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lunes, 13 de septiembre de 2010

Juan, el Loco

Sin intención de ofender la memoria de un ser que pasó a la inmortalidad y a quien conocí e interactué con él en múltiples ocasiones, me parece que no hay mejor título para un texto que intenta celebrar la arriesgada vida de don Juan Mari Brás que éste.

Loco, como la derecha puertorriqueña lo retrató hasta demonizarlo como un hijo postizo de Fidel Castro (recuerdo un volante que la avanzada del PNP de Bayamón dejó en los buzones de mi urbanización, con una foto de Mari Brás, Gallisá y Rubén, cual entes malignos, advirtiéndonos de la hecatombe que ellos tres representaban para Puerto Rico): comunista, antiamericano y, lo peor de todo, solidario.

Loco por fundar movimientos, partidos, congresos; por apoyar a los estudiantes y a las mujeres; a los movimientos antiimperialistas del mundo entero; por viajar con rumbo incierto por la Europa socialista para buscar apoyo internacional al caso de Puerto Rico.

Loco, como lo llamaron en algún momento en el PIP por sus posturas de extrema izquierda, en nada cónsonas con el socialismo puertorriqueño "light" que pretendían profesar los líderes de ese partido.

Loco por querer llevar a cabo "experimentos jurídicos" inteligentes y creativos para así retar los límites de nuestra enredadera colonial.

Loco por sensibilizar la lucha revolucionaria sin el vacío de la venganza ante el vil asesinato de su hijo, Chagui.

Loco por buscar la convergencia y la unión independentista.

A Juan lo enteraron el domingo en su Mayagüez del alma a sus 82 años. La única vez que fui a su casa, hace tres años, él se bajó de la Pathfinder verde que manejaba y nos enseñó a mí y a Rafy Anglada la espectacular vista desde la loma donde situaba su casa: abajo y tomando todo el horizonte frente a nosotros, se encontraba destellante por el sol de las tres de la tarde el Canal de la Mona, ese brazo de mar que nos unía con el resto de las Antillas.

Desde la muerte de Mari Brás, sin embargo, la vista ha cambiado. Antes que él, Lolita se nos había ido y el resto de los líderes del independentismo de la vieja guardia en algún punto, más temprano que tarde, también se van a ir. Pensaba en esto y escuchaba los llamados a la unidad independentista de Juan Raúl al lado del féretro de su padre. Recuerdo la habladuría que surgió luego del fallecimiento de Lolita; recuerdo los intentos, los gritos, más bien, de diferentes voces del independentismo de que hacía falta la convergencia, el marchar juntos, todo esto, luego del ajusticiamiento de Filiberto en 2005.

Estamos en el 2010 y me pregunto, ¿cuántos líderes independentistas más hace falta que mueran para lograr la unidad tan deseada?

Días antes de la muerte de Mari Brás el PIP ya le había declarado la guerra al nuevo movimiento soberanista, el MUS, inclusive, antes que el mismísimo PPD reaccionara (todo luce indicar que los populares han preferido ignorarlo ante la torpeza de definirse ideológicamente entre ellos mismos). Y cuando se nos murió otro patriota más, el Juan Rául esgalilla'o y lloroso pidiendo ante la plana mayor del independentismo la unidad, el resultado más patético y bochornoso, la única respuesta a ese llamado fue una sonrisita falsa del líder verde.

Mucho ha cambiado el paisaje desde aquella tarde de hace tres años frente al Canal de la Mona. Estuvimos en su casa reunidos para trazar parte de la estrategia internacional de cara a una nueva ronda de audiencias ante el Comité de Descolonización. Inspirado por el trabajo y gesta de grandes abogados como Mari Brás, Noél Colón Martínez, Wilma Reverón y Rafy Anglada, decidí entrar a la Escuela de Derecho en 2007. Este agosto me gradué y ayer, en los pasillos de esa misma Escuela, mientras hablaba con un compañero de segundo año sobre la muerte de Juan Mari y la unidad independentista, él, sin tapujos, corrigió mi pregunta sobre cuántas muertes más harían falta y me dijo: "Para que se una el independentismo, todos los líderes atornilla'os se tienen que morir". Desarmado y reconociendo la verdad de su aseveración, no me quedó otro gesto más que sonreír.

