martes, 8 de mayo de 2007

Más que nada: Una dupla de cuentos

Una en mil noches

Acababa de salir del baño cuando una sensación –esa que reconocemos solamente una vez porque será la última – lo despojó de su soledad: «Hay alguien más».

Unas horas antes había cenado en el restaurante chino de siempre en la calle Prospect, donde sus propietarios, una pareja de ancianos de Formosa, nunca se asomaban al salón comedor una vez servían a los comensales, proveyéndole así total privacidad para su trabajo. Confiaba en el restaurante porque la información que intercambiaba en él siempre recorría el trayecto debido. En siete años no había ocurrido ninguna irregularidad. Esta noche, como en miles anteriores, había cenado con el reemplazo de una de sus recolectoras, una mujer tosca y corpulenta aunque de gestos y mirada delicados y dulces.

De regreso tomó cinco buses distintos para llegar a su apartamento. El viaje largo no le incomodaba porque esa era su mejor forma de protección: confundirse con la ciudad, disimular que tenía una rutina de trabajo como los demás.

Pero una vez fuera del baño no supo si sintió primero el aguijón en la nuca o si vio los pedazos a medio digerir de vegetales orientales y cacahuates del pollo Kung-Pao salir de su boca y que trató, sin suerte, de contener con las manos. En el suelo, ahogándose en sus propias supuraciones, escuchó (no podía hacer nada más) las palabras del invasor. Éste, con una sonrisa sosegada desdibujándose en los labios, le dijo: «La muerte nunca es fácil de tragar, mucho menos digerir: gracias por auspiciarnos durante todo este tiempo».

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La tormenta verde

–¡Escuchaste eso! –gritó Yoli, mirando hacia el techo de madera.

–Sí, lo escuché –dijo Mario. Al instante saltó de la silla y apresuradamente pegó su oído al panel que cubría una de las ventanas del cuarto.

El sonido aumentaba a la par con los vientos del huracán.

–¡Mario! ¡No se detiene! ¿Qué demonios está cayendo sobre nosotros? –ya histérica vociferó Yoli–, no pueden ser hojas ni ramas; son golpes fuertes… ¿Se nos vendrá la casa encima?

–¡Por Dios! ¡Tranquilízate por un segundo, ¿quieres?! –le gritó Mario mientras regresaba a su silla.

Yoli lo miró fríamente y en silencio salió del cuarto hacia la estufa de gas.

–¡Sí, tómate algo y cálmate de una vez! –le ordenó pero ni él mismo podía disimular su terror: realmente no sabía qué cosa golpeaba con tanta fuerza.

Pasado el huracán, Mario y Yoli subieron al techo de la casa para investigar.

–¡Dios mío! –exclamó Yoli al ver la tormenta verde de cientos de aguacates nuevos que, reposando sobre los aleros de la casa, le guiñaba insolentemente.

3 comentarios:

Juan Félix dijo...

¡Que clase de chino! Mis felicitaciones al chef.
En cuanto a la tormenta verde, prefiero los aguacates con pollo Kung-Pao.

Un abrazo
Algarín

Luis Ponce Ruiz dijo...

Juan Félix:

Y eso que todavía no he tirado mi cuento gastronómico. Pero ojo, el restaurante sí existe y los viejitos también. Gracias por tus comentarios, son importantes para mí.

Iva dijo...

ay, !me gusta el del aguacate!

La tribu errante