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sábado, 24 de abril de 2010

A, C, D, E y F (de una serie que sigue sin titular)

A

Me fui del país por medio año para medio olvidar mis miedos y errores. Soy, de verdad, un fiasco envuelto en angustias e ilusiones. Camino, por ejemplo, y me creo que una pluma traza la dirección de mis pasos. Pasos que a pesar de mis viajes, me han vuelto a dirigir hacia los pies de A. y a su cruda realidad llena de estrepitosas carnes y olores prohibidos. Sobre éstos --aunque parezca imposible-- escribo los versos más cortos y las intenciones más largas.

Soy un personaje de novela (me digo), de historia (otros me dicen), porque me creo las mentiras que yo mismo plasmo sobre el papel que me ha regalado (A. me dice que solamente prestado) mi autor.

B (haga click sobre la letra)

C

Hay una paloma que vuela sobre el instante en que Hiram le cuelga a Sofía. Hemos terminado, le dijo. ¿En serio, eso quieres? Sí. Y ese sí estuvo acompañado de toda la felicidad del mundo. Sí y el sonido opaco del fin de una llamada.

Hiram camina confiado sobre el precipio que su voz ha creado. Le quedan A., Vanessa, Raquel y Marcos. Volverán a los bares de antes, a las mañanas frente a la mesa emplegostada del cuarto en la San Justo con la Sol, a los desayunos almorzados en La Bombonera junto al pastelillo que irradia una combustión interna de guayaba angelical que siempre comparte con A. en los bancos de la Plaza de Armas mientras tratan de ver a la sombra de Santini asomarse como una nube negra (sé que es su sombra, dice A., cuando me caga una paloma en la falda) entre los arcos de la Alcaldía.

Los adoquines se ven resbalosos gracias al sudor que le sale por las axilas, que se le derrama por el cuello cuando imagina la ilusión de tirar su celular por el foso de El Morro y sentarse a esperar a Vanessa y su inescapable pecho de sirena (alguna vez fui sirena, o algo así dijo cuando terminó de leerse una novela de Mayra Santos).

Raquel y sus maravillosas manos de mantequilla que moldean su espalda luego de conjugar los verbos más mojados entre las sábanas del cuartito un poquito más arriba en la Tanca, casi llegando a la Norzagaray. Hiram ve el mar justo cuando sale del edificio y va hacia el auto donde Marcos lo espera: has regresado a lo que tanto querías escapar. Antes de responderle, ya en el interior del carro, ¡plat!, se estrella una caca de paloma contra el parabrisas (Santini sí estuvo hoy en San Juan, piensa que le dirá a A., y no sólo caga faldas) . Entonces Hiram se cuadra frente al rostro trigueño de Marcos y le responde: he vuelto a no pensar en el después.

D

Cuando regreso de mis viajes a la vieja ciudad, me siento que le pertenezco más a pesar de que las otras ciudades en las que he habitado hayan construido sobre los cimientos de los recuerdos de mi infancia. Poseo una acumulación de varilla, bloques y cemento considerable que incide en la intrépida lejanía de mis pasos sobre los adoquines, en la manera en que me apoyo en los bancos y las columnas de las casas. Siento que existen comienzos que nunca logran iniciar nuevos caminos por el miedo a negociar la comodidad. Hoy, ante mí, no hay uno de esos: gracias a Dios por los largos años que me han dejado un corazón de cal y unos labios de gravilla.

E

Volvió a sentir el olor a garrapiñada. De inmediato dejó la lectura y sin levantarse del asiento voló en dirección hacia ese dulce perfume y cayó en la crispada camisa azul de una empleada pública como públicas eran las ferias de los sábados en la Plaza del Congreso o en Recoleta. Ese aroma, Buenos Aires, esperando en la fila de los cines, paseándose por las esquinas de Corrientes mientras se le antojaba comprar el libro que no le cabría en la maleta. Respiraba el olor a azúcar tostada, sabiendo que en el allí y ahora era sólo un perfume barato, pero no importaba, se tragaba ese olor aunque, a través de las ventanas del tren elevado, veía la colección de edificios que se sucedían con un glamour tímido, como si reconocieran que a pesar de las luces y los cristales continuaban siendo, en su conjunto, una raquítica copia de Manhattan en el Caribe.

Pero otra cosa también le era evidente: si bien la ciudad había cambiado mucho, él lo había hecho más.

F

El Atlántico Austral se barre levemente sobre la arena. Brisa y espuma, las huellas se borran y por aquí --el mar siempre es cómplice-- nadie ha pasado.

