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miércoles, 15 de enero de 2014

Adiós, Miraflores

Tomaba combi para ir y venir de mi casa en la cuadra 3 de Recavarren, una de las pocas emblemáticas calles miraflorinas que aún guardan el viejo encanto del distrito veraniego de la clase alta limeña de los 1940 y 1950. Junto a la calle paralela Bellavista, este sector de Miraflores es la favorita del alcalde Jorge Muñoz o por lo menos así lo declaró a la revista Cosas Hombre hace unos 6 meses. También es mi favorita. 
Yo leía el periódico un domingo en el Malecón, frente al Pacifico, con el referente del Morro Solar donde hace más de 130 años los peruanos fallaron en contener el avance chileno que subyugaría a la capital por tres largos años. Miraflores, sin embargo, fue la que me subyugó desde mi primer encuentro con sus calles en las novelas de Mario Vargas Llosa que mi padre me empezó a regalar antes de iniciar la secundaria. 
Creo que ha sido más esa memoria generada en mi encuentro con la literatura la que ha guiado mi estadía de dos años en esta parte de Lima, alejada del centro, pegada al mar, pero elevada sobre los acantilados de la Costa Verde. De sus apacibles aceras bañadas con la sombra de sus centenarios árboles o el rubor de las palomas en sus parques y plazas que, llenas de gente, evocan tiempos en los que no había Wi-fi ni smartphones ni tablets. 
Al bajar de la transportación colectiva, iba a pie a empezar una nueva caminata agradable sin tener otro destino que no sea el recuerdo de mis primeras lecturas y las constantes historias que mi padre contaba todas las mañanas en la mesa del desayuno en Puerto Rico. Esas que han sido el génesis de mi periplo a Lima. Esas que me acompañarán, sumadas a las mías, ahora que dejo a Miraflores (temporalmente) y voy en busca de otras partes de Lima que alimenten el código genético de mis historias. Así, el camino hacia mi apartamento era también una travesía por universos varios.
Ahora que me voy me invaden las mismas imágenes de cuando hace ya varios años salí de Miramar y Santurce, puesto que hay esquinas miraflorinas que evocan esas otras coordenadas del barrio de San Juan. La cercanía al mar, sus grandes árboles sobrevivientes al cemento y al asfalto, la arquitectura señorial de las pocas casas de la época de oro que aún quedan de pie y el afán artístico y musical de sus habitantes más jóvenes de dotar sus calles de una estética importada del Norte pero siempre, siempre, criollizada, son paralelismos evidentes, que saltan a la vista, al tacto, al olfato entre la Isla y este distrito limeño.

Del Perú no me despido, solo de un barrio. Y pasa que es casi como cambiar de país.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Dieciséis esquinas de felicidad

Más que dos años en Lima, han sido dos años en Miraflores. Me he mudado cuatro veces y todas en el mismo distrito porque hay algo que me adhiere a sus calles. No es magia ni la nostalgia de las novelas de Vargas Llosa de hace más de 50 años. Es algo banal: la cercanía y relativa tranquilidad de sus áreas residenciales, donde las bodegas y sus carretillas con empanadas o frutas siempre están accesibles. Aquí puedo acercarme a una variedad enorme de cafés que me quedan a menos de dos cuadras, a bodegas bien surtidas, mis parques favoritos y a esa curva que he descrito antes, por la Plazuela Balta: Trípoli con Recavarren.

Podría subsistir por semanas sin utilizar una combi, bus o taxi. Ante esta falencia vivo en paz entre estas cuatro calles con sus dieciséis esquinas. Pero así como vine a habitar esta parte de Lima, así de fácil se puede terminar. ¿Dónde viviré el año que viene?

Espero que en un lugar muy cercano de lo que alguna vez fue mi felicidad.

Estación nasal

Las alergias comenzaron en Lima. Lo difícil de controlarlas es la misma razón de siempre: el polvo, el lugar común de la ciudad. El particulado atmósferico sobrepasa varios estándares y por tanta hambre que se respira ante los suntuosos platos que venden en cada cuadra, la tierra entra por ojos, nariz y boca.

Enredados en un torbellino donde el compás del ritmo lo llevan los ejércitos que continúan construyendo a Lima y los carros antiguos que siguen reventando las arterias metropolitanas, la gente  parece a veces una excusa ante el animal indomable que se sigue adueñando del desierto costero.

Pero en esa masa de gente ando yo con más penas que alegrías, más días nublados que soleados y la constante advertencia de que a la vuelta de la esquina puedo encontrar a la muerte como también cruzarme con el amor de todas mis vidas y por ella quedarme a pesar de los cláxones, el humo y las alergias.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Pasos sin pensar

Sin pensar en los pasos que doy caminando como una máquina guiada por sus anhelos artificiales, voy recorriendo esta ciudad que nunca me ha querido acoger del todo. Los espacios muy pequeños para mi estatura, las calles muy rápidas y violentas para mi parsimonioso ritmo de turista aún, las miradas muy centradas en mi cara, en mi barba, mis expresiones que se salen del molde de lo que es peruano. No hay examen psicológico para hacerme cambiar del acento polifónico caribeño: voy con mi erres que a veces son eles, dejo las palabras inconclusas al no pronunciar las últimas letras de su corrección ortográfica. Río y no me callo a pesar de los chismes que crecen cual si enredaderas amazónicas.

A Lima la he acorralado porque hay algo de ella que me gusta. No es un sentimiento correspondido. Me he caído, me han engañado y mi vida ha corrido tantas veces peligro a borde del mal llamado transporte público que lo tengo bastante claro: Lima me quiere regresar por donde vine.

Pero sigo aquí. A pesar de la sangre, el sudor, del riesgo, sigo empedernido con la ciudad, con su gente. Ya van dos años y sigo caminando sin pasos, solo pensando.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Tomo una mano al viento

En la elegante curva donde las calles Trípoli y Recavarren se abrazan están las oficinas de una multinacional agencia de publicidad. A su alrededor, en las respectivas aceras, aún se mantienen vigentes los árboles vigorosos que con sus plácidas ramas, llenas de años, brindan una ligera cubierta que refresca no solo la temperatura, sino la vista.

Recorrer ese abrazo de camino al Malecón logra confundir mis pasos en la memoria del tiempo. Piso unas hojas secas, unas calles nuevas que antes, en otro lugar --también muy cerca del mar-- me pertenecieron.

La reconocida casa publicitaria ocupa las entrañas de una antigua casona, ahora pintada de pulcro blanco. Seguramente en sus años señorones, servía de residencia de verano para esos encuentros con la gentita limeña que ahora no tiene dinero sino apellidos de oropel. Entonces --como ahora-- casa de secretos cuyas paredes, con tanta pintura, siempre guardarán. Piel de viejos rubores, sal de las mismas heridas, humor que resiste el paso de los inviernos y de la sonoridad de los primeros recuerdos sobre otros pies y dentro de otras manos.

viernes, 9 de agosto de 2013

La mala reputación: Maras y Huaca Pucllana

En menos de un mes, y por diversas razones, he ido a dos de los supuestos restaurantes gourmet limeños (uno más nuevo que el otro) más "recomendados" por sibaritas amateurs y críticos culinarios. En ambos casos, mucha más pompa y platillos que comida bien ejecutada. Hablo de Maras en el Westin Lima (San Isidro) y del Restaurante Huaca Pucllana en Miraflores. 

