito los espejuelos y la segunda almohada debajo de mi cabeza. Y al cabo de un momento, no sólo duermo, sino que sueño y a falta de estar consciente, casi nunca los logro rescatar en tinta y papel.

8. Viajar y no sentirme extranjero
Será porque he viajado desde muy pequeño, soy mitad peruano, estudié fuera de Puerto Rico, o porque estudié idiomas extranjeros y me interesan las relaciones internacionales o porque simplemente me gustan los aviones, barcos, trenes y autos y hablar con personas de distintos trasfondos y culturas… Será por todo eso que me gusta tanto viajar y conocer lugares nuevos y vivir costumbres ajenas. Me gusta convertirme en el extranjero que se inmiscuye en la cultura visitada, el que se adapta y no rechaza, da la bienvenida y no huye. Esas vivencias, entonces, trato de adecuarlas a mi vida diaria aquí en Puerto Rico, para construir –como en Caguas– mi diminuto y pequeño país personal, en extranjería siempre.

Escojo a las siguientes personas (¿víctimas?) para que continúen con este YoYo: Nydia Antonia Russe, Anahí González, José Borges, C, Francisco Font Acevedo, Manuel Carrión, Melissa Figueroa y Malena.

Estas son las instrucciones:

1. Cada jugador comienza con 8 cosas sobre sí mismo.

2. Las personas que han sido seleccionadas por el jugador tienen que escribir en su blog 8 cosas sobre ellas y escribir las reglas.

3. Al final de tu escrito tienes que seleccionar a otras 8 personas y escribir sus nombres/blog.

4. No te olvides de dejarles un comentario - que han sido seleccionadas para este juego - y leer su blog.

lunes, 23 de julio de 2007

Alejandro Tarre, invitado de La tribu, y su Diario de Tailandia (Parte I)



El mosaico abigarrado
(Primera de dos entradas)

Esta grande y caótica ciudad al principio me abruma. En la zona donde nos quedamos, cerca del Palacio Suan Pakkad y la casa de Jim Thompson, ciertas calles y avenidas se parecen a las del centro de Caracas en el tráfico, el ruido, el tumulto y el calor. Leo en la mañana en el periódico que Bangkok podría convertirse en un lugar “inhabitable” si no se implementan rápidamente planes para controlar el crecimiento urbano. Pienso en ese reportaje cuando veo más tarde fiscales de tránsito y motorizados con máscaras como las de los médicos para protegerse de las bocanadas tóxicas de los automóviles y los autobuses.

El calor es brutal. Después de un cuarto de hora caminando, tengo la camisa empapada en sudor y noto que la piel de mi esposa, demasiado blanca para este clima, muda a un rosado que resalta aún más su condición de turista. Me cruzo con varios hombres descalzos y desnudos de la cintura hacia arriba haciendo la siesta en los lugares más inverosímiles: aceras, paradas de autobús, capotas de automóviles. Me da la impresión de que el acto no es voluntario: el calor los derrotó. O quizá ya aprendieron que es inútil luchar contra el clima de esta ciudad y es mejor adaptarse a él, como un perro se adapta a los hábitos de su amo.

Pero el calor nunca me ha molestado tanto como el frío y después de un rato me olvido de él. Además, aquí sobran las distracciones. A cada rato se me acercan vendedores para ofrecerme sus productos –amuletos, estatuillas, ropa, frutas, relojes– con una tenacidad que no he visto en ningún otro lugar. A pesar del calor, uno me ofrece tomarme medidas para un esmoquin y otro, cuando me ve caminando con los brazos cruzados, aprovecha para colocar en mis brazos una bolsa de semillas. Como no acepta devolución, pero al mismo tiempo me pide dinero, no me queda más remedio que echar la bolsa al piso y tratar de aligerar la rudeza con un torpe gesto de hombros.

Aparte de los vendedores, observo en esta primer caminata otras particularidades, o motifs, que luego, en los próximos días, vería a cada rato y que ahora forman parte de mi imagen de la ciudad: los monjes envueltos con mantos azafrán (vi a un par con iPods), las camisas Polo amarillas, los coloridos tuk-tuk (motos-taxi de tres ruedas con un vagón atrás) y el énfasis en la monarquía y la religión que se manifiesta en las imágenes por doquier del adorado rey Bhumibol y esas figuras ubicuas de Buda que, con su expresión enigmática, pareciera vigilar desde arriba (siempre me vigila desde arriba) cada paso que doy. En una calle estrecha me detengo en un puesto de frutas para probar el durian, el lychee, el mangosteen y el rambutan (frutas que no tienen nombre en español). La que más me gusta es el mangosteen, que se parece al mamón caribeño, pero es por fuera más elegante y por dentro más dulce. Compruebo que, como me dijo una vez un amigo en Venezuela, el mamón es la hermanita fea del mangosteen.

