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miércoles, 15 de enero de 2014

Adiós, Miraflores

Tomaba combi para ir y venir de mi casa en la cuadra 3 de Recavarren, una de las pocas emblemáticas calles miraflorinas que aún guardan el viejo encanto del distrito veraniego de la clase alta limeña de los 1940 y 1950. Junto a la calle paralela Bellavista, este sector de Miraflores es la favorita del alcalde Jorge Muñoz o por lo menos así lo declaró a la revista Cosas Hombre hace unos 6 meses. También es mi favorita. 
Yo leía el periódico un domingo en el Malecón, frente al Pacifico, con el referente del Morro Solar donde hace más de 130 años los peruanos fallaron en contener el avance chileno que subyugaría a la capital por tres largos años. Miraflores, sin embargo, fue la que me subyugó desde mi primer encuentro con sus calles en las novelas de Mario Vargas Llosa que mi padre me empezó a regalar antes de iniciar la secundaria. 
Creo que ha sido más esa memoria generada en mi encuentro con la literatura la que ha guiado mi estadía de dos años en esta parte de Lima, alejada del centro, pegada al mar, pero elevada sobre los acantilados de la Costa Verde. De sus apacibles aceras bañadas con la sombra de sus centenarios árboles o el rubor de las palomas en sus parques y plazas que, llenas de gente, evocan tiempos en los que no había Wi-fi ni smartphones ni tablets. 
Al bajar de la transportación colectiva, iba a pie a empezar una nueva caminata agradable sin tener otro destino que no sea el recuerdo de mis primeras lecturas y las constantes historias que mi padre contaba todas las mañanas en la mesa del desayuno en Puerto Rico. Esas que han sido el génesis de mi periplo a Lima. Esas que me acompañarán, sumadas a las mías, ahora que dejo a Miraflores (temporalmente) y voy en busca de otras partes de Lima que alimenten el código genético de mis historias. Así, el camino hacia mi apartamento era también una travesía por universos varios.
Ahora que me voy me invaden las mismas imágenes de cuando hace ya varios años salí de Miramar y Santurce, puesto que hay esquinas miraflorinas que evocan esas otras coordenadas del barrio de San Juan. La cercanía al mar, sus grandes árboles sobrevivientes al cemento y al asfalto, la arquitectura señorial de las pocas casas de la época de oro que aún quedan de pie y el afán artístico y musical de sus habitantes más jóvenes de dotar sus calles de una estética importada del Norte pero siempre, siempre, criollizada, son paralelismos evidentes, que saltan a la vista, al tacto, al olfato entre la Isla y este distrito limeño.

Del Perú no me despido, solo de un barrio. Y pasa que es casi como cambiar de país.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Dieciséis esquinas de felicidad

Más que dos años en Lima, han sido dos años en Miraflores. Me he mudado cuatro veces y todas en el mismo distrito porque hay algo que me adhiere a sus calles. No es magia ni la nostalgia de las novelas de Vargas Llosa de hace más de 50 años. Es algo banal: la cercanía y relativa tranquilidad de sus áreas residenciales, donde las bodegas y sus carretillas con empanadas o frutas siempre están accesibles. Aquí puedo acercarme a una variedad enorme de cafés que me quedan a menos de dos cuadras, a bodegas bien surtidas, mis parques favoritos y a esa curva que he descrito antes, por la Plazuela Balta: Trípoli con Recavarren.

Podría subsistir por semanas sin utilizar una combi, bus o taxi. Ante esta falencia vivo en paz entre estas cuatro calles con sus dieciséis esquinas. Pero así como vine a habitar esta parte de Lima, así de fácil se puede terminar. ¿Dónde viviré el año que viene?

Espero que en un lugar muy cercano de lo que alguna vez fue mi felicidad.

Estación nasal

Las alergias comenzaron en Lima. Lo difícil de controlarlas es la misma razón de siempre: el polvo, el lugar común de la ciudad. El particulado atmósferico sobrepasa varios estándares y por tanta hambre que se respira ante los suntuosos platos que venden en cada cuadra, la tierra entra por ojos, nariz y boca.

Enredados en un torbellino donde el compás del ritmo lo llevan los ejércitos que continúan construyendo a Lima y los carros antiguos que siguen reventando las arterias metropolitanas, la gente  parece a veces una excusa ante el animal indomable que se sigue adueñando del desierto costero.

