Pere Ordóñez, Feria del Libro, Madrid, julio de 1994. Antaño los escritores de España (y de Hispanoamérica) entraban en el ruedo público para transgredirlo, para reformarlo, para quemarlo, para revolucionarlo. Los escritores de España (y de Hispanoamérica) procedían generalmente de familias acomodadas, familias asentadas o de una cierta posición, y al tomar ellos la pluma se volvían o se revolvían contra esa posición: escribir era renunciar, era renegar, a veces era suicidarse. Era ir contra la familia. Hoy los escritores de España (y de Hispanoamérica) proceden en número cada vez más alarmante de familias de clase baja, del proletariado y del lumpenproletariado, y su ejercicio más usual de la escritura es una forma de escalar posiciones en la pirámide social, una forma de asentarse cuidándose mucho de no transgredir nada. No digo que no sean cultos. Son tan cultos como los de antes. O casi. No digo que no sean trabajadores. ¡Son mucho más trabajadores que los de antes! Pero son, también, mucho más vulgares. Y se comportan como empresarios o como gángsters. Y no reniegan de nada o sólo reniegan de lo que se puede renegar y se cuidan mucho de no crearse enemigos o de escoger a éstos entre los más inermes. No se suicidan por una idea sino por locura y rabia. Las puertas, implacablemente, se les abren de par en par. Y así la literatura va como va. Todo lo que empieza como comedia acaba indefectiblemente como comedia.
"...[E]l vacío de la casa se les presentaba como un animal dispuesto a tragarse cualquier sonido..." La tribu existe para combatir ese vacío y preservar los sonidos.
jueves, 20 de mayo de 2010
martes, 18 de mayo de 2010
Las cuerdas de la huelga
martes, 4 de mayo de 2010
El cuarto de los souvenirs
De Buenos Aires me llega un tranvía lleno de parques con monumentos de los héroes nacionales grafitados por jóvenes que todavía tienen las ansias de ser revolucionarios. Volando desde Machu Picchu aterriza Túpac Andina con un collar de hojas de coca y otro de gotas de lluvia. Desde Uruguay, arena de las playas de Maldonado en un sobre que debía contener la última postal que me escribirían.
Así, desde el sur, se me van amontonando en mi cuarto todos estos recuerdos.
De Lima, un concentrado del diesel de las combis que infestan sus calles y, en un frasco, un poco de vapor del Mar de Grau. De Arequipa el micrófono de un kareoke y el suéter de un amigo. De Montevideo, una milésima de segundo de todo el sexo que tuve por el sur se guarda gravada en las ranuras de un disco de pasta que logré reproducir gracias a la generosa aportación del Museo de la Palabra (o más bien, ¿fueron los poemas de Benedetti los que pedí que me grabaran para llevármelos conmigo ante mis intentos infructuosos de encontrármelo en la ciudad?). Luego el poeta murió, quizás (muy probablemente) luego de yo romperle el corazón a alguien por segunda vez.
De Chile, un cielo más estrellado que mi carrera contra el tiempo y el gris terrible de sus pueblos meridionales, tal y como imagino mi cerebro cuando solía escribir postales al viento y (para qué posponerlo, ¿no?) al amor.
Y en Puerto Rico me queda todavía por guardar una isla más grande que esta Isla; no encuentro dónde ponerla y no quiero correr el riesgo que se vuelva a quemar o a traspapelarse entre las olas del mar.
sábado, 24 de abril de 2010
A, C, D, E y F (de una serie que sigue sin titular)
Me fui del país por medio año para medio olvidar mis miedos y errores. Soy, de verdad, un fiasco envuelto en angustias e ilusiones. Camino, por ejemplo, y me creo que una pluma traza la dirección de mis pasos. Pasos que a pesar de mis viajes, me han vuelto a dirigir hacia los pies de A. y a su cruda realidad llena de estrepitosas carnes y olores prohibidos. Sobre éstos --aunque parezca imposible-- escribo los versos más cortos y las intenciones más largas.
Soy un personaje de novela (me digo), de historia (otros me dicen), porque me creo las mentiras que yo mismo plasmo sobre el papel que me ha regalado (A. me dice que solamente prestado) mi autor.