miércoles, 4 de febrero de 2009

Con independencia del régimen

Por:  Juan Mari Brás

Publicado en Claridad (5 al 11 de febrero)

 

Es momento de inventariar nuestras fuerzas y debilidades mayores como pueblo. Para adelantar objetivos superiores es preciso entender a cabalidad por dónde estamos. Enfrentamos uno de los períodos más álgidos de la historia contemporánea. Lo que ocurra en pocos años venideros con toda probabilidad moldeará el mundo del siglo XXI y quién sabe si de un par de centurias adicionales. 


Es importante tomar en cuenta el acontecer nacional (lo que define la realidad puertorriqueña) y al mismo tiempo conocer la inevitable interacción de ésta con la de nuestro contorno inmediato, el Caribe y América Latina y lo que está ocurriendo en Estados Unidos. 


En el país se empieza a ver con mayor claridad la debilidad que nos ha producido la fosilización, por la vía del peor burocratismo, de los partidos políticos que manejan el menguado poder electoral que nos permite administrar internamente el régimen colonial prevaleciente. Esto ha impedido que se pudiera usar las elecciones --como pudo hacerse en algunas ocasiones de décadas anteriores-- para adelantar metas liberadoras, aunque fueran 

mínimas. Ninguno de los cuatro partidos que manejaron los pasados comicios pudo usar creativamente el proceso para siquiera adelantar sus propias metas programáticas. 


El Partido Nuevo Progresista (PNP), fundado y sostenido por los beneficiarios obvios del régimen colonial ya que todo imperio necesita servidores criollos en sus colonias, a los cuales hay que retribuirles sus servicios con holgadas canonjías y privilegios; TENÍA el objetivo de adelantar el camino hacia la plena incorporación de Puerto Rico como estado de Estados Unidos. Esa meta, difícil por demás ante la temeraria realidad de que constituimos en Puerto Rico una nación diferenciada sociológicamente, en todos los sentidos, de la nación única que pretende ser Estados Unidos, requiere de sus promotores una sólida unidad de programa y acción, conjugadas en un liderato disciplinado y fuerte. Cada vez lo tiene menos. Es evidente que el partido que ganó las elecciones está tan dividido como el que más en dos facciones irreconciliables: la que se esfuerza por dirigir --con escasa capacidad de liderato--el hoy gobernador Fortuño, y la que surgió al amparo del liderato del Dr. Pedro Rosselló y que en la actualidad levanta sus alas bajo la dirección del Lic. Tomás Rivera Schatz, a quien los Rossellistas impusieron como Presidente del Senado en este cuatrienio. 


Las contradicciones de aspiraciones e intereses entre esos dos bandos seguirán ahondándose. Lo anterior no implica que no haya un común denominador entre ellos. Éste ya ha empezado a manifestarse en el empeño, rayando en la ridiculez, de borrar en todo lo posible la identidad nacional de los puertorriqueños para hacer más atractiva la idea de anexión de Puerto Rico ante el gobierno y el pueblo de Estados Unidos. A ésos hay que combatirlos, principalmente en la movilización de las masas, como haremos en Mayagüez y la región Oeste ante el empeño de quitarnos los Juegos Centroamericanos y del Caribe, en los que la región ha hecho ya sus mayores inversiones y esfuerzos, y que --ciertamente-- no debemos permitir que salgan con la suya los politiqueros de la anexión incondicional. 


Quedan unos sectores muy escasos dentro del anexionismo que han querido revivir la idea de una especie de estadidad confederal, manteniendo el carácter nacional de Puerto Rico, con la esperanza de que el triunfo del concepto multiétnico de la sociedad norteamericana en que se basó la extraordinaria victoria de Barack Obama represente la apertura a unos Estados Unidos multinacionales. No saben, o simulan no conocer, que una cosa es ser multiétnicos, y acoplarse a esa realidad, tan evidente en Estados Unidos, y otra, muy distinta, es renunciar al concepto federalista de constituir una sola nación "indivisible".