Maras y su cocina molecular (que es tan década pasada) nos jugó una linda trastada con el filete de paiche, sobre una emulsión oscura indescifrable y sin ton ni son. El precio exorbitante de dicho plato (para los que ganamos en soles, duele más) no compensaba la presentación tan banal, la salsa tan fea y la lámina (casi parecía un carpaccio de paiche) del tan cotizado pescado de río amazónico.

Este restaurante tiene sus plus (no podría ser tan malo estando en el Westin) y la recomendable fideuá, con harto lomito de cerdo y uñas de cangrejo, estuvo muy buena (lo más segura porque fue un plato sencillo, conciso y con deliciosos sabores muy marcados). La cocktelería también es extraordinaria y juguetona. La entradita de mini causas fritas también hicieron los suyo al abrir el apetito, además de la variedad de panes recién horneados que te sirven.

El ámbito donde se localiza Maras es acogedor y pareciera ir de lo rústico, a lo ultra moderno; de lo campestre a lo urbano; de cualquier bodega de esquina a un "awe-inspiring" lounge nuyorquino.

Así es Maras. Recomendación: solo ir para tragos y piqueos. 


La Huaca Pucllana solo se lleva una apreciación positiva por su variada carta de vinos y el lugar donde está ubicado: frente a los restos arqueológicos de la Huaca Pucllana de Miraflores. Es un lugar fascinante, muy seductor a pesar de la cantidad de mesas, su gran terraza frente a los restos y el bullicio de sus comensales, que me imagino estarán contentos por cualquier otra cosa menos la comida que sirven en este lugar.

Fue tal mi decepción, tanto por los piqueos (unas uñas de cangrejo fritas hasta convertirlas básicamente en nuggets de Bembos y un chicharrón de cuy con la piel aún chiclosa, donde lo único salvable era el plátano maduro frito y dulce) por los platos principales, que tuve que dejar un reclamo en el Libro de Reclamaciones (obligatorio para cualquier negocio en el Perú), algo que nunca había hecho en restaurantes.

Paso a detallar lo que puse en los encasillados relevantes del reclamo:

[...]
2. Identificación del Bien Contratado:
xProducto
Descripción: Comida engañosa e insípida. Una decepción total. No vuelvo.

3. Detalle de la Reclamación:
Una decepción total el lomo fino (medallón y soufflé de espinacas por el engaño de las supuestas "papas batallas" que no son otra cosa que unas ordinarias y malísimas papas al hilo. Para eso me hubiese ido a sánguches Miguel (no hay como él). Además, la salvia de los ravioles de loche no tenía ningún sabor, aroma o parecido alguno con la salvia. Estuvieron insípidos, grasosos y realmente deleznables. Lo comimos por hambre y muy a nuestro pesar.

[...]

Comparto esto porque a veces cuando tratan de "gourmetizar" los sabores peruanos ocurren engaños y malas pasadas como esto. Si lo que cobraran fuera más justo (sobre todo en los platos malos que he descrito) pues mi queja hubiera sido proporcional. El problema es que te cobran como si estuvieras comiendo oro de la Palestina, cuando todo parece indicar que hay algo de bamba (falso) en todo esto.

Advertidos quedan.

martes, 2 de octubre de 2012

Ayer en el Gran Teatro Nacional

Me colé. No a una larga fila, sino al evento. Admito que no recibí el e-mail de los organizadores a tiempo en el que se le prohibía a la prensa entrar a la actividad cultural que clausuraría el primer día de sesiones de la III Cumbre ASPA (América del Sur-Países Árabes) que viene celebrándose en Lima desde ayer. Pero admito que no fui el único. Al final fuimos unos cuantos periodistas que pudimos entrar ayudados, claramente, por la ignorancia del detalle de seguridad y de las anfitrionas. Yo entré con mi mochila con mi laptop, otros con sus aparatos para transmitir por radio. Una que otra periodista savvy, con su lindísimo tablet y espejuelos de pasta gruesos. Esa que se me sentó al lado y, claramente, no le pregunté el nombre.

La pareja presidencial se acomodó en el segundo nivel, al lado del presidente del Líbano, Michel Sleiman y su esposa. Cerca también estaban otros jefes de estados y cancilleres. Abajo estaban los adjuntos de la cancillería peruana, de las delegaciones invitadas y el esposo de una señora que, entre la pausa de dos bailes le dijo por el altavoz del teléfono: "grábalo, grábalo". Los que estábamos cerca lo escuchamos y no pudimos ocultar nuestra risa.

Las danzas que se presentaron incluyeron a todas las regiones geográficas del Perú, costa, sierra y selva, pero con un énfasis en la rica cultura andina, representada por el Wacawaca de Puno, (danza que satiriza las corridas de toros traídas por los peninsulares), el Salqa Qocha Wallata Warqay de Cusco, y la belleza del zapateo y energía del Huaylarsh o Huaylas de Huancayo, en Junín. También disfrutamos del Iopatati de Ucayali (amazonía), que mezcla el rito de la guerra con la danza y la magia, y de los bailes de la costa como la Marinera norteña (Trujillo) y de la tradición africana, surgida de los esclavos negros traídos a trabajar los cañaverales, el muy sensual y sabroso Toromata.

Al finalizar la presentación artística me encontré con el amigo Alberto Fernández Prada, ministro del Ministerio de Relaciones Exteriores, que estaba encargado de la delegación venezolana encabezada por el canciller Nicolás Maduro. Alberto me presentó a otros compañeros del Ministerio y admito que al principio estaban algo sorprendidos de verme y hablar conmigo. Primero porque tenía mi mochila sobre el terno (estaba muy consciente de mi faux pas fashionista) y, segundo, por mi acento caribeño. Además, todos eran funcionarios de Cancillería, y yo, con mi carné de prensa. 

Hacía más de un mes que no veía a Alberto y fue bueno reencontrarme con él y saber que su libro sobre la historia de la aviación peruana, que es una nueva edición de los volúmenes escritos por su padre, Cap. EP Alfredo González Prada Effio, "considerado uno de los más importantes historiadores de la aeronáutica civil del Perú", va viento en popa. Ya le dije que me gustaría entrevistarlo sobre esta nueva edición y sobre su otra obra, una biografía titulada "El diplomático peruano Pedro Paulet Mostajo". Hay mucho de qué hablar sobre el arequipeño Paulet Mostajo, un hombre cuya historia ha quedado desafortunadamente olvidada. Basta solo mencionar que ha sido considerado "el padre de la aeronáutica moderna" por el científico Wernher von Braun.

Diplomático, escritor e historiador, y excelente amigo: así es Alberto. Luego de unos bocaditos más y de hablar con el encargado de negocios de Polonia y explicarle a varios delegados árabes qué era el pisco sour nos retiramos. Él para Miraflores; yo para Lince y a esas avenidas donde se pasea las mil y una Limas.

martes, 11 de octubre de 2011

Mirar a Miraflores I


Ahora resulta que Miraflores soy yo. Lo escribo con la mayor humildad que caracteriza a aquel que se nombra a sí mismo a un puesto imaginario o, en el mejor de los casos, al que se reconoce en la locura de un acto natural de apropiación.

