martes, 22 de mayo de 2012

"I am a Director" en Kickstarter

Hoja de instrucciones para reir de nuevo

1. La cosa está tan pelúa que ya casi ni te ríes y quieres reirte (en serio).

2. Tener ganas de ver buen cine puertorriqueño.

3. Chequea el trailer de la película acá abajo:



4. Listo. Ya lo viste y te reíste hasta chocar con la pared o quedarte sin respiración. O ambas. (Si no te reíste, como quiera sigue los pasos 5 y 6 que se detallan abajo y aporta, no seas un amarga'o).

5. Ve a Kickstarter para que conozcas más sobre el proyecto.

6. Si te gusta todo lo que ves, no seas tímido (bueno, realmente, no seas maceta) y Pledge in! Con tu aportación le estas dando break para que este proyecto llegue a su feliz conclusión y sea una producción de alta calidad, de esas que tanto nos hacen falta en el cine puertorriqueño.


Psst, lo más bestial de todo es que I am a Director fue filmado como un mockumentary, tipo Spinal Tap, A Mighty Wind y, más recientemente, las alocadas pelis de Sacha Baron Coen. Yeah, made in Puerto Rico!

miércoles, 1 de febrero de 2012

"A veces los trabajadores humanitarios tenían poco de humanistas [...]

[...] pronto descubrió que la comunidad de expatriados --como solían llamarse los miembros de las organizaciones no gubernamentales-- estaba plagada de individuos excéntricos, amargados, tozudos y soberbios . . . Muchos de los cooperantes se veían como salvadores o mesías, seres excepcionales que merecían el reconocimiento (y de paso la sumisión) de las víctimas; otros parecían tomarse su estancia en lugares tan miserables y exóticos como los territorios ocupados --sucedía lo mismo en África, en el sudeste asiático o en Haití-- como si fuese una temporada vacacional que, además de proporcionarles entretenimiento, les permitía presumir su altruismo; unos más no se diferenciaban de otros burócratas y repartían la ayuda con la misma displicencia con que hubiesen llenado formularios en una aduana.

. . . le escandalizaba la apariencia y la actitud de algunos de sus colegas: llegaban al campo de refugiados en jeeps último modelo, rodeados de choferes y asistentes, vestidos como si fuesen a un safari, luciendo sofisticados sistemas de radio; hablaban un idioma incomprensible, trufado de términos ambiguos o eufemísticos --beneficiarios, países en vías de desarrollo, personas con deficiencias nutricionales--, atiborrado de siglas y abreviaturas ignotas. No era raro que los propios cooperantes se burlasen unos de otros y se inventasen nuevos nombres: SC (Save the Children) se volvía Shave the Children o Save the Chicken, MSF (Médicos sin Fronteras) devenía Médicos sin Futuro, ACF (Action contre la Faim) se transformaba en Action contre les Femmes o MDM (Médicos del Mundo) en Médicos de Mierda."

-Jorge Volpi, No será la Tierra
(2006)


lunes, 30 de enero de 2012

Ese rico temblor de vida

Siempre me pregunto, ¿a qué habré venido al Perú?

Esta madrugada fácilmente pude haberme convertido en papá. Pude no es el mejor verbo, mejor 'podría', ya que todavía cabe la posibilidad de que pueda convertirme en uno y por eso le escribo estas líneas a ese hijo o hija que hoy he podido concebir. Le escribo porque tenía miedo pero ya no. No tengo temor. No. Ni que la mujer que amé este madrugada sea su madre. Ni nada de eso. Me siento feliz de que exista esta posibilidad --de que un impulso me lleve a escribir esta nota, mientras me tomo el primer café del día, una hora después de que ella se haya ido-- en este universo que me ha tocado habitar y que otro ser humano vaya a unir irremediablemente nuestras vidas. Para bien (este no es el momento de pensar en el mal).

No me asusto. Más bien me siento tranquilo, como si mi suerte dependiera de un juego en las que no tengo la oportunidad de perder. A salvo puede ser una mejor frase; vivo, un mejor verbo.

Ser o no ser padre y partir de la inexperiencia. Se acerca el fin de una era, unos años y el comienzo de otra en la milenaria Lima que nunca cesa. Como el torpe impulso de reproducirnos por algo que llamamos amor.

Muy consciente estoy que un nacimiento no es otra palabra más. Pero como Ribeyro, que solo podía ver la realidad a través de sus cuentos, ahora solo veo mi realidad mediante palabras. Otra palabra más que seguirá a muchas otras y que desembocará (si no es ahora, será en alguna otra zanja del tiempo) en un nombre.

Un ella o un él.

¿Habré venido a Lima para ser papá?

