"...[E]l vacío de la casa se les presentaba como un animal dispuesto a tragarse cualquier sonido..." La tribu existe para combatir ese vacío y preservar los sonidos.
domingo, 6 de julio de 2008
Jefté Lacourt, invitado de La tribu
Dos ancianos se encuentran conduciendo por una calle donde los carros pasan rápido y no abundan los establecimientos. Se escucha una música tranquila, de viaje, y sus rostros se ven complacidos. De repente, el pasajero se exalta y empieza a mirar a su alrededor como si acabase de despertar de un sueño y grita: «¡Para!».
El conductor se asusta y se detiene abruptamente en el carril del paseo. El pasajero se baja del auto inmediatamente y el conductor hace lo mismo luego de apagar el motor.
Conductor: ¿Pero qué pasa?
Pasajero: Mano, ¿qué rayos estamos haciendo?
Conductor: Pues conduciendo, ¿no ves? Llevamos años haciéndolo.
Pasajero: Pero, ¿a dónde vamos?
Conductor: Pues a donde va todo el mundo, coño.
Pasajero (confundido): No, no, no, espérate… No mano, no pue… ¡¿qué va a pasar cuando lleguemos?!
Conductor: …Nnn, no me había puesto a pensar en eso…
Pasajero (temeroso): Joder, cabrón…
Conductor: Bueno, pero tampoco nos podemos quedar parados aquí, o sea.
Pasajero (sarcástico): ¿Ah sí? ¿Y qué sugieres?
Conductor: Pues seguir, ¿qué más?
Pasajero: No, no, no…cabrón, ¿no te das cuenta? ¡No sabemos qué nos va a pasar!
Conductor: ¡Nadie sabe qué va a pasar!
Pasajero: Pues no, ¡vamos a virar!
Conductor: ¡¿Quéeee?!
Pasajero: Vamos a virar.
Conductor: ¡Loco, no podemos virar!
Pasajero: Claro que sí, vamos, yo guío.
Conductor (burlón): Sí, Pepe.
Silencio. Los dos viejos pensativos parecían dos gotas de lluvia en el medio de una inmensidad atravesada por dos vías: un sin sentido que el sol pronto extinguiría.
Pasajero: Nada más míralos. Siguen por ahí pa’bajo sin detenerse a pensar qué carajo están haciendo.
Conductor: Bueno…en verdad, para serte honesto, yo tampoco. Pero qué felices éramos mientras lo ignorábamos.
Pasajero: Éramos, tú lo has dicho.
Conductor (luego de una pausa): ¿Y ahora qué hacemos?
Pasajero: Vamos a comer algo.
Conductor: De nada servirá, como quiera vamos a llegar.
Pasajero: ¡Coño, pero tenemos que comer! Lo que no sirve de nada es quedarse aquí. Vamos.
Conductor: Ok, ok, vamos.
Los viejos se detuvieron en una panadería cuyas paredes eran de cristal. El pasajero, mientras se comía un sándwich ve a una muchacha salir de la panadería y montarse en un carro.
Pasajero: Dios mío…qué linda esa nena.
Conductor: Ay, mijo, si a ti te gustan todas.
Pasajero (Ignorando el comentario y luego suspirando): Pensar que a esa edad uno anda con mapa…
Conductor: Dame una servilleta.
Pasajero (dándole una servilleta): Mano, si tuviera una foto de ella…y de este sándwich…y de nosotros y de esta panadería y de este momento… ¿tú sabes cuántos momentos nos hemos perdido?
Conductor: Diablo mano, en verdad estás empezando a darme pena. O sea, no lo cojas a mal, te entiendo, pero sólo acéptalo: vamos a llegar.
Pasajero: Si fuera por mí, me iría por el expreso.
Conductor: ¿Por qué?
Pasajero: Por ahí es que ella cogió, ¿no la viste?
Conductor (señalando a la carretera por donde venían): No. Por ahí vamos a llegar más rápido.
Pasajero (burlón): Bueno no afectará en nada, «como quiera vamos a llegar».
Conductor: ¡Vete al carajo!
Pasajero: Ya mismo nos vamos.