Yo soy Miraflores porque camino sus calles, le pregunto a sus habitantes, busco en su historia para saber por qué es una ciudad heroica, y me trepo en sus taxis y micros. Rodeo sus esquinas con la esperanza de toparme con algo no nuevo (pocas cosas son nuevas en Lima), sino desconocido.

Yo soy Miraflores porque hay mar y no porque me crea un monarca absolutista cuando escribo: ¿y qué es un mar sin su sol? Soy también sol. Caribeño. Antillano. Pero un sol para mí mismo, puesto que saco de las sombras a una ciudad transitada hasta el cansancio.

I. Café para empezar

Son las cuatro de la tarde y me doy el lujo de soñar con un capuchino. No estoy ni en Italia ni dentro de un escaparate para que la gente juzgue mis gustos. Lo pedí porque es el café más grande y el que más me durará mientras espero porque, en el principio, sí, esperé (y a mí me gusta esperar. Mucho.)

Espero y saco la Moleskine y este bolígrafo con que escribo. Pido el capuchino y me pongo a ver a la gente pasar por la vereda de en frente. Adentro, el Haití aguantaba las mentiras de sus comensales, las exageraciones de sus vidas, sus sueños imposibilitados de realizarse. Adentro, en el café, el tiempo se vendía más barato que un postre.

A través de las ventanas del Haití
http://www.wikilima.com/mediawiki/index.php?title=HAITÍ,_mucho_más_que_un_café

Por las ventanas atisbaba a ver a un Parque Kennedy poblado de jóvenes que salían de su primer trabajo para ir a su segundo. En esa espera, el celular era el objeto omnipresente en cada mano, en cada oreja. Los que se paseaban frente al Haití, más bien, fijaban su mirada a un horizonte escondido por las edificaciones de la ciudad (al final del acantilado sobre el que está construido una parte importante de Lima, está el Pacífico) o, tal vez, a la misma acera por donde caminan para evitar tropezarse con un hueco, una piedra o un charco de agua sucia. La rapidez con la que caminan me hace pensar en seres automatizados e insensibles, máquinas que se dirigen a su destino por un imperativo mayor y no por una decisión íntima.

Yo, automatizado, también escribo. Y observo. Primero, sin prestar mucha atención al gordo que está sentado a mi lado derecho o al flaco sentado a mi izquierdo. Cuando el mozo llega con el café, torpemente alcanzo a pedir una botella de agua con gas. Torpemente, escribo, porque a pesar de yo ser Miraflores, de ser un sol, mi voz sale como un gesto neonato; mis palabras, como sílabas sin pólvora.

La fugaz hermosura de un verso que nos cambia la vida.
http://elcomercio.pe/lima/725634/noticia-cambia-casa-virrey-deja-san-isidro-se-muda-miraflores

Mi espera es por un amigo que conocí en 2003 en una biblioteca. Otro escritor más que apuesta por las cosas menos concretas de la vida: la fugaz hermosura de un verso que nos cambia la vida. Y antes de que llegara el agua, mi amigo poeta me saluda desde la calle y hace su entrada absurdamente triunfal al café más icónico de Miraflores, con su sudadera puesta y su cara descompuesta como la de un enfermo terminal.

De esta forma ha comenzado mi primavera austral.

(Continuará...)

miércoles, 25 de mayo de 2011

Ante la muerte de Arturo Ponce Carpio

El 22 de mayo, mientras me tomaba el segundo cubalibre de la noche, Arturo falleció. Lo hizo como los héroes de carne y hueso suelen morir, frente al televisor.

No supe qué hacer cuando me llegó el mensaje, así que reduje mis acciones a solo pedirme otro trago. Luego intenté besar a la chica con la que estaba y, al recibir el rechazo de sus labios, desistí hacer el ridículo nuevamente. Pagué la cuenta, busqué mi auto y una vez adentro lloré como si hubiese perdido a un padre.

Al otro día comencé a tratar de rescatar algunos de los pensamientos que quizás pasaban por la mente de Arturo cuando, de repente (y así lo ha confirmado un médico, amigo de la familia, que tramitó la necropsia), se fue a transitar por la senda de las estrellas a la que le gustaba señalar en las noches que acampábamos en las montañas más oscuras de Maricao.

Lo imagino sentado en su butaca de siempre, pensando en las caminatas que hizo junto a sus amigos de universidad desde los Andes centrales peruanos hasta los ecuatorianos donde, en el pueblo de Gualaceo, conoció y se casó con su primera esposa. O, quizás, se acordaba del primer escusado que tuvo que lavar en Rhode Island cuando comenzó a trabajar en las estaciones de camioneros de la United Parcel Service. Esos primeros cheques, como era de esperarse, llegaban a las pequeñitas manos de esa esposa ecuatoriana que luego, cuando llegó a los Estados Unidos, lo abandonó por un cocinero colombiano.

Por eso, Arturo nunca sonrió ante ese dicho tan popular nuestro de que el amor entra por la cocina. En todo caso, su amor salió por la cocina, tomó el bus 47 hacia las afueras de Providence y subió, con la entrepierna humedeciéndosele cada vez más, los escalones de madera resquebrosos del número 315 de la Post Road que daban a esa cama que nunca más dejó.

Pero, más certeramente, Arturo tuvo que estar pensando en la misma muerte cuando ésta le llegó. Cuando tenía 40 años y yo siete, me confesó que cuando único perdonó a la ecuatoriana fue cuando mató al colombiano. Estoy seguro que todos los días pensaba en la muerte, desde antes de decidir que mataría al colombiano, durante los ocho años que estuvo en prisión hasta esa noche del 22 de mayo, en su vigésimo tercer año de libertad, cuando, de tanto pensarla, se le manifestó.

A Arturo siempre lo conocí como el hermano mayor de mi padre, como mi tío, pero desde el martes 24, cuando la ecuatoriana llegó con uno de mis primos, y me dijo a quemarropa que yo también era su hijito, me empezó a crecer nuevamente la pequeña duda que en algún momento de mi adolescencia sembré al no poder cruzar el pequeño y arregladito jardín que me separaba de mis supuestos padres y al que, desde una muy temprana edad, me habían prohibido siquiera mencionarlo. Ese nítido jardín no era otra cosa que el honor familiar, algo que mis pies jamás podrían tocar porque imaginaba que, si llegase a mover una planta o piedra, destaparía un fantasma que yo, evidentemente, desconocía.

«Tu papá me dice que tu tía perdió la cabeza cuando Arturo mató a su amante colombiano», me dijo en casa la mujer a la que siempre he conocido como mi madre cuando, de pasadita, le mencioné lo de «hijito». Lo habrá dicho por cariño, solidaridad y tristeza. No había más que buscar, me convenció ella; en los países andinos todos somos mamacitas o papacitos o hijitos y no debía darle más importancia a semejante expresión. El problema es que siempre había sentido una afinidad muy particular con Arturo (el gusto por ver los barcos ir y venir en la Bahía de San Juan, las chicas de piernas flacas, el camping y las fogatas, los cuentos de Ribeyro y, junto al amor por las letras, el odio irremediable hacia los cálculos, los números y el orden racional de las cosas).

