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lunes, 18 de octubre de 2010

Clase

Entro al salón y a veces no reincido en el asiento de la vez anterior. No me importa. La sala es bastante amplia para que ningún estudiante se quede de pie. La profesora tarda unos diez, quince minutos en entrar e iniciar la clase. En la espera hablo con algunos de los compañeros, enciendo mi computadora y ya pienso en qué haré luego que salga de aquí. La hora y pico de clase se extiende mucho más que el horario acordado porque el tema --en realidad la gran mayoría de ellos en esta Facultad-- tiende a ser técnico y al así serlo, no queda otra sino de catalogarlo como aburrido. En el aburrimiento de esta clase es donde decido a hacer cosas que luego no hago. Me quiero comprar un auto, por ejemplo, y pienso en la independencia que adquiriría al tener una cuenta que deba con el banco. Pienso en mudarme lejos de Bayamón y lo más cerca al mar. Las playas, la desnudez controlada siempre pintan un mundo mejor.

Las ideas están llegando como bandadas de gaviotas. Una idea equivale a mil horas de vuelo. Así me la paso en la clase, volando.

Salgo y llego hasta otras orillas. Me detengo, examino el aire, el sabor de las cosas. Cualquier cosa es mejor que estar atendiendo legajos indescrifrables de angustias legislativas. Una vocecita me dice que no nací para esto. ¡Qué mucha razón tienen esas vocecitas! Yo la secundo, pero sé que hasta nuevo aviso no hay escapatoria. Vuelva otro día en que los cambios sí sean posibles.

Se me ocurre sacar a la gente mediocre que habla por la radio. Hay una diferencia crasa entre un analista de verdad y un analista de la radio. El último analiza para una audiencia; el primero para todos. Yo quiero más al primero aunque nadie después lo quiera.

Me parece chulísimo unirme a una masa de gente que con violencia irrumpa en la legislatura, los tribunales, La Fortaleza a saquear los archivos, tirar las sillas y monitores por las ventanas, romperle la cara a malletazos a dos o tres y proclamar que ahora sí, el pueblo va a legislar, adjudicar y ejecutar. ¡Revolución! Gritarán unos. ¡Anarquía! Llorarán otros. Nada de eso, quizás y sólo quizás, un fútil intento de rescatar lo insalvable.

Quiero publicar un buen libro. El problema es que tengo que escribirlo primero. Las hojas sueltas que he dejado por la vida son objetos casi extraviados y en muchos casos inconclusos. No ha sido falta de tiempo ni espacio, sino falta de tinta o, en el peor de los casos, de lápiz.

Vivir en otros países siempre ha sido mi debilidad. Buenos Aires, Nueva York, Lima, Barcelona, Shanghai (sí, si me voy a China la primera ciudad en que viviré será Shanghai). Imagino en qué barrios viviré, qué platos aprenderé a cocinar, con cuantas chicas lograré acostarme y quién rayos me dará trabajo. Expectativa. Incertidumbre. Lo desconocido suena maravilloso cuando vivimos en lo conocido. Necesito uno, dos, tres días de descubrimiento, unos Días de la Raza, Hispanidad, de Colón, de lo que quieran, solito para mí.

Alguien alguna vez pensó que viajaba mucho para salir de casa de mis padres. Y sí, esa persona tenía razón. Y ahora puedo, ahora estoy más cerca de conseguirlo. Y no tan sólo de mis padres, sino de toda esta Isla. Para salir de la imbecilidad a la que nos hemos tirado de pecho. El problema es que siempre el amor derrota a la imbecilidad.

En todas estas ideas pienso hasta que noto que en mis apuntes de clase se confunden los casos que se discuten con estas ideas peregrinas mías. Debajo de los temas de clase se encuentra mi lista de cosas que nunca haré y luego las impresiones de una comapañera sobre un artículo de de una ley. Me desconcierto un poco y rápidamente me pregunto si a otros compañeros les pasará lo mismo, si dentro de una misma oración un reflujo mental inrrumpe el proceso normal de raciocinio o si yo soy el único, el que ya ha olvidado controlar su mente. Mis ideas. Estas manos que a veces escriben lo que le plazca.

Imagino de todo menos lo que realmente haré luego que se acabe esta clase. (Tan difícil imaginar algo tangible cuando te mueves obligatoriamente en el mundo de las percepciones). Y por eso, cuando llega el momento nunca hago nada y me tomo una siesta que es mucho mejor que gobernar o dar una clase tan mala como ésta.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

La maravillosa ternura del pavo

Cuando estaba en universidad iba con mi amiga Emily a Syracuse a pasar el Día de Acción de Gracias junto a su familia. Era el intermezzo a los exámenes finales y una perfecta oportunidad para planificar lo que le escribiría a la chica del momento que me gustaba: una carta de amor, un poema, una tarjeta con lindos versos. Ideaba la manera hasta de invitarlas a las fiestas de Navidad que se organizaban en el campus. Ahora me acuerdo del frío de la nieve de los últimos días de diciembre y del sótano de la casa fraterna donde se bailaba y las parejas se besaban. Como nunca mis cartas y poemas fueron bien recibidos, terminaba yendo con amigas que, por desgracia, luego también me empezaban a gustar y cuando finalmente decidía escribirles algo, mis palabras nunca encontraban el tibio pecho de sus lectoras.