Jefté Lacourt (San Juan, 1983) adora el olor del papel de historieta y preferiría morir viendo una película. Nació en un día lluvioso de abril y a donde quiera que va lleva su abrigo verde.
domingo, 20 de abril de 2008
Lorenzo Helguero, invitado de la Tribu, y cuatro poemas suyos
Lorenzo Helguero
Álbum del Universo Bakterial
Lima, 2006
103 pp.
"Soy inmortal: dichoso es el que sueña
y no traza en la noche vanos versos".
La cumplo hoy porque he releído este poemario en momentos que desesperadamente lo necesitaba. Y lo que he leído es una ofrenda de amor (si es que éstas se pueden leer del todo). Amor a Rosana, su esposa, pero amor también a la palabra, a la obsesión con los versos y con Darío y Borges. Pero también desamor al sueño, al descanso (a aquél que no sea sobre el cuerpo desnudo del amante), al estúpido letargo de hacer nada, a la embriaguez que irónicamente deja vacía a "la botella y la inútil poesía".
Los poemas discurren con una intensa fragilidad y concisión; son como la palabra, la letra: un molde de no sólo significados, sino experiencias y recuerdos. Insomnio es también metáfora de un viaje: del viaje de la noche en vela y del Moleskine, objeto de rigor de todo artista y escritor viajero. El primer soneto, Historia de las Indias, nos embarca hacia el inicio de una aventura y de un devenir lleno de tragedias que son historias. Son las historias de Helguero las que se plasman en las pequeñas páginas del libro, sus mutaciones como en Pronombres, uno de mis sonetos favoritos, sus luchas y desafíos frente al cuaderno y dentro de la cama, en su pasado y en su presente. Son historias de catorce versos que terminan con Retorno, que es, al estilo de Borges, un final con esperanzas de comienzo.
La palabra
Ya no el silencio, sino voz que crece
₪•₪•₪•₪•₪•₪•₪
Pronombres
De tanto amarte oscura y vorazmente
₪•₪•₪•₪•₪•₪•₪
Ofrenda
Te doy todo de mí: mi dentadura,
₪•₪•₪•₪•₪•₪•₪
Retorno
El tiempo que es arena y es eterno
martes, 31 de julio de 2007
Alejandro Tarre, invitado de La tribu, y su Diario de Tailandia (Parte I)
(Segunda de dos entradas. Vea la primera aquí.)
A pesar de que fue derrocado en un golpe de Estado el pasado septiembre y desde entonces reside en Londres (desde donde anuncia, durante mi estadía en Bangkok, su intención de comprar el equipo de fútbol Manchester City), todavía se siente en Tailandia la presencia de Thaksin Shinawatra. Todas las mañanas, mientras espero a que mi esposa se despierte, leo la sección política de los dos principales diarios en inglés y constato que el popular ex primer ministro sigue en el centro del discurso público, como si aún presidiese el país o como si el golpe hubiese ocurrido ayer. El día de mi llegada se llevó a cabo una manifestación pro-Thaksin cerca del Gran Palacio, a la que asistieron miles de sus seguidores.
¿Quién es Thaksin? ¿Quién es esta persona al que la mayoría de los tailandeses llaman por su primer nombre y que algunos han apodado “Cara Cuadrada”? Como venezolano, varias cosas llaman mi atención sobre este líder. Thaksin es, como Hugo Chávez, una figura divisoria que ha polarizado al electorado de su país. También como Chávez, Thaksin es uno de los líderes más populares de la historia reciente de su país y su base de apoyo reside en los sectores pobres y rurales, los cuales se han visto beneficiados por sus programas sociales –programas tan populares que ahora la junta militar trata de apropiárselos. Y como el teniente coronel venezolano, Thaksin se las ingenió para intimidar a los medios y trufar con sus seguidores el consejo electoral y las cortes, y así aplicar la ley selectivamente o doblegarla para su propio beneficio.
