"...[E]l vacío de la casa se les presentaba como un animal dispuesto a tragarse cualquier sonido..." La tribu existe para combatir ese vacío y preservar los sonidos.
domingo, 22 de septiembre de 2013
Dieciséis esquinas de felicidad
Podría subsistir por semanas sin utilizar una combi, bus o taxi. Ante esta falencia vivo en paz entre estas cuatro calles con sus dieciséis esquinas. Pero así como vine a habitar esta parte de Lima, así de fácil se puede terminar. ¿Dónde viviré el año que viene?
Espero que en un lugar muy cercano de lo que alguna vez fue mi felicidad.
jueves, 19 de septiembre de 2013
Pasos sin pensar
A Lima la he acorralado porque hay algo de ella que me gusta. No es un sentimiento correspondido. Me he caído, me han engañado y mi vida ha corrido tantas veces peligro a borde del mal llamado transporte público que lo tengo bastante claro: Lima me quiere regresar por donde vine.
Pero sigo aquí. A pesar de la sangre, el sudor, del riesgo, sigo empedernido con la ciudad, con su gente. Ya van dos años y sigo caminando sin pasos, solo pensando.
martes, 11 de octubre de 2011
Mirar a Miraflores I
martes, 3 de agosto de 2010
Cuando no quise escapar
Cuando la Olga me condujo a su ciudad me pareció entrar a un escaparate de 1980. Por lo de escaparate no te ofendas. Todo lo contrario, me sentía emocionado, no tan sólo por que estaba en presencia de tu pasado –los libros amontonados por los años, las fotos de tu familia, el maravilloso afiche de Lautrec-Toulouse, las medias multicolores– sino por el olor de tus cosas que me hacían recordar mis veranos en París. Porque París es todavía tierra de escritores, Olga. El estado francés ha hecho de la patria de Apollinaire y Verlaine un elefante lento y pesado, pero todavía conserva ese inquietante vaho –como el del Sena en las madrugadas– que emboba y seduce a cualquiera. O por lo menos en mí tenía ese efecto y sé que en ti también lo tendrá cuando hagas lo propio y visites a París.
Lo propio en este momento es dejarme que me cuentes tu pasado. Yo escucho mejor de lo que hablo. De hecho, no me hagas caso por mis intentos de llenar los silencios. Mejor habla tú que has vivido más que yo.
A mí me falta hacer tantas cosas. Vivir en Madrid. Permanecer tres días sin dormir en el Carnaval de Río. Subir a lo alto de un edificio con una enamorada y decirle que si en este preciso momento un avión se nos viniera encima y derrumbaba esa torre gemela del tiempo moriría feliz. Me faltan por decir muchas cursilerías, Olga, de adornar mi vida de clichés porque, ¿acaso eso no es lo que hace la gente normal, la gente que ama? Decir por ejemplo: me gustaría que tú fueras esa enamorada y no morir en lo alto de un edificio sino de hambre por querer ser escritor.
Me voy ahora. Los recuerdos han regresado. Y me digo tantas veces lo mucho que se me parece esto a tantos otros encuentros fallidos porque en aquel entonces, como ahora, me rehusé a repetir las cosas que la gente siempre dice. Te las dije diferente y bien que las entendiste, pero nos mantuvimos afianzados a nuestras orillas, alejadas por diez leguas australes, que ninguno de los dos osó acortar. Mi esperanza es que en algún momento osemos caminarlas.
(Escrito en mayo de 2007).
miércoles, 23 de junio de 2010
Ciudades
martes, 31 de marzo de 2009
Sinfonía de primavera
Caminaba casi descalza porque sus zapatitos eran diminutos, su suela invisible y sus hermosos pies perecían flotar sobre la sucia vereda de Callao. Su falda no era corta, más bien volaba sobre sus tobillos entre el humo de cigarrillo, el smog de los colectivos y las aguas estancadas de las huecos en la carretera. Vestía de verde, mi verde luz de noviembre entre los edificios grises de tiempo, la música de las tiendas y los gritos de los porteños.
