martes, 4 de mayo de 2010

El cuarto de los souvenirs

De Buenos Aires me llega un tranvía lleno de parques con monumentos de los héroes nacionales grafitados por jóvenes que todavía tienen las ansias de ser revolucionarios. Volando desde Machu Picchu aterriza Túpac Andina con un collar de hojas de coca y otro de gotas de lluvia. Desde Uruguay, arena de las playas de Maldonado en un sobre que debía contener la última postal que me escribirían.


Así, desde el sur, se me van amontonando en mi cuarto todos estos recuerdos.


De Lima, un concentrado del diesel de las combis que infestan sus calles y, en un frasco, un poco de vapor del Mar de Grau. De Arequipa el micrófono de un kareoke y el suéter de un amigo. De Montevideo, una milésima de segundo de todo el sexo que tuve por el sur se guarda gravada en las ranuras de un disco de pasta que logré reproducir gracias a la generosa aportación del Museo de la Palabra (o más bien, ¿fueron los poemas de Benedetti los que pedí que me grabaran para llevármelos conmigo ante mis intentos infructuosos de encontrármelo en la ciudad?). Luego el poeta murió, quizás (muy probablemente) luego de yo romperle el corazón a alguien por segunda vez.


De Chile, un cielo más estrellado que mi carrera contra el tiempo y el gris terrible de sus pueblos meridionales, tal y como imagino mi cerebro cuando solía escribir postales al viento y (para qué posponerlo, ¿no?) al amor.


Y en Puerto Rico me queda todavía por guardar una isla más grande que esta Isla; no encuentro dónde ponerla y no quiero correr el riesgo que se vuelva a quemar o a traspapelarse entre las olas del mar.

sábado, 24 de abril de 2010

A, C, D, E y F (de una serie que sigue sin titular)

A

Me fui del país por medio año para medio olvidar mis miedos y errores. Soy, de verdad, un fiasco envuelto en angustias e ilusiones. Camino, por ejemplo, y me creo que una pluma traza la dirección de mis pasos. Pasos que a pesar de mis viajes, me han vuelto a dirigir hacia los pies de A. y a su cruda realidad llena de estrepitosas carnes y olores prohibidos. Sobre éstos --aunque parezca imposible-- escribo los versos más cortos y las intenciones más largas.

Soy un personaje de novela (me digo), de historia (otros me dicen), porque me creo las mentiras que yo mismo plasmo sobre el papel que me ha regalado (A. me dice que solamente prestado) mi autor.

B (haga click sobre la letra)

C

Hay una paloma que vuela sobre el instante en que Hiram le cuelga a Sofía. Hemos terminado, le dijo. ¿En serio, eso quieres? Sí. Y ese sí estuvo acompañado de toda la felicidad del mundo. Sí y el sonido opaco del fin de una llamada.

Hiram camina confiado sobre el precipio que su voz ha creado. Le quedan A., Vanessa, Raquel y Marcos. Volverán a los bares de antes, a las mañanas frente a la mesa emplegostada del cuarto en la San Justo con la Sol, a los desayunos almorzados en La Bombonera junto al pastelillo que irradia una combustión interna de guayaba angelical que siempre comparte con A. en los bancos de la Plaza de Armas mientras tratan de ver a la sombra de Santini asomarse como una nube negra (sé que es su sombra, dice A., cuando me caga una paloma en la falda) entre los arcos de la Alcaldía.

Los adoquines se ven resbalosos gracias al sudor que le sale por las axilas, que se le derrama por el cuello cuando imagina la ilusión de tirar su celular por el foso de El Morro y sentarse a esperar a Vanessa y su inescapable pecho de sirena (alguna vez fui sirena, o algo así dijo cuando terminó de leerse una novela de Mayra Santos).

Raquel y sus maravillosas manos de mantequilla que moldean su espalda luego de conjugar los verbos más mojados entre las sábanas del cuartito un poquito más arriba en la Tanca, casi llegando a la Norzagaray. Hiram ve el mar justo cuando sale del edificio y va hacia el auto donde Marcos lo espera: has regresado a lo que tanto querías escapar. Antes de responderle, ya en el interior del carro, ¡plat!, se estrella una caca de paloma contra el parabrisas (Santini sí estuvo hoy en San Juan, piensa que le dirá a A., y no sólo caga faldas) . Entonces Hiram se cuadra frente al rostro trigueño de Marcos y le responde: he vuelto a no pensar en el después.

D

Cuando regreso de mis viajes a la vieja ciudad, me siento que le pertenezco más a pesar de que las otras ciudades en las que he habitado hayan construido sobre los cimientos de los recuerdos de mi infancia. Poseo una acumulación de varilla, bloques y cemento considerable que incide en la intrépida lejanía de mis pasos sobre los adoquines, en la manera en que me apoyo en los bancos y las columnas de las casas. Siento que existen comienzos que nunca logran iniciar nuevos caminos por el miedo a negociar la comodidad. Hoy, ante mí, no hay uno de esos: gracias a Dios por los largos años que me han dejado un corazón de cal y unos labios de gravilla.

E

Volvió a sentir el olor a garrapiñada. De inmediato dejó la lectura y sin levantarse del asiento voló en dirección hacia ese dulce perfume y cayó en la crispada camisa azul de una empleada pública como públicas eran las ferias de los sábados en la Plaza del Congreso o en Recoleta. Ese aroma, Buenos Aires, esperando en la fila de los cines, paseándose por las esquinas de Corrientes mientras se le antojaba comprar el libro que no le cabría en la maleta. Respiraba el olor a azúcar tostada, sabiendo que en el allí y ahora era sólo un perfume barato, pero no importaba, se tragaba ese olor aunque, a través de las ventanas del tren elevado, veía la colección de edificios que se sucedían con un glamour tímido, como si reconocieran que a pesar de las luces y los cristales continuaban siendo, en su conjunto, una raquítica copia de Manhattan en el Caribe.

Pero otra cosa también le era evidente: si bien la ciudad había cambiado mucho, él lo había hecho más.

F

El Atlántico Austral se barre levemente sobre la arena. Brisa y espuma, las huellas se borran y por aquí --el mar siempre es cómplice-- nadie ha pasado.

