"...[E]l vacío de la casa se les presentaba como un animal dispuesto a tragarse cualquier sonido..." La tribu existe para combatir ese vacío y preservar los sonidos.
miércoles, 15 de enero de 2014
Adiós, Miraflores
domingo, 15 de septiembre de 2013
Lince y las acequias perdidas
Los limeños como mi papá (como yo, santurcino, lo estaré algún día de Santurce, de Miramar y de los parques donde deslicé mis primeras bragas) viven sujetos a una urbe que solo existe en sus recuerdos y emociones. Instintos éstos que lo llevaron a recorrer la capital en busca de esas piezas de su rompecabezas sentimental, de las cicatrices imborrables, de los gérmenes perennes que aún señalan una geografía aparentemente olvidada. Fue así como debajo del estiércol gris, de las arrugas profundas y las lagañas horribles de Lima, y cercano a un parque que antes era un bosque, mi padre, otro Ponce, logró redescubrir la acequia que con tanto esmero buscaba, aquella que bañaba y aún baña los jardines de su eterna juventud.
viernes, 24 de junio de 2011
No movie, no parking
domingo, 24 de octubre de 2010
"Yo no soy ningún cafre". -Calle 13
martes, 3 de agosto de 2010
Cuando no quise escapar
Cuando la Olga me condujo a su ciudad me pareció entrar a un escaparate de 1980. Por lo de escaparate no te ofendas. Todo lo contrario, me sentía emocionado, no tan sólo por que estaba en presencia de tu pasado –los libros amontonados por los años, las fotos de tu familia, el maravilloso afiche de Lautrec-Toulouse, las medias multicolores– sino por el olor de tus cosas que me hacían recordar mis veranos en París. Porque París es todavía tierra de escritores, Olga. El estado francés ha hecho de la patria de Apollinaire y Verlaine un elefante lento y pesado, pero todavía conserva ese inquietante vaho –como el del Sena en las madrugadas– que emboba y seduce a cualquiera. O por lo menos en mí tenía ese efecto y sé que en ti también lo tendrá cuando hagas lo propio y visites a París.
Lo propio en este momento es dejarme que me cuentes tu pasado. Yo escucho mejor de lo que hablo. De hecho, no me hagas caso por mis intentos de llenar los silencios. Mejor habla tú que has vivido más que yo.
A mí me falta hacer tantas cosas. Vivir en Madrid. Permanecer tres días sin dormir en el Carnaval de Río. Subir a lo alto de un edificio con una enamorada y decirle que si en este preciso momento un avión se nos viniera encima y derrumbaba esa torre gemela del tiempo moriría feliz. Me faltan por decir muchas cursilerías, Olga, de adornar mi vida de clichés porque, ¿acaso eso no es lo que hace la gente normal, la gente que ama? Decir por ejemplo: me gustaría que tú fueras esa enamorada y no morir en lo alto de un edificio sino de hambre por querer ser escritor.
Me voy ahora. Los recuerdos han regresado. Y me digo tantas veces lo mucho que se me parece esto a tantos otros encuentros fallidos porque en aquel entonces, como ahora, me rehusé a repetir las cosas que la gente siempre dice. Te las dije diferente y bien que las entendiste, pero nos mantuvimos afianzados a nuestras orillas, alejadas por diez leguas australes, que ninguno de los dos osó acortar. Mi esperanza es que en algún momento osemos caminarlas.
(Escrito en mayo de 2007).
domingo, 27 de septiembre de 2009
Bonito atardecer
“Mi REINO es de papel
y todo lo que toco
se convierte en palabra.”
-El Rey de Gramercy Street
“Y encima el sol dejando
crecer inmensamente sus cabellos
sobre nuestras cabezas de alfiler.”
-De Vuelta de paseo
-Lorenzo Helguero, Poeta en Washington, D.C.
Este papel no estaba destinado a aguantar esta historia. Salió de algún árbol de los bosques canadienses y fue comprado por el gobierno federal estadounidense en su forma final como hoja crujiente y blanca. La Oficina General de Administración apropió parte de ese cargamento y al ser pedida por los jueces de este distrito territorial, la partida de papel fue finalmente entregada a las oficinas de la corte de distrito en el Viejo San Juan. Junto a sus demás hermanos papeles lo sacaron de su empaque una calurosa mañana de junio, arreciada por los polvos del Sáhara y cuando entró en las frías cámaras de las impresoras nunca se imaginó que en estas cortes se reciclaba.