Llegó a su destino y entonces me di cuenta que su caminar siempre había sido más bien una danza cuando se sentó en las escaleras de la entrada del instituto y al verla de frente me percaté de algo ingenioso: la música que la hacía deslizarse por la acera provenía del iPod que guardaba entre las tetas.
domingo, 21 de diciembre de 2008
Chau, Buenos Aires
Si por mí fuera me quedaría toda la vida en Buenos Aires, aunque no aguante la pedantería de muchos porteños o la excesiva burocracia que contamina hasta la insignificante compra de un limón a medio día para refrescar mi soda. Está también la mafia de taxistas que siempre intentan robarte y las desventajas de vivir en un país donde el cliente casi nunca tiene la razón. Puede ser bastante fuerte vivir aquí, pero me lo banco, lo soporto para vivir la rica vida cultural de estos buenos y truculentos aires. Para haber sobrevivido varias dictaduras militares e implosiones económicas, los argentinos tienen que tener una mentalidad abierta hacia la creatividad. Crean y recrean cuanta cosa imaginable y aunque lento, salen poco a poco de sus problemas.
Yo me quedo por eso y, claro está, por sus librerías, la majestuosidad de sus edificios, la amistad de los grandes amigos que hice, sus maravillosas verdurerías y sus restaurantes internacionales. Buenos Aires todavía es una ciudad borgesiana en lo inverosímil, storniana por su tragedia y cucurtiana por su amalgame de lenguas, bailes y bebidas.
En mis últimos dos días en Argentina ya me sentía como un fantasma en la ciudad porque me di cuenta que la ciudad no me pertenecía. Creí que lo hizo durante los cuatro meses que la viví (y me perdí en ella, como uno se pierde entre las sutilezas de un cuerpo de mujer), pero como todo lo que creemos que nos pertenece, al final vemos que la realidad es otra y que lo único que nos pertenece son las ilusiones que nos creamos sobre las cosas.
Ahora en el avión rumbo a Lima, Buenos Aires queda como una estampa. Cuatro meses y sus vivencias quedan plasmadas en un collage instantáneo en la mente: allí está Buenos Aires, entre ceja y ceja, corazón y pulmones y boca y estómago. "Volveré y seré millones" en la ciudad de la furia.
jueves, 17 de julio de 2008
Guaynabo City me roza (o el grupo de Facebook que nunca creé) - III
El esposo le rogó a su esposa que por favor escuchara su versión, que todo era mentira, un gran malentendido de gente lengüilarga y de gargantas profundas, pero ya se encontraba fuera de la casa. Fuera. Familia. ¿Final?
No se dio por vencido. Es que en Guaynabo City, en donde todo tiene su debida traducción, también subsisten espacios para traducir la decepción en cafrería, pero de la bien intencionada. La buena intención del esposo fue valerse de un mensaje a plena vista de todos. Un mensaje pintado sobre un fondo amarillo en el lado externo del divisor del expreso Martínez Nadal que da justo a la salida de su otrora urbanización.
"A mi esposa:
No escuchaste la segunda verción. No te engañé. Te amo demasiado. Dame una oportunidad. Te ama, tu esposo."
Recuerdo que así leía el afiche, con todo y la 'c' en versión. Con esa 'c' del City Hall y del GCity Magazine.
Nada descarta, claro, que el esposo en su desesperación le haya escrito a ella en su Facebook wall (otro mensaje público por si el afiche amarillo a plena vista de todos sus vecinos –y demás visitantes inocuos– no cumpliera con su cometido) y le haya congestionado el buzón con e-mails cortos ("¿Fuiste tú?", "No cierres la puerta todavía" o "Te extraño tanto…") y largos (rememorando las calles de Praga que caminaron juntos o las vacaciones al desnudo en una playa desolada de la República). Tampoco lo eximo de que haya cambiado múltiples veces al día su estatus en Twitter o en el MSN gracias al Blackberry (marca que antes confundía con Burberry).
Guaynabo City me roza. Pero en estos días lo hace menos porque, luego de cuatro meses, cambiaron el afiche (sin dudas es una operación nocturna, clandestina y casi guerrillera la que estos pasquineros ejecutan). El cambio, me huele a mí, se habrá originado más bien por el deseo de informarle a todos sus fieles lectores, que su ardid sí rindió frutos y para recordarles a todos que nunca olviden decirle a su esposa lo mucho que la aman.