domingo, 8 de enero de 2012

Mirar a Miraflores II - 2.2, 2.3 y 2.4


II. Sanguchito para continuar

2.2

Rebuscamos por los anaqueles y mesas de las cuatro o cinco librerías miraflorinas que entramos. Yo recordaba el momento en que nos habíamos conocido hace ocho años en la biblioteca de nuestra universidad. Los dos nos encontramos en el punto donde la literatura nos hermanaba como peruanos: Mario Vargas Llosa. Ambos queríamos leer algo del escritor arequipeño porque estábamos cansados del inglés. El tomó Conversación en la Catedral y yo, La tía Julia y el escribidor lo que, semanas después, luego de habérmela terminado empecé a decir Varguitas (como, por ejemplo, "ese Varguitas, es un maestrazo") cada vez que me refería a él en las discusiones que solía tener con Rabel y otros amigos. Ese día yo no buscaba libros de él ni de otros autores del boom y no es porque ya Varguitas (¿ven?) no siga representando lo que fue. Es que una vez descubres la lectura, el afán es de continuar haciéndolo e ir probando nuevos mundos o más bien, acariciando pieles --porque la palabra siempre es como una piel-- es una tentación difícil de evitar, por lo que las lecturas iniciales, aunque les guardas cariño, no te provocan como las fronteras de nuevos o desconocidos escritores. Ahora yo realmente me dedicaba a buscar la forma de perder a una mujer. Escuchaba a Rabel pero pensaba en otra. Buscar el olvido es una actividad sublime. Y yo lo hacía de esta puertorriqueña que me hacía pensar en Cortázar con amor y no con la indiferencia que siempre lo había tratado. Entrar a las librerías era excusa para probar si realmente me había olvidado de ella y de lo atrasado que estaba en mi afán de publicar. Me sentía perdido: 30 años y ningún libro. Ninguna reseña ni placer de ver, tan siquiera, el cortísimo nombre mío en la cubierta de un cuaderno perdido entre títulos de verdadera importancia. Mi nombre solo al lado de las fotos de mis comidas, de mis status de Facebook, de mis míseros tweets. Mi nombre solo al lado de un amor que nunca quise que fuera. Solo así podía olvidarla: enumerando mis fracasos, lo que me parecía, muy en el fondo, algo divertido.

2.3

Días después, me comí dos sánguches en Mientras Tanto, un local improvisado sobre la Avenida Grau en Barranco para pasar la tormenta desatada entre los herederos del fallecido Juanito, nombre también de uno de los bares más emblemáticos de este distrito y de toda Lima y centro de la controversia. Un bar tradicional en los que se evoca, cada vez que uno entra, un brillante recuerdo colectivo que siempre se ve más lúcido a pesar del polvo y de los años.

Fueron dos los sánguches de esa noche: uno de jamón del norte (cuya sutilezas se me escapan cuando tengo que compraralos con los otros jamones que lo acompañan en las vitrinas de toda bien respetada sanguchería peruana) y el otro de asado (improbable no pedir uno de estas belleza: la versión peruana de la boricua carne mechada). Fueron sánguches fríos, de carnes guardadas sobre el mostrador, detrás de un cristal, a la temperatura fresca de las calles barranquinas. En la TV estaba el juego Perú-Paraguay de las clasificaciones mundialistas. Cusqueña helada a pesar del frío (esto era principios de octubre en un año en que el frío no quería despegarse de Lima, adherido sin tregua sobre la ciudad hasta el verano, como todo un Lucho Ponce y su comida) y a pesar de estas carnes desprovistas de calor pero inmensamente sabrosas. La diferencia con otros tipos de sánguches similares redundaba en el pan: óvalos levemente crujientes en el exterior y suaves por dentro, a pesar de la noche.

Era un viernes, Barranco y yo. Sánguches sin queso, fríos, y una Cusqueña: Barranco en octubre. Llevaba ya unas semanas de vuelta al papel del extranjero (quizás el mejor que me queda). Sin compañía, por supuesto, manoseando a Lima sin guante ni lubricante. Recorriéndola sobre su truncada columna vertebral, el Metropolitano, financiado gracias al Banco Mundial y que ahora pasa por la misma ruta que alguna vez tomara el tranvía (tan ineludible de la memoria de mi papá) hoy largamente desaparecido desde 1965.

Afuera de Mientras Tanto, aunque el mar no estuviese justo en frente del negocio, su sabor y olor se había quedado con las callecitas barranquinas. El vaho marino era como un manto sobre mi cabeza. Vaho que me acompañó dos semanas después, esta vez a Miraflores.

2.4

Horas antes, si mirábamos a los condominios que uno por uno se levantaban, como hongos, sobre el cielo miraflorino --y sobre las antiguas casas señoronas que alguna vez ocupaban esos espacios) hubiésemos visto la humedad del mar, como un humo blanco, espectral, enredándose sobre los balcones. Rabel no me acompañó esta vez. Más bien caminaba junto a una nueva amiga, Lupe. Nos internábamos por las calles residenciales de Miraflores para dar con El Enano, una juguería y sanguchería en la esquina de la Arica con la Chiclayo. 

Había visitado el lugar antes, pero cuando esa primera vez escuché el nombre, rápido lo asocié con la palabra chaparro e, irremediablemente, con la comida mexicana. En aquella ocasión, mientras me acercaba al lugar, todo --la localización a modo de 'L', toldos verdes guareciendo a los comensales que se sentaban sobre sillas altas de bar, atornilladas al piso; el menú escrito en tablas enmarcadas a lo largo del borde superior de las paredes  y la tipografía del nombre-- me hizo acordar de algunas de las taquerías de Puerto Rico que se encuentra al borde de las carreteras. Creía que mi intuición estaba errado hasta que, luego de leer la totalidad del menú, pude comprobar que luego de la larga lista de sánguches (fácilmente unos 20 ejemplares distintos), proseguía la pequeña e improbable sección de enchiladas y tacos. Con el honor en alto, pude comprobar que las trampas asociativas de mi mente no habían fallado. Capaz el dueño, el famoso enano, era mexicano. Pero no, el triunfo sirvió de poco. El Enano era peruano y como tal poseía un cruel apodo a la peruana enfocado en su debilidad más evidente: el hombre era, según me han contado, un verdadero enano.  Esta persona trabajó por varios años como encargado de la bodega de enfrente y siempre quiso hacerse de la esquina que todos los días, tardes y noches veía al cruzar la calle. Ese lugar que hoy es el lugar que muchos limeños llaman la "mejor juguería del mundo". Y sanguchería puede que también, pues, ¿en qué otro lugar sino en el Perú las a veces relegadas hamburguesas entran a la carta de los sánguches sin miramientos? Ahí están, algunos dirán, rebajadas, agolpadas, contra otras especies de sánguches, pero yo creo que se les hace un favor enorme. Tan enorme como la hamburguesa hawaiana (con dos rodajas de piña levemente glaseadas) que tuve que comerme y que he seguido recordando con mucho cariño. Sino, pregúntenle a Lupe.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Mirar a Miraflores II - 2.1


