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viernes, 24 de junio de 2011

No movie, no parking

El martes 21 de junio me encabroné con el revolú que se desató en el Museo de Arte de Puerto Rico. Era la primera noche del Film Forward del Sundance Film Festival auspiciado por la Sociedad de Cine de Puerto Rico. La idea no estaba mal: barra abierta para el público que se diera cita a la gala de apertura y, luego, apreciar el documental chino Last Train Home, del director Lixin Fan. El gran problema es que el teatro Raúl Juliá quedó súper chiquito para acomodar a toda la gente que se dio cita, incluyendo a las personas como yo que pagaron $4 de parking y dieron el donativo de $5 para ayudar a la causa del cine.

El documental estaba pautado para empezar a las 7:30PM, pero fue recién a las 8:00PM que se empezó a rumorear entre los presentes que abrirían la sala. ¿¡Y para qué fue eso!? Pues para restregarnos en la cara que sí, en efecto, la cafrería perdura hasta en los hispters, divos y divas de la movida del cine local --y, sobre todo, luego de la visita histórica del POTUS. A la hora de entrar a la sala no hubo ni un intento de hacer una fila ordenada. Y las doñas y dones con sus trajes --e invitaciones (luego doy detalles de esto)-- nos pasaron por el lado a los amateurs, a la plebe que, curiosa por el cine y no en desplegar sus telas ni conocimientos especializados, habíamos esperado pacientemente y muy cerca de la puerta para poder entrar. Mientras nosotros esperábamos y hablábamos sobre los proyectos de los artistas sin dinero y que, a pulmón, realizan sus producciones, las pseudo luminarias de la intelligentsia cinéfila se atragantaban los tragos en la barra o en la sección VIP del segundo piso, muy confiados de que entrarían a la sala porque tenían invitaciones para la Gala. Un detallito que a los organizadores del evento se les olvidó mencionar en su convocatoria y publicidad.

Así que, luego de pagar $9, tomarme un pequeño trago de vodka con tónica y casi dos horas y media haciendo, primero la fila para pagar el donativo, luego la otra para tomarme algo y, finalmente, la no-fila para no ver el documental, sentí que me habían tomado el pelo.

Lo primero que hice fue decidir a quién le iba a reclamar. La falta de coordinación e información era evidente y recaía principalmente en la Sociedad y el Museo. Pero lo más que me jodió inicialmente fueron los $4 del estacionamiento (una oferta para el Festival de Cine, según un letrero que tenían pegado en la ventanilla de pago) para estar parado en el atrio sin hacer mucho. Le tenía que reclamar a ellos; quería mis cuatro pesos de vuelta porque no había visto el puto documental. No movie, no parking.

De este modo inició entonces el juego de ping pong al que nos tienen acostumbrados la gerencia del capitalismo. El estacionamiento, claramente, era privado y nada tenía que ver con el Museo, no importase que estuviera en sus predios. Normal. Eran casi las nueve de la noche y no había nadie en esa oficina de boletos ni en el Museo que me pudiese ayudar. Yo odio moverme en auto en Puerto Rico, por eso no tengo uno. Trato, en la mayor de las veces, tomar el tren, las guaguas, las lanchas, pon...de todo menos el carro porque después del odio a los tapones y a los conductores, está la úlcera del vía crucis para encontrar un estacionamiento y bregar con los cabrones de los parkings, estas compañías privadas que te cobran fracción en fracción, y ahora hasta en las calles de San Juan City con los monederos esos. Esa noche fui en un carro porque esperar una guagua en la noche desde Bayamón hasta Santurce es una misión imposible.

Mi vendetta estaba, pues, bien dirigida a recuperar mis $4; los $5 eran mi acto de apoyo al cine. Pero ese gesto benéfico tuvo que limpiarse pa'l carajo porque, luego de hablar con la guardia de seguridad del Museo (la que me dijo el truquito ese de los boletos para los VIP's y otros invitados repartidos de antemano), tuve que hablar con uno de los muchachos de la Sociedad que también servía de ujier que me pidió que fuera y enviara privadamente mi reclamo, pero que en esos momentos, el Señor Presidente de la Sociedad estaba muy cómodo en su butaca, disfrutando del filme.