Pero en esa masa de gente ando yo con más penas que alegrías, más días nublados que soleados y la constante advertencia de que a la vuelta de la esquina puedo encontrar a la muerte como también cruzarme con el amor de todas mis vidas y por ella quedarme a pesar de los cláxones, el humo y las alergias.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Ataque crónico de Blues en Jesús María

Jesús María es el distrito de la clase media y me encanta. Pasearme por sus cuadras, sobre todo las cercanas al mercado, donde cualquier hueco es un café, una fuente de soda, una sanguchería, un estante donde te dan masajes o te renuevan el calzado y la billetera. Una vez finalizada la jornada, la muchedumbre de escritorio salen y se adentran por las galerías, por el centro del distrito y éste se enciende con la luz de unas escasas horas de compras, que es la deliciosa recompensa por trabajar tanto y ganar tan poco. Un manicure, un café con su alfajor, una gaseosa, mientras en la televisión el país vuelve a hacer lo que era antes de ayer.

El gran referente de este distrito es el residencial San Felipe y su hermosa arquitectura moderna de los 1960. No es un Pueblo Libre histórico, ni un Barranco melancólico ni un Lince salsero: es un intermedio en el baile de las letras de la sociedad peruana y no me refiero a la FIL.

Voy en bus y a pie a encontrar mi cebiche favorito en el mercado, mi ramen peruanizado o los tacos de pollo y frijoles (que de mexicanos no tienen nada, pero igual son ricos a las seis de la tarde). Aquí pasa mucho pero sus calles aún se mantienen intactas y casi siempre silenciosas.

Pasos sin pensar

Sin pensar en los pasos que doy caminando como una máquina guiada por sus anhelos artificiales, voy recorriendo esta ciudad que nunca me ha querido acoger del todo. Los espacios muy pequeños para mi estatura, las calles muy rápidas y violentas para mi parsimonioso ritmo de turista aún, las miradas muy centradas en mi cara, en mi barba, mis expresiones que se salen del molde de lo que es peruano. No hay examen psicológico para hacerme cambiar del acento polifónico caribeño: voy con mi erres que a veces son eles, dejo las palabras inconclusas al no pronunciar las últimas letras de su corrección ortográfica. Río y no me callo a pesar de los chismes que crecen cual si enredaderas amazónicas.

A Lima la he acorralado porque hay algo de ella que me gusta. No es un sentimiento correspondido. Me he caído, me han engañado y mi vida ha corrido tantas veces peligro a borde del mal llamado transporte público que lo tengo bastante claro: Lima me quiere regresar por donde vine.

Pero sigo aquí. A pesar de la sangre, el sudor, del riesgo, sigo empedernido con la ciudad, con su gente. Ya van dos años y sigo caminando sin pasos, solo pensando.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Lince y las acequias perdidas

A pesar de la moderna costra urbana que le había crecido a su distrito de antaño, mi papá aún llevaba muy claro el plano de los referentes y accidentes que lo cruzaban cuando vivía entre estas calles hace 50 años. Junto a él visité a Lince por primera vez cuando Lima aún desconocía del boom, aunque entonces como ahora, las calles estaban sucias, las esquinas rotas, y los autos transitando por el paisaje de penas de una ciudad que nunca ha sido de todos.

Los limeños como mi papá (como yo, santurcino, lo estaré algún día de Santurce, de Miramar y de los parques donde deslicé mis primeras bragas) viven sujetos a una urbe que solo existe en sus recuerdos y emociones. Instintos éstos que lo llevaron a recorrer la capital en busca de esas piezas de su rompecabezas sentimental, de las cicatrices imborrables, de los gérmenes perennes que aún señalan una geografía aparentemente olvidada. Fue así como debajo del estiércol gris, de las arrugas profundas y las lagañas horribles de Lima, y cercano a un parque que antes era un bosque, mi padre, otro Ponce, logró redescubrir la acequia que con tanto esmero buscaba, aquella que bañaba y aún baña los jardines de su eterna juventud.