Arena que se convierte en lindos y pequeños montones mullidos donde el bañista tira su toalla y se apresta a leer Caracol Beach. Montones que en cuestión de más vientos marinos van formando una, dos, tres, quince, veinte, cien dunas a lo largo de la costa. Ahora, antes que se divisen los arbustos, se ve una humilde capa de vegetación cubriéndolas, y hacia el oeste se abre --en cámara lenta-- la desembocadura de un riachuelo.

Uno que otro árbol ha intentado levantarse frente a la playa, allegado al rústico camino por donde pasan bicicletas, pequeñas motocicletas y los pies de cientos de bañistas que llegan a mediados de diciembre y no se van hasta principios de marzo. El más grande de los árboles frente a la senda lleva años petrificado. Continúa, eso sí, imponentemente alzado sobre el horizonte. Detrás de él, a varios metros, se divisan unas seis villas. Es desde una de ellas que busco, como referencia, las ramas alzadas en forma de 'v' de aquel gigante que me indican hacia dónde queda lo que he abandonado.

miércoles, 1 de abril de 2009

¡Alfonsín, Alfonsín, Alfonsín!


Destructor de la sangrienta dictadura militar argentina (1976-1983) y amigo incondicional de la independencia de Puerto Rico, ayer murió en Buenos Aires, el ex presidente Raúl Alfonsín.  Tan pronto los argentinos supieron de la triste noticia, muchos se dieron cita frente a lo que hasta hace poco había sido su apartamento en la Ave. Santa Fe y empezaron a corear su apellido. Entren a Clarín para leer más.  Todas las fotos son de Clarín.



Muere a los 82 años el ex presidente argentino Raúl Alfonsín

Fue el primer presidente demócratico tras la dictadura militar (1976-1983)

SOLEDAD GALLEGO-DÍAZ - Buenos Aires - 01/04/2009

Raúl Alfonsín, el ex presidente que sentó en el banquillo a los 15 jefes militares que protagonizaron la feroz dictadura argentina, acusados de 30.000 asesinatos y desapariciones, falleció ayer, a los 82 años, en su domicilio de Buenos Aires. Alfonsín padecía un cáncer de pulmón, pero su larga enfermedad no suavizó la conmoción que han sufrido todos los sectores sociales, políticos e intelectuales del país. Centenares de personas se reunieron anoche mismo ante las puertas de su domicilio, en el barrio de la Recoleta.

Alfonsín, el único presidente de la democracia argentina que no ha tenido que vérselas en los tribunales por acusaciones de corrupción, recibió en los últimos años de su vida el respeto de casi todas las facciones políticas, que le reconocieron finalmente su enorme tarea para asentar la democracia en momentos muy difíciles y su extraordinaria honestidad personal.

Tres hechos definen la personalidad y la trayectoria de este abogado y político radical, que ganó las elecciones en 1983 y tuvo que hacerse cargo de un país arrasado económica y moralmente. En plena dictadura militar, Alfonsín ayudó a fundar la Asamblea Permanente en Defensa de los Derechos Humanos y se hizo cargo de multitud de casos de desaparecidos. El fue también uno de los poquísimos políticos argentinos que en 1982, en medio de la euforia general por la "recuperación" de las Malvinas, se negó a participar en un acto "patriótico" organizado por los militares en las islas. Para él, aquella guerra fue "una aventura demencial".

Recién elegido presidente de la República (eran las primeras elecciones celebradas después de la muerte del General Perón, en 1974, y de los casi ocho años de dictadura), Alfonsín puso en marcha una Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, presidida por el escritor Ernesto Sábato, que elaboró el impresionante informe Nunca Más. Gracias a aquel trabajo, el presidente de Argentina, en un hecho inédito no sólo en América Latina, sino también en el resto del mundo, acusó formalmente a quince altos mandos de las Fuerzas Armadas por los crímenes cometidos. Los integrantes de la Junta Militar recibieron cadena perpetua. Era la primera vez que los responsables de un golpe militar no se iban tranquilamente a sus casas, a disfrutar de sus pensiones y rapiñas.

La operación de limpieza de las terribles Fuerzas Armadas no pudo proseguir en otros niveles, porque, sometido a una intensa presión y a dos rebeliones, (los carapintadas), Alfonsin se vio obligado a dictar la muy criticada Ley de Punto Final y de Obediencia Debida, que dejó en la calle a decenas de oficiales de menor rango, igualmente asesinos.

