jueves, 30 de septiembre de 2010

El grosor de mi wallet en La Acera

Ya me dijeron riquito en un comentario de un anónimo en La Acera. Obviamente no es la primera vez que me lo dicen. Esto de escribir sobre comida trae cositas como éstas.

El comentario me pareció gracioso ya que las personas que me conocen saben que puedo ser cualquier cosa menos riquito. Ahora, sin embargo, las probabilidades de que me vuelvan a decir riquito o blanquito (que en este país casi siempre suele ser lo mismo) son mucho más altas a partir de la publicación de la tercera entrega de mi crónica de Washington, D.C. ¿Por qué? Pues porque hablo de comida. Duh! Porque fui a un montón de restaurantes y ahora me dio la gana de hablar de ellos. Porque sobre la mesa no perdono. Porque cada vez que tengo un rato libre de la eterna tormenta del Derecho, me pongo a leer sobre comida, a ver el Food Network, el Canal Gourmet. Porque leo más la sección de comida del HuffPost que cualquier otra.

Entiendo por qué las personas que me leen sin conocerme personalmente puedan caer en descartarme como un simple ricachón. Algunos de mis amigos más cercanos, inclusive, me han descrito como bon vivant y hedonista. Y puede que tengan algo de razón pero, claramente, el hecho que ellos me perciban así o, digamos, que yo sea así no crea una correspondencia automática a que yo tenga chavos con co...

No es así de fácil bróder.

Es difícil hablar de ciertos actos que son considerados como placeres absolutos. Sobre todo, es difícil cuando tienes un poco de conocimiento especializado sin haber tomado clases, sin venir de una familia de chavos. Les duele que no seas del establishment y te le sientes al lado a comer mejor que ellos sin pagar un centavo. A ver como la comida ha pasado de ser una mera necesidad a un espectáculo equivalente a conciertos de rock.

Lo cierto es que comer, en su esencia, no deja de ser un momento de comunión. Y la gente de estos U.S. and A está reaprendiendo lo que en Europa nunca dejaron de hacer. Fue una tragedia y todavía lo es en EE.UU. y en Puerto Rico que muchos hayan olvidado lo delicado que tiende a ser la comida, específicamente su preparación en arás de acelerar el motor capitalista. Un motor que depende de los productos alimenticios extremadamente procesados haciendo desaparecer la conexión natural que el consumidor debe tener con los productores, los animales y las mismas plantas. Todo esto se pierde en mecanismos diseñados para alargar la vida del alimento y abaratar su costo alimentando a más por menos. Y en el capitalismo, como lo barato sale caro, pues la marginación del pobre se traduce a una marginación alimentaria.

Yo sigo siendo un sibarita, es cierto, pero el serlo no es razón suficiente para que se me proscriba opinar sobre las vastas desigualdades tanto en la mesa de comer como en la del poder. El problema lo tienen esas personas que les sabe a mierda todas estas verdades.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Juan, el Loco

Sin intención de ofender la memoria de un ser que pasó a la inmortalidad y a quien conocí e interactué con él en múltiples ocasiones, me parece que no hay mejor título para un texto que intenta celebrar la arriesgada vida de don Juan Mari Brás que éste.

Loco, como la derecha puertorriqueña lo retrató hasta demonizarlo como un hijo postizo de Fidel Castro (recuerdo un volante que la avanzada del PNP de Bayamón dejó en los buzones de mi urbanización, con una foto de Mari Brás, Gallisá y Rubén, cual entes malignos, advirtiéndonos de la hecatombe que ellos tres representaban para Puerto Rico): comunista, antiamericano y, lo peor de todo, solidario.

Loco por fundar movimientos, partidos, congresos; por apoyar a los estudiantes y a las mujeres; a los movimientos antiimperialistas del mundo entero; por viajar con rumbo incierto por la Europa socialista para buscar apoyo internacional al caso de Puerto Rico.