Fue en la consecución de este afán que Raúl Helguero cobró conciencia de esta hoja cuando la tomó del cesto de reciclaje para usarla en alguna de sus tareas. Hacía unos días el papel había servido de portada a uno de los incontables documentos legales que imprimía. Estaba escasamente marcado y al reverso aún se vislumbraba la blancura virginal de un producto de calidad. Al contacto con los dedos de Raúl ninguno de los dos supo que meses después retratarían con palabras un atardecer de finales de septiembre.
Ese atardecer tampoco sabía que eventualmente cabría en estas páginas. Todo fue un impulso, un estruendo que dividió el tiempo en tres rebanadas de viento. Poca cosa para servir como excusa de un escrito que nadie se había propuesto a escribir. El papel, Raúl y el atardecer encadenados en una secuencia impredecible, en un elaborado nudo de partículas residuales de lo que fue, es y pudo haber sido.
1
Fue anunciarle en aquel momento que la luz de las seis de la tarde de los domingos era más placentera que cualquier otra. Como Raúl había estado todo el día leyendo y ella pintando, no habían preparado nada para comer. Pan y queso mozzarella, dijo ella. Mejor una ensalada, interpuso Raúl. La mirada de ella comenzó a rondar por los espacios superiores de la cocina y al final se encogió de hombros: la lechuga se terminó de podrir ayer. ¿No hay entonces? No y rió secamente.
Raúl no entendía cómo ella mantenía limpios sus pequeños dedos de los colores de las pinturas, mientras la tinta de los bolígrafos que usaba para resaltar los pasajes imprescindibles de sus lecturas le había transgredido las palmas de las manos y hasta la tela de su camisa. Pediremos chino y se encaminaron a la terraza. Fue allí donde hizo el comentario de las seis de la tarde. De la luz que sellaba estos domingos de entregas a domicilio y de esa irresistible soledad que engullía las calles de Miramar. A todo esto ella ya dormía en la hamaca.
2
Es hoy cuando este papel recibe el bonito atardecer a base de estos trazos. Los libros de leyes mutan por páginas amarillentas de viejas novelas redescubiertas y éstas por el fresco de colores que se recrea apesadumbradamente en el cielo. A los rayos del sol, claramente, no les hace falta papeles para escribir. Y para ver, ¿qué mejor que abrir la boca y tocar las cosas con el paladar?: así entran las esencias del fin del día, de esos nudos invisibles de gases que encienden el firmamento en llamas.
Raúl separa suavemente los labios, asoma la puntita de la lengua al aire y sin abrir los ojos sabe que esas horas tan espléndidas de las que hablaba y todavía habla se suceden demasiado rápido para viajar en el tiempo.
3
Pudo haber sido que el árbol que creció en el frío de Canadá nunca hubiese nacido ni que Raúl Helguero se hubiese decidido por las humanidades y en su lugar se hubiese estrellado contra la frialdad de los números. De este modo no habría podido darse cuenta de que el ocaso de los domingos tiene un sabor agridulce a flores y a un baño caliente con agua de azahar.
El atardecer también se hubiese dado en otro planeta, muy lejos de éste, con un sol cuyos rayos hicieran crecer voluntades y no sólo palabras.
viernes, 7 de septiembre de 2007
Miércoles y Jueves
Ayer por la noche me dio hipo luego de devorarme unos chicharrones con pique y la mitad de una bolsa de popcorn de Indiana. Hoy se ha repetido luego de almorzar. Me devoré el sánduich de pastrami. Lo más seguro un pedazo del pan se me quedó atravesado en la boca del estómago. Y yo me pregunto, ¿para qué tanta prisa? ¿Acaso adelantaré el tiempo para llegar a mi casa, cambiarme, dormir y -nuevamente- tener pesadillas con los casos? Mi respuesta a tanta prisa es esta: prisa a continuar con esta entrada, a escribir lo que se me ocurrió y apunté en la clase. Prisa, ante todo, para sentirme más calmado aunque vaya a mi última clase con este hipo que no ha querido desaparecer.
Miércoles
Aula Verde
Tenía toda la intención del mundo de escribir esta entrada el mismo miércoles que fuimos un grupo de estudiantes de Derecho a Aula Verde en el residencial Manuel A. Pérez (para mis fobias a los caseríos lea esto). Aula Verde es un salón de clases dentro de un jardín y sobre piedrecillas azules, bajo las copas de los árboles, con una leve brisa que no te hace extrañar a las demencialmente frías temperaturas con que operan los acondicionadores de aire de este país. En Aula Verde pensé en el Derecho Ambiental, pero también pensé en cómo, y ya a un mes de empezar mis estudios de leyes, todavía escribo en este blog aunque me tarde una semana entera en completarlo, aunque en ese preciso momento cuando se me ocurrió la idea no haya tomado una esquina de los documentos que nos dieron y garabatear algo. Estos nuevos estudios, pues, me obligan a no olvidar con tanta facilidad, a preservar las ideas que se me ocurren, las cosas que quiero contar. A recordar que cuando regrese a Aula Verde (porque lo haré) llevaré la libreta donde escribo todas estas cosas antes que ustedes las vean en la pantalla.