Nuevamente al año siguiente, entre los árboles de manzana sin hojas, los caminos congelados y el frígido aire que me succionaba el calor del cuerpo en Upstate New York, me ideaba otros poemas y soñaba con otra chica. Esto se convertía en mi razón definitiva para fijarme en los detalles de Emily, en su ropa, sus cuidados, en lo que me respondía para así aplicar mis nuevos conocimientos en las muchachas de turno; de concentrarme en entender las letras de las canciones de Navidad que Rich -el papá de Emily- ponía en la sala antes de la cena. Frank Sinatra descompuso de tal manera mis recuerdos pasados sobre esta época, que luego del fin de mis estadías en Syracuse, todavía me veía sentado frente a la chimenea de la sala de Emily, intentando memorizarme las letras de Ol' Blue Eyes. Alguna vez le llegué a explicar a Rich mis apasionamientos y él me animaba en ellos, a la vez que me servía otroapéritif y nos disponíamos a esperar el banquete de la velada.

Lo curioso es que años después me encontraba a esas muchachas que les había escrito y hasta algunas accedían a un café y a una conversación. Todas muy bien con sus vidas-trabajos-novios/esposos-éxitos. En esos pocos minutos en que lograba atisbar las formas de sus cuerpos bajo los ropajes o la sonrisa que me ofrecían al pasarle un sobrecito de azúcar, redescubría las razones de mi atracción por ellas: el lunar en el cachete de una; la forma tan cómica con que otra todavía me hablaba mientras se devoraba una galleta; el espectáculo de sus dedos al aguantar la taza de café; su manera de responder el móvil, pagarme el café e irse apresuradamente (porque también hay formas de ausencia que ciertas personas vuelven únicas).

Luego de observarlas y recordar mis infructuosas historias con ellas, la verdad tocaba fondo y entendía la razón por la que nada había surgido entre nosotros: la lejanía de nuestros mundos. Esto se reconfirmaba cuando estas chicas, antes de marcharse, preguntaban sobre mí ya que a lo largo de nuestro encuentro no había lanzado pormenores de mi vida. Yo les respondía -cómo no hacerlo luego de su interés- con tres descripciones: desempleado, viviendo con mis padres y escribiendo. ¿No has publicado nada? Algunas veces mentía y les decía que sí, pero en vez de darle el título de un libro, las refería a mi blog (trataba así de subsanar mi mentira). Otras veces decía la verdad y a los pocos minutos me daban las gracias (en estas otras salidas impetuosas siempre tenía la amabilidad de invitarles el café y las galletitas, por supuesto) y se desaparecían entre la multitud de la ciudad.

De las siete u ocho chicas que he vuelto a ver, sólo una mostró interés y en esa ocasión rápido me increpó sobre mi estilo literario, de porqué sigues en esta ciudad si aquí no vas a encontrar oportunidades. Sal, mijo, tienes que irte de aquí, ¿o es que todavía no te has dado cuenta que esto es una tumba de ideas nuevas?

Entonces ella se acordó de una tarjeta que le di en las Navidades del 2002: todavía la guardo aunque no me creas. Ya sabía por donde iba la cosa y me sonreí con ella aunque en ese instante no recordaba las palabras exactas que le había dirigido, un gran descuido de mi parte ya que de lo único que suelo acordarme es de las cosas que escribo. Seguimos hablando en el café con el ímpetu del que deshoja una alcachofa y admito que no sólo empecé a sudar debajo de mi suéter, sino que inclusive acerqué más la silla a sus muslos y traté de buscarle sin recato sus ojos verdes, ignorando por completo el anillo de matrimonio que llevaba en esa linda mano que ya comenzaba a dibujar garabatitos en la servilleta (yo sudando y ella garabateando, ¿acaso no estábamos bastante viejos ya como para controlar el nerviosismo?). ¿En realidad fue una tarjeta de Navidad? Pues si quieres te la muestro.

La distancia entre el café y su apartamento no fue mucha, pero menos fue entre la puerta y la isla de la cocina donde nos comimos muy lentamente esa pequeño corazón de alcachofa que palpitaba dentro de nosotros. El instante en que le mordí su dedo anular ensortijado fue como escribir una nueva oración de mi siempre inconclusa novela: el poder metafórico que se disparó en mí al intentar estropear con mis dientes ese gran símbolo de la familia perfecta logró que finalmente nevara sobre la ciudad temporal que habíamos edificado sobre la isla rústica de madera, sustituyendo de un porrazo los lindos frutos otoñales de plástico que hacían juego con la decoración del apartamento y que ahora permanecían regados en el suelo.

En ningún momento pude recordar lo que le había escrito hace ya algunos años y ella, luego de disculparse para ir al baño y arreglarse un poco, no hizo ningún esfuerzo por encontrar esa tarjeta de Navidad de la que me había hablado. Dudé si en efecto esta mujer era quien decía ser. A decir verdad nunca le pregunté su nombre y en todo momento supuse que era ella, si total, me trató con la naturalidad más fresca del mundo. Pero, ¿estudiamos juntos? Sí, me respondió ella cuando nos tropezamos en el parque Lafayette y empezamos a hablar. ¿En Georgetown? Por supuesto. Espérate, fuiste la roommate de Carolina, ¿no? Pues aquí me tienes. Rápidamente supuse que en algún momento le había escrito algo o más bien invitado a la Gala de Navidad en la calle Prospect: la cierto es que su cara me parecía familiar junto a sus ojos verdes, inclusive, la forma un poco rara en que sus labios formaban las terminaciones de las palabras. A todas mis interrogantes me respondía en la afirmativa, pero eso sí, nunca me llamó por mi nombre. Nunca me dijo, Luis es fascinante lo que me escribiste o Luis, ¿no te pareció un poco ridículo mandarle tarjetas de Navidad a todas las chicas que te gustaban en aquel momento? Soy sincero y a mí no me parecía nada ridículo mi atropellado intento de conseguirme una novia y en el café nos reímos de mis ocurrencias y yo de las de ella, de su vida después de graduada, de que esta ciudad a veces cansa, pero más la cansaba su trabajo de abogada que compartía con su esposo. Y entonces aprovechó el hilo de la conversación para que le hablara de mí, un error de su parte (¡cómo entonces no caí en cuenta!): tan sabido es por la gente que me conoce que una vez me preguntan sobre mí tiendo a olvidarme de todo y a centrarme en mis grandes fracasos que proclamo como aciertos frente todos esos que viven guarecidos tras sus conquistas y, en estos últimos días, detrás de sus iPhones. Así logré interesarla más, y el resto fue historia, me dije, cuando intenté despedirme sin meter la pata e increparle en la cara: ¿pero acaso no te has dado cuenta que no nos conocemos?