Bien, entonces, «¿qué puedo hacer yo ahora?», le pregunté. Luego de insistirle ante sus respuestas redundantes, este muchachito me dijo que hablara con una de las coordinadoras del evento: una mujer guapísima que muy amablemente, me sugirió que lo único que ella podía hacer era devolverme el donativo, o sea, lo menos que quería...pero...(y siempre hay 'peros') luego de haber sido la pelotita de ping pong de la noche, del sudor (esa noche del martes estaba candente), del tiempo perdido, del encabronamiento con los anormales del parking, tuve que coger mis $5 de vuelta. No lo hice con miedo, ni con pachó. Fue con la cabeza en alto, porque, a pesar de mis mejores intenciones, yo tenía razón y mi malestar tenía que ser remediado al instante, no mediante una carta al Señor Presidente, blah, blah, blah.

Los tomé. Sentí un pequeño alivio pero todavía apretaba mis manos en puños y sentía una aureola de odio fulgurando sobre mi cabeza. No aguanto el tradicional revolú boricua, las jaiberías de la supuesta clase rica, artística y emperifollá de este país (todavía me acuerdo cómo una ex jueza que tuvo amoríos con un ex gobernador y que recientemente publicó sus memorias, se me coló en la fila de la presentación magistral de Gioconda Belli en el Primer Festival de la Palabra, para procurar lo que todos queríamos, el autógrafo de la escritora), los pseudos trabajadores de la cultura y los más-más, los apellidos y conocidos de la élite, y la sumisión de muchos que se quedaron fuera, que solo patalearon y al final se fueron a darse par de palos más por ese Santurce-Manhattan que se asoma frente al terreno baldío al lado del Museo que sirvió de estacionamiento para los que no querían pagárselo a esa compañía de parking maldita. Tal vez tuve que haber estacionado allí. Tal vez, tuve que haber respirado hondo como siempre hago para evitar confrontaciones. Tal vez, tuve que haberme quedado al lado de esta diosa del cine independiente con la que estuve hablando por buena parte de la noche y que luego (como suele ocurrirme) se me perdió.

O tal vez me hubiese quedado en casa, tranquilo, sin hacer nada, quizás leyendo...Pero hacer eso hubiese sido claudicar. Dejar que la irreverencia y la incivilidad prevista y que nos caracteriza en este tipo de actividades saliera impune.

Tomé los $5 de vuelta y ya en mi auto, tuitié lo siguiente:

Un MEGA el sa'l pa' fuera que organizaron esta noche la y . Y ni me hables de los cabrones del parking.

Al otro día, @SociedadCinePR lanzó esto:

HOY Continuamos con el festival Sundance Film Foward en el Museo de Arte de Puerto Rico. Tendremos proyección en...

Yo les respondí:

hagan TODO lo posible para no repetir el FIASCO de ayer

Y ante esta acertada sugerencia que tuitiaron, in all caps (¿?) después...

HOY SUNDANCE FILM FORWARD EN EL MUSEO DE ARTE DE PUERTO RICO, PROYECTAREMOS EN EL TEATRO RAUL JULIA Y EN EL ATRIO...

...los felicité:

Excelente! Muy bien pensado.

Entonces, en unos tweets que se desaparecieron (suelo borrar todos los correos que me llegan de Twitter) cuando finalmente la Sociedad me dio unfollow luego de mi último reply que más abajo les incluyo, me acusaron de estar difamándolos y que debería ser más respetuoso al hacer mis quejas (total, a quien les dije cabrones fue a los cojudos del parking) y utilizar los canales privados para llevar mis reclamos. Ajá, yo les respondí:

¿Difamación? ¡Si no cabe duda del de ayer! Además para esto mismo existe el Twitter. Si no aguantan la presión...

