lunes, 28 de junio de 2010

Luis Ponce Ruiz ahora también en La Acera.com

¡Atención! ¡Atención!

A continuación un importante anuncio de la gerencia de La tribu de los cafres, o sea, yo:

Ya está disponible en La Acera la primera parte de mi crónica sobre raza y sociedad en Washington, D.C. (capital del imperio, capital de contrastes a lo sudamericano y capital de mis andanzas universitarias). La segunda parte saldrá el 8 de julio de 2010.

La Acera es un n Blog Mag (blog magazine) que junta a talentosos escritores de Puerto Rico y Estados Unidos. Todos los días y a diferentes horas hay textos nuevos. Les invito a que incluyan La Acera en su lista de blogs favoritos y que también comenten y dejen sus impresiones en el mismo.

La Acera busca, ante todo, fomentar la libertad de expresión, la tolerancia y el intercambio libre, inteligente y respuetuoso de las ideas. Se discute de todo, desde la huelga universitaria, pasando por el comportamiento sexual de hombres y mujeres, pasando por literatura y política, hasta la misma Copa Mundial de la FIFA 2010.

Mi participación en La Acera será cada dos semanas y siempre incluirá material nuevo, nunca antes publicado en este blog o en cualquier otro medio.

Vamos, ¿qué esperas? Camina conmigo por La Acera hacia un nuevo mar de letras.

viernes, 25 de junio de 2010

Lluvias

Bayamón, Puerto Rico

Por acá la lluvia no deja de caer. Son días lúgubres, de una suave pero constante melancolía (así me pone la lluvia, sobre todo cuando es verano y el cielo permanece arropado en una tersa neblina, no como la de Lima, sino más bien de una tormenta perenne que se cierne sobre nosotros todos) y las noches, pues para qué contarte, frías y húmedas, pero con una luna caribeña (ésta jamás la verás allá) que, velada por las gruesas nubes, se ve maravillosa, a la expectativa e invitando a la intensidad. Todo un espectáculo.

Arequipa, Perú

"Mi lluvia viene tras un largo nublado. Antes solían decir mañana calurosa o sudorosa y tarde lluviosa, pero ya que los tiempos vienen cambiando no se cumple tanto la regla y en verano, que es cuando llueve acá en mayor porcentaje (porque a veces se loquea y, últimamente, muy de vez en cuando cae cuando quiere), suele ser todo el día caluroso y uno que otro todo nublado. En fin, se nubla, hace friíto (pero no tanto) y un viento típico comienza a correr y comienza a caer: el olor a tierra mojada lo inunda todo, y ya no sólo huele a tierra sino también a madera mojada; lo relaciono conmigo mirando la lluvia sentada, echada en la cama con la puerta del balcón abierta y cantando a más no poder, o parada sacando la cabeza por la ventana. Olor a madera por el marco de la puerta. La lluvia me huele a nostalgia, a sueños, a amor, a recuerdos. También la relaciono a ramas de árboles, de eucalipto sobre todo, muy muy altas que se juntan y se enredan, se funden pero aún así dejan pasar la lluvia; y la siento sobre mí, y el olor ya no es sólo de tierra mojada, esta vez es eucalipto, es hierba y polvo".

miércoles, 23 de junio de 2010

Ciudades

El Capitán de la Pluma de Ganso ha llegado a la capital federal, ha bajado del tren que lo trajo desde Nueva York y ha encontrado un lugar ideal para no solamente besarla, sino seducirla y decirle que ahora, finalmente, ambos habitan la Ciudad Presente y construyen la Ciudad Futuro.

16 de junio de 2007
Washington, D.C.

viernes, 18 de junio de 2010

"El título es ya la idea. Mantengo siempre el título original, aunque a veces suene forzado y no corresponda al texto."

