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viernes, 24 de abril de 2009

Les dije adiós en abril


Cuando recibí la noticia que encabezaría la misión en el desierto me despedí del agua y sus gotas, del aire húmedo de mis bosques de nubes y de la lengua tersa y mojada con la que la lluvia moja mis ropas.  En el desierto me espera la luminosidad del sol y el sueño de los ojos; el frío de las noches y los dátiles con leche de camello.

Le dije adiós a mis amigos y a mis perros, junto al resplandor del mar, de los embalses y de las ventanas pintadas de huracanes que ya no me acompañarán porque en su lugar habrá arena: minúsculas partículas que evidencian la edad del tiempo.

Le dejé a mi único hijo mi único reloj de manecillas y el último paraguas que compraría.  Me preguntó:  "¿No te hará falta una sombrilla?".  No, le dije.  Cuando llegue a mi destino me envolveré en las túnicas de los nómadas y de las tribus, sólo dile a tu madre que procure siempre regar la jardinera y el roble amarillo que sembramos antes de separarnos.  Antes pensaba que toda despedida guardaba el gérmen del retorno, pero ese día supe que me despedía a secas.

Al día siguiente, en el camino hacia el aeropuerto durante la temprana mañana, tuve que también despedirme del verde de los árboles, las montañas y el césped.  El canto de las aves y el sonido de los insectos.  Supe con toda certeza que dejaba mi mundo atrás, mis lágrimas y mi sangre.

Pero aquella tarde en que finalmente llegué a mi destino luego de interminables escalas y, como la mejor de las profecías, justo cuando me disponía a entrar al Hotel Parador, la lluvia cayó en el desierto y sentí la ausencia no ya del paraguas entregado sino de la disolución de mi nuevo mundo cuando comprobé que las casas de barro compactado iban formando un lodazal tan grande como una ciudad.

sábado, 27 de enero de 2007

Boston - New York - Bayamón I

De este estado no sé quién me librará. Cuando te encuentras pensando en lo que pudo haber pasado y en lo que ahora podrá pasar. Sí, me hago de muchas esperanzas. Demasiadas. Pero también de muchas desventuras.

Es el problema que sufrimos aquellos que quieren reinventar su historia. Sobre todo, cuando te toman por sorpresa cosas que pudieron salir de un libreto de una comedia romántica de esas de Miramax. Esas situaciones esperadas; esos viejos clichés de siempre. Te conmocionas porque nunca pensaste que te podrían pasar a ti. Es lo que ocurre con el e-mail o carta que busca desenterrar lo enterrado, hurgar en el baúl de los recuerdos olvidados, de las ansias difuminadas. Ese mensaje que busca sensibilizarte para que olvides lo malo que pasó y le ofrezcas una nueva oportunidad.

Pues bien, ayer recibí y leí (verdaderamente lo devoré) el mensaje de una vieja pasión de Boston. No hubo elaboraciones de su parte: luego de seis meses de silencio, su mensaje -corto y colegial- fue tan casual como si el martes hubiésemos cenado y yo le hubiese dicho las somocurciadas que le dije la última noche. Pero miento. Realmente retomó nuestro rollo desde ese último instante en que nos comunicamos o más bien yo me comuniqué con ella a través de esa tan preciada forma de comunicación que es el mensaje de texto que además de rápido y efectivo, tiene esa gran ventaja de causar una deliciosa sorpresa al destinatario.

Le mandé ese "text" desde el aeropuerto de Nueva York, en mi última escala en el continente antes de regresar a Puerto Rico. Y en ese mensaje solamente le envíe el título de una canción de Jarabe de Palo, Agua. Aparentemente nunca la escuchó hasta hace unos días y algo le tiene que estar pasando para que haya decidido escribirme. Puedo pensar en varias cosas como, por ejemplo, que quiere reestablecer un vínculo conmigo para que nos podamos ver nuevamente. O que a lo mejor finalmente se dio cuenta que no se portó bien conmigo y está tratando de decírmelo de la única manera que yo le haría caso, a través de las letras de la misma canción que me hacía pensar tanto en ella (además de las de Cesária Évora). O, quién sabe, a lo mejor quiere contentarme para que se me ablande el corazón y deseche mis complejos de superioridad para que cuando ella quiera escaparse del frío de Nueva York yo le diga con la lengua afuera, hecho todo un perrito faldero, que sí, sí, por favor ven.

Esbozo todas estas posibilidades y teorías pero a fin de cuenta, como fiel romántico y trillado fanático de Silvio, ojalá que este e-mail luego se convierta en alguna promesa para volverla a ver muy pronto.

La tribu errante