"...[E]l vacío de la casa se les presentaba como un animal dispuesto a tragarse cualquier sonido..." La tribu existe para combatir ese vacío y preservar los sonidos.
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jueves, 11 de septiembre de 2008
A 35 años del martirio de Allende y de todo un pueblo
La tribu se une a Sin Mordazas y a toda América Latina hoy, 11 de septiembre, para homenajear a un hombre que, como pocos, sigue vivo después de la muerte.
viernes, 21 de septiembre de 2007
"L'avocat de la terreur"
Me tropecé con el blog de un (¿o una?) periodista de Colombia que vive en Francia. Lo cierto es que todavía no sé el nombre del autor pero tiene apuntes y notas que tratan sobre la sociología en Colombia, Hispanoamérica y Europa en todos los campos que se encuentre que son, pues, en todos. Muy acertadamente su blog se llama Sociología para novatos.
Mi investigación del nombre de esta persona se detuvo cuando leí la nota que se refiere a un documental dirigido por Barbet Schroeder y que figuró en la selección oficial del Festival de Cannes de este año. El nombre del documental es el título de esta entrada y puede ser (todavía no la he visto, pero la crítica así lo ha planteado) una de las mejores películas que presente cómo un idealista anti-colonial (en este caso un abogado) se pudo convertir en el defensor de terroristas y dictadores. Este abogado es Jacques Vergès y su rostro además de desafiante y altivo tiene la fría expresión de la amoralidad.
Vea el rostro de Vergès.
Avance del documental:
Les avisaré si consigo la peli en The Video Place, en Levittown, donde, usualmente, encuentras lo imposible.
Mi investigación del nombre de esta persona se detuvo cuando leí la nota que se refiere a un documental dirigido por Barbet Schroeder y que figuró en la selección oficial del Festival de Cannes de este año. El nombre del documental es el título de esta entrada y puede ser (todavía no la he visto, pero la crítica así lo ha planteado) una de las mejores películas que presente cómo un idealista anti-colonial (en este caso un abogado) se pudo convertir en el defensor de terroristas y dictadores. Este abogado es Jacques Vergès y su rostro además de desafiante y altivo tiene la fría expresión de la amoralidad.
Vea el rostro de Vergès.
Avance del documental:
Les avisaré si consigo la peli en The Video Place, en Levittown, donde, usualmente, encuentras lo imposible.
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martes, 31 de julio de 2007
Alejandro Tarre, invitado de La tribu, y su Diario de Tailandia (Parte I)
El elefante en el cuarto
(Segunda de dos entradas. Vea la primera aquí.)
A pesar de que fue derrocado en un golpe de Estado el pasado septiembre y desde entonces reside en Londres (desde donde anuncia, durante mi estadía en Bangkok, su intención de comprar el equipo de fútbol Manchester City), todavía se siente en Tailandia la presencia de Thaksin Shinawatra. Todas las mañanas, mientras espero a que mi esposa se despierte, leo la sección política de los dos principales diarios en inglés y constato que el popular ex primer ministro sigue en el centro del discurso público, como si aún presidiese el país o como si el golpe hubiese ocurrido ayer. El día de mi llegada se llevó a cabo una manifestación pro-Thaksin cerca del Gran Palacio, a la que asistieron miles de sus seguidores.
¿Quién es Thaksin? ¿Quién es esta persona al que la mayoría de los tailandeses llaman por su primer nombre y que algunos han apodado “Cara Cuadrada”? Como venezolano, varias cosas llaman mi atención sobre este líder. Thaksin es, como Hugo Chávez, una figura divisoria que ha polarizado al electorado de su país. También como Chávez, Thaksin es uno de los líderes más populares de la historia reciente de su país y su base de apoyo reside en los sectores pobres y rurales, los cuales se han visto beneficiados por sus programas sociales –programas tan populares que ahora la junta militar trata de apropiárselos. Y como el teniente coronel venezolano, Thaksin se las ingenió para intimidar a los medios y trufar con sus seguidores el consejo electoral y las cortes, y así aplicar la ley selectivamente o doblegarla para su propio beneficio.