Llego al Chao Phraya (“río de los reyes”) después de un viaje en el moderno skytrain. Los libros que leí las semanas antes de venir dicen que el río es la mejor manera de moverse en la ciudad y que allí la temperatura baja un poco. Uno asegura que, gracias al tráfico infernal, el Chao Phraya ha vuelto a ser lo que fue hace cien años: la autopista más ancha y conveniente de Bangkok.

No sé si estos libros exageran, pero me gusta el concepto del Chao Phraya Express, un metro-barco a través del cual es fácil, barato y sobretodo agradable transportarse entre los cinco distritos. Durante este primer viaje que hago en el Express, observando esta “autopista” que en vez de carros tiene pintorescos sampanes, barcazas y transbordadores, me pregunto porque esto no ha sido implementado en otras ciudades atravesadas por ríos. En el Chao Phraya uno no sólo descansa del calor y disfruta de la brisa y la cercanía con el agua, también uno se deleita con la hermosa vista de los lujosos hoteles (entre ellos el famoso Oriental), los mercados, las villas de la realeza y el espectacular Wat Arun que bordea el río.

Desde aquí, además, se pueden apreciar mejor los contrastes de la ciudad, en donde se entremezcla lo ordenado y lo caótico, la pobreza y el lujo, lo tradicional y lo moderno. La modernidad, esa que los detractores de la globalización ven como una amenaza por su tendencia a homogeneizar, se ha infiltrado en la ciudad, sobretodo en el centro, donde se ven imponentes edificios de oficina, rascacielos, hoteles y centros comerciales iguales o mejores a los de Washington DC, París o Londres. Pero Bangkok no pareciera temerle a esta influencia. La ciudad más bien incorpora lo nuevo sin complejo, como Nueva York ha incorporado a los chinos y a los italianos, haciéndolos parte de la ciudad y aceptando con los brazos abiertos su contribución. Después de todo, es ridículo pensar que esta modernidad va a acabar de la noche a la mañana con la firme personalidad de este lugar.

¿Me atrae todo esto? ¿Me mudaría a Bangkok a vivir? Sí, totalmente. El viaje en el río fue el zarpazo final, pero incluso antes de llegar aquí la ciudad ya me había seducido con su gente, su religiosidad, su ruido, su comida, sus tuk-tuk y su clima. Bangkok es como un mosaico abigarrado que al inicio nos disgusta por su insolencia, pero que luego, con el transcurso de las horas, comenzamos a apreciar por su riqueza. Pronto descubrimos que, como ocurre con esas mujeres que nos seducen con sus dientes torcidos o facciones asimétricas, esas incomodidades –la contaminación, el tumulto, el tráfico, el calor– son parte del encanto. Sin ellas la ciudad sería otra, quizá más conveniente, pero también más común y aburrida.

Esto, en particular, es lo que ocurre con el clima. Estoy convencido de que este calor denso que adormece y aboba es inseparable de la magia de esta ciudad. Sin este calor que apenas al salir de la nevera del hotel penetra todos los poros de mi cuerpo, secándome la boca y empapándome de sudor, Bangkok no fuese Bangkok. Este calor es desasociable del tempo aletargado que se siente en el río, en los templos y en el parque Lumphini, así como del maravilloso olor, ese olor en el que se entremezclan el sudor humano, la comida callejera, el aroma de las frutas, el humo de autobús y el agua sucia de los canales. Como el misterio y el erotismo, el calor y la sensualidad son cercanos aliados. Por eso, en este mélange sensual que es Bangkok, el calor es un elemento indispensable.

Alejandro Tarre (Caracas, 1975) se desempeña como columnista, periodista y editor en varios medios y casas editoriales de Venezuela y Estados Unidos. Desde 2003, reside en Washington DC. Puede escribirle a: aletarre@hotmail.com

jueves, 19 de julio de 2007

Julio, estudioso y amigo, una vez más en Voces

[Conozco a Julio desde hace un año. Hemos escrito varios artículos juntos (hagan clic aquí y aquí) y colaborado con COPRONU. Además, ha fungido como mi mentor para los programas de Maestría en Relaciones Internacionales que he solicitado en el País Vasco, donde también estudió. Ayer precisamente, Julio me llamó desde Nueva York y me dijo que a lo mejor no le publicaban su artículo en el periódico porque atacaba frontalmente a la estadidad. Yo le dije que se despreocupara ya que el mismo estaba bien redactado, abordaba elementos de poca difusión e iba al grano (me lo envió la semana parada para que se lo comentara). Pues hoy se lo publicaron en la sección Voces de El Nuevo Día. Aquí lo reproduzco para incitar el debate y el diálogo sobre nuestro eterno problema, el estatus.]