Al despedirme ella me dio la mitad de una tarta de canela que, imagino yo, le sobraba en el refrigerador y cerró la puerta. Pensé en gritarle, ¡gracias por el bizcocho...Feliz Navidad!, pero en su lugar le di un mordisco a su regalo (hacía horas que no comía nada y ya mi estómago estaba al borde de la hecatombe con tanto café que le había vertido) y comencé a caminar hacia Syracuse, donde me esperaba una rica cena o por lo menos mi memoria en un estado mucho más ordenado que el actual.

miércoles, 11 de febrero de 2009

¡Feliz San Derechín!

"El Derecho es una carrera...excelente". -Yo imitando la locución de Marcus imitando un avance de telenovela brasilera.

La crisis del capitalismo y el Derecho me han transformado el San Valentín:

Pasar el sábado en el Yunque con la gente de ANDA suena bien, junto a un sanguichito de jamón y queso para cuando llegue a la cima o mejor:  un pasadía comunitario en Punta Salinas.

No más Morton's o Ruth's Chris, ni Pikayo o las maravillas de La Casona :  chavos sólo tengo pa' los sanguiches de Boca a Boca.

Fin de semana largo que la pasaremos entre el SPA de la bañera y pinchos de salchichas Carmela.

Encontraré la manera de hacerle bombones de chocolate con Chocolate Cortés o arrancarle las orquídeas a mi vecina, si es que no me asesina cuando me coja y le diga:  ¡Feliz San Derechín!

Al final, luego de tanto amor jodido por la economía, me tendré que conformar con el porno de la Internet y fumarme par de Marlboro Reds como hace Rubén.

domingo, 20 de abril de 2008

Lorenzo Helguero, invitado de la Tribu, y cuatro poemas suyos

Insomnio
Lorenzo Helguero
Álbum del Universo Bakterial
Lima, 2006
103 pp.









"Soy inmortal: dichoso es el que sueña
y no traza en la noche vanos versos
".

Esto es una deuda largamente adeudada.

La cumplo hoy porque he releído este poemario en momentos que desesperadamente lo necesitaba. Y lo que he leído es una ofrenda de amor (si es que éstas se pueden leer del todo). Amor a Rosana, su esposa, pero amor también a la palabra, a la obsesión con los versos y con Darío y Borges. Pero también desamor al sueño, al descanso (a aquél que no sea sobre el cuerpo desnudo del amante), al estúpido letargo de hacer nada, a la embriaguez que irónicamente deja vacía a "la botella y la inútil poesía".

Hay algo maravillosamente personal en esta cuidada edición y en los cuidados versos que Helguero nos propone. Veintidós son los sonetos que componen Insomnio. Su lectura es íntima porque además del intenso mundo que respiran los versos, el libro es un cuaderno Moleskine, con todo y su hoja de información, con todo y su cinta elástica que lo mantiene cerrado. La poesía me embruja con su ritmo y salta de la página para apoderarse de mis propios recuerdos. Lo que Lorenzo transmite se filtra por los poros de mi vida y con ella se confunde.

Los poemas discurren con una intensa fragilidad y concisión; son como la palabra, la letra: un molde de no sólo significados, sino experiencias y recuerdos. Insomnio es también metáfora de un viaje: del viaje de la noche en vela y del Moleskine, objeto de rigor de todo artista y escritor viajero. El primer soneto, Historia de las Indias, nos embarca hacia el inicio de una aventura y de un devenir lleno de tragedias que son historias. Son las historias de Helguero las que se plasman en las pequeñas páginas del libro, sus mutaciones como en Pronombres, uno de mis sonetos favoritos, sus luchas y desafíos frente al cuaderno y dentro de la cama, en su pasado y en su presente. Son historias de catorce versos que terminan con Retorno, que es, al estilo de Borges, un final con esperanzas de comienzo.

La palabra

Ya no el silencio, sino voz que crece
y que llega confusa para ser:
por la página en blanco reaparece
la Palabra vestida de mujer.
Mostrándome sus senos me saluda,
como una perra en celo se me ofrece,
-me ha reconocido- se desnuda
y exige que la monte y que la bese.
Su revejida desnudez me tienta,
me ofrece la canción y la tormenta,
la tortura y el ritmo, el mar, la ola.
Sus látigos me llenan de lenguaje;
me vence, me despoja de mi traje
y en esta misma página me viola.

₪•₪•₪•₪•₪•₪•₪

Pronombres

De tanto amarte oscura y vorazmente
hoy confundo mi cuerpo con el tuyo
y mi mente desnuda con tu mente
(tu nombre es Fuego y es Espasmo). Huyo
de lo que fui, me alejo de mí mismo,
de mi historia y mis letras inconclusas;
caigo en la noche: ya no soy el mismo
que escribía en los senos de las musas.
Ahora me llamo Espasmo y también Fuego
y en la ardiente unidad del mismo dúo
todo mi cuerpo en llamas te lo entrego.
Tengo tu piel y tú tienes la mía.
De pronto hemos cambiado: yo menstrúo
y tú escribes feraz la poesía.

