Mostrando las entradas con la etiqueta parques. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta parques. Mostrar todas las entradas

domingo, 15 de septiembre de 2013

Lince y las acequias perdidas

A pesar de la moderna costra urbana que le había crecido a su distrito de antaño, mi papá aún llevaba muy claro el plano de los referentes y accidentes que lo cruzaban cuando vivía entre estas calles hace 50 años. Junto a él visité a Lince por primera vez cuando Lima aún desconocía del boom, aunque entonces como ahora, las calles estaban sucias, las esquinas rotas, y los autos transitando por el paisaje de penas de una ciudad que nunca ha sido de todos.

Los limeños como mi papá (como yo, santurcino, lo estaré algún día de Santurce, de Miramar y de los parques donde deslicé mis primeras bragas) viven sujetos a una urbe que solo existe en sus recuerdos y emociones. Instintos éstos que lo llevaron a recorrer la capital en busca de esas piezas de su rompecabezas sentimental, de las cicatrices imborrables, de los gérmenes perennes que aún señalan una geografía aparentemente olvidada. Fue así como debajo del estiércol gris, de las arrugas profundas y las lagañas horribles de Lima, y cercano a un parque que antes era un bosque, mi padre, otro Ponce, logró redescubrir la acequia que con tanto esmero buscaba, aquella que bañaba y aún baña los jardines de su eterna juventud.

jueves, 29 de julio de 2010

Transparencia

Ayer pude pensar en nada mientras veía la tarde caer en el parque. Como nos enseñaron en los grados primarios, ver es muy diferente a observar: yo sólo tenía los ojos abiertos, el rostro posicionado en la misma dirección de hacía ya un rato y, de repente, mi mente se abrió en una veloz transparencia (que es el color de la indiferencia y, por eso, también de la nada).

Llevaba años intentando no pensar en algo, pero fue en este último año que la fascinación se volvió una obsesión. No fue hasta ayer, en uno de los pocos días sin lluvia de este mes que, sin buscarlo, ni pedirlo, ni llamarlo, llegó la transparencia. El tiempo obviamente no se detuvo, sino que las ojas empezaron a caer con una suavidad peculiar. Veía todo, lo reconocía, entendía todo lo que estaba ocurriendo justo hasta ese momento en que el mundo seguía igual menos yo. Había dejado de estar habitado por pensamientos, murmullos, por el más mísero aguaje de una idea graciosa o rara. No sé cuánto permanecí así, quizás fue un segundo, a lo mejor minutos, quizás, diez.

Salí del marasmo, de las aguas incoloras de la nada y me fijé finalmente en el niño y la niña que se habían sentado en el banco de en frente. Se tocaban las piernas en un tierno gesto de curiosidad. Empezaron luego a abrazarse y a tocarse el rostro; yo fui quizás el que le añadí alguna dosis de sensualidad, porque realmente no la había, la piel del otro era como la piel propia o un pedazo de papel en blanco o la superficie de una estatua. Terminaron con su juego, retomaron sus respectivas bicicletas y enfilaron hacia la fuente cercana al Tribunal Supremo.

Quedé reconfortado con la escena ya que hacía tiempo no veía a niños de tan cerca y, bueno, no tan sólo eso, sino la aparente inocencia con la que llevaban a cabo su juego. Los juegos de mi mundo tomaban otros caminos, muchas veces escabrosos, hacia ideas que buscaban engañar a la mayor cantidad de personas. El planeta, en vez de ser un parque, hacía tiempo era un campo minado por la complacencia. Por la mía, incluida también, porque me había cansado de buscarle soluciones, de buscarme soluciones.

Fue un buen ejercicio, aunque todo se complicó cuando vi a dos adolescentes sentarse en el banco de mi izquierda. Ella llevaba un trajecito de diseños geométricos, mientras el muchacho vestía de jeans y una camiseta. Los dos llevaban gafas y iPods. El muchacho, a todas luces, era yo en una versión mucho más joven y quien sabe si hasta mejorada. No llegué a escuchar lo que hablaban, pero estuvieron largo rato conversando, más bien discutiendo, y ya cuando las luces del parque se encendieron los vi levantarse e irse en dirección a la avenida Ponce de León.

No bien ambos terminaron de perderse entre los árboles, en el banco hacia mi derecha me senté yo, pero vistiendo una chaqueta y pantalones ajustados y con un cigarrillo entre los labios. Me veía bien; a lo mejor tenía mi misma edad, pero tenía una apariencia más bohemia, de pensador alternativo y no de académico trasnochado. Pasaron como unos cinco minutos hasta que ese otro yo se volteó y me miró. Luego me saludó de una manera diferente, un saludo que yo nunca habría hecho y me preguntó si estaba entretenido pasando mis horas largas en este parque. ¿Horas largas? Sí, me respondío, has estado unas cinco horas en este parque. ¿Qué es lo que se te ha extraviado? Era una pregunta que yo mimo me hubiese hecho, era clarísimo. La inocencia, dije, la necesidad de alejarme de todo, la solución a mis enredos. Creo, me dijo o, más bien, me dije, que has perdido la noción de tu tiempo. El que se ha extraviado eres tú: mírate.