Sin embargo, a diferencia de Chávez –y esta diferencia es importante–, Thaksin es capitalista hasta la médula: un exitoso empresario que se hizo millonario antes de volver la vista a la política. Es difícil imaginarse a Thaksin diciendo como Chávez que “ser rico es malo” o instando a sus seguidores a desprenderse de los bienes que no necesitan. Es difícil imaginárselo alabando a Marx, Mao o a la antigua Unión Soviética, y hablando de cómo el sistema capitalista vuelve a la gente egoísta y poco solidaria. A la inversa, es difícil imaginarse a un Chávez derrocado viviendo una vida de jetset en Londres y comprando un equipo de fútbol inglés. Es difícil imaginarse a Chávez vendiendo su parte en una empresa a un conglomerado extranjero por $1.9 billones libre-de-impuestos como lo hizo Thaksin –venta que ayudó en parte a precipitar el golpe de Estado que lo tumbó.
La junta militar, que se hace llamar el Consejo de Seguridad Nacional, ha prometido convocar pronto a elecciones libres. Pero esta es la única señal alentadora para quienes deseamos un reestablecimiento de la democracia en Tailandia y nos entristece la involución autoritaria en varios países del Sur y el Este de Asia. El partido Thai Rak Thai de Thaksin, el más popular del país, fue disuelto, y se han restringido libertades de reunión y movimiento, así como censurado medios de comunicación pro-Thaksin. En la nueva Constitución, que la junta ordenó para supuestamente reparar las lagunas que Thaksin aprovechó para abusar de su poder, ya se han incluido leyes cuya intención es claramente aumentar el poder de los militares.
Todo esto tiene un tufillo que reconozco. Leyendo todos los días sobre lo que ocurre aquí y esforzándome por entender la posición de ambos lados, comprendo que la situación actual en Tailandia, al igual que la de Venezuela, saca a relucir una imperfección, ineludible, del sistema democrático (esa “paradoja” sobre la cual Popper escribió con tanta elocuencia). ¿Qué pasa cuando un líder popular, que ha ganado numerosas elecciones, aprovecha su popularidad para erosionar las instituciones que limitan su poder y son esenciales para el buen funcionamiento de cualquier democracia? ¿Qué pasa cuando esas instituciones que podrían ser utilizadas para castigar abusos de poder son monopolizadas por los perpetradores de estos abusos?
Esta complicada situación sólo tiene dos salidas. La primera es un golpe de Estado, una acción que sólo es posible si el gobierno todavía no se ha apoderado de las fuerzas armadas. El problema de esta opción, favorecida, para mi sorpresa, por mucha gente en Bangkok, incluyendo el rey y la clase media, es que los perpetradores del golpe muy probablemente van a gozar de un poder con menos limitaciones que el del gobierno derrocado. Es sumamente riesgoso confiar en la buena voluntad de los golpistas que, como se está viendo ahora en Tailandia, pueden ser rápidamente seducidos o corrompidos por el poder y nunca van a aceptar unas elecciones libres que puedan entronizar de nuevo al líder cuyos abusos motivaron, en primera instancia, el golpe de Estado. Muchos, incluyéndome, dudan que Pedro Carmona en Venezuela tuviese ínfulas de dictador. Pero ¿qué hubiese pasado si, después de convocar elecciones libres, Hugo Chávez hubiese aparecido otra vez como líder en los sondeos? ¿Qué hubiese hecho Carmona, líder del golpe y en ese momento dueño de todas las instituciones, frente al riesgo de una victoria chavista que pudiese amenazar su futuro y quizá hasta su vida?