El título de esta entrada es una cita de José Saramago y fue parte de la respuesta que le dio a Ángel Darío Carrero en la entrevista que le hiciera el año pasado y la que endi.com hoy publica nuevamente a raíz de la muerte del escritor. Me gustó esa contestación porque denota la manera casual con la que Saramago le entraba a la literatura y algunas veces los que pretendemos escribir nos ocurre lo mismo, vemos algo, escuchamos, recordamos y de repente nace un título que poco a poco va echando raíces o vuelo o -más certeramente- desangrándose en los frutos que son las palabras sobre el papel.

Yo no soy un estudioso de su obra y confieso que lo más que he leído de él han sido algunos de sus -¿cómo describirlos y pensarlos?- mágicos y posibles poemas, además de su blog El cuaderno de José Saramago. Dígase entonces que soy un principiante y novato Saramaguino y que a lo mejor no debería estar escribiendo nada sobre él, pero yo digo que no y lo más seguro Saramago, al que nunca conocí en persona, me de la razón y hasta me diga, con su aliento a nada, que ya ni lo lea, que mejor invierta el tiempo en otros grandes. Si este fuera el caso, muy respetuosamente le diría otro no y me leería su obra empezando con los libros que tengo en mi biblioteca además de su Poesía Completa: La balsa de piedra y Ensayo sobre la ceguera.

Ahora, discúlpenme por esta regresión, pero considero prudente detenerme y repasar la frase que utilicé en mi primer párrafo: "la muerte del escritor". Luego de leer varias de las esquelas que los medios han publicado, blogs de otros escritores y reimpresiones de entrevistas pasadas, la verdera razón por la que estoy escribiendo esto es por esa frase, por saber que una mente y verbo brillantes como el de Saramago hayan desaparecido y que solamente nos hayamos quedado con sus libros. No es poca cosa. Claramente, representan un volumen magistral de trabajo literario y por esto se dice que el escritor nunca muere, pero con alguien de la estatura de Saramago, no sé si esto sea cierto. El paso de la vida a la muerte de un ser humano es triste pero la vida continúa, la diferencia en este caso es que la vida continúa sin personas que se atrevan a ser como Saramago: en su manera tan desasosegada de decir verdades e irrumpir el intelecto con un temblor mental, de pensar alternativamente en un mundo mejor, de buscar en el amor la verdadera justicia y en la humildad el verdadero éxito.

No es trágico que un anciano de 87 años muera, es más, en una entrevista que ofreció a RFI hace un año, quizás un poco más, Saramago confiesa tranquilamente que se sabía cercano a la muerte; es más, lo sabía desde el 2000, cuando en esta útima década escribió casi una novela nueva por año, por lo que esto no debe sorprdender a nadie. La tragedia es que nos quedamos habitando un mundo con gente mucho más joven que Saramago, con mucho más dinero e influencia que él pero con una mentalidad tan opuesta y distante a la suya (tan renovada y desmitificadora). Refraseándolo, nos quedamos con los instruidos, pero no con los educados.

Ya hacia el final de la entrevista, Carrero le preguntó: "

¿Le consuela al menos que la obra literaria triunfe sobre sus creadores?" Y Saramago, tan Saramago repuso: "P

or un tiempo, como todo, pero la eternidad literaria tampoco existe".

Que descanse en la paz o en la bondad o en donde quiera que se encuentre ahora, José.

martes, 8 de junio de 2010

5 de junio a cinco años de creer en la invencibilidad

El fin de una historia presagia el inicio de otra. Luego de 9 días en Washington, D.C. el balance es el siguiente: en verano los turistas llegan y los artistas huyen hacia los alrededores de Virginia y Maryland. Llegué no tanto como turista (conozco a Washington hace años) pero sí con ganas de explorar sus nuevos restaurantes, las transformaciones en los barrios y, claramente, revisitar aquellos lugares que esconden las minas de mi melancolía abandonada en la extranjería.

En Puerto Rico -no hay de otra- el verano calienta con la compasión de un violador: el sudor es el ultraje más temible luego de salir de la ducha, luego de vestirse con ropa limpia, luego de saber que no puedes volver a bañarte porque vas a llegar tarde y no hay aire acondicionado que te salve. La única manera es saliendo nuevamente del país; es sitiendo lo que he sentido desde que aterrice ayer o quizás desde mucho antes.