Al final de su nuevo mensaje nos reitera: "Yo se lo digo todos los días y soy el hombre más feliz del mundo. Te amo".
Pero, ¿verdaderamente se habrán reconciliado? Como espectador nunca sabré (esto es parecido a lo que ocurre cuando uno lee los mensajes del wall, los comentarios de las fotos, las mismas entradas de este blog nómada) pero yo quiero pensar que sí. Después de todo así es Guaynabo: Cafric (cafre+chic), Monumental y Risible.
miércoles, 16 de julio de 2008
Guaynabo City me roza (o el grupo de Facebook que nunca creé) - II
martes, 15 de julio de 2008
Guaynabo City me roza (o el grupo de Facebook que nunca creé)- I
Yo los corrijo y digo que a falta de auto propio es tierra mía y de nadie más.
jueves, 8 de noviembre de 2007
Jueves en el Savoy
Imagino que mi silencio y mis miradas cansadas le bastarían como respuestas a sus preguntas.
–Ja, es cierto… Un nombre rimbombante, bourgeois, por decirlo así. Vaya, ¿aún no me crees? Bueno, ese es tu problema… ¿Te tomas algo?
–Ya sabes lo que pasa cuando pedimos dos –le recordé.
–Estupideces de la gente… Bueno… Sí, un gin and tonic, por favor y, ah, que sea Tanqueray. Perfecto, gracias… En qué estábamos. Pues, qué te parece, entonces, ajá, sí, ¿vamos mañana jueves a El Savoy?... ¿A las seis, después del trabajo? Entonces, ya, listo.
No le sugerí hora ni remotamente hice gesto alguno que le indicara que aceptaba su propuesta. Él seguía totalmente inmerso en sus palabras. Le extrañaba que un recién llegado a la ciudad como él conociese los lugares que hacen a esta ciudad, arrebatada del pantano, ciudad. Para él eran establecimientos en boga no porque se abarrotaban de gente decía, sino porque se presentaban aquellos con los que realmente querías estar.
Sorbía su trago con entusiasmo mientras sus ojos exploraban sobre mi hombro el inmenso vestíbulo que se abría a mis espaldas. Le daba tanto gusto escucharse a sí mismo que noté los rápidos movimientos de su mano izquierda: sólo el dedo pulgar sostenía su quijada mientras los restantes cuatro parecían tocar un instrumento invisible, hecho de aire. Sin embargo, y a pesar de mi silencio, a la hora de irme supe de todas maneras que mañana me lo encontraría en otro hotel de esta sórdida ciudad, esta vez en El Savoy.
* * *
En la esquina de la avenida Wisconsin con la calle Davis está El Savoy. Veo a Marcos llegar en un taxi y al bajar lo saludo de lejos. Me hizo una señal para que lo siguiera: la barra preferida de Marcos en El Savoy era The Deck y se encontraba justamente a un costado del hotel, en un pequeño recinto semioculto por arbustos de hojas menudas y puntiagudas. En el lugar había unas diez o doce mesas con su correspondiente sombrilla. La mitad de ellas estaban ocupadas: “¿Viste? ¿Qué te dije? A esta hora es perfecto”. Yo me mantenía detrás de él.
–Es increíble… Jamás pensarías que estás al borde de la calle. Ja, casi ni la sientes y se respira con tranquilidad, con pureza, ¿no crees? –Marcos continuaba con su número igual que ayer. Yo sólo miraba su espeso cabello negro y sus largas patillas que se juntaban a una barba en pleno apogeo.
Los reunidos en The Deck intrigaban. No eran bellos (en realidad, sólo la bartender y uno de los meseros podían considerarse así), pero sus gestos, sus miradas y confianza ocultaban las grandes orejas, los dientes fuera de lugar y los inmensos lunares indiscretos.