Sin embargo, a diferencia de Chávez –y esta diferencia es importante–, Thaksin es capitalista hasta la médula: un exitoso empresario que se hizo millonario antes de volver la vista a la política. Es difícil imaginarse a Thaksin diciendo como Chávez que “ser rico es malo” o instando a sus seguidores a desprenderse de los bienes que no necesitan. Es difícil imaginárselo alabando a Marx, Mao o a la antigua Unión Soviética, y hablando de cómo el sistema capitalista vuelve a la gente egoísta y poco solidaria. A la inversa, es difícil imaginarse a un Chávez derrocado viviendo una vida de jetset en Londres y comprando un equipo de fútbol inglés. Es difícil imaginarse a Chávez vendiendo su parte en una empresa a un conglomerado extranjero por $1.9 billones libre-de-impuestos como lo hizo Thaksin –venta que ayudó en parte a precipitar el golpe de Estado que lo tumbó.
La junta militar, que se hace llamar el Consejo de Seguridad Nacional, ha prometido convocar pronto a elecciones libres. Pero esta es la única señal alentadora para quienes deseamos un reestablecimiento de la democracia en Tailandia y nos entristece la involución autoritaria en varios países del Sur y el Este de Asia. El partido Thai Rak Thai de Thaksin, el más popular del país, fue disuelto, y se han restringido libertades de reunión y movimiento, así como censurado medios de comunicación pro-Thaksin. En la nueva Constitución, que la junta ordenó para supuestamente reparar las lagunas que Thaksin aprovechó para abusar de su poder, ya se han incluido leyes cuya intención es claramente aumentar el poder de los militares.
Todo esto tiene un tufillo que reconozco. Leyendo todos los días sobre lo que ocurre aquí y esforzándome por entender la posición de ambos lados, comprendo que la situación actual en Tailandia, al igual que la de Venezuela, saca a relucir una imperfección, ineludible, del sistema democrático (esa “paradoja” sobre la cual Popper escribió con tanta elocuencia). ¿Qué pasa cuando un líder popular, que ha ganado numerosas elecciones, aprovecha su popularidad para erosionar las instituciones que limitan su poder y son esenciales para el buen funcionamiento de cualquier democracia? ¿Qué pasa cuando esas instituciones que podrían ser utilizadas para castigar abusos de poder son monopolizadas por los perpetradores de estos abusos?
Esta complicada situación sólo tiene dos salidas. La primera es un golpe de Estado, una acción que sólo es posible si el gobierno todavía no se ha apoderado de las fuerzas armadas. El problema de esta opción, favorecida, para mi sorpresa, por mucha gente en Bangkok, incluyendo el rey y la clase media, es que los perpetradores del golpe muy probablemente van a gozar de un poder con menos limitaciones que el del gobierno derrocado. Es sumamente riesgoso confiar en la buena voluntad de los golpistas que, como se está viendo ahora en Tailandia, pueden ser rápidamente seducidos o corrompidos por el poder y nunca van a aceptar unas elecciones libres que puedan entronizar de nuevo al líder cuyos abusos motivaron, en primera instancia, el golpe de Estado. Muchos, incluyéndome, dudan que Pedro Carmona en Venezuela tuviese ínfulas de dictador. Pero ¿qué hubiese pasado si, después de convocar elecciones libres, Hugo Chávez hubiese aparecido otra vez como líder en los sondeos? ¿Qué hubiese hecho Carmona, líder del golpe y en ese momento dueño de todas las instituciones, frente al riesgo de una victoria chavista que pudiese amenazar su futuro y quizá hasta su vida?
Eso nos deja con la segunda alternativa, en mi opinión la más sabia: un esfuerzo de la minoría por convencer a la mayoría que apoya al dictador de que la libertad debe estar por encima de las políticas de cualquier líder, por más acertadas que ellas sean, y de que el progreso y la democracia, como lo demuestran los países más estables y avanzados del mundo, son dos cosas perfectamente compatibles.
También, reconociendo el hecho de que las dictaduras, como las democracias, nunca son perfectas, la oposición debe aprovechar al máximo los reductos todavía disponibles para limitar los abusos de poder y frenar, y si se puede revertir, las tendencias totalitarias del gobierno. Es decir: utilizar los mecanismos democráticos todavía disponibles para socavar el poder y la popularidad del dictador. En la Tailandia de Thaksin aún quedaban muchos de esos reductos, y en Venezuela, aunque cada vez menos, todavía los hay.
