Mostrando las entradas con la etiqueta Santurce. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Santurce. Mostrar todas las entradas

miércoles, 15 de enero de 2014

Adiós, Miraflores

Tomaba combi para ir y venir de mi casa en la cuadra 3 de Recavarren, una de las pocas emblemáticas calles miraflorinas que aún guardan el viejo encanto del distrito veraniego de la clase alta limeña de los 1940 y 1950. Junto a la calle paralela Bellavista, este sector de Miraflores es la favorita del alcalde Jorge Muñoz o por lo menos así lo declaró a la revista Cosas Hombre hace unos 6 meses. También es mi favorita. 
Yo leía el periódico un domingo en el Malecón, frente al Pacifico, con el referente del Morro Solar donde hace más de 130 años los peruanos fallaron en contener el avance chileno que subyugaría a la capital por tres largos años. Miraflores, sin embargo, fue la que me subyugó desde mi primer encuentro con sus calles en las novelas de Mario Vargas Llosa que mi padre me empezó a regalar antes de iniciar la secundaria. 
Creo que ha sido más esa memoria generada en mi encuentro con la literatura la que ha guiado mi estadía de dos años en esta parte de Lima, alejada del centro, pegada al mar, pero elevada sobre los acantilados de la Costa Verde. De sus apacibles aceras bañadas con la sombra de sus centenarios árboles o el rubor de las palomas en sus parques y plazas que, llenas de gente, evocan tiempos en los que no había Wi-fi ni smartphones ni tablets. 
Al bajar de la transportación colectiva, iba a pie a empezar una nueva caminata agradable sin tener otro destino que no sea el recuerdo de mis primeras lecturas y las constantes historias que mi padre contaba todas las mañanas en la mesa del desayuno en Puerto Rico. Esas que han sido el génesis de mi periplo a Lima. Esas que me acompañarán, sumadas a las mías, ahora que dejo a Miraflores (temporalmente) y voy en busca de otras partes de Lima que alimenten el código genético de mis historias. Así, el camino hacia mi apartamento era también una travesía por universos varios.
Ahora que me voy me invaden las mismas imágenes de cuando hace ya varios años salí de Miramar y Santurce, puesto que hay esquinas miraflorinas que evocan esas otras coordenadas del barrio de San Juan. La cercanía al mar, sus grandes árboles sobrevivientes al cemento y al asfalto, la arquitectura señorial de las pocas casas de la época de oro que aún quedan de pie y el afán artístico y musical de sus habitantes más jóvenes de dotar sus calles de una estética importada del Norte pero siempre, siempre, criollizada, son paralelismos evidentes, que saltan a la vista, al tacto, al olfato entre la Isla y este distrito limeño.

Del Perú no me despido, solo de un barrio. Y pasa que es casi como cambiar de país.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Lince y las acequias perdidas

A pesar de la moderna costra urbana que le había crecido a su distrito de antaño, mi papá aún llevaba muy claro el plano de los referentes y accidentes que lo cruzaban cuando vivía entre estas calles hace 50 años. Junto a él visité a Lince por primera vez cuando Lima aún desconocía del boom, aunque entonces como ahora, las calles estaban sucias, las esquinas rotas, y los autos transitando por el paisaje de penas de una ciudad que nunca ha sido de todos.

Los limeños como mi papá (como yo, santurcino, lo estaré algún día de Santurce, de Miramar y de los parques donde deslicé mis primeras bragas) viven sujetos a una urbe que solo existe en sus recuerdos y emociones. Instintos éstos que lo llevaron a recorrer la capital en busca de esas piezas de su rompecabezas sentimental, de las cicatrices imborrables, de los gérmenes perennes que aún señalan una geografía aparentemente olvidada. Fue así como debajo del estiércol gris, de las arrugas profundas y las lagañas horribles de Lima, y cercano a un parque que antes era un bosque, mi padre, otro Ponce, logró redescubrir la acequia que con tanto esmero buscaba, aquella que bañaba y aún baña los jardines de su eterna juventud.

viernes, 24 de junio de 2011

No movie, no parking

El martes 21 de junio me encabroné con el revolú que se desató en el Museo de Arte de Puerto Rico. Era la primera noche del Film Forward del Sundance Film Festival auspiciado por la Sociedad de Cine de Puerto Rico. La idea no estaba mal: barra abierta para el público que se diera cita a la gala de apertura y, luego, apreciar el documental chino Last Train Home, del director Lixin Fan. El gran problema es que el teatro Raúl Juliá quedó súper chiquito para acomodar a toda la gente que se dio cita, incluyendo a las personas como yo que pagaron $4 de parking y dieron el donativo de $5 para ayudar a la causa del cine.

