viernes, 18 de junio de 2010

"El título es ya la idea. Mantengo siempre el título original, aunque a veces suene forzado y no corresponda al texto."

El título de esta entrada es una cita de José Saramago y fue parte de la respuesta que le dio a Ángel Darío Carrero en la entrevista que le hiciera el año pasado y la que endi.com hoy publica nuevamente a raíz de la muerte del escritor. Me gustó esa contestación porque denota la manera casual con la que Saramago le entraba a la literatura y algunas veces los que pretendemos escribir nos ocurre lo mismo, vemos algo, escuchamos, recordamos y de repente nace un título que poco a poco va echando raíces o vuelo o -más certeramente- desangrándose en los frutos que son las palabras sobre el papel.

Yo no soy un estudioso de su obra y confieso que lo más que he leído de él han sido algunos de sus -¿cómo describirlos y pensarlos?- mágicos y posibles poemas, además de su blog El cuaderno de José Saramago. Dígase entonces que soy un principiante y novato Saramaguino y que a lo mejor no debería estar escribiendo nada sobre él, pero yo digo que no y lo más seguro Saramago, al que nunca conocí en persona, me de la razón y hasta me diga, con su aliento a nada, que ya ni lo lea, que mejor invierta el tiempo en otros grandes. Si este fuera el caso, muy respetuosamente le diría otro no y me leería su obra empezando con los libros que tengo en mi biblioteca además de su Poesía Completa: La balsa de piedra y Ensayo sobre la ceguera.

Ahora, discúlpenme por esta regresión, pero considero prudente detenerme y repasar la frase que utilicé en mi primer párrafo: "la muerte del escritor". Luego de leer varias de las esquelas que los medios han publicado, blogs de otros escritores y reimpresiones de entrevistas pasadas, la verdera razón por la que estoy escribiendo esto es por esa frase, por saber que una mente y verbo brillantes como el de Saramago hayan desaparecido y que solamente nos hayamos quedado con sus libros. No es poca cosa. Claramente, representan un volumen magistral de trabajo literario y por esto se dice que el escritor nunca muere, pero con alguien de la estatura de Saramago, no sé si esto sea cierto. El paso de la vida a la muerte de un ser humano es triste pero la vida continúa, la diferencia en este caso es que la vida continúa sin personas que se atrevan a ser como Saramago: en su manera tan desasosegada de decir verdades e irrumpir el intelecto con un temblor mental, de pensar alternativamente en un mundo mejor, de buscar en el amor la verdadera justicia y en la humildad el verdadero éxito.

No es trágico que un anciano de 87 años muera, es más, en una entrevista que ofreció a RFI hace un año, quizás un poco más, Saramago confiesa tranquilamente que se sabía cercano a la muerte; es más, lo sabía desde el 2000, cuando en esta útima década escribió casi una novela nueva por año, por lo que esto no debe sorprdender a nadie. La tragedia es que nos quedamos habitando un mundo con gente mucho más joven que Saramago, con mucho más dinero e influencia que él pero con una mentalidad tan opuesta y distante a la suya (tan renovada y desmitificadora). Refraseándolo, nos quedamos con los instruidos, pero no con los educados.

Ya hacia el final de la entrevista, Carrero le preguntó: "

¿Le consuela al menos que la obra literaria triunfe sobre sus creadores?" Y Saramago, tan Saramago repuso: "P

or un tiempo, como todo, pero la eternidad literaria tampoco existe".

Que descanse en la paz o en la bondad o en donde quiera que se encuentre ahora, José.

martes, 8 de junio de 2010

5 de junio a cinco años de creer en la invencibilidad

El fin de una historia presagia el inicio de otra. Luego de 9 días en Washington, D.C. el balance es el siguiente: en verano los turistas llegan y los artistas huyen hacia los alrededores de Virginia y Maryland. Llegué no tanto como turista (conozco a Washington hace años) pero sí con ganas de explorar sus nuevos restaurantes, las transformaciones en los barrios y, claramente, revisitar aquellos lugares que esconden las minas de mi melancolía abandonada en la extranjería.

En Puerto Rico -no hay de otra- el verano calienta con la compasión de un violador: el sudor es el ultraje más temible luego de salir de la ducha, luego de vestirse con ropa limpia, luego de saber que no puedes volver a bañarte porque vas a llegar tarde y no hay aire acondicionado que te salve. La única manera es saliendo nuevamente del país; es sitiendo lo que he sentido desde que aterrice ayer o quizás desde mucho antes.

El episodio más reciente fue el sábado 5 de junio luego del matrimonio de unos amigos de la universidad que nos graduamos hace cinco años. Me sumí en un leve espasmo meditativo. La música recién comenzaba y yo me senté solo en la mesa que me tocaba y me convertí en brújula para buscar el camino hacia el que me dirigiría. En un instrumento y nada más porque una cosa es conocer la dirección y otra muy diferente es tomar la decisión para seguirlo.

Me encuentro en ese punto en el que las decisiones trascendentales me importan un carajo. Y esto, ¿se deberá al miedo, a la resignación, a la imposibilidad de salir del maldito estado de estudiante eterno? Como algunas veces suele ocurrir, la respuesta es más fácil de lo que se piensa: una combinación de todas las alternativas.

Así que allí estaba sentado, con la etiqueta puesta y toda empapada de sudor (Virginia también estaba caluroso y nublad0) pensando en qué cosas son reales o no, si la brújula, las direcciones, el amor. Y claro, lo único real es el paso del tiempo, aunque en nuestra memoria a veces se convierta en una excusa o un espejismo o simplemente en un grito mudo, porque hasta lo que uno vivió se vuelve una contestación tan subjetiva que puede perder visos de realidad.

Perder. Una palabra interesante cuando todos a tu alrededor parecen que ganan. Yo perdería todo menos la falsa noción de creer en el amor, de caminar por los lugares por donde antes me besaba, de ver los ojos que hace seis, cinco años me miraban con deseo, de imaginar un viaje en el que cada pedazo del trayecto le haga el amor a un viejo romance distinto. Perder ahora para soñar después. No hay mejor victoria.

