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viernes, 15 de julio de 2011

En El Punto Es

Esta mañana salió mi primera crónica sanjuanera en el blog hilado por boricuas en Nueva York, El Punto Es. La entrada se llama Un amor urbano de verano.

En ese texto relato mi verano de hace dos años utilizando todo tipo de transportación pública para hacer mis quehaceres y a la vez grabarme en mis sentidos un amor particular por nuestra ciudad y por el amor mismo de tener a una guía excepcional que me llevó por esos caminos, de la mano, a veces en su carro y no pocas veces de sus labios.

Que la disfruten.

miércoles, 2 de abril de 2008

Uno, Kitscherías

En el Tren Urbano

En mi cara todos los ojos

Tan pronto entré me pegaron los ojos y no me soltaron. Todos: viejitas, señores, adolescentes, los casi veinte empleados públicos, la gorda con camisa de leopardo que está pidiendo una orden a KFC, el alguacil judicial que juega con las letras en su jacket que deletrean la palabra 'Tribunal'.

¿Me miran el pelo aplastado por el sombrero con la pluma de ganso? ¿El nítido jacket Puma azul que no combina con el sombrero? ¿El inmenso bulto de computadora que no lleva computadora alguna, sólo libros y hojas sueltas?

¿O se me nota en la cara que acabo de chichar?

5:05 PM

Entro, me mantengo de pie porque no hay asientos disponibles y rápidamente la oigo: "...ajá, un muslito quemadito...". Muslito. La palabra me llena, me provoca un rico comfort hogareño. " ...crujiente, esos que no son de la receta original". Ahora me invade el recuerdo al olor a grasa gracias a la 'r' de 'crujiente' tan bien pronunciada. "¿Que cuántos? Mijo, por lo menos dos". La esquina de la boca fulgorosa mostrando el camino del placer, las manos grasientas y la carne del ave entre las uñas. De fondo: el leve olor a limón de las toallitas húmedas. "Entonces, que no se te olviden los biscuits...las papas majadas que lleguen calientes y con gravy, que la otra vez llegaron to'as frías. El repollo que no esté congela'o.... Ay, sí, me comería esos muslitos con par de biscuits... Dale, avanza". La respiración entrecortada y los huesos devueltos al bucket para tirarlo todo a la basura. Música de fondo: debería ser la del telenoticiero de las seis, pero lo que escucho es, "Próxima estación, Las Lomas".

Esa linda palabra(,) kitsch

La casa de cuchillas voladoras

En esta casa se come bajo el inmenso dragón dorado que bota fuego y pone huevos. Los huevos, evidentemente, me los como en el egg-drop soup.

St. Mark's Place

'ta madre que no quiero comer y me dicen que las encuentre por St. Mark's porque están bruncheando a las 10 de la mañana. Estoy harto de las cuatro horas del Chinatown Bus que me trajo de Boston y ahora quieren que me monte en un jodío taxi y que las encuentre en St. Mark's. Que si el brunch del sábado y lo que yo quiero es caminar por Nueva York, a ver si finalmente me consiguen taquillas para Broadway... Yo lo que quiero es soltar mi bulto en su depa, lavarme aunque sea la cara: no, vamos a vernos en St. Mark's, calle de tattoo parlors, de librerías vegetarianas (y lésbicas), de restaurancitos hole-in-the wall tan caros como sólo Nueva York sabe hacerlos y como sólo los nuyorkers saben encontrarlos.

Le dejo cinco pesos de propina porque el taxista (odio a todos los taxistas del mundo, me digo cuando me estoy bajando) no tiene cambio para mi $20. La llamo y me dice que está en el lugar más kitsch de la calle, pero carajo, le digo, estoy en St. Mark's -paraíso también de turistas que llegan del Midwest y de una ínsula que no ha alcanzado la madurez del post-colonialismo y se maravillan por las amplias aceras de esta otra ínsula, Manhattan-: aquí todo es jodidamente kitsch.

Al lado del tercer Starbucks que veo en apenas dos cuadras, me encuentro frente al lugar más kitsch. Entro y el rosa chillón me ensordece. Mientras busco con mis ojos un silencio, me doy cuenta que no hay paz que encontrar: las paredes están atiborradas de toda una diversidad de objetos que ni me puedo acordar. Un té, les ruego a las chicas que me esperan en un booth y luego les pregunto: ¿cómo coños se llama este lugar?

sábado, 16 de junio de 2007

Cuando los personajes habitan una ciudad

El Violinista de la Gorra Nike en la estación de Essex y Delancey Streets del tren F sonríe cuando la gente lo mira tocar habilidosamente el instrumento, sus dedos aplastando con leve suavidad las cuerdas contra el brazo y su rostro sujetando el cuerpo del violín. Toca como si la música fuera una creacion suya, una invención que nos salvaría a todos del calor de la estación, del sudor, del cansancio de seguir tomando los trenes de la ciudad con la misma ropa que la noche anterior, porque el Capitán de la Pluma de Ganso todavía lleva la vestimenta del jueves y hoy es viernes y, mientras siente como sus axilas humedecen su camisa de vestir dejando atrás la camisilla que lleva puesta, revisa también la ropa, las manos, los brazos y el cuello del Violinista de la Gorra Nike.