Loco, como lo llamaron en algún momento en el PIP por sus posturas de extrema izquierda, en nada cónsonas con el socialismo puertorriqueño "light" que pretendían profesar los líderes de ese partido.

Loco por querer llevar a cabo "experimentos jurídicos" inteligentes y creativos para así retar los límites de nuestra enredadera colonial.

Loco por sensibilizar la lucha revolucionaria sin el vacío de la venganza ante el vil asesinato de su hijo, Chagui.

Loco por buscar la convergencia y la unión independentista.

A Juan lo enteraron el domingo en su Mayagüez del alma a sus 82 años. La única vez que fui a su casa, hace tres años, él se bajó de la Pathfinder verde que manejaba y nos enseñó a mí y a Rafy Anglada la espectacular vista desde la loma donde situaba su casa: abajo y tomando todo el horizonte frente a nosotros, se encontraba destellante por el sol de las tres de la tarde el Canal de la Mona, ese brazo de mar que nos unía con el resto de las Antillas.

Desde la muerte de Mari Brás, sin embargo, la vista ha cambiado. Antes que él, Lolita se nos había ido y el resto de los líderes del independentismo de la vieja guardia en algún punto, más temprano que tarde, también se van a ir. Pensaba en esto y escuchaba los llamados a la unidad independentista de Juan Raúl al lado del féretro de su padre. Recuerdo la habladuría que surgió luego del fallecimiento de Lolita; recuerdo los intentos, los gritos, más bien, de diferentes voces del independentismo de que hacía falta la convergencia, el marchar juntos, todo esto, luego del ajusticiamiento de Filiberto en 2005.

Estamos en el 2010 y me pregunto, ¿cuántos líderes independentistas más hace falta que mueran para lograr la unidad tan deseada?

Días antes de la muerte de Mari Brás el PIP ya le había declarado la guerra al nuevo movimiento soberanista, el MUS, inclusive, antes que el mismísimo PPD reaccionara (todo luce indicar que los populares han preferido ignorarlo ante la torpeza de definirse ideológicamente entre ellos mismos). Y cuando se nos murió otro patriota más, el Juan Rául esgalilla'o y lloroso pidiendo ante la plana mayor del independentismo la unidad, el resultado más patético y bochornoso, la única respuesta a ese llamado fue una sonrisita falsa del líder verde.

Mucho ha cambiado el paisaje desde aquella tarde de hace tres años frente al Canal de la Mona. Estuvimos en su casa reunidos para trazar parte de la estrategia internacional de cara a una nueva ronda de audiencias ante el Comité de Descolonización. Inspirado por el trabajo y gesta de grandes abogados como Mari Brás, Noél Colón Martínez, Wilma Reverón y Rafy Anglada, decidí entrar a la Escuela de Derecho en 2007. Este agosto me gradué y ayer, en los pasillos de esa misma Escuela, mientras hablaba con un compañero de segundo año sobre la muerte de Juan Mari y la unidad independentista, él, sin tapujos, corrigió mi pregunta sobre cuántas muertes más harían falta y me dijo: "Para que se una el independentismo, todos los líderes atornilla'os se tienen que morir". Desarmado y reconociendo la verdad de su aseveración, no me quedó otro gesto más que sonreír.

sábado, 21 de agosto de 2010

Museo

Una sola foto es la que siempre basta.

No es nada nuevo eso de que una imagen vale más que mil palabras. Lo nuevo es soñar con rehacer la vida misma luego de ver esa foto junto a todo el bagaje de palabras desperdiciadas sobre la larga marcha hasta llegar a esta noche. Palabras antiguas enunciadas para quererte mejor, para hacerte mejor, para decirte que eras maravillosa y que podías serlo más aún. Y sabiendo que eras visual jamás te enseñé una foto parecida a esa con la que me topé hoy gracias al Facebook y su justicia cibernética.

La culpa de no habértela enseñado fue de la total confianza que siempre le he tenido a las palabras y a nada más. A notas como estas que de tan pesadas no pueden tomar vuelo en postales y cartas como antes. Me circunscribo a la nueva realidad de la vida social: el teclado, la pantalla, las fotos, videos y duplicidades para el trending.