₪•₪•₪•₪•₪•₪•₪

Of
renda

Te doy todo de mí: mi dentadura,
mi pecho atormentado por el asma,
mi cadáver despierto, ese fantasma
que se empeña en hacer literatura,
la inmensidad de despertar y verte,
los vellos de mi pierna y de mi mano,
mis cánceres futuros y el humano
temor a la certeza de la muerte.
Te entrego todo, aun el alfabeto
de mi sílaba impar, el apellido
que me encierra en la letra y que me nombra,
las inciertas moradas de mi sombra,
mi indecible silencio, mi sonido
y el verso en que se muere este soneto.

₪•₪•₪•₪•₪•₪•₪


Retorno

El tiempo que es arena y es eterno
repite su camino: todo vuelve
a su secreto origen (se disuelve
la nieve que ha de ser en otro invierno).
El sendero es un círculo. Regresa
el olor de mi infancia silenciosa,
el pequeño jardín donde la rosa
una vez más a florecer empieza.
Lo que ha sido será (también la casa
que hace tanto perdí). El tiempo pasa
y es el recuerdo un fuego que no quema
y es la memoria flama que no arde.
En una mágica y confusa tarde
alquien escribirá este poema.

Lorenzo Helguero (Lima, 1969) estudió Lingüística y Literatura en la Universidad Católica del Perú. Ha publicado los libros de poesía Sapiente lengua (1993), Boletos (1993), Beissán o el abismo (1996), El amor en los tiempos del cole (2000) y Poeta en Washington D.C. (2004). Poemas suyos han aparecido en diversas revistas y antologías. Actualmente realiza estudios de post-grado en el Departamento de Español de Georgetown University. Contacto: lhelguero@yahoo.com. [Información tomada de la edición de Insomnio].

miércoles, 10 de octubre de 2007

Héctor Morales Rosado, Escritor

[Les presento aquí el cuento que La Revista de El Nuevo Día, le publicó al compañero Héctor el pasado domingo, 7 de octubre. Era una obligación incorporarlo a las entradas de La tribu para que una vez desaparezca de las páginas electrónicas de endi.com, perdure en el ciberespacio. ¡Muchas felicidades y adelante!]

La conspiración

“… en la década siguiente, un cónclave universal de ex novelistas desempleados concurrió que con dos oraciones, de no más de 15 palabras, bastaba para decir todo”.

Por Héctor Morales Rosado

La proliferación del cuento corto, a principios del siglo 21, logró eliminar, casi en su totalidad, la creación de novelas. Los grandes proponentes del nuevo canon literario, novelistas todos, presintiendo lo peor, determinaron que “si no hay novelas, tampoco habrá cuentos”. Entonces, establecieron que 200 palabras eran suficientes para producir una obra narrativa. Luego, en la década siguiente, un cónclave universal de ex novelistas desempleados concurrió que, con dos oraciones, de no más de 15 palabras, bastaba para decir todo. Ya para fines de siglo, el cuento hiperbreve de mayor impacto fue la famosa ‘Página en blanco’, reafirmando contundentemente la futilidad de las letras. Aunque se le otorgó el premio Nobel, su autor no fue recompensado y menos aún reconocido, pues en el afán de ahorrar palabras no firmó la obra.

A partir de ese hito histórico, se creó el ‘Metaultrabrevismo’, el intrépido estilo literario que proponía que la expresión narrativa moderna se reduciría solamente al tamaño, forma geométrica y color del papel. Las palabras sobraban. La nueva literatura fue muy bien acogida por los políticos, quienes encontraron un medio que ellos podían entender. Los cuerpos legislativos, unánimemente, aprobaron una ley, hablada por supuesto, y promulgada al pueblo a través de altoparlantes, que vedaba la escritura con la finalidad de economizar espacio en el país. Violar la misma conllevaba una pena de 10 años de cárcel sin derecho a probatoria. Los países del mundo acogieron con beneplácito la legislación con la certeza de que su aplicación reduciría los efectos del calentamiento global.

Hoy, en los albores del nuevo milenio, algunos jóvenes, clandestinamente, honran a los que sacrificaron sus vidas en la sangrienta revuelta por las letras en el 2099. Estos escribas incipientes plasman sus palabras, irreverentemente, en los coloridos y multiformes papeles vacíos de las obras más laureadas de los últimos años. Además, todos coinciden en que el mejor medio para retomar el uso de las letras, inequívocamente, es la novela... y mientras más larga, mejor. Después de todo, tanto tiempo publicando palabras sin palabras, había mucho por escribir. ¡Los novelistas al fin habían triunfado!

Héctor Morales Rosado es estudiante de Maestría en Creación Literaria de la Universidad del Sagrado Corazón.

viernes, 14 de septiembre de 2007

Mundo plástico

Si la materia nunca se destruye, entonces estamos frente a una posible situación calamitosa: estaremos arropados de basura para siempre.

Pienso en el plástico y me preocupo. Todo el plástico creado jamás desaparecerá; todas esas tarjetas de crédito, de cortesía, de membresía, de descuentos e identificación, votación y de códigos de seguridad estarán rondando en nuestras vidas por los siglos de los siglos hasta que empecemos a comer plástico. Entonces sí que viviremos una existencia plástica. El plástico dominará todo. Nos dominará tanto que muy pronto nos empezarán a crecer uñas plásticas y los dientes tendrán residuos plásticos y haremos el amor introduciendo tarjetas electrónicas en lectores causantes de sensaciones, uuhm, placenteras.

Esto soñó Julio Antonio Vázquez ayer, luego de no obtener una Venda Card para sacar copias al material del examen de hoy.

viernes, 7 de septiembre de 2007

Miércoles y Jueves

Lo único más atrasado que mi sueño son las lecturas de Derecho. Este blog está en su tiempo...adelantado si quieren que lo resuma en una sola palabra. Tanto que ahora me voy para mi primera clase y en lugar de estar pendiente a ella, estaré pensando en lo que escribiré en esta entrada.

