domingo, 15 de abril de 2007

Las dos soberanías


Comentario al artículo «¿Y el hombre dónde estaba?», publicado hoy en La Revista de El Nuevo Día por Mario Vargas Llosa.

«Pero me temo que . . . el factor cultural constituya un obstáculo mayor para que un hombre o una mujer puedan romper con la tiranía de la tribu».
- Mario Vargas Llosa

¿A qué «tiranía de la tribu» se refiere Vargas Llosa? Pues al encasillamiento del individuo en identidades colectivas, a la sectarización (vean la negatividad que estos dos nombres cargan) del ser humano. Una práctica peligrosa porque según Amartya Sen (Premio Nobel de economía) y Vargas Llosa lleva al «fanatismo de quienes se consideran superiores» y atenta contra la soberanía de los seres humanos.

Esta interpretación es cierta porque a la vez que nos pensamos partes exclusivas de una multiplicidad de grupos, nos vamos arrinconando en subculturas, religiones y etnias, y nos olvidamos del otro, del que precisamente se encuentra “outside our box”. El libro de Sen y este escrito de Vargas Llosa llaman a que dentro de su individualidad el ser humano busque la amplitud necesaria que lo ayude a matar la deshumanización, ese ‘extranjero’ que todos llevamos dentro y que ha sido el causante que nuestra historia sea una oda a la tragedia de guerras y conflictos. (Vargas Llosa escribió en 1988 un ensayo sobre la novela de Camus titulado, «El extranjero debe morir», el cual recomiendo leer).

Para usar un vocablo del derecho internacional –y a esto es lo que se refiere Vargas Llosa cuando escribe que «una persona pueda elegir su soberanía»–, las distintas identidades que heredamos y asumimos nunca deben coartar el derecho a nuestra autodeterminación como individuos. Esta autodeterminación se accede gracias a la soberanía individual que es el derecho a escoger lo que somos y lo que queremos ser. Esta actitud explica el rechazo que Vargas Llosa siente hacia el nacionalismo, las dictaduras y el fanatismo en todas sus vertientes y la que le ha ganado tantos enemigos y críticos a Vargas Llosa en Latinoamérica. Este rechazo al pensamiento liberal del peruano-español muchas veces se basaba en argumentos hechos por individuos que precisamente se abrazaban –y todavía se abrazan– a posturas arcaicas del nacionalismo, la cultura y la identidad. Sin embargo, parte de la crítica que hoy día recibe Vargas Llosa es válida, sobre todo cuando el centro de la misma aborda las nuevas corrientes políticas continentales que apelan a ciertos grupos étnicos y sociales. Un cambio que tanto él como otros analistas han hecho todo lo posible por desacreditar al asignarle características negativas a la palabra populista, como si elegir gobiernos con el apoyo popular sea una desgracia.

El tiro le ha salido por la culata porque aunque ningún gobierno sobre la faz de la tierra es perfecto (y algunos de los que se han instaurado en Latinoamérica, como el de Chávez, ya están demostrando vicios de ideologías desacreditadas), lo cierto es que estos gobiernos fueron elegidos mayoritariamente por los pueblos ejerciendo el otro tipo de soberanía que Vargas Llosa y otros comentaristas de derecha muchas veces subestiman: la soberanía política de los pueblos.

Las dos soberanías, la individual y colectiva, son imprescindibles, porque si bien todos tenemos derecho a la identidad que escojamos, también, y cito a Vargas Llosa, «pertenecemos a muchas colectividades» y una de ellas es nuestra colectividad de pueblo y nación. Una depende de la otra. Sin soberanía individual un colectivo no puede autodeterminarse y aspirar a la soberanía política plena y sin esa soberanía política plena, el individuo de ese colectivo no puede participar de la globalización y la economía de mercado en condiciones de igualdad. A fin de cuentas, apoyar la soberanía política, reafirmarse en una de nuestras múltiples identidades, no es retroceder en el tiempo y apoyar el «descuartizamiento de la humanidad». Es, precisamente, lo contrario: celebrar el multiculturalismo y «permitir que la libertad pueda ejercitarse por todos».

Tomemos al toro por los cuernos. O sea, hablemos de Puerto Rico
¿Acaso los puertorriqueños no cabemos en ese todo? Puerto Rico tiene el derecho de disfrutar de su libertad. Libertad que no se ha atrevido a ejercer por 514 años. Porque libertad no es escoger no ser libre.

No hemos accedido a la soberanía política y por ende no hemos participado de las nuevas dinámicas internacionales. Esto nos imposibilita gestar un proyecto nacional que nos inserte en las corrientes globales de vanguardia y que provea un abanico más amplio de opciones para atajar nuestros problemas colectivos.

La soberanía para Puerto Rico no es un llamado nacionalista ni mucho menos anti-estadounidense. La soberanía colectiva de Puerto Rico es el paso impostergable para respetar la soberanía individual de todos los puertorriqueños. Así celebraremos la hibridación y acabaremos con los elefantes blancos de la «cultura puertorriqueña monolítica» creada por el ELA para alimentar un falso sentido de libertad. Y así habilitará un proceso que erradique los males que Vargas Llosa muy bien deplora (el fanatismo, la intolerancia, la dictadura, el abuso de los derechos humanos). Males que vivimos en Puerto Rico y que son producto directo del coloniaje.

2 comentarios:

Juan Félix dijo...

Es increíble el enredo de espíritu que tiene nuestro pueblo para no aceptar la verdad que tú acabas de exponer de forma tan clara y precisa. Ser o no ser; ese es el dilema. Los predicadores de la independencia han fracasado en presentarle un proyecto de futuro al país que sea creíble, posible, y sobretodo real. Desde 1989 se hizo obvio que el gringo está listo para negociar. Esto quedó claro –por lo menos para mí- mientras se discutía el futuro del malogrado plebiscito en las vistas públicas de la comisión presidida por el Senador Bennett Johnston. Pero nadie en aquel entonces, como tampoco ahora, tenía preparada la lista con las condiciones y términos a ser negociados. La razón me parece obvia. Nadie, ni los más frenéticos postuladores de la independencia, tienen claro cual es el país que queremos construir.

Luis Ponce Ruiz dijo...

juan félix:
De acuerdo contigo. Pero el enredo mayor lo tienen los políticos e ideólogos (a la larga fueron ellos los que fallaron en 1989). Es urgente que en Puerto Rico nos refiramos a las opciones de status como lo que verdaderamente son, herramientas, y no como lo que pretenden ser, ideologías. Las ideologías son el verdadero semillero de las desgracias de la humanidad porque nacen para permanecer inmutables.
Gracias por tu comentario y espero verte por aquí nuevamente.

La tribu errante