P.D.- Me gustaría que en los talleres de cuento de la Maestría en Creación Literaria de Sagrado, los estudiantes logren convencer a los profesores de que por lo menos uno de los ejercicios se haga afuera del salón. Requeriría quizás un gran esfuerzo para separar una tarde de un sábado para visitar no sólo a Aula Verde, sino a parques, museos, chinchorros o un circuito en la AMA para luego escribir.
Pikayo
El miércoles por la noche finalmente Appoint pudo acceder a Pikayo. No fue fácil pautar la visita. La espera de un mes y medio es obvia: Wilo Benet ha tenido un exitazo con su último libro, Puerto Rico True Flavors (vea una reseña en el blog Super Chef) que lo ha mantenido viajando y participando como conferenciante en un sinnúmero de lugares en los EE.UU.
Me preparé lo más que pude para la entrevista: leí los artículos criollos, vi algunas reseñas en revistas y periódicos norteamericanos y me aprendí su curriculum. La misión era hacer una entrevista distinta y no repetir lo que siempre se dice de Pikayo. Creo que lo logré...en octubre se enterarán.
La ciudad y sus parques - O el porqué de la pasión, la pérdida de la razón y la vida como una tóm-tóm-tóm-bola.
Cuando El Capitán de la Pluma de Ganso estuvo por Nueva York investigó los parques de la ciudad. La razón era encontrarme, atraparme y traerme de vuelta a Puerto Rico. No lo logró y yo regresé solito y a mi conveniencia (y quizás para no perderme un musical en Bellas Artes). Pero bueno fue que hizo ese recorrido y documentó los parques de Manhattan porque en Puerto Rico hemos olvidado la existencia de los nuestros.
No enumeraré las razones de siempre. Enumeraré otras como la total ignorancia de que existen parques muy cerca de donde vivimos y la dejadez de precisamente dejar de hacer lo mismo que siempre hacemos por las noches después del trabajo y atrevernos a caminar un rato y vivir la ciudad. Lo más llamativo del caso es que perdemos de perspectiva que el Área Metro es una ciudad. La culpa puede ser la criminalidad, pero en realidad yo culpo más al crimen del hacinamiento de carros. Puerto Rico es para los carros. Esta aseveración es indebatible. El ser humano, el peatón, el que verdaderamente hace una ciudad ciudad no es más que un estorbo.
En Nueva York hasta la gente de clase media y alta sale a caminar. Se juntan con los yuppies y los estudiantes hambrientos. Así lo reportó El Capitán de la Pluma de Ganso en su informe. Los más ricos se pasean hasta en caballo por las manzanas alrededor del Parque Central.
Aquí ni los pobres salen a caminar por la ciudad. El Viejo San Juan bien puede ser el último reducto para el caminante, pero para entrar y salir de él hay que utilizar el auto (o la lancha de Cataño, pero claro, eso para los que vivimos al otro lado de la Bahía).
La pasión se desata en el parque en todas sus manifestaciones. A falta de gente se nos aparecen fantasmas entre los árboles. Al aire libre se cuestiona la realidad, pues, más libremente. Y dan ganas de salir corriendo hacia una ciudad del pasado.
Se puede asismismo perder la razón en el parque... ¿o es quizás en el parque-o? En el parqueo circular de nuestras mañanas. Los carros amontonados en la calle donde resides, el parking movible del tapón que nos mueve hacia el Estacionamiento de Puerto Rico: en lo que se ha convertio la UPR. Con todo y estación de TU, la Yupi es parking. Es la única estructura que puede opacar a la Torre. Estacionamiento por todos lados: una gran piscina de asfalto llena de piscinas de agua embarradas de luz y de color...de aceite.
Jueves
La súper compra que hicimos en el Walgreen's de la Ponce de León hizo que me acordara de mis compras en el CVS de la Wisconsin en Georgetown. Recordé la intensa soledad de ser un recién llegado a una ciudad extraña y de ser un extraño en tu ciudad. Desconozco a Santurce: nací en ella en 1983 pero no es mía. Y cuando transito en las noches y madrugadas por sus calles me doy cuenta de que hemos abandonado -desertado- una ciudad entera en el mismo centro de San Juan.
(Entrada terminada a las 12:23 AM del día 13 de septiembre de 2007).