 

No cabe duda de que el triunfo fugaz de Fortuño en las elecciones pasadas, resultado de la inocencia del electorado puertorriqueño condicionado por la dependencia y el miedo que ha sembrado en las mentes de las mayorías el régimen colonial, no ha podido darles ni siquiera un corto periodo de tranquilidad a los políticos victoriosos. Ya la lucha empieza a acelerarse en todos los contornos de pueblo y seguirá acrecentándose. Nuestro pueblo sufre quizás de una inocencia endémica que le mengua su acción colectiva a corto plazo pero su voluntad de lucha se ha demostrado siempre en los momentos cruciales de nuestra historia. Prepararnos para liderar al país en uno de esos momentos cruciales --quizás de mayor significación que todos los anteriores-- ha de ser el imperativo prioritario que tenemos hoy. 


El Partido Popular Democrático (PPD) está acercándose al final de su ciclo histórico. La división evidente que demuestra es entre la gran base puertorriqueñista, adherida a los principios de justicia social que sirvieron de inspiración a sus fundadores para llevarlos a un arranque victorioso en 1940, y la cúpula de políticos de oficio que, con algunas excepciones, lo que prioriza es únicamente mantener sus privilegios económicos y sus menguados rincones de poder. El resultado es patético para éstos. Los que todavía se esfuerzan por salvar a ese partido de la debacle final merecen nuestra simpatía y buenos deseos. Pero no debemos confundir nuestra misión patriótica acomodándonos a tales metas.

 

Los que buscan esos caminos deben aprender de nuestra propia historia. Cada vez que el sector independentista se ha conformado con compartir pequeñas metas electorales con el llamado sector autonomista, ha terminado en uno de dos caminos: o rebelándose y formando su propia agrupación independentista, como hicieron Pedro Albizu Campos en los años veinte y treinta y Gilberto Concepción de Gracia en los cuarenta, salvando al patriotismo de la ignominia; o sucumbiendo al oportunismo y la sumisión colonial, como Barceló en los años veinte y Luis Muñoz Marín en los cuarenta. Ninguno de éstos han logrado sus propósitos liberadores --que los tuvieron-- y ha llegado al final de sus vidas arrepentidos, ambos, de sus concesiones excesivas al régimen. 


Lo anterior no niega la obligación que tiene el independentismo de compartir, tanto con los autonomistas Populares como con los anexionistas que mantienen la defensa de nuestra identidad nacional puertorriqueña, hacia campañas y metas que nos sean comunes en cada momento, siempre que estemos claros que no vamos a sacar al independentismo de la ruta estratégica que nos define como vanguardia del patriotismo y la justicia social en el país. Pero tenemos que olvidarnos, al menos por el momento, de la preocupación electoralista. La crisis del coloniaje en Puerto Rico y en el mundo hay que ayudar ahora a que culmine, antes de cualquier nuevo proceso electoral dentro del colonialismo, en el pleno reconocimiento por parte de Estados Unidos de nuestro derecho a la libre determinación y la independencia, conforme al Derecho Internacional vigente, que no es la distorsión que de éste ha pretendido imponer el imperio de Estados Unidos. Esa es la ruta estratégica del independentismo puertorriqueño, y de ahí la importancia de mantener nuestra denuncia en los foros internacionales del régimen colonial que Estados Unidos mantiene aquí invariablemente.

 

Los autonomistas y los anexionistas que estén de acuerdo con reclamar junto a nosotros esos principios y su plena aplicación al drama político de nuestra Patria, tendrán la solidaridad, en tales reclamos, del movimiento independentista en todas sus variantes. Menos de eso no puede ser base de negociación. 


