sábado, 3 de febrero de 2007

Kefar Nahum o «la tierra de los cafres»

El hombre se levantó desnudo e inmediatamente se dio cuenta que habían dormido por muchas horas, inclusive, más de lo debido. Afuera estaba de noche y el viernes cada vez más próximo. Por la diminuta ventana veía a los últimos comerciantes salir del pueblo y a un regimiento militar entrar para relevar a los guardias diurnos. El ruido de los soldados —el metal de la armadura, las sandalias contra la tierra— también lo despertó junto a la certeza de que le quedaba un año de vida. De repente sintió frío.

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Pero es que no hay ni que escucharlo hablar. O sea, miren esa cara de cafre, esos cachetitos de Kiko, de niñito que come rico y saluda como un marinerito mariconcito. O sea, ¿en qué piensa la gente?

¡No!, me dirán los sensibles sociólogos, los teólogos del Villa Capri Divinity School, los fariseos que fomentan el libertinaje religioso. Hoy en día, me dirán, la gente está dispersada como antes las doce tribus de Israel, y necesitan su mesías con un mapa de ruta para que los saque del pecado y la miseria.

Así que, Luis Ponce, chico, deja tu comemierdería, hay que entenderlos. A ellos les urge tener un líder, un ungido a su imagen y semejanza que les haga creer en algo y si ese algo es que el pecado se acabó y esta vida es pa’ vivir como rey, pues chévere, yo creo en Rosselló…digo, Jesucristo Hombre.

Pero es que no es sólo creer. Hay que ofrendar y en grande. El Jesucristo Hombre precisa para su ministerio una mansión en Miami, una flota de carros alemanes, vuelos en jet privado y un séquito de guardaespaldas. Ajá, y una segunda esposa —bien rica que está— que llegue a los calores infernales de las ‘crismas’ boricuas con una bufanda de lana con copitos de nieve colgando de los extremos: mira qué linda.

Y les repito a mis amigos que creen en este ay, bendito social, de que hay que perdonar y entender a estas «taras del subdesarrollo» boricua (Mario Vargas Llosa, ¡alábalo que vive!), a esos que como animalitos indefensos se aferran a lo que sea, que votan por la misma calaña de gente para gobernarnos porque en sus peregrinaciones de iglesia a iglesia el pastor de turno les decía, “este es el que es” mientras invocaba a Jehová, Ezequiel y Joel frente al Capitolio. Que estos engendros, promiscuos religiosos y archienemigos de la razón —porque les huele a secular—, no son los marginados, los de abajo, ni mucho menos los desposeídos de la tierra. Son los mismos que cada dos o tres generaciones producen uno que se cree es Jesucristo hecho Hombre, como si el original no lo haya sido.

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Buscó el calor en los tapetes y sábanas que en el suelo hacían de cama y en el siempre cálido cuerpo de María. En estos últimos años, él siempre se despertaba primero por culpa de los sobresaltos que lo invadían, sensaciones de un terror que solamente podía controlar en público, pero nunca en la intimidad. Amaba a María porque lo había rescatado de la soledad y la demencia. Ella lo amaba, sobre todas las cosas, porque él le había devuelto la vida.

Los largos viajes por Palestina lo agotaban, pero no en extremo. Hoy habían asistido a una boda en las cercanías de Cafarnaún. En la boda, la comida y el buen vino fluían en exceso y ambos tomaron hasta casi saciarse. Las festividades aún continuaban cuando decidieron partir: él quería seguir conociendo los milagros de la carne junto a María.

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Entonces llega y nos es imposible librarnos de su presencia. Perseguido se sentirá. Acosado, hostigado, extenuado por permanecer todo el tiempo en la mirilla y en las páginas de la llamada prensa de esta ínsula hirsuta. Todo lo acapara. O sea, a fin de cuentas es un mesías posmoderno (sí, sin ‘t’), que desparrama su evangelio a través de Vea y Súper Xclusivo y conversaciones con Marcano y en A Calzón Quita’o. Está en todas y hasta los llamados estudiosos de la Biblia no saben qué más hacer para decirle a este pueblo de caravanas, de parrandas republicanas y de turbas independentistas, que este Jesucristo Hombre, es mitad drogodependiente y esquizofrénico y mitad Dios sabe qué, pero de pendejo no tiene nada. Por ocho mil dólares mensuales yo me convierto en lo que tú quieras, mi amor. En político mesiánico, redactor de discursos en la Casa Blanca, abogado de Julito Labatut, y ah, en Jesucristo, Pornostar.

Es que Luis Ponce, ¿quién te crees que eres? Chico, deja tu pedantería, deja a un lado tu falso sentido de responsabilidad ciudadana, tu palabrería patriótica porque ni siquiera has ido a la Parguera ni conoces las urbanizaciones de tu linda metrópoli cosmopolita San Juan. Eres tan esmalla’o como todos aunque intentes hacer jueguitos satíricos, tan arrima’o como los mantení’os que dices criticar, tan bellaco como los que fantasean con la esposa de Jesucristo Hombre.

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María de Magdala era hábil con sus manos. Hilvanaba los hilos con gran facilidad a la hora de tejer vestimentas y hacer remiendos. En manos de María, el rito de la unción se desnudaba de todo carácter sacro y suscitaba incandescentes placeres. En la cama, sus deditos se adelantaban impávidos sobre la piel, totalmente entregados a provocar principios y conclusiones. Sobre él, María lo convertía en un cúmulo de carne hecho verbo. Contra la pared, en un rincón, con las rodillas hincadas ella, él le daba el mejor significado a la palabra comunión. Antes de caer dormidos, mientras acariciaba con su nariz y labios los diminutos pezones de María, hizo una pausa y le dijo: «Qué hijos de puta somos, dejamos al pobre de Juan solo en la boda.»

29 de diciembre de 2006

2 comentarios:

Javier Ferrer dijo...

me gusta como le das un giro a la historia del evangelio con esa cronica que haces de un tal dios-hombre que vino a Puerto Rico.

Luis Ponce Ruiz dijo...

Javier, gracias por darte la vuelta. Me alegra que te haya gustado el cuento. Saludos y vuelve pronto!

La tribu errante