Y no hay mejor anhelo que volar lejos de aquí.

jueves, 20 de mayo de 2010

Pág. 485 de 'Los detectives salvajes' de Roberto Bolaño

Pere Ordóñez, Feria del Libro, Madrid, julio de 1994. Antaño los escritores de España (y de Hispanoamérica) entraban en el ruedo público para transgredirlo, para reformarlo, para quemarlo, para revolucionarlo. Los escritores de España (y de Hispanoamérica) procedían generalmente de familias acomodadas, familias asentadas o de una cierta posición, y al tomar ellos la pluma se volvían o se revolvían contra esa posición: escribir era renunciar, era renegar, a veces era suicidarse. Era ir contra la familia. Hoy los escritores de España (y de Hispanoamérica) proceden en número cada vez más alarmante de familias de clase baja, del proletariado y del lumpenproletariado, y su ejercicio más usual de la escritura es una forma de escalar posiciones en la pirámide social, una forma de asentarse cuidándose mucho de no transgredir nada. No digo que no sean cultos. Son tan cultos como los de antes. O casi. No digo que no sean trabajadores. ¡Son mucho más trabajadores que los de antes! Pero son, también, mucho más vulgares. Y se comportan como empresarios o como gángsters. Y no reniegan de nada o sólo reniegan de lo que se puede renegar y se cuidan mucho de no crearse enemigos o de escoger a éstos entre los más inermes. No se suicidan por una idea sino por locura y rabia. Las puertas, implacablemente, se les abren de par en par. Y así la literatura va como va. Todo lo que empieza como comedia acaba indefectiblemente como comedia.


martes, 18 de mayo de 2010

Las cuerdas de la huelga

Pensar que el país está en huelga se me hace difícil, sobre todo luego de que mi humor se haya fugado luego de una constante batalla con mi risa que no pudo contenerse y reventó. Ya dejémoslo ir, me dijo ella, todavía con lágrimas (¿en sus ojos?), hay peores batallas que perder. A las batallas, lo tengo muy claro, me meto por accidente (¿qué iba a saber yo que uno se pude pelear con su humor?), porque yo no las busco, más bien busco un buen libro, un buen momento para decir, este es, en verdad, un buen momento y, ahhh, respirar. Uno, dos, tres y, ahhh, exhalar. Qué maravilloso momento. Eso es lo que busco y hoy me topé con uno y fue quizás por estar deshumorado que me lo disfruté más tranquilamente: detrás de mi cuarto el vecino que pertenece a un trío excelso del área de Bayamón, Cataño y Aguas Buenas comenzó a practicar con sus finísimas guitarras y melodiosas voces. ¿El país está en huelga? ¿Hay un paro nacional? ¿La universidad está cerrada? Nada de eso me pregunté mientras escuchaba a esos músicos, mientras la tarde se fundía con el calor intenso de las cuerdas.

Una vez se acabó la música no tuve otro remedio sino que pensar en la huelga. El país se nos cae y yo aquí sentado contemplando la tarde, pensando si hoy voy a escribir cuando sé desde ayer que no, que no me quiero imaginar nada ni componer algo que luego me devuelva a una catarsis con el pasado o con el futuro, porque dicen que hay que soñar y pensar en el país del futuro, en los posibles imposibles, en las citas del Che, en que los blanquitos estos y los trabajadores aquellos y yo, de verdad que no estoy para eso (no se olviden, que mi humor también está en huelga y anda M.I.A.). Si me sentaba a escribir del todo sería para hacer literatura, porque suscribir un manifiesto revolucionario contra la tiranía del estado era como vagar en una noche trasnochada, porque proclamar por enésima vez los derechos humanos era vomitar sobre la sangre de las víctimas y pues eso no era lo que buscaba.

Se me ocurrió entonces escribir la novela de la huelga, ¡cómo no lo había pensado antes!, de las vivencias de los estudiantes, de los baños compartidos, de los colchones inflables, los confundidos agentes de la Fuerza de Choque (versión nada imperial ni futurística de los Stormtroopers, pero la analogía es ya trillada), de los de arriba contra los de abajo, del poder de una democracia participativa, de los estudiantes opositores a la huelga movidos por su interés personal, por el interés de la derecha, por el interés de sus gatos, por el interés de lo que sea. Y listo, Los intereses encontrados, el título de la novela se me vino encima como un camión dando desesperadamente un viraje en 'u' desde el carril de la extrema derecha.

Era la revolución del siglo XXI: todo ya estaba transmitido por Internet, por webcam, las fotos proliferaban en Facebook como las armas de destrucción masiva en el cerebrito de Bushito. La profecía se cumplía sin cócteles Molotov: no tengo que estar en la huelga para escribir sobre ella. Me busco a una de las periodistas que se encuentran en los alrededores y vivimos (siempe ha sido mi fantasía) un romance in situ.

Llamé a par de amigos que conocen a gente de los medios y al día siguiente ya tenía una cita concertada en El Obrero. Hablamos muy concentradamente sobre la huelga en la hora y media que me concedió sólo porque Oscar es tu amigo me dijo. Gracias, de verdad, le dije, ¿has podido entrevistar a algunos estudiantes? Sí, pero yo rápido le aclaré que quería que me dijera las cosas menos cercanas a lo que incidía directamente con la noticia de la huelga. ¿Cómo cocinan? ¿Junto a los cargamentos de alimentos le distribuyen condones? ¿En verdad se lanzó el movimiento de la media caseta? ¿Cómo es el olor de los baños? ¿En qué parte de los edificios clausurados se hace más fácil y rico el amor? ¿Además de tabaco, que más se fuma? Bendito, la bombardeé de preguntas y ella no sabía qué responder, que eso no era asunto de la prensa ni de la radio, que mejor me buscara a un cronista. ¿Todavía existen en este país?, le pregunté. Tú, si bien no me tienes cara de uno, me respondió, podrías animarte a serlo. Le hice entonces otra pregunta, pero una estúpida, no porque fuese mala la pregunta como tal, sino porque ya sabía la respuesta. ¿Entonces que me falta para ser uno?