El documental estaba pautado para empezar a las 7:30PM, pero fue recién a las 8:00PM que se empezó a rumorear entre los presentes que abrirían la sala. ¿¡Y para qué fue eso!? Pues para restregarnos en la cara que sí, en efecto, la cafrería perdura hasta en los hispters, divos y divas de la movida del cine local --y, sobre todo, luego de la visita histórica del POTUS. A la hora de entrar a la sala no hubo ni un intento de hacer una fila ordenada. Y las doñas y dones con sus trajes --e invitaciones (luego doy detalles de esto)-- nos pasaron por el lado a los amateurs, a la plebe que, curiosa por el cine y no en desplegar sus telas ni conocimientos especializados, habíamos esperado pacientemente y muy cerca de la puerta para poder entrar. Mientras nosotros esperábamos y hablábamos sobre los proyectos de los artistas sin dinero y que, a pulmón, realizan sus producciones, las pseudo luminarias de la intelligentsia cinéfila se atragantaban los tragos en la barra o en la sección VIP del segundo piso, muy confiados de que entrarían a la sala porque tenían invitaciones para la Gala. Un detallito que a los organizadores del evento se les olvidó mencionar en su convocatoria y publicidad.

Así que, luego de pagar $9, tomarme un pequeño trago de vodka con tónica y casi dos horas y media haciendo, primero la fila para pagar el donativo, luego la otra para tomarme algo y, finalmente, la no-fila para no ver el documental, sentí que me habían tomado el pelo.

Lo primero que hice fue decidir a quién le iba a reclamar. La falta de coordinación e información era evidente y recaía principalmente en la Sociedad y el Museo. Pero lo más que me jodió inicialmente fueron los $4 del estacionamiento (una oferta para el Festival de Cine, según un letrero que tenían pegado en la ventanilla de pago) para estar parado en el atrio sin hacer mucho. Le tenía que reclamar a ellos; quería mis cuatro pesos de vuelta porque no había visto el puto documental. No movie, no parking.

De este modo inició entonces el juego de ping pong al que nos tienen acostumbrados la gerencia del capitalismo. El estacionamiento, claramente, era privado y nada tenía que ver con el Museo, no importase que estuviera en sus predios. Normal. Eran casi las nueve de la noche y no había nadie en esa oficina de boletos ni en el Museo que me pudiese ayudar. Yo odio moverme en auto en Puerto Rico, por eso no tengo uno. Trato, en la mayor de las veces, tomar el tren, las guaguas, las lanchas, pon...de todo menos el carro porque después del odio a los tapones y a los conductores, está la úlcera del vía crucis para encontrar un estacionamiento y bregar con los cabrones de los parkings, estas compañías privadas que te cobran fracción en fracción, y ahora hasta en las calles de San Juan City con los monederos esos. Esa noche fui en un carro porque esperar una guagua en la noche desde Bayamón hasta Santurce es una misión imposible.

Mi vendetta estaba, pues, bien dirigida a recuperar mis $4; los $5 eran mi acto de apoyo al cine. Pero ese gesto benéfico tuvo que limpiarse pa'l carajo porque, luego de hablar con la guardia de seguridad del Museo (la que me dijo el truquito ese de los boletos para los VIP's y otros invitados repartidos de antemano), tuve que hablar con uno de los muchachos de la Sociedad que también servía de ujier que me pidió que fuera y enviara privadamente mi reclamo, pero que en esos momentos, el Señor Presidente de la Sociedad estaba muy cómodo en su butaca, disfrutando del filme.

Bien, entonces, «¿qué puedo hacer yo ahora?», le pregunté. Luego de insistirle ante sus respuestas redundantes, este muchachito me dijo que hablara con una de las coordinadoras del evento: una mujer guapísima que muy amablemente, me sugirió que lo único que ella podía hacer era devolverme el donativo, o sea, lo menos que quería...pero...(y siempre hay 'peros') luego de haber sido la pelotita de ping pong de la noche, del sudor (esa noche del martes estaba candente), del tiempo perdido, del encabronamiento con los anormales del parking, tuve que coger mis $5 de vuelta. No lo hice con miedo, ni con pachó. Fue con la cabeza en alto, porque, a pesar de mis mejores intenciones, yo tenía razón y mi malestar tenía que ser remediado al instante, no mediante una carta al Señor Presidente, blah, blah, blah.