Arena que se convierte en lindos y pequeños montones mullidos donde el bañista tira su toalla y se apresta a leer Caracol Beach. Montones que en cuestión de más vientos marinos van formando una, dos, tres, quince, veinte, cien dunas a lo largo de la costa. Ahora, antes que se divisen los arbustos, se ve una humilde capa de vegetación cubriéndolas, y hacia el oeste se abre --en cámara lenta-- la desembocadura de un riachuelo.

Uno que otro árbol ha intentado levantarse frente a la playa, allegado al rústico camino por donde pasan bicicletas, pequeñas motocicletas y los pies de cientos de bañistas que llegan a mediados de diciembre y no se van hasta principios de marzo. El más grande de los árboles frente a la senda lleva años petrificado. Continúa, eso sí, imponentemente alzado sobre el horizonte. Detrás de él, a varios metros, se divisan unas seis villas. Es desde una de ellas que busco, como referencia, las ramas alzadas en forma de 'v' de aquel gigante que me indican hacia dónde queda lo que he abandonado.

domingo, 4 de abril de 2010

La insondable planicie de los mundos pequeños

¿Y en qué momento se nos empezó a acabar la paciencia? A entendernos. A sostener la mirada. A reflexionar y a conversar sin el cinismo que agujerea todas las buenas intenciones.

En realidad la pregunta sería, ¿en qué momento se empezó a joder mi familia? ¿Cuando mi hermano le dijo cabrona a mi mamá y tuve que empujarlo para que no la agrediera? ¿Cuando mi hermana quedó embarazada y huyó para España? ¿Cuándo decidí que lo mejor era quedarme cruzado de brazos sumergido en mi trabajo y el sexo desmedido que me caía como aserrín de la mesa de un carpintero?

Porque ya la crianza de mis hermanos no era problema mío.

Entonces el viejo finalmente dejó que le rodaran las lágrimas frente a todos, en la mesa de la cocina, en esas escasas veces que todos pudimos vernos las caras después de meses (a lo mejor fueron años). Su hermetismo y sus gestos durante el día, de que no quería la cosa, de que lo iba a aguantar como el macho que siempre había sido, cedió cuando estuvimos los cinco en el lugar de siempre, frente a los platos de comida que se quedaron fríos y a mitad. Mi hermana lloró junto a mí mamá. Mi hermano recogió sus cosas y se fue. Yo me quedé en silencio. Realmente no me cabía pensar qué decir ante el llanto, la inconcebible realidad de que el deprimido no era yo, ni mis hermanos, sino mis padres.

Tranquilo, me escribían. Ya hace rato se acabó la luna de miel de los años más tiernos. Mensajes de tus amigos. ¿Qué puedes hacer ante el moméntum de la vida? Conversaciones telefónicas. Todo, Luchito, todo menos sucumbir. Pero el hueco placer de una venida a destiempo en el motel de siempre te desmentía: sucumbías con la facilidad de la ceniza de un cigarrillo recién aspirado. Todas las trincheras están colmadas y el eterno adiós de la despedida no era suficiente para convencerte de lo contrario. Todos, Luchito, todos te olvidan menos en casa.

Las conversaciones con mi hermano eran efímeras, más bien por su ya conocida constumbre de responder con un 'sí', 'no' o 'estás loco'. Esos eran mis mejores días, cuando me movía a hablarle, a salir de casa y buscarlo. Estás loco porque todavía sigues viviendo con los viejos. Has perdido el tiempo, era lo único que me decía cuando ya me iba. Una estocada de odio, de complejos. O quizás, la verdad.

Seguía en la casa donde crecimos con la falsa esperanza de aliviarles el trago amargo. Hace escasamente 3 años pensaban que éramos la familia ejemplar, mi mamá se regodeaba en cualquier reunión familiar de los logros nuestros y despreciaba a los demás por no ser tan buenos. Fue segando las malas noticias que luego crecerían en la figura de mis hermanos, e inclusive, hasta de mí mismo. Intentaba hablarle, de sacarla del letargo fatalista en el que había caído, le repetía los mejores consejos que me habían dicho o leído en algún artículo de autoayuda y ella me escuchaba, larga y tendidamente. Me miraba y no decía nada. Suspiraba viendo su telenovela a lo que me rendía ante los diálogos cursis de los personajes que evidentemente tomaban más importancia que mis desesperados intentos de recordarle, decirle, que todavía le quedaba un hijo. Uno bajo el mismo techo.

No me culpen entonces cuando no hago nada y salgo temprano en la mañana y llego tarde y me acuerdo de lo que me dice mi hermano cada vez que me voy de su presencia. Eso digo cuando el viejo me recrimina por mi inacción, por haber perdido a mis hermanos, por haberme convertido en un fantasma mientras la casa se caía a cantos. Le discuto, me rebate y ya cuando creo que hemos llegado a un acuerdo, cuando es más que evidente que si hubo algo de culpa fue, en todo caso, la de ellos, él me lanza un último cartucho para mostrarme que él no se equivoca, que soy muy joven para entender la magnitud de mi irresponsabilidad.

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Mi hermana regresó casada de España y con su hijito de tres meses. Su ahora esposo regresaría más tarde, o por lo menos eso nos decía. Ella vivía en un apartamento en la calle Utuado y de lo que el gobierno y mis abuelos y tíos le daban. A esta hora del día, el sol calentaba tanto su pieza que los diálogos siempre terminaban en griterías y recriminaciones, esta vez contra los viejos. Estaba cansado de la repetición de conversaciones, escenas y miradas. Era como ver una mala película por el resto de mis días.

De verdad que sólo he venido a verte, que ya no me importa quién causó qué, mejor cuéntame de Diego, qué le hace falta, y si a ti te va bien con tus cuentas. El Diego empezaba a llorar al escuchar mi voz. Bueno, más bien a chillar como una rata enorme y blanca que sólo se calmaba con el volumen de Sabina a todo dar. Antes de irme, fatigado y sudoroso, le tomé ambas manos a mi hermana y le pregunté: ¿Acaso no extrañas vivir como antes? Sí me respondió con los ojos rojos, con la voz temblorosa, con el drill melodramático de siempre, pero entonces me volvía a la realidad: pensar que el pasado va a regresar es una idiotez. Y cerró el portón.