El episodio más reciente fue el sábado 5 de junio luego del matrimonio de unos amigos de la universidad que nos graduamos hace cinco años. Me sumí en un leve espasmo meditativo. La música recién comenzaba y yo me senté solo en la mesa que me tocaba y me convertí en brújula para buscar el camino hacia el que me dirigiría. En un instrumento y nada más porque una cosa es conocer la dirección y otra muy diferente es tomar la decisión para seguirlo.

Me encuentro en ese punto en el que las decisiones trascendentales me importan un carajo. Y esto, ¿se deberá al miedo, a la resignación, a la imposibilidad de salir del maldito estado de estudiante eterno? Como algunas veces suele ocurrir, la respuesta es más fácil de lo que se piensa: una combinación de todas las alternativas.

Así que allí estaba sentado, con la etiqueta puesta y toda empapada de sudor (Virginia también estaba caluroso y nublad0) pensando en qué cosas son reales o no, si la brújula, las direcciones, el amor. Y claro, lo único real es el paso del tiempo, aunque en nuestra memoria a veces se convierta en una excusa o un espejismo o simplemente en un grito mudo, porque hasta lo que uno vivió se vuelve una contestación tan subjetiva que puede perder visos de realidad.

Perder. Una palabra interesante cuando todos a tu alrededor parecen que ganan. Yo perdería todo menos la falsa noción de creer en el amor, de caminar por los lugares por donde antes me besaba, de ver los ojos que hace seis, cinco años me miraban con deseo, de imaginar un viaje en el que cada pedazo del trayecto le haga el amor a un viejo romance distinto. Perder ahora para soñar después. No hay mejor victoria.

Y no hay mejor anhelo que volar lejos de aquí.

jueves, 20 de mayo de 2010

Pág. 485 de 'Los detectives salvajes' de Roberto Bolaño

Pere Ordóñez, Feria del Libro, Madrid, julio de 1994. Antaño los escritores de España (y de Hispanoamérica) entraban en el ruedo público para transgredirlo, para reformarlo, para quemarlo, para revolucionarlo. Los escritores de España (y de Hispanoamérica) procedían generalmente de familias acomodadas, familias asentadas o de una cierta posición, y al tomar ellos la pluma se volvían o se revolvían contra esa posición: escribir era renunciar, era renegar, a veces era suicidarse. Era ir contra la familia. Hoy los escritores de España (y de Hispanoamérica) proceden en número cada vez más alarmante de familias de clase baja, del proletariado y del lumpenproletariado, y su ejercicio más usual de la escritura es una forma de escalar posiciones en la pirámide social, una forma de asentarse cuidándose mucho de no transgredir nada. No digo que no sean cultos. Son tan cultos como los de antes. O casi. No digo que no sean trabajadores. ¡Son mucho más trabajadores que los de antes! Pero son, también, mucho más vulgares. Y se comportan como empresarios o como gángsters. Y no reniegan de nada o sólo reniegan de lo que se puede renegar y se cuidan mucho de no crearse enemigos o de escoger a éstos entre los más inermes. No se suicidan por una idea sino por locura y rabia. Las puertas, implacablemente, se les abren de par en par. Y así la literatura va como va. Todo lo que empieza como comedia acaba indefectiblemente como comedia.


martes, 18 de mayo de 2010

Las cuerdas de la huelga

Pensar que el país está en huelga se me hace difícil, sobre todo luego de que mi humor se haya fugado luego de una constante batalla con mi risa que no pudo contenerse y reventó. Ya dejémoslo ir, me dijo ella, todavía con lágrimas (¿en sus ojos?), hay peores batallas que perder. A las batallas, lo tengo muy claro, me meto por accidente (¿qué iba a saber yo que uno se pude pelear con su humor?), porque yo no las busco, más bien busco un buen libro, un buen momento para decir, este es, en verdad, un buen momento y, ahhh, respirar. Uno, dos, tres y, ahhh, exhalar. Qué maravilloso momento. Eso es lo que busco y hoy me topé con uno y fue quizás por estar deshumorado que me lo disfruté más tranquilamente: detrás de mi cuarto el vecino que pertenece a un trío excelso del área de Bayamón, Cataño y Aguas Buenas comenzó a practicar con sus finísimas guitarras y melodiosas voces. ¿El país está en huelga? ¿Hay un paro nacional? ¿La universidad está cerrada? Nada de eso me pregunté mientras escuchaba a esos músicos, mientras la tarde se fundía con el calor intenso de las cuerdas.