Entrar, huevón. Entrar. La respuesta era obvia como el hambre de los chicos de la UTIER que estaban al lado nuestro. Ella no me dijo huevón, eso lo pensé yo, pero por poco me lo dice. Vivir con ellos, verlos, tocarlos, quizás hasta besarlos en los pasillos desiertos de Generales. Pero no, ¿para qué? ¿Acaso no lo puedo reconstruir todo a raíz de los vídeos, fotos y escritos lanzados desde adentro? Quizás. Pero hacía falta más. Lo que necesito, le dije antes que ella regresara a los portones de la Ave. Barbosa, es que uds. me hagan esas preguntas, que vean el lado humano de verdad, no el de los derechos, no el de la lucha, sino el del día a día, de las toallitas sanitarias, de los restos de comida, del intenso olor a postcoito huelgario, a sexo apurado y resudado por la intensidad del sol, por los pantalones sin lavar de hace días, por los estribillos. Ella me sonrió, la compañera de Oscar me sonrió hasta con cierta lástima y dijo que no la molestara más. No se lo digas a Oscar, le supliqué, y me volvió a sonreír con risa de foca o de manatí.

Pensé nuevamente en que lo más fácil siempre había sido suscribir algún manifiesto, imprimir en él mi nombre tan falto de humor y popularidad. Así lo hice cuando regresé a mi casa. Busqué las cinco o seis peticiones de firma que me habían llegado a mi correo, tecleé mi nombre con una satisfacción a medias y antes de irme a dormir puse en mi Twitter este haiku:

"Los acordes se allanan sin protesta
a la tarde bayamonesa
y la luz no huele a chicharrón".

Y me fui a dormir.

martes, 4 de mayo de 2010

El cuarto de los souvenirs

De Buenos Aires me llega un tranvía lleno de parques con monumentos de los héroes nacionales grafitados por jóvenes que todavía tienen las ansias de ser revolucionarios. Volando desde Machu Picchu aterriza Túpac Andina con un collar de hojas de coca y otro de gotas de lluvia. Desde Uruguay, arena de las playas de Maldonado en un sobre que debía contener la última postal que me escribirían.


Así, desde el sur, se me van amontonando en mi cuarto todos estos recuerdos.


De Lima, un concentrado del diesel de las combis que infestan sus calles y, en un frasco, un poco de vapor del Mar de Grau. De Arequipa el micrófono de un kareoke y el suéter de un amigo. De Montevideo, una milésima de segundo de todo el sexo que tuve por el sur se guarda gravada en las ranuras de un disco de pasta que logré reproducir gracias a la generosa aportación del Museo de la Palabra (o más bien, ¿fueron los poemas de Benedetti los que pedí que me grabaran para llevármelos conmigo ante mis intentos infructuosos de encontrármelo en la ciudad?). Luego el poeta murió, quizás (muy probablemente) luego de yo romperle el corazón a alguien por segunda vez.


De Chile, un cielo más estrellado que mi carrera contra el tiempo y el gris terrible de sus pueblos meridionales, tal y como imagino mi cerebro cuando solía escribir postales al viento y (para qué posponerlo, ¿no?) al amor.


Y en Puerto Rico me queda todavía por guardar una isla más grande que esta Isla; no encuentro dónde ponerla y no quiero correr el riesgo que se vuelva a quemar o a traspapelarse entre las olas del mar.

sábado, 24 de abril de 2010

A, C, D, E y F (de una serie que sigue sin titular)

A

Me fui del país por medio año para medio olvidar mis miedos y errores. Soy, de verdad, un fiasco envuelto en angustias e ilusiones. Camino, por ejemplo, y me creo que una pluma traza la dirección de mis pasos. Pasos que a pesar de mis viajes, me han vuelto a dirigir hacia los pies de A. y a su cruda realidad llena de estrepitosas carnes y olores prohibidos. Sobre éstos --aunque parezca imposible-- escribo los versos más cortos y las intenciones más largas.

Soy un personaje de novela (me digo), de historia (otros me dicen), porque me creo las mentiras que yo mismo plasmo sobre el papel que me ha regalado (A. me dice que solamente prestado) mi autor.

B (haga click sobre la letra)

C

Hay una paloma que vuela sobre el instante en que Hiram le cuelga a Sofía. Hemos terminado, le dijo. ¿En serio, eso quieres? Sí. Y ese sí estuvo acompañado de toda la felicidad del mundo. Sí y el sonido opaco del fin de una llamada.

Hiram camina confiado sobre el precipio que su voz ha creado. Le quedan A., Vanessa, Raquel y Marcos. Volverán a los bares de antes, a las mañanas frente a la mesa emplegostada del cuarto en la San Justo con la Sol, a los desayunos almorzados en La Bombonera junto al pastelillo que irradia una combustión interna de guayaba angelical que siempre comparte con A. en los bancos de la Plaza de Armas mientras tratan de ver a la sombra de Santini asomarse como una nube negra (sé que es su sombra, dice A., cuando me caga una paloma en la falda) entre los arcos de la Alcaldía.

Los adoquines se ven resbalosos gracias al sudor que le sale por las axilas, que se le derrama por el cuello cuando imagina la ilusión de tirar su celular por el foso de El Morro y sentarse a esperar a Vanessa y su inescapable pecho de sirena (alguna vez fui sirena, o algo así dijo cuando terminó de leerse una novela de Mayra Santos).

Raquel y sus maravillosas manos de mantequilla que moldean su espalda luego de conjugar los verbos más mojados entre las sábanas del cuartito un poquito más arriba en la Tanca, casi llegando a la Norzagaray. Hiram ve el mar justo cuando sale del edificio y va hacia el auto donde Marcos lo espera: has regresado a lo que tanto querías escapar. Antes de responderle, ya en el interior del carro, ¡plat!, se estrella una caca de paloma contra el parabrisas (Santini sí estuvo hoy en San Juan, piensa que le dirá a A., y no sólo caga faldas) . Entonces Hiram se cuadra frente al rostro trigueño de Marcos y le responde: he vuelto a no pensar en el después.

D

Cuando regreso de mis viajes a la vieja ciudad, me siento que le pertenezco más a pesar de que las otras ciudades en las que he habitado hayan construido sobre los cimientos de los recuerdos de mi infancia. Poseo una acumulación de varilla, bloques y cemento considerable que incide en la intrépida lejanía de mis pasos sobre los adoquines, en la manera en que me apoyo en los bancos y las columnas de las casas. Siento que existen comienzos que nunca logran iniciar nuevos caminos por el miedo a negociar la comodidad. Hoy, ante mí, no hay uno de esos: gracias a Dios por los largos años que me han dejado un corazón de cal y unos labios de gravilla.