Ayer por la noche me dio hipo luego de devorarme unos chicharrones con pique y la mitad de una bolsa de popcorn de Indiana. Hoy se ha repetido luego de almorzar. Me devoré el sánduich de pastrami. Lo más seguro un pedazo del pan se me quedó atravesado en la boca del estómago. Y yo me pregunto, ¿para qué tanta prisa? ¿Acaso adelantaré el tiempo para llegar a mi casa, cambiarme, dormir y -nuevamente- tener pesadillas con los casos? Mi respuesta a tanta prisa es esta: prisa a continuar con esta entrada, a escribir lo que se me ocurrió y apunté en la clase. Prisa, ante todo, para sentirme más calmado aunque vaya a mi última clase con este hipo que no ha querido desaparecer.

Miércoles

Aula Verde
Tenía toda la intención del mundo de escribir esta entrada el mismo miércoles que fuimos un grupo de estudiantes de Derecho a Aula Verde en el residencial Manuel A. Pérez (para mis fobias a los caseríos lea esto). Aula Verde es un salón de clases dentro de un jardín y sobre piedrecillas azules, bajo las copas de los árboles, con una leve brisa que no te hace extrañar a las demencialmente frías temperaturas con que operan los acondicionadores de aire de este país. En Aula Verde pensé en el Derecho Ambiental, pero también pensé en cómo, y ya a un mes de empezar mis estudios de leyes, todavía escribo en este blog aunque me tarde una semana entera en completarlo, aunque en ese preciso momento cuando se me ocurrió la idea no haya tomado una esquina de los documentos que nos dieron y garabatear algo. Estos nuevos estudios, pues, me obligan a no olvidar con tanta facilidad, a preservar las ideas que se me ocurren, las cosas que quiero contar. A recordar que cuando regrese a Aula Verde (porque lo haré) llevaré la libreta donde escribo todas estas cosas antes que ustedes las vean en la pantalla.

P.D.- Me gustaría que en los talleres de cuento de la Maestría en Creación Literaria de Sagrado, los estudiantes logren convencer a los profesores de que por lo menos uno de los ejercicios se haga afuera del salón. Requeriría quizás un gran esfuerzo para separar una tarde de un sábado para visitar no sólo a Aula Verde, sino a parques, museos, chinchorros o un circuito en la AMA para luego escribir.

Pikayo
El miércoles por la noche finalmente Appoint pudo acceder a Pikayo. No fue fácil pautar la visita. La espera de un mes y medio es obvia: Wilo Benet ha tenido un exitazo con su último libro, Puerto Rico True Flavors (vea una reseña en el blog Super Chef) que lo ha mantenido viajando y participando como conferenciante en un sinnúmero de lugares en los EE.UU.

Me preparé lo más que pude para la entrevista: leí los artículos criollos, vi algunas reseñas en revistas y periódicos norteamericanos y me aprendí su curriculum. La misión era hacer una entrevista distinta y no repetir lo que siempre se dice de Pikayo. Creo que lo logré...en octubre se enterarán.

La ciudad y sus parques - O el porqué de la pasión, la pérdida de la razón y la vida como una tóm-tóm-tóm-bola.
Cuando El Capitán de la Pluma de Ganso estuvo por Nueva York investigó los parques de la ciudad. La razón era encontrarme, atraparme y traerme de vuelta a Puerto Rico. No lo logró y yo regresé solito y a mi conveniencia (y quizás para no perderme un musical en Bellas Artes). Pero bueno fue que hizo ese recorrido y documentó los parques de Manhattan porque en Puerto Rico hemos olvidado la existencia de los nuestros.

No enumeraré las razones de siempre. Enumeraré otras como la total ignorancia de que existen parques muy cerca de donde vivimos y la dejadez de precisamente dejar de hacer lo mismo que siempre hacemos por las noches después del trabajo y atrevernos a caminar un rato y vivir la ciudad. Lo más llamativo del caso es que perdemos de perspectiva que el Área Metro es una ciudad. La culpa puede ser la criminalidad, pero en realidad yo culpo más al crimen del hacinamiento de carros. Puerto Rico es para los carros. Esta aseveración es indebatible. El ser humano, el peatón, el que verdaderamente hace una ciudad ciudad no es más que un estorbo.

En Nueva York hasta la gente de clase media y alta sale a caminar. Se juntan con los yuppies y los estudiantes hambrientos. Así lo reportó El Capitán de la Pluma de Ganso en su informe. Los más ricos se pasean hasta en caballo por las manzanas alrededor del Parque Central.

Aquí ni los pobres salen a caminar por la ciudad. El Viejo San Juan bien puede ser el último reducto para el caminante, pero para entrar y salir de él hay que utilizar el auto (o la lancha de Cataño, pero claro, eso para los que vivimos al otro lado de la Bahía).

La pasión se desata en el parque en todas sus manifestaciones. A falta de gente se nos aparecen fantasmas entre los árboles. Al aire libre se cuestiona la realidad, pues, más libremente. Y dan ganas de salir corriendo hacia una ciudad del pasado.

Se puede asismismo perder la razón en el parque... ¿o es quizás en el parque-o? En el parqueo circular de nuestras mañanas. Los carros amontonados en la calle donde resides, el parking movible del tapón que nos mueve hacia el Estacionamiento de Puerto Rico: en lo que se ha convertio la UPR. Con todo y estación de TU, la Yupi es parking. Es la única estructura que puede opacar a la Torre. Estacionamiento por todos lados: una gran piscina de asfalto llena de piscinas de agua embarradas de luz y de color...de aceite.