Sus mayores errores, sin embargo, se produjeron en el área económica, donde no supo hacer frente a una dura crisis, que se sumó al lastimoso estado de la industria que había heredado de la dictadura. Agobiado por una espiral de hiperinflación, por el permanente acoso de los peronistas y de los sindicatos, que sacaron a la calle a los ciudadanos y le organizaron ocho huelgas generales (cuando no habían convocado ninguna durante la dictadura), Alfonsín entregó el poder, cinco meses antes de acabar su mandato, al peronista Carlos Menem. Por primera vez, Argentina era escenario de un traspaso democrático y legal del poder.

"Le voté, luego le critiqué y ahora me arrepiento". La frase, de unas de las cientos personas que llamaron ayer a las radios argentinas para expresar su homenaje a Alfonsín, refleja bien el sentir de muchos argentinos. Pese a todos los errores, el ex presidente es en la memoria de los argentinos el símbolo de la democracia y la honestidad política. "No se ha resaltado suficientemente que Raul Alfonsín, el político más importante de la democracia argentina, fue un hombre de consenso, que estimaba por encima de todo la defensa de la democracia y el diálogo", explica Joaquín Morales Solá, uno de los más comentaristas políticos más famosos y apreciados del país. Morales recuerda la frase de Alfonsín, "La política, cuándo no es dialogo termina siendo violencia" como definitoria de su personalidad. "Su muerte", asegura Morales Solá, "quizás sirva para recordar que una sociedad no puede vivir permanentemente en la crispación y el enfrentamiento, como sucede ahora".

Alfonsín fue efectivamente un hombre de diálogo y de paz (promovió el decisivo tratado con Chile sobre el Canal Beagle) y un decidido partidario de la unificación latinoamericana (fue uno de los creadores de Mercosur). "La democracia", decía, "es un proyecto de largo plazo. No importa cómo me juzgue a mí la historia. Lo que importa es que haya ayudado a salvaguardar la democracia". Esa fue su obsesión.




Muestras del apoyo de Alfonsín a la lucha por la independencia de Puerto Rico (gracias a José R. Bas del PIP por los enlaces):





¡Presidente Alfonsín, que descanse en paz!

martes, 31 de marzo de 2009

Sinfonía de primavera

Caminaba casi descalza porque sus zapatitos eran diminutos, su suela invisible y sus hermosos pies perecían flotar sobre la sucia vereda de Callao.  Su falda no era corta, más bien volaba sobre sus tobillos entre el humo de cigarrillo, el smog de los colectivos y las aguas estancadas de las huecos en la carretera.  Vestía de verde, mi verde luz de noviembre entre los edificios grises de tiempo, la música de las tiendas y los gritos de los porteños.  



Llegó a su destino y entonces me di cuenta que su caminar siempre había sido más bien una danza cuando se sentó en las escaleras de la entrada del instituto y al verla de frente me percaté de algo ingenioso:  la música que la hacía deslizarse por la acera provenía del iPod que guardaba entre las tetas.

martes, 13 de enero de 2009

De vuelta al Caribe

No sé por qué pienso que regresar a Puerto Rico es volver a la realidad.  ¿Acaso estar en otro país o continente no es también real?  ¿Acaso no nos enteramos de lo que pasa en otros lados, no nos cortamos los dedos con el mismo dolor o vamos al baño con la misma regularidad? No entiendo, entonces, por qué siento que he entrado a una dimensión desconocida cuando no lo es; he regresado al país que más conozco, a mi hogar, a mi hábitat natural.  Pero la sensación es de haber retornado al pasado, a las mismas cosas de siempre y porque al final, el regreso de cualquier viaje o recorrido, por más corto que sea -al menos para mí- es cerrar un ciclo, un espacio único y eso trasciende las barreras de la razonabilidad y la cotidianeidad.  

Me fui con la idea de olvidar, buscar y encontrarme a mí mismo y, de paso, a muchas otras cosas desconocidas.  Quería salir para vivir solo nuevamente, para disolver una sensación de opresión que me ahogaba y para escribir que es también vivir.  Primero un mes por China y sus ciudades conglomeradas.  Las motocicletas eléctricas y los autos han paulatinamente sustituido las icónicas bicicletas, pero la gente aún escupe sin pudor en donde sea.  Con todo y escupitajos y el calor pantanal de las ciudades que visité, comí a mis anchas como en poco lugares lo había hecho y esto sin enfermarme una sola vez.  La comida que se cocina en China es espeluznantemente variada y sorpresivamente deliciosa.