B (haga click sobre la letra)
C
Hay una paloma que vuela sobre el instante en que Hiram le cuelga a Sofía. Hemos terminado, le dijo. ¿En serio, eso quieres? Sí. Y ese sí estuvo acompañado de toda la felicidad del mundo. Sí y el sonido opaco del fin de una llamada.
Hiram camina confiado sobre el precipio que su voz ha creado. Le quedan A., Vanessa, Raquel y Marcos. Volverán a los bares de antes, a las mañanas frente a la mesa emplegostada del cuarto en la San Justo con la Sol, a los desayunos almorzados en La Bombonera junto al pastelillo que irradia una combustión interna de guayaba angelical que siempre comparte con A. en los bancos de la Plaza de Armas mientras tratan de ver a la sombra de Santini asomarse como una nube negra (sé que es su sombra, dice A., cuando me caga una paloma en la falda) entre los arcos de la Alcaldía.
Los adoquines se ven resbalosos gracias al sudor que le sale por las axilas, que se le derrama por el cuello cuando imagina la ilusión de tirar su celular por el foso de El Morro y sentarse a esperar a Vanessa y su inescapable pecho de sirena (alguna vez fui sirena, o algo así dijo cuando terminó de leerse una novela de Mayra Santos).
Raquel y sus maravillosas manos de mantequilla que moldean su espalda luego de conjugar los verbos más mojados entre las sábanas del cuartito un poquito más arriba en la Tanca, casi llegando a la Norzagaray. Hiram ve el mar justo cuando sale del edificio y va hacia el auto donde Marcos lo espera: has regresado a lo que tanto querías escapar. Antes de responderle, ya en el interior del carro, ¡plat!, se estrella una caca de paloma contra el parabrisas (Santini sí estuvo hoy en San Juan, piensa que le dirá a A., y no sólo caga faldas) . Entonces Hiram se cuadra frente al rostro trigueño de Marcos y le responde: he vuelto a no pensar en el después.
D
Cuando regreso de mis viajes a la vieja ciudad, me siento que le pertenezco más a pesar de que las otras ciudades en las que he habitado hayan construido sobre los cimientos de los recuerdos de mi infancia. Poseo una acumulación de varilla, bloques y cemento considerable que incide en la intrépida lejanía de mis pasos sobre los adoquines, en la manera en que me apoyo en los bancos y las columnas de las casas. Siento que existen comienzos que nunca logran iniciar nuevos caminos por el miedo a negociar la comodidad. Hoy, ante mí, no hay uno de esos: gracias a Dios por los largos años que me han dejado un corazón de cal y unos labios de gravilla.
E
Volvió a sentir el olor a garrapiñada. De inmediato dejó la lectura y sin levantarse del asiento voló en dirección hacia ese dulce perfume y cayó en la crispada camisa azul de una empleada pública como públicas eran las ferias de los sábados en la Plaza del Congreso o en Recoleta. Ese aroma, Buenos Aires, esperando en la fila de los cines, paseándose por las esquinas de Corrientes mientras se le antojaba comprar el libro que no le cabría en la maleta. Respiraba el olor a azúcar tostada, sabiendo que en el allí y ahora era sólo un perfume barato, pero no importaba, se tragaba ese olor aunque, a través de las ventanas del tren elevado, veía la colección de edificios que se sucedían con un glamour tímido, como si reconocieran que a pesar de las luces y los cristales continuaban siendo, en su conjunto, una raquítica copia de Manhattan en el Caribe.
Pero otra cosa también le era evidente: si bien la ciudad había cambiado mucho, él lo había hecho más.
F
El Atlántico Austral se barre levemente sobre la arena. Brisa y espuma, las huellas se borran y por aquí --el mar siempre es cómplice-- nadie ha pasado.
Arena que se convierte en lindos y pequeños montones mullidos donde el bañista tira su toalla y se apresta a leer Caracol Beach. Montones que en cuestión de más vientos marinos van formando una, dos, tres, quince, veinte, cien dunas a lo largo de la costa. Ahora, antes que se divisen los arbustos, se ve una humilde capa de vegetación cubriéndolas, y hacia el oeste se abre --en cámara lenta-- la desembocadura de un riachuelo.