Una vez se acabó la música no tuve otro remedio sino que pensar en la huelga. El país se nos cae y yo aquí sentado contemplando la tarde, pensando si hoy voy a escribir cuando sé desde ayer que no, que no me quiero imaginar nada ni componer algo que luego me devuelva a una catarsis con el pasado o con el futuro, porque dicen que hay que soñar y pensar en el país del futuro, en los posibles imposibles, en las citas del Che, en que los blanquitos estos y los trabajadores aquellos y yo, de verdad que no estoy para eso (no se olviden, que mi humor también está en huelga y anda M.I.A.). Si me sentaba a escribir del todo sería para hacer literatura, porque suscribir un manifiesto revolucionario contra la tiranía del estado era como vagar en una noche trasnochada, porque proclamar por enésima vez los derechos humanos era vomitar sobre la sangre de las víctimas y pues eso no era lo que buscaba.

Se me ocurrió entonces escribir la novela de la huelga, ¡cómo no lo había pensado antes!, de las vivencias de los estudiantes, de los baños compartidos, de los colchones inflables, los confundidos agentes de la Fuerza de Choque (versión nada imperial ni futurística de los Stormtroopers, pero la analogía es ya trillada), de los de arriba contra los de abajo, del poder de una democracia participativa, de los estudiantes opositores a la huelga movidos por su interés personal, por el interés de la derecha, por el interés de sus gatos, por el interés de lo que sea. Y listo, Los intereses encontrados, el título de la novela se me vino encima como un camión dando desesperadamente un viraje en 'u' desde el carril de la extrema derecha.

Era la revolución del siglo XXI: todo ya estaba transmitido por Internet, por webcam, las fotos proliferaban en Facebook como las armas de destrucción masiva en el cerebrito de Bushito. La profecía se cumplía sin cócteles Molotov: no tengo que estar en la huelga para escribir sobre ella. Me busco a una de las periodistas que se encuentran en los alrededores y vivimos (siempe ha sido mi fantasía) un romance in situ.

Llamé a par de amigos que conocen a gente de los medios y al día siguiente ya tenía una cita concertada en El Obrero. Hablamos muy concentradamente sobre la huelga en la hora y media que me concedió sólo porque Oscar es tu amigo me dijo. Gracias, de verdad, le dije, ¿has podido entrevistar a algunos estudiantes? Sí, pero yo rápido le aclaré que quería que me dijera las cosas menos cercanas a lo que incidía directamente con la noticia de la huelga. ¿Cómo cocinan? ¿Junto a los cargamentos de alimentos le distribuyen condones? ¿En verdad se lanzó el movimiento de la media caseta? ¿Cómo es el olor de los baños? ¿En qué parte de los edificios clausurados se hace más fácil y rico el amor? ¿Además de tabaco, que más se fuma? Bendito, la bombardeé de preguntas y ella no sabía qué responder, que eso no era asunto de la prensa ni de la radio, que mejor me buscara a un cronista. ¿Todavía existen en este país?, le pregunté. Tú, si bien no me tienes cara de uno, me respondió, podrías animarte a serlo. Le hice entonces otra pregunta, pero una estúpida, no porque fuese mala la pregunta como tal, sino porque ya sabía la respuesta. ¿Entonces que me falta para ser uno?