E

Volvió a sentir el olor a garrapiñada. De inmediato dejó la lectura y sin levantarse del asiento voló en dirección hacia ese dulce perfume y cayó en la crispada camisa azul de una empleada pública como públicas eran las ferias de los sábados en la Plaza del Congreso o en Recoleta. Ese aroma, Buenos Aires, esperando en la fila de los cines, paseándose por las esquinas de Corrientes mientras se le antojaba comprar el libro que no le cabría en la maleta. Respiraba el olor a azúcar tostada, sabiendo que en el allí y ahora era sólo un perfume barato, pero no importaba, se tragaba ese olor aunque, a través de las ventanas del tren elevado, veía la colección de edificios que se sucedían con un glamour tímido, como si reconocieran que a pesar de las luces y los cristales continuaban siendo, en su conjunto, una raquítica copia de Manhattan en el Caribe.

Pero otra cosa también le era evidente: si bien la ciudad había cambiado mucho, él lo había hecho más.

F

El Atlántico Austral se barre levemente sobre la arena. Brisa y espuma, las huellas se borran y por aquí --el mar siempre es cómplice-- nadie ha pasado.

Arena que se convierte en lindos y pequeños montones mullidos donde el bañista tira su toalla y se apresta a leer Caracol Beach. Montones que en cuestión de más vientos marinos van formando una, dos, tres, quince, veinte, cien dunas a lo largo de la costa. Ahora, antes que se divisen los arbustos, se ve una humilde capa de vegetación cubriéndolas, y hacia el oeste se abre --en cámara lenta-- la desembocadura de un riachuelo.

Uno que otro árbol ha intentado levantarse frente a la playa, allegado al rústico camino por donde pasan bicicletas, pequeñas motocicletas y los pies de cientos de bañistas que llegan a mediados de diciembre y no se van hasta principios de marzo. El más grande de los árboles frente a la senda lleva años petrificado. Continúa, eso sí, imponentemente alzado sobre el horizonte. Detrás de él, a varios metros, se divisan unas seis villas. Es desde una de ellas que busco, como referencia, las ramas alzadas en forma de 'v' de aquel gigante que me indican hacia dónde queda lo que he abandonado.

domingo, 4 de abril de 2010

La insondable planicie de los mundos pequeños

¿Y en qué momento se nos empezó a acabar la paciencia? A entendernos. A sostener la mirada. A reflexionar y a conversar sin el cinismo que agujerea todas las buenas intenciones.

En realidad la pregunta sería, ¿en qué momento se empezó a joder mi familia? ¿Cuando mi hermano le dijo cabrona a mi mamá y tuve que empujarlo para que no la agrediera? ¿Cuando mi hermana quedó embarazada y huyó para España? ¿Cuándo decidí que lo mejor era quedarme cruzado de brazos sumergido en mi trabajo y el sexo desmedido que me caía como aserrín de la mesa de un carpintero?

Porque ya la crianza de mis hermanos no era problema mío.

Entonces el viejo finalmente dejó que le rodaran las lágrimas frente a todos, en la mesa de la cocina, en esas escasas veces que todos pudimos vernos las caras después de meses (a lo mejor fueron años). Su hermetismo y sus gestos durante el día, de que no quería la cosa, de que lo iba a aguantar como el macho que siempre había sido, cedió cuando estuvimos los cinco en el lugar de siempre, frente a los platos de comida que se quedaron fríos y a mitad. Mi hermana lloró junto a mí mamá. Mi hermano recogió sus cosas y se fue. Yo me quedé en silencio. Realmente no me cabía pensar qué decir ante el llanto, la inconcebible realidad de que el deprimido no era yo, ni mis hermanos, sino mis padres.

Tranquilo, me escribían. Ya hace rato se acabó la luna de miel de los años más tiernos. Mensajes de tus amigos. ¿Qué puedes hacer ante el moméntum de la vida? Conversaciones telefónicas. Todo, Luchito, todo menos sucumbir. Pero el hueco placer de una venida a destiempo en el motel de siempre te desmentía: sucumbías con la facilidad de la ceniza de un cigarrillo recién aspirado. Todas las trincheras están colmadas y el eterno adiós de la despedida no era suficiente para convencerte de lo contrario. Todos, Luchito, todos te olvidan menos en casa.

Las conversaciones con mi hermano eran efímeras, más bien por su ya conocida constumbre de responder con un 'sí', 'no' o 'estás loco'. Esos eran mis mejores días, cuando me movía a hablarle, a salir de casa y buscarlo. Estás loco porque todavía sigues viviendo con los viejos. Has perdido el tiempo, era lo único que me decía cuando ya me iba. Una estocada de odio, de complejos. O quizás, la verdad.

Seguía en la casa donde crecimos con la falsa esperanza de aliviarles el trago amargo. Hace escasamente 3 años pensaban que éramos la familia ejemplar, mi mamá se regodeaba en cualquier reunión familiar de los logros nuestros y despreciaba a los demás por no ser tan buenos. Fue segando las malas noticias que luego crecerían en la figura de mis hermanos, e inclusive, hasta de mí mismo. Intentaba hablarle, de sacarla del letargo fatalista en el que había caído, le repetía los mejores consejos que me habían dicho o leído en algún artículo de autoayuda y ella me escuchaba, larga y tendidamente. Me miraba y no decía nada. Suspiraba viendo su telenovela a lo que me rendía ante los diálogos cursis de los personajes que evidentemente tomaban más importancia que mis desesperados intentos de recordarle, decirle, que todavía le quedaba un hijo. Uno bajo el mismo techo.

No me culpen entonces cuando no hago nada y salgo temprano en la mañana y llego tarde y me acuerdo de lo que me dice mi hermano cada vez que me voy de su presencia. Eso digo cuando el viejo me recrimina por mi inacción, por haber perdido a mis hermanos, por haberme convertido en un fantasma mientras la casa se caía a cantos. Le discuto, me rebate y ya cuando creo que hemos llegado a un acuerdo, cuando es más que evidente que si hubo algo de culpa fue, en todo caso, la de ellos, él me lanza un último cartucho para mostrarme que él no se equivoca, que soy muy joven para entender la magnitud de mi irresponsabilidad.