Jueves

La súper compra que hicimos en el Walgreen's de la Ponce de León hizo que me acordara de mis compras en el CVS de la Wisconsin en Georgetown. Recordé la intensa soledad de ser un recién llegado a una ciudad extraña y de ser un extraño en tu ciudad. Desconozco a Santurce: nací en ella en 1983 pero no es mía. Y cuando transito en las noches y madrugadas por sus calles me doy cuenta de que hemos abandonado -desertado- una ciudad entera en el mismo centro de San Juan.

(Entrada terminada a las 12:23 AM del día 13 de septiembre de 2007).

lunes, 13 de agosto de 2007

Tali-hoo!

Tali, un ex-amigo sueco, es un hijo de puta. Al principio todos en el grupo armonizábamos porque nos agradaba su espíritu alegre y su personalidad llena de energía. Parecía que siempre había vivido en DC, cuando en realidad acababa de llegar a la ciudad como todos nosotros. Él siempre conocía a alguien que sabía donde estaban las mejores fiestas en el campus o qué banda estaba de tour en la ciudad o en qué bar te servían alcohol sin ser mayor de edad. Y esta información la compartía con todos nosotros; era la época del feel good universitario, de los Welcome Bashes, cuando todos recién empezábamos la universidad y, vaya, vaya, todos habíamos logrado el hito de ser aceptados a Georgetown. Nos sentíamos con el mundo por delante, capaces de hacer realidad todas nuestras ambiciones y, sobre todo, de conseguir un buen trabajo cuando nos graduáramos, Inshallah, en cuatro años.

Todas esas expectativas cambiaron mucho con el paso de los años y con el estilo de vida que fuimos desarrollando en la ciudad. Estudiábamos como soldados, pero la juerga empezaba los miércoles con Lost en ABC. Ya en nuestro tercer año, nos dimos cuenta que los sueños no tardan ni dos ni cuatro años en hacerse realidad. En muchos casos, una vez concluimos mientras tomábamos unas cervezas en el Brickskeller, los sueños se viven día a día, uno los construye sobre la marcha y por eso es que la gente no se da cuenta y muchos mueren pensando que, carajo, nunca pude hacer realidad mis sueños. Nadie en esa mesa quería morir así, todos queríamos triunfar o decir que estábamos triunfando aunque los efectos no se vieran de inmediato.

Ya para ese entonces también me empecé a dar cuenta de lo hijo de puta que era Tali. Si en algún principio me pareció meritorio y hasta honroso que Tali haya importado su welferismo escandinavo a los Estados Unidos y lo haya aplicado a sus relaciones interpersonales, porque pensaba, mira, vivir tan unos encima de los otros como lo hacíamos, compartiendo todo lo que se podía compartir, finalmente era posible, la agudeza, sin embargo, con la que dividía todo y buscaba compensación por sus compras o sus esfuerzos se volvió, no sólo ridículo, sino molestoso. No es que fuéramos extraños como ocurrió en un principio, cuando todos nos empezamos a conocer…ahora vivíamos prácticamente en el mismo townhouse, nos veíamos con una frecuencia voraz y como quiera Tali nos ponía un sobrecito en la puerta de su refrigerador para que pagáramos por las botellas de cerveza que consumíamos mientras veíamos los programas en HBO que él y sus roommates nos invitaban a ver. Tal y como me juqueó la serie Carnivàle, así de fulminante dejé de frecuentar el piso de ellos.

Abdullah’kim, mi roommate palestino que también se había integrado a nuestro grupo, empezó a protestar mi extremismo, que si Tali sólo está pidiendo un dólar por la cerveza, ¿cómo vas a dejar de visitarlo por esa estupidez? Yo, sin embargo, me mantuve firme en mi decisión: Tali es un hijo de puta, viene a nuestras fiestas, no trae nada, toma y come a su gusto y no pedimos un centavo porque, coño, ¿acaso no es nuestro amigo? y ¡ahora viene él a cobrarnos por las cervezas baratas que guarda en su nevera! Ustedes, los occidentales se pelean hasta por la bebida, cuando hay tanta en este país, se atrevió a responderme. Puta madre, me dieron ganas de responderle, y ustedes, malditos árabes, que se pican en cantos por el petróleo. Abdullah’kim, me dijo algo en árabe, lo más seguro algunos versos del Corán a lo que le respondí, Shak’ran, Abdullah, Assalam Aleikum y me fui a dormir. Compartir la habitación con él me había hecho hablar árabe hasta en mis sueños.

Pasaron los meses y mi sentencia de que, en efecto, Tali no era un buen amigo comenzó a manifestarse cuando empezó a salir con la chica que le gustaba a Abdullah, una sueca marroquí de ojos claros como la miel. Al principio ninguno en nuestro grupo le hizo caso, todos aceptaron, inclusive hasta el propio Abdullah, la máxima: en el amor y la guerra todo se vale. A mí me pareció bastante rudo de su parte y así mismo se lo dije a Abdullah. Mi roommate se sentía traicionado, lo podía notar cuando coincidíamos con Tali y los demás en The Tombs o en alguna fiesta de la calle 38. Fueron varias semanas después del incidente y luego de saberse que Tali se acostó con la chica, que Abdullah me confesó que yo tenía razón. Nosotros, me dijo, que nos creímos que estas sociedades nórdicas habían hallado finalmente el secreto para derrotar el capitalismo e individualismo rampante creado por los gringos y celebrábamos a dónde quiera que íbamos el hecho de que estábamos viviendo como verdaderos socialistas demócratas, compartiendo todo, pagando lo justo por lo consumido en conjunto, pero esto de compartir las mujeres, sobre todo entre amigos, a sabiendas que a mí me gustaba, eso sí es una cabronería. Y te creías, le dije, que esto sólo se trataba de cervezas baratas.