Autodeterminación y estadidad
Julio Ortiz Luquis
Profesor de estudios puertorriqueños y latinoamericanos


Dentro del conflicto político boricua se citan habitualmente los resultados de las elecciones. Lógicamente se mencionan los ya conocidos 48.4 %, 48.2% y 2.7%. Se entiende que el anexionismo se mantiene como la única amenaza al ELA.

Veremos que el anexionismo caribeño no tiene vigencia en un mundo interdependiente constituido por identidades nacionales únicas, abrazadas por la economía global y las organizaciones internacionales. En el caso que se fuerce al pueblo boricua a encaminarse hacia la estadidad, la comunidad internacional difícilmente reconocería tal anexión.

Aparte del hecho que entre el 2% y el 4% del electorado que vota por el PNP no nació en Puerto Rico, la mera intención de anexión representaría otro peñón en los zapatos de la política exterior estadounidense. Estados Unidos ha perdido su prestigio internacional como paladín mundial de la moral liberal después de la invasión de Irak, por el caso de Guantánamo y por el muro en su frontera con México.

Desde el “son nuestros vecinos y no nos quieren allí” de Bush hasta el Grito de Vieques, Puerto Rico ante la comunidad internacional es una nación (no un grupo étnico o comunidad) en resistencia. Esto ha sido reconocido por países y partidos políticos en el Congreso de Panamá de 2006. Nuestra historia heroica fue elogiada por países del Movimiento de los No Alineados (116 países de 192 que son la comunidad internacional) durante las vistas sobre Puerto Rico del Comité de Descolonización de la ONU hace un mes.

La Resolución 1541 de la Asamblea General estipula que se reconoce la anexión de un país sobre la base de mutuo acuerdo y después que el país a ser absorbido disfrute la libertad plena de tener instituciones independientes (cosa que nunca hemos disfrutado) que lo capaciten a decidir, sin coacción ni intervención. Si Puerto Rico ejerce su autodeterminación unilateralmente (lo que parece que sucederá) en la Constituyente, no tendrá validez si se permite propaganda exterior y si extranjeros votan en el proceso. La fuerza política del anexionismo en el proceso de autodeterminación es artificial. Sólo surte el efecto de paralizar nuestra autodeterminación, soberanía e independencia.

martes, 17 de julio de 2007

Rey Andújar, invitado de La tribu, y El factor carne (fragmentos)

Conocí a Rey Andújar hace poco más de un mes en el Closed Mike celebrado en Café Seda de El Viejo San Juan. Conversando de lo mucho que me había gustado su novela, El hombre triángulo y sobre los blogs, le dije que pondría en La tribu de los cafres el poema suyo que más me había gustado de la noche, Debajo de ti (porque me hizo pensar mucho en ti). Aquí lo tienen, junto a una narración breve. Ambos, incluyendo su información biográfica, fueron tomados del sitio Cielo Naranja.

Debajo de ti
(Verano 2000)

Cómo explicarte
Que debajo de ti
Soy otro
Todo cambia
Todo suda alrededor
Inevitablemente
Cuando estoy debajo de ti
Siento el arrullo de la sangre caliente
Por cada una de mis venas
Eso siento
Cuando nos tocamos
Cuando no queremos acabar
Cuando estoy debajo de ti
Cuando tú tomas el control
De los cielos, del universo
De estas cuatro paredes estáticas
Soy diferente
Soy tan pequeño
Cuando estoy debajo de ti
La tierra se hunde
Se confunde con las tinieblas
Me tomas de los brazos
Te mueves
Jadeas
Yo
Como destinatario universal de todos tus actos sublimes
Debajo de ti

Inolvidable, excitada, erizada, inmortal, horivertical
¿Porqué cambia mi perspectiva de estar solo
Sólo cuando estoy debajo de ti?
Cuando juego con tus caderas
Y tus caderas toman el control
Y tus caderas gobiernan mis impulsos
Y tus muslos son la guía
Y tus pechos el premio
Y tu boca la gloria
Y yo
Debajo de ti

₪•₪•₪•₪•₪•₪•₪

Descubrimiento de la carne

Paola, me encuentro con ella por vez primera. Primerísima hembra entre todas las primeras, tan primera, que más de diez años después me sigue embromando la paciencia cada vez que puede. Me descubro como hombre, ella se descubre como mujer, y entre tanto descubrimiento, descubrimos un desorden mentalmaniacodepresivo con tendencia al suicidio voluntario en primer grado. Aunque mas de una vez la salvé de las garras de sobredosis de aspirinas, Prozac, Mejoral de Adulto, pastillas de bacalao o vitamina E, lo primero que agarrara del botiquín (botiquín no, en Villa Duarte, las medicinas se ponen encima de la nevera, práctica ésta aplicada en múltiples barrios de Santo Domingo, aún en estos días, al alcance de los niños). Se me cortaba las venas, hacía de todo para matarse y así llamar la atención de medio mundo. Gracias que Dios o el Diablo no se dieron por enterados. Y así las cosas, fui yo mismo quien casi se la anota, cuando, tratando de inducirle un falso aborto de un falso embarazo, la obligué a beberse una tisana de hojas de aguacate con astillas de cuaba. Volvió en sí después de dos lavados estomacales y entre el "juidero" para la Clínica Peña Núñez y de ahí a la Chan Aquino, y el asunto de la preñadera y la rudeza de mi Modus Operandi, se nos acabó la sesión de cariño llamada noviazgo.