II. Sanguchito para continuar

2.1

Sanguche. Voz popular peruana utilizada para nombrar lo que me meto en la boca en estos momentos. Pan francés que parece un culito (redondo y con una hendidura que atraviesa su circunferencia) y varias ruedas de un asado de res en su salsa. El sanguche en sí son solo dos cosas: el pan fresquecito y el asado tierno, cálido, que me hace sospechar de la casa arruinada del quesero y así saber que hay sanguches que van por esta vida sin queso, que en el Perú abundan y llegan a ser increíblemente deliciosos.

Todo esto lo pienso mientras hablo con mi amigo Rabel sobre los ritos religiosos de comunidades no cristianas. Un tema de conversación más que aptísimo para poder devorarme mi sanguche, como si hablar de las extirpaciones de órganos sin bisturí, las operaciones a largas distancias y el sacrificio de animales me abriera más el apetito. Documentado estaban todas estas hazañas, han ocurrido, como los monjes que hacen fuego solo con sus manos. El Perú está lleno de sucesos parecidos, no lo dudes, decía Rabel mientras veía con parsimonia el fin de mi sanguche. Momentos antes lo había visto terminarse una dieta de pollo, Luis, ando mal del estómago como bien sabes, ni cagando me podría meter uno de asado. Lo veía tomar su sopa mientras el hambre intentaba desgarrar las paredes de mi estómago. Órgano vital. Hace una semana que yo estaba en la misma situación. Una enfermedad estomacal que más bien era un eufemismo para describir el flujo imparable de mierda a través de la apertura irritada de mi ano. Hace una semana no hubiese podido, por ejemplo, comerme el sanguche de asado, ni la salsa cremosa de rocoto que le unté a los últimos bocados de mi cena.

Más temprano habíamos salido del Haití. Nunca pude escuchar de qué hablaba el gordo y su acompañante ni en qué podía estar pensando el flaco de mirada ingenua, de gestos nerviosos que a cualquier bocinazo de la calle se colmaba de miedo (era su cara y yo quizás pondría la misma si mi vida dependiera de esa persona que está a punto de entrar a mi vida por la puerta del Haití). Salimos con la idea de recorrer las librerías miraflorinas. Un mejor plan hubiese sido recorrer las librerías de segunda mano del centro de Lima, por el Jirón Amazonas o Quilca, pero ese viaje será para otro día, me lo prometió Rabel, es que hay que ir con más tiempo, haciendo referencia a la maldita leyenda urbana del Centro que, durante la noche, se convierte en un campo minado de ladrones y de putas que aún saben hacer el amor con dulzura.

martes, 11 de octubre de 2011

Mirar a Miraflores I


Ahora resulta que Miraflores soy yo. Lo escribo con la mayor humildad que caracteriza a aquel que se nombra a sí mismo a un puesto imaginario o, en el mejor de los casos, al que se reconoce en la locura de un acto natural de apropiación.

Yo soy Miraflores porque camino sus calles, le pregunto a sus habitantes, busco en su historia para saber por qué es una ciudad heroica, y me trepo en sus taxis y micros. Rodeo sus esquinas con la esperanza de toparme con algo no nuevo (pocas cosas son nuevas en Lima), sino desconocido.

Yo soy Miraflores porque hay mar y no porque me crea un monarca absolutista cuando escribo: ¿y qué es un mar sin su sol? Soy también sol. Caribeño. Antillano. Pero un sol para mí mismo, puesto que saco de las sombras a una ciudad transitada hasta el cansancio.

I. Café para empezar

Son las cuatro de la tarde y me doy el lujo de soñar con un capuchino. No estoy ni en Italia ni dentro de un escaparate para que la gente juzgue mis gustos. Lo pedí porque es el café más grande y el que más me durará mientras espero porque, en el principio, sí, esperé (y a mí me gusta esperar. Mucho.)

Espero y saco la Moleskine y este bolígrafo con que escribo. Pido el capuchino y me pongo a ver a la gente pasar por la vereda de en frente. Adentro, el Haití aguantaba las mentiras de sus comensales, las exageraciones de sus vidas, sus sueños imposibilitados de realizarse. Adentro, en el café, el tiempo se vendía más barato que un postre.

A través de las ventanas del Haití
http://www.wikilima.com/mediawiki/index.php?title=HAITÍ,_mucho_más_que_un_café

Por las ventanas atisbaba a ver a un Parque Kennedy poblado de jóvenes que salían de su primer trabajo para ir a su segundo. En esa espera, el celular era el objeto omnipresente en cada mano, en cada oreja. Los que se paseaban frente al Haití, más bien, fijaban su mirada a un horizonte escondido por las edificaciones de la ciudad (al final del acantilado sobre el que está construido una parte importante de Lima, está el Pacífico) o, tal vez, a la misma acera por donde caminan para evitar tropezarse con un hueco, una piedra o un charco de agua sucia. La rapidez con la que caminan me hace pensar en seres automatizados e insensibles, máquinas que se dirigen a su destino por un imperativo mayor y no por una decisión íntima.