Y no la aguantaron porque me bloquearon. Si no haces las cosas bien, debes reconocer tus errores, más aún si tienes un perfil cuasi-público como lo es Twitter.

Ahora, espero que la gente de la Sociedad no me vaya a demandar como lo ocurrido en Taiwan a esta crítica de restaurantes. Entiendo que tienen cosas más importantes que hacer, como organizar bien sus eventos y utilizar el Twitter para borrar las críticas y la disidencia.

Ellos están en su derecho de hacerlo como yo en el mío de escribir lo que quiera en mi Twitter y blog.

"Cámara por favor..."

lunes, 9 de marzo de 2009

La “muerte” del “super boyscout”: breve reflexión sobre Watchmen


Por: Jefté Lacourt (también pueden leer algo suyo aquí)

Más allá del excelente empleo del medio, el cómic de Watchmen (Allan Moore & Dave Gibbons, 1986) fue ampliamente acogido por los lectores de paquines por ser una de los primeros en trabajar otra perspectiva dentro del género de los superhéroes. Esta perspectiva, la cual dialoga a su modo con The Dark Knight Returns de Frank Miller, tomó la figura del superhéroe como un “super boyscout” (según el mismo Allan Moore) y la repensó desde una perspectiva posmoderna. Luego de Watchmen, resultó casi imposible trabajar un héroe incorruptible, moralmente perfecto y alucinantemente hermoso con superpoderes.

Quien primero inició una discusión seria e intelectual sobre la figura de Superman como representativo del mito del superhéroe desde el 1938, fecha en la que nació la tira cómica del superextraterrestre, fue Umberto Eco en su libro Apocalittici e integrati (Apocalípticos e integrados) para el 1965.

Eco trajo a discusión aquellos aspectos típicos de dicho superhéroe para demostrar cómo esta tirilla respondía a una cultura de masas. Tanto la época en la que se publicó (los 1930), el medio en que se publicó (periódico), y el público principal que lo consume (niños), iban a mantener a este héroe dentro de unos límites de naturaleza moral y mercantil. Ciertamente, Superman fue utilizado para subir la moral norteamericana durante la Segunda Guerra Mundial y el cómic como tal contenía una serie de aspectos que iban a buscar la simpatía y consumo de un público amplio en y fuera de Estados Unidos.

Por otro lado, Allan Moore se fue por la vía opuesta. Bajo el sello de la famosa compañía DC Comics, que irónicamente fue la que le dio vida a Superman, Moore y Gibbons publicaron una serie de 12 cómics en 1985 que trasgredió desde la forma en que colocó el título en la portada[1] hasta la psicología interna de cada uno de sus personajes.

La serie se desarrolla en el 1985, año en el que Estados Unidos se encuentra al borde de una guerra nuclear con la Unión Soviética. Luego de una época de oro, un grupo de vigilantes (hombres y mujeres enmascarados sin superpoderes) se les ha prohibido por ley brindar orden y justicia a su manera[2]. La historia comienza con el misterioso asesinato de El Comediante: uno de los únicos dos vigilantes cuya prohibición no les afectó a cambio de mantenerse activo trabajando para el gobierno. El segundo vigilante que no sufrió la prohibición fue Dr. Manhattan, el primer y único superhéroe en el mundo, quien curiosamente, es producto de un accidente de experimentos nucleares del gobierno norteamericano. Rorschach, ignorando las leyes de la prohibición, investiga la muerte de El Comediante e inspira el resurgir del movimiento vigilante, desencadenando una serie de eventos que desembocarán en la resolución del misterio y de la posible guerra. La historia está llena de simbolismos, temas sobre las relaciones de poder y la psicología. También demuestra un excelente e innovador manejo del medio del cómic, combinando un guión intelectual con unos recursos visuales únicos para el formato en que fue concebido.

Tomando en cuenta lo que discute Umberto Eco en 1965, discutamos pues los cambios que Watchmen trajo al mundo de los superhéroes en comparación con el superhéroe tipo “Superman” que fue y ha sido común por tanto tiempo.