La paciencia (recordaba de algún Reader's Digest) se acaba cuándo decidimos sobrevivir nomás, cuándo las ideas se quiebran y el mañana se transforma en la misma tortura del ayer. La cita de la revista llegaba hasta 'nomás'. El resto es, claramente, de mi autoría. ¿O fue algo así me dijo un cura? Porque luego de encontrarme rodeado por un campo minado, visitar la Iglesia no sonaba tan descabellado. Empecé a frecuentarla, no a la hora de las misas, sino a la hora que el cuerpo me lo pedía. No había vuelto a creer en un dios, pero los pensamientos de muerte eran los únicos que me impulsaban a levantarme todos los días y quería evitar tener tiempo a solas para darle seguimiento a mis ideas. Ideas para matar. A mi hermano, hacer desparecer a mi hermana y envenenar con un sueño infinito la angustia de mis padres. Pero las variadas formas de matar requerían un estudio sistemático que no estaba dispuesto a hacer. Me debatía entre el matar o matarme, en la salida que acabara con el mayor sufrimiento más rápidamente. De la mano del crimen iba la del castigo: ¿cómo serían mis días en la cárcel? ¿Cómo podría vivir el resto de mis días sin mi familia?

Feliz.

La primera vez que esa respuesta retumbó en mi cabeza me di cuenta que ya algo en mí había quebrado. ¿Cuando crucé los brazos inicialmente? ¿Cuando intenté, ya muy tarde, recomponer el tiempo perdido? ¿Cuando empecé a jugar con la idea de la muerte?

De frente sólo me quedaba el trabajo que de alguna mágica forma logré conservar a diferencia de todos mis amigos, que se fueron desapareciendo como las ampollas de la varicela. ¿Entonces qué me quedaba? Pues a despacharme la mitad de la oficina con la semiautomática que me había comprado por Internet y morir abatido por la policía.

Mentira.

Cerré la computadora y juré que nunca más leería a La tribu de los cafres.

lunes, 15 de marzo de 2010

Higos secos

Siempre son iguales estos hostales y cuartos en los que te quedas: una cama ahogada en polvo, alfombritas descoloridas al pie de la cama tatuadas con los pies de los incontables fornicadores que se han acostado y levantado de ella, mesitas y un escritorio con superficies grasosas, como si el trabajo específico de alguien fuera aplicarle, cuidadosamente, una película pegajosa y mugrienta. Así te la has pasado desde que regresaste, persiguiendo por todo el país a las compañías de teatro, porque tu país será tercermundista, pero la gente asiste con una religiosidad inquebrantable a las piezas puestas en escena atraída por la teatralidad, esa «exageración controlada» que tanto ama el público. Por eso, y a pesar de los huecos en donde escribes tus críticas, te sientes a gusto yendo de ciudad en ciudad… Es un hábito al que es difícil de renunciar luego de haber pasado varios años estudiando a y viviendo con tribus beduinas del Norte de África. Hábito que se intensifica gracias a los higos secos que siempre te comes a estas horas tan tardes en las que estás despierto, para mantenerte frente a la computadora y para que cuando el hambre apriete, no te distraigas hojeando los menús de los restaurantes que todavía puedan entregar a domicilio.

La obra de esta noche, ¿valió la pena? La adaptación del texto de Baronni, ¿alcanzó al público? ¿Logró esa empatía tan necesaria para que sea exitosa? Lo empiezas, a ver cómo… ¿Así?:

Esta vez los aplausos y las ovaciones del público no confundieron a su crítico porque, en efecto, esta adaptación de la pieza de Baronni estuvo magistralmente incorporada a nuestra realidad.

Esto de las críticas es como un maldito cuento, hay que empezar con fuerza para que atraiga al lector nuestro de cada día. Debes saber hacia dónde vas, el mensaje, de que si la obra fue buena o mala, para que el pueblo, las masas, vayan a verla o la ignoren; para que las compañías se hagan ricas o se les margine en la desgracia y, lo que es peor, en la mediocridad. Tener una opinión nunca ha sido fácil, pero se complica cuando hay trabajos de por medio y periódicos no sólo dispuestos a recompensarte, sino ávidos de saber qué haces y por dónde andas (siempre descubres frente a tu habitación ejemplares de los diarios que publican tu columna, no importa la ciudad en que te encuentres). Y, por supuesto, todo se convierte en un experimento melodramático y de vodevil cuando mezclas el trabajo con las ganas atrasadas de ver a alguien que hace cinco años no ves…

Coño, te van a dar las tres de la madrugada y en par de horas necesitan tu texto. Esta vez no podrás cumplir, será imposible porque no puedes irte sin haber hablado con ella. «Catalina Dumont», lee el programa de esta noche. «Catalina», repites no una, ni dos, ni tres veces. Repites su nombre, aunque sea en silencio, un millar de veces. Dices su nombre aunque tu boca esté ocupada con el sabor perfumado y sutil del higo. El higo, esa fruta antiquísima. Si los humanos no la hubiesen domesticado, leíste en algún sitio, la higuera no hubiera llegado hasta nuestros días, se hubiese extinguido hace milenios. A Bayoán llegan secos desde Éfeso, cuando el azúcar de sus entrañas está a unos días de cristalizarse por completo. El olor de los frutos es apacible y cada vez que los hueles te traen memorias de tus años en Marruecos y el Sahara Occidental, donde perseguías a tribus beduinas para fotografiarlas y recordar esos años universitarios cuando estudiabas a las sociedades nómadas. Llegaste a Fez por Rabat, continuaste a Marrakech y luego te iniciaste en el Sahara al bajar los Atlas por Warzāzāt, «la puerta del desierto», y ciento setenta kilómetros después te perdiste con tus beduinos en el Valle del Dades. Y ahora, admítelo, la has perseguido hasta aquí con la excusa de escribir una crítica para «Acto Teatral», tu columna.

La obra mereció representarse en los escenarios y esta vez los aplausos y las ovaciones del público coincidieron con la opinión de su crítico porque, en efecto, esta adaptación de la pieza de Baronni estuvo magistralmente incorporada a nuestra historia.