Yo, automatizado, también escribo. Y observo. Primero, sin prestar mucha atención al gordo que está sentado a mi lado derecho o al flaco sentado a mi izquierdo. Cuando el mozo llega con el café, torpemente alcanzo a pedir una botella de agua con gas. Torpemente, escribo, porque a pesar de yo ser Miraflores, de ser un sol, mi voz sale como un gesto neonato; mis palabras, como sílabas sin pólvora.

La fugaz hermosura de un verso que nos cambia la vida.
http://elcomercio.pe/lima/725634/noticia-cambia-casa-virrey-deja-san-isidro-se-muda-miraflores

Mi espera es por un amigo que conocí en 2003 en una biblioteca. Otro escritor más que apuesta por las cosas menos concretas de la vida: la fugaz hermosura de un verso que nos cambia la vida. Y antes de que llegara el agua, mi amigo poeta me saluda desde la calle y hace su entrada absurdamente triunfal al café más icónico de Miraflores, con su sudadera puesta y su cara descompuesta como la de un enfermo terminal.

De esta forma ha comenzado mi primavera austral.

(Continuará...)

martes, 30 de agosto de 2011

La ciudad había desaparecido (fragmento)


Todo ocurrió en unos pocos minutos, luego de haber sacado los platos principales. Me acerqué a la mesera de rizos color cobre y le pedí que necesitaba su ayuda en la nevera de la cocina. Una sorpresa que me gustaría regalarle a los comensales, le dije, sonriente, sin soltar una mirada que diera a entender mis motivos ulteriores. Sus brazos, que estaban cruzados sobre su pecho, se reacomodaron a ambos lados de sus abundantes caderas. Las pecas pardas que estallaban en su rostro casi se perdían ante la sangre que se le agolpaba en las mejillas por la confusión que le causaba mi pedido. No te preocupes, le repetí cuando ella aún no salía del asombro de mis instrucciones. Añadí que su ausencia en el comedor no se notaría porque la gente en este tipo de galas suele comer muy despacio, si acaso lo que hacen es probar un poco los alimentos para luego atragantarse de vino y con el Châteauneuf-du-Pape que había, se iban a demorar una eternidad. Este último comentario la calmó y supo que su superior del piso no le reprocharía su insignificante ausencia

Atravesamos rápidamente la cocina, donde mis sous chefs se esmeraban por finalizar los últimos platos y empezaban con los postres (tenían todos los ingredientes cerca, minimizando cualquier visita a la nevera), hasta conducirla al rincón menos visible y más fresco del inmenso refrigerador donde conservamos los mazos de albahaca, menta, tomillo y eneldo. Ella estaba expectante, su suave respiración llegaba a mis oídos y la leve colonia que estaba de moda entre las mujeres jóvenes se me anidaba sin perdón en la nariz y el paladar, mezclándose con el aroma de las hierbas que ya comenzaban a arroparnos.

En este punto me deshice del delantal, me bajé la cremallera y, con mi sexo enhiesto y ya húmedo, lo empecé a frotar contra su ropa. Le ahogué un pequeño grito con la mano. En sus ojos verdes (¿lentes de contacto a lo mejor?) parpadeaba el temor que luego fue sumiéndose en una molestia para, finalmente, terminar en el inconfundible destello de la sorpresa y el gusto.

Horas antes, mientras repasaba con el equipo de meseros el orden de los platillos y los vinos, había atisbado las formas de esta joven. Kathy decía la pequeña tarja que prendía de su chaleco blanco. Kathy y sus finos rasgos acentuados por el maquillaje que llevaba, sus pechos que descendían a través de la ropa ajustada en una curva graciosa, creando así un triángulo junto a la entrada trigonométrica de sus muslos en el encuentro con su pubis. Los milagros de la lycra en Kathy y sus rulos rojos, desafiantes, sus manos pequeñas y esa boca diminuta que, estaba seguro, guardaba los sabores de una especia desconocida.

Desde ese momento no me cabía duda que tenía que estar más cerca de Kathy. Impulsado por ese deseo, y una vez excusado los meseros de la cocina, puse a enfriar una botella de crema irlandesa en la nevera, entre las hierbas aromáticas, en se rincón de la nevera donde ya, a la hora del postre, nadie se asomaría. Y allí estábamos ahora: yo le plantaba pequeños besos en su cabello y de vez en cuando bajaba a su tierno cuello, a ese poco de piel que se podía acariciar sobre la vestimenta que la obligaban a utilizar. Mientras mis labios se mantenían a esa altura, mis manos no aguantaban derrotar las defensas del lycra para alcanzar los vellos de su pubis (¿serían tan rojos como su cabellera?). Al lograrlo fue como barrerme a las orillas de una playa hermosa: empecé a construir un castillo de arena, a hacer canales, trampas, a diseñar el puente levadizo hacia su interior.

La recosté sobre las bolsas de menta y tomillo que estaban más cercanas y me coloqué en sus manos para que chupara. A pesar de la temperatura más baja del refrigerador, me mantenía palpitante, derramando un constante río de almíbar transparente que ella, luego de recorrerme con su mano izquierda, no dudó en probar. Al contacto con su lengua, supe que no había errado al adivinar la intención de su mirada cuando le explicaba la composición de los aperitivos: era una devoradora de glandes calientes, rígidos, duros como un calabacín. Me batía contra la punta de su lengua y las paredes de su diminuta boca. A veces jugaba bruscamente con su dedo pulgar sobre el punto más indefendible de mi miembro, donde comprobó su textura resbaladiza y la vida que tomaba por su cuenta ante mis suspiros de angustia y placer. Cuando repitió este juego dos veces más, le agarré la mano y sin su interferencia me empujé hasta llegar nuevamente a sus labios. No tuvo otra opción que abrir la boca y yo de acordarme de la crema irlandesa: allí estaba, debajo de la albahaca, casi a la altura de los rizos de Kathy.