Salvar la nación v. Salvar el mundo

Superman tiene el poder de un dios, poderes capaces de dominar un territorio a escala galáctica, pero se limita a salvar a Estados Unidos como si fuese su lugar natal (Smallville, U.S.A. versus Kripton) o el mundo como una provincia. Gran parte de la Tierra, al fin y al cabo, es defendida por él, pero el mundo le pertenece a aquellos que ya lo dominan. Y cuando Superman defiende al mundo, no hablamos de una protección general, sino de una defensa a favor de la propiedad privada. (Eco, 2003, p.253) Superman no defiende humanos, sino ciudadanos norteamericanos, y nunca se olvida que quien tiene la última palabra no es la gente, sino el dueño de esa gente: el gobierno.

En Watchmen, por su parte, hay de todo. Vemos a gente común con talentos increíbles que se visten y luchan contra el mal dentro de sus respectivos distritos o zonas. Al carecer de superpoderes, éstos encapuchados defenderán a la gente común de los males inmediatos que les aquejen. Ya organizados como un equipo (primero los Minutemen, luego los Watchmen) no sólo lograrán abarcar las catástrofes (fuegos, derrumbes, revueltas, etc.) y mantenerse controlando el crimen, sino que también intentarán involucrarse en una crisis que puede traer efectos a nivel mundial: la guerra nuclear entre Estados Unidos y la Unión Soviética.

Pero el gobierno estadounidense, presidido en el universo Watchmen por el reelegido Richard Nixon, en cierta manera reclama lo que es suyo (la gente) y prohíbe los vigilantes. Entonces notamos que la razón principal de los vigilantes para impartir el orden no nace de un vínculo con la política o el gobierno del país, sino con los ciudadanos. Los únicos que no sufrirán la prohibición, como ya se ha mencionado, y que contaron con el auspicio del gobierno por haber colaborado con él son El Comediante y Dr. Manhattan. Es interesante que el Dr. Manhattan, un superhéroe tan perfecto que ya no conoce la razón por la cual debe salvar a una raza tan mundana y frívola como los humanos, se haya mantenido sirviéndole a la nación americana, aún cuando lo único que lo obliga a estar en el planeta Tierra es una mujer.

El bien y el mal versus los tonos grises de la naturaleza humana

El bien en la serie de Superman no es sólo invencible sino que está presentado de manera clara: el bien es el status quo. A Superman no le interesa si Mao crea un desastre humanitario en China o si los negros y homosexuales sufren discrimen en la sociedad. Esos son temas que a él no le interesan originalmente, puesto que existe un mayor mal: el mal obvio e hiperbólico.

Los malos de la serie son seres tan carnavalescos en comportamiento y vestimenta como los mismos superamigos (Batman y Robin, Green Arrow, Flash, etc). Aún así, esto no evita que la Liga de la Justicia se meta en la Rusia soviética para llevar la democracia o vaya y le rompa la cara a Hitler[3].

La misión de los malos en Superman en sencilla y clara: conquistar al mundo, robarle a instituciones privadas como bancos y joyerías, o sencillamente hurtarle a una señora mayor su cartera. En cambio, la misión de los buenos en Watchmen es traer el bien al mundo entero, por medio del control y destrucción de ciertos elementos que no revelaré para que vayan y lean la novela.

En Watchmen no sólo vemos que el bien no siempre gana, sino que los malos pueden ser buenos si miramos el “bigger picture”. Los buenos pueden ser una amenaza catastrófica para el mundo, y los debiluchos que no saben cómo protegerse a sí mismo (el pueblo) pueden resultar ser una masa amorfa y letal capaz de llevar al mundo a una peor destrucción de lo que la llevaría Darkseid, Galactus o el calentamiento global.