Con mi padre nunca compartí esas pequeñas cosas. Él me proveía todo lo material, lo necesario para alcanzar el éxito social y de esa manera aseguraba su amor hacia mí. Así que en la juventud, cuando uno va alcanzando una relativa madurez gracias a los errores cometidos, nos empezó a distanciar la manera en que cada uno pretendía ver la vida. Arturo y yo la veíamos como el saltar de flor en flor de loto en un estanque intranquilo, sin tener la necesidad alguna de alcanzar cualquier orilla; mi padre, como un puente macizo, firmemente anclado en el fondo del estanque, que servía el único propósito de adelantarnos hasta llegar a la última orilla posible del planeta.

Mañana enterraremos a Arturo, llueva o no. Parecería que no tengo nada más que hacer que escribir esto, cuando me toca lo más difícil del rito: despedir el duelo. Nadie más ha venido de Ecuador y de Perú (nunca sentó bien en la familia que tuviéramos un asesino entre los Ponce) y el señor al que toda mi vida le he dicho padre me dijo que ya era hora que me encargara de asuntos serios como este, cuando, en realidad es a él quien le tocaría despedirlo por ser su hermano.

¿Hermano y padre o tío? El asesinato, los años y la cárcel. ¿Cómo despedir a Arturo correctamente? Ahora me sumo en estos sentimientos, gracias al «hijito» de la ecuatoriana que ha venido a representar ese pie descalzo mío al que habían exiliado del lindo jardín familiar. Y por eso también me sumerjo en mi vida, en las dudas, en esos miedos tan pavorosos que te hacen sudar en lugares nuevos de tu cuerpo.

Si tuviera a donde ir, bajaría ahora mismo y le exigiría a la mujer y al hombre que siempre he llamado padres a que me dijeran quién realmente era Arturo. Pero creo que es mejor solo imaginármelo como mi padre, ese pobre infeliz que, por matar y sufrir cárcel, vio como su propia familia se puso de acuerdo a que le quitaran la patria potestad sobre su hijo menor y lo enviaran a casa de su hermano recién casado con una boricua (a esa dulce mujer a la que siempre la he conocido como mamá), lejos de Rhode Island, de la ecuatoriana, de todo ese submundo de la diáspora sudamericana de los setenta y los ochenta.

En el duelo no lo llamaré papá. Lo llamaré algo mejor, Arturo, mi maestro, mi confidente, ese asesino confeso que me enseñó a ver la vida alejado de lo previsible, aunque al final la muerte lo haya sorprendido viendo un programa de esos filmados en Miami que repiten por Univisión y que, como a todo viejo de su edad, ya le había empezado a tomar el gusto como paliativo a la soledad en que se encontraba flotando sobre su pequeña isla de loto en el océano tempestuoso de nuestra familia.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Mi Navidad ha sido eventos gastronómicos :-D

Como parte de mi trabajo en la revista Empresarios, suelo ir a eventos especiales de las marcas más importantes de bebidas y a los restaurantes más noveles de la Isla.

Haré un pequeño recuento de las últimas tres que he asistido: una en La Concha, otra en el restaurante La Vista del Marriott en Condado y la semana pasada en Budatai. Mañana voy a una de Absolut en el otro restaurante de Roberto Treviño, Bar Gitano que, de hecho, ya me han contado sobre los encuentros del tercer tipo con la supuesta paella que sirven. Nunca le digo no a una invitación, así que ya a partir del viernes o sábado leerán sobre mis impresiones del Bar Gitano.

Chivas Regal 25 años - Edición Limitada - 13 de noviembre de 2010

Pernod Ricard Puerto Rico y V. Suárez nos invitaron al salón Ocean View de la Concha para una velada especial. ¿El motivo? El lanzamiento en Puerto Rico del whisky ultra premium Chivas Regal 25 años. La rareza de la mezcla lo hace una bebida de edición muy limitada y esa noche fue su debut en Puerto Rico. Como parte de la actividad, también se sirvieron el Chivas 12 y 18 (el último, como el 25, jamás lo había probado).

Meses antes había tomado por vez primera el Blue Label de Johnnie Walker, cuando entrevisté al embajador de la marca para Latinoamérica, el venezolano Arturo Savage. Arturo estará contento cuando le diga que el Chivas 25 no superó mis expectativas. Me pareció muy picoso al paladar y casi inofensivo a la nariz, salvo el rico aroma a mazapán que el Blue no tenía. Pero el de 25, desgraciadamente, no me invitó a más.

Sin embargo, y a parte de mis humildes notas de cata, en mis conversaciones con Ken Lindsay, el embajador global de Chivas que nos visitaba para el evento, pude aprender más sobre la historia de la casa Chivas, las leyes de la época y la competencia feroz (aunque bastante amigable) entre las grandes casas de esta agua de vida y de la gran destilería Strathisla, la más antigua de toda Escocia, cuyas maltas, como el ADN de cualquier ser viviente, siempre han sido parte del blend de Chivas Regal.

A mí me gustó más el Chivas 18 años, con poquísimo hielo y un chorrito de agua mineral. El 25 lo tomamos a temperatura (de Puerto Rico) sin nada más y creo que esto fue lo que afectó el whisky. En la Isla suelen ocurrir desastres gustativos como estos por el descuido de dejar que los productos importados (sobre todo las bebidas) adquieran nuestra temperatura ambiente. Estos problemas también se originan por la transportación inadecuada que sufren los mismos.

Los platillos que sirvieron de acompañante fueron centrados en lo caribeño como churrasco con un chimichurri de mangó. Quizás me serví unas cuatro veces de esta bandeja. No me acuerdo mucho del resto del menú y lo más probable se debió a que fueron platos trillados, como el mismo churrasco que ya, desde hace algún tiempo, se encuentra hasta en la sopa.

Reapertura La Vista Restaurant -Marriott de El Condado - 9 de diciembre de 2010

El 8 de diciembre, la hermosa Ness Marie Tollinche del Marriott, nos invitó a la reapertura de La Vista, la opción de bufetes del hotel Marriott, al cual fui en mis años más tiernos. No volvía en más de una década y fue grato encontrar el lugar de muchas cenas familiares redecorado con tonos vibrantes pero sencillos.

La mayor parte de la acción se concentró en la barra localizada en la terraza y el booth de promoción de Bacardí por razones obvias: toda la cerveza, vino, Bacardí, Dewar's y vodka que quisieras consumir. Para mí, sin embargo, lo más que esperaba era degustar los nuevos ofrecimientos del lugar.

Empezaron con tostones, unos montaditos con pico de gallo y otros de carne desmenuzada de cerdo y piña (me imagino, una versión de la famosa receta mexicana de los tacos al pastor). Lamentablemente algunos de estos tostones llegaron fríos a nuestras bocas (nuevamente, el problema de la temperatura), pero un restaurante de comida caribeña/tropical no puede prescindir de ellos.