La Dumont logró un personaje auténtico, lacerado e incrustado de esos feos elementos que hacen de un secuestro –y de la vida misma– un viaje tortuoso. Sus pasos certeros en las tablas parecían ir acoplados a la música del compositor uruguayo Zignetti. Su figura, vilmente descubierta por los orificios de sus rasgadas vestimentas, me impedía retirar los ojos de sus caderas, de su suave espalda. Era todo un montaje erótico-morboso escenificado a la perfección. Cuando la Dumont monologaba, te sentías a solas con ella. Cuando la Dumont gritaba y forcejeaba con sus captores, el público contenía su emoción en un silencio intenso. Cuando la Dumont lloraba, nosotros, todos infelices, procurábamos rápidamente aquel pañuelo en el bolsillo lateral de nuestros sacos que creíamos extraviado.

El director acert...

El timbre del teléfono interrumpe tu escritura. Lo dejas sonar varias veces (tienes que darte tiempo a tragar el higo y así hablar con más claridad). Levantas el auricular. Es la voz de la Dumont. «Nos tenemos que ver ahora», exige, pero todavía no comprendes cómo dio contigo. Entonces, eso sí, muy idiota le respondes, «tengo que acabar mi crítica, son un cuarto para las tres y…». «No me importa», interrumpe y seguidamente escuchas su insulto favorito: «No seas huevón y encuéntrame frente al teatro... Y, ah, no olvides tus higos.» Eludes el sonido de un teléfono enganchado, apurando a colgar primero.

Guardas el trabajo, escondes la computadora en la ducha del baño porque no se puede confiar en la supuesta seguridad de estos hostales, y tomas la casaca de piel de avestruz que compraste en una ciudad blanca de los Atlas. Al salir del cuarto te detienes: caes en cuenta que olvidabas los higos secos. Vuelves a entrar. Coges la bolsa de plástico, la doblas de la mejor manera que se te ocurre y te la metes en el bolsillo lateral de la casaca, dándole así compañía al pañuelo todavía húmedo de tus lágrimas.

Afuera se respira bien: la madrugada está límpida. Caminas las siete cuadras que hay entre el hostal y el teatro, y piensas en una sola cosa: la última vez que viste a Catalina hace cinco años. Lo piensas tanto que empiezas a reírte y a recostarte en los postes del alumbrado para sentir que realmente caminas por las calles en busca de su respuesta. Cinco años sin verla y la mayoría de ellos los pasaste en el Norte de África, su tierra.

Ella tiene su versión de cuando se conocieron. Pero tú siempre le insistías que fue una noche de fiesta en casa de Raúl, cuando en aquel entonces (en el que todos eran estudiantes de último año de universidad) se inauguraba el festival de Teatro Metropolitano con «La psicosis aguda» y él había invitado a todo el elenco y técnicos de su obra a celebrar el éxito de la apertura. Catalina obtuvo un papel secundario, pero esa noche era el foco de tu atención: la piel de un intenso color cobrizo, rasgos misteriosos, ojos almendrados oscuros, el pelo castaño, largo y rizado que, de alguna manera para ti desconocida, hacía resaltar los elaborados aretes que pendían de sus orejas. De mil cosas diferentes pudieron estar hablando aquella noche de vientos plácidos, pero de lo que no te olvidaste fue de cuando ella te dijo que había nacido en Marruecos y, aunque hacía mucho que no visitaba su tierra, rara vez faltaban higos secos en su casa.

Precisamente de Marruecos hablaron aquella última vez cuando se sentaron a tomar una taza de café. Habían acabado la universidad y le hablabas sobre el Valle del Dades:

–El país de las mil kasbahs –te aclaró.

–No, el país de los higos –contestaste y al instante–: Acompáñame, Catalina, vámonos… ¿Qué dices? –le sonreías, le afirmabas que ya tenías todo planeado gracias a su papá, que ya tenías la ruta hecha, tú, que nunca habías estado en el África. Tú, que la única relación que tenías con ese mundo era por tu novia marroquí y unas clases sobre los beduinos del Sahara que tomaste para descansar de tu currículo de la facultad de drama.

Le sobrecogió un largo silencio y entonces aprovechaste la ocasión que creías te había dado, como dicen, el destino. Le dijiste lo que te has pasado repitiendo cada día por estos últimos cinco años. Hiciste la pregunta a la que hoy, esperas, recibirás respuesta.

Catalina frente al teatro fuma un cigarrillo. Sus pies, que estuvieron desnudos durante la obra, están ahora cubiertos con unos zapatos oscuros y bajos. Lleva puesta una casaca con el nombre de su más reciente proyecto bordado en el pecho. Te acercas más y es entonces cuando te reconoce.

–¡Ah, el crítico teatral! –te saluda.

–La actriz pródiga –respondes para recordarle estos años de ausencia.

–Es el único momento que tengo para hablarte… Mañana te vas, ¿no? –dice exhalando lentamente el humo del cigarrillo.

–Sabías que no me iría sin verte –le aseguras y rápido añades tratando de mirarla a los ojos–: Tenemos cosas que hablar.

Cuando Catalina sonríe retomas la inocencia perdida. Cuando Catalina sonríe y te mira, sabes que has presenciado algo sutil pero a la vez estremecedor. Cuando Catalina sonríe y te mira porque ha reconocido ese timbre delator en tu voz, te das cuenta de que el paso de los años no cambia a las personas que verdaderamente amas. Apagando el cigarrillo en la pared donde está recostada, te pregunta sobre los higos secos:

–¿No los olvidaste? –pícara, suave y hábil te pregunta.

Los higos secos y la Catalina. Sabías muy bien la razón por la cual no has parado de comerlos desde que la conociste. Sacas la bolsa de tu casaca y ella aprueba.

–Son turcos, no son tan buenos como los del Valle del Dades –dices.

–El país de los higos.

–No, el país de las mil kasbahs –la corriges y ella sonríe, mientras trata de arrebatarte la bolsa de higos–: ¡Ah, ah, no tan rápido! –la esquivas y al toque le preguntas a dónde podrían ir a tomarse el providencial café.

–¿Vamos al camerino?