Uno que otro árbol ha intentado levantarse frente a la playa, allegado al rústico camino por donde pasan bicicletas, pequeñas motocicletas y los pies de cientos de bañistas que llegan a mediados de diciembre y no se van hasta principios de marzo. El más grande de los árboles frente a la senda lleva años petrificado. Continúa, eso sí, imponentemente alzado sobre el horizonte. Detrás de él, a varios metros, se divisan unas seis villas. Es desde una de ellas que busco, como referencia, las ramas alzadas en forma de 'v' de aquel gigante que me indican hacia dónde queda lo que he abandonado.
domingo, 4 de abril de 2010
La insondable planicie de los mundos pequeños
lunes, 15 de marzo de 2010
Higos secos
La obra de esta noche, ¿valió la pena? La adaptación del texto de Baronni, ¿alcanzó al público? ¿Logró esa empatía tan necesaria para que sea exitosa? Lo empiezas, a ver cómo… ¿Así?:
Esta vez los aplausos y las ovaciones del público no confundieron a su crítico porque, en efecto, esta adaptación de la pieza de Baronni estuvo magistralmente incorporada a nuestra realidad.
Esto de las críticas es como un maldito cuento, hay que empezar con fuerza para que atraiga al lector nuestro de cada día. Debes saber hacia dónde vas, el mensaje, de que si la obra fue buena o mala, para que el pueblo, las masas, vayan a verla o la ignoren; para que las compañías se hagan ricas o se les margine en la desgracia y, lo que es peor, en la mediocridad. Tener una opinión nunca ha sido fácil, pero se complica cuando hay trabajos de por medio y periódicos no sólo dispuestos a recompensarte, sino ávidos de saber qué haces y por dónde andas (siempre descubres frente a tu habitación ejemplares de los diarios que publican tu columna, no importa la ciudad en que te encuentres). Y, por supuesto, todo se convierte en un experimento melodramático y de vodevil cuando mezclas el trabajo con las ganas atrasadas de ver a alguien que hace cinco años no ves…
Coño, te van a dar las tres de la madrugada y en par de horas necesitan tu texto. Esta vez no podrás cumplir, será imposible porque no puedes irte sin haber hablado con ella. «Catalina Dumont», lee el programa de esta noche. «Catalina», repites no una, ni dos, ni tres veces. Repites su nombre, aunque sea en silencio, un millar de veces. Dices su nombre aunque tu boca esté ocupada con el sabor perfumado y sutil del higo. El higo, esa fruta antiquísima. Si los humanos no la hubiesen domesticado, leíste en algún sitio, la higuera no hubiera llegado hasta nuestros días, se hubiese extinguido hace milenios. A Bayoán llegan secos desde Éfeso, cuando el azúcar de sus entrañas está a unos días de cristalizarse por completo. El olor de los frutos es apacible y cada vez que los hueles te traen memorias de tus años en Marruecos y el Sahara Occidental, donde perseguías a tribus beduinas para fotografiarlas y recordar esos años universitarios cuando estudiabas a las sociedades nómadas. Llegaste a Fez por Rabat, continuaste a Marrakech y luego te iniciaste en el Sahara al bajar los Atlas por Warzāzāt, «la puerta del desierto», y ciento setenta kilómetros después te perdiste con tus beduinos en el Valle del Dades. Y ahora, admítelo, la has perseguido hasta aquí con la excusa de escribir una crítica para «Acto Teatral», tu columna.
La obra mereció representarse en los escenarios y esta vez los aplausos y las ovaciones del público coincidieron con la opinión de su crítico porque, en efecto, esta adaptación de la pieza de Baronni estuvo magistralmente incorporada a nuestra historia.
La Dumont logró un personaje auténtico, lacerado e incrustado de esos feos elementos que hacen de un secuestro –y de la vida misma– un viaje tortuoso. Sus pasos certeros en las tablas parecían ir acoplados a la música del compositor uruguayo Zignetti. Su figura, vilmente descubierta por los orificios de sus rasgadas vestimentas, me impedía retirar los ojos de sus caderas, de su suave espalda. Era todo un montaje erótico-morboso escenificado a la perfección. Cuando la Dumont monologaba, te sentías a solas con ella. Cuando la Dumont gritaba y forcejeaba con sus captores, el público contenía su emoción en un silencio intenso. Cuando la Dumont lloraba, nosotros, todos infelices, procurábamos rápidamente aquel pañuelo en el bolsillo lateral de nuestros sacos que creíamos extraviado.