Otro plato que ya se ha vuelto icónico en este tipo de restaurantes es el ceviche. La Vista nos deleitó con un ceviche de setas maravilloso, coronándose, sin exagerar, como el bocado más rico de la noche. Lo mismo no puedo decir del ceviche de camarones, vieiras y langosta. Si bien todos los mariscos estuvieron tiernos, el aderezo del ceviche era inexistente. No sentí el limón ni las hierbas que lo acompañaban. Realmente fue como un cóctel de mariscos y nada más.

También pasaron unos mini pastelillos a los que la gente les cayó encima como pirañas y son, pues, las frituras que nunca faltan en este tipo de eventos al aire libre y frente al mar. Lo que siguió después sin embargo (y espero yo) estuvo más cercano al tipo de comida que La Vista sirve o debiera seguir: camarones en salsa de leche de coco acompañado con arroz blanco y chaufa de quinoa (cereal milenario cultivado en los Andes por los Incas) con sirloin y setas. Chaufa es el nombre para el arroz frito en la tradición sino-peruana llamada chifa. O sea, en Perú en vez de decir 'comida china' dicen 'chifa' y el arroz chaufa es la reinterpretación peruana de este clásico plato oriental.

Para mí la inclusión del chaufa de quinoa y los camarones en leche de coco (aquí pude notar algunas influencias del Caribe colombiano) fue acertada y audaz. En fin, una inesperada y más que adecuada movida que nos llevó de los tostones y pastelillos del principio a algo singular y diferente.

Johnnie Walker Black y la Tecnología - Budatai - 16 de diciembre de 2010

Tengo un iPhone 3Gs y una MacBook de hace dos años, por lo que un iPad en estos momentos me parece algo redundante que no me aportaría mucho a mi diario vivir. A lo mejor me lo compro, sobre todo, cuando los precios hayan bajado, así que eso puede esperar un poquito.

Bueno, hablo del iPad porque en este evento la gente de Johnnie Walker nos mostró una degustación guiada utilizando los susodichos artefactos. Al final la gente no se entretuvo para nada con ellos porque todos los tragos con Black eran gratis. La ecuación no era, pues, tan difícil de resolver y más cuando uno está en un lugar de tanto renombre como Budatai: significaba, claramente, más dinero para probar los afamados platos de Treviño.

Este es, pues, el acertijo a resolver: ¿vale la pena comer en Budatai? Dejando atrás la pompa y el renombre, Budatai es un excelente lugar para experimentar fusiones inesperadas entre lo asiático y caribeño. Si bien añadir el plátano maduro en la preparación de dumplings y arroz frito puede considerarse el más grande lugar común de toda cocina experimental a lo boricua, el rodaballo tipo sashimi/tiradito pero con coco (el plato se llama Herame: Thinly Sliced con Coco, Yuzu & Toasted Garlic) fue una extraordinaria sorpresa. Entre lo ácido, dulce y fresco del pescado, este platillo ($16) cumplió su cometido de refrescar y satisfacer el paladar.

Aunque los mejores sushi de pega'o los he comido en Yinya's en la Central, el Spicy Tuna Pega'o de Budatai fue un apatecible bocadito en donde el atún perfectamente condimentado se derretía en tu boca como una mantequilla y, al masticarlo junto con el arroz pega'o, creaba una deliciosa amalgama de texturas y sabores en la boca. El ofrecimiento de sushi de Budatain pasó la prueba.

Vamos ahora a los platos calientes. Ordenamos los Pork Dumplings Guisados Served with Shaved Truffles (estos contenían amarillo y fueron cocinados al vapor) y los Veal Potstickers con una salsa de langosta y cebollines verdes. El primero destellaba sabores intensos, entre lo salado de la salsa y lo dulce del amarillo. El relleno de estos dumplings de cerdos era abundante y con los siete que nos sirvieron de estos muchachos ya empezamos a llenarnos. Llegaron luego los de ternera, en donde fácilmente se podía adivinar un sabor más discreto, recogido que los de cerdo. Esa dulzura natural de la carne de ternera y de la langosta lograron crear un plato refinado, de sabores específicos y ligeramente acentuados por la cocción que se les dio al sartén.

A este punto, con cuatro aperitivos (no olvidemos que los tragos eran gratis) los dos que ordenamos nos sentíamos satisfechos. Sin embargo, cuando este servidor vio en el menú un arroz frito con pato y amarillo tuve que ordenarlo, pero esto es algo en que caemos los sibaritas o, como nos dicen por ahí, los comelones. Este plato ($13) más que arroz frito, parecía un mampostea'o al estilo oriental: pegajoso, brillante, compacto. Con ingredientes como la salsa soya, el amarillo y la grasa del pato cualquier plato sabe rico y este fue el caso con este arroz frito. ¿Lo volvería a pedir? Quizás no, me iría con otro de los fideos o arroz (el Basmati Fried Rice with Shrimp ya me tiene meditando) que tienen en el menú, pero para una primera visita al Budatai estuvo más que bien. Y, si se fijan, con cuatro aperitivos y un arroz frito, dos adultos quedamos más que satisfechos por alrededor de $70. No es barato, ciertamente, pero ordenando inteligentemente o si lo que se quiere es salir de copas y probar algo diferente, Budatai no es un asalto a mano armada y pinta muy bien.

Este fin de semana, luego de las respectivas jarteras de Navidad, les traigo mis notas sobre Bar Gitano. Hasta entonces, buen provecho.

martes, 16 de noviembre de 2010

Quinoa Fields Forever en La Acera

Un tour por Lima con todo y cumbia. Gracias a Renato, que en algún momento le escuché la frase que le da título a este cuento.

Aquí el éxito del verano pasado en las playas sin palmeras limeñas:

sábado, 23 de octubre de 2010

12 Consejos de Bolaño

Mi amigo Renato Zeballos es un tigre con verbo de cóndor. De vez en cuando --y esto es pura suposición mía-- cuando la mañana o el día se vuelve pantanoso, él entra al Facebook y sube unos versos, microcuentos o pequeños relatos que tienen el efecto de atraparte. Aunque tome sólo unos minutos leerlos, esas grandes alas de imágenes y palabras que surcan desde Lima llegan a acaparar mi mente por varios días. Entrar al Facebook, pues, toma nuevos matices; depende de la hora del día, esta red social puede convertirse en una gran antología o enciclopedia.

En esta misma honda y hace unos dos días, Renato se topó en el blog feederico.com con este pequeño escrito del chileno Roberto Bolaño y lo compartió en su muro. Ahora me toca compartirlo con ustedes en mi blog. Cierto, no lo escribió Renato, pero algo de la locura del Boñalos siempre ha estado dentro de la cuentística de mi amigo.

12 Consejos de Bolaño para escribir cuentos

"Como ya tengo 44 años, voy a dar algunos consejos sobre el arte de escribir cuentos.

1) Nunca abordes los cuentos de uno en uno, honestamente, uno puede estar escribiendo el mismo cuento hasta el día de su muerte.