***

En el autobús de regreso a la cotidianidad de Pinta Negra, la gran metrópolis de Bayoán, a unos noventa kilómetros al norte del teatro donde concluí todo con la Dumont:

Entramos al teatro, pero nunca a su camerino. En el pasillo hacia los tras bastidores, nos fijamos en el servidor automático de café y ella optó por sentarse en un banco que se encontraba justo al lado. No entramos porque el momento así lo ameritaba. A las cinco salí del teatro ofuscado, no sólo porque era la primera vez que fallaba en la entrega de mi artículo, pero por mi pueril idiotez de no olvidar lo que obligatoriamente hay que olvidar. Sabía que iba a acabar así. Lo sabía desde que fui a comprar la bolsa de higos secos en uno de los mercados del centro de la ciudad luego de haber comprado mi entrada. Luego de haber leído hace dos meses, cuando regresé, que Catalina Dumont interpretaría a la secuestrada. Y ella también sabía que iba a ser así. Por eso le insistió a mi editor que le consiguiera el número del hostal donde me hospedaba en esa ciudad, refugiada del salitre del mar y bendecida por la sombra de sus centenarios árboles.

Esa fue su última muestra de consideración para decirme que su respuesta a mi proposición de hace cinco años había caducado al no saber mi paradero. Había sido el instante de mi vida en el que su silencio me hizo volcarme al Sahara para reencontrarme con mis tribus beduinas.

«Había caducado», te pasas repitiendo la sentencia de Catalina durante el transcurso del viaje. «Había caducado», te dices mientras el perfume de los higos, que emana de la bolsa vacía en el bolsillo de tu casaca, te recuerda el pañuelo, ahora perdido para siempre, cuando se lo ofreciste a los ojos de la Dumont.

jueves, 25 de febrero de 2010

Compás 2/4, tambor, guitarra y yo (y otras cosas más que se pueden encontrar en la selva)

Ritmo lleno de mar pero también de río. Nada de frío. La música me hace sudar aunque no quiera, aunque tenga mi traje planchadito, recién salido del dry-cleaner. No me detengo. ¿A estas alturas de la noche --y del baile-- detenerme? Ella, sin decírmelo, me dice que no. No te pares. Sigue no más. Sus pies me hablan, sus saltitos, el sudor frío que se le condensa uniformemente en una húmeda lámina sobre su pecho. Alrededor se sigue bailando. No hay excusa de horas, tragos ni distancias. Al baile lo que es del baile y a mí a seguir esforzándome con todo y el nudo de la corbata puesto (que por alguna razón irracional reúso sacarme). Ya el saco está enredado sobre los arbustos cercanos a la pista de baile, las mangas enrolladas y mi pañuelo refrescándose en el espaldar de una silla. Aquí el calor es fúrico aunque la noche de repente te dedique una brisa.

''Yo dedicando soy malo, pero sin buscarlo salgo premiado. Siempre encuentra el que menos busca'', creo que alguna vez llegué a escribir en la pared de un bar. Recién me había encontrado de frente con las letras de Chico Che en una loable canción dedicada a su saxofonista Eugenio Flores cuando perdió su saxo justo antes de la presentación del grupo. Había pasado una mala noche y en vez de hacer una locura escribí eso. Una nota anónima en un millón, es cierto, pero una trasgresión igual. Como cuando la cumbia me fue seduciendo gracias a mis viajes a Iquitos. Aún los pies se me traban, aún me río con los saltitos, pero mi mente toma caminos desconocidos cuando la escucho. Chico Che un grande de la cumbia mexicana. Lo vine a escuchar ya tiempo después; sus letras son aptas para las paredes y así hice más de una vez. Pero antes, mucho tiempo antes, en mi escasa y condensada cronología de años llegó Wilindoro Cacique. Aprendí que de la selva a la tragedia hay un corto paso. La cumbia proporciona el balance entre estos extremos, matizando la selva con un prolongado intermedio de vacilón. En la tierra donde es difícil predecir cuándo el río subirá o qué mordida echará a perder lo que tienes de vida, la cumbia es agua de vida, respiro de un casi ahogado. Y la cumbia de Wilindoro no es para vertirla sobre paredes, mesas, ni mucho menos puertas de baños. Wilindoro y su ay, ay, ay rescata a cualquiera del marasmo de la cibertrofia y nos hace valorar aquellas pequeñas tiernas cosas que nos hacen humanos. Como un baile rico sobre la pista blanca. Como bailar cumbia sin pisar los pies. De seguir explorando lo extraño, pero ir también reinventando lo hartamente conocido.

sábado, 2 de enero de 2010

Ver las cosas de cerca

La foto tomada en la cocina de la casa vieja donde salen todas las chicas es una ventana a las miradas pasadas. Les observo los ojos, la expresión que forman sus pómulos y los dientes amurallados de unas y los labios más cerrados que abiertos de otras. Al fondo otra ventana (la física y real) donde se ve la sutil luz del año 1987. Luego de tanto tiempo imagino lo que ni ellas (ni el fotógrafo) pudieron imaginar: las miradas delatan historias, pero más lo hacen la manera en que las cuatro (sí, esas son todas las chicas) están abrazadas, en cómo entre la del permanente y la del traje amarillo hay un espacio bastante amplio para observar el fregadero sin ningún plato sucio. El leve vapor que se eleva en el trasfondo derecho indica no sólo la cocción de algún alimento (y la envidiable calidad de una cámara 35mm), sino que todavía nadie ha comido, que esperan por lo que se avecina.

Detrás de la foto no hay fecha escrita ni comentarios, pero todo es tan 1987. Las ventanas Miami blanquísimas, el modelo de la licuadora espiando detrás de la que tiene jeans y camisa a rayas, la pollina de la del traje amarillo, el desgaste mismo de los colores de la fotografía, los dedos ensortijados de la única que no lleva maquillaje y me mira como si recordara ese año tanto como yo. Lo cierto es que ahora, por toparme con este álbum, un escurridizo recuerdo empieza a latir en mi memoria. Una de las sortijas de la desmaquillada fue un regalo mío; la foto, ya me acuerdo, la tomó su hermano, Víctor. Yo no estaba en esa reunión, una pena porque la madre de ambos preparaba un arroz con salchicha salvaje; eso fue, seguramente, lo que comieron. Todas tenían entre 16, 17 años.