Esta segunda salida, la que elude el golpe de Estado, es quizá riesgosa, pero es para mí la mejor de las dos. Es la que yo propongo para Venezuela y es la que, en mi humilde opinión de visitante de este gran país, ha debido tomar la oposición de Thaksin en Tailandia.
Alejandro Tarre (Caracas, 1975) se desempeña como columnista, periodista y editor en varios medios y casas editoriales de Venezuela y Estados Unidos. Desde 2003, reside en Washington DC. Puede escribirle a: aletarre@hotmail.com
lunes, 23 de julio de 2007
Alejandro Tarre, invitado de La tribu, y su Diario de Tailandia (Parte I)
El mosaico abigarrado
(Primera de dos entradas)
Esta grande y caótica ciudad al principio me abruma. En la zona donde nos quedamos, cerca del Palacio Suan Pakkad y la casa de Jim Thompson, ciertas calles y avenidas se parecen a las del centro de Caracas en el tráfico, el ruido, el tumulto y el calor. Leo en la mañana en el periódico que Bangkok podría convertirse en un lugar “inhabitable” si no se implementan rápidamente planes para controlar el crecimiento urbano. Pienso en ese reportaje cuando veo más tarde fiscales de tránsito y motorizados con máscaras como las de los médicos para protegerse de las bocanadas tóxicas de los automóviles y los autobuses.
El calor es brutal. Después de un cuarto de hora caminando, tengo la camisa empapada en sudor y noto que la piel de mi esposa, demasiado blanca para este clima, muda a un rosado que resalta aún más su condición de turista. Me cruzo con varios hombres descalzos y desnudos de la cintura hacia arriba haciendo la siesta en los lugares más inverosímiles: aceras, paradas de autobús, capotas de automóviles. Me da la impresión de que el acto no es voluntario: el calor los derrotó. O quizá ya aprendieron que es inútil luchar contra el clima de esta ciudad y es mejor adaptarse a él, como un perro se adapta a los hábitos de su amo.
Pero el calor nunca me ha molestado tanto como el frío y después de un rato me olvido de él. Además, aquí sobran las distracciones. A cada rato se me acercan vendedores para ofrecerme sus productos –amuletos, estatuillas, ropa, frutas, relojes– con una tenacidad que no he visto en ningún otro lugar. A pesar del calor, uno me ofrece tomarme medidas para un esmoquin y otro, cuando me ve caminando con los brazos cruzados, aprovecha para colocar en mis brazos una bolsa de semillas. Como no acepta devolución, pero al mismo tiempo me pide dinero, no me queda más remedio que echar la bolsa al piso y tratar de aligerar la rudeza con un torpe gesto de hombros.
Aparte de los vendedores, observo en esta primer caminata otras particularidades, o motifs, que luego, en los próximos días, vería a cada rato y que ahora forman parte de mi imagen de la ciudad: los monjes envueltos con mantos azafrán (vi a un par con iPods), las camisas Polo amarillas, los coloridos tuk-tuk (motos-taxi de tres ruedas con un vagón atrás) y el énfasis en la monarquía y la religión que se manifiesta en las imágenes por doquier del adorado rey Bhumibol y esas figuras ubicuas de Buda que, con su expresión enigmática, pareciera vigilar desde arriba (siempre me vigila desde arriba) cada paso que doy. En una calle estrecha me detengo en un puesto de frutas para probar el durian, el lychee, el mangosteen y el rambutan (frutas que no tienen nombre en español). La que más me gusta es el mangosteen, que se parece al mamón caribeño, pero es por fuera más elegante y por dentro más dulce. Compruebo que, como me dijo una vez un amigo en Venezuela, el mamón es la hermanita fea del mangosteen.
Llego al Chao Phraya (“río de los reyes”) después de un viaje en el moderno skytrain. Los libros que leí las semanas antes de venir dicen que el río es la mejor manera de moverse en la ciudad y que allí la temperatura baja un poco. Uno asegura que, gracias al tráfico infernal, el Chao Phraya ha vuelto a ser lo que fue hace cien años: la autopista más ancha y conveniente de Bangkok.