Eso nos deja con la segunda alternativa, en mi opinión la más sabia: un esfuerzo de la minoría por convencer a la mayoría que apoya al dictador de que la libertad debe estar por encima de las políticas de cualquier líder, por más acertadas que ellas sean, y de que el progreso y la democracia, como lo demuestran los países más estables y avanzados del mundo, son dos cosas perfectamente compatibles.
También, reconociendo el hecho de que las dictaduras, como las democracias, nunca son perfectas, la oposición debe aprovechar al máximo los reductos todavía disponibles para limitar los abusos de poder y frenar, y si se puede revertir, las tendencias totalitarias del gobierno. Es decir: utilizar los mecanismos democráticos todavía disponibles para socavar el poder y la popularidad del dictador. En la Tailandia de Thaksin aún quedaban muchos de esos reductos, y en Venezuela, aunque cada vez menos, todavía los hay.
Esta segunda salida, la que elude el golpe de Estado, es quizá riesgosa, pero es para mí la mejor de las dos. Es la que yo propongo para Venezuela y es la que, en mi humilde opinión de visitante de este gran país, ha debido tomar la oposición de Thaksin en Tailandia.
Alejandro Tarre (Caracas, 1975) se desempeña como columnista, periodista y editor en varios medios y casas editoriales de Venezuela y Estados Unidos. Desde 2003, reside en Washington DC. Puede escribirle a: aletarre@hotmail.com
(Segunda de dos entradas. Vea la primera aquí.)
A pesar de que fue derrocado en un golpe de Estado el pasado septiembre y desde entonces reside en Londres (desde donde anuncia, durante mi estadía en Bangkok, su intención de comprar el equipo de fútbol Manchester City), todavía se siente en Tailandia la presencia de Thaksin Shinawatra. Todas las mañanas, mientras espero a que mi esposa se despierte, leo la sección política de los dos principales diarios en inglés y constato que el popular ex primer ministro sigue en el centro del discurso público, como si aún presidiese el país o como si el golpe hubiese ocurrido ayer. El día de mi llegada se llevó a cabo una manifestación pro-Thaksin cerca del Gran Palacio, a la que asistieron miles de sus seguidores.
¿Quién es Thaksin? ¿Quién es esta persona al que la mayoría de los tailandeses llaman por su primer nombre y que algunos han apodado “Cara Cuadrada”? Como venezolano, varias cosas llaman mi atención sobre este líder. Thaksin es, como Hugo Chávez, una figura divisoria que ha polarizado al electorado de su país. También como Chávez, Thaksin es uno de los líderes más populares de la historia reciente de su país y su base de apoyo reside en los sectores pobres y rurales, los cuales se han visto beneficiados por sus programas sociales –programas tan populares que ahora la junta militar trata de apropiárselos. Y como el teniente coronel venezolano, Thaksin se las ingenió para intimidar a los medios y trufar con sus seguidores el consejo electoral y las cortes, y así aplicar la ley selectivamente o doblegarla para su propio beneficio.
Sin embargo, a diferencia de Chávez –y esta diferencia es importante–, Thaksin es capitalista hasta la médula: un exitoso empresario que se hizo millonario antes de volver la vista a la política. Es difícil imaginarse a Thaksin diciendo como Chávez que “ser rico es malo” o instando a sus seguidores a desprenderse de los bienes que no necesitan. Es difícil imaginárselo alabando a Marx, Mao o a la antigua Unión Soviética, y hablando de cómo el sistema capitalista vuelve a la gente egoísta y poco solidaria. A la inversa, es difícil imaginarse a un Chávez derrocado viviendo una vida de jetset en Londres y comprando un equipo de fútbol inglés. Es difícil imaginarse a Chávez vendiendo su parte en una empresa a un conglomerado extranjero por $1.9 billones libre-de-impuestos como lo hizo Thaksin –venta que ayudó en parte a precipitar el golpe de Estado que lo tumbó.