Entrar, huevón. Entrar. La respuesta era obvia como el hambre de los chicos de la UTIER que estaban al lado nuestro. Ella no me dijo huevón, eso lo pensé yo, pero por poco me lo dice. Vivir con ellos, verlos, tocarlos, quizás hasta besarlos en los pasillos desiertos de Generales. Pero no, ¿para qué? ¿Acaso no lo puedo reconstruir todo a raíz de los vídeos, fotos y escritos lanzados desde adentro? Quizás. Pero hacía falta más. Lo que necesito, le dije antes que ella regresara a los portones de la Ave. Barbosa, es que uds. me hagan esas preguntas, que vean el lado humano de verdad, no el de los derechos, no el de la lucha, sino el del día a día, de las toallitas sanitarias, de los restos de comida, del intenso olor a postcoito huelgario, a sexo apurado y resudado por la intensidad del sol, por los pantalones sin lavar de hace días, por los estribillos. Ella me sonrió, la compañera de Oscar me sonrió hasta con cierta lástima y dijo que no la molestara más. No se lo digas a Oscar, le supliqué, y me volvió a sonreír con risa de foca o de manatí.

Pensé nuevamente en que lo más fácil siempre había sido suscribir algún manifiesto, imprimir en él mi nombre tan falto de humor y popularidad. Así lo hice cuando regresé a mi casa. Busqué las cinco o seis peticiones de firma que me habían llegado a mi correo, tecleé mi nombre con una satisfacción a medias y antes de irme a dormir puse en mi Twitter este haiku:

"Los acordes se allanan sin protesta
a la tarde bayamonesa
y la luz no huele a chicharrón".

Y me fui a dormir.

martes, 4 de mayo de 2010

El cuarto de los souvenirs

De Buenos Aires me llega un tranvía lleno de parques con monumentos de los héroes nacionales grafitados por jóvenes que todavía tienen las ansias de ser revolucionarios. Volando desde Machu Picchu aterriza Túpac Andina con un collar de hojas de coca y otro de gotas de lluvia. Desde Uruguay, arena de las playas de Maldonado en un sobre que debía contener la última postal que me escribirían.


Así, desde el sur, se me van amontonando en mi cuarto todos estos recuerdos.


De Lima, un concentrado del diesel de las combis que infestan sus calles y, en un frasco, un poco de vapor del Mar de Grau. De Arequipa el micrófono de un kareoke y el suéter de un amigo. De Montevideo, una milésima de segundo de todo el sexo que tuve por el sur se guarda gravada en las ranuras de un disco de pasta que logré reproducir gracias a la generosa aportación del Museo de la Palabra (o más bien, ¿fueron los poemas de Benedetti los que pedí que me grabaran para llevármelos conmigo ante mis intentos infructuosos de encontrármelo en la ciudad?). Luego el poeta murió, quizás (muy probablemente) luego de yo romperle el corazón a alguien por segunda vez.


De Chile, un cielo más estrellado que mi carrera contra el tiempo y el gris terrible de sus pueblos meridionales, tal y como imagino mi cerebro cuando solía escribir postales al viento y (para qué posponerlo, ¿no?) al amor.


Y en Puerto Rico me queda todavía por guardar una isla más grande que esta Isla; no encuentro dónde ponerla y no quiero correr el riesgo que se vuelva a quemar o a traspapelarse entre las olas del mar.

sábado, 24 de abril de 2010

A, C, D, E y F (de una serie que sigue sin titular)

A

Me fui del país por medio año para medio olvidar mis miedos y errores. Soy, de verdad, un fiasco envuelto en angustias e ilusiones. Camino, por ejemplo, y me creo que una pluma traza la dirección de mis pasos. Pasos que a pesar de mis viajes, me han vuelto a dirigir hacia los pies de A. y a su cruda realidad llena de estrepitosas carnes y olores prohibidos. Sobre éstos --aunque parezca imposible-- escribo los versos más cortos y las intenciones más largas.

Soy un personaje de novela (me digo), de historia (otros me dicen), porque me creo las mentiras que yo mismo plasmo sobre el papel que me ha regalado (A. me dice que solamente prestado) mi autor.