##

Mi hermana regresó casada de España y con su hijito de tres meses. Su ahora esposo regresaría más tarde, o por lo menos eso nos decía. Ella vivía en un apartamento en la calle Utuado y de lo que el gobierno y mis abuelos y tíos le daban. A esta hora del día, el sol calentaba tanto su pieza que los diálogos siempre terminaban en griterías y recriminaciones, esta vez contra los viejos. Estaba cansado de la repetición de conversaciones, escenas y miradas. Era como ver una mala película por el resto de mis días.

De verdad que sólo he venido a verte, que ya no me importa quién causó qué, mejor cuéntame de Diego, qué le hace falta, y si a ti te va bien con tus cuentas. El Diego empezaba a llorar al escuchar mi voz. Bueno, más bien a chillar como una rata enorme y blanca que sólo se calmaba con el volumen de Sabina a todo dar. Antes de irme, fatigado y sudoroso, le tomé ambas manos a mi hermana y le pregunté: ¿Acaso no extrañas vivir como antes? Sí me respondió con los ojos rojos, con la voz temblorosa, con el drill melodramático de siempre, pero entonces me volvía a la realidad: pensar que el pasado va a regresar es una idiotez. Y cerró el portón.

La paciencia (recordaba de algún Reader's Digest) se acaba cuándo decidimos sobrevivir nomás, cuándo las ideas se quiebran y el mañana se transforma en la misma tortura del ayer. La cita de la revista llegaba hasta 'nomás'. El resto es, claramente, de mi autoría. ¿O fue algo así me dijo un cura? Porque luego de encontrarme rodeado por un campo minado, visitar la Iglesia no sonaba tan descabellado. Empecé a frecuentarla, no a la hora de las misas, sino a la hora que el cuerpo me lo pedía. No había vuelto a creer en un dios, pero los pensamientos de muerte eran los únicos que me impulsaban a levantarme todos los días y quería evitar tener tiempo a solas para darle seguimiento a mis ideas. Ideas para matar. A mi hermano, hacer desparecer a mi hermana y envenenar con un sueño infinito la angustia de mis padres. Pero las variadas formas de matar requerían un estudio sistemático que no estaba dispuesto a hacer. Me debatía entre el matar o matarme, en la salida que acabara con el mayor sufrimiento más rápidamente. De la mano del crimen iba la del castigo: ¿cómo serían mis días en la cárcel? ¿Cómo podría vivir el resto de mis días sin mi familia?

Feliz.

La primera vez que esa respuesta retumbó en mi cabeza me di cuenta que ya algo en mí había quebrado. ¿Cuando crucé los brazos inicialmente? ¿Cuando intenté, ya muy tarde, recomponer el tiempo perdido? ¿Cuando empecé a jugar con la idea de la muerte?

De frente sólo me quedaba el trabajo que de alguna mágica forma logré conservar a diferencia de todos mis amigos, que se fueron desapareciendo como las ampollas de la varicela. ¿Entonces qué me quedaba? Pues a despacharme la mitad de la oficina con la semiautomática que me había comprado por Internet y morir abatido por la policía.

Mentira.

Cerré la computadora y juré que nunca más leería a La tribu de los cafres.

lunes, 15 de marzo de 2010

Higos secos

Siempre son iguales estos hostales y cuartos en los que te quedas: una cama ahogada en polvo, alfombritas descoloridas al pie de la cama tatuadas con los pies de los incontables fornicadores que se han acostado y levantado de ella, mesitas y un escritorio con superficies grasosas, como si el trabajo específico de alguien fuera aplicarle, cuidadosamente, una película pegajosa y mugrienta. Así te la has pasado desde que regresaste, persiguiendo por todo el país a las compañías de teatro, porque tu país será tercermundista, pero la gente asiste con una religiosidad inquebrantable a las piezas puestas en escena atraída por la teatralidad, esa «exageración controlada» que tanto ama el público. Por eso, y a pesar de los huecos en donde escribes tus críticas, te sientes a gusto yendo de ciudad en ciudad… Es un hábito al que es difícil de renunciar luego de haber pasado varios años estudiando a y viviendo con tribus beduinas del Norte de África. Hábito que se intensifica gracias a los higos secos que siempre te comes a estas horas tan tardes en las que estás despierto, para mantenerte frente a la computadora y para que cuando el hambre apriete, no te distraigas hojeando los menús de los restaurantes que todavía puedan entregar a domicilio.

La obra de esta noche, ¿valió la pena? La adaptación del texto de Baronni, ¿alcanzó al público? ¿Logró esa empatía tan necesaria para que sea exitosa? Lo empiezas, a ver cómo… ¿Así?:

Esta vez los aplausos y las ovaciones del público no confundieron a su crítico porque, en efecto, esta adaptación de la pieza de Baronni estuvo magistralmente incorporada a nuestra realidad.

Esto de las críticas es como un maldito cuento, hay que empezar con fuerza para que atraiga al lector nuestro de cada día. Debes saber hacia dónde vas, el mensaje, de que si la obra fue buena o mala, para que el pueblo, las masas, vayan a verla o la ignoren; para que las compañías se hagan ricas o se les margine en la desgracia y, lo que es peor, en la mediocridad. Tener una opinión nunca ha sido fácil, pero se complica cuando hay trabajos de por medio y periódicos no sólo dispuestos a recompensarte, sino ávidos de saber qué haces y por dónde andas (siempre descubres frente a tu habitación ejemplares de los diarios que publican tu columna, no importa la ciudad en que te encuentres). Y, por supuesto, todo se convierte en un experimento melodramático y de vodevil cuando mezclas el trabajo con las ganas atrasadas de ver a alguien que hace cinco años no ves…

Coño, te van a dar las tres de la madrugada y en par de horas necesitan tu texto. Esta vez no podrás cumplir, será imposible porque no puedes irte sin haber hablado con ella. «Catalina Dumont», lee el programa de esta noche. «Catalina», repites no una, ni dos, ni tres veces. Repites su nombre, aunque sea en silencio, un millar de veces. Dices su nombre aunque tu boca esté ocupada con el sabor perfumado y sutil del higo. El higo, esa fruta antiquísima. Si los humanos no la hubiesen domesticado, leíste en algún sitio, la higuera no hubiera llegado hasta nuestros días, se hubiese extinguido hace milenios. A Bayoán llegan secos desde Éfeso, cuando el azúcar de sus entrañas está a unos días de cristalizarse por completo. El olor de los frutos es apacible y cada vez que los hueles te traen memorias de tus años en Marruecos y el Sahara Occidental, donde perseguías a tribus beduinas para fotografiarlas y recordar esos años universitarios cuando estudiabas a las sociedades nómadas. Llegaste a Fez por Rabat, continuaste a Marrakech y luego te iniciaste en el Sahara al bajar los Atlas por Warzāzāt, «la puerta del desierto», y ciento setenta kilómetros después te perdiste con tus beduinos en el Valle del Dades. Y ahora, admítelo, la has perseguido hasta aquí con la excusa de escribir una crítica para «Acto Teatral», tu columna.