Pero este blog no tiene una escala de popularidad. Mis intentos por entenderte y entenderme tampoco. De locura tiene mucho, pero no de la que se vocifera por estos espacios. Es una locura más bien pedestremente literaria (mis autores peruanos y sus fastidiosas novelas de desencuentros que me hacen imaginar cosas a lo Burroughs en Naked Lunch). No veo, escarabajos ni ciempiés gigantes, te veo a ti y luego a mí envuelto en una histérica nube de números y fechas y lugares. Sí, esos son los animales (más bien las visiones) que no me dejan dormir. Es un padecimiento que también muestra el siguiente cuadro: hacer cosas sacadas directamente de los libros y no de la realidad. A todas horas construyo un país de páginas que se extienden interminables hacia confines imaginarios tal y como Borges (el real y el del parque) lo hubiesen querido. Y a todas horas no sé en qué coordenadas colocarte.

Esos números monstruosos relatan la estúpida idealización de este amor ¿imposible?

Que no me podías esperar (me dijiste la última vez) y yo entonces me tiré a a cruzar ríos sin importar los golpes de agua, las piedras, las lluvias y sequías para acercarme más a tus distantes orillas. En ese recorrido he hecho de (casi) todo y tú has girado como los girasoles en un clima como el nuestro de nubes y sol, de lluvia y calor, de polvos y brumas.

Hasta que vi la foto que ha desencadenado este largo murmullo.

Tu rostro en la foto con esos espejuelos que estuvieron contigo cuando andabas por España y que ahora, luego de todos estos años, siguen ahí sujetándote una mirada que nunca toqué; esa eterna mirada retratada e ignorante de todo lo que podría desencadenar. Estas visiones. Estos vuelcos por el suelo. Estos fuegos artificiales tardíos.

En ella estás mucho más joven que ahora; más viva, con tus ojos grandes y abiertos, esos que nunca te conocí. Puedo atisbar muy pocas, poquísimas, las razones por las que has perdido esos ojos, porque estaban cerrados, de por qué la mirada te luce en un naufragio permanente, pero no las repetiré por aquí.

Yo, claramente, debo abrir más los míos para no seguir enamorándome de las fotos de tus vidas pasadas.

jueves, 12 de agosto de 2010

Colors Magazine

Esta revista me fascina. No son sus fotos, el tamaño grande de sus páginas, o la rica delicadeza con que sus diminutos textos siempre son bilingües. Es el papel en que esta revista se publica; son las ideas que expresan los encargados de traernos un tema diferente para explorarlo desde diversas visiones. Colors destella creatividad y te inunda la mente con nuevos pensamientos, en su mayoría raros y qué bueno que así sea.

El sitio web te permite registrarte para subir tus propios trabajos que luego podrían ser escogidos para su publicación final en la revista. Es más, si les gusta lo que inicialmente escriben, van tras ti y te pagan para que alargues tu idea. Tu viaje. Tu pasión. Tu lo que sea.

Algunas ediciones de la revista "aumentan tu realidad" a través de la tecnología de augmented reality, logrando así que puedas abrir la revista frente a tu webcam, ésta lea una foto y puedas acceder a más contenido a través del Internet. Las revistas son, desde hace ya mucho tiempo, objetos-artefactos: únicas, impredecibles, controvertidas, pero honestas, con un sentido de humor sardónico y sencillamente hermosas.

Parte de la compañía italiana United Colors of Benneton y producto directo de su laboratorio de ideas, Fabrica, Colors es mejor que cualquier droga y, a veces, hasta mejor que un viaje.

No hay badtrips. Sólo puro desenfreno creativo.

Chin-chin.