No sé si estos libros exageran, pero me gusta el concepto del Chao Phraya Express, un metro-barco a través del cual es fácil, barato y sobretodo agradable transportarse entre los cinco distritos. Durante este primer viaje que hago en el Express, observando esta “autopista” que en vez de carros tiene pintorescos sampanes, barcazas y transbordadores, me pregunto porque esto no ha sido implementado en otras ciudades atravesadas por ríos. En el Chao Phraya uno no sólo descansa del calor y disfruta de la brisa y la cercanía con el agua, también uno se deleita con la hermosa vista de los lujosos hoteles (entre ellos el famoso Oriental), los mercados, las villas de la realeza y el espectacular Wat Arun que bordea el río.
Desde aquí, además, se pueden apreciar mejor los contrastes de la ciudad, en donde se entremezcla lo ordenado y lo caótico, la pobreza y el lujo, lo tradicional y lo moderno. La modernidad, esa que los detractores de la globalización ven como una amenaza por su tendencia a homogeneizar, se ha infiltrado en la ciudad, sobretodo en el centro, donde se ven imponentes edificios de oficina, rascacielos, hoteles y centros comerciales iguales o mejores a los de Washington DC, París o Londres. Pero Bangkok no pareciera temerle a esta influencia. La ciudad más bien incorpora lo nuevo sin complejo, como Nueva York ha incorporado a los chinos y a los italianos, haciéndolos parte de la ciudad y aceptando con los brazos abiertos su contribución. Después de todo, es ridículo pensar que esta modernidad va a acabar de la noche a la mañana con la firme personalidad de este lugar.
¿Me atrae todo esto? ¿Me mudaría a Bangkok a vivir? Sí, totalmente. El viaje en el río fue el zarpazo final, pero incluso antes de llegar aquí la ciudad ya me había seducido con su gente, su religiosidad, su ruido, su comida, sus tuk-tuk y su clima. Bangkok es como un mosaico abigarrado que al inicio nos disgusta por su insolencia, pero que luego, con el transcurso de las horas, comenzamos a apreciar por su riqueza. Pronto descubrimos que, como ocurre con esas mujeres que nos seducen con sus dientes torcidos o facciones asimétricas, esas incomodidades –la contaminación, el tumulto, el tráfico, el calor– son parte del encanto. Sin ellas la ciudad sería otra, quizá más conveniente, pero también más común y aburrida.
Esto, en particular, es lo que ocurre con el clima. Estoy convencido de que este calor denso que adormece y aboba es inseparable de la magia de esta ciudad. Sin este calor que apenas al salir de la nevera del hotel penetra todos los poros de mi cuerpo, secándome la boca y empapándome de sudor, Bangkok no fuese Bangkok. Este calor es desasociable del tempo aletargado que se siente en el río, en los templos y en el parque Lumphini, así como del maravilloso olor, ese olor en el que se entremezclan el sudor humano, la comida callejera, el aroma de las frutas, el humo de autobús y el agua sucia de los canales. Como el misterio y el erotismo, el calor y la sensualidad son cercanos aliados. Por eso, en este mélange sensual que es Bangkok, el calor es un elemento indispensable.
Alejandro Tarre (Caracas, 1975) se desempeña como columnista, periodista y editor en varios medios y casas editoriales de Venezuela y Estados Unidos. Desde 2003, reside en Washington DC. Puede escribirle a: aletarre@hotmail.com
martes, 17 de julio de 2007
Rey Andújar, invitado de La tribu, y El factor carne (fragmentos)
Debajo de ti
(Verano 2000)
Cómo explicarte
Que debajo de ti
Soy otro
Todo cambia
Todo suda alrededor
Inevitablemente
Cuando estoy debajo de ti
Siento el arrullo de la sangre caliente
Por cada una de mis venas
Eso siento
Cuando nos tocamos
Cuando no queremos acabar
Cuando estoy debajo de ti
Cuando tú tomas el control
De los cielos, del universo
De estas cuatro paredes estáticas
Soy diferente
Soy tan pequeño
Cuando estoy debajo de ti
La tierra se hunde
Se confunde con las tinieblas
Me tomas de los brazos
Te mueves
Jadeas
Yo
Como destinatario universal de todos tus actos sublimes
Debajo de ti
Tú
Inolvidable, excitada, erizada, inmortal, horivertical
¿Porqué cambia mi perspectiva de estar solo
Sólo cuando estoy debajo de ti?