Los tomé. Sentí un pequeño alivio pero todavía apretaba mis manos en puños y sentía una aureola de odio fulgurando sobre mi cabeza. No aguanto el tradicional revolú boricua, las jaiberías de la supuesta clase rica, artística y emperifollá de este país (todavía me acuerdo cómo una ex jueza que tuvo amoríos con un ex gobernador y que recientemente publicó sus memorias, se me coló en la fila de la presentación magistral de Gioconda Belli en el Primer Festival de la Palabra, para procurar lo que todos queríamos, el autógrafo de la escritora), los pseudos trabajadores de la cultura y los más-más, los apellidos y conocidos de la élite, y la sumisión de muchos que se quedaron fuera, que solo patalearon y al final se fueron a darse par de palos más por ese Santurce-Manhattan que se asoma frente al terreno baldío al lado del Museo que sirvió de estacionamiento para los que no querían pagárselo a esa compañía de parking maldita. Tal vez tuve que haber estacionado allí. Tal vez, tuve que haber respirado hondo como siempre hago para evitar confrontaciones. Tal vez, tuve que haberme quedado al lado de esta diosa del cine independiente con la que estuve hablando por buena parte de la noche y que luego (como suele ocurrirme) se me perdió.

O tal vez me hubiese quedado en casa, tranquilo, sin hacer nada, quizás leyendo...Pero hacer eso hubiese sido claudicar. Dejar que la irreverencia y la incivilidad prevista y que nos caracteriza en este tipo de actividades saliera impune.

Tomé los $5 de vuelta y ya en mi auto, tuitié lo siguiente:

Un MEGA el sa'l pa' fuera que organizaron esta noche la y . Y ni me hables de los cabrones del parking.

Al otro día, @SociedadCinePR lanzó esto:

HOY Continuamos con el festival Sundance Film Foward en el Museo de Arte de Puerto Rico. Tendremos proyección en...

Yo les respondí:

hagan TODO lo posible para no repetir el FIASCO de ayer

Y ante esta acertada sugerencia que tuitiaron, in all caps (¿?) después...

HOY SUNDANCE FILM FORWARD EN EL MUSEO DE ARTE DE PUERTO RICO, PROYECTAREMOS EN EL TEATRO RAUL JULIA Y EN EL ATRIO...

...los felicité:

Excelente! Muy bien pensado.

Entonces, en unos tweets que se desaparecieron (suelo borrar todos los correos que me llegan de Twitter) cuando finalmente la Sociedad me dio unfollow luego de mi último reply que más abajo les incluyo, me acusaron de estar difamándolos y que debería ser más respetuoso al hacer mis quejas (total, a quien les dije cabrones fue a los cojudos del parking) y utilizar los canales privados para llevar mis reclamos. Ajá, yo les respondí:

¿Difamación? ¡Si no cabe duda del de ayer! Además para esto mismo existe el Twitter. Si no aguantan la presión...

Y no la aguantaron porque me bloquearon. Si no haces las cosas bien, debes reconocer tus errores, más aún si tienes un perfil cuasi-público como lo es Twitter.

Ahora, espero que la gente de la Sociedad no me vaya a demandar como lo ocurrido en Taiwan a esta crítica de restaurantes. Entiendo que tienen cosas más importantes que hacer, como organizar bien sus eventos y utilizar el Twitter para borrar las críticas y la disidencia.

Ellos están en su derecho de hacerlo como yo en el mío de escribir lo que quiera en mi Twitter y blog.

"Cámara por favor..."

domingo, 24 de octubre de 2010

"Yo no soy ningún cafre". -Calle 13


René Calle 13 hace aquí su alegato de por qué no es cafre. Pendientes al seg. 0:33: #unsaludito "a la gente con los ideales bien para'os".


Yo no le veo la noticia al asunto porque, ¿qué tiene de malo ser cafre? Calle 13 se comporta como uno, viste como uno y se expresa como uno. Que sea de izquierda y apadrine a los pobres del mundo en sus canciones (y cuanta otra justa causa social existente) no lo hace menos cafre. De hecho, ojalá hayan más cafres como él, ¿no? ¿O es que acaso ser un malhabla'o con conciencia y hacer cosas "creativas" es sólo para los artistas más 'intelectuales', acomodados (aunque muchos se canten pobres y comunistas sólo pa' hacer el show) y 'locos' que pululan como caculos en La Respuesta y El Local?