Luis Ponce Ruiz no es un agente ni recibe remuneración ni está relacionado de forma alguna con Colors Magazine, Fabrica o Benneton. Claramente desearía que fuera todo lo contrario. Coño.

martes, 3 de agosto de 2010

Cuando no quise escapar

Cuando la Olga me condujo a su ciudad me pareció entrar a un escaparate de 1980. Por lo de escaparate no te ofendas. Todo lo contrario, me sentía emocionado, no tan sólo por que estaba en presencia de tu pasado –los libros amontonados por los años, las fotos de tu familia, el maravilloso afiche de Lautrec-Toulouse, las medias multicolores– sino por el olor de tus cosas que me hacían recordar mis veranos en París. Porque París es todavía tierra de escritores, Olga. El estado francés ha hecho de la patria de Apollinaire y Verlaine un elefante lento y pesado, pero todavía conserva ese inquietante vaho –como el del Sena en las madrugadas– que emboba y seduce a cualquiera. O por lo menos en mí tenía ese efecto y sé que en ti también lo tendrá cuando hagas lo propio y visites a París.


Lo propio en este momento es dejarme que me cuentes tu pasado. Yo escucho mejor de lo que hablo. De hecho, no me hagas caso por mis intentos de llenar los silencios. Mejor habla tú que has vivido más que yo.


A mí me falta hacer tantas cosas. Vivir en Madrid. Permanecer tres días sin dormir en el Carnaval de Río. Subir a lo alto de un edificio con una enamorada y decirle que si en este preciso momento un avión se nos viniera encima y derrumbaba esa torre gemela del tiempo moriría feliz. Me faltan por decir muchas cursilerías, Olga, de adornar mi vida de clichés porque, ¿acaso eso no es lo que hace la gente normal, la gente que ama? Decir por ejemplo: me gustaría que tú fueras esa enamorada y no morir en lo alto de un edificio sino de hambre por querer ser escritor.


Me voy ahora. Los recuerdos han regresado. Y me digo tantas veces lo mucho que se me parece esto a tantos otros encuentros fallidos porque en aquel entonces, como ahora, me rehusé a repetir las cosas que la gente siempre dice. Te las dije diferente y bien que las entendiste, pero nos mantuvimos afianzados a nuestras orillas, alejadas por diez leguas australes, que ninguno de los dos osó acortar. Mi esperanza es que en algún momento osemos caminarlas.


(Escrito en mayo de 2007).

jueves, 29 de julio de 2010

Transparencia

Ayer pude pensar en nada mientras veía la tarde caer en el parque. Como nos enseñaron en los grados primarios, ver es muy diferente a observar: yo sólo tenía los ojos abiertos, el rostro posicionado en la misma dirección de hacía ya un rato y, de repente, mi mente se abrió en una veloz transparencia (que es el color de la indiferencia y, por eso, también de la nada).

Llevaba años intentando no pensar en algo, pero fue en este último año que la fascinación se volvió una obsesión. No fue hasta ayer, en uno de los pocos días sin lluvia de este mes que, sin buscarlo, ni pedirlo, ni llamarlo, llegó la transparencia. El tiempo obviamente no se detuvo, sino que las ojas empezaron a caer con una suavidad peculiar. Veía todo, lo reconocía, entendía todo lo que estaba ocurriendo justo hasta ese momento en que el mundo seguía igual menos yo. Había dejado de estar habitado por pensamientos, murmullos, por el más mísero aguaje de una idea graciosa o rara. No sé cuánto permanecí así, quizás fue un segundo, a lo mejor minutos, quizás, diez.

Salí del marasmo, de las aguas incoloras de la nada y me fijé finalmente en el niño y la niña que se habían sentado en el banco de en frente. Se tocaban las piernas en un tierno gesto de curiosidad. Empezaron luego a abrazarse y a tocarse el rostro; yo fui quizás el que le añadí alguna dosis de sensualidad, porque realmente no la había, la piel del otro era como la piel propia o un pedazo de papel en blanco o la superficie de una estatua. Terminaron con su juego, retomaron sus respectivas bicicletas y enfilaron hacia la fuente cercana al Tribunal Supremo.