El Partido Independentista Puertorriqueño (PIP), que sufrió la peor debacle de su historia en las elecciones del pasado noviembre, hace esfuerzos por recuperar su franquicia. Tiene derecho a hacerlo, pero ya no es, ni remotamente, una agrupación protagónica en la lucha por la independencia, ni creo que lo volverá a ser como colectividad, al menos que opte por unirse al independentismo en general en alguna institución amplia e integradora, que pueda borrar las heridas del pasado entre los grupos y las personas. El derecho a la rehabilitación, en el orden patriótico, no puede negársele a nadie, si hasta a los delincuentes convictos se les reconoce. 


Por todo lo anterior, respaldo sin reserva alguna el llamado hecho por el querido amigo y compañero Noel Colón Martínez a la formación de un Congreso Pro Independencia (en secuencia histórica sería el tercer congreso) que pueda reunir al independentismo en general, para desde esa plataforma amplia, y no sectaria, poder promover o respaldar las grandes convergencias puertorriqueñistas y soberanistas que el momento reclama. Cuenta conmigo, Noel, en la limitada medida en que mis menguantes fuerzas me permitan colaborar a este esfuerzo patriótico, que estoy seguro la Patria entera terminará respaldando, por representar la respuesta más adecuada al reto que se nos presenta a los puertorriqueños de forzar la liquidación aquí de una de las últimas colonias del mundo antes que culmine la segunda década de la descolonización del mundo proclamada por las Naciones Unidas para los años de 2001 al 2010. ¡Adelante, siempre adelante! (Continuará). 


Claridad, El Periódico de la Nación Puertorriqueña 

sábado, 24 de marzo de 2007

El asesinato político es terrorismo

A la memoria de Santiago "Chagui" Mari Pesquera, en el trigésimo primer aniversario de su asesinato.

La confabulación de los servicios secretos y de inteligencia norteamericana con los grupos derechistas cubanos en Puerto Rico explica que hasta esta fecha no se haya esclarecido el asesinato de Santiago "Chagui" Mari Pesquera y la de varios otros puertorriqueños y cubanos identificados con la lucha por la independencia puertorriqueña. Y es que, como hoy dijo don Juan Mari Brás, padre de Chagui, el día que se haga público el terrorismo de estado por parte de los norteamericanos en Puerto Rico, se entenderá más a fondo nuestro problema colonial.

En años en que los puertorriqueños de todas las ideologías políticas han alzado la voz para denunciar la condición colonial del ELA, pensar que una nación que ejerce poder sobre otra lo hace por principios humanitarios y de caridad es una vil irresponsabilidad y una deformación de la realidad. Estados Unidos nos ha mantenido como colonia porque así lo ha querido y ha usado toda su maquinaria económica, política y militar para mantenerlo de esa manera.

¿Cómo es posible que el expediente de Chagui haya desaparecido del Departamento de Justicia? Luego de que el caso haya sido supuestamente cerrado en el 1981 con la condena de Henry Walter Coira Story y de que se haya reabierto en 1984, un expediente de esta magnitud no se puede desaparecer accidentalmente. En este asesinato, como se concluyó desde el comienzo, hay otros individuos y entidades involucradas. Los Estados Unidos lo saben y por eso el archivo ya no aparece.

Esta desaparición se torna más curiosa porque ocurre en momentos en que el Secretario de Justicia estadounidense este -como lo estuvo Rumsfeld- en una crisis por haber encubierto el proceder ilegal de varios agentes del FBI y de fiscales de su departamento en esta Guerra contra el Terrorismo.

Estos ejemplos nos llevan a cuestionar los matices del terrorismo, ese vocablo que pasará a la historia como el más -y peor- utlizado de principios de Siglo XXI. Y aunque haya individuos y goberinos que trivialicen o exageren el estado actual del terrorismo internacional, lo cierto del caso es que el terrorismo siempre ha incluido el asesinato político. Por tanto, es hora de reconocer y denunciar que el coloniaje en Puerto Rico no es sólo una anomalía del derecho internacional que atenta nuestros derechos humanos, sino que ha creado el ambiente propicio para la existencia y ejecución de actos terroristas por parte de la potencia regente en Puerto Rico, los Estados Unidos de Norteamérica.

La tribu errante