Pasaba mucho tiempo con Víctor, no sólo por ser compañeros de universidad y luego de trabajo, sino porque la inmesurable pequeñez de su hermana, con esos ojos penetrantes negros y dedos cortos, como palitos que necesitaban de una mano grande para recogerlos y así evitar que se derramaran por el suelo, me causaba el siguiente padecimiento: perderme en la novedosa zona de un deseo desconocido.

O quizás prohibido, porque la hermana de Víctor crecía en mi cuerpo de casi treinta años y yo crecía dentro del de Víctor de apenas unos veintitantos. Fuimos buenos amigos, Víctor y yo. Y por el lado la inasible hermana suya transplantaba noviecitos con el afán de un horticultor. A mis años yo no sufría por esto ni por imaginármela en labios de otros, más bien aprovechaba cualquier encuentro con ella para afanarle un lindo cumplido y así, en la próxima vez, darle una cadenita, una diadema, una pulserita o esa sortijita que me mira desde la foto de aquel año 87.

Al Víctor lo dejaba en sus cosas. Salíamos, nos divertíamos y yo no perdía la ocasión para preguntarle de su hermanita, de sus clases, de si ya la dejaban salir hasta tarde. Una noche dejé que me abrazara más de lo normal porque en su camisa la olía a ella, notaba el detergente de ropa que inundaba maravillosamente cada prenda que se lavaba en su casa con una fragancia de flores. Empecé a olerlo profundamente cuando se me pegaba al cuerpo y notaba como sus latidos subían el volumen de sus extremidades. Le preguntaba todavía de los planes de la unviersidad de ella, de su carrera, y cómo es posible que quiera ser ingeniero, es tremenda carrera y en nuestro país no hay muchas, pondrá el nombre de las mujeres en alto. Inclusive, luego de habernos besado, Víctor y yo, de habérnoslo dado en público, en el club al que siempre lo acompañaba y no haber sentido ningún tipo de asco como alguna vez pensé, tuve la casi increíble suerte de, días después, acompañar a su hermana a una diligencia que tenía que cumplir. Entonces pude ver en sus negros ojos el para nada insondable destello de la picardía. Esa tarde ella nunca cumplió con lo que tenía que hacer. Horas después ambos le explicamos a su familia y a Víctor que nos habíamos perdido y que para colmo, una patrulla nos había detenido y que luego del llanto incontrolable de ella, nos había dejado ir sin ningún boleto.

A los dos días ella salió hacia el extranjero. Al principio me asusté y pensé que ella habría divulgado los sucesos de esa tarde en la que finalmente pude aguantarle de un sinnúmero de posturas los menudos dedos de su mano y que por eso sus padres encolerizados la habrían castigado con un pasaje de ida y no de vuelta. Inclusive esperé a que Víctor llegara con la intención de provocarme algún daño, pero en su lugar hicimos el amor casi tan rico como se lo hice a su hermana.

A veces uno se imagina y hasta cree que la vida puede tomar giros telenovelescos, pero no. Lo que si sucede al ver las cosas de cerca es la contraindicación siguiente: detener los quehaceres de un sábado de principios de año, sentarse frente a un álbum, y tomar finalmente conciencia que las vidas pasadas no guardan eternamente el silencio.

sábado, 5 de diciembre de 2009

Ver las cosas desde lejos

Decidirse a salir, evitando mirar hacia atrás, causa la siguiente contraindicación: nadar largamente en la incertidumbre. Es una ventana rota. Adentro todo se puede tocar con sólo introducir la mano, cuidadosamente, porque se puede cortar. Y sangrar.

No se quiere sangrar (ni tan siquiera tocar; el riesgo es muy alto). Se busca mirar por el cristal con la clara intención de no volver. Nada más. Y nunca más. Las cosas, todas, tienen ventanas, tienen agujeros por donde mirarse. Muchas, sino todas, se rompen y se sigue caminando pensando que la senda que más lejos de lo quebrado lleve a uno es la correcta, hermosa, única senda. Hacia adelante siempre, dicen. Los ojos buscan el camino que más amplio se abra sobre el horizonte. Es el norte. Es el progreso.

Así las cosas permanecen inutilizadas. Sí, porque se sigue una línea recta, rectísima, sin curvas ni desviaciones ni círculos que son tan humanos; el pasado se quebró y llorar de nada vale porque llorar es, pues, passé. Como la ventana a la que se hace referencia en el primer párrafo de ¿esto? Como todo lo que se ha quedado y de vez en cuando se ve a lo lejos. Se ve y uno lo mira como si hubiese sido el hogar antiguo, una vieja piel que se mudó para aplazar el retorno (que nunca se digna en aparecer pero que fue tan de uno).

Uno se pone a mirar a través de la ventana porque hay veces que uno se extravía de tal manera que no tiene otro otro lugar a dónde ir. Sólo resta refugiarse en los vidrios rotos, la piel seca del pasado y anhelar (si es del todo posible) que la cola de cemento que se compró en la ferretería pueda devolverle a las cosas su forma perdida. Eso y una buena secadora de pelo que sujete bien las partes del todo.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

La maravillosa ternura del pavo

Cuando estaba en universidad iba con mi amiga Emily a Syracuse a pasar el Día de Acción de Gracias junto a su familia. Era el intermezzo a los exámenes finales y una perfecta oportunidad para planificar lo que le escribiría a la chica del momento que me gustaba: una carta de amor, un poema, una tarjeta con lindos versos. Ideaba la manera hasta de invitarlas a las fiestas de Navidad que se organizaban en el campus. Ahora me acuerdo del frío de la nieve de los últimos días de diciembre y del sótano de la casa fraterna donde se bailaba y las parejas se besaban. Como nunca mis cartas y poemas fueron bien recibidos, terminaba yendo con amigas que, por desgracia, luego también me empezaban a gustar y cuando finalmente decidía escribirles algo, mis palabras nunca encontraban el tibio pecho de sus lectoras.