Cuando juego con tus caderas
Y tus caderas toman el control
Y tus caderas gobiernan mis impulsos
Y tus muslos son la guía
Y tus pechos el premio
Y tu boca la gloria
Y yo
Debajo de ti
₪•₪•₪•₪•₪•₪•₪
Descubrimiento de la carne
Paola, me encuentro con ella por vez primera. Primerísima hembra entre todas las primeras, tan primera, que más de diez años después me sigue embromando la paciencia cada vez que puede. Me descubro como hombre, ella se descubre como mujer, y entre tanto descubrimiento, descubrimos un desorden mentalmaniacodepresivo con tendencia al suicidio voluntario en primer grado. Aunque mas de una vez la salvé de las garras de sobredosis de aspirinas, Prozac, Mejoral de Adulto, pastillas de bacalao o vitamina E, lo primero que agarrara del botiquín (botiquín no, en Villa Duarte, las medicinas se ponen encima de la nevera, práctica ésta aplicada en múltiples barrios de Santo Domingo, aún en estos días, al alcance de los niños). Se me cortaba las venas, hacía de todo para matarse y así llamar la atención de medio mundo. Gracias que Dios o el Diablo no se dieron por enterados. Y así las cosas, fui yo mismo quien casi se la anota, cuando, tratando de inducirle un falso aborto de un falso embarazo, la obligué a beberse una tisana de hojas de aguacate con astillas de cuaba. Volvió en sí después de dos lavados estomacales y entre el "juidero" para la Clínica Peña Núñez y de ahí a la Chan Aquino, y el asunto de la preñadera y la rudeza de mi Modus Operandi, se nos acabó la sesión de cariño llamada noviazgo.
Vea un artículo sobre nuestro invitado en Claridad.
domingo, 8 de julio de 2007
Paul Vaso, invitado de La tribu
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lunes, 2 de julio de 2007
Luis Villanueva Nieves, invitado de La tribu
Cada día se hizo más difícil ocultarme de la Dama Dragón: me había estrujado contra su cuerpo durante largas noches, y luego ella no quería que me detuviera; ella insistía en seguir quemándome con el vapor que expedía su boca, marcándome la piel. Cada vez que me mordía y chupaba, dejaba tatuados en mi piel coágulos que duraban semanas… Lo peor era su capacidad espacial de manifestar su cuerpo de modo espontáneo en cualquier parte.
En todo momento, en todo lugar, la imagen de su rostro brotaba en mi mente de forma inesperada: era como un acecho inagotable que me hacía permanecer en un letargo contemplativo; letargo que acrecentaba mi desesperación, mi ansiedad. Entonces… se manifestaba y concretaba su cuerpo ante mí… y el vapor de su boca me causaba sed, brutalidad y extenuación.
La conocí durante una serie de conferencias que desarrollé para un cliente. Ella era la persona en la empresa a cargo de coordinar cada coloquio y por eso tuve una relación constante con ella. Al principio las llamadas eran formales, luego se dieron de manera incidental hasta que yo di un primer paso llamándola un domingo. De ahí en adelante, todo fue cuestión de sexo.
Luego, no supe cuál debía ser mi respuesta final a sus avances ―y a sus ataques. Necesitaba organizar mis pensamientos y no encontré otra manera de hacer semejante introspección que no fuere recurriendo al mundo oscuro y ascético de las palabras.
Así, tras tomar la primera libreta que encontré, me encerré a escribir.