2) Lo mejor es escribir los cuentos de tres en tres, o de cinco en cinco. Si te ves con energía suficiente, escríbelos de nueve en nueve o de quince en quince.

3) Cuidado: la tentación de escribirlos de dos en dos es tan peligrosa como dedicarse a escribirlos de uno en uno, pero lleva en su interior el mismo juego sucio y pegajoso de los espejos amantes.

4) Hay que leer a Quiroga, hay que leer a Felisberto Hernández y hay que leer a Borges. Hay que leer a Rulfo, a Monterroso, a García Márquez. Un cuentista que tenga un poco de aprecio por su obra no leerá jamás a Cela ni a Umbral. Sí que leerá a Cortázar y a Bioy Casares, pero en modo alguno a Cela y a Umbral.

5) Lo repito una vez más por si no ha quedado claro: a Cela y a Umbral, ni en pintura.

6) Un cuentista debe ser valiente. Es triste reconocerlo, pero es así.

7) Los cuentistas suelen jactarse de haber leído a Petrus Borel. De hecho, es notorio que muchos cuentistas intentan imitar a Petrus Borel. Gran error: ¡Deberían imitar a Petrus Borel en el vestir! ¡Pero la verdad es que de Petrus Borel apenas saben nada! ¡Ni de Gautier, ni de Nerval!

8) Bueno: lleguemos a un acuerdo. Lean a Petrus Borel, vístanse como Petrus Borel, pero lean también a Jules Renard y a Marcel Schwob, sobre todo lean a Marcel Schwob y de éste pasen a Alfonso Reyes y de ahí a Borges.

9) La verdad es que con Edgar Allan Poe todos tendríamos de sobra.

10) Piensen en el punto número nueve. Uno debe pensar en el nueve. De ser posible: de rodillas.

11) Libros y autores altamente recomendables: De lo sublime, del Seudo Longino; los sonetos del desdichado y valiente Philip Sidney, cuya biografía escribió Lord Brooke; La antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters; Suicidios ejemplares, de Enrique Vila-Matas.

12) Lean estos libros y lean también a Chéjov y a Raymond Carver, uno de los dos es el mejor cuentista que ha dado este siglo."

Entrada original aquí.

jueves, 7 de octubre de 2010

La colombiana RCN Radio entrevistó en exclusiva al nuevo Premio Nobel

Los que siempre admiramos a Vargas Llosa por, ante todo, su calidad como escritor y peso intelectual, estamos de fiesta. Los que también somos peruanos y latinoamericanos más aún. Un gran logro para el continente y un maravilloso regalo para estos momentos en que el Perú está escribiendo historia a nivel regional e internacional.

RCN Radio fue el primer medio en entrevistar a Mario Vargas Llosa luego de anunciarse el premio.

Y aquí está la primerísima entrada de este blog, en donde hablo sobre mi primer encuentro con MVLl mientras estudiaba en Georgetown. Días después pudimos dialogar en diferentes foros y me autografió La Fiesta del Chivo.

viernes, 25 de junio de 2010

Lluvias

Bayamón, Puerto Rico

Por acá la lluvia no deja de caer. Son días lúgubres, de una suave pero constante melancolía (así me pone la lluvia, sobre todo cuando es verano y el cielo permanece arropado en una tersa neblina, no como la de Lima, sino más bien de una tormenta perenne que se cierne sobre nosotros todos) y las noches, pues para qué contarte, frías y húmedas, pero con una luna caribeña (ésta jamás la verás allá) que, velada por las gruesas nubes, se ve maravillosa, a la expectativa e invitando a la intensidad. Todo un espectáculo.

Arequipa, Perú

"Mi lluvia viene tras un largo nublado. Antes solían decir mañana calurosa o sudorosa y tarde lluviosa, pero ya que los tiempos vienen cambiando no se cumple tanto la regla y en verano, que es cuando llueve acá en mayor porcentaje (porque a veces se loquea y, últimamente, muy de vez en cuando cae cuando quiere), suele ser todo el día caluroso y uno que otro todo nublado. En fin, se nubla, hace friíto (pero no tanto) y un viento típico comienza a correr y comienza a caer: el olor a tierra mojada lo inunda todo, y ya no sólo huele a tierra sino también a madera mojada; lo relaciono conmigo mirando la lluvia sentada, echada en la cama con la puerta del balcón abierta y cantando a más no poder, o parada sacando la cabeza por la ventana. Olor a madera por el marco de la puerta. La lluvia me huele a nostalgia, a sueños, a amor, a recuerdos. También la relaciono a ramas de árboles, de eucalipto sobre todo, muy muy altas que se juntan y se enredan, se funden pero aún así dejan pasar la lluvia; y la siento sobre mí, y el olor ya no es sólo de tierra mojada, esta vez es eucalipto, es hierba y polvo".

jueves, 25 de febrero de 2010

Compás 2/4, tambor, guitarra y yo (y otras cosas más que se pueden encontrar en la selva)

Ritmo lleno de mar pero también de río. Nada de frío. La música me hace sudar aunque no quiera, aunque tenga mi traje planchadito, recién salido del dry-cleaner. No me detengo. ¿A estas alturas de la noche --y del baile-- detenerme? Ella, sin decírmelo, me dice que no. No te pares. Sigue no más. Sus pies me hablan, sus saltitos, el sudor frío que se le condensa uniformemente en una húmeda lámina sobre su pecho. Alrededor se sigue bailando. No hay excusa de horas, tragos ni distancias. Al baile lo que es del baile y a mí a seguir esforzándome con todo y el nudo de la corbata puesto (que por alguna razón irracional reúso sacarme). Ya el saco está enredado sobre los arbustos cercanos a la pista de baile, las mangas enrolladas y mi pañuelo refrescándose en el espaldar de una silla. Aquí el calor es fúrico aunque la noche de repente te dedique una brisa.

''Yo dedicando soy malo, pero sin buscarlo salgo premiado. Siempre encuentra el que menos busca'', creo que alguna vez llegué a escribir en la pared de un bar. Recién me había encontrado de frente con las letras de Chico Che en una loable canción dedicada a su saxofonista Eugenio Flores cuando perdió su saxo justo antes de la presentación del grupo. Había pasado una mala noche y en vez de hacer una locura escribí eso. Una nota anónima en un millón, es cierto, pero una trasgresión igual. Como cuando la cumbia me fue seduciendo gracias a mis viajes a Iquitos. Aún los pies se me traban, aún me río con los saltitos, pero mi mente toma caminos desconocidos cuando la escucho. Chico Che un grande de la cumbia mexicana. Lo vine a escuchar ya tiempo después; sus letras son aptas para las paredes y así hice más de una vez. Pero antes, mucho tiempo antes, en mi escasa y condensada cronología de años llegó Wilindoro Cacique. Aprendí que de la selva a la tragedia hay un corto paso. La cumbia proporciona el balance entre estos extremos, matizando la selva con un prolongado intermedio de vacilón. En la tierra donde es difícil predecir cuándo el río subirá o qué mordida echará a perder lo que tienes de vida, la cumbia es agua de vida, respiro de un casi ahogado. Y la cumbia de Wilindoro no es para vertirla sobre paredes, mesas, ni mucho menos puertas de baños. Wilindoro y su ay, ay, ay rescata a cualquiera del marasmo de la cibertrofia y nos hace valorar aquellas pequeñas tiernas cosas que nos hacen humanos. Como un baile rico sobre la pista blanca. Como bailar cumbia sin pisar los pies. De seguir explorando lo extraño, pero ir también reinventando lo hartamente conocido.

domingo, 22 de marzo de 2009

Cadáver mmmm exquisito y andino

La tribu de los cafres en colaboración con el Estado Libre Seis Dedos presentan, directamente desde las Alturas Andinas, el:

"Cadáver mmmm exquisito y andino"

30 de diciembre de 2008
(en el viaje de retorno hacia Cusco luego de visitar la ciudadela de Machu Picchu, en el vagón "Vista Dome" de PerúRail).