B (haga click sobre la letra)

C

Hay una paloma que vuela sobre el instante en que Hiram le cuelga a Sofía. Hemos terminado, le dijo. ¿En serio, eso quieres? Sí. Y ese sí estuvo acompañado de toda la felicidad del mundo. Sí y el sonido opaco del fin de una llamada.

Hiram camina confiado sobre el precipio que su voz ha creado. Le quedan A., Vanessa, Raquel y Marcos. Volverán a los bares de antes, a las mañanas frente a la mesa emplegostada del cuarto en la San Justo con la Sol, a los desayunos almorzados en La Bombonera junto al pastelillo que irradia una combustión interna de guayaba angelical que siempre comparte con A. en los bancos de la Plaza de Armas mientras tratan de ver a la sombra de Santini asomarse como una nube negra (sé que es su sombra, dice A., cuando me caga una paloma en la falda) entre los arcos de la Alcaldía.

Los adoquines se ven resbalosos gracias al sudor que le sale por las axilas, que se le derrama por el cuello cuando imagina la ilusión de tirar su celular por el foso de El Morro y sentarse a esperar a Vanessa y su inescapable pecho de sirena (alguna vez fui sirena, o algo así dijo cuando terminó de leerse una novela de Mayra Santos).

Raquel y sus maravillosas manos de mantequilla que moldean su espalda luego de conjugar los verbos más mojados entre las sábanas del cuartito un poquito más arriba en la Tanca, casi llegando a la Norzagaray. Hiram ve el mar justo cuando sale del edificio y va hacia el auto donde Marcos lo espera: has regresado a lo que tanto querías escapar. Antes de responderle, ya en el interior del carro, ¡plat!, se estrella una caca de paloma contra el parabrisas (Santini sí estuvo hoy en San Juan, piensa que le dirá a A., y no sólo caga faldas) . Entonces Hiram se cuadra frente al rostro trigueño de Marcos y le responde: he vuelto a no pensar en el después.

D

Cuando regreso de mis viajes a la vieja ciudad, me siento que le pertenezco más a pesar de que las otras ciudades en las que he habitado hayan construido sobre los cimientos de los recuerdos de mi infancia. Poseo una acumulación de varilla, bloques y cemento considerable que incide en la intrépida lejanía de mis pasos sobre los adoquines, en la manera en que me apoyo en los bancos y las columnas de las casas. Siento que existen comienzos que nunca logran iniciar nuevos caminos por el miedo a negociar la comodidad. Hoy, ante mí, no hay uno de esos: gracias a Dios por los largos años que me han dejado un corazón de cal y unos labios de gravilla.

E

Volvió a sentir el olor a garrapiñada. De inmediato dejó la lectura y sin levantarse del asiento voló en dirección hacia ese dulce perfume y cayó en la crispada camisa azul de una empleada pública como públicas eran las ferias de los sábados en la Plaza del Congreso o en Recoleta. Ese aroma, Buenos Aires, esperando en la fila de los cines, paseándose por las esquinas de Corrientes mientras se le antojaba comprar el libro que no le cabría en la maleta. Respiraba el olor a azúcar tostada, sabiendo que en el allí y ahora era sólo un perfume barato, pero no importaba, se tragaba ese olor aunque, a través de las ventanas del tren elevado, veía la colección de edificios que se sucedían con un glamour tímido, como si reconocieran que a pesar de las luces y los cristales continuaban siendo, en su conjunto, una raquítica copia de Manhattan en el Caribe.

Pero otra cosa también le era evidente: si bien la ciudad había cambiado mucho, él lo había hecho más.

F

El Atlántico Austral se barre levemente sobre la arena. Brisa y espuma, las huellas se borran y por aquí --el mar siempre es cómplice-- nadie ha pasado.

Arena que se convierte en lindos y pequeños montones mullidos donde el bañista tira su toalla y se apresta a leer Caracol Beach. Montones que en cuestión de más vientos marinos van formando una, dos, tres, quince, veinte, cien dunas a lo largo de la costa. Ahora, antes que se divisen los arbustos, se ve una humilde capa de vegetación cubriéndolas, y hacia el oeste se abre --en cámara lenta-- la desembocadura de un riachuelo.