Tomé la botella y, mientras la abría, le indiqué que me soltara y tomara del licor. Le alcancé un sorbo y luego hice lo propio. Le pedí que tomara otra vez y a la tercera le indiqué que no se lo tragara completo, que dejara un poquito, lo suficiente para que pueda tragarnos los dos a la vez.

El ardor que encontré en su boca me despertó del letargo del placer en que estaba sumido. De una de las esquinas de su pequeña boca se deslizaba un hilo de líquido que recorría su cuello hasta llegar y manchar su chaleco blanco. En ese instante, ninguno de los dos nos importó, no había razón alguna, ambos estábamos embriagados y yo me acercaba diligentemente a sumarme al coctél que ella tragaría.

Cuando el orgasmo llega, no logras comprender los sonidos que escuchas. Cuando llegué no escuché mis gemidos, ni los relamidos de Kathy; tampoco sentí el rumor del motor del refrigerador, ni los platos en la cocina. Era normal, me dije, pero cuando me recompuse y ella comenzaba a mirar con preocupación lo sucio que estaba su vestimenta, me empecé a desesperar por el silencio que nos circundaba. Me subí de un solo movimiento los calzones y el pantalón y salí apresuradamente de la nevera.

Habían transcurrido unos cinco minutos: ahí estaba el gran reloj digital indicando la hora sobre el marco del pasillo que conectaba la cocina al salón. No había nadie. Mis cocineros se habían ido, los postres estaban sin terminar, una que otra sartén y olla tenían sus interiores quemados. En el gran salón del hotel, la orquesta había desaparecido, las mesas estaban deshabitadas, varios pares de zapatacones permanecían tirados sobre la alfombra y las pieles que traían las señoras de sociedad se encontraban en los espaldares de las sillas, huérfanas de hombros y del flash de las cámaras. Sin duda algo serio había pasado, ¿pero qué? Mi rostro tuvo que estar tan destemplado, reflejando quizás una terrible escena sacada de alguna película maldita de Buñuel, porque tan pronto Kathy salió e hizo contacto con mis ojos empezó a llorar.

Luego nos enteramos que todos habían salido hacia el vestíbulo del hotel. Allí algunos trataban infructuosamente de comunicarse con alguna persona de la ciudad. Otros, entre los que reconocí a algunos políticos y abogados con ínfulas de intelectuales, entraban en arduas discusiones sobre lo que podía haber pasado y los efectos del calentamiento global. Muchas señoras de sociedad, sin sus pieles claro está, se habían desmayado y el reducido personal médico de la hospedería trataba de enfrentar la situación valientemente ante los gritos de los esposos. Ya habían rumores de ahorcados en las suites y de gente que se había lanzado desde sus balcones lujosos.

Yo solo presentía que el fin no tardaría en llegar.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Inspiración cervecera: "The Roundtable of Beer"



Escribo esta primera columna mientras me tomo una de las últimas adquisiciones de Craft Beer Distributors de Puerto Rico: la Kurofune Porter de la primera cervecería artesanal de Japón, Baird Beer. La etiqueta de esta Porter (que todavía no ha salido a la venta al detal) dice que Kurofune significa en japonés “barcos negros”. Este fue el término con el que los japoneses bautizaron a la armada estadounidense cuando, en 1852, llegó a la bahía de Tokio para forzarlos (a punta de cañón, claro está) a comerciar con occidente. La cerveza es una Porter suavecita, con notas muy tímidas a chocolate y café negro en el posgusto, con un leve sabor a ese caramelo medio amargo con el que se hacen los mejores flanes.

Hace dos años, conseguir en Puerto Rico la
Kurofune o la Paulaner Hefe-Weizen (Alemania, cerveza dorada de trigo y refrescante, sin filtrar con sabores que van desde guineo dulce hasta cítricos) que acabo de abrir era una misión imposible. Sin embargo, el 2009 fue el año en que, tímidamente, comenzaron a llegar los cargamentos que han desatado la llamada revolución de las cervezas artesanales en la Isla.

El movimiento de la cerveza artesanal ha tomado a muchos por sorpresa, mientras que a otros -incluyéndome- ha sido una bendición que más bien se había tardado en llegar. Finalmente, los boricuas estamos expuestos a una variedad cervecera que fluctúa entre lo diferente y lo impresionante. En esta última categoría se encuentran dos establecimientos: Palmas Station en Cataño y La Taberna Lúpulo en el Viejo San Juan.


El sábado 13 de agosto se celebró en Palmas la primera Mesa Redonda de la Cerveza, en donde cinco degustadores (dos mujeres y tres hombres, todos blogueros de
La Acera) probamos un total de 13 cervezas diferentes. Este foro de apreciación lo formamos un grupo de aficionados a la cerveza y nuestro plan no solo es continuar con estas degustaciones, sino extender el círculo a más participantes. En unos pocos días podrán ver en La Acera (
en Twitter @LaAcera) la crónica completa, junto a nuestros comentarios a cada una de las cervezas y las fotos de los que participaron de este primer encuentro.