Meditar en Machu Picchu es sentir la insoportable levedad del ser.

Meditar en Machu Picchu es volar como el cóndor, abriendo mis alas rosas, volando encima de una llama voladora. 

Las piedras y las ruinas magnifican nuestra inmediatez y nos recuerda que por más que viajemos no dejamos de ser mortales.  ¿Y quién necesita dos piernas para subir al Huayna Picchu?  ¿Quién le teme a sus angostos escalones?  Subamos, llama mía, volemos hasta lo más alto.  Hay alguien que se cree mortal por estar aquí.

Los que estuvieron antes que nosotros todavía nos tocan por sus sueños, obras y anhelos.  No cualquiera puede volar como los Incas; es, pues, ingenuo pensar que solo con alas se puede volar.

(continúa aquí)

martes, 13 de enero de 2009

De vuelta al Caribe

No sé por qué pienso que regresar a Puerto Rico es volver a la realidad.  ¿Acaso estar en otro país o continente no es también real?  ¿Acaso no nos enteramos de lo que pasa en otros lados, no nos cortamos los dedos con el mismo dolor o vamos al baño con la misma regularidad? No entiendo, entonces, por qué siento que he entrado a una dimensión desconocida cuando no lo es; he regresado al país que más conozco, a mi hogar, a mi hábitat natural.  Pero la sensación es de haber retornado al pasado, a las mismas cosas de siempre y porque al final, el regreso de cualquier viaje o recorrido, por más corto que sea -al menos para mí- es cerrar un ciclo, un espacio único y eso trasciende las barreras de la razonabilidad y la cotidianeidad.  

Me fui con la idea de olvidar, buscar y encontrarme a mí mismo y, de paso, a muchas otras cosas desconocidas.  Quería salir para vivir solo nuevamente, para disolver una sensación de opresión que me ahogaba y para escribir que es también vivir.  Primero un mes por China y sus ciudades conglomeradas.  Las motocicletas eléctricas y los autos han paulatinamente sustituido las icónicas bicicletas, pero la gente aún escupe sin pudor en donde sea.  Con todo y escupitajos y el calor pantanal de las ciudades que visité, comí a mis anchas como en poco lugares lo había hecho y esto sin enfermarme una sola vez.  La comida que se cocina en China es espeluznantemente variada y sorpresivamente deliciosa.

China construye su futuro con edificos sacados de las sagas futurísticas hollywoodenses pero con la exactitud y opresión comunista de un régimen que necesita liberalizarse en la cuestión política y social.  Dicen que el futuro está allá, pero luego de pasearme por el Cono Sur, me di cuenta que el futuro está en todos lados porque está en nosotros.  El futuro está, inclusive, en Puerto Rico, aunque la realidad se torne más crítica mientras uno se acerca más a Washington y sus fallidas políticas económicas basadas en ideologías (neoliberalismo) en lugar de datos constatables, datos que mostraban que la crisis venía sin titubeos y nadie hizo nada porque no querían admitir que los postulados neoliberales habían fallado rotundamente.  Y digo que hay futuro en Puerto Rico no porque Fortuño esté de gobernador (Mr. Republican ha sugerido implantar recomendaciones que no pican fuera de la bolsa ideológica neoliberal que nos ha traído este regalito de fin de década), sino porque los malos augurios siempre vienen acompañados de nuevos comienzos.

Recorrer miles de kilómetros de pura naturaleza fue lo más alucinante de mi recorrido por la Patagonia.  Espacio abierto, vida silvestre, cielo azul, temperaturas contrastantes y caminar casi de la mano con pingüinos.  El Uruguay y las playas despobladas de Maldonado, lagunas protegidas, campo abierto y un Montevideo que se parece más a las fotos de La Habana que a una copia de Buenos Aires.  En Perú los microclimas de la sierra, el verdor en la ceja de selva cuando vas llegando a Machu Picchu, la siempre fascinante -y horrible- vista de los cerros desérticos que circundan a Lima y, por supuesto, el copioso ceviche, sus mariscos, y el ají que ya sea por gusto o costumbre siempre te invade el paladar.

Y sí, es cierto:  si en estas primeras semanas de mi regreso me preguntan cómo me siento, diré que raro y un poco atormentado porque extraño el anonimato de ser un extranjero, de devorar revistas, periódicos y libros para entender una realidad ajena y no sentir la obligación inmediata de actuar; la variedad de productos que he comentado y reseñado hasta la saciedad porque me parece un atropello que los puertorriqueños sigamos escogiendo nuestros condimentos y verduras de una selección pobre, cara y mediocre.  En el mismísimo Km. 0 de Buenos Aires conseguía frutas y legumbres frescas y de buena calidad, igual historia con la carne, quesos, panes y repostería.  En Puerto Rico un buen pan criollo es difícil de conseguir y la baguette que se consigue en los demás comercios es un insulto de grandes proporciones:  una farsa más de la que -ya es evidente- estamos tan acostumbrados.  

Extraño pasearme por los parques y caminos de la ciudad porque mi metrópolis duerme encerrada y con el aire acondicionado en high.  Bienvenido a comprar libros caros y a perderme en Borders entre tanto dumping literario estadounidense.  Lo que queda es la ventana del Internet, las fotos y las cervezas con los amigos; la familia y un mar siempre cálido, envidia de la gente que vive en climas variables.  El Hamburguer con vista al mar, el Viejo San Juan y sus siglos de melancolía, las langostas del oeste con sus atardeceres y la voracidad caribeña que se bate en la arena y en kioskos, botes, hoteles y apartamentos desde Piñones hasta Peñuelas.

Regresé con la intención de irme de nuevo.  Pero primero hacen falta unas cosas:  amar, escribir, estudiar y terminar lo comenzado.  Dos, tres, cuatro años, y me voy.  Como toda partida, ésa tendrá también el gérmen del retorno:  nada hay inescapable en esta vida y menos un país tan pequeñamente grande llamado Puerto Rico. 
 
Tratando de bloguear desde Lima (Ene. 09).

Siesta frente al Pacífico en la playa de Chocalla (sur de Lima, Ene. 09).

Almuerzo costero:  tiradito de pescado en tres salsas, corvina a la parrilla y su infaltable chelita helada (Ene. 09).

Mi segunda vez en Machu Picchu:  siempre hay que volver a estas alturas místicas (Dic. 08).