La obra mereció representarse en los escenarios y esta vez los aplausos y las ovaciones del público coincidieron con la opinión de su crítico porque, en efecto, esta adaptación de la pieza de Baronni estuvo magistralmente incorporada a nuestra historia.

La Dumont logró un personaje auténtico, lacerado e incrustado de esos feos elementos que hacen de un secuestro –y de la vida misma– un viaje tortuoso. Sus pasos certeros en las tablas parecían ir acoplados a la música del compositor uruguayo Zignetti. Su figura, vilmente descubierta por los orificios de sus rasgadas vestimentas, me impedía retirar los ojos de sus caderas, de su suave espalda. Era todo un montaje erótico-morboso escenificado a la perfección. Cuando la Dumont monologaba, te sentías a solas con ella. Cuando la Dumont gritaba y forcejeaba con sus captores, el público contenía su emoción en un silencio intenso. Cuando la Dumont lloraba, nosotros, todos infelices, procurábamos rápidamente aquel pañuelo en el bolsillo lateral de nuestros sacos que creíamos extraviado.

El director acert...

El timbre del teléfono interrumpe tu escritura. Lo dejas sonar varias veces (tienes que darte tiempo a tragar el higo y así hablar con más claridad). Levantas el auricular. Es la voz de la Dumont. «Nos tenemos que ver ahora», exige, pero todavía no comprendes cómo dio contigo. Entonces, eso sí, muy idiota le respondes, «tengo que acabar mi crítica, son un cuarto para las tres y…». «No me importa», interrumpe y seguidamente escuchas su insulto favorito: «No seas huevón y encuéntrame frente al teatro... Y, ah, no olvides tus higos.» Eludes el sonido de un teléfono enganchado, apurando a colgar primero.

Guardas el trabajo, escondes la computadora en la ducha del baño porque no se puede confiar en la supuesta seguridad de estos hostales, y tomas la casaca de piel de avestruz que compraste en una ciudad blanca de los Atlas. Al salir del cuarto te detienes: caes en cuenta que olvidabas los higos secos. Vuelves a entrar. Coges la bolsa de plástico, la doblas de la mejor manera que se te ocurre y te la metes en el bolsillo lateral de la casaca, dándole así compañía al pañuelo todavía húmedo de tus lágrimas.

Afuera se respira bien: la madrugada está límpida. Caminas las siete cuadras que hay entre el hostal y el teatro, y piensas en una sola cosa: la última vez que viste a Catalina hace cinco años. Lo piensas tanto que empiezas a reírte y a recostarte en los postes del alumbrado para sentir que realmente caminas por las calles en busca de su respuesta. Cinco años sin verla y la mayoría de ellos los pasaste en el Norte de África, su tierra.

Ella tiene su versión de cuando se conocieron. Pero tú siempre le insistías que fue una noche de fiesta en casa de Raúl, cuando en aquel entonces (en el que todos eran estudiantes de último año de universidad) se inauguraba el festival de Teatro Metropolitano con «La psicosis aguda» y él había invitado a todo el elenco y técnicos de su obra a celebrar el éxito de la apertura. Catalina obtuvo un papel secundario, pero esa noche era el foco de tu atención: la piel de un intenso color cobrizo, rasgos misteriosos, ojos almendrados oscuros, el pelo castaño, largo y rizado que, de alguna manera para ti desconocida, hacía resaltar los elaborados aretes que pendían de sus orejas. De mil cosas diferentes pudieron estar hablando aquella noche de vientos plácidos, pero de lo que no te olvidaste fue de cuando ella te dijo que había nacido en Marruecos y, aunque hacía mucho que no visitaba su tierra, rara vez faltaban higos secos en su casa.

Precisamente de Marruecos hablaron aquella última vez cuando se sentaron a tomar una taza de café. Habían acabado la universidad y le hablabas sobre el Valle del Dades:

–El país de las mil kasbahs –te aclaró.

–No, el país de los higos –contestaste y al instante–: Acompáñame, Catalina, vámonos… ¿Qué dices? –le sonreías, le afirmabas que ya tenías todo planeado gracias a su papá, que ya tenías la ruta hecha, tú, que nunca habías estado en el África. Tú, que la única relación que tenías con ese mundo era por tu novia marroquí y unas clases sobre los beduinos del Sahara que tomaste para descansar de tu currículo de la facultad de drama.

Le sobrecogió un largo silencio y entonces aprovechaste la ocasión que creías te había dado, como dicen, el destino. Le dijiste lo que te has pasado repitiendo cada día por estos últimos cinco años. Hiciste la pregunta a la que hoy, esperas, recibirás respuesta.

Catalina frente al teatro fuma un cigarrillo. Sus pies, que estuvieron desnudos durante la obra, están ahora cubiertos con unos zapatos oscuros y bajos. Lleva puesta una casaca con el nombre de su más reciente proyecto bordado en el pecho. Te acercas más y es entonces cuando te reconoce.

–¡Ah, el crítico teatral! –te saluda.

–La actriz pródiga –respondes para recordarle estos años de ausencia.

–Es el único momento que tengo para hablarte… Mañana te vas, ¿no? –dice exhalando lentamente el humo del cigarrillo.

–Sabías que no me iría sin verte –le aseguras y rápido añades tratando de mirarla a los ojos–: Tenemos cosas que hablar.