Tomo una mano al viento

En la elegante curva donde las calles Trípoli y Recavarren se abrazan están las oficinas de una multinacional agencia de publicidad. A su alrededor, en las respectivas aceras, aún se mantienen vigentes los árboles vigorosos que con sus plácidas ramas, llenas de años, brindan una ligera cubierta que refresca no solo la temperatura, sino la vista.

Recorrer ese abrazo de camino al Malecón logra confundir mis pasos en la memoria del tiempo. Piso unas hojas secas, unas calles nuevas que antes, en otro lugar --también muy cerca del mar-- me pertenecieron.

La reconocida casa publicitaria ocupa las entrañas de una antigua casona, ahora pintada de pulcro blanco. Seguramente en sus años señorones, servía de residencia de verano para esos encuentros con la gentita limeña que ahora no tiene dinero sino apellidos de oropel. Entonces --como ahora-- casa de secretos cuyas paredes, con tanta pintura, siempre guardarán. Piel de viejos rubores, sal de las mismas heridas, humor que resiste el paso de los inviernos y de la sonoridad de los primeros recuerdos sobre otros pies y dentro de otras manos.

viernes, 9 de agosto de 2013

La mala reputación: Maras y Huaca Pucllana

En menos de un mes, y por diversas razones, he ido a dos de los supuestos restaurantes gourmet limeños (uno más nuevo que el otro) más "recomendados" por sibaritas amateurs y críticos culinarios. En ambos casos, mucha más pompa y platillos que comida bien ejecutada. Hablo de Maras en el Westin Lima (San Isidro) y del Restaurante Huaca Pucllana en Miraflores. 

Maras y su cocina molecular (que es tan década pasada) nos jugó una linda trastada con el filete de paiche, sobre una emulsión oscura indescifrable y sin ton ni son. El precio exorbitante de dicho plato (para los que ganamos en soles, duele más) no compensaba la presentación tan banal, la salsa tan fea y la lámina (casi parecía un carpaccio de paiche) del tan cotizado pescado de río amazónico.

Este restaurante tiene sus plus (no podría ser tan malo estando en el Westin) y la recomendable fideuá, con harto lomito de cerdo y uñas de cangrejo, estuvo muy buena (lo más segura porque fue un plato sencillo, conciso y con deliciosos sabores muy marcados). La cocktelería también es extraordinaria y juguetona. La entradita de mini causas fritas también hicieron los suyo al abrir el apetito, además de la variedad de panes recién horneados que te sirven.

El ámbito donde se localiza Maras es acogedor y pareciera ir de lo rústico, a lo ultra moderno; de lo campestre a lo urbano; de cualquier bodega de esquina a un "awe-inspiring" lounge nuyorquino.

Así es Maras. Recomendación: solo ir para tragos y piqueos. 


La Huaca Pucllana solo se lleva una apreciación positiva por su variada carta de vinos y el lugar donde está ubicado: frente a los restos arqueológicos de la Huaca Pucllana de Miraflores. Es un lugar fascinante, muy seductor a pesar de la cantidad de mesas, su gran terraza frente a los restos y el bullicio de sus comensales, que me imagino estarán contentos por cualquier otra cosa menos la comida que sirven en este lugar.

Fue tal mi decepción, tanto por los piqueos (unas uñas de cangrejo fritas hasta convertirlas básicamente en nuggets de Bembos y un chicharrón de cuy con la piel aún chiclosa, donde lo único salvable era el plátano maduro frito y dulce) por los platos principales, que tuve que dejar un reclamo en el Libro de Reclamaciones (obligatorio para cualquier negocio en el Perú), algo que nunca había hecho en restaurantes.

Paso a detallar lo que puse en los encasillados relevantes del reclamo:

[...]
2. Identificación del Bien Contratado:
xProducto
Descripción: Comida engañosa e insípida. Una decepción total. No vuelvo.

3. Detalle de la Reclamación:
Una decepción total el lomo fino (medallón y soufflé de espinacas por el engaño de las supuestas "papas batallas" que no son otra cosa que unas ordinarias y malísimas papas al hilo. Para eso me hubiese ido a sánguches Miguel (no hay como él). Además, la salvia de los ravioles de loche no tenía ningún sabor, aroma o parecido alguno con la salvia. Estuvieron insípidos, grasosos y realmente deleznables. Lo comimos por hambre y muy a nuestro pesar.

[...]