Nueva York, 9:30 de la mañana y el Capitán, todavía trajeado, escucha las notas del violín recrear la samba Brasil y la Lambada. No escuchaba la Lambada desde los Sábados Gigantes de su infancia, de su bien protegida infancia que le prohibía las donitas que freían frente a sus ojos en el K-Mart, de la infancia desde la cual nunca pensó que estaría en Nueva York, trajeado y apestoso, esperando el tren hacia su casa en Queens porque había dormido en el Lower East Side.

El tren no llega y el sudor ha alcanzado la frontera de su camisa de vestir con el saco a rayas que lleva. El sombrero de plumas le suda el pelo y gotas se le escurren hasta caer sobre los espejuelos. El Capitán de la Pluma de Ganso y el Violinista de la Gorra Nike jamás se conocerán porque nunca se dirigirán palabra alguna, pero el Capitán cree que con solamente observarlo, estudiarlo y echarle una moneda en la lata que tiene al lado le permitirá conocer lo suficiente para luego decirle a la gente que en Nueva York no estaba tan solo ná: que el Capitán había encontrado a un amigo en las cuerdas, en el sonido del Violinista de la Gorra Nike; que sólo recordando las notas del violín y los ojos satisfechos de su nuevo amigo por este caer en cuenta que de verdad tocaba una música extraordinaria junto al Guitarrista del Diente de Oro, podría proseguir con su misión de retratar todos los parques de la ciudad de New York porque ya había perdido las esperanzas de rastrear al dichoso de Luis Ponce.

El Capitán estaba verdaderamente molesto y sentía un disgusto tan ácido como el café que sirven en los diners americanos porque Luis Ponce no aparecía. Y se sentía así de rabioso porque sabía que estaba por ahí buscando y desgustando cuanto pedazo de pizza pudiera oler. El Capitán se frustraba porque en el fondo, debajo de su sombrero de plumas, él también quería ir por todos lados en busca del mejor canto de pizza de la ciudad.

Nunca encontró a Luis Ponce porque este tipo, un personaje tan poco creíble y molestosamente variable, esperó a que el sol finalmente saliera en Sunnyside, Queens para irse a explorar la ciudad; el Capitán no buscó bien y el sol salió el último día de su estadía en la ciudad. Que Nueva York está poblada de personajes y no de seres humanos se sabe desde hace tiempo, pero que los visitantes también se transformen en personajes ha causado cierto revuelo entre los pocos seres humanos normales y de bien que quedan en Nueva York. Así piensa el Capitán de la Pluma de Ganso. Se rumorea, inclusive, que Nueva York es una fábrica de personajes. Puede ser porque hay que considerar el hecho de que la ciudad también está habitada de muchos escritores y lo más seguro es que todos esos personajes que crean se quedan merodeando en la ciudad, esperando a ser definitivamente incorporados en un cuento, novela, pieza de teatro, articulo periodístico o, vayan ustedes a ver, en un blog.

El Capitán no encontró a Luis Ponce porque éste último se convirtió en turista con mapa plastificado de la ciudad en mano, en crítico de restaurantes probando pizzas e invitado al Delegate's Lounge de las Naciones Unidas; en amigo pródigo que desde el Midtown se tiró al Lower East Side para encontrarse con personas que no veía en dos años, en investigador de parques para que cuando regrese pueda saber exactamente donde se encuentran y qué hay alrededor de ellos, y en historiador para recordar en dónde concibió algunas de las ideas que algún día escribirá en su blog cafrondo. Fue también un seudo literato que se escabulló al Nueva York de los 1920 para huirle a la Prohibición y tomar un Prosecco en una taza de té en The Back Room y en romántico que le pidió a ella que por favor, cerrara los ojos, dulcemente, sin miedo, para describirle la sala, el cuarto y la rara sensación que le causaba su voz, no en pese a las distancias que los separaban. Se convirtió, pues, en ciudad, en conciudadano del Violinista de la Gorra Nike, del Guitarrista del Diente de Oro y del Viejo de la Nube Blanca que roe, a lo largo de la travesía del tren F, los últimos suspiros de un pedazo de pizza fría.

martes, 10 de abril de 2007

"Sunday Morning"

El domingo por la mañana cuando me levanté de mi cama luego de haberlo hecho de un colchón o cama ajena por toda una semana, todavía me sentía raro, desorientado. No es que el tiempo fluya rápido y que haya cierto tipo de melancolía enrredada en mi alma, pero los espacios y ventanas amplias de mi casa no me parecían familiares. No era un extraño en el extranjero, sino, ¡un extraño en mi propia casa!