Quedé reconfortado con la escena ya que hacía tiempo no veía a niños de tan cerca y, bueno, no tan sólo eso, sino la aparente inocencia con la que llevaban a cabo su juego. Los juegos de mi mundo tomaban otros caminos, muchas veces escabrosos, hacia ideas que buscaban engañar a la mayor cantidad de personas. El planeta, en vez de ser un parque, hacía tiempo era un campo minado por la complacencia. Por la mía, incluida también, porque me había cansado de buscarle soluciones, de buscarme soluciones.

Fue un buen ejercicio, aunque todo se complicó cuando vi a dos adolescentes sentarse en el banco de mi izquierda. Ella llevaba un trajecito de diseños geométricos, mientras el muchacho vestía de jeans y una camiseta. Los dos llevaban gafas y iPods. El muchacho, a todas luces, era yo en una versión mucho más joven y quien sabe si hasta mejorada. No llegué a escuchar lo que hablaban, pero estuvieron largo rato conversando, más bien discutiendo, y ya cuando las luces del parque se encendieron los vi levantarse e irse en dirección a la avenida Ponce de León.

No bien ambos terminaron de perderse entre los árboles, en el banco hacia mi derecha me senté yo, pero vistiendo una chaqueta y pantalones ajustados y con un cigarrillo entre los labios. Me veía bien; a lo mejor tenía mi misma edad, pero tenía una apariencia más bohemia, de pensador alternativo y no de académico trasnochado. Pasaron como unos cinco minutos hasta que ese otro yo se volteó y me miró. Luego me saludó de una manera diferente, un saludo que yo nunca habría hecho y me preguntó si estaba entretenido pasando mis horas largas en este parque. ¿Horas largas? Sí, me respondío, has estado unas cinco horas en este parque. ¿Qué es lo que se te ha extraviado? Era una pregunta que yo mimo me hubiese hecho, era clarísimo. La inocencia, dije, la necesidad de alejarme de todo, la solución a mis enredos. Creo, me dijo o, más bien, me dije, que has perdido la noción de tu tiempo. El que se ha extraviado eres tú: mírate.

La luz anaranjada de los faroles pintaban mis alrededores de sepia, pero al fondo de esta parte del parque pude distinguir a un señor grueso en sudadera que andaba apresuradamente con un palo en una mano. A pesar de que la oscuridad se precipitaba con más furia mientras más lejos intentaba mirar, noté el pelo blancuzco del señor y las grandes orejas.

Y ya cuando este señor estaba justo al lado de los faroles más cercanos de mi banco pude distinguir, como una vieja melodía, esa respiración tan fuerte (y bochornosa) que aprendí cuando, en mis clases de educación física, me enseñaron a inhalar y exhalar correctamente.

viernes, 23 de julio de 2010

Noche naufragada de verano

Los caminos no conducían a ninguna parte.

Luego de una difícil jornada estudiando y escribiendo bajo la llovizna incesante de estos meses (la isla se va a hundir, creo que ya alguien lo profetizó, tarde o temprano la isla se va a hundir más de lo que la hemos hundido), tuve que salir porque ya las paredes de mi cuarto no me podían contener. Salgo aunque llueva, me dije, y salí sin saber a dónde dirigirme.

Las ocho de la noche de un jueves mojado: el expreso abierto a sus anchas, vacío. El exceso de lluvia era el verdadero peligro, los charcos inmensos que te arrojaban el agua sobre el parabrisas y te hacían perder el control por unos instantes. Ya en pocos minutos me encontraba llegando a mi primer y único destino: Puerta de Tierra. Hacía medio año que no me metía por sus callecitas en busca del 'matecito', como una amiga argentina le llamaba a lo que le conseguía. Ya yo había salido de estas cosas y para nada extrañaba el viaje, ese alargar de la realidad hacia las profundidades de las percepciones más minúsculas, pero las largas horas de escritura me habían provocado algo mucho más intenso que una cura: echar ancla en el pasado.