Además, el bien y el mal es aún más difícil de ver cuando se consideran las complejas dimensiones de las psiquis de los vigilantes protagonistas de la serie. Sabemos que estos héroes encapuchados salen de noche y traen el bien a los habitantes de la ciudad, pero de seguro no queremos saber por qué lo están haciendo. Superman salva la nación porque inicialmente eso fue lo que le pidió su científico padre antes de la destrucción de su planeta natal y porque en su casa en Smallville le enseñaron a ser trabajador, humilde y bondadoso. Pero en Watchmen vemos fetiches, desórdenes sexuales, psicosis y traumas de la infancia como motivadores inconscientes para salir a combatir el crimen, convirtiendo a nuestros héroes en sociópatas y, peor aún, enemigos del Estado. ¿Se les podría perdonar todo esto por haber brindado un bien mayor a la sociedad?

La ciudad, por otro lado, es en sí un personaje malévolo. En ella se esconde los peores aspectos del ser humano y de una sociedad. Más que salvarla del crimen y el pecado, es como una incubadora de mugre espiritual, decadencia moral y libertinaje; un organismo asqueroso porque está perdido, corrompido, tomado, y lo que resta es protegerlo de una mayor decadencia.

A manera de conclusión

Allan Moore es claro en su comentario sobre el modelo Superman. Así lo hace ver en el fragmento que incluye de una autobiografía de uno de los vigilantes de la vieja escuela: el primer Night Owl. Hollis Mason, el hombre detrás del disfraz, se hace vigilante porque de buenas a primeras lo inspiró el primer cómic de Superman. Para él combatir el crimen era una necesidad, un impulso personal y un acto divertido. Esta visión contrasta con la nueva generación de vigilantes, protagonistas de la trama, que descuartizan toda noción simplona, categórica y mítica sobre el humano con relación al bien y el mal. Y la muerte de El Comediante, y la mancha de sangre en la cara feliz, es símbolo de la muerte del concepto antiguo del superhéroe.

Con el pasado análisis no se pretende menospreciar el género de superhéroes al estilo Superman ni sus parientes más evolucionados[4]. Pero no se puede olvidar que trabajos como Watchmen hicieron la diferencia en el tratamiento de los héroes, respondiendo a una actitud posmoderna de frustración ante el fracaso de los héroes reales (presidentes, gobernantes, líderes religiosos). Un excelente ejemplo de esta mirada es el mensaje que Allan Moore nos lleva con colocar a Nixon como el actual presidente en un Estados Unidos en los 1985, como si la corrupción hubiese triunfado en el caso de Watergate. Pero al final todo se concentra en la tan citada frase: Quis custodiet ipsos custodes (¿Quién vigila a los vigilantes?).


Notas:

[1] Contrario a lo que comúnmente se hacía, puso el título de forma vertical en el lado izquierdo del paquín.

[2] Keene Act de 1977: sólo los vigilantes auspiciados por el gobierno estadounidense pueden mantenerse activos. En la novela, fueron sólo dos: El Comediante y Dr. Manhattan.

[3] Esto ocurrió específicamente en el cómic del Capitán America en 1940, pero Superman peleó con la potencia Nazi y hasta intentó unirse al ejército estadounidense; irónicamente, no pudo entrar porque sin querer no pasó su examen de la vista: con su visión láser leyó la pancarta de letras del salón de atrás. (Pilcher & Brooks, 2005, p.24).

[4] Como lo veremos con Spider-Man (Marvel Comics) en los 1960, donde se trabaja por primera vez el superhéroe que no sólo lucha contra el mal de los villanos, sino contra el mal de los amoríos, la universidad y el trabajo.

lunes, 17 de marzo de 2008

La insoportable sobriedad de Jefté

Vístase de verde y blanco para escapar al álbum de sus pensamientos y emociones. No tome píldoras ni mucho menos se endrogue: este viaje con escalas no reseca la boca.

Jefté

Lo conozco hace 10 años y sólo hace uno descubrí que se llama Jefté. Nunca pensé que entre su primer nombre y apellido había un personaje bíblico. (Tampoco invoque religiones ni teorías creacionistas ni nihilistas: respire hondo porque para volar no hace falta Red Bull). Jefté lo llamaban en Radio Universidad, en la biblioteca de CoPu, en el estudio de filmación y yo insistía en llamarle Luis, Luillo, Lacourt. La cancha en francés y lo suyo era pista y campo en la high. No busque el arrebato ni llame a Kundera por plagio: lo insoportable es muchas veces lo desconocido y la gran mentira de creerse rebelde en un mundo que regula hasta lo ilegal.