Comparto esto porque a veces cuando tratan de "gourmetizar" los sabores peruanos ocurren engaños y malas pasadas como esto. Si lo que cobraran fuera más justo (sobre todo en los platos malos que he descrito) pues mi queja hubiera sido proporcional. El problema es que te cobran como si estuvieras comiendo oro de la Palestina, cuando todo parece indicar que hay algo de bamba (falso) en todo esto.

Advertidos quedan.

martes, 2 de octubre de 2012

Ayer en el Gran Teatro Nacional

Me colé. No a una larga fila, sino al evento. Admito que no recibí el e-mail de los organizadores a tiempo en el que se le prohibía a la prensa entrar a la actividad cultural que clausuraría el primer día de sesiones de la III Cumbre ASPA (América del Sur-Países Árabes) que viene celebrándose en Lima desde ayer. Pero admito que no fui el único. Al final fuimos unos cuantos periodistas que pudimos entrar ayudados, claramente, por la ignorancia del detalle de seguridad y de las anfitrionas. Yo entré con mi mochila con mi laptop, otros con sus aparatos para transmitir por radio. Una que otra periodista savvy, con su lindísimo tablet y espejuelos de pasta gruesos. Esa que se me sentó al lado y, claramente, no le pregunté el nombre.

La pareja presidencial se acomodó en el segundo nivel, al lado del presidente del Líbano, Michel Sleiman y su esposa. Cerca también estaban otros jefes de estados y cancilleres. Abajo estaban los adjuntos de la cancillería peruana, de las delegaciones invitadas y el esposo de una señora que, entre la pausa de dos bailes le dijo por el altavoz del teléfono: "grábalo, grábalo". Los que estábamos cerca lo escuchamos y no pudimos ocultar nuestra risa.

Las danzas que se presentaron incluyeron a todas las regiones geográficas del Perú, costa, sierra y selva, pero con un énfasis en la rica cultura andina, representada por el Wacawaca de Puno, (danza que satiriza las corridas de toros traídas por los peninsulares), el Salqa Qocha Wallata Warqay de Cusco, y la belleza del zapateo y energía del Huaylarsh o Huaylas de Huancayo, en Junín. También disfrutamos del Iopatati de Ucayali (amazonía), que mezcla el rito de la guerra con la danza y la magia, y de los bailes de la costa como la Marinera norteña (Trujillo) y de la tradición africana, surgida de los esclavos negros traídos a trabajar los cañaverales, el muy sensual y sabroso Toromata.

Al finalizar la presentación artística me encontré con el amigo Alberto Fernández Prada, ministro del Ministerio de Relaciones Exteriores, que estaba encargado de la delegación venezolana encabezada por el canciller Nicolás Maduro. Alberto me presentó a otros compañeros del Ministerio y admito que al principio estaban algo sorprendidos de verme y hablar conmigo. Primero porque tenía mi mochila sobre el terno (estaba muy consciente de mi faux pas fashionista) y, segundo, por mi acento caribeño. Además, todos eran funcionarios de Cancillería, y yo, con mi carné de prensa. 

Hacía más de un mes que no veía a Alberto y fue bueno reencontrarme con él y saber que su libro sobre la historia de la aviación peruana, que es una nueva edición de los volúmenes escritos por su padre, Cap. EP Alfredo González Prada Effio, "considerado uno de los más importantes historiadores de la aeronáutica civil del Perú", va viento en popa. Ya le dije que me gustaría entrevistarlo sobre esta nueva edición y sobre su otra obra, una biografía titulada "El diplomático peruano Pedro Paulet Mostajo". Hay mucho de qué hablar sobre el arequipeño Paulet Mostajo, un hombre cuya historia ha quedado desafortunadamente olvidada. Basta solo mencionar que ha sido considerado "el padre de la aeronáutica moderna" por el científico Wernher von Braun.

Diplomático, escritor e historiador, y excelente amigo: así es Alberto. Luego de unos bocaditos más y de hablar con el encargado de negocios de Polonia y explicarle a varios delegados árabes qué era el pisco sour nos retiramos. Él para Miraflores; yo para Lince y a esas avenidas donde se pasea las mil y una Limas.

martes, 11 de octubre de 2011

Mirar a Miraflores I


Ahora resulta que Miraflores soy yo. Lo escribo con la mayor humildad que caracteriza a aquel que se nombra a sí mismo a un puesto imaginario o, en el mejor de los casos, al que se reconoce en la locura de un acto natural de apropiación.