La luz anaranjada de los faroles pintaban mis alrededores de sepia, pero al fondo de esta parte del parque pude distinguir a un señor grueso en sudadera que andaba apresuradamente con un palo en una mano. A pesar de que la oscuridad se precipitaba con más furia mientras más lejos intentaba mirar, noté el pelo blancuzco del señor y las grandes orejas.

Y ya cuando este señor estaba justo al lado de los faroles más cercanos de mi banco pude distinguir, como una vieja melodía, esa respiración tan fuerte (y bochornosa) que aprendí cuando, en mis clases de educación física, me enseñaron a inhalar y exhalar correctamente.

martes, 7 de octubre de 2008

Teoría de los parques IV


Un perro duerme sobre el polvo y sueña que está leyendo a Cervantes. 

Cervantes, hecho polvo, nunca soñó que un perro durmiente lo leería.

viernes, 26 de septiembre de 2008

Teoría de los parques II


En mi país la gente ya olvidó lo que es perder el tiempo en los parques.  Lo pierden frente a la compu, desafiando a seres míticos en las consolas o sorbiendo café frío en los Starbucks.  


En mi país la gente se ha rendido a la vida en el fast track.  El parking delirante y los insultos, el tapón, y en el gavetero (casi) nunca un condón.  Puerto Rico no va en vías de solucionar el calentamiento global, ante todo acelera el auto para escribir en el Wall.  


Los parques están además de huérfanos, sordomudos.   La ciudad está verdaderamente silente, Ana María, y aunque haya una mujer maravilla recorriéndolos en la noche, la oscuridad puede más que ella y que todos nosotros.  


En mi país los árboles ya no mueren de pie, mueren deprimidos al saber cómo nos hemos creído que podemos morir para’os.  



(Nota:  Esta teoría también fue publicada ayer en el Estado Libre Seis Dedos.  Gracias, Olga Mesmer).


viernes, 19 de septiembre de 2008

Teoría de los parques I

Obra de Luis Tomasello

El Capitán de la Pluma de Ganso se ha puesto a comer maní en un banco del Parque Rochas.  Piensa en Rochelle de noche y en sus inmensas orejas.  Tranquilamente se acuerda de Dumbo y de su perro que también comen maní.  Agricultor de esta planta americana era Jimmy Carter y Jimmy fue tremendo presidente hasta lo de Irán.  ¿A dónde irán a parar los argentinos?  Las Malvinas son argentinas lee un grafitti en el monumento central del parque.   Esas islas son tan argentinas como la primera edición de La Guaracha del Macho Camacho en Ediciones de la Flor.  Y es para olvidar las flores de tu jardín medieval que el Capitán se ha puesto a volar.

Obra de Luis Tomasello

viernes, 7 de septiembre de 2007

Miércoles y Jueves

Lo único más atrasado que mi sueño son las lecturas de Derecho. Este blog está en su tiempo...adelantado si quieren que lo resuma en una sola palabra. Tanto que ahora me voy para mi primera clase y en lugar de estar pendiente a ella, estaré pensando en lo que escribiré en esta entrada.

Ayer por la noche me dio hipo luego de devorarme unos chicharrones con pique y la mitad de una bolsa de popcorn de Indiana. Hoy se ha repetido luego de almorzar. Me devoré el sánduich de pastrami. Lo más seguro un pedazo del pan se me quedó atravesado en la boca del estómago. Y yo me pregunto, ¿para qué tanta prisa? ¿Acaso adelantaré el tiempo para llegar a mi casa, cambiarme, dormir y -nuevamente- tener pesadillas con los casos? Mi respuesta a tanta prisa es esta: prisa a continuar con esta entrada, a escribir lo que se me ocurrió y apunté en la clase. Prisa, ante todo, para sentirme más calmado aunque vaya a mi última clase con este hipo que no ha querido desaparecer.

Miércoles

Aula Verde
Tenía toda la intención del mundo de escribir esta entrada el mismo miércoles que fuimos un grupo de estudiantes de Derecho a Aula Verde en el residencial Manuel A. Pérez (para mis fobias a los caseríos lea esto). Aula Verde es un salón de clases dentro de un jardín y sobre piedrecillas azules, bajo las copas de los árboles, con una leve brisa que no te hace extrañar a las demencialmente frías temperaturas con que operan los acondicionadores de aire de este país. En Aula Verde pensé en el Derecho Ambiental, pero también pensé en cómo, y ya a un mes de empezar mis estudios de leyes, todavía escribo en este blog aunque me tarde una semana entera en completarlo, aunque en ese preciso momento cuando se me ocurrió la idea no haya tomado una esquina de los documentos que nos dieron y garabatear algo. Estos nuevos estudios, pues, me obligan a no olvidar con tanta facilidad, a preservar las ideas que se me ocurren, las cosas que quiero contar. A recordar que cuando regrese a Aula Verde (porque lo haré) llevaré la libreta donde escribo todas estas cosas antes que ustedes las vean en la pantalla.

