Mostrando las entradas con la etiqueta maestría. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta maestría. Mostrar todas las entradas

miércoles, 10 de octubre de 2007

Héctor Morales Rosado, Escritor

[Les presento aquí el cuento que La Revista de El Nuevo Día, le publicó al compañero Héctor el pasado domingo, 7 de octubre. Era una obligación incorporarlo a las entradas de La tribu para que una vez desaparezca de las páginas electrónicas de endi.com, perdure en el ciberespacio. ¡Muchas felicidades y adelante!]

La conspiración

“… en la década siguiente, un cónclave universal de ex novelistas desempleados concurrió que con dos oraciones, de no más de 15 palabras, bastaba para decir todo”.

Por Héctor Morales Rosado

La proliferación del cuento corto, a principios del siglo 21, logró eliminar, casi en su totalidad, la creación de novelas. Los grandes proponentes del nuevo canon literario, novelistas todos, presintiendo lo peor, determinaron que “si no hay novelas, tampoco habrá cuentos”. Entonces, establecieron que 200 palabras eran suficientes para producir una obra narrativa. Luego, en la década siguiente, un cónclave universal de ex novelistas desempleados concurrió que, con dos oraciones, de no más de 15 palabras, bastaba para decir todo. Ya para fines de siglo, el cuento hiperbreve de mayor impacto fue la famosa ‘Página en blanco’, reafirmando contundentemente la futilidad de las letras. Aunque se le otorgó el premio Nobel, su autor no fue recompensado y menos aún reconocido, pues en el afán de ahorrar palabras no firmó la obra.

A partir de ese hito histórico, se creó el ‘Metaultrabrevismo’, el intrépido estilo literario que proponía que la expresión narrativa moderna se reduciría solamente al tamaño, forma geométrica y color del papel. Las palabras sobraban. La nueva literatura fue muy bien acogida por los políticos, quienes encontraron un medio que ellos podían entender. Los cuerpos legislativos, unánimemente, aprobaron una ley, hablada por supuesto, y promulgada al pueblo a través de altoparlantes, que vedaba la escritura con la finalidad de economizar espacio en el país. Violar la misma conllevaba una pena de 10 años de cárcel sin derecho a probatoria. Los países del mundo acogieron con beneplácito la legislación con la certeza de que su aplicación reduciría los efectos del calentamiento global.

Hoy, en los albores del nuevo milenio, algunos jóvenes, clandestinamente, honran a los que sacrificaron sus vidas en la sangrienta revuelta por las letras en el 2099. Estos escribas incipientes plasman sus palabras, irreverentemente, en los coloridos y multiformes papeles vacíos de las obras más laureadas de los últimos años. Además, todos coinciden en que el mejor medio para retomar el uso de las letras, inequívocamente, es la novela... y mientras más larga, mejor. Después de todo, tanto tiempo publicando palabras sin palabras, había mucho por escribir. ¡Los novelistas al fin habían triunfado!

Héctor Morales Rosado es estudiante de Maestría en Creación Literaria de la Universidad del Sagrado Corazón.

jueves, 8 de marzo de 2007

Dulce Carolina; dulces sueños

Hoy me estaba durmiendo al volante. Cabeceo una, dos, tres veces y mis parpadeos duran un poco más. Me asusto porque ya me ha pasado varias veces. Y no es que maneje por las carreteras y autopistas resquebrajadas de este país a las tres o cuatro de la mañana. Esto me ocurre en pleno día, a la 1:30PM cuando voy rumbo a casa luego de salir de la escuela donde trabajo en Carolina.

Esta semana Radio Universidad (no hay mejor estación que ésta) no me ha ayudado porque están con su Festival de Radio Amigos (de hecho, cooperen, por fa) y se pasan hablando mucho más de lo usual y tengo que cambiar a KQ para mantenerme despierto, pero ni eso. Ya no sé ni qué música enlatada pasan por KQ. Estoy, entonces, a la merced de mi sueño retrasado, de toda la carga de estas semanas que se vuelven cortas y pesadas.

Lo de ser maestro por el día y tomar más clases por las noches se torna fatigante por todo lo que tengo que manejar. Me levanto por la madrugada, para evitar el tapón de Bayamón y luego seguir hasta Carolina. De enseñar portugués y francés salgo a la 1:30PM, y si no he chocado (knock on wood), llego a Bayamón como a las dos. Cuando tengo maestría, que son los martes y miércoles, prefiero quedarme por San Juan para no tener que salir de casa a eso de las 4:30PM para así evitar otro tapón, esta vez de Bayamón a Santurce, y no llegar tarde a las clases que empiezan a las seis y supuestamente duran hasta las nueve (aunque ayer, gracias a unas divagaciones inoportunas, nos mantuvieron hasta las 9:30). Pero, por supuesto, no he podido realizar esta buena idea porque siempre he tenido que regresar a Bayamón luego de la escuela para acabar un trabajo o encargarme de algo. Así que además de seguir desperdiciando tiempo en tapones, gastando gasolina y contaminando el ambiente, estoy dejando $2 diarios en los peajes.

Claro, está el Tren Urbano y muchos saben que casi siempre lo cojo, pero en estas últimas semanas no he querido chuparme la travesía de casi 25 minutos de Sagrado a Bayamón, cuando a las nueve de la noche las carreteras están limpias y llego a casa en 12 minutos. Esos 13 minutos adicionales representan una ganancia. Son esa rara satisfacción de haberle ganado tiempo al tiempo y de dormir ese poquito más por las mañanas. Esos 13 minutos que, ahora estoy convencido, me han ayudado a no dormirme del todo en el expreso de Diego, cuando el sol de las 1:30 de la tarde envuelve todo en una luz que se asemeja a la que ilumina mis sueños.

La tribu errante