Cuando Catalina sonríe retomas la inocencia perdida. Cuando Catalina sonríe y te mira, sabes que has presenciado algo sutil pero a la vez estremecedor. Cuando Catalina sonríe y te mira porque ha reconocido ese timbre delator en tu voz, te das cuenta de que el paso de los años no cambia a las personas que verdaderamente amas. Apagando el cigarrillo en la pared donde está recostada, te pregunta sobre los higos secos:

–¿No los olvidaste? –pícara, suave y hábil te pregunta.

Los higos secos y la Catalina. Sabías muy bien la razón por la cual no has parado de comerlos desde que la conociste. Sacas la bolsa de tu casaca y ella aprueba.

–Son turcos, no son tan buenos como los del Valle del Dades –dices.

–El país de los higos.

–No, el país de las mil kasbahs –la corriges y ella sonríe, mientras trata de arrebatarte la bolsa de higos–: ¡Ah, ah, no tan rápido! –la esquivas y al toque le preguntas a dónde podrían ir a tomarse el providencial café.

–¿Vamos al camerino?

***

En el autobús de regreso a la cotidianidad de Pinta Negra, la gran metrópolis de Bayoán, a unos noventa kilómetros al norte del teatro donde concluí todo con la Dumont:

Entramos al teatro, pero nunca a su camerino. En el pasillo hacia los tras bastidores, nos fijamos en el servidor automático de café y ella optó por sentarse en un banco que se encontraba justo al lado. No entramos porque el momento así lo ameritaba. A las cinco salí del teatro ofuscado, no sólo porque era la primera vez que fallaba en la entrega de mi artículo, pero por mi pueril idiotez de no olvidar lo que obligatoriamente hay que olvidar. Sabía que iba a acabar así. Lo sabía desde que fui a comprar la bolsa de higos secos en uno de los mercados del centro de la ciudad luego de haber comprado mi entrada. Luego de haber leído hace dos meses, cuando regresé, que Catalina Dumont interpretaría a la secuestrada. Y ella también sabía que iba a ser así. Por eso le insistió a mi editor que le consiguiera el número del hostal donde me hospedaba en esa ciudad, refugiada del salitre del mar y bendecida por la sombra de sus centenarios árboles.

Esa fue su última muestra de consideración para decirme que su respuesta a mi proposición de hace cinco años había caducado al no saber mi paradero. Había sido el instante de mi vida en el que su silencio me hizo volcarme al Sahara para reencontrarme con mis tribus beduinas.

«Había caducado», te pasas repitiendo la sentencia de Catalina durante el transcurso del viaje. «Había caducado», te dices mientras el perfume de los higos, que emana de la bolsa vacía en el bolsillo de tu casaca, te recuerda el pañuelo, ahora perdido para siempre, cuando se lo ofreciste a los ojos de la Dumont.

jueves, 25 de febrero de 2010

Compás 2/4, tambor, guitarra y yo (y otras cosas más que se pueden encontrar en la selva)

Ritmo lleno de mar pero también de río. Nada de frío. La música me hace sudar aunque no quiera, aunque tenga mi traje planchadito, recién salido del dry-cleaner. No me detengo. ¿A estas alturas de la noche --y del baile-- detenerme? Ella, sin decírmelo, me dice que no. No te pares. Sigue no más. Sus pies me hablan, sus saltitos, el sudor frío que se le condensa uniformemente en una húmeda lámina sobre su pecho. Alrededor se sigue bailando. No hay excusa de horas, tragos ni distancias. Al baile lo que es del baile y a mí a seguir esforzándome con todo y el nudo de la corbata puesto (que por alguna razón irracional reúso sacarme). Ya el saco está enredado sobre los arbustos cercanos a la pista de baile, las mangas enrolladas y mi pañuelo refrescándose en el espaldar de una silla. Aquí el calor es fúrico aunque la noche de repente te dedique una brisa.

''Yo dedicando soy malo, pero sin buscarlo salgo premiado. Siempre encuentra el que menos busca'', creo que alguna vez llegué a escribir en la pared de un bar. Recién me había encontrado de frente con las letras de Chico Che en una loable canción dedicada a su saxofonista Eugenio Flores cuando perdió su saxo justo antes de la presentación del grupo. Había pasado una mala noche y en vez de hacer una locura escribí eso. Una nota anónima en un millón, es cierto, pero una trasgresión igual. Como cuando la cumbia me fue seduciendo gracias a mis viajes a Iquitos. Aún los pies se me traban, aún me río con los saltitos, pero mi mente toma caminos desconocidos cuando la escucho. Chico Che un grande de la cumbia mexicana. Lo vine a escuchar ya tiempo después; sus letras son aptas para las paredes y así hice más de una vez. Pero antes, mucho tiempo antes, en mi escasa y condensada cronología de años llegó Wilindoro Cacique. Aprendí que de la selva a la tragedia hay un corto paso. La cumbia proporciona el balance entre estos extremos, matizando la selva con un prolongado intermedio de vacilón. En la tierra donde es difícil predecir cuándo el río subirá o qué mordida echará a perder lo que tienes de vida, la cumbia es agua de vida, respiro de un casi ahogado. Y la cumbia de Wilindoro no es para vertirla sobre paredes, mesas, ni mucho menos puertas de baños. Wilindoro y su ay, ay, ay rescata a cualquiera del marasmo de la cibertrofia y nos hace valorar aquellas pequeñas tiernas cosas que nos hacen humanos. Como un baile rico sobre la pista blanca. Como bailar cumbia sin pisar los pies. De seguir explorando lo extraño, pero ir también reinventando lo hartamente conocido.

sábado, 2 de enero de 2010

Ver las cosas de cerca

La foto tomada en la cocina de la casa vieja donde salen todas las chicas es una ventana a las miradas pasadas. Les observo los ojos, la expresión que forman sus pómulos y los dientes amurallados de unas y los labios más cerrados que abiertos de otras. Al fondo otra ventana (la física y real) donde se ve la sutil luz del año 1987. Luego de tanto tiempo imagino lo que ni ellas (ni el fotógrafo) pudieron imaginar: las miradas delatan historias, pero más lo hacen la manera en que las cuatro (sí, esas son todas las chicas) están abrazadas, en cómo entre la del permanente y la del traje amarillo hay un espacio bastante amplio para observar el fregadero sin ningún plato sucio. El leve vapor que se eleva en el trasfondo derecho indica no sólo la cocción de algún alimento (y la envidiable calidad de una cámara 35mm), sino que todavía nadie ha comido, que esperan por lo que se avecina.