La junta militar, que se hace llamar el Consejo de Seguridad Nacional, ha prometido convocar pronto a elecciones libres. Pero esta es la única señal alentadora para quienes deseamos un reestablecimiento de la democracia en Tailandia y nos entristece la involución autoritaria en varios países del Sur y el Este de Asia. El partido Thai Rak Thai de Thaksin, el más popular del país, fue disuelto, y se han restringido libertades de reunión y movimiento, así como censurado medios de comunicación pro-Thaksin. En la nueva Constitución, que la junta ordenó para supuestamente reparar las lagunas que Thaksin aprovechó para abusar de su poder, ya se han incluido leyes cuya intención es claramente aumentar el poder de los militares.
Todo esto tiene un tufillo que reconozco. Leyendo todos los días sobre lo que ocurre aquí y esforzándome por entender la posición de ambos lados, comprendo que la situación actual en Tailandia, al igual que la de Venezuela, saca a relucir una imperfección, ineludible, del sistema democrático (esa “paradoja” sobre la cual Popper escribió con tanta elocuencia). ¿Qué pasa cuando un líder popular, que ha ganado numerosas elecciones, aprovecha su popularidad para erosionar las instituciones que limitan su poder y son esenciales para el buen funcionamiento de cualquier democracia? ¿Qué pasa cuando esas instituciones que podrían ser utilizadas para castigar abusos de poder son monopolizadas por los perpetradores de estos abusos?
Esta complicada situación sólo tiene dos salidas. La primera es un golpe de Estado, una acción que sólo es posible si el gobierno todavía no se ha apoderado de las fuerzas armadas. El problema de esta opción, favorecida, para mi sorpresa, por mucha gente en Bangkok, incluyendo el rey y la clase media, es que los perpetradores del golpe muy probablemente van a gozar de un poder con menos limitaciones que el del gobierno derrocado. Es sumamente riesgoso confiar en la buena voluntad de los golpistas que, como se está viendo ahora en Tailandia, pueden ser rápidamente seducidos o corrompidos por el poder y nunca van a aceptar unas elecciones libres que puedan entronizar de nuevo al líder cuyos abusos motivaron, en primera instancia, el golpe de Estado. Muchos, incluyéndome, dudan que Pedro Carmona en Venezuela tuviese ínfulas de dictador. Pero ¿qué hubiese pasado si, después de convocar elecciones libres, Hugo Chávez hubiese aparecido otra vez como líder en los sondeos? ¿Qué hubiese hecho Carmona, líder del golpe y en ese momento dueño de todas las instituciones, frente al riesgo de una victoria chavista que pudiese amenazar su futuro y quizá hasta su vida?
Eso nos deja con la segunda alternativa, en mi opinión la más sabia: un esfuerzo de la minoría por convencer a la mayoría que apoya al dictador de que la libertad debe estar por encima de las políticas de cualquier líder, por más acertadas que ellas sean, y de que el progreso y la democracia, como lo demuestran los países más estables y avanzados del mundo, son dos cosas perfectamente compatibles.
También, reconociendo el hecho de que las dictaduras, como las democracias, nunca son perfectas, la oposición debe aprovechar al máximo los reductos todavía disponibles para limitar los abusos de poder y frenar, y si se puede revertir, las tendencias totalitarias del gobierno. Es decir: utilizar los mecanismos democráticos todavía disponibles para socavar el poder y la popularidad del dictador. En la Tailandia de Thaksin aún quedaban muchos de esos reductos, y en Venezuela, aunque cada vez menos, todavía los hay.
Esta segunda salida, la que elude el golpe de Estado, es quizá riesgosa, pero es para mí la mejor de las dos. Es la que yo propongo para Venezuela y es la que, en mi humilde opinión de visitante de este gran país, ha debido tomar la oposición de Thaksin en Tailandia.
Alejandro Tarre (Caracas, 1975) se desempeña como columnista, periodista y editor en varios medios y casas editoriales de Venezuela y Estados Unidos. Desde 2003, reside en Washington DC. Puede escribirle a: aletarre@hotmail.com
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