El director acert...
El timbre del teléfono interrumpe tu escritura. Lo dejas sonar varias veces (tienes que darte tiempo a tragar el higo y así hablar con más claridad). Levantas el auricular. Es la voz de la Dumont. «Nos tenemos que ver ahora», exige, pero todavía no comprendes cómo dio contigo. Entonces, eso sí, muy idiota le respondes, «tengo que acabar mi crítica, son un cuarto para las tres y…». «No me importa», interrumpe y seguidamente escuchas su insulto favorito: «No seas huevón y encuéntrame frente al teatro... Y, ah, no olvides tus higos.» Eludes el sonido de un teléfono enganchado, apurando a colgar primero.
Guardas el trabajo, escondes la computadora en la ducha del baño porque no se puede confiar en la supuesta seguridad de estos hostales, y tomas la casaca de piel de avestruz que compraste en una ciudad blanca de los Atlas. Al salir del cuarto te detienes: caes en cuenta que olvidabas los higos secos. Vuelves a entrar. Coges la bolsa de plástico, la doblas de la mejor manera que se te ocurre y te la metes en el bolsillo lateral de la casaca, dándole así compañía al pañuelo todavía húmedo de tus lágrimas.
Afuera se respira bien: la madrugada está límpida. Caminas las siete cuadras que hay entre el hostal y el teatro, y piensas en una sola cosa: la última vez que viste a Catalina hace cinco años. Lo piensas tanto que empiezas a reírte y a recostarte en los postes del alumbrado para sentir que realmente caminas por las calles en busca de su respuesta. Cinco años sin verla y la mayoría de ellos los pasaste en el Norte de África, su tierra.
Ella tiene su versión de cuando se conocieron. Pero tú siempre le insistías que fue una noche de fiesta en casa de Raúl, cuando en aquel entonces (en el que todos eran estudiantes de último año de universidad) se inauguraba el festival de Teatro Metropolitano con «La psicosis aguda» y él había invitado a todo el elenco y técnicos de su obra a celebrar el éxito de la apertura. Catalina obtuvo un papel secundario, pero esa noche era el foco de tu atención: la piel de un intenso color cobrizo, rasgos misteriosos, ojos almendrados oscuros, el pelo castaño, largo y rizado que, de alguna manera para ti desconocida, hacía resaltar los elaborados aretes que pendían de sus orejas. De mil cosas diferentes pudieron estar hablando aquella noche de vientos plácidos, pero de lo que no te olvidaste fue de cuando ella te dijo que había nacido en Marruecos y, aunque hacía mucho que no visitaba su tierra, rara vez faltaban higos secos en su casa.
Precisamente de Marruecos hablaron aquella última vez cuando se sentaron a tomar una taza de café. Habían acabado la universidad y le hablabas sobre el Valle del Dades:
–El país de las mil kasbahs –te aclaró.
–No, el país de los higos –contestaste y al instante–: Acompáñame, Catalina, vámonos… ¿Qué dices? –le sonreías, le afirmabas que ya tenías todo planeado gracias a su papá, que ya tenías la ruta hecha, tú, que nunca habías estado en el África. Tú, que la única relación que tenías con ese mundo era por tu novia marroquí y unas clases sobre los beduinos del Sahara que tomaste para descansar de tu currículo de la facultad de drama.
Le sobrecogió un largo silencio y entonces aprovechaste la ocasión que creías te había dado, como dicen, el destino. Le dijiste lo que te has pasado repitiendo cada día por estos últimos cinco años. Hiciste la pregunta a la que hoy, esperas, recibirás respuesta.
Catalina frente al teatro fuma un cigarrillo. Sus pies, que estuvieron desnudos durante la obra, están ahora cubiertos con unos zapatos oscuros y bajos. Lleva puesta una casaca con el nombre de su más reciente proyecto bordado en el pecho. Te acercas más y es entonces cuando te reconoce.
–¡Ah, el crítico teatral! –te saluda.
–La actriz pródiga –respondes para recordarle estos años de ausencia.
–Es el único momento que tengo para hablarte… Mañana te vas, ¿no? –dice exhalando lentamente el humo del cigarrillo.