Para que vayan calentando sus motores cerveceros, abajo incluyo mis cinco cervezas favoritas de las 13 que probé en la Mesa Redonda, junto a sus respectivas descripciones y contenido de alcohol por volumen (entre paréntesis). Prost!

1. St. Feuillien Cuvée de Noël (Bélgica). Como bien indica el nombre, esta cerveza es para celebrar la época navideña. De todos modos, su aroma a especias (clavo, canela y malagueta), y sabor dulce ahumado, semejante a la melaza de caña, hacen de la Cuvée Noël una rica incursión al complejo mundo de las cervezas belgas. No te asustes por los sedimentos suspendidos en el líquido: es muestra de que la cerveza está viva y en constante transformación. Tampoco le temas a la espuma ya que es ahí donde se concentran los aromas más llamativos y peculiares de ésta y todas las cervezas belgas. (9%)

2. Old Stock Ale 2011 (North Coast Brewing Co., California). Este estilo de cerveza es lo que se llama un vino de cebada (barley wine), con notas similares al whisky u otra eau-de-vie. La Old Stock Ale
no es cerveza para principiantes debido a su 11.7% de alcohol por volumen.

3. Big Swell IPA (Maui Brewing Co., Hawai’i). No la subestimes porque viene en lata y es de Hawai’i. Esta India Pale Ale (IPA) es un golpe de sabor y carácter gracias a la poderosa cantidad de lúpulo (el ingrediente que le da el característico amargo a la cerveza) con que tradicionalmente se confeccionan las IPA en los Estados Unidos. Es, a pesar del rico amargo, refrescante, haciéndola ideal para un sofocante día de verano. (6.3%)

4. Žatek Dark Lager (República Checa). Esta es la hermana mayor de la pequeña e inmadura Heineken Dark. Paladar y posgusto suave; en la boca, sabores a café tostado y caramelo. Ésta, junto a la Big Swell IPA, las tendría en mi neverita de playa. (5.7%)

5. Restoration Pale Ale (Abita Brewing Co., Louisiana). Concebida para recaudar fondos de reconstrucción luego del paso del devastador huracán Katrina, cuando viertes esta Pale Ale en el vaso el tiempo parece detenerse. Una cerveza con mucha fermentación y de un color entre el anaranjado y el ámbar. Su paladar es dulce, parecido al néctar. (5%)






viernes, 12 de agosto de 2011

Ramillete de quenepas (fragmento)


Los ojos me laten como dos corazones de iguana herida. Para escribir ni los abro. Ver la luz, que ella penetre en mí, me produce una quemazón que de echarme agua la evaporaría. Tengo los ojos fritos de tanto intentar probarme que claudiqué a un amor por alguna razón válida. (¿Existen razones válidas para claudicar a un amor?). Todas las dudas juntas, en un mazo de preguntas o quenepas, ¿pueden destruir a esa lasca de tofu tan endeble que a veces (o casi siempre) llamamos amor? La bíblica historia del David enfrentándose al Goliat. Solo que en este caso (recién me doy cuenta, escribiendo en la oscuridad) es todo el colorido y vital mundo vegetal —incluyendo la soya en su firme y vigoroso estado natural— contra una rebanada translúcida de tembleque de habichuela. Si estoy escribiendo esto es que ese delgado, infirme alimento ha ganado, que la transparencia y aparente inutilidad del amor es lo más que importa. A pesar de los gustos. De las opiniones, esas que, como los pezones (dijo un amigo) todo el mundo tiene (o tuvo) al menos uno (otros y otras tienen a veces tres).

“According to Caribbean folk wisdom (especially in Jamaica), girls learn the art of kissing by eating the sweet flesh of this fruit, also it is said that if a girl finds two seeds then they’ll have twins”. Fotos y cita tomada de: Reavel's Blog.

Mi opinión es que yo soy Goliat derrotado por mis pezones, por la absoluta confianza de que podía vivir sin mamar. Ahora sé que es lo mismo a no tener lengua.

miércoles, 10 de agosto de 2011

"Domain trolling" en Puerto Rico: la entrevista

A cuatro meses del comienzo del año electoral 2012, el domingo 7 de agosto detonó un pequeño incidente en la comunidad virtual boricua. Las ondas expansivas de este suceso llegaron a altos funcionarios de los partidos mayoritarios del País. El bombazo en cuestión: un domain trolling (según las propias palabras del autor de estos hechos) de los sitios web www.pnppr.org, www.jorgesantini.net y www.3432020.net. El primero y el último redireccionaban, respectivamente, a las definiciones de ‘corrupción’ y ‘abuso’ de la página web de la Real Academia Española. La dirección con el nombre del alcalde de San Juan atracaba en un still de la inolvidable Scarface, donde se mostraba al personaje principal del filme, Tony Montana, interpretado por Al Pacino, empanado hasta la coronilla de cocaína.


Ese mismo domingo los domains fueron liberados y ya no redireccionan a las definiciones y a la imagen de Scarface. Yo llegué a verlos unos días antes que el incidente reventara por Twitter gracias a unas amistades que me enviaron los enlaces por Google+. El resto de la blogósfera y tuiteros boricuas se enteró (incluyendo los administradores de la cuenta de @pnp_pr y miembros de la actual campaña del Partido Popular Democrático) a través de las cuentas del periodista J. Lebrón Ayala, @SrLebron, y del profesor Mario Núñez Molina, @Digizen. Posteriormente, el suceso fue redactado como noticia y publicado en el portal de Noticel. Sin embargo, y luego de desenredar los tweets de la cuenta de @SrLebron, di con la usuaria que le reveló los supuestos hacks: una inteligentísima ex alumna mía, Brenda Mejía, @brendagiselle. Ella tuiteó: “#unsaludo para EL GENIO q hackeo la página del pnp! GUILLE ABSOLUTO... jajajaj”. Eso fue lo que posteriormente llevó a @SrLebron a informar: “Hackean páginas del PNP. Una te dirige hacia la definición de corrupción y la de Santini, hacia una foto de Tony Montana empolvao con perico”. Ninguno mencionó el domain que tenía el teléfono de la Policía de Puerto Rico.