Yo soy Miraflores porque camino sus calles, le pregunto a sus habitantes, busco en su historia para saber por qué es una ciudad heroica, y me trepo en sus taxis y micros. Rodeo sus esquinas con la esperanza de toparme con algo no nuevo (pocas cosas son nuevas en Lima), sino desconocido.

Yo soy Miraflores porque hay mar y no porque me crea un monarca absolutista cuando escribo: ¿y qué es un mar sin su sol? Soy también sol. Caribeño. Antillano. Pero un sol para mí mismo, puesto que saco de las sombras a una ciudad transitada hasta el cansancio.

I. Café para empezar

Son las cuatro de la tarde y me doy el lujo de soñar con un capuchino. No estoy ni en Italia ni dentro de un escaparate para que la gente juzgue mis gustos. Lo pedí porque es el café más grande y el que más me durará mientras espero porque, en el principio, sí, esperé (y a mí me gusta esperar. Mucho.)

Espero y saco la Moleskine y este bolígrafo con que escribo. Pido el capuchino y me pongo a ver a la gente pasar por la vereda de en frente. Adentro, el Haití aguantaba las mentiras de sus comensales, las exageraciones de sus vidas, sus sueños imposibilitados de realizarse. Adentro, en el café, el tiempo se vendía más barato que un postre.

A través de las ventanas del Haití
http://www.wikilima.com/mediawiki/index.php?title=HAITÍ,_mucho_más_que_un_café

Por las ventanas atisbaba a ver a un Parque Kennedy poblado de jóvenes que salían de su primer trabajo para ir a su segundo. En esa espera, el celular era el objeto omnipresente en cada mano, en cada oreja. Los que se paseaban frente al Haití, más bien, fijaban su mirada a un horizonte escondido por las edificaciones de la ciudad (al final del acantilado sobre el que está construido una parte importante de Lima, está el Pacífico) o, tal vez, a la misma acera por donde caminan para evitar tropezarse con un hueco, una piedra o un charco de agua sucia. La rapidez con la que caminan me hace pensar en seres automatizados e insensibles, máquinas que se dirigen a su destino por un imperativo mayor y no por una decisión íntima.

Yo, automatizado, también escribo. Y observo. Primero, sin prestar mucha atención al gordo que está sentado a mi lado derecho o al flaco sentado a mi izquierdo. Cuando el mozo llega con el café, torpemente alcanzo a pedir una botella de agua con gas. Torpemente, escribo, porque a pesar de yo ser Miraflores, de ser un sol, mi voz sale como un gesto neonato; mis palabras, como sílabas sin pólvora.

La fugaz hermosura de un verso que nos cambia la vida.
http://elcomercio.pe/lima/725634/noticia-cambia-casa-virrey-deja-san-isidro-se-muda-miraflores

Mi espera es por un amigo que conocí en 2003 en una biblioteca. Otro escritor más que apuesta por las cosas menos concretas de la vida: la fugaz hermosura de un verso que nos cambia la vida. Y antes de que llegara el agua, mi amigo poeta me saluda desde la calle y hace su entrada absurdamente triunfal al café más icónico de Miraflores, con su sudadera puesta y su cara descompuesta como la de un enfermo terminal.

De esta forma ha comenzado mi primavera austral.

(Continuará...)

martes, 16 de noviembre de 2010

Quinoa Fields Forever en La Acera

Un tour por Lima con todo y cumbia. Gracias a Renato, que en algún momento le escuché la frase que le da título a este cuento.

Aquí el éxito del verano pasado en las playas sin palmeras limeñas:

martes, 13 de enero de 2009

De vuelta al Caribe

No sé por qué pienso que regresar a Puerto Rico es volver a la realidad.  ¿Acaso estar en otro país o continente no es también real?  ¿Acaso no nos enteramos de lo que pasa en otros lados, no nos cortamos los dedos con el mismo dolor o vamos al baño con la misma regularidad? No entiendo, entonces, por qué siento que he entrado a una dimensión desconocida cuando no lo es; he regresado al país que más conozco, a mi hogar, a mi hábitat natural.  Pero la sensación es de haber retornado al pasado, a las mismas cosas de siempre y porque al final, el regreso de cualquier viaje o recorrido, por más corto que sea -al menos para mí- es cerrar un ciclo, un espacio único y eso trasciende las barreras de la razonabilidad y la cotidianeidad.  