China construye su futuro con edificos sacados de las sagas futurísticas hollywoodenses pero con la exactitud y opresión comunista de un régimen que necesita liberalizarse en la cuestión política y social.  Dicen que el futuro está allá, pero luego de pasearme por el Cono Sur, me di cuenta que el futuro está en todos lados porque está en nosotros.  El futuro está, inclusive, en Puerto Rico, aunque la realidad se torne más crítica mientras uno se acerca más a Washington y sus fallidas políticas económicas basadas en ideologías (neoliberalismo) en lugar de datos constatables, datos que mostraban que la crisis venía sin titubeos y nadie hizo nada porque no querían admitir que los postulados neoliberales habían fallado rotundamente.  Y digo que hay futuro en Puerto Rico no porque Fortuño esté de gobernador (Mr. Republican ha sugerido implantar recomendaciones que no pican fuera de la bolsa ideológica neoliberal que nos ha traído este regalito de fin de década), sino porque los malos augurios siempre vienen acompañados de nuevos comienzos.

Recorrer miles de kilómetros de pura naturaleza fue lo más alucinante de mi recorrido por la Patagonia.  Espacio abierto, vida silvestre, cielo azul, temperaturas contrastantes y caminar casi de la mano con pingüinos.  El Uruguay y las playas despobladas de Maldonado, lagunas protegidas, campo abierto y un Montevideo que se parece más a las fotos de La Habana que a una copia de Buenos Aires.  En Perú los microclimas de la sierra, el verdor en la ceja de selva cuando vas llegando a Machu Picchu, la siempre fascinante -y horrible- vista de los cerros desérticos que circundan a Lima y, por supuesto, el copioso ceviche, sus mariscos, y el ají que ya sea por gusto o costumbre siempre te invade el paladar.

Y sí, es cierto:  si en estas primeras semanas de mi regreso me preguntan cómo me siento, diré que raro y un poco atormentado porque extraño el anonimato de ser un extranjero, de devorar revistas, periódicos y libros para entender una realidad ajena y no sentir la obligación inmediata de actuar; la variedad de productos que he comentado y reseñado hasta la saciedad porque me parece un atropello que los puertorriqueños sigamos escogiendo nuestros condimentos y verduras de una selección pobre, cara y mediocre.  En el mismísimo Km. 0 de Buenos Aires conseguía frutas y legumbres frescas y de buena calidad, igual historia con la carne, quesos, panes y repostería.  En Puerto Rico un buen pan criollo es difícil de conseguir y la baguette que se consigue en los demás comercios es un insulto de grandes proporciones:  una farsa más de la que -ya es evidente- estamos tan acostumbrados.  

Extraño pasearme por los parques y caminos de la ciudad porque mi metrópolis duerme encerrada y con el aire acondicionado en high.  Bienvenido a comprar libros caros y a perderme en Borders entre tanto dumping literario estadounidense.  Lo que queda es la ventana del Internet, las fotos y las cervezas con los amigos; la familia y un mar siempre cálido, envidia de la gente que vive en climas variables.  El Hamburguer con vista al mar, el Viejo San Juan y sus siglos de melancolía, las langostas del oeste con sus atardeceres y la voracidad caribeña que se bate en la arena y en kioskos, botes, hoteles y apartamentos desde Piñones hasta Peñuelas.

Regresé con la intención de irme de nuevo.  Pero primero hacen falta unas cosas:  amar, escribir, estudiar y terminar lo comenzado.  Dos, tres, cuatro años, y me voy.  Como toda partida, ésa tendrá también el gérmen del retorno:  nada hay inescapable en esta vida y menos un país tan pequeñamente grande llamado Puerto Rico. 
 
Tratando de bloguear desde Lima (Ene. 09).

Siesta frente al Pacífico en la playa de Chocalla (sur de Lima, Ene. 09).

Almuerzo costero:  tiradito de pescado en tres salsas, corvina a la parrilla y su infaltable chelita helada (Ene. 09).

Mi segunda vez en Machu Picchu:  siempre hay que volver a estas alturas místicas (Dic. 08).

El cuy chacta'o:  plato tradicional arequipeño y legado de los Incas.  Delicioso (Dic. 08).

Con Nydia frente al Palacio de Gobierno en Lima (Dic. 08).

Con Miguel Novellino, mi compañero de apt. argentino y propietario de A Dos Veinte (Dic. 08).

Los Boludos en la tienda Puro Diseño en Palermo, Buenos Aires (Dic. 08).

Plaza Independencia, Montevideo, Uruguay (Dic. 08)

Las Cataratas de Iguazú, Misiones, Argentina (Dic. 08).

Frente a frente al Perito Moreno, El Calafate, Argentina (Oct. 08).

Allende por las calles de Punta Arenas, Chile (Oct. 08).

Próximo a cruzar el Estrecho de Magallanes, Chile (Oct. 08).

Parrillada en Villa General Belgrano, Argentina (Oct. 08).

En el panteón de Evita, Cementerio de La Recoleta, Buenos Aires, Argentina (Sept. 08).