Jefté no chupa de la teta del cliché. Chupa más bien de una taza de cerveza vacía, de una pipa de crack desprovista de su piedrita, de un porro huérfano y con sabor a polvo. Jefté vive de sus profecías instantáneas, del rubor que causa el relampagueo entre las manos de dos extraños que se gustan, de la posibilidad -casi inasible- de ser más humano sin recurrir al exilio de la indiferencia, de la apatía, del enojo. Jefté es quizás el mesías del pueblo abandonado por Yuquiyú.

Yo creo en Jefté porque aparece en fotos a las que no ha sido invitado. Porque en él las patillas adquieren sutileza de notas musicales sin él ser músico; porque me causa una inexplicable euforia de señalar al fotógrafo en ese preciso instante en que Sérgio Méndes amenizaba la fresca noche bayamonesa. Creo en Jefté porque mi tía lo catalogó de esquizofrénico cuando en él las apariencias son un teatro, una farsa que se abre camino con las artes marciales del anime.

Dile no al lugar común y sí a las patillas de Jefté.

-Pues sí, -me cuenta Jefté con su mirada depositada en el fondo de su vaso de agua- me gustan los Oldies y Dick Clark es mi Dios y Kurosawa está sentado a su derecha.


"Hacia el oeste, les digo, allí Elvis vive todavía ".

La velada se transformó para recibir a Nino Bravo y ABBA. Después más favoritos de Dick Clark gracias a los LP's de mi papá. No bailamos porque Jefté consumió la acción toda. El rumor de los cuchicheos se escuchaba a mis espaldas: eran mis invitados que no paraban de preguntarse "¿y quién es este amigo de Ponce? No estudia en Derecho, ¿verdad?".

"La pornografía nunca es buena, mata el alma y la envenena".


>No, no estudia Derecho porque cree en las sagradas escrituras del cómic

>Jefté, serás mi asesor literario, pero yo sé más de Carmen Luvana que tú de Kurosawa.


La piñata de cumpleaños nunca bajó y el único cartón que se quebró fue el de la leche FoodClub con que nos comimos el bizcocho de chocolate de Kirkland Signature. Ya no hay una fiesta sin productos comprados en Costco: la homogenización de la globalización llama a medidas urgentes, a actuaciones desesperadas, a evitar el capeo de todos los días y a vernos de frente sin necesidad de un espejo. La tendencia es ya un regreso a los productos auténticos, a la reinterpretación de lo tradicional, al esfuerzo por retomar lo original: al Kabuki sin maquillaje.

La catarsis de la globalización.

viernes, 21 de septiembre de 2007

"L'avocat de la terreur"

Me tropecé con el blog de un (¿o una?) periodista de Colombia que vive en Francia. Lo cierto es que todavía no sé el nombre del autor pero tiene apuntes y notas que tratan sobre la sociología en Colombia, Hispanoamérica y Europa en todos los campos que se encuentre que son, pues, en todos. Muy acertadamente su blog se llama Sociología para novatos.

Mi investigación del nombre de esta persona se detuvo cuando leí la nota que se refiere a un documental dirigido por Barbet Schroeder y que figuró en la selección oficial del Festival de Cannes de este año. El nombre del documental es el título de esta entrada y puede ser (todavía no la he visto, pero la crítica así lo ha planteado) una de las mejores películas que presente cómo un idealista anti-colonial (en este caso un abogado) se pudo convertir en el defensor de terroristas y dictadores. Este abogado es Jacques Vergès y su rostro además de desafiante y altivo tiene la fría expresión de la amoralidad.

Vea el rostro de Vergès.

Avance del documental:



Les avisaré si consigo la peli en The Video Place, en Levittown, donde, usualmente, encuentras lo imposible.

La tribu errante