Uno que otro árbol ha intentado levantarse frente a la playa, allegado al rústico camino por donde pasan bicicletas, pequeñas motocicletas y los pies de cientos de bañistas que llegan a mediados de diciembre y no se van hasta principios de marzo. El más grande de los árboles frente a la senda lleva años petrificado. Continúa, eso sí, imponentemente alzado sobre el horizonte. Detrás de él, a varios metros, se divisan unas seis villas. Es desde una de ellas que busco, como referencia, las ramas alzadas en forma de 'v' de aquel gigante que me indican hacia dónde queda lo que he abandonado.

domingo, 4 de abril de 2010

La insondable planicie de los mundos pequeños

¿Y en qué momento se nos empezó a acabar la paciencia? A entendernos. A sostener la mirada. A reflexionar y a conversar sin el cinismo que agujerea todas las buenas intenciones.

En realidad la pregunta sería, ¿en qué momento se empezó a joder mi familia? ¿Cuando mi hermano le dijo cabrona a mi mamá y tuve que empujarlo para que no la agrediera? ¿Cuando mi hermana quedó embarazada y huyó para España? ¿Cuándo decidí que lo mejor era quedarme cruzado de brazos sumergido en mi trabajo y el sexo desmedido que me caía como aserrín de la mesa de un carpintero?

Porque ya la crianza de mis hermanos no era problema mío.

Entonces el viejo finalmente dejó que le rodaran las lágrimas frente a todos, en la mesa de la cocina, en esas escasas veces que todos pudimos vernos las caras después de meses (a lo mejor fueron años). Su hermetismo y sus gestos durante el día, de que no quería la cosa, de que lo iba a aguantar como el macho que siempre había sido, cedió cuando estuvimos los cinco en el lugar de siempre, frente a los platos de comida que se quedaron fríos y a mitad. Mi hermana lloró junto a mí mamá. Mi hermano recogió sus cosas y se fue. Yo me quedé en silencio. Realmente no me cabía pensar qué decir ante el llanto, la inconcebible realidad de que el deprimido no era yo, ni mis hermanos, sino mis padres.

Tranquilo, me escribían. Ya hace rato se acabó la luna de miel de los años más tiernos. Mensajes de tus amigos. ¿Qué puedes hacer ante el moméntum de la vida? Conversaciones telefónicas. Todo, Luchito, todo menos sucumbir. Pero el hueco placer de una venida a destiempo en el motel de siempre te desmentía: sucumbías con la facilidad de la ceniza de un cigarrillo recién aspirado. Todas las trincheras están colmadas y el eterno adiós de la despedida no era suficiente para convencerte de lo contrario. Todos, Luchito, todos te olvidan menos en casa.

Las conversaciones con mi hermano eran efímeras, más bien por su ya conocida constumbre de responder con un 'sí', 'no' o 'estás loco'. Esos eran mis mejores días, cuando me movía a hablarle, a salir de casa y buscarlo. Estás loco porque todavía sigues viviendo con los viejos. Has perdido el tiempo, era lo único que me decía cuando ya me iba. Una estocada de odio, de complejos. O quizás, la verdad.

Seguía en la casa donde crecimos con la falsa esperanza de aliviarles el trago amargo. Hace escasamente 3 años pensaban que éramos la familia ejemplar, mi mamá se regodeaba en cualquier reunión familiar de los logros nuestros y despreciaba a los demás por no ser tan buenos. Fue segando las malas noticias que luego crecerían en la figura de mis hermanos, e inclusive, hasta de mí mismo. Intentaba hablarle, de sacarla del letargo fatalista en el que había caído, le repetía los mejores consejos que me habían dicho o leído en algún artículo de autoayuda y ella me escuchaba, larga y tendidamente. Me miraba y no decía nada. Suspiraba viendo su telenovela a lo que me rendía ante los diálogos cursis de los personajes que evidentemente tomaban más importancia que mis desesperados intentos de recordarle, decirle, que todavía le quedaba un hijo. Uno bajo el mismo techo.