En el Canal Beagle, Ushuaia, Argentina (Oct. 08).

Mao se repite en el Museo de la Propaganda, Shanghai (Ago. 08).

En Xi'an (Ago. 08)


En la Muralla China en Simatai (Ago. 08)

Con los soldados de terra cota en Xi'an (Ago. 08).

domingo, 21 de diciembre de 2008

Chau, Buenos Aires

Adiós al balcón con vista al Congreso Nacional, a las tardes ricamente perdidas en los parques de la ciudad, al mate compartido con amigos ya sea bajo el frío del invierno o bajo el sol de El  Tigre.  Adiós al olor de los colectivos que no es otro que el del trajín diario de su gente:  del sudor, del smog, del carbón de las miles de parrilladas, de la dulce garrapiñada.  Me despido del olor a subdesarrollo y vanguardia de sus calles; su Palermo chic y extravagante por un lado y los kioskos laberintescos de Once por el otro.

Si por mí fuera me quedaría toda la vida en Buenos Aires, aunque no aguante la pedantería de muchos porteños o la excesiva burocracia que contamina hasta la insignificante compra de un limón a medio día para refrescar mi soda.  Está también la mafia de taxistas que siempre intentan robarte y las desventajas de vivir en un país donde el cliente casi nunca tiene la razón.  Puede ser bastante fuerte vivir aquí, pero me lo banco, lo soporto para vivir la rica vida cultural de estos buenos y truculentos aires.  Para haber sobrevivido varias dictaduras militares e implosiones económicas, los argentinos tienen que tener una mentalidad abierta hacia la creatividad.  Crean y recrean cuanta cosa imaginable y aunque lento, salen poco a poco de sus problemas.  


Yo me quedo por eso y, claro está, por sus librerías, la majestuosidad de sus edificios, la amistad de los grandes amigos que hice, sus maravillosas verdurerías y sus restaurantes internacionales.  Buenos Aires todavía es una ciudad borgesiana en lo inverosímil, storniana por su tragedia y cucurtiana por su amalgame de lenguas, bailes y bebidas. 


En mis últimos dos días en Argentina ya me sentía como un fantasma en la ciudad porque me di cuenta que la ciudad no me pertenecía.  Creí que lo hizo durante los cuatro meses que la viví (y me perdí en ella, como uno se pierde entre las sutilezas de un cuerpo de mujer), pero como todo lo que creemos que nos pertenece, al final vemos que la realidad es otra y que lo único que nos pertenece son las ilusiones que nos creamos sobre las cosas.


Ahora en el avión rumbo a Lima, Buenos Aires queda como una estampa.  Cuatro meses y sus vivencias quedan plasmadas en un collage instantáneo en la mente:  allí está Buenos Aires, entre ceja y ceja, corazón y pulmones y boca y estómago.  "Volveré y seré millones" en la ciudad de la furia.


viernes, 21 de noviembre de 2008

Imposible mi vida sin sopas

Encontrar una sopa en Buenos Aires es como procurar vegetales frescos en los supermercados de Puerto Rico:  una misión casi imposible.  Hoy finalmente tomé una de cabello de ángel en el restaurante Plaza España en la Avenida de Mayo.  ¡No podía creerlo!  Entre tanta pizza, empanadas, pastas y bifes, había encontrado una sopa.  Rico caldo y fideos que me cautivaron.  Comencé entonces a acordarme de mi viejo quien fue el que nos enseñó a mis hermanos y a mí a tomar sopas.  Él es peruano y como allá se come sopa todos los días, él necesitaba -y todavía necesita- su sopita a la hora de comer.  Y mi mamá, quien hoy cumple años, aprendió a hacer una variedad increíble de ellas, además de cremas riquísimas que poquito a poco nosotros comenzamos a apreciar porque al principio como que no nos hacía mucha onda.  ¿Sopa con el calor que hace en la isla?  ¿Fideos, verduras y pedacitos de carne?  O la bien peruana sopa de viernes, con leche, fideos, algunos vegetales y...huevo?!  No, de verdad que nos quedábamos con el arroz y habichuelas o la lasagna con amarillitos...mira y que comer
sopa.
Mi viejo con el Morocho del Abasto.

Pues la cosa es que miré mucho y probé más porque he estado todos estos meses desviviéndome por ellas.  Los chinos siempre son mi salvación porque incluyen muchas sopas en su dieta y me he cura'o en el Barrio Chino de Belgrano ante la escasez en el Centro, Congreso, Palermo y demás barrios porteños.  Cuando anduve este verano por la China me puse las botas con sus sopas wonton (con ricas variaciones a la que todos conocemos en Occidente), sopa de setas, de pollo negro y ginseng, sopas con jiaozi (los famosos dumplings), sopa de huesos de pato, el paomo (sopa sino-musulmana de cordero) y de todo lo que uno puede imaginarse.  Todas las probé porque así también me criaron en casa:  a meterle el diente a todo.