Nuevamente al año siguiente, entre los árboles de manzana sin hojas, los caminos congelados y el frígido aire que me succionaba el calor del cuerpo en Upstate New York, me ideaba otros poemas y soñaba con otra chica. Esto se convertía en mi razón definitiva para fijarme en los detalles de Emily, en su ropa, sus cuidados, en lo que me respondía para así aplicar mis nuevos conocimientos en las muchachas de turno; de concentrarme en entender las letras de las canciones de Navidad que Rich -el papá de Emily- ponía en la sala antes de la cena. Frank Sinatra descompuso de tal manera mis recuerdos pasados sobre esta época, que luego del fin de mis estadías en Syracuse, todavía me veía sentado frente a la chimenea de la sala de Emily, intentando memorizarme las letras de Ol' Blue Eyes. Alguna vez le llegué a explicar a Rich mis apasionamientos y él me animaba en ellos, a la vez que me servía otroapéritif y nos disponíamos a esperar el banquete de la velada.

Lo curioso es que años después me encontraba a esas muchachas que les había escrito y hasta algunas accedían a un café y a una conversación. Todas muy bien con sus vidas-trabajos-novios/esposos-éxitos. En esos pocos minutos en que lograba atisbar las formas de sus cuerpos bajo los ropajes o la sonrisa que me ofrecían al pasarle un sobrecito de azúcar, redescubría las razones de mi atracción por ellas: el lunar en el cachete de una; la forma tan cómica con que otra todavía me hablaba mientras se devoraba una galleta; el espectáculo de sus dedos al aguantar la taza de café; su manera de responder el móvil, pagarme el café e irse apresuradamente (porque también hay formas de ausencia que ciertas personas vuelven únicas).

Luego de observarlas y recordar mis infructuosas historias con ellas, la verdad tocaba fondo y entendía la razón por la que nada había surgido entre nosotros: la lejanía de nuestros mundos. Esto se reconfirmaba cuando estas chicas, antes de marcharse, preguntaban sobre mí ya que a lo largo de nuestro encuentro no había lanzado pormenores de mi vida. Yo les respondía -cómo no hacerlo luego de su interés- con tres descripciones: desempleado, viviendo con mis padres y escribiendo. ¿No has publicado nada? Algunas veces mentía y les decía que sí, pero en vez de darle el título de un libro, las refería a mi blog (trataba así de subsanar mi mentira). Otras veces decía la verdad y a los pocos minutos me daban las gracias (en estas otras salidas impetuosas siempre tenía la amabilidad de invitarles el café y las galletitas, por supuesto) y se desaparecían entre la multitud de la ciudad.

De las siete u ocho chicas que he vuelto a ver, sólo una mostró interés y en esa ocasión rápido me increpó sobre mi estilo literario, de porqué sigues en esta ciudad si aquí no vas a encontrar oportunidades. Sal, mijo, tienes que irte de aquí, ¿o es que todavía no te has dado cuenta que esto es una tumba de ideas nuevas?

Entonces ella se acordó de una tarjeta que le di en las Navidades del 2002: todavía la guardo aunque no me creas. Ya sabía por donde iba la cosa y me sonreí con ella aunque en ese instante no recordaba las palabras exactas que le había dirigido, un gran descuido de mi parte ya que de lo único que suelo acordarme es de las cosas que escribo. Seguimos hablando en el café con el ímpetu del que deshoja una alcachofa y admito que no sólo empecé a sudar debajo de mi suéter, sino que inclusive acerqué más la silla a sus muslos y traté de buscarle sin recato sus ojos verdes, ignorando por completo el anillo de matrimonio que llevaba en esa linda mano que ya comenzaba a dibujar garabatitos en la servilleta (yo sudando y ella garabateando, ¿acaso no estábamos bastante viejos ya como para controlar el nerviosismo?). ¿En realidad fue una tarjeta de Navidad? Pues si quieres te la muestro.

La distancia entre el café y su apartamento no fue mucha, pero menos fue entre la puerta y la isla de la cocina donde nos comimos muy lentamente esa pequeño corazón de alcachofa que palpitaba dentro de nosotros. El instante en que le mordí su dedo anular ensortijado fue como escribir una nueva oración de mi siempre inconclusa novela: el poder metafórico que se disparó en mí al intentar estropear con mis dientes ese gran símbolo de la familia perfecta logró que finalmente nevara sobre la ciudad temporal que habíamos edificado sobre la isla rústica de madera, sustituyendo de un porrazo los lindos frutos otoñales de plástico que hacían juego con la decoración del apartamento y que ahora permanecían regados en el suelo.

En ningún momento pude recordar lo que le había escrito hace ya algunos años y ella, luego de disculparse para ir al baño y arreglarse un poco, no hizo ningún esfuerzo por encontrar esa tarjeta de Navidad de la que me había hablado. Dudé si en efecto esta mujer era quien decía ser. A decir verdad nunca le pregunté su nombre y en todo momento supuse que era ella, si total, me trató con la naturalidad más fresca del mundo. Pero, ¿estudiamos juntos? Sí, me respondió ella cuando nos tropezamos en el parque Lafayette y empezamos a hablar. ¿En Georgetown? Por supuesto. Espérate, fuiste la roommate de Carolina, ¿no? Pues aquí me tienes. Rápidamente supuse que en algún momento le había escrito algo o más bien invitado a la Gala de Navidad en la calle Prospect: la cierto es que su cara me parecía familiar junto a sus ojos verdes, inclusive, la forma un poco rara en que sus labios formaban las terminaciones de las palabras. A todas mis interrogantes me respondía en la afirmativa, pero eso sí, nunca me llamó por mi nombre. Nunca me dijo, Luis es fascinante lo que me escribiste o Luis, ¿no te pareció un poco ridículo mandarle tarjetas de Navidad a todas las chicas que te gustaban en aquel momento? Soy sincero y a mí no me parecía nada ridículo mi atropellado intento de conseguirme una novia y en el café nos reímos de mis ocurrencias y yo de las de ella, de su vida después de graduada, de que esta ciudad a veces cansa, pero más la cansaba su trabajo de abogada que compartía con su esposo. Y entonces aprovechó el hilo de la conversación para que le hablara de mí, un error de su parte (¡cómo entonces no caí en cuenta!): tan sabido es por la gente que me conoce que una vez me preguntan sobre mí tiendo a olvidarme de todo y a centrarme en mis grandes fracasos que proclamo como aciertos frente todos esos que viven guarecidos tras sus conquistas y, en estos últimos días, detrás de sus iPhones. Así logré interesarla más, y el resto fue historia, me dije, cuando intenté despedirme sin meter la pata e increparle en la cara: ¿pero acaso no te has dado cuenta que no nos conocemos?