–Hoy en el trabajo, bien mal: me tuvieron haciendo llamadas para cancelar citas, enviar los documentos que había dejado mi jefa en yo no sé qué archivo… Sí, mi jefa la incompetente. Te juro, sólo pensaba en mostrarte el hotel…Sí, ¿no?, es increíble.
Marcos nunca me había molestado con sus repeticiones, sus constantes palabras, abalanzadas con desesperación una encima de la otra como cuerpos en un carnaval. Me importaba poco que se pasara hablando de sí mismo y de las maravillas que me mostraba en esta ciudad de gente que se pensaba tan importante; sólo me interesaba estar acompañado.
Llevaba muchos años merodeando por la ciudad, pero nunca me habían llamado la atención los cafés literarios ni los restaurantes muy sofisticados, ni mucho menos los lounges de los hoteles. Fue por pura casualidad que conocí a Marcos. Él había leído mal unas direcciones y andaba perdido buscando el Hilton Embassy Row en la Massachusetts. Esa noche yo también me dirigía al Hilton y acababa de bajar del Metrobus cuando Marcos me detuvo, primero con su mirada que delataba cierta angustia y después con su ya distintivo ademán de humildad y seguridad a la vez. Me preguntó si estaba cerca del lugar, si lo podía dirigir y me mostró la dirección del hotel.
Por unos momentos quedé en silencio. Mis ojos se quedaron en él estáticos, examinándolo, tratando de descifrar qué tipo de sujeto era éste que se dignaba a hablar conmigo, un viejo envuelto en un abrigo raído y de pasos precavidos. Hacía años que nadie en esta ciudad de comités y comitivas se preocupaba por aquél como yo que disfrutaba de su bien merecida soledad. Le indiqué con mi mano que me siguiera. Luego le dije que yo también me dirigía al Hilton.
–Sí. Este es un lugar un poco pretencioso, pero con cierto aire de libertad –interrumpí su acto mientras continuaba escudriñando a los que se encontraban en The Deck.
–Lo has descrito muy bien… D.C. se presta para eso. Ya los extremos están muy gastados, desde discotecas que parecen parques de diversiones, hasta los clubes privados de los grandes burócratas y ricos de este país… Nosotros, pues, nos movemos en el medio, por eso insisto en lo de bourgeois que ayer mencioné: somos unos petits bourgeois que se pasan la vida tomando gin and tonics y comiendo cangrejos (son fabulosos los blue crabs de la Chesapeake cuando están en temporada, ¿no?,). Oiga, mesero… Por favor, dos gin and tonic…
–Muy bien, ¿con cuál los desea?
–El mío con Tanqueray –dijo Marcos y luego se volteó hacia mí y me preguntó: –¿Con cuál quieres el tuyo?
Yo miré al mesero y le dije Bombay, pero el mesero se quedó mirando sin parpadear a Marcos.
–Bueno, ya lo oyó. Y si puede esta vez, échele sólo una cascarita de limón al mío.
Al mesero no le cambiaba la expresión de confusión en el rostro. Sus ojos se movían de Marcos al asiento desocupado frente a él y no comprendía la insistencia de que el vacío le respondiera el nombre de alguna ginebra. Ya estaba nuevamente confirmado: en toda esta capital, Marcos era el único que podía ver a una vieja alma errante como la mía.
viernes, 7 de septiembre de 2007
Miércoles y Jueves
Ayer por la noche me dio hipo luego de devorarme unos chicharrones con pique y la mitad de una bolsa de popcorn de Indiana. Hoy se ha repetido luego de almorzar. Me devoré el sánduich de pastrami. Lo más seguro un pedazo del pan se me quedó atravesado en la boca del estómago. Y yo me pregunto, ¿para qué tanta prisa? ¿Acaso adelantaré el tiempo para llegar a mi casa, cambiarme, dormir y -nuevamente- tener pesadillas con los casos? Mi respuesta a tanta prisa es esta: prisa a continuar con esta entrada, a escribir lo que se me ocurrió y apunté en la clase. Prisa, ante todo, para sentirme más calmado aunque vaya a mi última clase con este hipo que no ha querido desaparecer.