Voilà!, el pollo negro (no es ningún tinte, esta especie china de pollo tiene la piel negra), la raíz de ginseng y otros trozos del pollo común -y "blanco"- que todos conocemos.

Increíbles son las conexiones que hago desde Argentina, desde mi apartamento en pleno centro, pensando en mis viajes y en mis viejos.  Esto de viajar también es culpa de papi, lo mismo con lo de ser perfeccionista y de planificar con antelación.  Estas últimas cualidades pueden ser una cuchilla de doble filo pero hasta ahora me han servido para bien y es que siempre las he sabido combinar con la calma que mi viejo también me enseñó cuando crecía, esa eterna y maravillosa calma de no apurar las cosas, de no desesperarse y de dialogar, hablar con el otro y con uno mismo.  Mi viejo, que como ingeniero graduado en Perú tuvo que limpiar baños y trabajar en minas en Estados Unidos cuando salió de su país, siempre me ha dicho que la vida es hermosa.  Y sí, la vida es hermosa, a pesar de todo, es linda o por lo menos hay que verla con optimismo.  Sólo así pude encontrar mi sopa en pleno centro de Buenos Aires.  Finalmente.

Abajo, el paomo que me comí en Xi'an.

domingo, 16 de noviembre de 2008

Las razones por las que no soy normal


1. Estoy escribiendo en el blog en lugar de estar durmiendo, a pesar de que mañana tengo un día largo.

2. Estuve todo el día pensando en qué poner aquí en lugar de escribir mi ensayo de Derecho.  Al final he empezado a escribir esta lista sin haberla pensado previamente.

3. Desayuné saludablemente ligero, tomé una merienda de quesos y duraznos y cené sushi... y hace un rato me comí dos copas de helado artesanal.

4. Mi razón finalmente le hace caso al corazón.

5. No le busco razones al amor que siento por ella, ergo, mi amor por ella es anormal.

6. Creo que se puede alcanzar lo que parece imposible, sin ser comunista ni utopista.

7. Me gustan las anchoas en la pizza y en la ensalada Ceasar.

8.  Pretendí escribir cuentos en Buenos Aires, mas me he dedicado a escribir postales.

9. No impongo mis gustos.

10. En el único domingo en que me levanto temprano para estudiar me corté un dedo fregando y tuve que ir a Urgencias.  Perdí la mitad del día.

11. Hablo hasta de los temas que incomodan.

12. Camino las 20 cuadras que hay desde mi apartamento a El Ateneo para ahorrarme el taxi y depués gasto AR$300 en libros.

13. Veo siempre el macro y al analizarlo me preocupo más.

14. No puedo dejar de disimular mi disgusto.

15. Soy un romántico insufrible (a.k.a., no garcho por garchar).

16. Me levanto chequeando mi e-mail y me acuesto hablando con ella por Skype.

sábado, 8 de noviembre de 2008

Ciudad deshabitada


Ver a Buenos Aires desde mi balcón te da otra vibra.  Ves de frente a la arquitectura y al cielo obviando a las personas.  Se convierte en una ciudad habitada por autos, motos y colectivos; por alarmas, luces y edificios.  Los humanos sólo causan un rumor, un susurro parecido al olvido.


martes, 4 de noviembre de 2008

"On the road" en BAires

Me da miedo caminar con la mochila a mis espaldas que guarda mi recién adquirida Apple.  Si pudiera la llevaría en el bolsillo de al frente con mi billetera, USB drive y demás valiosos como las siempre ausentes monedas argentinas.  Monedas para el colectivo que me lleva a todos lados.  Monedas que me ayudan a enviar las postales a Miramar; monedas, en fin, que me hacen receptor de sonrisas por parte de cajeras frustradas por la falta de cambio.

Hoy fui a El Ateneo Grand Splendid, la librería más grande de Suramérica.  La tienda es una joya:  la librería está alojada en un antiguo teatro restaurado.  Donde era el escenario hay un café con todo y Wi-Fi.  Allí dejé doscientos y pico de pesos argentinos comprando los dos Volúmenes de los Cuentos Completos de Cortázar que edita Alfaguara, un libro de cuentos del uruguayo Leo Masliah ("Todas las estrategias de la narración apuntan a socavarla:  los acontecimientos no son más que versiones posibles de los hechos y las cosas y los seres no siempre son idénticos a sí mismos" -David Oubliña) y los monólogos paranoicos "Yo, yo y yo" del argentino Juan Filloy ("Elogiado por Alfonso Reyes y por Julio Cortázar, se le considera uno de los mejores escritores de habla hispana").  Ya les contaré de Filloy cuando me lo lea.