Nos quedaba un año en Washington y ya nuestro grupo no era el mismo: dejamos de ver las series de HBO y ABC, ya ‘el grupo’ no salía a cenar y cada cuál hacía su fiesta a su conveniencia. Tali seguía conectado a la red de europeos expatriados más populares de la ciudad y se pasaba conociendo a un sinnúmero de gente atractiva y dispuesta a fiestar hasta las altas horas de la noche.

Creo que llevaba cinco meses de haberme distanciado de Tali (ni nos hablamos durante el receso navideño) cuando decidí aparecerme junto con nuestros amigos a una de las fiestas que él estaba promocionando en uno de los nuevos clubes de Washington. Se alegró de verme y me abrazó como si nada nos hubiese alejado. Le pregunté si todavía cobraba por las cervezas que le tomaban en su casa a lo que me respondió con una carcajada y más tickets para tragos en la barra. Todo el mundo bebió como quiso. Me di cuenta que era una fiesta escandinava porque los Red Bull con Jägermeister no paraban de ser ordenados. Supe que en una esquina ya se había formado un lapachero de vómitos. Yo había ido solo, pero Abdullah había llegado con una pelinegra alta, de piernas bien formadas y cintura pequeña que no dejó sola ni un solo momento.

Tali se les acercó como si nada y los saludó de una manera tan agradable que Abdullah no pudo hacerle la malacrianza de no presentarle a su chica. Besito, besito en los dos cachetes como acostumbran los europeos y yo, viendo todo desde la barra, no podía creerlo. Tuve que darme dos shots de Absolut: ¡qué haces Abdullah! ¡Despacha a Tali, vete a bailar con ella! Pero seguían hablando, así que me le acerqué a Tali lo más que pude, le tomé del hombro y le dije bien despacito al oído: aparentemente han robado tu billetera y hay un loco, rubión y maseta como tú, comprándole tragos a la barra entera. Los ojos azules del sueco se engrandecieron y su sonrisa desapareció con la gravedad de mi noticia. Me dijo gracias y fue directo a la barra para tratar de solucionar el problema. Con su billetera en mis manos se la mostré a Abdullah, que no paraba de reírse y le grité: ¡Huevón, si bebieras, pediría una champagne para los tres! Él y su jeva se perdieron en la multitud de la pista de baile y viendo a varios panas de la universidad que estaban solos como yo, les propuse irnos al champagne lounge del tercer piso. ¡Estás loco! ¿Con qué dinero vamos a subir? No se preocupen, les respondí mientras les mostraba la billetera de Tali, repletita de dólares y pases especiales, tenemos taquillas VIP.

sábado, 23 de junio de 2007

Kazuo: un amante más de los bacalaítos

Hace dos semanas, mientras visitaba Washington, D.C., fui a mi barra preferida, The Brickskeller Saloon, para reencontrarme con la mayoría de mis amigos y amigas de la universidad que aún quedaban en la ciudad. Fue grato ver a todos los y las que se dieron cita. Pero como suele ocurrir en estas situaciones, siempre hay alguien que se destaca, ya sea porque la persona ha dado una transformación total, se ha quedado igual o una extraña combinación de ambas.

Este último fue el caso de Kazuo Oishi, un amigo canadiense-japonés que llegó al Bricks luego de que Keith, Whitney y este servidor hayamos iniciado nuestra primera ronda de cervezas (porque el Bricks ES el lugar de la cerveza en todo EE.UU., sino el hemisferio...visite el sitio web si no me cree) al estilo belga: mucha cabeza, aroma y cuerpo. Lo que me llamó la atención de Kaz fue que llevaba puesta la camisa con la que siempre lo recordaba: estrecha, de botones y cuadriculada con tonalidades que van desde el azul claro hasta el vino. Pero no sólo su camisa era un elemento del que mi memoria se había apropiado, ya que sus espejuelos aerodinámicos eran los mismos de hace tres años, al igual que su teléfono móvil chiquitito Samsung, idéntico al mío. Tal y como siempre lo recordaba, así llegó Kaz saludando a todos, con una nueva compañera de sus estudios de posgrado en salud pública que cursa en Georgetown.

Muchos de los que se dieron cita al Brickskeller tomaron parte del viaje que hicimos en marzo de 2005 a Puerto Rico para celebrar nuestro último Spring Break como universitarios. Por supuesto, muy buenas historias surgieron de esos diez días que dividimos entre Culebra, San Juan e Isla Verde, pero lo más que nos impresionó a todos fue el gusto especial que Kaz, mucho antes de visitar a Puerto Rico, había desarrollado por ese manjar nuestro, los bacalaítos.

Que dónde y cómo los probó por vez primera todavía está en debate. Sin embargo, la ocasión pudo haber sido en Nueva York gracias a la influencia del padrastro puertorriqueño de su novia filipina, María. En uno de sus viajes a Nueva York durante el tercer año de universidad, Kazuo regresó a D.C. intrigado por los friquitines del Spanish Harlem donde había probado toda una serie de cuchifritos. Cuando ese mismo semestre hice una especie de soirée en mi apartamento (amuses-bouche, hors d'oeuvres, y mucho vino) Kaz no paraba de hablarme de los cuchifritos y de los bacalaítos Goya que su novia compraba en las 'marketas' de Nueva York y le hacía en Georgetown. Toda esta pasión se transformó, durante nuestro Spring Break '05, en una degustación de bacalaítos cuando llevé a Kaz y a María, junto a diez otras amistades nuestras de Georgetown, a Piñones. Este grupo, pues, pasó cabalmente la prueba de La tribu de los cafres, mucho antes de la existencia de este blog.
Kaz: "This bacalaíto is as big as my face!"
Foto: María Gaspar

miércoles, 11 de abril de 2007

El oficio de escribir y la Maestría en USC

Es curioso porque hace cuatro años, mientras estudiaba en Georgetown y recién organizábamos el primer taller de literatura en español de la universidad (Paréntesis), utilicé el título "Cuaderno del oficio" para reunir mis textos narrativos que hasta entonces había escrito y que consideraba buenos. Ja, pero luego de haber comenzado la maestría muchos de ellos han sido reescritos sino descartados por completo.