Miércoles
Aula Verde
Tenía toda la intención del mundo de escribir esta entrada el mismo miércoles que fuimos un grupo de estudiantes de Derecho a Aula Verde en el residencial Manuel A. Pérez (para mis fobias a los caseríos lea esto). Aula Verde es un salón de clases dentro de un jardín y sobre piedrecillas azules, bajo las copas de los árboles, con una leve brisa que no te hace extrañar a las demencialmente frías temperaturas con que operan los acondicionadores de aire de este país. En Aula Verde pensé en el Derecho Ambiental, pero también pensé en cómo, y ya a un mes de empezar mis estudios de leyes, todavía escribo en este blog aunque me tarde una semana entera en completarlo, aunque en ese preciso momento cuando se me ocurrió la idea no haya tomado una esquina de los documentos que nos dieron y garabatear algo. Estos nuevos estudios, pues, me obligan a no olvidar con tanta facilidad, a preservar las ideas que se me ocurren, las cosas que quiero contar. A recordar que cuando regrese a Aula Verde (porque lo haré) llevaré la libreta donde escribo todas estas cosas antes que ustedes las vean en la pantalla.
P.D.- Me gustaría que en los talleres de cuento de la Maestría en Creación Literaria de Sagrado, los estudiantes logren convencer a los profesores de que por lo menos uno de los ejercicios se haga afuera del salón. Requeriría quizás un gran esfuerzo para separar una tarde de un sábado para visitar no sólo a Aula Verde, sino a parques, museos, chinchorros o un circuito en la AMA para luego escribir.
Pikayo
El miércoles por la noche finalmente Appoint pudo acceder a Pikayo. No fue fácil pautar la visita. La espera de un mes y medio es obvia: Wilo Benet ha tenido un exitazo con su último libro, Puerto Rico True Flavors (vea una reseña en el blog Super Chef) que lo ha mantenido viajando y participando como conferenciante en un sinnúmero de lugares en los EE.UU.
Me preparé lo más que pude para la entrevista: leí los artículos criollos, vi algunas reseñas en revistas y periódicos norteamericanos y me aprendí su curriculum. La misión era hacer una entrevista distinta y no repetir lo que siempre se dice de Pikayo. Creo que lo logré...en octubre se enterarán.
La ciudad y sus parques - O el porqué de la pasión, la pérdida de la razón y la vida como una tóm-tóm-tóm-bola.
Cuando El Capitán de la Pluma de Ganso estuvo por Nueva York investigó los parques de la ciudad. La razón era encontrarme, atraparme y traerme de vuelta a Puerto Rico. No lo logró y yo regresé solito y a mi conveniencia (y quizás para no perderme un musical en Bellas Artes). Pero bueno fue que hizo ese recorrido y documentó los parques de Manhattan porque en Puerto Rico hemos olvidado la existencia de los nuestros.
No enumeraré las razones de siempre. Enumeraré otras como la total ignorancia de que existen parques muy cerca de donde vivimos y la dejadez de precisamente dejar de hacer lo mismo que siempre hacemos por las noches después del trabajo y atrevernos a caminar un rato y vivir la ciudad. Lo más llamativo del caso es que perdemos de perspectiva que el Área Metro es una ciudad. La culpa puede ser la criminalidad, pero en realidad yo culpo más al crimen del hacinamiento de carros. Puerto Rico es para los carros. Esta aseveración es indebatible. El ser humano, el peatón, el que verdaderamente hace una ciudad ciudad no es más que un estorbo.
En Nueva York hasta la gente de clase media y alta sale a caminar. Se juntan con los yuppies y los estudiantes hambrientos. Así lo reportó El Capitán de la Pluma de Ganso en su informe. Los más ricos se pasean hasta en caballo por las manzanas alrededor del Parque Central.
Aquí ni los pobres salen a caminar por la ciudad. El Viejo San Juan bien puede ser el último reducto para el caminante, pero para entrar y salir de él hay que utilizar el auto (o la lancha de Cataño, pero claro, eso para los que vivimos al otro lado de la Bahía).
La pasión se desata en el parque en todas sus manifestaciones. A falta de gente se nos aparecen fantasmas entre los árboles. Al aire libre se cuestiona la realidad, pues, más libremente. Y dan ganas de salir corriendo hacia una ciudad del pasado.