Comencé haciendo rayas, garabatos, dibujos de líneas entrelazadas, signos y círculos deformes; luego marcas, letras, comas y puntos, hasta que surgieron palabras y frases sin respetar regla alguna; eran neologismos y educciones sin exigir una rigurosa coherencia gramatológica. Escribía guiado por el placer de dibujar palabras, dirigido a encontrar en algún momento una solución, significado o simplemente probar la experiencia estética: allanarme a la belleza que encontraba en el conjunto absurdo de palabras que acumulaba línea tras línea, página tras página, hoja tras hoja.
Mi primera palabra inteligible fue “necesidad”, seguida de “capricho, vómito, pena, saliva, lluvia negra,”. Pero no pude escribir más; tan pronto comenzaba a descubrir un sentido en lo que escribía, mis pensamientos se rendían al terror de que surgiere el rostro de la Dama. Estaba consciente, pero algo me alteraba; era su rostro otra vez:
―Hola, Dumas ―y mis manos abandonaron la libreta tras recaer en el letargo. Tu vagina, el cabello, el pináculo, mis brazos, tus dientes, la saliva, tu lengua y lame, mis dedos, tu espalda, a morder, oler, mamar, beber, comer; tu cabello me corta; te gusta mascar colores. Tus ojos me sonríen… estaba en la habitación, en el suelo. Se arrastraba, mirándome… plásticos, amarras, tornillos, el beso, el pene, la herida, apretarla, aunque duela; luego, hasta el ano. Pero voy a matarla, a exprimir su cuello y preservar su cuerpo y saciarme cada vez que el sol muera en rojo. Tengo sed, ella me da sed. Me muerde. Arde. Sangro. Mi sangre es malteada, espesa como leche cruda y loca como esperma.
La Dama Dragón había ganado, pero sólo esa noche.
Luis Villanueva Nieves (San Juan, 1975) cursó estudios humanísticos en la Universidad de Puerto Rico y se licenció de abogado durante la década de los noventa. Se cree que existen varios duplicados de Luis, dado que varias personas han visto individuos idénticos a él en diversos y distantes puntos de la isla, incluso en momentos simultáneos. Para no sufrir una maldición, siempre que lo vea, invítele un café.
domingo, 3 de junio de 2007
J.J. Rodríguez, invitado de La tribu
-Eres igual de inútil que mi marido -le dijo Ada a Alberto mientras sujetaba la linterna.
-Cállate la boca, chica y alúmbrame que no veo nada -le contestó Alberto metido debajo del carro.
-Si lo hubiese sabido no habría venido para esto. Por culpa de tu insistencia, mira lo que nos pasa.
-¿Pero qué tú quieres que yo haga? Yo no soy adivino.
-Ni muy inteligente tampoco -ripostó Ada irónicamente.
-Ay, no digas nada, por favor, que no estás ayudando un divino.
-Ya mismo nos llaman.
-¡Qué se joda! Ya yo pagué.
-Ah, ahora me lo sacas en cara -Ada paseaba la luz de la linterna de un lado a otro.
-¿Sacarte en cara qué cosa?
-De que siempre tú eres el que paga -afirmó muy segura.
-Me salvé yo ahora, alúmbrame que no veo.
-Y, ¿qué quisiste decir con eso?
-¿Con qué, maldita sea?
-Con eso de que tú pagaste.
-¿Y cómo estamos aquí? ¿No pagué cuando llegamos?
-Si yo sé que tú pagaste pero…
-Chica déjate de pendejadas y ayúdame.
-Pero dónde alumbro.
-Al alternador, maldita sea.
-¿Lo puedes señalar? -preguntó Ada.
-Mira mi mano aquí -dijo Alberto tocando el alternador.
-¿Y ese es el nuevo que compraste?
-Sí.
-Y se daño tan rápido.
-Pues, qué se puede hacer.
-Claro, como tú no tienes marido, yo, que me joda.
-No seas estúpida, por favor.
-Si me hubiese ido para mi casa estaría mejor.
-No te preocupes, que después de esta vez no te jodo más.
-Créeme, te voy a tomar la palabra -Ada contestó sin el menor reparo.
-Aquí está el problema -dijo Alberto sacando el alternador de su base.
