Me paseé por Mameyal y quise que Loreto en realidad viviera allí conmigo, en una casita de esas humildes, de un solo piso, pero con el mar de patio trasero. Entonces vi a Loreto junto a mí nadando en el mar para entre las olas llamarlo nuevamente y así escuchar ese nombre que él nunca podrá enunciar. El eterno estudiante y el mar. Vi a Loreto devorarse el resto de una alcapurria fría (es amante de la carne molida). Vi a Loreto orinando sobre la palma inclinada que uso para amarrar mi amahaca.
¿Quién es Loreto? Un perro del cual me enamoré. No fueron sus patitas largas y flaquitas, ni su firme cuerpecito negro en forma de cilindro, o los brincos impetuosos que daba lo que me cautivaron. Fue su nombre y la manera con la que sus dueños lo llamaban: Loreto era una persona, un pariente más que con sus pequeñas formas había logrado permanecer en la casa que visité.
“¡Loreto, ven aquí!”, gritaban algunos. “¡Ven aquí, lindo perrín!”, tenía ganas de gritar y de apoderarme de su nombre. Loreto. Así también se llama el departamento del Perú que contiene a Iquitos, la ciudad más grande de la Amazonía peruana. Ciudad mitificada por Pantaleón y sus putas. Loreto encarna, pues, la Zona Tórrida de Puerto Rico y del Perú.
Loreto es también la Baja California. Y pienso en La Perla de Steinbeck, como en el Pantaleón y las visitadoras de Vargas Llosa. Es un perro geográfico, ya me he dado cuenta. Loreto y Ponce: nombres de ciudades y de regiones, relacionadas a versiones míticas de la historia americana y literaria. Y fue esta la verdadera razón de mi intento desesperado de escribir muchas veces el nombre de Loreto para así adueñármelo.
"...[E]l vacío de la casa se les presentaba como un animal dispuesto a tragarse cualquier sonido..." La tribu existe para combatir ese vacío y preservar los sonidos.
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sábado, 15 de septiembre de 2007
domingo, 6 de mayo de 2007
Enredo
Míralo, tan nacionalista y ahí está de nuevo paseando al perro ese de la nieve. Parece un lobo. ¿Muerde? No. ¿Lo han escuchado hablar con él? Sí, es un ridículo.
Todas las noches Orfeo ¿suplica? a la misma hora para que lo paseen. Como el hombre, el perro también es un animal de rutina; se sienta frente a la puerta de la terraza y ahí permanece –como el guardián que nunca ha sido– hasta que me animo a darle su caminata nocturna.
Listo para desamarrar al husky siberiano, éste rápidamente empieza a dar brincos y a tratar de arrebatarme la soga –su soga– que lo ha mantenido todo el día atado. La excitación del perro ante su paseo inminente es palpable en sus ¿sílabas? (Porque son más que ladridos). ¿Aullidos? Tampoco. Sus sonidos son realmente un intento del que busca hablar, decir algo. Y yo…lo entiendo.
Por sus movimientos de felicidad se enreda con la soga y trato de soltarlo. Pero no. Me enredo; nos enredamos. Me raspa el talón con su soga. Mi sangre brota. Su olor lo desconcierta y en segundos se encuentra lamiendo mi herida: su tersa lengua, cálida y larga, me alivia el ardor. Aprovecho para zafarme del enredo, pero él no para de lamerme hasta que llegamos al portón. Ahí es entonces cuando me mira como si verdaderamente me mirara. Sus ojos azules me dicen que abra la puerta, que ya no se puede aguantar más. Nos entendemos. Me huele la entrepierna, choca su cabeza contra mis rodillas, se mueve de un lado a otro y finalmente abrimos el portón. Salimos y ambos sabemos lo que la gente nos dice en silencio.
¿Lo has visto? Si por lo menos usara camisa y se tapara el matorral que tiene en el pecho. Está fofo, ¿verdad? Sí. ¿Tiene novia? No. ¿Con quién vive? Solo, con el perro.
Todas las noches Orfeo ¿suplica? a la misma hora para que lo paseen. Como el hombre, el perro también es un animal de rutina; se sienta frente a la puerta de la terraza y ahí permanece –como el guardián que nunca ha sido– hasta que me animo a darle su caminata nocturna.
Listo para desamarrar al husky siberiano, éste rápidamente empieza a dar brincos y a tratar de arrebatarme la soga –su soga– que lo ha mantenido todo el día atado. La excitación del perro ante su paseo inminente es palpable en sus ¿sílabas? (Porque son más que ladridos). ¿Aullidos? Tampoco. Sus sonidos son realmente un intento del que busca hablar, decir algo. Y yo…lo entiendo.
Por sus movimientos de felicidad se enreda con la soga y trato de soltarlo. Pero no. Me enredo; nos enredamos. Me raspa el talón con su soga. Mi sangre brota. Su olor lo desconcierta y en segundos se encuentra lamiendo mi herida: su tersa lengua, cálida y larga, me alivia el ardor. Aprovecho para zafarme del enredo, pero él no para de lamerme hasta que llegamos al portón. Ahí es entonces cuando me mira como si verdaderamente me mirara. Sus ojos azules me dicen que abra la puerta, que ya no se puede aguantar más. Nos entendemos. Me huele la entrepierna, choca su cabeza contra mis rodillas, se mueve de un lado a otro y finalmente abrimos el portón. Salimos y ambos sabemos lo que la gente nos dice en silencio.
¿Lo has visto? Si por lo menos usara camisa y se tapara el matorral que tiene en el pecho. Está fofo, ¿verdad? Sí. ¿Tiene novia? No. ¿Con quién vive? Solo, con el perro.
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