Se puede asismismo perder la razón en el parque... ¿o es quizás en el parque-o? En el parqueo circular de nuestras mañanas. Los carros amontonados en la calle donde resides, el parking movible del tapón que nos mueve hacia el Estacionamiento de Puerto Rico: en lo que se ha convertio la UPR. Con todo y estación de TU, la Yupi es parking. Es la única estructura que puede opacar a la Torre. Estacionamiento por todos lados: una gran piscina de asfalto llena de piscinas de agua embarradas de luz y de color...de aceite.
Jueves
La súper compra que hicimos en el Walgreen's de la Ponce de León hizo que me acordara de mis compras en el CVS de la Wisconsin en Georgetown. Recordé la intensa soledad de ser un recién llegado a una ciudad extraña y de ser un extraño en tu ciudad. Desconozco a Santurce: nací en ella en 1983 pero no es mía. Y cuando transito en las noches y madrugadas por sus calles me doy cuenta de que hemos abandonado -desertado- una ciudad entera en el mismo centro de San Juan.
(Entrada terminada a las 12:23 AM del día 13 de septiembre de 2007).
lunes, 23 de julio de 2007
Alejandro Tarre, invitado de La tribu, y su Diario de Tailandia (Parte I)
El mosaico abigarrado
(Primera de dos entradas)
Esta grande y caótica ciudad al principio me abruma. En la zona donde nos quedamos, cerca del Palacio Suan Pakkad y la casa de Jim Thompson, ciertas calles y avenidas se parecen a las del centro de Caracas en el tráfico, el ruido, el tumulto y el calor. Leo en la mañana en el periódico que Bangkok podría convertirse en un lugar “inhabitable” si no se implementan rápidamente planes para controlar el crecimiento urbano. Pienso en ese reportaje cuando veo más tarde fiscales de tránsito y motorizados con máscaras como las de los médicos para protegerse de las bocanadas tóxicas de los automóviles y los autobuses.
El calor es brutal. Después de un cuarto de hora caminando, tengo la camisa empapada en sudor y noto que la piel de mi esposa, demasiado blanca para este clima, muda a un rosado que resalta aún más su condición de turista. Me cruzo con varios hombres descalzos y desnudos de la cintura hacia arriba haciendo la siesta en los lugares más inverosímiles: aceras, paradas de autobús, capotas de automóviles. Me da la impresión de que el acto no es voluntario: el calor los derrotó. O quizá ya aprendieron que es inútil luchar contra el clima de esta ciudad y es mejor adaptarse a él, como un perro se adapta a los hábitos de su amo.
Pero el calor nunca me ha molestado tanto como el frío y después de un rato me olvido de él. Además, aquí sobran las distracciones. A cada rato se me acercan vendedores para ofrecerme sus productos –amuletos, estatuillas, ropa, frutas, relojes– con una tenacidad que no he visto en ningún otro lugar. A pesar del calor, uno me ofrece tomarme medidas para un esmoquin y otro, cuando me ve caminando con los brazos cruzados, aprovecha para colocar en mis brazos una bolsa de semillas. Como no acepta devolución, pero al mismo tiempo me pide dinero, no me queda más remedio que echar la bolsa al piso y tratar de aligerar la rudeza con un torpe gesto de hombros.
Aparte de los vendedores, observo en esta primer caminata otras particularidades, o motifs, que luego, en los próximos días, vería a cada rato y que ahora forman parte de mi imagen de la ciudad: los monjes envueltos con mantos azafrán (vi a un par con iPods), las camisas Polo amarillas, los coloridos tuk-tuk (motos-taxi de tres ruedas con un vagón atrás) y el énfasis en la monarquía y la religión que se manifiesta en las imágenes por doquier del adorado rey Bhumibol y esas figuras ubicuas de Buda que, con su expresión enigmática, pareciera vigilar desde arriba (siempre me vigila desde arriba) cada paso que doy. En una calle estrecha me detengo en un puesto de frutas para probar el durian, el lychee, el mangosteen y el rambutan (frutas que no tienen nombre en español). La que más me gusta es el mangosteen, que se parece al mamón caribeño, pero es por fuera más elegante y por dentro más dulce. Compruebo que, como me dijo una vez un amigo en Venezuela, el mamón es la hermanita fea del mangosteen.