Ese mismo domingo empecé a acariciar la idea de entrevistar al detonante de estos sucesos. Quería hallar a la persona que había originado este temblor político consciente de la importancia que en años recientes han tomado los grupos de Anonymous y hackers internacionales formados por ciudadanos hartos de los abusos perpetrados por gobiernos y corporaciones y de un sistema judicial que parece otorgarles la impunidad necesaria para seguir actuando por la libre. En Puerto Rico, la revolución tecnológica todavía sigue en pañales, pero con una población cada vez más conectada, este primer secuestro de domains podría significar el inicio de una guerra virtual entre el partido azul y rojo de cara a las elecciones de 2012.


El lunes continué mi búsqueda y mandé mensajes a varias personas clave del Twitter y la informática boricua. Continuaba sin encontrar una pista. Finalmente, en la madrugada del martes me llegó el primer mensaje de texto de un número desconocido. Me informaba que un anónimo (claramente, alguien de entre mis contactos sabía, sino la identidad de esta persona, la dirección de correo electrónico) le había enviado copia de uno de mis mensajes. Luego me dijo que estaba dispuesto a hablar conmigo. Acordamos la entrevista para ese mismo día por la mañana, “en un lugar ni tan público ni privado, lejos de donde vivo”.


Nos encontramos en Cuatro Sombras del Viejo San Juan en horas de la mañana del martes 9 de agosto.


A continuación transcribo la entrevista en su totalidad. He editado el estilo y la sintaxis para facilitar la lectura. Para propósitos de proteger su identidad, el entrevistado me pidió que utilizara el nombre de Alan (uno de sus alias favoritos que ha utilizado en aventuras similares a ésta) para identificarlo.


Llegué a la hora acordada y esperé unos 15 minutos antes de recibir otro mensaje de texto de un teléfono diferente al de la madrugada. Me indicaba que me volteara hacia la derecha, que el hombre en traje era él. Lo hice y me saludó. Alan había llegado mucho antes que yo. Me chocó ver a un hombre blanco y rubio, de unos treintaytantos años. Siempre había supuesto que la persona detrás de esto era un puertorriqueño. Lo menos que esperaba era un estadounidense.


La Entrevista


Luis Ponce: Bueno, carajo, ¿¡¡eres americano?!!


Alan (Ríe y luego habla en un español con acento, matizado con algo de boricua): Nací en Virginia y a los dos años mi familia se mudó a Puerto Rico. Ahora vivo entre Fairfax y Caguas.


LP: Las páginas a las que redireccionaste los domains palpan muy bien el sentir del puertorriqueño común con sus líderes electos y con la situación actual del país. ¿Cómo llegaste a esa lectura tan fiel del Puerto Rico en que vivimos?


A: No en que vivimos, sino en el que todos padecemos. Dominicanos, americanos, extranjeros de todos lados. A veces creo que hasta más que los mismos puertorriqueños, y es que hay muchos que son incondicionales con su partido, sobre todo cuando suben al poder. Entonces, el país puede estar al borde del colapso pero ellos no se dan por enterado. Creo que no haber nacido aquí me hace inmune al fanatismo. Entonces, la lectura de que hablas es por eso y también por mis antiguos trabajos en la Isla muy cercana a la política partidista.


LP: ¿Para quién o quiénes has trabajado, si se puede saber?


A: Ahora mismo me desempeño en la industria tecnológica. Trabajo desde casa y me reúno en Virginia. Es una corporación japonesa. Pero en la política ayudé en esta última campaña del PNP luego de mi disgusto con el PPD. Ahora soy un ex penepé que había sido un ex popular. Me disgustaron muchísimo las administraciones de Sila y Aníbal. Soy un apolítico lleno de apatía.


LP: ¿De dónde surgió esta idea que muchos ya han catalogado de genial? ¿Tiene algo de coraje, de reivindicación, de venganza?


A: De coraje sí, en parte, pero realmente fue algo bien random. Confieso que mi inspiración fue un artículo que leí sobre un blog llamado www.jorgesantini.com. Allí el autor del espacio critica libremente al alcalde.


LP: O sea, ese domain de www.jorgesantini.com no es del alcalde. Inicialmente así lo había reportado el @pnp_pr al periodista J. Lebrón Ayala, @SrLebron en Twitter...


A: Pues no, ese es un blog de un ciudadano o grupo de ciudadanos en particular. Me quedé pensando en ese blog. Me gustó mucho el approach y comencé a maquinar una cantidad ilimitada de ideas para crear blogs satíricos. Decidí entonces buscar qué otros domains estaban sueltos entre los varios TLD’s. Encontré pnppr.org, jorgesantini.net y 3432020.net sin dueños y los registré.


LP: ¿Por qué se te ocurrió redirigir esas páginas a definiciones en la RAE y a la foto de Tony Montana?


A: Lamentablemente, yo trabajo con cojones. He desarrollado páginas web en el pasado, y conozco que para hacerlas bien toma tiempo. Así que mientras veía cómo me iba a organizar para cuajar los blogs satíricos, decidí ser un domain troll. Jamás pensé que recibirían tanta atención, pero al final me alegro que así haya pasado.