Detrás de la foto no hay fecha escrita ni comentarios, pero todo es tan 1987. Las ventanas Miami blanquísimas, el modelo de la licuadora espiando detrás de la que tiene jeans y camisa a rayas, la pollina de la del traje amarillo, el desgaste mismo de los colores de la fotografía, los dedos ensortijados de la única que no lleva maquillaje y me mira como si recordara ese año tanto como yo. Lo cierto es que ahora, por toparme con este álbum, un escurridizo recuerdo empieza a latir en mi memoria. Una de las sortijas de la desmaquillada fue un regalo mío; la foto, ya me acuerdo, la tomó su hermano, Víctor. Yo no estaba en esa reunión, una pena porque la madre de ambos preparaba un arroz con salchicha salvaje; eso fue, seguramente, lo que comieron. Todas tenían entre 16, 17 años.

Pasaba mucho tiempo con Víctor, no sólo por ser compañeros de universidad y luego de trabajo, sino porque la inmesurable pequeñez de su hermana, con esos ojos penetrantes negros y dedos cortos, como palitos que necesitaban de una mano grande para recogerlos y así evitar que se derramaran por el suelo, me causaba el siguiente padecimiento: perderme en la novedosa zona de un deseo desconocido.

O quizás prohibido, porque la hermana de Víctor crecía en mi cuerpo de casi treinta años y yo crecía dentro del de Víctor de apenas unos veintitantos. Fuimos buenos amigos, Víctor y yo. Y por el lado la inasible hermana suya transplantaba noviecitos con el afán de un horticultor. A mis años yo no sufría por esto ni por imaginármela en labios de otros, más bien aprovechaba cualquier encuentro con ella para afanarle un lindo cumplido y así, en la próxima vez, darle una cadenita, una diadema, una pulserita o esa sortijita que me mira desde la foto de aquel año 87.

Al Víctor lo dejaba en sus cosas. Salíamos, nos divertíamos y yo no perdía la ocasión para preguntarle de su hermanita, de sus clases, de si ya la dejaban salir hasta tarde. Una noche dejé que me abrazara más de lo normal porque en su camisa la olía a ella, notaba el detergente de ropa que inundaba maravillosamente cada prenda que se lavaba en su casa con una fragancia de flores. Empecé a olerlo profundamente cuando se me pegaba al cuerpo y notaba como sus latidos subían el volumen de sus extremidades. Le preguntaba todavía de los planes de la unviersidad de ella, de su carrera, y cómo es posible que quiera ser ingeniero, es tremenda carrera y en nuestro país no hay muchas, pondrá el nombre de las mujeres en alto. Inclusive, luego de habernos besado, Víctor y yo, de habérnoslo dado en público, en el club al que siempre lo acompañaba y no haber sentido ningún tipo de asco como alguna vez pensé, tuve la casi increíble suerte de, días después, acompañar a su hermana a una diligencia que tenía que cumplir. Entonces pude ver en sus negros ojos el para nada insondable destello de la picardía. Esa tarde ella nunca cumplió con lo que tenía que hacer. Horas después ambos le explicamos a su familia y a Víctor que nos habíamos perdido y que para colmo, una patrulla nos había detenido y que luego del llanto incontrolable de ella, nos había dejado ir sin ningún boleto.

A los dos días ella salió hacia el extranjero. Al principio me asusté y pensé que ella habría divulgado los sucesos de esa tarde en la que finalmente pude aguantarle de un sinnúmero de posturas los menudos dedos de su mano y que por eso sus padres encolerizados la habrían castigado con un pasaje de ida y no de vuelta. Inclusive esperé a que Víctor llegara con la intención de provocarme algún daño, pero en su lugar hicimos el amor casi tan rico como se lo hice a su hermana.

A veces uno se imagina y hasta cree que la vida puede tomar giros telenovelescos, pero no. Lo que si sucede al ver las cosas de cerca es la contraindicación siguiente: detener los quehaceres de un sábado de principios de año, sentarse frente a un álbum, y tomar finalmente conciencia que las vidas pasadas no guardan eternamente el silencio.

sábado, 5 de diciembre de 2009

Ver las cosas desde lejos

Decidirse a salir, evitando mirar hacia atrás, causa la siguiente contraindicación: nadar largamente en la incertidumbre. Es una ventana rota. Adentro todo se puede tocar con sólo introducir la mano, cuidadosamente, porque se puede cortar. Y sangrar.

No se quiere sangrar (ni tan siquiera tocar; el riesgo es muy alto). Se busca mirar por el cristal con la clara intención de no volver. Nada más. Y nunca más. Las cosas, todas, tienen ventanas, tienen agujeros por donde mirarse. Muchas, sino todas, se rompen y se sigue caminando pensando que la senda que más lejos de lo quebrado lleve a uno es la correcta, hermosa, única senda. Hacia adelante siempre, dicen. Los ojos buscan el camino que más amplio se abra sobre el horizonte. Es el norte. Es el progreso.

Así las cosas permanecen inutilizadas. Sí, porque se sigue una línea recta, rectísima, sin curvas ni desviaciones ni círculos que son tan humanos; el pasado se quebró y llorar de nada vale porque llorar es, pues, passé. Como la ventana a la que se hace referencia en el primer párrafo de ¿esto? Como todo lo que se ha quedado y de vez en cuando se ve a lo lejos. Se ve y uno lo mira como si hubiese sido el hogar antiguo, una vieja piel que se mudó para aplazar el retorno (que nunca se digna en aparecer pero que fue tan de uno).

Uno se pone a mirar a través de la ventana porque hay veces que uno se extravía de tal manera que no tiene otro otro lugar a dónde ir. Sólo resta refugiarse en los vidrios rotos, la piel seca del pasado y anhelar (si es del todo posible) que la cola de cemento que se compró en la ferretería pueda devolverle a las cosas su forma perdida. Eso y una buena secadora de pelo que sujete bien las partes del todo.

La tribu errante