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domingo, 22 de febrero de 2009

Mímamelo

Ayer, en La Respuesta de Santurce, Mima nos convidó a su bienhablada música bajo un espectro de aventurismo artístico.  En estos fines de las posmodernidad, cataloguemos el encuentro mágico de ayer como uno industrio-tribal, house-decadente, bossa-electric.  Y el tripeo, uff, estuvo intenso porque la gente se va en viajes orbitales, inducidos ya sea por las notas de los instrumentos o por la absorción neural de canabinoides.  

-Esto es la música del futuro -comentó un ensimismado asistente a los que tuvimos la (des)dicha de escuchar su juicio.

-El futuro es ahora -dije yo, y añadí:  -y lo que fue ayer también.

Durante la madrugada, Mima nos dio versiones salvajemente ancestrales de sus éxitos primerizos.  Si me preguntan a mí --y no porque sea un obstinado estudiante de Derecho y (a)literato en ciernes-- yo opto por las versiones clásicas de sus canciones, hasta ahora inmejoradas, con todo y este truco abstracto-liberalizante de finales de la globalización y principios del derretimiento bipolar.  Disfruté sus canciones por la revisión que les dio a su ejecución y porque gocé a los que vivieron un trance de farándula:  a muchachitos que no saben de la saudade del bossa nova, de la historia de los pueblos originarios del continente y de que las multinacionales en África se roban los métodos de cultivo de las tribus al patentizarlas para luego obtener ganancias.

Mima es pasión y guerrilla.  Los chamaquitos que visten de diseñadores independientes tienen el derecho de bailar como les venga en gana, de ponerse esos sombreritos cool que están tan a la moda y filosofar sobre las buenas vibras de la música.  No tienen derecho, sin embargo, a empujar a la gente para acercarse al escenario, ni mucho menos abalanzarse sobre uno conMedalla en mano.  Tendrán toda estas sensaciones del new age, del feel good y de la decadencia del arte, pero al final de la madrugada --y en base a mi experiencia de campo-- son una tira de niños malcriados, irrespetuosos que usan la excusa del arte para tapar su rebeldía vacía de causa.

Ciertamente Mima la hace, con todo y su atuendo bermejo de boxeadora musical con la que homenajeo a Cotto la noche de su pelea.  Mima es vanguardia y reciclaje.  No tiene la culpa de que los ineptos, a quienes les importa más irse en trance que la cortesía del día a día, asistan a sus conciertos.

domingo, 11 de noviembre de 2007

Te traigo un nombre

O cómo quiero que mi próximo perro se llame Miguel Cotto


Ya tengo resuelto mi dilema con los nombres que le he puesto a mis mascotas. Nombres blandengues, muy comunes y, por consiguiente, nada originales. Estos incluyen, entre otros, Peluche y Michu. No tengo esa habilidad para nombrar las cosas, lo confieso, pero hoy, mientras paseaba a mi perro Kenny (ya ven lo que les digo, ¿no?) todo se me esclareció cuando pensé en lo mucho que se parecen los boxeadores a los perros. Quizás fui uno de los pocos puertorriqueños que no vio la pelea de ayer, y que soy otro que ni pa'l carajo pagaría por un evento de Pay-Per-View (para eso lo gasto en comerme algo rico), pero sé lo que es la cultura del boxeo. Y sé que los nombres de los boxeadores hacen tremendos nombres para perros.

Por supuesto, no lo hacen para cualquier perro. Yo no creo en perros diminutos, con ladridos chillones y cabecitas de rata. Estos no cumplen su función de perros, sino de accesorios, de artículos de moda. Al futuro hijo de Kenny le pondré Miguel Cotto, ya está decidido.... O mejor Cotto pela'o...sí así sería mejor. "¡Ven Cotto, ven aquí! Cotto, ¡no! ¡Cooo-ttooo!, ¿dónde estás?"
Dos sílabas elementales y simples, un sonido contundente y sólido, con todo el poder de los ganchos del campeón peso welter y, claro, la adrenalina y emoción que bien demuestra el Cotto de verdad en la foto que acompaña esta entrada. (El site, http://www.e-fansite.com/cotto, está muy bien construido y diseñado por unos individuos geniales, que de verdad deberían ser los "Poster Children" de mi blog. Vean a Kilo, Chinita, Eddy y María aquí.)
Los nombres de boxeadores tampoco le van a los gatos. La personalidad de estos felinos no encaja con el intercambio de fluidos, la fatiga, violencia y olfato que comparten los perros con los boxeadores. A los gatos le van muy bien nombres de artistas, filósofos, es más, hasta de escritores. Son animales pasivos, reflexivos, que se toman todo el tiempo del mundo para hacer sus actividades predilectas: dormir, comer, arañar y vomitar. La documentarista del boxeo alternativo -y rosa-, y escritora residente del Estado Libre Seis Dedos, Nydia Russe, escogió unos nombres brillantes para su gato negro y gata blanca: Bogart y Rafaella. Ambos nombres evocan una época pasada, un hito en la historia de la cultura pop. En la muy improbable ocasión de que vuelva a tener a un gato como mascota (siempre estaré parcializado a favor de los perros), le pondría, por ejemplo, Borges. También consideraría Benedetti, Chéjov, Rocamadur (personaje de Cortázar) y Saramago.

Esta distinción y escogido de nombres no tiene nada que ver con la inteligencia de cada especie. Más bien hacen eco a las rasgos en común: los gatos y los escritores tienen malicia; los perros y los atletas, energía.

Kenny no fue lo más original que se les ocurrió a los dueños de éste cuando fuimos a buscarlo hace 9 años, pero nosotros pecamos de lo mismo al no cambiárselo. Espero que pronto pueda escuchar los nombres que le pondré a su descendencia.

La tribu errante