Justo pasé por la esquina donde conocíamos a la familia que nos la vendía y me detuve. Apagado el motor, las gotas de lluvia chocaban con más fuerza contra el carro. Golpes que a veces parecían pedradas; una furia que comenzó por desesperarme y eso que no iba a comprar nada, cero. Permanecí estacionado con las luces apagadas y veía una que otra figura atravesar la columna de luz que se reflejaba contra mi guagua, proveniente de la única tienda que parecía abierta a esta hora. Dos personas me tocaron el cristal ofreciéndome lo que tenían: el famoso 'matecito' (que no era otra cosa que nuestra versión del nevadito, porque la yerba ya venía empolvada antes de rolarla), coca, pastillas y la cura, la más democrática de todas. No bajé la ventana para nada. Estaba allí para recordar a Romina y las huevadas que habíamos hecho juntos. Encendí las luces y partí en dirección a El Condado. Me imaginé caminando las calles oliendo a lluvia, a mar y a laguna a la vez, lo mejor de los tres mundos, pero en el último minuto desvié el guía hacia el expreso, no sin antes contemplar la idea de entrar por Miramar para llegar a Santurce y ver si algún friquitín seguía abierto para comerme algo. Cuando pensaba en lo que me quería comer ya era muy tarde y me había alejado de la ciudad sin ningún destino en mente. Estaba ya empezando mi camino de regreso.

La idea de volverme a Bayamón me había derrotado, pero nada parecido a pensar que luego de cinco años viviendo aquí no tenía ninguna puerta que tocar, nadie a quien visitar. No me iba a aparecer a casa de mis compañeros de estudios, era jueves, estábamos en finales y mi visita bajo esta lluvia sería más que inoportuna, inesperada y desagradable. ¿Y qué de mis ex novias? Pues ahí estaban, habían sido mis únicas amigas, las pocas que me habían abierto a otros círculos, a los músicos de la Calle Loíza, los artistas del Viejo San Juan, los teatreros encerrados en sus cuartos de la Ponce de León que vivían como en un hormiguero entre el Walgreen's y el Correo. Todas estarían perdidas en sus mundos que yo había desinflado por puro capricho, pienso a veces, o por miedo o quizás por eso de seguir dándole a la ruleta de la suerte y ver qué me deparaba en otros lados.

De novias, nada y de amigos tampoco. Jorgito estaba muy lejos y a esta hora no me iba a ir a buscarlo a los campos de Cupey. Max, coño, se ma había olvidado Max en La Perla, pero lo más seguro no iba a estar, ¿qué iba a estar él metido en su casa a estas horas? Además era jueves, día de carga y descarga.

Los relámpagos ya desbarataban la oscuridad del cielo y yo atravesaba la Kennedy. Antes de dejar Puerta de Tierra hacia El Condado, había pasado por el parque en el que solía caminar con Romina, como el así hacerlo nos transportara a Buenos Aires, a esa tarde de noviembre cuando nos tiramos en el césped a besarnos con ese descaro con el que se besan los porteños, con ese beso de "el país está jodido, lo más seguro yo también, pero no importa".

La beca que me trajo a Puerto Rico antes me daba para vivir cerca de la universidad, pero la beca era sólo para tres años y llevo cinco, por lo que tuve que alejarme cada vez más e invertir en un Honda destartalado que me resolviera donde el tren no podía, o sea, a todos lados menos a la universidad. El cuartito que rentaba estaba en el mismo centro de Bayamón, en ese cuarto donde Romina también estuvo, es más, ella lo estrenó conmigo cuando me mudé y pasó en él varios meses hasta que partió dejándome sólo una escueta nota diciéndome que me había amado, pero no lo suficiente. No sé, ¿acaso se puede amar y no hacerlo completamente? Pues parece que sí, Romina a mí me lo hizo y yo, quizás, se lo habré hecho a todas las novias que tuve después.