–Sabías que no me iría sin verte –le aseguras y rápido añades tratando de mirarla a los ojos–: Tenemos cosas que hablar.
Cuando Catalina sonríe retomas la inocencia perdida. Cuando Catalina sonríe y te mira, sabes que has presenciado algo sutil pero a la vez estremecedor. Cuando Catalina sonríe y te mira porque ha reconocido ese timbre delator en tu voz, te das cuenta de que el paso de los años no cambia a las personas que verdaderamente amas. Apagando el cigarrillo en la pared donde está recostada, te pregunta sobre los higos secos:
–¿No los olvidaste? –pícara, suave y hábil te pregunta.
Los higos secos y la Catalina. Sabías muy bien la razón por la cual no has parado de comerlos desde que la conociste. Sacas la bolsa de tu casaca y ella aprueba.
–Son turcos, no son tan buenos como los del Valle del Dades –dices.
–El país de los higos.
–No, el país de las mil kasbahs –la corriges y ella sonríe, mientras trata de arrebatarte la bolsa de higos–: ¡Ah, ah, no tan rápido! –la esquivas y al toque le preguntas a dónde podrían ir a tomarse el providencial café.
–¿Vamos al camerino?
***
En el autobús de regreso a la cotidianidad de Pinta Negra, la gran metrópolis de Bayoán, a unos noventa kilómetros al norte del teatro donde concluí todo con la Dumont:
Entramos al teatro, pero nunca a su camerino. En el pasillo hacia los tras bastidores, nos fijamos en el servidor automático de café y ella optó por sentarse en un banco que se encontraba justo al lado. No entramos porque el momento así lo ameritaba. A las cinco salí del teatro ofuscado, no sólo porque era la primera vez que fallaba en la entrega de mi artículo, pero por mi pueril idiotez de no olvidar lo que obligatoriamente hay que olvidar. Sabía que iba a acabar así. Lo sabía desde que fui a comprar la bolsa de higos secos en uno de los mercados del centro de la ciudad luego de haber comprado mi entrada. Luego de haber leído hace dos meses, cuando regresé, que Catalina Dumont interpretaría a la secuestrada. Y ella también sabía que iba a ser así. Por eso le insistió a mi editor que le consiguiera el número del hostal donde me hospedaba en esa ciudad, refugiada del salitre del mar y bendecida por la sombra de sus centenarios árboles.
Esa fue su última muestra de consideración para decirme que su respuesta a mi proposición de hace cinco años había caducado al no saber mi paradero. Había sido el instante de mi vida en el que su silencio me hizo volcarme al Sahara para reencontrarme con mis tribus beduinas.
«Había caducado», te pasas repitiendo la sentencia de Catalina durante el transcurso del viaje. «Había caducado», te dices mientras el perfume de los higos, que emana de la bolsa vacía en el bolsillo de tu casaca, te recuerda el pañuelo, ahora perdido para siempre, cuando se lo ofreciste a los ojos de la Dumont.
jueves, 25 de febrero de 2010
Compás 2/4, tambor, guitarra y yo (y otras cosas más que se pueden encontrar en la selva)
''Yo dedicando soy malo, pero sin buscarlo salgo premiado. Siempre encuentra el que menos busca'', creo que alguna vez llegué a escribir en la pared de un bar. Recién me había encontrado de frente con las letras de Chico Che en una loable canción dedicada a su saxofonista Eugenio Flores cuando perdió su saxo justo antes de la presentación del grupo. Había pasado una mala noche y en vez de hacer una locura escribí eso. Una nota anónima en un millón, es cierto, pero una trasgresión igual. Como cuando la cumbia me fue seduciendo gracias a mis viajes a Iquitos. Aún los pies se me traban, aún me río con los saltitos, pero mi mente toma caminos desconocidos cuando la escucho. Chico Che un grande de la cumbia mexicana. Lo vine a escuchar ya tiempo después; sus letras son aptas para las paredes y así hice más de una vez. Pero antes, mucho tiempo antes, en mi escasa y condensada cronología de años llegó Wilindoro Cacique. Aprendí que de la selva a la tragedia hay un corto paso. La cumbia proporciona el balance entre estos extremos, matizando la selva con un prolongado intermedio de vacilón. En la tierra donde es difícil predecir cuándo el río subirá o qué mordida echará a perder lo que tienes de vida, la cumbia es agua de vida, respiro de un casi ahogado. Y la cumbia de Wilindoro no es para vertirla sobre paredes, mesas, ni mucho menos puertas de baños. Wilindoro y su ay, ay, ay rescata a cualquiera del marasmo de la cibertrofia y nos hace valorar aquellas pequeñas tiernas cosas que nos hacen humanos. Como un baile rico sobre la pista blanca. Como bailar cumbia sin pisar los pies. De seguir explorando lo extraño, pero ir también reinventando lo hartamente conocido.