El cuy chacta'o:  plato tradicional arequipeño y legado de los Incas.  Delicioso (Dic. 08).

Con Nydia frente al Palacio de Gobierno en Lima (Dic. 08).

Con Miguel Novellino, mi compañero de apt. argentino y propietario de A Dos Veinte (Dic. 08).

Los Boludos en la tienda Puro Diseño en Palermo, Buenos Aires (Dic. 08).

Plaza Independencia, Montevideo, Uruguay (Dic. 08)

Las Cataratas de Iguazú, Misiones, Argentina (Dic. 08).

Frente a frente al Perito Moreno, El Calafate, Argentina (Oct. 08).

Allende por las calles de Punta Arenas, Chile (Oct. 08).

Próximo a cruzar el Estrecho de Magallanes, Chile (Oct. 08).

Parrillada en Villa General Belgrano, Argentina (Oct. 08).

En el panteón de Evita, Cementerio de La Recoleta, Buenos Aires, Argentina (Sept. 08).

En el Canal Beagle, Ushuaia, Argentina (Oct. 08).

Mao se repite en el Museo de la Propaganda, Shanghai (Ago. 08).

En Xi'an (Ago. 08)


En la Muralla China en Simatai (Ago. 08)

Con los soldados de terra cota en Xi'an (Ago. 08).

martes, 6 de enero de 2009

Perútrova, un regalo de Reyes desde la tierra de Túpac Andina

No le puse yerbita a los camellos de Oriente, pero uff, mira lo que me dejaron debajo de la cama: pura charrería rock-andina.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Mi prima Karol en MTV Perú


Hace unos minutos Karol me mandó el video de la entrevista que MTV Perú le hizo a Área 7 , el primer grupo de Heavy Metal peruano compuesto únicamente por chicas. Al momento de la entrevista mi prima era la bajista,  pero actualmente es una de las guitarristas y en 2009 viene a la Argentina a tomar cursos de ingeniería de sonido.

Yo no soy muy metalero que digamos, pero espero que algunos que sí lo son y visitan La tribu puedan ver en Área 7 algo distinto (ahh, también puedo facilitar autografos).

domingo, 20 de abril de 2008

Lorenzo Helguero, invitado de la Tribu, y cuatro poemas suyos

Insomnio
Lorenzo Helguero
Álbum del Universo Bakterial
Lima, 2006
103 pp.









"Soy inmortal: dichoso es el que sueña
y no traza en la noche vanos versos
".

Esto es una deuda largamente adeudada.

La cumplo hoy porque he releído este poemario en momentos que desesperadamente lo necesitaba. Y lo que he leído es una ofrenda de amor (si es que éstas se pueden leer del todo). Amor a Rosana, su esposa, pero amor también a la palabra, a la obsesión con los versos y con Darío y Borges. Pero también desamor al sueño, al descanso (a aquél que no sea sobre el cuerpo desnudo del amante), al estúpido letargo de hacer nada, a la embriaguez que irónicamente deja vacía a "la botella y la inútil poesía".

Hay algo maravillosamente personal en esta cuidada edición y en los cuidados versos que Helguero nos propone. Veintidós son los sonetos que componen Insomnio. Su lectura es íntima porque además del intenso mundo que respiran los versos, el libro es un cuaderno Moleskine, con todo y su hoja de información, con todo y su cinta elástica que lo mantiene cerrado. La poesía me embruja con su ritmo y salta de la página para apoderarse de mis propios recuerdos. Lo que Lorenzo transmite se filtra por los poros de mi vida y con ella se confunde.

Los poemas discurren con una intensa fragilidad y concisión; son como la palabra, la letra: un molde de no sólo significados, sino experiencias y recuerdos. Insomnio es también metáfora de un viaje: del viaje de la noche en vela y del Moleskine, objeto de rigor de todo artista y escritor viajero. El primer soneto, Historia de las Indias, nos embarca hacia el inicio de una aventura y de un devenir lleno de tragedias que son historias. Son las historias de Helguero las que se plasman en las pequeñas páginas del libro, sus mutaciones como en Pronombres, uno de mis sonetos favoritos, sus luchas y desafíos frente al cuaderno y dentro de la cama, en su pasado y en su presente. Son historias de catorce versos que terminan con Retorno, que es, al estilo de Borges, un final con esperanzas de comienzo.

La palabra

Ya no el silencio, sino voz que crece
y que llega confusa para ser:
por la página en blanco reaparece
la Palabra vestida de mujer.
Mostrándome sus senos me saluda,
como una perra en celo se me ofrece,
-me ha reconocido- se desnuda
y exige que la monte y que la bese.
Su revejida desnudez me tienta,
me ofrece la canción y la tormenta,
la tortura y el ritmo, el mar, la ola.
Sus látigos me llenan de lenguaje;
me vence, me despoja de mi traje
y en esta misma página me viola.

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Pronombres

De tanto amarte oscura y vorazmente
hoy confundo mi cuerpo con el tuyo
y mi mente desnuda con tu mente
(tu nombre es Fuego y es Espasmo). Huyo
de lo que fui, me alejo de mí mismo,
de mi historia y mis letras inconclusas;
caigo en la noche: ya no soy el mismo
que escribía en los senos de las musas.
Ahora me llamo Espasmo y también Fuego
y en la ardiente unidad del mismo dúo
todo mi cuerpo en llamas te lo entrego.
Tengo tu piel y tú tienes la mía.
De pronto hemos cambiado: yo menstrúo
y tú escribes feraz la poesía.

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Of
renda

Te doy todo de mí: mi dentadura,
mi pecho atormentado por el asma,
mi cadáver despierto, ese fantasma
que se empeña en hacer literatura,
la inmensidad de despertar y verte,
los vellos de mi pierna y de mi mano,
mis cánceres futuros y el humano
temor a la certeza de la muerte.
Te entrego todo, aun el alfabeto
de mi sílaba impar, el apellido
que me encierra en la letra y que me nombra,
las inciertas moradas de mi sombra,
mi indecible silencio, mi sonido
y el verso en que se muere este soneto.

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Retorno

El tiempo que es arena y es eterno
repite su camino: todo vuelve
a su secreto origen (se disuelve
la nieve que ha de ser en otro invierno).
El sendero es un círculo. Regresa
el olor de mi infancia silenciosa,
el pequeño jardín donde la rosa
una vez más a florecer empieza.
Lo que ha sido será (también la casa
que hace tanto perdí). El tiempo pasa
y es el recuerdo un fuego que no quema
y es la memoria flama que no arde.
En una mágica y confusa tarde
alquien escribirá este poema.

Lorenzo Helguero (Lima, 1969) estudió Lingüística y Literatura en la Universidad Católica del Perú. Ha publicado los libros de poesía Sapiente lengua (1993), Boletos (1993), Beissán o el abismo (1996), El amor en los tiempos del cole (2000) y Poeta en Washington D.C. (2004). Poemas suyos han aparecido en diversas revistas y antologías. Actualmente realiza estudios de post-grado en el Departamento de Español de Georgetown University. Contacto: lhelguero@yahoo.com. [Información tomada de la edición de Insomnio].

La tribu errante