Luego salí de El Ateneo y me paré en otra librería, la Guadalquivir (www. proeme.com).  La variedad y cantidad nada comparan con El Ateneo pero pude conseguir casi todas las obras del escritor maldito del momento en la Argentina, Washington Cucurto ("Desde Osvaldo Lamborghini no asomaba un lenguaje tan violento, tan fosfórico en la literatura patria" -Tomás Eloy Martínez").   Irreverente, anti-canon, Cucurto escribe para alucinar y mearte de la risa con su mezcla de lunfardo, cumbiantera y negritud:  algo nada cercano  al clasismo intelectualoide europeo que permea en esta ciudad llamada Buenos Aires.  ("A Cucurto le interesa mucho más mencionar culos y tetas que las vueltas de la subjetividad. [...] Le interesa la vulgaridad de lo que puede ser dicho con las palabras de la música más popular:  Puig escuchó las letras de Le Pera, Cucurto la de la cumbia." -Beatriz Sarlo).  Me leí "El curandero del amor" (Emecé, Cruz del Sur, 2006) y me recordó a La Guaracha del Macho Camacho pero sudamericanizada: inmigrantes pobres y rumbones en un Buenos Aires que todavía no puede salir de su crisis política y económica, una sociedad en que la negritud es casi inexistente en el imaginario nacional, un país que se reinventa cartón a cartón, en que la literatura y los diseños de sus modistas son la única vanguardia y en el que la prostitución, como el psicoanálisis y los abortos, te lo reparten a plena luz del día y en todas las esquinas. Con Cucurto lo sutil toma el giro del sudor, de los traficantes y del barroquismo antiporteño.

Al final del día, sobre AR$300 en páginas y tinta.  Not a bad day at all.

martes, 28 de octubre de 2008

El fin del mundo y la Patagonia 1 (la parte sin drama)


Faro en el Canal Beagle que no es el faro del fin del mundo.


No es que piense que escribir en un blog es inconsecuente cuando se viaja, cuando se está on the road (gracias, Kerouac); ni que la escritura puede relegarse a un segundo y tercer plano (de hecho, he estado escribiendo como un escritor del S. 19 desterrado siempre en mi Moleskine y en la lluvia de postales que he enviado a Miramar), pero no he sacado el tiempo para poner aquí las historias que me han venido sucediendo. 


Así que en Bariloche por fin escribo algo en La tribu sobre este viaje dentro de un viaje iniciado el 8 de octubre en Ushuaia.  En la ciudad más austral del mundo buscamos el glaciar Martial sin verlo y sin saber que estaba a nuestros pies, recorrimos el Canal Beagle y envié correspondencia desde Bahía Ensenada en la última oficina postal de estas latitudes.


Sobre el Glaciar Martial en Ushuaia.  Sí, hacía frío.

El Correo más austral del mundo.

Don Gumer, o el postmaster del fin del mundo.

De Ushuaia a Punta Arenas en Chile con nuestros amigos del fin del mundo que trabajan bajo el mando de un chino armando televisores.  Punta Arenas es mercancías sin impuestos, un cementerio mucho más lindo que el de La Recoleta y de pollitos ricamente asados en un horno por manos expertas.

 Gracias, Indiecito Milagroso, por el favor concedido.  En el Cementerio de Punta Arenas.

Puerto Natales y la señora sin dientes que nos convenció a quedarnos en su posada y a tomar su desayuno luego de que la madrugada anterior me confesara que le echó veneno de rata a la comida que le sirvió a gatos y perros del barrio.  No pudo acabar con todos porque por la noche los escuché peleando cerca de mi ventana.  De este pueblito se accede a las Torres del Paine, un parque increíble por sus microclimas y formaciones rocosas, pero espectacular por las magníficas aguas color turquesa de sus lagos.  

En Torres del Paine, Chile.

De allí a El Calafate, de vuelta en la Argentina, con unas amigas australianas que le hicimos conversación para que nos ayudaran a pagar el remise hasta el Glaciar Perito Moreno.  Al final fueron 90 pesos argentinos por persona, mucho menos que cualquier excursión trucha.  Las dos continuaron con nosotros luego de 20 horas en bus hasta Puerto Madryn para ver pingüinos, ballenas y elefantes de mar.  Las perdimos en Trelew luego de tirarnos la maroma de ir hasta Punta Tombos, la colonia de pingüinos magallánicos más grande del continente suramericano.