Me acercaba ya al peaje y seguía sin saber a dónde me dirigía excepto a casa. Pero no me daba por vencido, debía haber otro lugar a dónde ir; era como insistir por la puerta del regalo secreto en un programa de juegos. Al lado tenías la lavadora y una motocicleta reluciente, pero no, nada qué ver, ahí estaba ese inmenso signo de pregunta que podía ser cualquier cosa. Esta noche, cualquier cosa era mejor que regresar.

Pero regresé. Estacioné a una dos cuadras de mi edificio y empecé a caminar bajo la lluvia mientras me cercioraba que tenía las llaves conmigo. Todavía era temprano, pero el clima hacía que todo se viese más tarde, quizás la una o dos de la madrugada; como en el expreso, no habían carros circulando, eran los árboles, el asfalto, la lluvia y yo.

Subí hasta el segundo piso, abrí el primer portón, luego el segundo hasta caminar por el largo pasillo que conducía a mi cuarto. En este punto se me imposibilitaba ya encontrar la tercera llave para abrir mi puerta. Deseaba estar en todos lados menos aquí, de vuelta a la madriguera, a la cama de siempre, a la mesa de plástico que había apurado contra una de las paredes y que seguía de pie gracias a la torre de libros que sustituía a la cuarta pata perdida. Entré y no pensé que vería a Romina. Qué haces, le pregunté, cómo has entrado y yo no podía creerlo, me parecía que lo había imaginado todo, no era posible, Romina, te fuiste y ahora has regresado, ¿por mí o por más matecito?

No hubo respuesta, solo el nombre de ella escrito incontables veces sobre mis papeles, mesa, libros y paredes, y el rayo que cayó justo frente al edificio que me hizo arrojar el porro al suelo.

jueves, 22 de julio de 2010

Salseando en el Viejo San Juan

Jamás encontrarás el
amor en el placer
cronometrado de la cama.

Bailarás sobre la
fantasía de los
hombres y con
tus tacos harás
llover incontables
aguaceros sobre
tu pubis.

Los pasos dobles sobre
los adoquines hasta
tu depa no son
un acto de consideración:
es la búsqueda solitaria
por lo limitado: un quejido,
un grito nocturno
que terminan siempre
por plasmarse en tus cuentos
mas en ningún otro sitio.

Al final, eso que
piensas que es amor
no es amor.
Al final las cosquillas
no son caricias.
Las lenguas, los labios,
la carne y la saliva
no hacen un beso.

Buscas de otros,
buscaste de mí
pero siempre te
has buscado a ti misma.
Luego de todos estos años,
¿dónde estás que aún no
te puedes encontrar?

jueves, 8 de julio de 2010

Hoy estoy en La Acera

La segunda parte de mi crónica sobre la división racial en Washington, D.C. ya está disponible aquí.

Si tienen planificado visitar a la ciudad no dejen de ir al Busboys and Poets Café, en el barrio de U Street. Me impresionó su compromiso con el ambiente, la comunidad y la contribución que hacen a los proyectos educativos y de mejoramiento social. Además, su menú es interesantísimo con opciones vegetarianas y veganas. Y para los amantes de los mariscos, sepan que para la vez que estuve por allá le tenían un boicot a los fruits de mer canadienses al estos permitir la caza de focas bebé.

Lean. Comenten.

Por ahí viene la tercera parte de la crónica sobre gastronomía para que también coman.

martes, 6 de julio de 2010

Hombres barren el machismo del Capitolio de Puerto Rico

Abajo encontrarán el video de la barrida simbólica contra el machismo celebrado en la mañana de hoy frente al Capitolio de Puerto Rico, en Puerta de Tierra.

El mismo estuvo convocado por el Movimiento Amplio de Mujeres de Puerto Rico.

La Isla, colonia de los EE.UU. desde 1898, tiene la desdicha de tener una de las tasas más altas de violencia doméstica y crímenes contra la mujer en toda Latinoamérica.

Hoy casi 100 hombres dijimos basta en el mismo escenario de los hechos violentos del 30 de junio. Con mucha conciencia y respeto hacia la dignidad de la mujer.

Y con escoba en mano.


La tribu errante