Me fui con la idea de olvidar, buscar y encontrarme a mí mismo y, de paso, a muchas otras cosas desconocidas.  Quería salir para vivir solo nuevamente, para disolver una sensación de opresión que me ahogaba y para escribir que es también vivir.  Primero un mes por China y sus ciudades conglomeradas.  Las motocicletas eléctricas y los autos han paulatinamente sustituido las icónicas bicicletas, pero la gente aún escupe sin pudor en donde sea.  Con todo y escupitajos y el calor pantanal de las ciudades que visité, comí a mis anchas como en poco lugares lo había hecho y esto sin enfermarme una sola vez.  La comida que se cocina en China es espeluznantemente variada y sorpresivamente deliciosa.

China construye su futuro con edificos sacados de las sagas futurísticas hollywoodenses pero con la exactitud y opresión comunista de un régimen que necesita liberalizarse en la cuestión política y social.  Dicen que el futuro está allá, pero luego de pasearme por el Cono Sur, me di cuenta que el futuro está en todos lados porque está en nosotros.  El futuro está, inclusive, en Puerto Rico, aunque la realidad se torne más crítica mientras uno se acerca más a Washington y sus fallidas políticas económicas basadas en ideologías (neoliberalismo) en lugar de datos constatables, datos que mostraban que la crisis venía sin titubeos y nadie hizo nada porque no querían admitir que los postulados neoliberales habían fallado rotundamente.  Y digo que hay futuro en Puerto Rico no porque Fortuño esté de gobernador (Mr. Republican ha sugerido implantar recomendaciones que no pican fuera de la bolsa ideológica neoliberal que nos ha traído este regalito de fin de década), sino porque los malos augurios siempre vienen acompañados de nuevos comienzos.

Recorrer miles de kilómetros de pura naturaleza fue lo más alucinante de mi recorrido por la Patagonia.  Espacio abierto, vida silvestre, cielo azul, temperaturas contrastantes y caminar casi de la mano con pingüinos.  El Uruguay y las playas despobladas de Maldonado, lagunas protegidas, campo abierto y un Montevideo que se parece más a las fotos de La Habana que a una copia de Buenos Aires.  En Perú los microclimas de la sierra, el verdor en la ceja de selva cuando vas llegando a Machu Picchu, la siempre fascinante -y horrible- vista de los cerros desérticos que circundan a Lima y, por supuesto, el copioso ceviche, sus mariscos, y el ají que ya sea por gusto o costumbre siempre te invade el paladar.

Y sí, es cierto:  si en estas primeras semanas de mi regreso me preguntan cómo me siento, diré que raro y un poco atormentado porque extraño el anonimato de ser un extranjero, de devorar revistas, periódicos y libros para entender una realidad ajena y no sentir la obligación inmediata de actuar; la variedad de productos que he comentado y reseñado hasta la saciedad porque me parece un atropello que los puertorriqueños sigamos escogiendo nuestros condimentos y verduras de una selección pobre, cara y mediocre.  En el mismísimo Km. 0 de Buenos Aires conseguía frutas y legumbres frescas y de buena calidad, igual historia con la carne, quesos, panes y repostería.  En Puerto Rico un buen pan criollo es difícil de conseguir y la baguette que se consigue en los demás comercios es un insulto de grandes proporciones:  una farsa más de la que -ya es evidente- estamos tan acostumbrados.  

Extraño pasearme por los parques y caminos de la ciudad porque mi metrópolis duerme encerrada y con el aire acondicionado en high.  Bienvenido a comprar libros caros y a perderme en Borders entre tanto dumping literario estadounidense.  Lo que queda es la ventana del Internet, las fotos y las cervezas con los amigos; la familia y un mar siempre cálido, envidia de la gente que vive en climas variables.  El Hamburguer con vista al mar, el Viejo San Juan y sus siglos de melancolía, las langostas del oeste con sus atardeceres y la voracidad caribeña que se bate en la arena y en kioskos, botes, hoteles y apartamentos desde Piñones hasta Peñuelas.