sábado, 2 de enero de 2010
Ver las cosas de cerca
Detrás de la foto no hay fecha escrita ni comentarios, pero todo es tan 1987. Las ventanas Miami blanquísimas, el modelo de la licuadora espiando detrás de la que tiene jeans y camisa a rayas, la pollina de la del traje amarillo, el desgaste mismo de los colores de la fotografía, los dedos ensortijados de la única que no lleva maquillaje y me mira como si recordara ese año tanto como yo. Lo cierto es que ahora, por toparme con este álbum, un escurridizo recuerdo empieza a latir en mi memoria. Una de las sortijas de la desmaquillada fue un regalo mío; la foto, ya me acuerdo, la tomó su hermano, Víctor. Yo no estaba en esa reunión, una pena porque la madre de ambos preparaba un arroz con salchicha salvaje; eso fue, seguramente, lo que comieron. Todas tenían entre 16, 17 años.
Pasaba mucho tiempo con Víctor, no sólo por ser compañeros de universidad y luego de trabajo, sino porque la inmesurable pequeñez de su hermana, con esos ojos penetrantes negros y dedos cortos, como palitos que necesitaban de una mano grande para recogerlos y así evitar que se derramaran por el suelo, me causaba el siguiente padecimiento: perderme en la novedosa zona de un deseo desconocido.
O quizás prohibido, porque la hermana de Víctor crecía en mi cuerpo de casi treinta años y yo crecía dentro del de Víctor de apenas unos veintitantos. Fuimos buenos amigos, Víctor y yo. Y por el lado la inasible hermana suya transplantaba noviecitos con el afán de un horticultor. A mis años yo no sufría por esto ni por imaginármela en labios de otros, más bien aprovechaba cualquier encuentro con ella para afanarle un lindo cumplido y así, en la próxima vez, darle una cadenita, una diadema, una pulserita o esa sortijita que me mira desde la foto de aquel año 87.
Al Víctor lo dejaba en sus cosas. Salíamos, nos divertíamos y yo no perdía la ocasión para preguntarle de su hermanita, de sus clases, de si ya la dejaban salir hasta tarde. Una noche dejé que me abrazara más de lo normal porque en su camisa la olía a ella, notaba el detergente de ropa que inundaba maravillosamente cada prenda que se lavaba en su casa con una fragancia de flores. Empecé a olerlo profundamente cuando se me pegaba al cuerpo y notaba como sus latidos subían el volumen de sus extremidades. Le preguntaba todavía de los planes de la unviersidad de ella, de su carrera, y cómo es posible que quiera ser ingeniero, es tremenda carrera y en nuestro país no hay muchas, pondrá el nombre de las mujeres en alto. Inclusive, luego de habernos besado, Víctor y yo, de habérnoslo dado en público, en el club al que siempre lo acompañaba y no haber sentido ningún tipo de asco como alguna vez pensé, tuve la casi increíble suerte de, días después, acompañar a su hermana a una diligencia que tenía que cumplir. Entonces pude ver en sus negros ojos el para nada insondable destello de la picardía. Esa tarde ella nunca cumplió con lo que tenía que hacer. Horas después ambos le explicamos a su familia y a Víctor que nos habíamos perdido y que para colmo, una patrulla nos había detenido y que luego del llanto incontrolable de ella, nos había dejado ir sin ningún boleto.
A los dos días ella salió hacia el extranjero. Al principio me asusté y pensé que ella habría divulgado los sucesos de esa tarde en la que finalmente pude aguantarle de un sinnúmero de posturas los menudos dedos de su mano y que por eso sus padres encolerizados la habrían castigado con un pasaje de ida y no de vuelta. Inclusive esperé a que Víctor llegara con la intención de provocarme algún daño, pero en su lugar hicimos el amor casi tan rico como se lo hice a su hermana.
