lunes, 2 de julio de 2007

Luis Villanueva Nieves, invitado de La tribu

Las marcas de la Dama Dragón

Cada día se hizo más difícil ocultarme de la Dama Dragón: me había estrujado contra su cuerpo durante largas noches, y luego ella no quería que me detuviera; ella insistía en seguir quemándome con el vapor que expedía su boca, marcándome la piel. Cada vez que me mordía y chupaba, dejaba tatuados en mi piel coágulos que duraban semanas… Lo peor era su capacidad espacial de manifestar su cuerpo de modo espontáneo en cualquier parte.

En todo momento, en todo lugar, la imagen de su rostro brotaba en mi mente de forma inesperada: era como un acecho inagotable que me hacía permanecer en un letargo contemplativo; letargo que acrecentaba mi desesperación, mi ansiedad. Entonces… se manifestaba y concretaba su cuerpo ante mí… y el vapor de su boca me causaba sed, brutalidad y extenuación.

La conocí durante una serie de conferencias que desarrollé para un cliente. Ella era la persona en la empresa a cargo de coordinar cada coloquio y por eso tuve una relación constante con ella. Al principio las llamadas eran formales, luego se dieron de manera incidental hasta que yo di un primer paso llamándola un domingo. De ahí en adelante, todo fue cuestión de sexo.

Luego, no supe cuál debía ser mi respuesta final a sus avances ―y a sus ataques. Necesitaba organizar mis pensamientos y no encontré otra manera de hacer semejante introspección que no fuere recurriendo al mundo oscuro y ascético de las palabras.

Así, tras tomar la primera libreta que encontré, me encerré a escribir.

Comencé haciendo rayas, garabatos, dibujos de líneas entrelazadas, signos y círculos deformes; luego marcas, letras, comas y puntos, hasta que surgieron palabras y frases sin respetar regla alguna; eran neologismos y educciones sin exigir una rigurosa coherencia gramatológica. Escribía guiado por el placer de dibujar palabras, dirigido a encontrar en algún momento una solución, significado o simplemente probar la experiencia estética: allanarme a la belleza que encontraba en el conjunto absurdo de palabras que acumulaba línea tras línea, página tras página, hoja tras hoja.

Mi primera palabra inteligible fue “necesidad”, seguida de “capricho, vómito, pena, saliva, lluvia negra,”. Pero no pude escribir más; tan pronto comenzaba a descubrir un sentido en lo que escribía, mis pensamientos se rendían al terror de que surgiere el rostro de la Dama. Estaba consciente, pero algo me alteraba; era su rostro otra vez:

―Hola, Dumas ―y mis manos abandonaron la libreta tras recaer en el letargo. Tu vagina, el cabello, el pináculo, mis brazos, tus dientes, la saliva, tu lengua y lame, mis dedos, tu espalda, a morder, oler, mamar, beber, comer; tu cabello me corta; te gusta mascar colores. Tus ojos me sonríen… estaba en la habitación, en el suelo. Se arrastraba, mirándome… plásticos, amarras, tornillos, el beso, el pene, la herida, apretarla, aunque duela; luego, hasta el ano. Pero voy a matarla, a exprimir su cuello y preservar su cuerpo y saciarme cada vez que el sol muera en rojo. Tengo sed, ella me da sed. Me muerde. Arde. Sangro. Mi sangre es malteada, espesa como leche cruda y loca como esperma.

La Dama Dragón había ganado, pero sólo esa noche.

Luis Villanueva Nieves (San Juan, 1975) cursó estudios humanísticos en la Universidad de Puerto Rico y se licenció de abogado durante la década de los noventa. Se cree que existen varios duplicados de Luis, dado que varias personas han visto individuos idénticos a él en diversos y distantes puntos de la isla, incluso en momentos simultáneos. Para no sufrir una maldición, siempre que lo vea, invítele un café.


2 comentarios:

Anónimo dijo...

quien fuera una dama dragon...el texto capta y te acelera el pulso- super.

Ana María Fuster dijo...

El líbido expota deliciosamente, te quema y la palabra sobrevive a la pasión, la sangre viene, reviene y se viene...

La tribu errante