Regresé con la intención de irme de nuevo.  Pero primero hacen falta unas cosas:  amar, escribir, estudiar y terminar lo comenzado.  Dos, tres, cuatro años, y me voy.  Como toda partida, ésa tendrá también el gérmen del retorno:  nada hay inescapable en esta vida y menos un país tan pequeñamente grande llamado Puerto Rico. 
 
Tratando de bloguear desde Lima (Ene. 09).

Siesta frente al Pacífico en la playa de Chocalla (sur de Lima, Ene. 09).

Almuerzo costero:  tiradito de pescado en tres salsas, corvina a la parrilla y su infaltable chelita helada (Ene. 09).

Mi segunda vez en Machu Picchu:  siempre hay que volver a estas alturas místicas (Dic. 08).

El cuy chacta'o:  plato tradicional arequipeño y legado de los Incas.  Delicioso (Dic. 08).

Con Nydia frente al Palacio de Gobierno en Lima (Dic. 08).

Con Miguel Novellino, mi compañero de apt. argentino y propietario de A Dos Veinte (Dic. 08).

Los Boludos en la tienda Puro Diseño en Palermo, Buenos Aires (Dic. 08).

Plaza Independencia, Montevideo, Uruguay (Dic. 08)

Las Cataratas de Iguazú, Misiones, Argentina (Dic. 08).

Frente a frente al Perito Moreno, El Calafate, Argentina (Oct. 08).

Allende por las calles de Punta Arenas, Chile (Oct. 08).

Próximo a cruzar el Estrecho de Magallanes, Chile (Oct. 08).

Parrillada en Villa General Belgrano, Argentina (Oct. 08).

En el panteón de Evita, Cementerio de La Recoleta, Buenos Aires, Argentina (Sept. 08).

En el Canal Beagle, Ushuaia, Argentina (Oct. 08).

Mao se repite en el Museo de la Propaganda, Shanghai (Ago. 08).

En Xi'an (Ago. 08)


En la Muralla China en Simatai (Ago. 08)

Con los soldados de terra cota en Xi'an (Ago. 08).

sábado, 17 de marzo de 2007

Aquel bigote blanco

Hoy recibí noticias que murió un tío abuelo mío en Lima. Tenía 87 años y todavía mantenía su largo y curveado bigote blanco. Bigote de embajador, por supuesto, porque desde hacía varias décadas operaba desde su humilde hogar la Embajada de la República de Arequipa. Y Arequipa no es una república, es el departamento (división política interna del Perú) donde está ubicada la segunda ciudad más importante del Perú (y cuna de mi autor preferido y compatriota, Mario Vargas Llosa).

Los arequipeños son bien regionalistas y orgullosos de su historia y tradiciones. Arequipa es el Ponce del Perú. Han creado un pasaporte Arequipeño, idea que Don Arnoldo Guillén, mi tío abuelo, tomó y convirtió en una institución registrada ante el gobierno peruano y reseñado -en su época- en los programas de radio y en los periódicos: la Embajada Arequipeña.

Además de embajador, lo peculiar del tío Arnoldo fue su pasión por el juego. Su gran vicio eran las peleas de gallo. Pero un vicio que también logró encausar en una manera académica al escribir uno de los primeros libros sobre las reglas internacionales de este deporte.

Hijo de grandes hacendados arequipeños, el tío Arnoldo fue perdiendo la fortuna y herencia de la familia hasta quedarse casi sin un sol. Además de las peleas de gallos, el tío también le iba a las carreras de autos, peleas de toro, al boxeo, dados, cartas. Estoy seguro que fue por el estilo de vida de don Arnoldo que mi padre siempre le ha tenido aversión al juego. Y yo comprobé la mía el día que fui a ver una pelea de gallos en Bayamón.

Ahora, ese afán mío de ser diplomático, de participar en pseudo-revoluciones (aunque el tío sí participó de una verdadera en la década del '50 contra la dictadura miliatar del momento) y bueno de ser personaje de novela, libro de historia (fue diputado al Congreso de la República por Arequipa) o por lo menos de un blog, tiene una explicación en las excentricidades del tío Arnoldo, al que solamente pude ver dos veces; veces en las que siempre quedé prendido de su largo y curveado bigote blanco.

La tribu errante