A veces uno se imagina y hasta cree que la vida puede tomar giros telenovelescos, pero no. Lo que si sucede al ver las cosas de cerca es la contraindicación siguiente: detener los quehaceres de un sábado de principios de año, sentarse frente a un álbum, y tomar finalmente conciencia que las vidas pasadas no guardan eternamente el silencio.
sábado, 5 de diciembre de 2009
Ver las cosas desde lejos
miércoles, 25 de noviembre de 2009
La maravillosa ternura del pavo
Nuevamente al año siguiente, entre los árboles de manzana sin hojas, los caminos congelados y el frígido aire que me succionaba el calor del cuerpo en Upstate New York, me ideaba otros poemas y soñaba con otra chica. Esto se convertía en mi razón definitiva para fijarme en los detalles de Emily, en su ropa, sus cuidados, en lo que me respondía para así aplicar mis nuevos conocimientos en las muchachas de turno; de concentrarme en entender las letras de las canciones de Navidad que Rich -el papá de Emily- ponía en la sala antes de la cena. Frank Sinatra descompuso de tal manera mis recuerdos pasados sobre esta época, que luego del fin de mis estadías en Syracuse, todavía me veía sentado frente a la chimenea de la sala de Emily, intentando memorizarme las letras de Ol' Blue Eyes. Alguna vez le llegué a explicar a Rich mis apasionamientos y él me animaba en ellos, a la vez que me servía otroapéritif y nos disponíamos a esperar el banquete de la velada.
Lo curioso es que años después me encontraba a esas muchachas que les había escrito y hasta algunas accedían a un café y a una conversación. Todas muy bien con sus vidas-trabajos-novios/esposos-éxitos. En esos pocos minutos en que lograba atisbar las formas de sus cuerpos bajo los ropajes o la sonrisa que me ofrecían al pasarle un sobrecito de azúcar, redescubría las razones de mi atracción por ellas: el lunar en el cachete de una; la forma tan cómica con que otra todavía me hablaba mientras se devoraba una galleta; el espectáculo de sus dedos al aguantar la taza de café; su manera de responder el móvil, pagarme el café e irse apresuradamente (porque también hay formas de ausencia que ciertas personas vuelven únicas).
De las siete u ocho chicas que he vuelto a ver, sólo una mostró interés y en esa ocasión rápido me increpó sobre mi estilo literario, de porqué sigues en esta ciudad si aquí no vas a encontrar oportunidades. Sal, mijo, tienes que irte de aquí, ¿o es que todavía no te has dado cuenta que esto es una tumba de ideas nuevas?
Entonces ella se acordó de una tarjeta que le di en las Navidades del 2002: todavía la guardo aunque no me creas. Ya sabía por donde iba la cosa y me sonreí con ella aunque en ese instante no recordaba las palabras exactas que le había dirigido, un gran descuido de mi parte ya que de lo único que suelo acordarme es de las cosas que escribo. Seguimos hablando en el café con el ímpetu del que deshoja una alcachofa y admito que no sólo empecé a sudar debajo de mi suéter, sino que inclusive acerqué más la silla a sus muslos y traté de buscarle sin recato sus ojos verdes, ignorando por completo el anillo de matrimonio que llevaba en esa linda mano que ya comenzaba a dibujar garabatitos en la servilleta (yo sudando y ella garabateando, ¿acaso no estábamos bastante viejos ya como para controlar el nerviosismo?). ¿En realidad fue una tarjeta de Navidad? Pues si quieres te la muestro.
La distancia entre el café y su apartamento no fue mucha, pero menos fue entre la puerta y la isla de la cocina donde nos comimos muy lentamente esa pequeño corazón de alcachofa que palpitaba dentro de nosotros. El instante en que le mordí su dedo anular ensortijado fue como escribir una nueva oración de mi siempre inconclusa novela: el poder metafórico que se disparó en mí al intentar estropear con mis dientes ese gran símbolo de la familia perfecta logró que finalmente nevara sobre la ciudad temporal que habíamos edificado sobre la isla rústica de madera, sustituyendo de un porrazo los lindos frutos otoñales de plástico que hacían juego con la decoración del apartamento y que ahora permanecían regados en el suelo.