En todo caso los más cafres son los políticos de este país, por más grados y experiencias perfumadas que tengan. Calle 13 puede hablar sandeces y rimar como un niño de primaria, pero no le hace daño a nadie, muy diferente a lo que este y otros gobiernos le han hecho al país. Así que Calle 13, tranquilo. No le tienes que dar explicaciones a la clase politiquera de este país. Eres lo que eres y siéntete orgulloso, pai.

martes, 3 de agosto de 2010

Cuando no quise escapar

Cuando la Olga me condujo a su ciudad me pareció entrar a un escaparate de 1980. Por lo de escaparate no te ofendas. Todo lo contrario, me sentía emocionado, no tan sólo por que estaba en presencia de tu pasado –los libros amontonados por los años, las fotos de tu familia, el maravilloso afiche de Lautrec-Toulouse, las medias multicolores– sino por el olor de tus cosas que me hacían recordar mis veranos en París. Porque París es todavía tierra de escritores, Olga. El estado francés ha hecho de la patria de Apollinaire y Verlaine un elefante lento y pesado, pero todavía conserva ese inquietante vaho –como el del Sena en las madrugadas– que emboba y seduce a cualquiera. O por lo menos en mí tenía ese efecto y sé que en ti también lo tendrá cuando hagas lo propio y visites a París.


Lo propio en este momento es dejarme que me cuentes tu pasado. Yo escucho mejor de lo que hablo. De hecho, no me hagas caso por mis intentos de llenar los silencios. Mejor habla tú que has vivido más que yo.


A mí me falta hacer tantas cosas. Vivir en Madrid. Permanecer tres días sin dormir en el Carnaval de Río. Subir a lo alto de un edificio con una enamorada y decirle que si en este preciso momento un avión se nos viniera encima y derrumbaba esa torre gemela del tiempo moriría feliz. Me faltan por decir muchas cursilerías, Olga, de adornar mi vida de clichés porque, ¿acaso eso no es lo que hace la gente normal, la gente que ama? Decir por ejemplo: me gustaría que tú fueras esa enamorada y no morir en lo alto de un edificio sino de hambre por querer ser escritor.


Me voy ahora. Los recuerdos han regresado. Y me digo tantas veces lo mucho que se me parece esto a tantos otros encuentros fallidos porque en aquel entonces, como ahora, me rehusé a repetir las cosas que la gente siempre dice. Te las dije diferente y bien que las entendiste, pero nos mantuvimos afianzados a nuestras orillas, alejadas por diez leguas australes, que ninguno de los dos osó acortar. Mi esperanza es que en algún momento osemos caminarlas.


(Escrito en mayo de 2007).

domingo, 27 de septiembre de 2009

Bonito atardecer

“Mi REINO es de papel

y todo lo que toco

se convierte en palabra.”

-El Rey de Gramercy Street


“Y encima el sol dejando

crecer inmensamente sus cabellos

sobre nuestras cabezas de alfiler.”

-De Vuelta de paseo


-Lorenzo Helguero, Poeta en Washington, D.C.



Este papel no estaba destinado a aguantar esta historia. Salió de algún árbol de los bosques canadienses y fue comprado por el gobierno federal estadounidense en su forma final como hoja crujiente y blanca. La Oficina General de Administración apropió parte de ese cargamento y al ser pedida por los jueces de este distrito territorial, la partida de papel fue finalmente entregada a las oficinas de la corte de distrito en el Viejo San Juan. Junto a sus demás hermanos papeles lo sacaron de su empaque una calurosa mañana de junio, arreciada por los polvos del Sáhara y cuando entró en las frías cámaras de las impresoras nunca se imaginó que en estas cortes se reciclaba.


Fue en la consecución de este afán que Raúl Helguero cobró conciencia de esta hoja cuando la tomó del cesto de reciclaje para usarla en alguna de sus tareas. Hacía unos días el papel había servido de portada a uno de los incontables documentos legales que imprimía. Estaba escasamente marcado y al reverso aún se vislumbraba la blancura virginal de un producto de calidad. Al contacto con los dedos de Raúl ninguno de los dos supo que meses después retratarían con palabras un atardecer de finales de septiembre.


Ese atardecer tampoco sabía que eventualmente cabría en estas páginas. Todo fue un impulso, un estruendo que dividió el tiempo en tres rebanadas de viento. Poca cosa para servir como excusa de un escrito que nadie se había propuesto a escribir. El papel, Raúl y el atardecer encadenados en una secuencia impredecible, en un elaborado nudo de partículas residuales de lo que fue, es y pudo haber sido.