LP: Un domain troll. Me gusta. Lo usaré como título para esta entrevista.


A: Be my guest.


LP: ¿Qué pasó por tu cabeza cuando trascendió que alguien había hackeado las cuentas del partido?


A: Al principio no puedo negar que me lo disfruté porque la realidad es que, para mí, esto no fue nada más que un gran chiste. Eso sí, me reí con cojones cuando la gente pensó que los dominios habían sido hackeados. La realidad es que estaban disponibles y yo los compré legalmente y luego los redireccioné. Nada de hacking.


Yo jodo, viste, a mí me gusta joder con la gente... y al final la intención fue solo eso. Una vez se acabó la diversión decidí que ya era hora de matar esos dominios y los cancelé para que el partido y el Alcalde Santini (u, honestamente, cualquier otra persona) los pueda comprar.


LP: ¿Ya están listos para comprarlos?


A: No. Según mi registrador, estarán disponibles en 70-90 días.


LP: A mí me parece que este incidente dice mucho de lo poco que los partidos, políticos, el gobierno y los contratistas que le bregan con la tecnología saben del Internet. Me imagino que ahora todos irán a comprar todos los domains habidos y por haber son su nombre.


A (Rié como si se ahogara en un mar de sarcasmo): Lo dudo. La gente que dirige y asesora al gobierno de Puerto Rico no va a hacer un carajo. Gran parte de la población de la Isla (y, tristemente, mucha de la industria de las comunicaciones, publicidad, relaciones públicas, etc.) no tiene conocimiento de cómo funciona el sistema de registro, de compra y venta de dominios. Por eso me entretuve mucho cuando la gente salió por ahí diciendo que alguien había hackeado al PNP. Consulté hasta con un abogado y me dijo que no había violado ninguna ley.


Eso sí, lo único que se violó fueron los egos de los políticos y de algunos de sus seguidores fanáticos y esos egos, pa’ empezar, no valen nada. Fue lindo constatar cómo se formó un mini corre y corre en el PNP por lo que había hecho. Creo que los 12 pesos que gasté sirvieron a una buena causa.


LP: Estoy seguro que cuando la gente leyó sobre tus ‘ataques’, muchos pensaron en las células de hackers asociadas al movimiento Anonymous. ¿Te relacionas o has relacionado con estos grupos en Puerto Rico y EE.UU.?


A: Esto no tuvo nada que ver con Anonymous, LULZsec o cualquier otro grupo de esos. Tampoco fue la izquierda de Puerto Rico, ni el PIP, ni el PPD, ni el PPR, ni el MUS, ni cualquier otro movimiento político o social de Puerto Rico. Esto fue la obra de un hombre con un sentido de humor anormal. That’s it!


LP: Ajá, sea como sea, no muy poca gente te considera una especie de héroe del Internet. Te han llamado “un genio”.


A: Allá ellos. Yo soy un cualquiera que puede ser tu vecino, alguien con quien has compartido un trago o con cuyos chistes te has reído. Un hombre que dice las cosas como son. Y las cosas son de este modo: si los que están en el poder no tienen la capacidad de contratar a gente que sepa cosas tan básicas de la imagen pública en estos tiempos de pura información y tecnología, no creo que tengan la capacidad para mucho más y ni se diga para gobernar.


LP: No sé si te enteraste, pero cuando reventó todo esto habían dudas sobre quién eras. El domingo @Digizen, que es profesor en Mayagüez, le tuiteó a @SrLebron lo siguiente: “Aquí aparece otro nombre en relación al que registró pnppr.org: http://bit.ly/oMS2Nh Robert Rexach”. Mientras tanto, los detalles de registro dicen Keith Roberts y Alan Smithee dependiendo del dominio y la fecha de verificación de los datos.


Estaba curioso porque tengo un amigo, Robert Rexach, quien es dueño del blog La Acera donde quiero publicar esto.


A: Espera, ¿lo vas a publicar en otro lado? ¿Y qué pasó con lo de los cafres?


LP: Sí, originalmente va para mi blog, La tribu de los cafres, pero luego lo compartiré en La Acera. Disculpa, pensé que te lo había dicho. ¿Te molesta?


A (un poco sorprendido, mostrando un gesto entre el enojo y la impotencia): Bueno, whatever, ya nos hemos encontrado aquí... No creo que haya problema. En fin, de vuelta a tu pregunta, sobre el nombre... Pues es un alias absurdo, la ‘gringoficación’ del nombre de un político irrelevante. Uso nombres así, de la historia y de la política, sobre todo en sitios relacionados con Puerto Rico.


##


En este momento Alan se disculpó porque había recibido un correo importante y tenía que hacer una llamada que tomaría algún tiempo. Nos despedimos y al levantarse fue muy amable en pagar los cafés que nos tomamos: él, uno negro sin azúcar; yo, un café con leche con un poco de azúcar morena. Al parecer es un cliente asiduo, porque usualmente en Cuatro Sombras tienes que pagar antes de consumir.


[Nota del autor: este artículo también estará en La Acera.]

martes, 9 de agosto de 2011

Mañana: Entrevista al que troleó domains del PNP y Jorge Santini

Conoce a Alan, la persona que 'troleó' los domains con nombres del PNP, Policía de Puerto Rico y Jorge Santini.

Hoy lo entrevisté y mañana saco la nota aquí en La tribu y en La Acera.

Pendientes, mañana 10 de agosto a las 8AM.

La tribu errante