Al despedirme ella me dio la mitad de una tarta de canela que, imagino yo, le sobraba en el refrigerador y cerró la puerta. Pensé en gritarle, ¡gracias por el bizcocho...Feliz Navidad!, pero en su lugar le di un mordisco a su regalo (hacía horas que no comía nada y ya mi estómago estaba al borde de la hecatombe con tanto café que le había vertido) y comencé a caminar hacia Syracuse, donde me esperaba una rica cena o por lo menos mi memoria en un estado mucho más ordenado que el actual.

Muchas gracias, Señora Historia

Y pensar que gracias a feriados como éstos vislumbraba que el amor todo lo podía (soñar es fácil, me decían algunos y les hice caso porque, bendito, pregúntenle al pavo [y a los pueblos originarios]).

sábado, 7 de noviembre de 2009

La antorcha tiki me hizo alucinar

El boli rojo no se ve en la oscuridad, pero es también la única manera en que un boli rojo puede de repente ser violeta, azul o anaranjado. Entonces es en la ausencia de luz donde todo es posible, donde el país se puede reinventar, donde podemos ganar siempre, donde golpeamos y hacemos sangrar a ese que nos cae tan mal. Hay también una fina línea entre el poder y la violencia. Digamos que esta es la única contraindicación que tiene la oscuridad. Por eso el tiki encendido --y solitario--, flotando como una nube sobre la noche, nos ha venido a rescatar (más bien a esclarecer) y a imponer orden a la dictadura de la negrura, a la libertad desenfrenada de lo transformable.

[Se detuvo un momento. Se guardó el boli rojo en el bolsillo de su camisa y se levantó. A los pocos minutos regresó con otro trago y volvió a tomar su asiento].

Adentro hablan y ríen de lo que nunca nos dijeron. Ahora, más que nunca, notamos lo diferentes que somos. Los años marcan una exagerada diferencia y es porque a veces importan y otras no. El cisma que habíamos intentado solapar se ensancha con cada risa y palabra dada al viento. Así lo quieren ellos y de verdad [este trago fue el más largo de los que había tomado anteriormente] yo no soy quién para decirles que cambien la geografía de nuestros problemas. Ellos adentro; nosotros afuera: ¿algún estado más metafórico que éste? Las metáforas, como las cosas vivas, cambian aunque el trabajo de escribirlas nos haga pensar lo contrario. A mí ese trabajo me tomó el pelo y por eso dejé de escribir, ahora sólo hablo.

Todo esto para advertirles que los tiempos mejores están por venir luego de que nos hayamos caído todos por la falla de las distancias que se ha abierto: porque de tanto intentar apartarnos, al final siempre nos acercamos más. Es lo que ellos haya adentro no entienden. Y es una regla de vida [calla y mira a los que están a su alrededor; les pregunta si les hace falta más tragos, si quieren que pase más comida]: lo más que evitamos es con lo que más nos topamos. En fin, que no sólo es muy cierto eso de que se podrá correr y correr pero nunca esconderse, sino que se podrá huir y rehuir, rellenar, tapar con la mano, ponerse una mascarilla para dormir, pero nunca nada va a cambiar. Eso solo ocurre en la oscuridad, en la falta de luces. O sea, en nuestras cabezas de ingenuos que creemos que podemos hacerlo todo.

[Por última vez se levantó, se acercó a las flamas de las cuatro antorchas tiki e inhalando todo el aire que sus grandes, grandísimos pulmones podían aguantar, las apagó de un porrazo, de un soplido que los dejó a la deriva en una oscuridad más espesa que todas sus ideas juntas].

domingo, 1 de noviembre de 2009

Teoría de los parques V: Dación en pago de la ciudad infinita

Yo nunca supe lo que era un precio cierto, ni dinero, besos, manos o signo que lo represente. Bocas, labios, dientes que nos obligaron a halarnos del pelo, porque masticarse las orejas tiene su límite (como no lo tenía mi promesa de entregarte esa cosa determinada, esa cosa que nació en mi habitación en Rivadavia y se desbordó por sobre los mares hasta llegarte).

Yo no sé de contratos cuando la ciudad se nos enredó en las miradas, abrazos, caminatas en sus parques de estar, en sus veredas irregulares y espressos acompañados con su vasito de agua de soda. Yo sólo quería entregarme como una cosa tan indeterminada para que luego tú me dieras forma, me amasaras entre tus pechos ondulantes y me dijeras que todo iba a estar bien mientras el cielo relampagueaba y las calles se inundaban súbitamente.

Yo comprado no quería nada, ni mucho menos vendido, ni arreglado por escrito. Lo queríamos todo al momento y que nuestros suspiros lo hicieran eterno.

Pero las palabras también llueven y las distancias se abren entre lo ideado, lo querido, entre las páginas no escritas de los contratos que nunca se perfeccionaron. Qué daría ahora por mudarme de esta ciudad, de escapar de sus brazos, regazo y piernas, de pagar cualquier precio. Las lágrimas mueren en la dureza de los propios ojos que prefirieron no mirar hacia atrás.

En otra ciudad, entre los bloques de granito que se elevan hacia el sol, la arenilla de los parques me parece la misma; los árboles, aunque en otra temporada, secretean como los de mi ciudad prohibida. Hay otros trenes, otros taxis, otras gentes que no miran ni espían, que te pasan por el lado en un acto repetitivo. Y aunque el olor es distinto, aunque nunca caminamos por estas calles, todavía, entre los pasos de la gente que se apura escapando del frío de octubre, escucho tus sandalias, el leve sonido de tu falda entre tus muslos y el merecido espacio vacío que creas en ésta y todas las ciudades que piso.

La tribu errante