Nueva York no sólo habita en los millones de establecimientos, bares, tiendas, teatros, y oficinas de la ciudad, sino en las calles, en el Subway, en los callos de mis pies. Yo hubiese pensado que el frío (increíble que hiciera tan baja temperatura en abril y eso que yo viví en Boston) mantendría a una menor cantidad de neoyorquinos caminando por la ciudad, pero claro, esto no era más que un pensamiento iluso -y desinformado- de mi parte. NYC estaba, como siempre, transitado por peatones hasta la saciedad.

En dos ocasiones evité la enfermedad debido al súbito cambio de temperatura (y mi idiotez logística de no haber empacado mi abrigo largo y sombrilla para una estadía de una semana), pero el constante peregrinaje a Starbucks u otros cafés para tomar mi dosis de té (con miel por supuesto y un poquito de limón), la interminable caminata por la 2da Avenida yendo de misión en misión de la ONU o los almuerzos a la carrera (yo que odio almorzar rápidamente), terminaron por enfermarme mentalmente. La prisa, el constante cambio de trenes, taxis, autobuses -sobre todo cuando se hace trajeado- me cansaron y ya cuando regresaba por las tardes al diminuto pero acogedor apartamento de mi amiga Caitlin, solamente quería ver televisión y esperar -como un nene chiquito lo hace con una sorpresa- la cena.

Anoté en la libretita que he llevado para todos mis viajes desde el 2003 algunas notas sobre las cuales quería expandir, recordar o indagar a mi regreso de Nueva York. Pero por supuesto, y como siempre hago, me lanzo primero a escribir sobre cosas que ni siquiera había apuntado. Esto debe ser parte de la desorientación que todavía me tiene confundido y sí, tengo que finalmente admitir, medio melancólico de mi intensa semana en NYC. Semana de reencuentros (pronto verán Boston-New York-Bayamón II, para la primera parte click aquí), lloviznas, inuendos, pizzas, Mario Batali y, además de té, mucha, mucha cerveza.

jueves, 29 de marzo de 2007

Los viajes de mi hermano


Entrevista con G-Love (Parte 1 de 2)

Somos una familia de viajeros. Hoy mi hermano se dirige hacia Italia, la semana que viene me escaparé a Nueva York y mi padre estará llegando a Medellín la semana después. Esta coordinación en los viajes -todas por distintas pero apasionantes razones- viene ocurriendo desde el final de la secundaria de mi hermano. En el verano de 2004, por ejemplo, mientras yo estaba por Francia estudiando, mi hermano no sólo estuvo por México, sino que terminó de misionero en Nicaragua.

"Un momento", se preguntarán algunos, "¿ese hermano de Ponce de pocas palabras?" Ese mismo, y no de poco verbo diría yo, sino de precisos. Mi hermano es un conversador comedido, certero, como lo es un buen esgrimista con la espada. No es palabrero como yo, que muchas veces me desbordo en inconsecuencias (y cafrerías).

Todos sus viajes, sin embargo, no son internacionales. Con cierta regularidad se va para Villalba y Orocovis para mantener constante el lazo con la increíble fanaticada que ha cultivado en el corazón de la Isla. Enlaces que él muy bien aprovecha como lo hizo para este viaje a Italia. Este hermano de Ponce recaudó $2,000 en dos semanas para costearse el pasaje y una actividad de universitarios en Roma. Claro, él es artista y vendió algunos de sus cuadros, pero completó lo que le faltaba yéndose a la montaña a vender boletos para el sorteo de una de sus otras pinturas. ¡Mierda!, me hubiese metido a artista, a diseñador gráfico, porque no creo que pueda recaudar, con la aparente facilidad que él lo hizo, tanto dinero en tan poco tiempo. Y es que nadie estará interesado en comprar un boleto para la rifa de un cuento.

Pero, claro, mi hermano tiene sus 'otros' viajes de vez en cuando. Véanlo en los videos que finalmente incluyo en el blog y que acompañan esta entrada. Lo curioso es que él no nos dijo nada de esta filmación hasta que mi hermana lo vio en Youtube. Y yo sé muy bien porque no nos lo dijo: por su engañosa economía de la palabra.


Entrevista con G-Love (Parte 2 de 2)

La tribu errante