-¿Eso es el atenador? -dijo Ada muy interesada.
-¿El qué? -preguntó Alberto con una sonrisita cínica.
-El atenador, la pieza esa.
-El alternador, al-ter-na-dor -Alberto acercó el aparato a su mejilla derecha.
-Pendejo, arregla eso y déjate de estupideces.
-Búscame en la gaveta del carro el diagrama que me dio Pilón.
-Toma y avanza que estamos tarde -Ada le dio el papel.
Garaje de mecánica Pilón
Diagrama de un alternador
1] Los diodos, convierten la CA en CD |
-Estamos mal.
-Y ahora te das cuenta -una enérgica mirada pasó por los ojos de Ada.
-Esto no va a prender nunca, ni empujao si quiera.
-¿Y qué paso ahora?
-Chica las escobillas se quemaron.
-Las escobillas y ¿qué es eso ahora?
-Esto que esta aquí -Alberto señalaba el área del alternador donde había ocurrido el corto circuito.
-Alberto, son las siete de la noche, ¿qué vamos hacer? -le preguntó muy preocupada.
-Lo último, llamar a una grúa que nos venga a buscar.
-¿Qué? Pero tú estás loco -dijo Ada alterada.
-Y ¿cómo vamos a salir de aquí?
-Pero ¿tú estás seguro que el carro no prende?
-Claro que estoy seguro, si yo sé de esto.
-Tú no eres mecánico, trabajas en construcción.
-Pero es lógico que si no hay corriente no prende.
-Pues hay que hacer algo y rápido. Antes de que sean las ocho.
-¿Por qué?
-Porque a esa hora llega mi marido.
-Pero si él esta de viaje.
-Pues no fue, ¿no te lo dije?
-¡Claro que no!, si lo hubiese sabido no estuviera aquí.
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-Yo sé que fui yo, no me lo tienes que restregar en la cara.
-“¡Ay, te compré algo!” “¡Ay, modélamelo!” -Ada repetía en un tono burlón.
-Pues mira lo que nos pasó por tus bellaquerías.
-Ahora soy un bellaco, eso no era lo que decías hace dos horas atrás.
-No empieces, por favor, y ve pensando como vamos a salir de aquí.
-En una grúa, te dije.
-Pues llama la dichosa grúa esa y ni creas que voy a salir.
-¿Con qué dinero la voy a pagar?
-¿No tienes nada?
-Nada, si todo lo gasté aquí.
-Mira, Alberto, llama la grúa esa que yo la pago -finalizó Ada con carácter.
-Pero, ¿te vas a molestar conmigo? -le dijo mientras paseaba su mano por su hombro.
-Sí, claro me voy a molestar contigo -dijo Ada sacando la mano de Alberto de su hombro
En ese mismo instante el teléfono del cuarto sonó.
-Cógelo, avanza -le ordenó Ada.
Alberto levantó el teléfono y sus ojos se le llenaron de oscuridad.
-Buenas noches, es para informarle que ya consumió las ocho horas -dijo una voz áspera entre molesta y cansada.
-Sí, ya lo sé -Alberto aclaró su garganta-. Lo que ocurre es que el carro no prende; creo que necesitaré una grúa.
-No hay problema, ahora mismo le conseguiré una.
-Muchas gracias -contestó Alberto.
-Ah, y recuerde que son diez dólares por cada hora adicional.
Alberto colgó el teléfono y de su mirada salió una estática que se quedó posada sobre Ada. Ésta le devolvió un impulso de desprecio que Alberto no pudo esquivar. Los dos, descargados de amor, esperaron a que llegara la grúa. Su amor se hizo más veloz que la misma luz cuando se mezcló con el hastío de lo cotidiano.
J.J. Rodríguez (Río Piedras, 1982) todavía recuerda el olor a polvo que estaba adherido a la portada de un Manual de Historia de William McNeil, cuando a sus dieciséis años lo tomó por primera vez. Grueso como él sólo, no se espantó de esto y desde que lo empezó a leer aquel día, su vida no fue la misma. Ya no se esconde de sus amigos cada vez que lee como hacía antes, porque leer está de moda.