Frente a frente con el Glaciar Perito Moreno a unos 80 km. de El Calafate.

Súper cerca de la ballena franca austral en Península Valdés.  Este ballenato estuvo jugando con el bote por media hora.

Los pingüinos en sus nidos.  Punta Tombos la hizo.

De la costa del Atlántico a los Andes patagónicos (y tierra de duendes) en El Bolsón.  Mágico, con mucho chocolate, frutos silvestres, cerveza artesanal y una bicicletada que todavía la siento mientras sigo escribiendo frente a esta compu.  Pero lo que encontré me ayudará a pasar mejor el frío en Bariloche: queso artesanal orgánico y miel de abejas patagónica que sabe a flores.  Y con esa miel es que le haré las bruschettas de roquefort y miel a la copywriter de mis sueños cuando vuelva a visitar mi cocina.

Y de Bariloche hacia San Martín de los Andes, la última parada de nuestro viaje antes del retorno a Buenos Aires que merecerá una entrada por su cuenta.

domingo, 5 de octubre de 2008

Más álbumes en Nomádica

Casi recién llegado de Córdoba y de Villa General Belgrano (VGB), aquí les dejo evidencia fotográfica de esos lindos tres días. Y a modo de ñapita, el álbum que seguiré actualizando con las cenas que poco a poco vaya preparando para invitados y amigos en Rivadavia 1611.

From Camping VGB y Oktoberfest 2008


From Córdoba - Oct. 2008


La ñapita (pecheto en salsa de crema y champiñones):

From En la cocina de Rivadavia 1611

miércoles, 1 de octubre de 2008

Teoría de los parques III

Sobre el césped se besan.  Ni siquiera pensaron esparcir sobre él una sábana.  El terreno en sus ropas, sus manos en las ropas y los cuerpos queriendo escaparse de ellas.  Hay algunos que los miran por segundos y luego alejan su vista hacia el Paraná o hacia el perro que está cagando.  La mayoría sin embargo, no los mira.  Es lo común cuando uno está enamorado y lo único que se quiere hacer es pasarse la tarde de un domingo besándose bajo el cielo azulísimo de estas latitudes australes.  Es lo natural cuando los besos importan más que la sábana que olvidé en el auto.



jueves, 25 de septiembre de 2008

Más Nomádica desde Argentina

From Bs As con el Viejo

Ya están en Picasa las fotos de los días que mi papá me visitó en Buenos Aires.  Con él también visité Rosario, en los márgenes del río Paraná.  Espero que mi mamá lo pueda acompañar en su próximo viaje.

También hay fotos del concierto que dio Fito Páez en la Feria Internacional de la Música el viernes 5 de septiembre.  Nunca lo había visto en concierto, pero verlo en Bs As con su público fue una sensación espectacular:  todos cantaban todas sus canciones y se sentía un fuerte amor por el cantautor.  Yo, que apenas me sabía uno que otro verso, me sentí agobiado por este amor fanático y genuino que los porteños sienten por el Fito.

Y bueno, por ahí viene otra entrada de la serie "Teoría de los parques".

viernes, 19 de septiembre de 2008

Teoría de los parques I

Obra de Luis Tomasello

El Capitán de la Pluma de Ganso se ha puesto a comer maní en un banco del Parque Rochas.  Piensa en Rochelle de noche y en sus inmensas orejas.  Tranquilamente se acuerda de Dumbo y de su perro que también comen maní.  Agricultor de esta planta americana era Jimmy Carter y Jimmy fue tremendo presidente hasta lo de Irán.  ¿A dónde irán a parar los argentinos?  Las Malvinas son argentinas lee un grafitti en el monumento central del parque.   Esas islas son tan argentinas como la primera edición de La Guaracha del Macho Camacho en Ediciones de la Flor.  Y es para olvidar las flores de tu jardín medieval que el Capitán se ha puesto a volar.

Obra de Luis Tomasello

lunes, 15 de septiembre de 2008

Los colores sin rosa

Foto de Lila Siegrist.  De la instalación Avatar en un quinto piso.  macro



El mate sin azúcar.  

El café sin crema.  

La tortilla sin yemas.  

El pancho sin ketchup.  

El hamburger sin bacon.  

El queso sin pasteurizar.  


Las espinacas sin manteca.

El chorizo sin piel. 

El ceviche sin apio, 

el sancocho sin cabro 

y la ensalada sin ajo.

Los tostones sin sal.  


Las manías sin reservas.  La literatura sin fronteras.


La tribu errante