Llego al Chao Phraya (“río de los reyes”) después de un viaje en el moderno skytrain. Los libros que leí las semanas antes de venir dicen que el río es la mejor manera de moverse en la ciudad y que allí la temperatura baja un poco. Uno asegura que, gracias al tráfico infernal, el Chao Phraya ha vuelto a ser lo que fue hace cien años: la autopista más ancha y conveniente de Bangkok.
No sé si estos libros exageran, pero me gusta el concepto del Chao Phraya Express, un metro-barco a través del cual es fácil, barato y sobretodo agradable transportarse entre los cinco distritos. Durante este primer viaje que hago en el Express, observando esta “autopista” que en vez de carros tiene pintorescos sampanes, barcazas y transbordadores, me pregunto porque esto no ha sido implementado en otras ciudades atravesadas por ríos. En el Chao Phraya uno no sólo descansa del calor y disfruta de la brisa y la cercanía con el agua, también uno se deleita con la hermosa vista de los lujosos hoteles (entre ellos el famoso Oriental), los mercados, las villas de la realeza y el espectacular Wat Arun que bordea el río.
Desde aquí, además, se pueden apreciar mejor los contrastes de la ciudad, en donde se entremezcla lo ordenado y lo caótico, la pobreza y el lujo, lo tradicional y lo moderno. La modernidad, esa que los detractores de la globalización ven como una amenaza por su tendencia a homogeneizar, se ha infiltrado en la ciudad, sobretodo en el centro, donde se ven imponentes edificios de oficina, rascacielos, hoteles y centros comerciales iguales o mejores a los de Washington DC, París o Londres. Pero Bangkok no pareciera temerle a esta influencia. La ciudad más bien incorpora lo nuevo sin complejo, como Nueva York ha incorporado a los chinos y a los italianos, haciéndolos parte de la ciudad y aceptando con los brazos abiertos su contribución. Después de todo, es ridículo pensar que esta modernidad va a acabar de la noche a la mañana con la firme personalidad de este lugar.
¿Me atrae todo esto? ¿Me mudaría a Bangkok a vivir? Sí, totalmente. El viaje en el río fue el zarpazo final, pero incluso antes de llegar aquí la ciudad ya me había seducido con su gente, su religiosidad, su ruido, su comida, sus tuk-tuk y su clima. Bangkok es como un mosaico abigarrado que al inicio nos disgusta por su insolencia, pero que luego, con el transcurso de las horas, comenzamos a apreciar por su riqueza. Pronto descubrimos que, como ocurre con esas mujeres que nos seducen con sus dientes torcidos o facciones asimétricas, esas incomodidades –la contaminación, el tumulto, el tráfico, el calor– son parte del encanto. Sin ellas la ciudad sería otra, quizá más conveniente, pero también más común y aburrida.
Esto, en particular, es lo que ocurre con el clima. Estoy convencido de que este calor denso que adormece y aboba es inseparable de la magia de esta ciudad. Sin este calor que apenas al salir de la nevera del hotel penetra todos los poros de mi cuerpo, secándome la boca y empapándome de sudor, Bangkok no fuese Bangkok. Este calor es desasociable del tempo aletargado que se siente en el río, en los templos y en el parque Lumphini, así como del maravilloso olor, ese olor en el que se entremezclan el sudor humano, la comida callejera, el aroma de las frutas, el humo de autobús y el agua sucia de los canales. Como el misterio y el erotismo, el calor y la sensualidad son cercanos aliados. Por eso, en este mélange sensual que es Bangkok, el calor es un elemento indispensable.
Alejandro Tarre (Caracas, 1975) se desempeña como columnista, periodista y editor en varios medios y casas editoriales de Venezuela y Estados Unidos. Desde 2003, reside en Washington DC. Puede escribirle a: aletarre@hotmail.com