1

Fue anunciarle en aquel momento que la luz de las seis de la tarde de los domingos era más placentera que cualquier otra. Como Raúl había estado todo el día leyendo y ella pintando, no habían preparado nada para comer. Pan y queso mozzarella, dijo ella. Mejor una ensalada, interpuso Raúl. La mirada de ella comenzó a rondar por los espacios superiores de la cocina y al final se encogió de hombros: la lechuga se terminó de podrir ayer. ¿No hay entonces? No y rió secamente.


Raúl no entendía cómo ella mantenía limpios sus pequeños dedos de los colores de las pinturas, mientras la tinta de los bolígrafos que usaba para resaltar los pasajes imprescindibles de sus lecturas le había transgredido las palmas de las manos y hasta la tela de su camisa. Pediremos chino y se encaminaron a la terraza. Fue allí donde hizo el comentario de las seis de la tarde. De la luz que sellaba estos domingos de entregas a domicilio y de esa irresistible soledad que engullía las calles de Miramar. A todo esto ella ya dormía en la hamaca.


2

Es hoy cuando este papel recibe el bonito atardecer a base de estos trazos. Los libros de leyes mutan por páginas amarillentas de viejas novelas redescubiertas y éstas por el fresco de colores que se recrea apesadumbradamente en el cielo. A los rayos del sol, claramente, no les hace falta papeles para escribir. Y para ver, ¿qué mejor que abrir la boca y tocar las cosas con el paladar?: así entran las esencias del fin del día, de esos nudos invisibles de gases que encienden el firmamento en llamas.


Raúl separa suavemente los labios, asoma la puntita de la lengua al aire y sin abrir los ojos sabe que esas horas tan espléndidas de las que hablaba y todavía habla se suceden demasiado rápido para viajar en el tiempo.


3

Pudo haber sido que el árbol que creció en el frío de Canadá nunca hubiese nacido ni que Raúl Helguero se hubiese decidido por las humanidades y en su lugar se hubiese estrellado contra la frialdad de los números. De este modo no habría podido darse cuenta de que el ocaso de los domingos tiene un sabor agridulce a flores y a un baño caliente con agua de azahar.


El atardecer también se hubiese dado en otro planeta, muy lejos de éste, con un sol cuyos rayos hicieran crecer voluntades y no sólo palabras.

viernes, 7 de septiembre de 2007

Miércoles y Jueves

Lo único más atrasado que mi sueño son las lecturas de Derecho. Este blog está en su tiempo...adelantado si quieren que lo resuma en una sola palabra. Tanto que ahora me voy para mi primera clase y en lugar de estar pendiente a ella, estaré pensando en lo que escribiré en esta entrada.

Ayer por la noche me dio hipo luego de devorarme unos chicharrones con pique y la mitad de una bolsa de popcorn de Indiana. Hoy se ha repetido luego de almorzar. Me devoré el sánduich de pastrami. Lo más seguro un pedazo del pan se me quedó atravesado en la boca del estómago. Y yo me pregunto, ¿para qué tanta prisa? ¿Acaso adelantaré el tiempo para llegar a mi casa, cambiarme, dormir y -nuevamente- tener pesadillas con los casos? Mi respuesta a tanta prisa es esta: prisa a continuar con esta entrada, a escribir lo que se me ocurrió y apunté en la clase. Prisa, ante todo, para sentirme más calmado aunque vaya a mi última clase con este hipo que no ha querido desaparecer.

Miércoles

Aula Verde
Tenía toda la intención del mundo de escribir esta entrada el mismo miércoles que fuimos un grupo de estudiantes de Derecho a Aula Verde en el residencial Manuel A. Pérez (para mis fobias a los caseríos lea esto). Aula Verde es un salón de clases dentro de un jardín y sobre piedrecillas azules, bajo las copas de los árboles, con una leve brisa que no te hace extrañar a las demencialmente frías temperaturas con que operan los acondicionadores de aire de este país. En Aula Verde pensé en el Derecho Ambiental, pero también pensé en cómo, y ya a un mes de empezar mis estudios de leyes, todavía escribo en este blog aunque me tarde una semana entera en completarlo, aunque en ese preciso momento cuando se me ocurrió la idea no haya tomado una esquina de los documentos que nos dieron y garabatear algo. Estos nuevos estudios, pues, me obligan a no olvidar con tanta facilidad, a preservar las ideas que se me ocurren, las cosas que quiero contar. A recordar que cuando regrese a Aula Verde (porque lo haré) llevaré la libreta donde escribo todas estas cosas antes que ustedes las vean en la pantalla.