Rey Andújar (Santo Domingo, 1977) es todo un Robinson (pero antes de toparse con la Isla). Es narrador por excelencia, vive entre aquí-es y allá-ses. Pertenece a lo más reciente de nuestro imaginario literario (MDM).

Vea un artículo sobre nuestro invitado en Claridad.

lunes, 2 de julio de 2007

Luis Villanueva Nieves, invitado de La tribu

Las marcas de la Dama Dragón

Cada día se hizo más difícil ocultarme de la Dama Dragón: me había estrujado contra su cuerpo durante largas noches, y luego ella no quería que me detuviera; ella insistía en seguir quemándome con el vapor que expedía su boca, marcándome la piel. Cada vez que me mordía y chupaba, dejaba tatuados en mi piel coágulos que duraban semanas… Lo peor era su capacidad espacial de manifestar su cuerpo de modo espontáneo en cualquier parte.

En todo momento, en todo lugar, la imagen de su rostro brotaba en mi mente de forma inesperada: era como un acecho inagotable que me hacía permanecer en un letargo contemplativo; letargo que acrecentaba mi desesperación, mi ansiedad. Entonces… se manifestaba y concretaba su cuerpo ante mí… y el vapor de su boca me causaba sed, brutalidad y extenuación.

La conocí durante una serie de conferencias que desarrollé para un cliente. Ella era la persona en la empresa a cargo de coordinar cada coloquio y por eso tuve una relación constante con ella. Al principio las llamadas eran formales, luego se dieron de manera incidental hasta que yo di un primer paso llamándola un domingo. De ahí en adelante, todo fue cuestión de sexo.

Luego, no supe cuál debía ser mi respuesta final a sus avances ―y a sus ataques. Necesitaba organizar mis pensamientos y no encontré otra manera de hacer semejante introspección que no fuere recurriendo al mundo oscuro y ascético de las palabras.

Así, tras tomar la primera libreta que encontré, me encerré a escribir.

Comencé haciendo rayas, garabatos, dibujos de líneas entrelazadas, signos y círculos deformes; luego marcas, letras, comas y puntos, hasta que surgieron palabras y frases sin respetar regla alguna; eran neologismos y educciones sin exigir una rigurosa coherencia gramatológica. Escribía guiado por el placer de dibujar palabras, dirigido a encontrar en algún momento una solución, significado o simplemente probar la experiencia estética: allanarme a la belleza que encontraba en el conjunto absurdo de palabras que acumulaba línea tras línea, página tras página, hoja tras hoja.

Mi primera palabra inteligible fue “necesidad”, seguida de “capricho, vómito, pena, saliva, lluvia negra,”. Pero no pude escribir más; tan pronto comenzaba a descubrir un sentido en lo que escribía, mis pensamientos se rendían al terror de que surgiere el rostro de la Dama. Estaba consciente, pero algo me alteraba; era su rostro otra vez:

―Hola, Dumas ―y mis manos abandonaron la libreta tras recaer en el letargo. Tu vagina, el cabello, el pináculo, mis brazos, tus dientes, la saliva, tu lengua y lame, mis dedos, tu espalda, a morder, oler, mamar, beber, comer; tu cabello me corta; te gusta mascar colores. Tus ojos me sonríen… estaba en la habitación, en el suelo. Se arrastraba, mirándome… plásticos, amarras, tornillos, el beso, el pene, la herida, apretarla, aunque duela; luego, hasta el ano. Pero voy a matarla, a exprimir su cuello y preservar su cuerpo y saciarme cada vez que el sol muera en rojo. Tengo sed, ella me da sed. Me muerde. Arde. Sangro. Mi sangre es malteada, espesa como leche cruda y loca como esperma.

La Dama Dragón había ganado, pero sólo esa noche.

Luis Villanueva Nieves (San Juan, 1975) cursó estudios humanísticos en la Universidad de Puerto Rico y se licenció de abogado durante la década de los noventa. Se cree que existen varios duplicados de Luis, dado que varias personas han visto individuos idénticos a él en diversos y distantes puntos de la isla, incluso en momentos simultáneos. Para no sufrir una maldición, siempre que lo vea, invítele un café.


La tribu errante