Bueno, esta mini entrada es para que lean más sobre la Maestría en Creación Literaria de la Universidad del Sagrado Corazón y del oficio de escribir. Un saludo especial para todos los compañeros y amigos de la Maestría, en particular a Leomaris y Renia (léanla aquí y aquí), que por supuesto, son mucho más fotogénicas que este servidor.

Aquí están los enlaces:

Flash! Cultural en endi.com

Entrada en el Blog del Prof. Latorre-Lagares

domingo, 4 de marzo de 2007

jueves, 8 de febrero de 2007

¿Por qué "la tribu de los cafres"?

No es que defienda o apoye lo rudo, inculto y rústico. Ni tampoco es que desee imitar esa tipografía del cafre boricua, sus formas y fondos. Pero -y continuando con el legado semántico de Sunshine- de igual modo, no pretendo convertirme en el cruzado de lo avanti y de lo sublime, lo eminentemente artístico. Creo en que hay que salpicar un poco de cafrería a nuestro entorno de todos los días. Por supuesto, el arte, la búsqueda de la perfección (que es la verdad) y la expresión contundente deben regir cualquiera que sea nuestra labor y, sin embargo, esto no implica que de vez en cuando nos gocemos un chiste de La Comay o unos "hot dogs" guisados con arroz blanco (como sirvieron hoy de almuerzo en la escuela donde trabajo).

Lo cafre no es la cultura popular, pero sí es lo burdo, mediocre y enlatado que de ella puede degenerar (el merengue de grupillos, la constante gula de jamonilla y empanadillas de pizza son un buen ejemplo). El cafre o kāfir (ya que viene del árabe pagano o bárbaro) puede ser alguien que no tenga educación pero no necesariamente. Las universidades están llenas de esa tribu de los cafres: son los que simplemente pasan por la universidad, los que no logran entablar ese enlace tan personal y enriquecedor con el mundo académico. Los ves, precisamente, hablando de "este y de aquella", de las eternas fiestas, del sexo banal. Son los pseudos estudiantes (porque los estudiantes eternos somos otra cosa).

Las profesiones están llenas de cafres. Véase los parlamentos y congresos del mundo (y a las residencias presidenciales) y encontrará su buena dosis de bárbaros. Vaya a las convenciones de los maestros, de los doctores, farmaceúticos. En fin recibirse de algún grado, matricularse en una universidad, no es cura infalible contra la cafrería.

La cafrería para mí es un marco, una guía y una manera de comprender el lugar donde convivimos. No es el fin. Hay que denunciarla. Pero para hacer eso hay que entenderla, experimentarla y, de vez en cuando, escribirla.

lunes, 22 de enero de 2007

"Aim sorri"

Para que vean como es mi vida y como ella ha sido, verdaderamente, un desencuentro con el género humano.

Serían la una, una y media de la tarde. El día idóneo para sentarse y tomarse unas cervezas en las terrazas de los cafés que bordean algunas (en verdad muy pocas) calles de Washington, DC. Pero ese día no pensaba ni en terrazas, ni en cervezas, ni en el gran sol que hacía brillar con más intensidad el mármol de la ciudad capital. Estaba en la universidad, bajo techo, yendo de kiosko en kiosko estudiantil para conocer los programas que se ofrecían en el extranjero.

Buenos cursos son los que ofrecía y todavía ofrece mi universidad. Ya fantaseaba con el destino final de mi semestre en el extranjero: la gloriosa Universidad de Salamanca, l'Institut des Sciences Politiques en Estrasburgo o la Amazonía ecuatoriana. No preguntaba en todos los kioskos porque ya tenía claro a donde quería ir, aunque a duras penas intentaba captar la atención de las israelíes que, vestidas a la usanza de su tierra, ofrecían ojitos, sonrisitas y manitas a todo aquél que le preguntara por su patria forzada en otras. Para variar, ninguna me hizo el caso que anhelaba.

Continuaba dando rondas (creo que mi próxima clase no era sino hasta las tres) y vi a las caras conocidas. Nos reconocíamos y automáticamente nos dirigíamos el mismo saludo insípido de siempre: "Hey, what's up?" "Good." "You?" "Good." Entonces me tropecé de frente con un señor trajeado de azul grisáceo, pelo abundante pero blanquísimo, en la mano varios cuadernos (quizás uno que otro libro) y estos aprisionados contra el torso. Hicimos el amague de salirnos del paso ajeno, pero siempre acabábamos en la misma posición inicial. En un reflejo de brusquedad y familiaridad, le puse la mano sobre el hombro para ya bien dejarlo pasar o detenerlo y al hacer esto me di cuenta que era con el mismísimo Mario Vargas Llosa con el que acababa de bailar un bolero bien bailado (en la misma loseta, con los brazos bien cerca, mirando al frente, pero realmente no mirando). No. No me estoy inventando esta historia. Yo, le puse la mano al hombro de Vargas Llosa para tranzar esta batalla campal que nos habían impuesto las ansías del estudiantado de irse a otro país a estudiar. Es, sin embargo, cuando hice el contacto con su persona que él verdaderamente me miró y como si estos tropezones le pasaran con mucha frecuencia me dijo en su inglés, todavía con un dejo arequipeño, "Aim sorri" y continuó hacia su destino. Quizás a su clase de por las tardes. A esa a la que nunca pude entrar.

La tribu errante