P.D.- Me gustaría que en los talleres de cuento de la Maestría en Creación Literaria de Sagrado, los estudiantes logren convencer a los profesores de que por lo menos uno de los ejercicios se haga afuera del salón. Requeriría quizás un gran esfuerzo para separar una tarde de un sábado para visitar no sólo a Aula Verde, sino a parques, museos, chinchorros o un circuito en la AMA para luego escribir.

Pikayo
El miércoles por la noche finalmente Appoint pudo acceder a Pikayo. No fue fácil pautar la visita. La espera de un mes y medio es obvia: Wilo Benet ha tenido un exitazo con su último libro, Puerto Rico True Flavors (vea una reseña en el blog Super Chef) que lo ha mantenido viajando y participando como conferenciante en un sinnúmero de lugares en los EE.UU.

Me preparé lo más que pude para la entrevista: leí los artículos criollos, vi algunas reseñas en revistas y periódicos norteamericanos y me aprendí su curriculum. La misión era hacer una entrevista distinta y no repetir lo que siempre se dice de Pikayo. Creo que lo logré...en octubre se enterarán.

La ciudad y sus parques - O el porqué de la pasión, la pérdida de la razón y la vida como una tóm-tóm-tóm-bola.
Cuando El Capitán de la Pluma de Ganso estuvo por Nueva York investigó los parques de la ciudad. La razón era encontrarme, atraparme y traerme de vuelta a Puerto Rico. No lo logró y yo regresé solito y a mi conveniencia (y quizás para no perderme un musical en Bellas Artes). Pero bueno fue que hizo ese recorrido y documentó los parques de Manhattan porque en Puerto Rico hemos olvidado la existencia de los nuestros.

No enumeraré las razones de siempre. Enumeraré otras como la total ignorancia de que existen parques muy cerca de donde vivimos y la dejadez de precisamente dejar de hacer lo mismo que siempre hacemos por las noches después del trabajo y atrevernos a caminar un rato y vivir la ciudad. Lo más llamativo del caso es que perdemos de perspectiva que el Área Metro es una ciudad. La culpa puede ser la criminalidad, pero en realidad yo culpo más al crimen del hacinamiento de carros. Puerto Rico es para los carros. Esta aseveración es indebatible. El ser humano, el peatón, el que verdaderamente hace una ciudad ciudad no es más que un estorbo.

En Nueva York hasta la gente de clase media y alta sale a caminar. Se juntan con los yuppies y los estudiantes hambrientos. Así lo reportó El Capitán de la Pluma de Ganso en su informe. Los más ricos se pasean hasta en caballo por las manzanas alrededor del Parque Central.

Aquí ni los pobres salen a caminar por la ciudad. El Viejo San Juan bien puede ser el último reducto para el caminante, pero para entrar y salir de él hay que utilizar el auto (o la lancha de Cataño, pero claro, eso para los que vivimos al otro lado de la Bahía).

La pasión se desata en el parque en todas sus manifestaciones. A falta de gente se nos aparecen fantasmas entre los árboles. Al aire libre se cuestiona la realidad, pues, más libremente. Y dan ganas de salir corriendo hacia una ciudad del pasado.

Se puede asismismo perder la razón en el parque... ¿o es quizás en el parque-o? En el parqueo circular de nuestras mañanas. Los carros amontonados en la calle donde resides, el parking movible del tapón que nos mueve hacia el Estacionamiento de Puerto Rico: en lo que se ha convertio la UPR. Con todo y estación de TU, la Yupi es parking. Es la única estructura que puede opacar a la Torre. Estacionamiento por todos lados: una gran piscina de asfalto llena de piscinas de agua embarradas de luz y de color...de aceite.

Jueves

La súper compra que hicimos en el Walgreen's de la Ponce de León hizo que me acordara de mis compras en el CVS de la Wisconsin en Georgetown. Recordé la intensa soledad de ser un recién llegado a una ciudad extraña y de ser un extraño en tu ciudad. Desconozco a Santurce: nací en ella en 1983 pero no es mía. Y cuando transito en las noches y madrugadas por sus calles me doy cuenta de que hemos abandonado -desertado- una ciudad entera en el mismo centro de San Juan.

(Entrada terminada a las 12:23 AM del día 13 de septiembre de 2007).

La tribu errante