No me culpen entonces cuando no hago nada y salgo temprano en la mañana y llego tarde y me acuerdo de lo que me dice mi hermano cada vez que me voy de su presencia. Eso digo cuando el viejo me recrimina por mi inacción, por haber perdido a mis hermanos, por haberme convertido en un fantasma mientras la casa se caía a cantos. Le discuto, me rebate y ya cuando creo que hemos llegado a un acuerdo, cuando es más que evidente que si hubo algo de culpa fue, en todo caso, la de ellos, él me lanza un último cartucho para mostrarme que él no se equivoca, que soy muy joven para entender la magnitud de mi irresponsabilidad.

##

Mi hermana regresó casada de España y con su hijito de tres meses. Su ahora esposo regresaría más tarde, o por lo menos eso nos decía. Ella vivía en un apartamento en la calle Utuado y de lo que el gobierno y mis abuelos y tíos le daban. A esta hora del día, el sol calentaba tanto su pieza que los diálogos siempre terminaban en griterías y recriminaciones, esta vez contra los viejos. Estaba cansado de la repetición de conversaciones, escenas y miradas. Era como ver una mala película por el resto de mis días.

De verdad que sólo he venido a verte, que ya no me importa quién causó qué, mejor cuéntame de Diego, qué le hace falta, y si a ti te va bien con tus cuentas. El Diego empezaba a llorar al escuchar mi voz. Bueno, más bien a chillar como una rata enorme y blanca que sólo se calmaba con el volumen de Sabina a todo dar. Antes de irme, fatigado y sudoroso, le tomé ambas manos a mi hermana y le pregunté: ¿Acaso no extrañas vivir como antes? Sí me respondió con los ojos rojos, con la voz temblorosa, con el drill melodramático de siempre, pero entonces me volvía a la realidad: pensar que el pasado va a regresar es una idiotez. Y cerró el portón.

La paciencia (recordaba de algún Reader's Digest) se acaba cuándo decidimos sobrevivir nomás, cuándo las ideas se quiebran y el mañana se transforma en la misma tortura del ayer. La cita de la revista llegaba hasta 'nomás'. El resto es, claramente, de mi autoría. ¿O fue algo así me dijo un cura? Porque luego de encontrarme rodeado por un campo minado, visitar la Iglesia no sonaba tan descabellado. Empecé a frecuentarla, no a la hora de las misas, sino a la hora que el cuerpo me lo pedía. No había vuelto a creer en un dios, pero los pensamientos de muerte eran los únicos que me impulsaban a levantarme todos los días y quería evitar tener tiempo a solas para darle seguimiento a mis ideas. Ideas para matar. A mi hermano, hacer desparecer a mi hermana y envenenar con un sueño infinito la angustia de mis padres. Pero las variadas formas de matar requerían un estudio sistemático que no estaba dispuesto a hacer. Me debatía entre el matar o matarme, en la salida que acabara con el mayor sufrimiento más rápidamente. De la mano del crimen iba la del castigo: ¿cómo serían mis días en la cárcel? ¿Cómo podría vivir el resto de mis días sin mi familia?

Feliz.

La primera vez que esa respuesta retumbó en mi cabeza me di cuenta que ya algo en mí había quebrado. ¿Cuando crucé los brazos inicialmente? ¿Cuando intenté, ya muy tarde, recomponer el tiempo perdido? ¿Cuando empecé a jugar con la idea de la muerte?

De frente sólo me quedaba el trabajo que de alguna mágica forma logré conservar a diferencia de todos mis amigos, que se fueron desapareciendo como las ampollas de la varicela. ¿Entonces qué me quedaba? Pues a despacharme la mitad de la oficina con la semiautomática que me había comprado por Internet y morir abatido por la policía.

Mentira.

Cerré la computadora y juré que nunca más leería a La tribu de los cafres.

La tribu errante