P.D.- Me gustaría que en los talleres de cuento de la Maestría en Creación Literaria de Sagrado, los estudiantes logren convencer a los profesores de que por lo menos uno de los ejercicios se haga afuera del salón. Requeriría quizás un gran esfuerzo para separar una tarde de un sábado para visitar no sólo a Aula Verde, sino a parques, museos, chinchorros o un circuito en la AMA para luego escribir.

Pikayo
El miércoles por la noche finalmente Appoint pudo acceder a Pikayo. No fue fácil pautar la visita. La espera de un mes y medio es obvia: Wilo Benet ha tenido un exitazo con su último libro, Puerto Rico True Flavors (vea una reseña en el blog Super Chef) que lo ha mantenido viajando y participando como conferenciante en un sinnúmero de lugares en los EE.UU.

Me preparé lo más que pude para la entrevista: leí los artículos criollos, vi algunas reseñas en revistas y periódicos norteamericanos y me aprendí su curriculum. La misión era hacer una entrevista distinta y no repetir lo que siempre se dice de Pikayo. Creo que lo logré...en octubre se enterarán.

La ciudad y sus parques - O el porqué de la pasión, la pérdida de la razón y la vida como una tóm-tóm-tóm-bola.
Cuando El Capitán de la Pluma de Ganso estuvo por Nueva York investigó los parques de la ciudad. La razón era encontrarme, atraparme y traerme de vuelta a Puerto Rico. No lo logró y yo regresé solito y a mi conveniencia (y quizás para no perderme un musical en Bellas Artes). Pero bueno fue que hizo ese recorrido y documentó los parques de Manhattan porque en Puerto Rico hemos olvidado la existencia de los nuestros.

No enumeraré las razones de siempre. Enumeraré otras como la total ignorancia de que existen parques muy cerca de donde vivimos y la dejadez de precisamente dejar de hacer lo mismo que siempre hacemos por las noches después del trabajo y atrevernos a caminar un rato y vivir la ciudad. Lo más llamativo del caso es que perdemos de perspectiva que el Área Metro es una ciudad. La culpa puede ser la criminalidad, pero en realidad yo culpo más al crimen del hacinamiento de carros. Puerto Rico es para los carros. Esta aseveración es indebatible. El ser humano, el peatón, el que verdaderamente hace una ciudad ciudad no es más que un estorbo.

En Nueva York hasta la gente de clase media y alta sale a caminar. Se juntan con los yuppies y los estudiantes hambrientos. Así lo reportó El Capitán de la Pluma de Ganso en su informe. Los más ricos se pasean hasta en caballo por las manzanas alrededor del Parque Central.

Aquí ni los pobres salen a caminar por la ciudad. El Viejo San Juan bien puede ser el último reducto para el caminante, pero para entrar y salir de él hay que utilizar el auto (o la lancha de Cataño, pero claro, eso para los que vivimos al otro lado de la Bahía).

La pasión se desata en el parque en todas sus manifestaciones. A falta de gente se nos aparecen fantasmas entre los árboles. Al aire libre se cuestiona la realidad, pues, más libremente. Y dan ganas de salir corriendo hacia una ciudad del pasado.

Se puede asismismo perder la razón en el parque... ¿o es quizás en el parque-o? En el parqueo circular de nuestras mañanas. Los carros amontonados en la calle donde resides, el parking movible del tapón que nos mueve hacia el Estacionamiento de Puerto Rico: en lo que se ha convertio la UPR. Con todo y estación de TU, la Yupi es parking. Es la única estructura que puede opacar a la Torre. Estacionamiento por todos lados: una gran piscina de asfalto llena de piscinas de agua embarradas de luz y de color...de aceite.

Jueves

La súper compra que hicimos en el Walgreen's de la Ponce de León hizo que me acordara de mis compras en el CVS de la Wisconsin en Georgetown. Recordé la intensa soledad de ser un recién llegado a una ciudad extraña y de ser un extraño en tu ciudad. Desconozco a Santurce: nací en ella en 1983 pero no es mía. Y cuando transito en las noches y madrugadas por sus calles me doy cuenta de que hemos abandonado -desertado- una ciudad entera en el mismo centro de San Juan.

(Entrada terminada a las 12:23 AM del día 13 de septiembre de 2007).

La tribu errante