El oleaje pródigo de marzo
Las olas no inundaron mis ventanas abiertas
Nadie advino con la genial idea de crear un evento para ver las fuertes marejadas de finales de marzo. Veinte años que solamente los estudiosos del tiempo conocían y a todos nos tomó por sorpresa. Los años pasan y el mar pareciera ser el mismo, pero las costas delatan la erosión y el calentamiento global, una catástrofe inminente. Justo cuando hablamos de construcciones y demoliciones en la zona marítimo terrestre, el mar, como siempre, sin pedir permiso, reclamó lo que ingenuamente creíamos era nuestro.
Nadie quiso abrir un evento para reunirse y ver las aguas tropicales embravecidas; es que el mar lo tenemos por dado; la sal, la arena, el sol: no hacía falta traducirlo a código html. Todos sabíamos cómo sobrellevar el laberinto de nuestros días -y ciudad- para llegar a las costas. La formalidad de las invitaciones (más bien la necesidad isleña de estar frente al mar acompañado) fluyó como antes: de boca en boca, por teléfono, hasta quizás con una nota adherida a la nevera.
No hizo falta una invitación electrónica ni pedidos de confirmaciones. Una ironía de estos tiempos, como la que en una isla rodeada de agua nos haga falta una ventana para ver el mar.
Dulce, dulce sal
Así...sabes...más...rica... Qué bueno que vi tu nota pegada en la nevera.
Los vientos de abril
Simplemente Santurce
No diré que hoy estuve por Miramar. Ni lo escribiré para que todos lo vean. Tampoco diré que oriné en un baño hermoso y bien ventilado, con las ventanas abiertas que daban al cielo y a las copas de los árboles. Ya no escribiré nada para que sepan lo que estoy haciendo. Si alguien me pregunta, le diré que entré al Colegio de Abogados para evitar pasar frente al Bistro du Sud.
Y si me detienen en la entrada preguntaré: "¿Dónde queda el baño?".
X-Me(n) o la mutación de la palabra
La última vez que le hice un poke fue para que entendiera que las causas del amor son eternas y no instantáneas. Y para que supiera que me cansé de escribir.
"...[E]l vacío de la casa se les presentaba como un animal dispuesto a tragarse cualquier sonido..." La tribu existe para combatir ese vacío y preservar los sonidos.
Mostrando las entradas con la etiqueta el mar. Mostrar todas las entradas
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sábado, 5 de abril de 2008
sábado, 15 de septiembre de 2007
Loreto y yo
Me paseé por Mameyal y quise que Loreto en realidad viviera allí conmigo, en una casita de esas humildes, de un solo piso, pero con el mar de patio trasero. Entonces vi a Loreto junto a mí nadando en el mar para entre las olas llamarlo nuevamente y así escuchar ese nombre que él nunca podrá enunciar. El eterno estudiante y el mar. Vi a Loreto devorarse el resto de una alcapurria fría (es amante de la carne molida). Vi a Loreto orinando sobre la palma inclinada que uso para amarrar mi amahaca.
¿Quién es Loreto? Un perro del cual me enamoré. No fueron sus patitas largas y flaquitas, ni su firme cuerpecito negro en forma de cilindro, o los brincos impetuosos que daba lo que me cautivaron. Fue su nombre y la manera con la que sus dueños lo llamaban: Loreto era una persona, un pariente más que con sus pequeñas formas había logrado permanecer en la casa que visité.
“¡Loreto, ven aquí!”, gritaban algunos. “¡Ven aquí, lindo perrín!”, tenía ganas de gritar y de apoderarme de su nombre. Loreto. Así también se llama el departamento del Perú que contiene a Iquitos, la ciudad más grande de la Amazonía peruana. Ciudad mitificada por Pantaleón y sus putas. Loreto encarna, pues, la Zona Tórrida de Puerto Rico y del Perú.
Loreto es también la Baja California. Y pienso en La Perla de Steinbeck, como en el Pantaleón y las visitadoras de Vargas Llosa. Es un perro geográfico, ya me he dado cuenta. Loreto y Ponce: nombres de ciudades y de regiones, relacionadas a versiones míticas de la historia americana y literaria. Y fue esta la verdadera razón de mi intento desesperado de escribir muchas veces el nombre de Loreto para así adueñármelo.
¿Quién es Loreto? Un perro del cual me enamoré. No fueron sus patitas largas y flaquitas, ni su firme cuerpecito negro en forma de cilindro, o los brincos impetuosos que daba lo que me cautivaron. Fue su nombre y la manera con la que sus dueños lo llamaban: Loreto era una persona, un pariente más que con sus pequeñas formas había logrado permanecer en la casa que visité.
“¡Loreto, ven aquí!”, gritaban algunos. “¡Ven aquí, lindo perrín!”, tenía ganas de gritar y de apoderarme de su nombre. Loreto. Así también se llama el departamento del Perú que contiene a Iquitos, la ciudad más grande de la Amazonía peruana. Ciudad mitificada por Pantaleón y sus putas. Loreto encarna, pues, la Zona Tórrida de Puerto Rico y del Perú.
Loreto es también la Baja California. Y pienso en La Perla de Steinbeck, como en el Pantaleón y las visitadoras de Vargas Llosa. Es un perro geográfico, ya me he dado cuenta. Loreto y Ponce: nombres de ciudades y de regiones, relacionadas a versiones míticas de la historia americana y literaria. Y fue esta la verdadera razón de mi intento desesperado de escribir muchas veces el nombre de Loreto para así adueñármelo.
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